La familia kirŏgi es una estrategia transnacional mediante la cual una parte de la familia —habitualmente la madre y los hijos— se instala en un país de habla inglesa para ampliar las oportunidades educativas de los menores, mientras el padre permanece en Corea del Sur y sostiene económicamente el hogar. Este modelo puede aportar capital cultural y una experiencia internacional, pero también entraña importantes costes económicos, emocionales y relacionales para todos sus integrantes
La intensa competencia educativa en Corea del Sur ha favorecido que algunas familias busquen en el extranjero nuevas oportunidades para sus hijos. La educación se percibe a menudo como una vía decisiva de movilidad social, lo que lleva a muchos hogares a realizar grandes inversiones económicas y personales.
Para muchas familias, uno de los principales objetivos es que sus hijos accedan a alguna de las tres universidades más prestigiosas del país, conocidas conjuntamente como SKY: la Universidad Nacional de Seúl, la Universidad de Corea y la Universidad Yonsei. Estudiar en una de ellas puede mejorar las perspectivas profesionales y reforzar el estatus social de sus graduados, aunque no garantiza por sí solo una trayectoria laboral determinada.
El acceso a estas instituciones está fuertemente condicionado por el examen nacional de ingreso a la universidad, conocido oficialmente como College Scholastic Ability Test (CSAT), si bien este no es el único criterio de admisión. La preparación para la prueba explica en parte el elevado gasto de muchas familias en academias privadas y otras formas de educación complementaria.
Esta presión educativa se combina con otros factores, como la precariedad laboral juvenil, el aumento del coste de la vida y las dificultades de acceso a la vivienda. En este contexto se popularizó la expresión «Infierno Joseon», utilizada por sectores de la juventud para criticar la desigualdad, la rigidez de las jerarquías sociales y la percepción de que existen pocas oportunidades de movilidad.
Ante esta situación, algunas familias optan por enviar a sus hijos a países de habla inglesa para que mejoren su dominio del idioma y amplíen sus posibilidades académicas. Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda y Australia han figurado entre los destinos más habituales. Desde la década de 1990, esta estrategia dio lugar a distintas formas de migración educativa transnacional entre familias surcoreanas de clase media.
Una de las más características es la denominada «familia kirŏgi» (kirŏgi gajok, en coreano). En este modelo, el padre suele permanecer en Corea del Sur para trabajar y enviar dinero al extranjero, mientras la madre y los hijos se establecen en otro país por motivos educativos. La palabra kirŏgi significa «ganso salvaje». La metáfora alude tanto a las largas migraciones de estas aves como al compromiso familiar asociado a ellas.
Los padres kirŏgi intentan visitar a sus familias periódicamente, aunque el coste de los viajes puede limitar mucho la frecuencia de los encuentros. En el lenguaje popular, quienes apenas pueden viajar son conocidos como «padres pingüino», mientras que aquellos con recursos para hacerlo con mayor frecuencia reciben el nombre de «padres águila».
La experiencia puede resultar especialmente exigente para los hijos. Además de las barreras lingüísticas, la discriminación o el estrés propio de la adaptación a otro sistema educativo, deben acostumbrarse a una nueva estructura familiar y a la ausencia cotidiana del padre. La conciencia del sacrificio económico realizado por sus progenitores puede, además, aumentar la presión por alcanzar el éxito académico. Diversos estudios han relacionado estas circunstancias con síntomas de ansiedad, depresión, baja autoestima y malestar psicosomático, aunque las experiencias varían considerablemente entre familias.
La separación también puede deteriorar la comunicación y la calidad de las relaciones familiares. La distancia dificulta la interacción entre padres e hijos y puede generar tensiones entre madres e hijos en el país de acogida. El regreso a Corea del Sur tampoco siempre es sencillo: tras varios años en el extranjero, las diferencias curriculares y lingüísticas pueden complicar la reincorporación al sistema educativo. Por ello, algunas estancias concebidas inicialmente como temporales terminan prolongándose de forma indefinida.
Para el padre que permanece en Corea del Sur, el mantenimiento de dos hogares supone con frecuencia una fuerte carga económica. Muchos reducen al mínimo sus propios gastos para financiar la vivienda y la educación de la familia en el extranjero. La soledad, la ausencia de convivencia cotidiana y la pérdida progresiva de intimidad familiar pueden provocar malestar psicológico, depresión y conflictos conyugales.
Las madres también afrontan dificultades importantes. La adaptación al país de acogida, la falta de redes sociales y, en algunos casos, un dominio limitado del inglés pueden favorecer el aislamiento y afectar a su bienestar emocional. La responsabilidad casi exclusiva sobre la crianza y la educación de los hijos añade, además, una presión considerable.
Al mismo tiempo, la experiencia puede abrirles espacios de autonomía que no tenían antes de emigrar. Algunas madres desarrollan una mayor independencia, asumen nuevas responsabilidades en la gestión del hogar y se distancian de determinadas obligaciones familiares o convenciones de género. La literatura sobre estas familias también ha identificado sentimientos de empoderamiento, confianza y fortalecimiento de la identidad personal.
Para los hijos, la migración puede ofrecer asimismo beneficios: una experiencia internacional, un mayor dominio del inglés, acceso a modelos educativos distintos y la posibilidad de desarrollarse en entornos académicos menos competitivos. Estos efectos positivos no eliminan los costes de la separación, pero muestran que la experiencia kirŏgi no puede entenderse únicamente en términos negativos.
La familia kirŏgi refleja, en definitiva, cómo la competencia educativa y las aspiraciones de movilidad social pueden transformar profundamente la vida familiar. Más que una simple estrategia académica, constituye un fenómeno migratorio que redistribuye los cuidados, redefine los roles de género y obliga a cada integrante de la familia a asumir sacrificios y oportunidades diferentes.
Cristina García
Redactora de contenidos digitales




