INTERREGNUM: Estados Unidos out, Asia in. Fernando Delage

Ni la reelección ni la derrota de Donald Trump—aún se desconocían los resultados al escribir estas líneas—determinarán el futuro de la presencia de Estados Unidos en Asia. La política de Washington hacia la región dependerá de factores que van más allá de las elecciones de noviembre. No pocos de ellos están relacionados con China y el desafío que ésta representa para los intereses de los norteamericanos y de sus aliados. Pero no menos importantes son los relacionados con las reformas internas que necesita Estados Unidos, y que serán la clave de su capacidad de adaptación a un mundo en el que ya no será la única potencia dominante.

Cualquier nueva administración afrontará un completo catálogo de demandas en Asia: restaurar alianzas, evitar la escalada de múltiples conflictos, dar forma a una relación equilibrada con China, participar activamente en la integración económica y en los procesos multilaterales de la región, etc. La respuesta no vendrá de un ilusorio regreso a la era pre-Trump. Las naciones asiáticas son hoy más fuertes, más nacionalistas, más interdependientes entre sí, y más celosas de sus intereses estratégicos. Todas perciben el cambio histórico en la redistribución de poder a su favor.

A lo largo de la última década, la política asiática de Estados Unidos ha recibido distintos nombres—del “pivot” al “Indo-Pacífico Libre y Abierto”—pero siempre ha reconocido la importancia decisiva de la región para su economía, su seguridad y la de sus socios, así como para la promoción de los principios y valores democráticos. Sin embargo, el margen de maniobra con que contaba para defender sus intereses se ha reducido. La modernización militar china y la estrategia marítima de Pekín desafían la primacía norteamericana de los últimos 70 años y ponen a prueba la credibilidad de los compromisos de seguridad de sus alianzas. Entretanto, el extraordinario crecimiento de China durante las dos últimas décadas ha hecho de la República Popular la primera fuerza económica de la región. Mientras Pekín consolida su ascenso y se convierte en el primer socio comercial de todos sus vecinos, Estados Unidos abandona el TPP y adopta sanciones contra sus amigos y aliados, es decir, contra quien justamente necesita para presionar a China. ¿Es así como piensa competir con su principal rival?

Estados Unidos se encuentra en un momento crítico en su relación con el continente. El orden de postguerra se ha visto superado por los acontecimientos y no sirve de referencia para afrontar los desafíos de nuestro tiempo. La polarización y disfunción de la vida política norteamericana—que antecede a Trump y le sucederá aunque él la haya agravado—ha sido una de las causas del deterioro de ese orden. Al mismo tiempo, la estrategia de dominio en todos los campos—el militar en particular—está desfasada y no cuenta con el apoyo de la opinion pública. Washington necesita una alternativa viable a las iniciativas que Pekín ofrece a la región. Pero articularla requiere primero de sus líderes un cambio de mentalidad, recuperar su autoridad moral, atender sus problemas internos y atenuar esas corrientes populistas que amenazan la sostenibilidad de la democracia.

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