INTERREGNUM: Rusia pierde fuelle en Asia. Fernando Delage

Aunque Rusia aspira a la consolidación de un bloque no occidental contra el liderazgo norteamericano del orden internacional, uno de los pilares de su estrategia—la diversificación de su influencia en Asia—ha resultado en un claro fracaso. El impacto de la guerra de Ucrania se ha traducido en unas sanciones comerciales y financieras sin precedente, en un notable aislamiento político internacional, y en una huida de capital y talento, que han dañado extraordinariamente una economía, la rusa, cuyas limitaciones ya complicaban la posibilidad de tener un papel de peso en el continente. La ruptura con Japón y Corea del Sur, su apoyo a Corea del Norte y, sobre todo, su creciente subordinación a China, son otros elementos de esa derrota diplomática, visible de manera destacada en la relación con India, uno de sus socios tradicionales.

Aunque el Kremlin critica la consolidación del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), el foro informal que agrupa a las principales democracias del Indo-Pacífico (India incluida) frente a las potencias autoritarias revisionistas, por razones históricas y geopolíticas no puede enfrentarse a Delhi, ni tampoco inmiscuirse en la política india de Pekín. Es evidente, sin embargo, que las tensiones entre India y China son la razón fundamental de que Delhi se aleje cada vez más de Moscú para acercarse a Washington como socio más fiable. Sin sacrificar su autonomía, la presión estratégica china le conduce a coordinar su posición con la de los países de Occidente, especialmente con aquellos que más pueden contribuir a su defensa, desarrollo tecnológico y crecimiento económico.

Rusia, en efecto, ya no puede defender de manera eficaz los intereses indios con respecto a la República Popular, como tampoco puede hacerlo en Asia central, otro espacio que justificaba para Delhi los vínculos con Moscú. Es también hacia Pekín donde miran las repúblicas centroasiáticas, con las consiguientes consecuencias para el deterioro de la credibilidad rusa así como para las ambiciones  indias. Sin India, Rusia no podrá por su parte equilibrar a los dos gigantes asiáticos como esperaba para construir una estructura de seguridad regional alternativa a la red de alianzas de Estados Unidos. Su dependencia de China hace de Moscú un socio que ya no puede responder a las necesidades de Delhi.

Rusia no parece reconocer las implicaciones que su enfrentamiento con Occidente, con la guerra de Ucrania como primera causa, están teniendo para su proyección en Asia. Su “pivot” hacia este continente lo es en realidad hacia China, lo que a su vez le creará nuevos dilemas: mientras la política exterior rusa está cada vez más sujeta a Pekín, éste no dudará en subordinar los intereses de Moscú a los suyos cada vez que lo considere necesario. La coincidencia en el objetivo global de erosionar el orden internacional liberal choca con sus respectivas prioridades regionales: Rusia quiere una Asia multipolar; China, un orden sinocéntrico. Las preferencias chinas reducirán, si es que no pondrán fin, a las esperanzas del Kremlin de desempeñar una función significativa. Aislada de Occidente y sin un papel mayor en Asia, ¿dónde quedará el estatus de Rusia como gran potencia?

China, la gran preocupación. Nieves C. Pérez Rodríguez 

El mes de diciembre comenzó en Washington con el encuentro de la Unión Internacional democrática (IDU, International Democracy Union), una coalición global de líderes y partidos de centro derecha que se reúnen anualmente para analizar los peligros que asechan a las democracias en el mundo.

La creación de este grupo se materializó en 1983 de la mano de ex presidente George Bush (padre), la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, el ex presidente francés Jacques Chirac y el ex canciller alemán Helmut Kohl, entre otras reconocidas figuras del entorno político, y desde entonces se ha convertido en un foro de análisis de los derechos humanos, la realidad política internacional y la promoción de las libertades y el estado de derecho.

Este año se cumplieron cuarenta años de la organización y lo celebraron con un evento en Londres el pasado junio y otro en Washington en el mes de diciembre, al que 4Asia tuvo acceso, y en el que participaron líderes como el ex primer ministro australiano Scott Morrison quien expresó su preocupación por el avance de Beijing y remarcó lo importante de que se entienda los retos que representa el Partido Comunista chino para las libertades en el mundo.

Marco Rubio, senador republicano por el Estado de Florida, cerró la noche con una reflexión sobre los retos que enfrenta Washington y sobre las decisiones estratégicas que están obligados a tomar. y además enfatizó que éstas decisiones no son exclusivas de los Estados Unidos, sino de todos los países occidentales desarrollados; prácticamente todas las sociedades industrializadas en el mundo enfrentan los mismos retos hoy.

“Yo soy producto de los ochenta y en ese tiempo todo estaba montado sobre la base de dos bloques, Estados Unidos y los países libres confrontando a la Unión Soviética y la expansión del comunismo. Basadosn en esa noción, una vez que cayó la Unión Soviética. creímos que habíamos ganado, porque la democracia ganó y el marxismo se abatió y suponíamos que la propagación de la democracia por el mundo se daría junto al libre mercado”.

Pero lo cierto es que la historia nos ha demostrado que eso va en contra de la naturaleza humana, explicó el senador republicano. En el mundo nunca ha existido un único sistema para todos los países del mundo simultáneamente; ni siquiera cuando se comenzó a avanzar en las libertades después de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, ni Rusia, ni Irán ni China se incorporaron a ese nuevo orden mundial.  China, por ejemplo, vislumbró ese orden mundial como algo orquestado por Occidente, que favorecía solo a Occidente, y que los discriminaba a ellos y al resto.  Aunque no aspiraban a convertirse necesariamente en la primera nación del mundo, se movieron estratégicamente para llegar a posicionarse alegando que eran un país en desarrollo. Argumento que siguen usando hoy, aunque claramente ya no es así, afirmó Rubio.

Los políticos estadounidenses nos decían que eventualmente los chinos se convertirían al capitalismo. Aceptamos durante  décadas sus prácticas irregulares, los dejamos vendernos, hacer alianzas con nuestras corporaciones, robarnos la propiedad intelectual, llevarse nuestras empresas a su territorio, pero creyendo que se convertirían al capitalismo.

Explica Rubio que no fue hasta principios del siglo XXI cuando algunos políticos comenzaron a denunciar lo que estaba pasando y fue a partir de ahí que se comenzó a desmitificar la idea de que todo lo que es bueno para el mercado es bueno para los Estados Unidos. Un competidor chino no es un competidor justo, esa empresa es apoyada y subsidiada por el Estado chino, porque los precios no van a ser reales comparado con una entidad privada que no tiene el dinero del Estado a su disposición y tiene que producir y vender para seguir operando.

Además, agregó, dependemos de China en casi todos los rubros, el farmacéutico que es clave para la salud y el bienestar de los estadounidenses depende 88% de las importaciones de China. Algo que va en contra de nuestra propia seguridad nacional. Y cada vez que una empresa estadunidense intenta entrar a ese mercado no puede competir con los precios de las empresas chinas que están compitiendo y son subsidiadas por el Estado, lo que hace imposible la competencia.

Rubio hizo también una reflexión sobre la razón del Estado: un Estado no puede solo producir riqueza, debe también asegurar que los salarios sean buenos y que sus ciudadanos pueden vivir y aspirar a tener un futuro, puesto que son más que solo consumidores. La razón debe ir más allá de la adquisición de bienes, debe ser sobre todo para darle dignidad a la gente.

La base de toda sociedad es la familia, las comunidades, alguien que tiene un salario digno, tiene deseo de comenzar su familia y por tanto aportan a la sociedad de diversas maneras y se siente orgulloso de ser parte de ese colectivo. Proveer a los ciudadanos de fuentes de empleo y salarios adecuados es dignificarlos.

Cerró su intervención afirmando que cada uno de los problemas que tiene el mundo desarrollado está atado de alguna y otra forma a regímenes autoritarios. Esos regímenes, organizaciones o ideologías se han ido alineando y producen inestabilidad en las regiones. En el Indo Pacífico son la mayor fuente de inestabilidad con la presencia de barcos que mantienen a Filipinas en ascuas, que amenazan a Taiwán con una invasión a diario, o están lanzando misiles sobre Japón o Corea del Sur y desarrollando arsenal nuclear aun cuando viven en una de las mayores pobrezas del planeta.  Pasa lo mismo con el terrorismo, que es financiado por regímenes autoritarios y que amedrenta las libertades de Occidente.

“Las democracias y las libertades son difíciles de preservar por lo que necesitamos protegerlas. No podemos ser complacientes con las autocracias que intentar vender su modelo como el justo porque no van a exigir el resguardo de los derechos humanos o las libertades de los otros países. Y si esos son las naciones que toman el control del mundo la realidad para las democracias será completamente diferente” advirtió él republicano.

THE ASIAN DOOR: La geopolítica de la tecnología corteja a Vietnam. Águeda Parra

Convertirse en el único país que recibe el mismo año a los dirigentes de las dos principales potencias del mundo sitúa a Vietnam, indudablemente, en el grupo de economías estratégicas para los objetivos tanto de Washington como de Pekín. Convergen en ambos casos los intereses de seguridad y defensa en el Indo-Pacífico, con especial foco en Taiwán, el impacto del nearshoring en las cadenas de suministro globales y el papel de Vietnam en las reservas mundiales de tierras raras, En definitiva, el diseño de un nuevo modelo de globalización y de equilibrio de poder global en la gobernanza mundial en el que Vietnam tendrá una participación destacada.

La visita de Biden ha consolidado la transformación de las relaciones entre Estados Unidos y Vietnam en la última década, mientras que el reciente viaje de Xi, apenas tres meses después del presidente norteamericano, constata la urgencia de Pekín por actualizar los términos de su relación con el país vecino tras seis años desde su último viaje, siendo la cuarta visita al extranjero de Xi en 2023 tras Rusia, Sudáfrica y Estados Unidos. Ambos países comparten ideología, y hasta el momento es el principal socio comercial y de inversión de Vietnam, pero el escenario de rivalidad de China con Estados Unidos está propiciando una geopolítica en transición en la región, a lo que se suma el impacto geoestratégico que tiene el volumen de reservas de tierras raras que alberga Vietnam, las segundas mayores del mundo por detrás de China.

La proactividad de Vietnam para reforzar sus vínculos con varios de los principales actores globales ha tenido a Estados Unidos como principal exponente de su renovada política exterior, elevando la relación con Washington a la de asociación estratégica integral durante la visita de Biden en septiembre, situándose al mismo nivel que la que mantiene con China, además de con Rusia, India y Corea del Sur. En esta histórica visita, Washington y Hanoi acordaban reforzar sus vínculos de cooperación militar, económicos y tecnológicos, principalmente en la producción de semiconductores.

El mismo paso se producía en noviembre con el viaje del presidente de Vietnam Vo Van Thuong a Japón, elevando la relación a asociación estratégica integral durante la visita en la que se conmemoraban los 50 años de relaciones bilaterales. y en la que además se anunciaba un refuerzo de la colaboración en temas de seguridad en el Mar del Sur de China. Una activa redefinición de la política exterior de Vietnam que sumará próximamente a Australia a la lista de países con los que mantiene una asociación estratégica integral.

La visita de Xi a Hanoi se produce, por tanto, tras reforzar Vietnam la denominada diplomacia de enfoque omnidireccional, con la que Hanoi despliega mayores vínculos económicos y de apoyo en cuestiones de seguridad ante el creciente escenario de rivalidad entre Estados Unidos y China, mientras sigue manteniendo la relación con el gigante asiático en una posición preferente. De ahí el paso dado por Vietnam de apoyar en esta ocasión la iniciativa china de construir una comunidad de futuro compartido para la humanidad, que difiere en la traducción de la versión original que hace referencia a una comunidad de destino común, ahondando así en una política de garantía con China que prioriza la relación con Pekín sin renunciar a mejorar las relaciones con otros países.

Con el propósito de reforzar sus vínculos, la visita de Xi se cerró con la firma de 36 acuerdos de colaboración, de los 45 originalmente propuestos. Una posición cauta por parte de Vietnam que espera mejorar las comunicaciones férreas que unen ambos países, pero que mantendrá las estrictas reglas de exportación de tierras raras mientras busca desarrollar su propia tecnología de procesado. Una muestra de la estrategia seguida por Vietnam de priorizar los intereses nacionales frente a los proyectos estratégicos.

 

 

El desafío de Irán sube la apuesta y China se alarma

El bloqueo casi completo de la ruta del Mar Rojo y el Canal de Suez hacia Occidente va a complicar las economías de todo el mundo con el aumento de costes, además de la sensación de que los enemigos del actual orden mundial están ganando batallas en parte por incomparecencia del adversario.

Los protagonistas de ese bloqueo son los integrantes de las unidades militares que los chiitas hutíes han puesto en pié hace años en Yemen para hacer frente a los gobiernos islámicos pero sunnitas, y por lo tanto más cercanos a Arabia Saudí, del país. Pero nos engañaríamos si simplificáramos el asunto como un conflicto religioso. La discusión sobre los dogmas del Islam son los catalizadores de un conflicto geoestratégico regional con repercusiones planetarias.

Los hutíes, como Hizbulah en Líbano, son extensiones de Irán en Yemen, país que domina la entrada oriental del Mar Rojo y en cuyo territorio estuvo la base británica de Adén que protegía la zona. Ahora, los aliados occidentales operan desde la isla de Diego García y con fuerzas aeronavales que, de momento, no impiden las acciones de lanzamiento de misiles y drones desde territorio yemení contra los barcos que tratan de cruzar hacia el Canal de Suez. Sin olvidar que el largo brazo del islamismo, tanto chiita como sunní, desestabiliza desde Somalia el sur de esa región.

Los hutíes, que no han logrado vencer en Yemen pero dominan zonas estratégicas de la costa, exhiben la coartada de la situación en Gaza pero responden más bien a las necesidades iraníes con crecientes dificultades internas, económicas y sociales, y a dificultades en su influencia sobre Siria, que consideran estratégico.

Pero el aumento de presión de Irán puede tener consecuencias no deseadas para Teherán y algunos de sus aliados. China, que es un socio financiero de Irán, tiene gran interés en lo que denominan la Ruta de la Seda marítima y para ello necesitan el Mar Rojo abierto y no tener que llegar a los mercados occidentales dando la vuelta a África. Pero, a la vez, China necesita no presionar mucho a Irán por su dependencia del petróleo iraní y del gas de Qatar, país que, a su vez, tiene un plan propio para Yemen y está en negociaciones con los hutíes.

En este marco, es sorprendente, o tal vez no, que España esté aceptando a regañadientes y poniéndose de perfil, en la coalición aeronaval de EEUU, Europa y aliados para mantener abierto el Mar Rojo.

INTERREGNUM: La cumbre UE-China. Fernando Delage  

Menos de un mes después del encuentro mantenido entre los presidentes de Estados Unidos y de China en San Francisco con ocasión de la cumbre anual de APEC, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo, Charles Michel, viajaron a Pekín la semana pasada para la XXIV cumbre China-Unión Europea, la primera presencial desde 2019. Para Bruselas, los objetivos prioritarios consistían en asegurar el acceso de las empresas del Viejo Continente al mercado chino (el déficit bilateral europeo se acercó en 2022 a los 400.000 millones de euros, el mayor de la historia y el doble que hace sólo dos años), e intentar limitar el apoyo de Pekín a Moscú con respecto a la guerra de Ucrania. De poco sirvieron las cinco visitas realizadas a China por líderes de otros tantos Estados miembros durante el último año ni las de ocho comisarios en los últimos seis meses, de ahí las limitadas expectativas con las que se acudió a la cita.

En el terreno económico, aunque Pekín aseguró que su superávit comercial se reducirá en los próximos meses, la preocupación europea es justamente la contraria. El exceso de capacidad industrial china en un contexto de menor crecimiento interno y de dificultad de acceso a distintos mercados (Estados Unidos, Japón e India, entre otros), convierte a Europa en destino prioritario para las exportaciones de la República Popular, especialmente en el caso de productos renovables (como turbinas eólicas y paneles solares) y vehículos eléctricos. Estos últimos ocupan un lugar central en las disputas: Bruselas no cederá en su investigación sobre los subsidios estatales a los fabricantes chinos pese a las protestas de sus autoridades, ni Pekín en una política que considera imprescindible para transformar la estructura de su economía, dominar mercados estratégicos y contrarrestar la caída en las inversiones extranjeras que recibe. El gobierno chino cree por lo demás que puede aislar a las instituciones comunitarias, presionando de manera directa a los Estados más relevantes de la Unión Europea.

Tampoco podían esperarse grandes acuerdos en la esfera geopolítica. Como medio de presión, la UE ha propuesto la adopción de sanciones a una docena de empresas chinas que exportan a Rusia material de doble uso; una medida que podría discutir el Consejo Europeo esta misma semana, y que Pekín considera como una interferencia impropia entre socios. El presidente Xi Jinping rechazó la idea de una rivalidad sistémica entre los dos actores, e hizo hincapié en la disposición de Pekín “a tratar a la UE como un socio clave en cooperación económica y comercial, un socio prioritario en cooperación tecnológica, y un socio cercano en las cadenas industriales y de suministro”.

La ausencia de confianza política entre la UE y China obliga a preguntarse por la utilidad de estas cumbres. Esta vez ni siquiera hubo un comunicado final conjunto. La recuperación de los encuentros presenciales no significa que puedan resolverse problemas que son de naturaleza estructural. Mientras Bruselas quiere reforzar la seguridad económica del Viejo Continente y reducir los riesgos derivados de la dependencia de la República Popular dando forma a una relación más equilibrada, Pekín no sólo rechaza sus quejas, sino que acusa a los europeos de politizar las cuestiones económicas y de violar los principios del libre mercado. Por mucho que China insista en sus deseos de colaboración, parecen innegables sus intentos de marginar a la UE tanto en estos asuntos como en los relativos a Ucrania y Oriente Próximo, por no hablar de Taiwán.

Kissinger y China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Henry Kissinger falleció la pasada semana a sus 100 años y su partida ha avivado un caudal de opiniones en cada lugar del planeta. Su astucia y tenacidad hicieron posible la reformulación de la diplomacia del siglo XX y permitió a Washington adentrarse en lugares impensables hasta ese momento, uno de los ejemplos más insignes fue China.

Mientras Kissinger se desempeñó como asesor de seguridad nacional del presidente Richard Nixon viajó en secreto a China en 1971 y comenzó la preparación del terreno para que la visita del propio Nixon a Beijing tuviera lugar un año más tarde.

Un par de años más tarde Nixon nombró a Kissinger secretario de Estado, en 1973, convirtiéndolo por tanto en la primera persona en desempeñarse como asesor en seguridad nacional y secretario de Estado simultáneamente. Continuó ejerciendo ambos cargos hasta 1975 cuando el entonces presidente Gerald Ford lo destituyó de la posición de asesor en seguridad nacional, aunque lo mantuvo como secretario de estado hasta 1977.

Pero no fue hasta 1979 que el entonces presidente Jimmy Carter concedió reconocimiento diplomático total a China. No cabe duda de que el trabajo de Kissinger y la visita del presidente Richard Nixon a Mao Zedong, abrió el nuevo camino a este reconocimiento formal y disipó tensiones de décadas anteriores.

Las relaciones diplomáticas bilaterales se justificaron en la necesidad de sacar de la pobreza a casi mil millones de personas e intentar acabar con el comunismo, lo que es consistente con los valores estadounidenses, especialmente de la época.  A finales de los sesenta la economía china representaba aproximadamente el 10% del PIB estadounidense por lo que objetivamente era imposible que Washington pudiera de manera alguna ver en China un posible competidor en el futuro.

Más de cuatro décadas de relaciones diplomáticas han demostrado que la transformación de China a una democracia no ha sido posible; por el contrario, el Partido Comunista ha desarrollado un novedoso sistema haciendo uso de Occidente para crecer abruptamente, pero sin conceder ningún tipo de libertades  nacionales sino, por el contario, afianzando controles sociales más estrictos y sofisticados cada día, lo que hoy ha llevado a fuertes críticas y abierto un debate entre algunos expertos en los Estados Unidos.

En 2018 Kissinger dijo en relación con ese cuestionamiento en el Wilson Center en Washington que “China y Estados Unidos vieron en el otro un contrapeso a una amenaza de la Unión Soviética. Nos abrimos a China con la que teníamos que hablar en ese momento con el fin de introducir un elemento de cálculo adicional para combatir a los soviéticos”.

China, por su parte, guarda un buen recuerdo de quien se atrevió a buscar traerles al otro lado del mundo. En efecto, Xi Jinping envió un mensaje sentido de condolencias a la familia Kissinger, así como lo hizo al mismo presidente Biden por la partida del Kissinger afirmando que el ex secretario de Estado es considerado un amigo de China de acuerdo con el medio oficial chino China Daily.

El legado de una figura tan prominente no podrá ser borrada de la memoria histórica aun cuando hoy muchos que intentan remarcar decisiones cuestionables e incluso alterar hechos históricos. Es importante observar y juzgar basándose en el momento en el que cada decisión fue tomada y las circunstancias existentes.

Citando a de Kissinger: “él excepcionalísimo estadounidense es misionero y se basa en que Estados Unidos tiene la obligación de difundir sus valores en todas partes del mundo. Mientras que el excepcionalísimo chino es cultural, no hace proselitismo, sino que esperaba que los interesados se acerquen a buscar a China”.  Lo que explica una mentalidad diametralmente opuesta.

 

Taiwán: elecciones trascendentales

El próximo 13 de enero se celebrarán elecciones legislativas y presidenciales en Taiwán y a nadie se le oculta que estos comicios tendrán una gran importancia en el marco actual de especial agresividad china, alta tensión en el Pacífico y lo que parece ser el inicio de una etapa algo más distendida entre China y Estados Unidos.

En Taiwán las dos fuerzas políticas principales, que se reparten prácticamente por la mitd el electorado, son el Kuomintang (KMT) y el Partido Popular de Taiwán (PPT). El primero fue el fundador de la República de Taiwán, cuando fue derrotado (gobernaba en Pekín en 1949) por los comunistas de Mao Tse Tung y sus dirigentes huyeron de la China continental instalándose en la isla sin que hayan podido ser desalojados por el gobierno de Pekín.

El KMT se considera representante de la China democrática y aspira a una reunificación con la China continental con ua constitución democrática y liberal. EL PPT, que actualmente gobierna, responde a nuevas generaciones de taiwaneses que quieren avanzar a una situación de plena independencia sin mirar de reojo a Pekín y funcionar como dos países diferentes (que es lo que ocurre en la práctica). El KMT mantiene mejores relaciones con Pekín, a pesar de la historia.

El experto en asuntos chinos Xulio Rios describe la situación actual señalando que “la oposición insiste en que una victoria del soberanismo puede hacer inevitable el conflicto armado y ese temor alienta su esperanza de triunfo ya que puede presumir de una mejor relación, disuasoria, con China continental. El mayor inconveniente es su división en dos fuerzas (que prácticamente dividen el voto por la mitad. Pese a que han intentado fraguar la unidad, las negociaciones han fracasado, lo cual, por otra parte, resta credibilidad a su clamor sobre la emergencia de ese compromiso con la paz”.

El PC chino observa desde Pekín con atención la situación, atento a las brechas políticas y sociales en la isla que le permitan ir avanzando hacia una ocupación de la isla que ellos denominan reunificación. Es verdad que el presidente Xi prometió al presidente Biden en su reciente encuentro en California que China no planea una intervención militar en Taiwán a corto ni medio plazo pero Pekín no deja de exhibir fuerzas aeronavales en torno a la isla. Este es el escenario de fondo en el que se van a desarrollar las elecciones de enero.

INTERREGNUM: Kissinger en Asia. Fernando Delage

Para Henry Kissinger, nacido en un pequeño pueblo de Baviera en 1923 y formado como académico en el estudio de la diplomacia europea del siglo XIX, Asia era un mundo ignoto. Un mundo al que dedicaría, sin embargo, buena parte de su atención en su vida profesional; un continente en el que lograría algunos de sus mayores éxitos, pero donde también demostraría su despreocupación por el coste humano de sus decisiones. Si brillantez estratégica y cinismo político han sido las dos caras del más influyente diplomático norteamericano de la segunda mitad del siglo XX, de ambas dio sobradas pruebas en su aproximación a Asia desde que abandonó la docencia.

Vietnam fue uno de los primeros asuntos que le llevó a trabajar como asesor de la Casa Blanca. Como consultor externo de las administraciones de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, Kissinger realizó tres viajes a Indochina que le convencieron de que era una guerra perdida. Su opinión se la guardó no obstante para sí mismo, mientras en público apoyaba a la administración demócrata y estrechaba al mismo tiempo la relación con quien sería su mentor, el republicano Nelson Rockefeller. Aunque este último no obtuvo la candidatura de su partido a la presidencia, Vietnam fue la razón de su nombramiento como asesor de seguridad nacional por parte de Richard Nixon tras las elecciones de 1968.

Esta improbable pareja buscaba una “paz con honor” (Nixon), y en unos términos que  “no erosionaran la capacidad de Estados Unidos para defender a sus aliados y la causa de la libertad” (Kissinger). El imperativo de la retirada de Vietnam no debía afectar a la credibilidad de Estados Unidos como gran potencia, en efecto, y cualquier método orientado a ese fin resultaba asumible para la administración. Nixon estuvo de acuerdo con Kissinger en recurrir a la violencia para forzar a Hanoi a negociar, y decidió bombardear en secreto sus bases en Camboya a partir de 1969. La intervención norteamericana desestabilizó el país, creando las condiciones que permitirían la irrupción del régimen genocida de los Jemeres Rojos. Los conocidos como “bombardeos de Navidad” sobre Vietnam del Norte en 1972, en los que murieron unos 1.000 civiles, y que Kissinger propuso para ganarse la confianza de Saigón en las negociaciones, fueron otro desgraciado ejemplo de esa misma política.

Un elemento adicional de presión sobre Hanoi consistió en actuar sobre sus dos principales fuentes externas de ayuda militar (la Unión Soviética y China), en una dirección que debía servir igualmente para contrarrestar los efectos de una retirada norteamericana del sureste asiático. El resultado fue la “diplomacia triangular” que vendría a definir la carrera de Kissinger: distensión con Moscú (incluyendo el primer acuerdo de limitación de armamento nuclear de la historia), y acercamiento a Pekín. La apertura a China fue en realidad una idea de Nixon, que contó con el mayor de los escepticismos por parte de Kissinger tras conocerla. Pronto iba a hacer de las negociaciones secretas con las autoridades chinas, sin embargo, la historia más conocida de su trayectoria. Años más tarde, su relación con los líderes chinos—a los que visitó por último vez en julio, dos meses después de cumplir 100 años—iba a convertirse también en una de las principales razones de su influencia como analista político, como mediador informal, y como consejero de multinacionales.

Los elogios a Kissinger por parte de Pekín tras su fallecimiento no son compartidos en otras partes de Asia. No hace falta explicar por qué en los casos de Vietnam, Camboya y Laos. En el sureste asiático, fue en Singapur donde Kissinger estableció una larga relación de amistad con Lee Kuan Yew (único dirigente asiático incluido, por cierto, en su último libro, Leadership). En Asia meridional compartió la hostilidad de Nixon hacia la primera ministra de India, Indira Gandhi, y toleró la brutalidad de Pakistán (que hizo de puente en el diálogo secreto con China) contra los bengalíes en la guerra de 1971 que condujo a la independencia de Bangladesh.

Si el legado de Kissinger es más negativo que positivo queda en manos de los historiadores del futuro. Entre la avalancha de comentarios de estos días predominan las críticas a su amoralidad sobre sus innegables triunfos diplomáticos: la política de distensión sentó las bases para el fin de la guerra fría década y media después, y el acercamiento a China permitió romper el bloque comunista a la vez que hizo posible las reformas de Deng Xiaoping. Como sus admirados Bismarck y Metternich, Kissinger intentó partir del contexto histórico de cada momento y guiarse por un marco conceptual dirigido ante todo a crear un orden estable (así queda reflejado en sus libros, algunos de ellos magistrales como A World Restored, Diplomacy, o World Order). Pero al contrario que sus contemporáneos George Kennan o Zbigniew Brzezinski, Kissinger nunca rompió puentes con el poder. La Europa del Congreso de Viena que estudió, y la guerra fría cuya dinámica cambió, son referencias limitadas en un mundo tan diferente como el de hoy, en el que el Viejo Continente ya no está en el centro del escenario económico y geopolítico global. Ha seguido escribiendo sobre el sistema internacional—tratando, incluso, las implicaciones de la inteligencia artificial—, y advertido en particular sobre el riesgo de un enfrentamiento entre China y Estados Unidos. Pero no ha querido proponer soluciones que hubieran impedido su acceso a líderes como Putin  o Xi.

THE ASIAN DOOR: La COP28 inaugura la financiación climática. Águeda Parra.

Cada una de las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático deberían ser en sí mismas históricas, pero solamente algunas terminan marcando un salto diferencial en la ambición de mantener el calentamiento global por debajo de los 2ºC con respecto a la etapa preindustrial, siendo el objetivo más ambicioso limitarlo a 1,5ºC. Y la COP28, celebrada en Emiratos Árabes Unidos (EAU), va a formar parte de esas consideradas como históricas al haberse alcanzado, ya el primer día del encuentro, el acuerdo de apoyar a los países en desarrollo afectados por el cambio climático.

El compromiso de abordar una financiación climática por parte de los países más industrializados ha venido siendo una de las grandes aspiraciones de anteriores ediciones que ahora se materializa. Tras tres décadas de presionar a los países más industrializados por una compensación a los países en desarrollo, la COP28 abre paso a una mayor concienciación en materia de financiamiento climático, aunque sea por el momento con recursos ya contemplados en presupuestos en curso. Tampoco el importe será elevado, y queda lejos del billón de dólares que se estima necesario para abordar el proceso de mitigación y adaptación climática, pero aún así se puede considerar como uno de los mejores inicios de una COP.

En total, el fondo que albergará el Banco Mundial, y que podría estar disponible este mismo año, alcanzará los 549 millones de dólares con las contribuciones de EAU y Alemania, cada uno aportando 100 millones de dólares, Reino Unido se sumará con 76 millones de dólares, Japón alcanzará los 10 millones de dólares, en línea con los 17,5 millones de dólares de Estados Unidos, que sorprenden por su escaso volumen, mientras la Unión Europea contribuirá con 235 millones de dólares. Una aportación que debería considerarse como el impulso inicial del que se beneficiarán los países en desarrollo “particularmente vulnerables”, a la espera de que se defina el ámbito del término, y que por su volumen apenas refleja el coste de entre 280 y 580 millones de dólares que necesitan los países en desarrollo para combatir el cambio climático hasta 2030.

Se inicia, por tanto, el proceso de compensación por unas emisiones acumuladas que sitúan a Estados Unidos como el responsable del 25% del total, hasta el 22% alcanza el conjunto de los 27 miembros de la Unión Europea y el Reino Unido, quedando en tercer lugar China con casi un 15% de las contribuciones históricas. Todo el continente africano apenas representa en esta clasificación el 3% del total de emisiones acumuladas. El ajuste de carbono per cápita es otra de las dimensiones del impacto climático histórico, siendo las emisiones de Estados Unidos ocho veces superiores a las de China, y 25 veces las de India. En la actualidad ese desequilibrio se mantiene, siendo las emisiones per cápita de Estados Unidos casi el doble de las de China, y casi 8 veces más las de India en 2021, según Global Carbon Budget. De ahí que haya sorprendido el escaso volumen de financiación climática anunciado por Washington.

Se trata, por tanto, de avanzar en el proceso de financiación climática para compensar las desigualdades históricas aspirando a que otros países se sumen, entre ellos China. Pero también mirando hacia Oriente Medio, que no sólo es la región que alberga la COP, sino donde se sitúan los tres países más contaminantes per cápita, Qatar, Baréin y Kuwait, según Global Carbon Budget.

En esta nueva etapa que comienza, tan importante o más sería que los países con capacidad de manufactura de tecnologías verdes incorporaran a los países en desarrollo en su huella de despliegue en condiciones preferentes. El objetivo no debería ser únicamente buscar equilibrar las aportaciones de contaminación producidas por los procesos de industrialización durante décadas, sino empezar una nueva etapa donde las tecnologías verdes se conviertan en el verdadero impulso de los cambios socioeconómicos que deben afrontar los países en desarrollo.

China sigue presionando

A pesar de la ligera distensión que están protagonizando China y Estados Unidos, el gobierno de Pekín mantiene la presión sobre los límites de sus mares territoriales e imponiendo la presencia de sus fuerzas  navales cerca de islas pertenecientes a Japón, Filipinas y otros países cuya soberanía es reclamada por China.

Agencias de noticias vienen  informando hace semanas de la movilización de fuerzas navales filipinas tras denunciar la aparición de más de 135 barcos de la Milicia Marítima de China que han comenzado a patrullar  por las islas. Aparentemente, China quiere seguir manteniendo alta tensión con un gran despliegue naval en el justo límite de sus aguas territoriales  y realizando incursiones sorpresa que elevan la alarma, alteran las rutas comerciales y ponen en alerta todos los sistemas de defensa en la región con los riesgos de que un error de cálculo o una maniobra arriesgada hagan estallar un conflicto de incalculables consecuencias.

China está teniendo altibajos en su economía que están aumentando las tensiones sociales internas  y ralentizando sus planes de inversiones e influencia en África y, en parte, en América Latina. Estos hechos podrían estar actuando sobre los intentos chinos de calentar el fervor nacionalista sobre los mares territoriales, aunque no hay que olvidar que el nacionalismo chino siempre ha constituido una constante de Pekín y ninguna de sus reclamaciones son nuevas desde el fin de la guerra mundial y el triunfo de la revolución comunista que acaudilló Mao.

Esta pulsión china puede constituir un obstáculo en sus planes de acercamiento relativo a una distensión con Estados Unidos, aunque las autoridades de Pekín consideren que mantener la presión es el pulso necesario para que Washington admita la necesidad de relacionarse con China al más alto nivel de potencia a potencia. Como todas las grandes operaciones estratégicas, ésta también tiene el enorme peligro de sus efectos secundarios, generales en el caso de que den lugar a un conflicto abierto, y particularmente para China porque su agresividad está fortaleciendo las alianzas de EEUU en la región y estimulando el crecimiento de las inversiones en recursos militares de quienes se sienten amenazador por Pekín.