El 14 de abril, el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, rompió el silencio que había mantenido sobre la guerra de Irán, para advertir —en referencia al ataque de Estados Unidos— sobre el regreso a “la ley de la jungla” y comprometerse a asumir un papel “constructivo” en los esfuerzos dirigidos a poner fin al conflicto. Enfrentándose a un complejo equilibrio entre sus vínculos con Irán, sus intereses en Oriente Próximo, y su rivalidad con Washington, Xi consideró que había llegado el momento de intervenir políticamente. Al hacerlo, vino a desmentir la idea de que el bombardeo norteamericano de Irán, como antes la injerencia en Venezuela, iban a debilitar la posición internacional de China.
Los hechos apuntan más bien en la dirección contraria. A pesar de depender de las importaciones de crudo que atraviesan el estrecho de Ormuz, China está protegida frente a una interrupción a corto plazo en el suministro energético. Con el ejército de Estados Unidos implicado en Oriente Próximo, China se encuentra con una mayor libertad de maniobra en Asia oriental. Y mientras el presidente Trump se comporta de forma errática y contraria al Derecho internacional, traicionando a sus aliados e iniciando una guerra que ha causado graves daños a la economía global, China se presenta como potencia mediadora y responsable.
Esto no quiere decir que la guerra no esté causando problemas a la República Popular. El aumento de los precios energéticos afecta a su industria, y el de los fertilizantes a su agricultura, como muestran los indicadores económicos. Las exportaciones chinas se redujeron un 2,5 por cien interanual en marzo, el índice más bajo en seis meses, mientras que las importaciones aumentaron un 27,8 por cien, el mayor incremento registrado en cuatro años. Con todo, Pekín ha trabajado durante años para aislarse de la volatilidad en los mercados globales del petróleo. Las renovables proporcionan más de un tercio de la energía de un país que también representa un tercio de la capacidad eólica y solar total del mundo. La guerra conducirá a una adopción aún más amplia de las energías verdes, y facilitará por tanto el negocio de los fabricantes chinos de baterías y vehículos eléctricos.
Por otra parte, el desplazamiento de recursos militares de Asia a Oriente Próximo supone una oportunidad para China. Esos medios incluyen el USS Abraham Lincoln, uno de los cinco portaaviones norteamericanos en servicio activo, sistemas de defensa antimisiles desde Corea del Sur, y más de dos mil marines desde Okinawa. La señal que reciben los aliados es que el Indo-Pacífico no es una prioridad para Washington. No sólo se han debilitado los instrumentos de disuasión con respecto a Pyongyang y Pekín, sino que, una vez terminada la guerra, harán falta años para que Estados Unidos pueda reemplazar el armamento utilizado contra Irán.
China también quiere ser percibida como la gran potencia responsable, por lo que, en medio del caos desatado por la Casa Blanca, dice defender las reglas internacionales y ha presentado una iniciativa conjunta de paz con Pakistán. Una oferta simbólica, sin duda, pero que, sin obligarle a asumir ningún coste, beneficia a su reputación. Mientras se prolongue la guerra, más gobiernos de la región concluirán que las relaciones con Pekín serán indispensables para la reconstrucción y la estabilidad a largo plazo.
China quiere en todo caso que el conflicto concluya lo antes posible, pues sus repercusiones económicas pueden agravarse. Una vez despejado el escenario militar, le será más fácil, por lo demás, centrarse en las diferencias bilaterales con Estados Unidos cuando Trump visite Pekín en mayo. Más allá de Irán, Washington está erosionando los cimientos de su influencia global, creando una situación que las autoridades chinas esperan capitalizar económica y diplomáticamente.




