INTERREGNUM: Irán-Taiwán: lecciones para Pekín. Fernando Delage

Cuanto más tiempo se vea Estados Unidos atrapado en la guerra de Irán, piensan no pocos analistas, mayor es el riesgo de que China aproveche las circunstancias para avanzar en sus pretensiones de anexión de Taiwán. La incapacidad de la Casa Blanca para abrir el estrecho de Ormuz y para sumar aliados a su causa no inspira precisamente confianza sobre cómo gestionaría Washington un movimiento chino en relación con la isla, ya se trate de un bloqueo o de una invasión.

Por su posición geográfica, por su estatus como principal fabricante de semiconductores avanzados, por el desafío que representa su vitalidad democrática para la narrativa autoritaria de Pekín, y por estar en el centro de las tensiones entre Estados Unidos y la República Popular, Taiwán no ha dejado de ser el lugar potencialmente más peligroso del planeta. Durante los últimos meses, China ha aumentado la presión, tanto en forma de declaraciones como de ejercicios militares, mientras la administración Trump ha lanzado mensajes confusos sobre su apoyo a Taipei. Las diferencias entre las fuerzas políticas taiwanesas —entre el gobierno del Partido Democrático Progresista y la oposición del Kuomintang, con mayoría en el Parlamento— sobre la política a seguir con respecto al continente, también complican el contexto que rodeará la visita del presidente de Estados Unidos a Pekín a mediados de mayo.

El peligro de una escalada es real. Puesto que el presidente Xi Jinping no renunciará a sus ambiciones de unificación, el mantenimiento del statu quo depende de la voluntad taiwanesa de resistir y de la norteamericana de ayudar, siempre que ambos cuenten con unas capacidades militares realistas. Si Washington titubea, los taiwaneses perderán su confianza; si son estos últimos los que dudan, será Estados Unidos quien pierda interés. En un escenario en el que se debilita la posición de la Casa Blanca y se divide el sistema político taiwanés se avivan los riesgos de una confrontación cuyo impacto para la economía global sería demoledor.

La República Popular ha aprendido, no obstante, varias lecciones del conflicto en Irán. La guerra ha revelado los logros de la inteligencia norteamericana, así como la precisión de sus recursos militares. Pero además de haber tenido que desviar parte de esos recursos desde Asia oriental a Oriente Próximo, se han puesto en evidencia graves errores, como el de iniciar la campaña sin un plan de contingencia sobre las consecuencias del cierre del estrecho de Ormuz (aunque estuvieran identificadas en los planes del Pentágono desde hace años), o el fracaso a la hora de intentar formar una coalición con sus aliados. Pese a su teórico mayor margen de maniobra, también Pekín tiene sus limitaciones de cara a una acción militar, como revelan, por ejemplo, las recientes purgas en la cúpula del Ejército de Liberación Popular.

Resulta plausible pensar que, por ahora, la estrategia china consiste de manera prioritaria en disuadir a Taipei y a Estados Unidos de intentar fortalecer la autonomía de facto de Taiwán. Son numerosos los instrumentos a los que recurre a tales efectos: desde el acoso marítimo y aéreo a las tácticas de desinformación y los ciberataques, pasando por la cooptación de algunas élites taiwanesas. Es desde esta perspectiva como cabe interpretar la visita a Pekín de la presidenta del Kuomintang, Cheng Li-wun, quien se reunió con Xi el 10 de abril.

No hubo acuerdos formales ni ningún tipo de comunicado final, pero no debe minusvalorarse el significado político del encuentro. En posterior rueda de prensa, Cheng subrayó que, de ganar las elecciones de 2028, su partido formalizará un marco de relaciones institucionales entre ambos lados del estrecho. Días después, el gobierno chino anunció un paquete de diez medidas destinadas a restaurar los vuelos directos, el turismo, y los intercambios agrícolas y culturales. A Washington se le envió el mensaje de cómo las dos partes pueden gestionar su relación de manera pacífica, aunque obviando al actual gobierno taiwanés.

El coste y consecuencias de una intervención militar conducen a Pekín a compaginar la amenaza del uso de la fuerza con una política de incentivos destinada a reducir la resistencia e influir en la vida política de la isla. El trato dispensado a Cheng es una muestra de flexibilidad por su parte, aunque sería prematuro asegurar que algo ha cambiado. Los votantes taiwaneses tendrán la última palabra.

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