EEUU, China y las caricaturas

Mientras en Estados Unidos comienza una etapa política nueva que debe afrontar y resolver el deterioro institucional sin dañar las iniciativas internacionales y nacionales que han sido positivas, China sigue a lo suyo, fortaleciendo sus avances, reaccionando con soberbia y propaganda a las críticas y avanzando posiciones. Este parece ser parte del escenario inmediato al que debe enfrentarse la Administración Biden a partir de enero y, con ella, las sociedades occidentales democráticas.

En EEUU, la victoria demócrata, pírrica pero victoria, ha desconcertado el egocentrismo de Trump que en su reacción ha contribuido no poco a la crispación y al deterioro institucional y de la confianza hacia el sistema de aquel país. Y en la escena internacional se ha celebrado la victoria de Joe Biden como si fuera propia, por unos y por otros, incluso por aquellos que en pocos meses estarán otra vez en el discurso anti EEUU y anti occidental ante la frustración sobre las expectativas alimentadas irracionalmente por la propaganda y las caricaturas.

Donald Trump ha sido, para casi todo el mundo, una caricatura dibujada en los ambientes “progres” y alimentada de prejuicios, falsedades y medias verdades, sin dejar de añadir que el pintoresco político ha aportado lo suyo con su falta de tacto, de educación, de contención, de conocimiento de tantas cosas y de chulería. Pero si apartamos la hojarasca, encontramos una Administración que por primera vez en décadas no ha iniciado ni agravado ningún conflicto en el exterior, contra las profecías de la izquierda y su empeño por afirmar lo contrario (antes al contrario, ha logrado avances espectaculares y sin precedentes en Oriente Próximo y los Balcanes) ; ha mejorado la economía interna aunque con medidas proteccionistas nocivas a medio plazo (medidas que la izquierda ha venido defendiendo para sus países) y ha planteado una decidida contención de la expansión china que Biden no va a cambiar profundamente. Pero a Trump lo ha acabado devorando su propio personaje dificultando hacer un balance riguroso de su gestión.

Media Europa está celebrando la victoria de Biden. La otra parte, la que estuvo bajo influencia de Rusia durante cuatro décadas, mira con incertidumbre los nuevos tiempos ya que había encontrado en Trump un presidente comprensivo para sus políticas de cerrazón y desconfianza frente a Bruselas. Pero Biden no va a contentar a los primeros tanto como sueñan ni va a marginar a los segundos tanto como temen. Los intereses nacionales de EEUU, como los de cualquier país, tienen unos parámetros permanentes que Biden no va a cambiar. Se mantendrán barreras proteccionistas (como las tiene la UE), se tratará de frenar las intimidaciones rusas, se mejorará la relación trasatlántica pero se seguirá exigiendo a Europa más inversión propia en Defensa y acuerdos para abrir más los mercados y se seguirá chocando, tal vez con mejores formas, por la vía de concesiones que Bruselas viene defendiendo respecto a Cuba y Venezuela.

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