INTERREGNUM: La coronación de Xi. Fernando Delage

Tal como estaba previsto, el XX Congreso del Partido Comunista Chino concluyó el pasado domingo encumbrando la figura de Xi Jinping. Comienza su tercer mandato como secretario general y presidente de la Comisión Central Militar (y—a partir de marzo próximo—como presidente de la República), tras haber dedicado una década entera a consolidar su poder hasta extremos que resultaban inimaginables cuando sucedió a Hu Jintao a finales de 2012. La aparente “purga” de este último ante las cámaras, y en presencia de los más de 2.000 delegados en el Congreso, da una idea del tipo de líder ante el que nos encontramos. Occidente debe prepararse para una China hostil, cuyo comportamiento estará guiado por una peligrosa combinación de ideología y nacionalismo.

Aunque el Congreso no nombró a Xi presidente del Partido como se especulaba—es un cargo que nadie ha desempeñado desde 1982—, sí ratificó su estatus como “núcleo central” de la organización, e incorporó su “pensamiento” a los estatutos, equiparando así su cuerpo doctrinal al de Mao (las ideas de los restantes líderes tienen la categoría inferior de “teoría”). La composición del nuevo Comité Central, y por tanto del Politburó y de su Comité Permanente es, no obstante, la mejor ilustración de la capacidad de maniobra de Xi. Como revelan tres hechos—la retirada política de quien ha sido primer ministro durante los últimos diez años, Li Keqiang; la salida asimismo del Comité Permanente de Wang Yang, pese a no haber llegado aún a la edad de jubilación; y el humillante trato dispensado a Hu Jintao en la clausura del Congreso—, Xi ha liquidado a las Juventudes Comunistas como facción rival. Se ha rodeado únicamente de cargos leales, entre los que—por razones de edad—tampoco parece encontrarse su potencial sucesor. Las circunstancias conducen por tanto a pensar que Xi obtendrá un cuarto mandato tras el XXI Congreso en 2027.

Las esperanzas de que, en su intervención, Xi planteara la necesidad de un giro en política económica y una diplomacia más pragmática se han visto por otro lado frustradas. Confirmando su obsesión por el control absoluto de la economía—como de la política y la sociedad—, el máximo dirigente chino hizo hincapié en el imperativo del intervencionismo público y de la “prosperidad común”, denunciando una vez más el “desviacionismo” del sector privado. La corrección de las desigualdades sociales es, con todo, tan prioritario como la urgencia de minimizar la dependencia de los mercados occidentales para adquirir una independencia tecnológica propia. Es esta última una batalla que China ganará, dijo Xi, en una nada velada reacción a las últimas medidas de la administración Biden que prohiben la exportación de semiconductores a la República Popular.

Los nubarrones en el entorno exterior fueron por ello extensamente identificados por Xi, sin ningún atisbo de cesión. Reiteró la posibilidad del uso de la fuerza contra Taiwán en caso necesario, y la continuidad de una política exterior en la que va a resultar inevitable la confrontación con Estados Unidos—al que en ningún momento nombró—, y el simultáneo refuerzo de la asociación con las naciones del mundo emergente.

“Seguridad” fue el término más empleado por Xi en la presentación de su informe ante el Congreso. Un concepto obsesivo, vinculado a la necesidad de control político e ideológico que permita situar a China como principal potencia mundial hacia 2049. Pero puede que Xi se equivoque. Haber roto todas las reglas impuestas en los años ochenta por Deng Xiaoping para evitar la irrupción de un nuevo Mao—limitación de mandato, liderazgo colectivo, etc.—le puede proporcionar un poder personal sin precedente, pero gobernará una China más aislada, enfrentada a Occidente y a la mayor parte de sus vecinos. Ese poder tampoco le servirá para resolver el rápido envejecimiento de la población, los desequilibrios medioambientales, o el fin de un alto crecimiento económico. Problemas todos ellos que, como alternativa, pueden conducir a Xi hacia un nacionalismo beligerante y, con él, hacer de China una grave amenaza para la estabilidad regional y global.

Xi el omnipotente. Nieves C. Pérez Rodríguez

Xi se consagra, tal y como se había anticipado, como el nuevo Mao, o más bien se corona como el nuevo emperador chino moderno que una vez que agotó los dos periodos establecidos para gobernar modificó la Constitución para poder continuar en el poder.

El XX Congreso del Partido Comunista que se llevó a cabo la semana pasada contó con 205 hombres que eligieron este domingo a los 24 miembros del Politburó, que representa el segundo escalafón jerárquico en la pirámide de mando, y a las siete distinguidas personalidades que componen el Comité Permanente, el órgano más poderoso que es presidido por Xi Jinping.

En medio de la confirmación de Xi, como es habitual, tocaba la reconfirmación de los líderes de mayor jerarquía del Partido Comunista y los que serán la mano derecha del presidente.  Los seis hombres aparecieron en cámaras caminando detrás de Xi en fila india y en absoluta prestancia cuasi militar, y permanecieron parados uno al lado del otro mientras el propio Xi los presentaba al público uno por uno y estos hacían una reverencia en agradecimiento, con la prestancia que caracteriza los eventos chinos.

El llamado Comité Permanente del Partido Comunista equivale a un gabinete presidencial y quedó compuesto por los siguientes personajes:

Li Qiang: es el secretario del partido de Shanghái y el segundo al mando justo detrás del presidente. Acumula una larga experiencia política en regiones económicamente fuertes en China, como la zona de libre comercio de Shanghái. Ayudó a imponer las estrictas medidas para contener el Covid-19 lo que significó rígidas restricciones y el cierre de Shanghái con costos altísimos económicos para el país, pero que a su vez muestra su devoción a la política “Cero Covid” de Xi.

Cai Qi: actualmente se desempeña como alcalde de Beijing y jefe del Partido en la capital china. Se cree que es la persona más cercana al presidente y que le ha sido especialmente leal. Como organizador de los Juegos Olímpicos de invierno, considerados por el gobierno como un éxito, afianzó su respeto y reputación, aunque había sido cuestionado por su campaña de “echar de la capital a la población de bajo nivel”, que consistió en movilizar a la fuerza a migrantes en 2017.

Ding Zuexiang: director de la oficina del secretario general y la oficina presidencial. Un personaje curioso, porque no viene de abolengo político, lo que es muy importante en China; sin embargo, se le conoce por sus habilidades para escribir y memorizar, lo que lo hace ser un muy buen jefe de gabinete. Se ha ganado profundamente la lealtad de Xi, probablemente porque le ha mostrado serle leal en cualquier circunstancia y algunos analistas consideran que él es la persona que pasa más tiempo al lado del presidente.

Li Xi: es el jefe del PC chino en la provincia de Guangdong, además de tener viejos vínculos personales con la familia de Xi. En efecto, trabajó con alguien muy cercano al padre de Xi Jinping, quién fue un respetado político en la provincia. Es también conocido por su capacidad de resolver crisis y sacar al partido de comprometidas situaciones políticas.

Wang Huning: con un perfil un poco más global dada su prominente educación internacional, se cree que es el teórico político del PC chino, pues ha dado forma a las teorías rectoras de los últimos tres líderes chinos y los expertos lo perciben como el creador de la filosofía y la política de Xi. Además de que ya había sido miembro del Comité Permanente del PC chino y se le atribuye la autoría del ambicioso proyecto del BRI o la franja y ruta de la seda.

Zhao Leji: también ex miembro del Comité Permanente y jefe de la Comisión Central de Control Disciplinario. Se le considera un político prominente cuyo origen es la provincia de Shaanxi, donde el propio Xi Jinping fue enviado durante la época de la Revolución Cultural, y de donde han surgido varias estrellas del partido.

Algunos de estos nombres como el de Li Qiang muestran como Xi valora sobre todo la lealtad por encima de la eficacia de las políticas públicas o resultados económicos. Algo que es muy propio de la cultura china y que una vez más evoca la era de Mao en la que primó la lealtad al líder sobre la capacidad de respuesta o acción. Li es acusado de maltratar a unos 10 millones de ciudadanos por mantener rigurosísimas medidas de control y confinamiento para evitar contagios en Shanghai, lo que ha tenido además un efecto devastador en la economía china y ocasionó huida de capitales extrajeron frente la agresividad de la medida. Sin embargo, hoy es el según por detrás del propio Xi..

Xi ha demostrado ser un líder sumamente astuto y calculador que ha cambiado a China. Ha convertido al gigante asiático en un Estado que vigila los pasos de sus ciudadanos a través del uso de tecnología punta, que le ha servido para que posea el mayor control que nunca un líder ha acumulado. El mejor ejemplo se ha visto durante la pandemia del Covid-19 en que los ciudadanos han tenido que pasar controles diarios para poder salir de sus viviendas, se han tenido que hacer cientos de pruebas para evitar contagios masivos, se les ha negado en casos extremos, atención médica porque no contaban con la capacidad de atender más o porque se decidió a quien priorizar. Además del encubrimiento de información que han padecido los ciudadanos junto con el resto del planeta sobre el origen del virus, el número real de muertes o contagios.

Además, con sus rígida política de Cero-Covid ha generado una desaceleración de la economía china en el último año, tiene una gravísima crisis inmobiliaria que además irrita a la población y anula sus posibilidades de adquirir una vivienda. Simultáneamente ha perseguido a las minorías del país sin piedad al punto que durante su gobierno ha establecido centros de reeducación, de acuerdo con la definición oficial, o centros de reclusión donde se ideologiza y tortura a uigures, así como otras minorías por ser musulmanes y querer seguir sus tradiciones.

Xi aprovechó la pandemia para consolidar el sistema de control social con dispositivos super modernos, aplicaciones novedosas que obligan al ciudadano a fichar diariamente su estado de salud, mientras hacen un seguimiento de cada movimiento del individuo.

EL Congreso del PC chino fue una muestra de ese cálculo diminuto con cada detalle, con el nombramiento de personajes íntimos de confianza de Xi, lo que refleja el inmenso poder que ha conseguido acumular. E incluso el altercado en el que Hu Jintao, respetada figura y exlíder que fue sacado del salón en vivo después de que se le vio intentar coger un documento mientras que Xi puso sus manos sobre el mismo como un intento de que no pudiera tenerlo.  Incidente que no se ha visto en China, ni se ha comentado en las redes chinas pues fue suprimido de la transmisión.

Se vea por el ángulo que se vea, el control acumulado por el Xi Jinping lo consagra más que como un presidente como un líder supremo de por vida que ha cambiado las reglas del juego, y que con la excusa del rejuvenecimiento de China se ha vuelto capaz de todo al precio que sea necesario.

 

THE ASIAN DOOR: La estrategia económica de China tras el XX Congreso del PCCh. Águeda Parra

En todos los discursos de anteriores congresos, las partes que mayor peso y las que despiertan mayor atención son las que se refieren a las reflexiones económicas y a las cuestiones de seguridad nacional y política exterior. En esta ocasión, las perspectivas de futuro de la coyuntura internacional y la nueva definición de la política dinámica de Covid cero son los dos factores que van a marcar el desarrollo de la economía china en los próximos cinco años. De hecho, el entorno geopolítico de competición con la administración Biden imprime mayor volatilidad a la agenda económica.

Teniendo en cuenta estos dos planos económicos, el asociado a las políticas nacionales y la coyuntura que impacta sobre el rendimiento de la economía a nivel internacional, del discurso de Xi Jinping no se desprenden grandes cambios en una agenda estratégica que el presidente chino lleva desplegando durante los últimos diez años. Solamente los acontecimientos internacionales de los últimos dos, la pandemia global y la invasión rusa de Ucrania, son los eventos que están produciendo una adaptación de las directrices estratégicas identificadas en el XIV Plan Quinquenal (2021-2025).

No obstante, aunque no se aprecia una redefinición de las prioridades, sí existen dos factores que van a modular el despliegue del plan de desarrollo de cómo avanzará China en la ejecución del plano económico en el próximo lustro. El primero de ellos es la designación del sustituto de Li Keqiang como primer ministro, que ha anunciado que abandonará su cargo en marzo de 2023, una posición dentro del gobierno tradicionalmente asociada al máximo representante de la política económica. No se trata tanto de quién ostente el puesto, sino más bien del perfil del candidato elegido para ocupar una de las posiciones más estrechamente ligadas con las directrices de Xi Jinping. La más que posible elección de Li Qiang, el que fuera jefe del partido en Shanghai, anticipa una visión de la economía china más ligada a la ideología de Xi y más alejada, por ende, del esquema denguista imperante durante las últimas cuatro décadas.

El segundo factor que mayor afectará a cómo evolucione la economía china en los próximos cinco años será cómo de dinámica termine siendo la nueva definición de política de Covid cero que ha establecido el gigante asiático. De hecho, la recuperación de las cadenas de suministro está estrechamente ligada a cómo China evolucione en la adopción de medidas que permitan garantizar el bienestar de la población sin que la decisión de realizar confinamientos de larga duración en los principales centros productivos y de negocio termine afectando al rendimiento de la economía.

Para que a China le vaya bien, tiene que irles bien también a sus socios regionales, pero la coyuntura internacional actual y los reiterados confinamientos están planteando un escenario de incertidumbre permanente en la economía doméstica del que no son ajenos los inversores internacionales. A diferencia del rol que ha venido ejerciendo China como el principal motor económico para la región en las últimas décadas, el gigante asiático va a ser el país de la zona asiática que menor crecimiento económico va a generar durante 2022. Una circunstancia que no se había producido en los últimos 30 años, pasando Vietnam a ocupar, por primera vez, este papel de liderazgo económico entre los países asiáticos.

De cómo evolucionen las medidas sobre una política dinámica de Covid cero y de cómo la planificación económica quede más ligada a planes técnicos de desarrollo sin que se impongan las consideraciones ideológicas dependerá el ritmo de recuperación de la economía del gigante asiático. De las prioridades que se establezcan dependerá, en gran medida, que China vuelva a recuperar su rol de líder económico de la región asiática y, con ello, que se acelere su recuperación como socio económico a nivel global.

 

 

INTERREGNUM: Biden frente al tercer mandato de Xi. Fernando Delage

La administración Biden no ha esperado a la conclusión del XX Congreso del Partido Comunista Chino para transmitir a Xi Jinping lo que puede esperar de Estados Unidos en su tercer mandato. No es mera continuidad. La publicación de su primera Estrategia de Seguridad Nacional y la adopción de nuevas medidas de control de las exportaciones tecnológicas revelan un aumento significativo de la presión sobre la República Popular, aunque no cabe esperar que vayan a conducir a una China menos beligerante (quizá todo lo contrario).

Retrasada su entrega por la guerra de Ucrania, la Casa Blanca desveló finalmente el 12 de octubre su esperada Estrategia de Seguridad Nacional. El documento, que declara la era de la post-Guerra Fría como “definitivamente concluida”, identifica a China como “el más relevante desafío geopolítico” para Estados Unidos y para el orden mundial. “Superar a China” se convierte en la prioridad, aun afrontando al mismo tiempo el imperativo de contener a “una Rusia profundamente peligrosa”.

Recuperando los términos ya empleados anteriormente por el secretario de Estado, Antony Blinken, China—declara el texto—“es el único competidor que tiene tanto la intención de reconfigurar el orden internacional como, cada vez más, el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo”. El mundo se encuentra en un “punto de inflexión”, en buena medida porque China aspira a redefinir las bases del orden global, lo que hará que la próxima década sea “decisiva” para la rivalidad entre Washington y Pekín.

La Estrategia describe la situación en el estrecho de Taiwán como “crítica para la seguridad regional y global”, pero reitera el compromiso de Estados Unidos con la política de “una sola China” y su oposición a la independencia de la isla. Subraya al mismo tiempo la disposición de Washington a cooperar con la República Popular sobre asuntos como el cambio climático o la lucha contra las pandemias. Hasta aquí no parece haber grandes sorpresas. Pero otras medidas adoptadas en las últimas semanas dan todo su sentido a esta frase del documento: Estados Unidos “dará prioridad al mantenimiento de una ventaja competitiva duradera sobre la República Popular”.

El departamento de Comercio anunció el 7 de octubre nuevas reglas por las que se prohibe la exportación a China de semiconductores avanzados y de los equipos necesarios para su fabricación. Se impide asimismo a ingenieros y científicos norteamericanos a ayudar a la República Popular al desarrollo de semiconductores sin autorización expresa, incluso en áreas no sujetas al control de las exportaciones; y se refuerzan los mecanismos de supervisión para impedir que semiconductores norteamericanos vendidos a empresas civiles chinas caigan en manos de las fuerzas armadas. En una decisión aún más controvertida, se exigirá una autorización del gobierno norteamericano a cualquier compañía de un tercer país que venda semiconductores a China si lo han hecho utilizando tecnología de Estados Unidos. Y todo ello se suma a los cerca de 53.000 millones de dólares que la administración destinará a investigación sobre la próxima generación de semiconductores y a recuperar al menos parte de su producción en suelo nacional. (En la actualidad el 100 por cien de los chips comprados por Estados Unidos se producen en el extranjero: el 90 por cien en Taiwán y el 10 por cien restante en Corea del Sur).

La intención china de adquirir una completa autonomía tecnológica, y su programa de fusión civil-militar, han provocado una decisión que va más allá de una mera respuesta defensiva. No se trata tan sólo de intentar frenar el ascenso chino, sino de asegurar que, dando un empuje cualitativo a sus esfuerzos en innovación, Estados Unidos redoble su liderazgo. La Casa Blanca revela así un eje central de su política hacia la República Popular; una apuesta agresiva que presiona a Pekín donde más daño puede hacerle: en el terreno decisivo para su crecimiento económico futuro así como para su superioridad militar.

Estados Unidos no abre pues un escenario favorable a la reducción de las tensiones entre ambos gigantes. Tampoco un Xi fortalecido tras al XX Congreso lo propiciará. Habrá que estar atentos a su encuentro con Biden con ocasión de la cumbre del G20 el mes próximo en Indonesia.

INTERREGNUM: La (mala) imagen de China. Fernando Delage

Desde que Xi Jinping asumió la secretaría general del Partido Comunista Chino hace ahora diez años, la imagen internacional de la República Popular ha empeorado de manera considerable. También su propia figura, como revela un informe del Pew Research Center—el conocido instituto de estudios de opinión pública con sede en Washington—hecho público en vísperas de la inauguración, el próximo domingo, del XX Congreso del Partido.

El vuelco en la evolución de esa imagen exterior a lo largo de la última década ha sido especialmente significativo en Estados Unidos y en tres vecinos de China: Corea del Sur, Japón y Australia. En el caso del primero, por ejemplo, en torno al 25 por cien de los norteamericanos tenían una percepción positiva del país—y sólo una minoría una imagen negativa—antes de 2013. Unos resultados exactamente opuestos a los de hoy: la rivalidad económica, la pandemia, la política china de derechos humanos y el apoyo de Pekín a Moscú en su agresión a Ucrania son los principales factores que explican una opinión mayoritaria de hostilidad hacia la República Popular. Es, no obstante, un sentimiento extendido entre prácticamente todos las naciones examinadas por el estudio. En España, en estos diez años, la imagen negativa de China ha aumentado del 21 por cien al 63 por cien, mientras que el porcentaje de quienes mantienen una percepción positiva se ha reducido del 57 por cien al 29 por cien.

Como se mencionó, es una tendencia aplicable al presidente chino y no sólo a su país, especialmente desde 2019. Según los sondeos de 2022, una media del 40 por cien desconfía absolutamente de Xi; una cifra que supera el 50 por cien en naciones como Australia, Francia o Suecia. En el caso de España, el 45 por cien comparte esa opinión, mientras que un 34 por cien dice no tener demasiada confianza, y un 18 por cien, alguna o mucha confianza en Xi.

Una media del 66 por cien en los 19 países analizados coincide, por otra parte, en reconocer el extraordinario aumento de la influencia internacional de China, una idea manifestada por sólo un 12 por cien hace una década. Vinculada a esa apreciación de un mayor poder, crece igualmente la percepción de China como una amenaza en aumento: así lo piensa al menos la mitad de los encuestados en Corea del Sur, Japón, Filipinas, Australia y Estados Unidos; países estos últimos en los que se manifiesta de manera particular la preocupación por la injerencia china en su sistema político. Es una inquietud que se reduce a un tercio de la opinión pública en Europa, y al 24 por cien en España.

Al 72 por cien le preocupa asimismo el poder militar chino, definido como un grave problema (para un 37 por cien es un muy grave problema). Japoneses y australianos registran la mayor inquietud en este terreno (seis de cada diez encuestados), mientras que en Singapur, Grecia e Israel se recogen los índices más bajos. En el caso de España, se trata de un problema muy grave para el 47 por cien de la población, relativamente grave para el 25 por cien, mientras que no lo es para otro 23 por cien.

La situación de los derechos humanos es otro factor fundamental que explica esa opinión mayoritariamente desfavorable de China. Para los españoles es, de hecho, el motivo principal (55 por cien), seguido por las capacidades militares chinas (el ya citado 46 por cien) y la rivalidad económica (36 por cien). Sobre este último punto, el 51 por cien de los españoles ven a China como la potencia económica dominante, frente al 35 por cien que considera que ese estatus le corresponde aún a Estados Unidos.

Por mucho que Xi instruya a sus periodistas y altos cargos diplomáticos a “contar bien” la transformación de China, lo cierto—como indican estos datos—es que la República Popular asciende como gran potencia acompañada de la imagen más negativa en su historia. El temor a las posibles intenciones de un país más poderoso puede en parte explicarlo, pero es también resultado del creciente autoritarismo interno y de una serie de acciones (y de unas actitudes beligerantes) que inevitablemente provocan un choque con el mundo exterior. La proyección de su influencia en las naciones emergentes del Sur Global sólo puede ser una solución parcial para una China que sigue necesitando a Occidente para su crecimiento económico, y que—como le ha revelado la política revisionista de su socio ruso—no debería dar por acabada la fortaleza de las democracias.

INTERREGNUM: Xi prepara el XX Congreso. Fernando Delage

En un año en el que el secretario general del Partido Comunista Chino, Xi Jinping, esperaba verse libre de problemas para recibir el visto bueno a su tercer mandato en el XX Congreso, que se celebrará el próximo otoño, los desafíos se han multiplicado tanto en el frente interno como en el exterior. Su continuidad no está en discusión, pero las críticas a su liderazgo parecen extenderse, lo que podría conducir a algún giro en política económica y en política exterior.

Si esto es así no podrá confirmarse hasta noviembre, aunque el informe político que presentará Xi al Congreso—y que definirá las grandes orientaciones del gobierno chino hasta 2027—quedará prácticamente concluido en el cónclave secreto anual de los máximos dirigentes chinos en la playa de Beidaihe, en los primeros días de agosto. Aunque tampoco trascenderá aún, la segunda cuestión relevante que tratarán en su encuentro será la formación del próximo Comité Permanente del Politburó. La renovación, por razones de edad, de la práctica totalidad de sus siete miembros, dará la señal más clara de la fortaleza (o de los límites) del poder de Xi.

Es en la economía donde el presidente chino se ha encontrado con el escenario más conflictivo para sus intereses. Su política de COVID cero, las tensiones con Estados Unidos y las consecuencias de la guerra de Ucrania impedirán el objetivo oficial de un crecimiento del PIB del 5,5 por cien en 2022. Después de que la economía china haya registrado un crecimiento de apenas el 0,4 por cien en el segundo trimestre—la segunda peor cifra de los últimos treinta años—, lo más probable es que el PIB sólo se incremente en un 3 por cien. Pero a ello se suma un aumento sin precedente del desempleo juvenil (un 19,3 por cien en junio) y una crisis del sector inmobiliario que ha conducido a millones de ciudadanos a suspender el pago de sus hipotecas, con el consiguiente impacto sobre el sector financiero.

Las sanciones norteamericanas y el apoyo de Pekín a Moscú se está traduciendo por otra parte en un desvío de las inversiones de numerosas multinacionales desde la República Popular a otros países, como Vietnam y Bangladesh. Las exportaciones han sido el único aspecto positivo (crecieron un 17,9 por cien interanual en junio), pero la continuidad de su dinamismo depende de que la administración Biden elimine tarifas a las importaciones chinas, una decisión incluida en la agenda de la conversación mantenida por ambos presidentes el 28 de julio.

Por otra parte, China afronta la peor imagen exterior en décadas. El último sondeo del Pew Research Center, realizado en 19 países, recoge un 68% de percepción negativa entre los encuestados, frente a un 27% con una opinión favorable. Son unos resultados que erosionan los intentos de la República Popular de proyectarse como gran potencia responsable, pero también la imagen personal de Xi. Más preocupa con todo a Pekín el deterioro de su entorno geopolítico. La creciente consolidación del QUAD, el lanzamiento de AUKUS, y su inserción en el nuevo concepto estratégico de la OTAN reflejan una preocupante situación de enfrentamiento con las democracias occidentales y asiáticas, agravada por las presiones con respecto a Taiwán.

En estas circunstancias no debe sorprender que Xi haya querido demostrar su autoridad en sus recientes y sucesivas visitas a Hong Kong, Wuhan y Xinjiang, objeto todas ellas de una enorme atención mediática. Los argumentos nacionalistas empleados por el presidente sirven de distracción de las dificultades económicas, que sin embargo no van a desaparecer. Se especula por estas razones con que Xi tendrá que ceder, permitiendo la realización de algunas de las reformas a favor del mercado aplazadas durante tanto tiempo, y la designación como nuevos miembros del Politburó de algunos dirigentes que no pertenecen a su facción. Si, como parece, ya ha tenido que dejar en manos de Li Keqiang la gestión del día a día de la economía (aunque competencia tradicional de los primeros ministros, Xi se la arrebató poco después de llegar al poder), una de las grandes incógnitas es precisamente si Li—miembro de las Juventudes Comunistas, grupo considerado como enemigo por Xi—seguirá formando parte del Comité Permanente tras el Congreso.