El presidente chino, Xi Jinping, no acudirá a Washington el 24 de septiembre al encuentro con su homólogo Donald Trump sin haber preparado antes el escenario. No solo impidió Pekín la adopción de un comunicado final en la reunión, la semana pasada, de los ministros de Finanzas del G20 en Asheville (Carolina del Norte) –y en la que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, pretendía como anfitrión denunciar las prácticas comerciales chinas–, sino que el propio Xi emprendió una gira diplomática diseñada para contrastar su influencia con la de unos Estados Unidos que pierde la confianza de sus aliados.
Tras haber realizado un único viaje al exterior en los ocho primeros meses de 2026 (a Pyongyang, en junio), Xi se ha desplazado de manera consecutiva a Kirguistán y Egipto, y acudirá a India días más tarde. En Bishkek asistió a la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), foro por excelencia del mundo no occidental, y en El Cairo –estrecho socio de Estados Unidos– anunció su intención de profundizar en los vínculos bilaterales, tanto económicos como diplomáticos y de seguridad. En India, que visitará con motivo de la cumbre de los BRICS, el presidente chino tratará de beneficiarse de la tensión entre Delhi y Washington que han provocado los aranceles impuestos por la Casa Blanca.
La cumbre de la OCS (31 agosto-1 septiembre) coincidió con el 25 aniversario de la creación de un grupo que pretende ser uno de los centros indispensables de un mundo multipolar. Representa el 43 por cien de la población mundial y el 23 por cien del PIB global, pero su cohesión es discutible. Sirve, no obstante, como un instrumento a través del cual sus dos fundadores, China y Rusia, tratan de proyectar una alternativa a Occidente. Sólo unos días después de la aún no explicada visita a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe, Xi y el presidente ruso, Vladimir Putin, reafirmaron en su reunión privada el compromiso mutuo de fortalecer su asociación estratégica y promover la reforma de la gobernanza global.
Pero en realidad es Pekín quien se ha situado en el centro de la organización. La influencia política y el peso económico de la República Popular en Asia central han crecido de manera notable en los últimos años, mientras Rusia ha visto cómo se deteriora su posición desde la invasión de Ucrania. La OCS permite a China presentarse como una potencia global y como elemento de estabilidad frente a sus socios, a la vez que apoya económicamente a países como Rusia e Irán, erosionando las sanciones occidentales y contrarrestando, por tanto, el margen de acción de Estados Unidos en vísperas de su desplazamiento a Washington.
La centralidad de China en Eurasia no es la única motivación de Xi. Mientras Estados Unidos sigue empantanado en la guerra contra Irán, Pekín aprovecha las circunstancias para rehacer asimismo su estrategia hacia Oriente Próximo. En Egipto, diez años después de su última visita, Xi animó el 2 de septiembre a los países de la región, inquietos todos ellos por la errática política norteamericana, a “ser dueños de su propio destino”. Les aseguró igualmente que Pekín contribuirá a asegurar las líneas marítimas de navegación. Con el gobierno egipcio, desde hace décadas uno de los principales receptores de ayuda militar de Estados Unidos, se acordó reforzar la cooperación en materia de seguridad y antiterrorismo, ampliar la colaboración sobre centros de datos, semiconductores y minerales críticos, e incrementar las inversiones chinas en la Zona Económica del Canal de Suez. Recordando que Egipto fue el primer país árabe –y de África– en establecer relaciones diplomáticas con la República Popular, hace ahora setenta años, Xi describió a ambas naciones como “hermanos cercanos”, unidos por una historia compartida de lucha contra el imperialismo.
Trump puede pretender que el mundo gire en torno a Washington, pero, de Asia central a Oriente Próximo, Xi transmite el mensaje de que China cuenta con su propia órbita. India, objeto de su próximo viaje (12-13 septiembre) será, sin embargo, un hueso más duro de roer.




