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Alaska: una cumbre para marcar el terreno de enfrentamiento entre EEUU y China

La reunión de alto nivel, la primera entre Estados Unidos y China en la etapa Biden, ha sido básicamente una puesta sobre la mesa de los problemas, los reproches y las exigencias de cada parte y la oficialización de que sigue el enfrentamiento sin que haya disminuido La tensión, al menos de momento.

Las delegaciones de cada país, en las que han tenido especial protagonismo los organismos de seguridad, no dejaron nada fuera de agenda. EEUU reprochó a China el no cumplimiento de normas de libertad de comercio, el intervencionismo estatal, la violación de los derechos humanos en general y respecto a uigures y tibetanos en concreto, sus amenazas a la situación en Hong Kong y Taiwán y la creciente amenaza militar en su zona marítima de influencia, además los peligros que  occidente ve para su seguridad en algunos desarrollos tecnológicos chinos. China, por su parte, reprochó a Estados Unidos sus problemas raciales tras negar las acusaciones estadounidenses. Pekín, que también tiene importantes problemas raciales, solo que menos publicitados en los medios de comunicación, se salta la realidad de que, mientras en Estados Unidos hay un sistema que permite debatir y encontrar soluciones a sus problemas internos, en China eso está fuera de toda posibilidad.

Así las cosas, las divergencias van a seguir en todo lo alto con el añadido de que Estados Unidos ha subido también el tono contra Rusia a la espera de que la Unión Europea presente una cara más decida frente a las ambiciones de Moscú de no perder pié en el escenario internacional mientras consolida un sistema cada vez más autoritario.

Y ahí, en definir su papel en los próximos años frente al nuevo escenario internacional marcado por la emergencia china y las ambiciones rusas, está el desafío de la una UE con problemas de vertebración interna y con dudas sobre cuál debe ser su política exterior.

INTERREGNUM: QUAD: dudas despejadas. Fernando Delage

Una de las dudas sobre la política asiática de Joe Biden era si mantendría el mismo compromiso que su antecesor con el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), el foro informal que Estados Unidos comparte con Japón, India y Australia, o volvería, por el contrario, al desinterés que mostró por el grupo la administración Obama. A partir de 2019 la representación en el foro se elevó al nivel de ministros de Asuntos Exteriores y, en 2020, las maniobras navales organizadas por India bajo el nombre de Malabar con Washington y Tokio incluyeron por primera vez a Australia, sumando así a los cuatro socios.

La respuesta de la Casa Blanca no se ha hecho esperar. En su primera conversación telefónica con el primer ministro indio, Narendra Modi, el pasado 8 de febrero, el presidente norteamericano le propuso la promoción de “una arquitectura regional más sólida a través del QUAD”. Dos días más tarde, Biden transmitió a su homólogo chino, Xi Jinping, la intención de “preservar un Indo-Pacífico libre y abierto”, es decir, la definida como misión del QUAD. El 18 de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores de los cuatro países miembros mantuvieron su primer encuentro. Y, en un nuevo e inesperado salto cualitativo, fueron los líderes de las cuatro democracias los que se reunieron (por videoconferencia) el 12 de marzo. Con la celebración de esta cumbre al máximo nivel, la administración norteamericana ha indicado con claridad su voluntad de reforzar el foro y hacer del mismo un instrumento central de su estrategia hacia el Indo-Pacífico.

Otros movimientos similares apuntan en la misma dirección. En un contexto en el que, según ha declarado el responsable del mando del Pentágono en la región, el almirante Philip Davidson, el equilibrio militar está dejando de estar a favor de Estados Unidos, dos portaaviones de este último país realizaron ejercicios conjuntos en el mar de China Meridional (lo que no había ocurrido desde 2012). Otros buques atravesaron asimismo el estrecho de Taiwán después de que unidades de la fuerza aérea china simularan un ataque a uno de los dos portaaviones. Por otra parte, los secretarios de Estado y de Defensa, Antony Blinken y Lloyd Austin, respectivamente, realizan su primer viaje oficial a Tokio y Seúl esta misma semana. Austin también visitará Delhi. Sólo después, Blinken y el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, se reunirán—el día 18 en Alaska—con los dos principales responsables de la diplomacia china, Yang Jiechi y Wang Yi.

Las piezas se están desplegando sobre el tablero con inusitada rapidez. No debe concluirse, sin embargo, que este proceso vaya a conducir necesariamente a la institucionalización del QUAD como alianza militar formal. Los intereses de los cuatro miembros no son siempre coincidentes: su disposición a trabajar juntos como contrapeso de China no equivale a la intención de formar un bloque abiertamente hostil a Pekín. Entre otras razones porque la dinámica regional no se reduce a las cuestiones de defensa.

Atender esas otras prioridades, como parece ser una de las motivaciones norteamericanas, permitirá superar esas reservas. En su reunión de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores subrayaron la necesidad de actuar conjuntamente contra la pandemia y el cambio diplomático, además de luchar contra la desinformación o restaurar la democracia en Birmania. La reunión de jefes de gobierno prestó especial atención por su parte a un esfuerzo dirigido a aumentar la producción de vacunas contra el Covid. Este tipo de acciones permite fortalecer la utilidad del grupo, al ampliar sus objetivos al conjunto de problemas compartidos por la región más que en centrarse como única función en contrarrestar el ascenso chino.

Blinken viaja a Japón en su primer viaje. Nieves C. Pérez Rodríguez

La primera visita oficial del secretario de Estado de EEUU, Anthony Blinken, será a Japón esta semana y lo hará en compañía del secretario de Defensa, Lloyd Austin, lo que es una muestra de la importancia estratégica de estas relaciones bilaterales y la necesidad de fortalecer la llamada “fuerte alianza basada en valores comunes”.

Estados Unidos y Japón intercambian más de 300.000 millones de dólares en bienes y servicios cada año, lo que los convierte en principales socios comerciales. De acuerdo con cifras oficiales del Departamento de Estado, Estados Unidos es la principal fuente de inversión directa de Japón, y Japón es el principal inversor en los Estados Unidos, con 644.700 millones de dólares invertidos en 2019 a lo largo de los 50 estados americanos.

Pero el viaje, además, tiene un importante componente geopolítico. No en vano asistirá también el secretario de defensa, lo que prueba la profundidad de dichas relaciones bilaterales mucho más allá de la parte económica.  Washington está comprometido a defender a Japón y su territorio. Estados Unidos sostiene que “las Islas Senkaku son parte del radio del artículo V del Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua entre ambas naciones, por lo que seguirán oponiéndose a cualquier intento unilateral chino de cambiar el statu quo del Mar de China Oriental o socavar la administración japonesa de estas islas”. Y Beijing por su parte ha venido consecutivamente navegando y sobrevolando de manera provocadora y con intenciones expansivas esta zona. 

Los Estados Unidos no han escatimado recursos ni capacidades militares para hacer frente a los riesgos de seguridad en el sureste asiático y con el ello el futuro mantenimiento de la alianza bilateral. Por su parte el gobierno japonés comparte los costes de mantener las fuerzas estadounidenses en Japón. En efecto, el pasado 24 de febrero, ambos gobiernos firmaron una enmienda al Acuerdo sobre Medidas Especiales, un componente clave del marco de apoyo y que además fue prorrogando hasta el 31 de marzo de 2022. Las negociaciones para un nuevo y más amplio acuerdo se encuentran en discusiones en este momento.

Japón acoge a aproximadamente 55.000 militares estadounidenses, el contingente más grande de las fuerzas americanas fuera de los Estados Unidos, junto con los miles de civiles del Departamento de Defensa y miembros de sus familias que viven y trabajan junto a ellos.

Este viaje tiene lugar justo una semana después de la celebración de la cumbre del Quad, en la que participaron: Estados Unidos, Japón Australia e India, y en el que las naciones se comprometieron a trabajar para garantizar un Indo Pacífico libre y abierto, lo que es una gran prioridad para Tokio, además de la necesaria cooperación en materia de seguridad marítima, cibernética y económica frente a los desafíos que plantea China en la región.

Un punto interesante que resaltaba el comunicado oficial del viaje fue que “Estados Unidos y Japón se han comprometido a construir redes 5G seguras” y para ello utilizarán proveedores de confianza, lo que se entiende es que no serán considerados los proveedores chinos por el potencial riesgo de seguridad. Explica el comunicado además que empresas estadounidenses y japonesas de primera línea están desarrollando enfoques abiertos e interoperables como las tecnologías Open RAN (radio access network) que prometen aumentar la diversidad de proveedores y la competencia del mercado, y tienen el potencial de reducir costos y mejorar la seguridad.

Por lo tanto, los principales puntos en la agenda serán la libertad de navegación de los mares del sur y del este de China y la seguridad de la cadena de suministro de semiconductores, la situación nuclear norcoreana y la estabilidad de la península coreana, el golpe militar en Myanmar y lo que eso significa para la inestabilidad de la región. Y el fortalecimiento de Japón como aliado estadounidense pero también como actor regional.

La alianza entre Estados Unidos y Japón ha servido para mantener la paz, seguridad y prosperidad en el Indo Pacifico y en el mundo por seis décadas.  Y en un momento como el actual en el que, tal y como dijo el propio Blinken en el Congreso en los primeros días de la Administración Biden, “la mayor amenaza que tiene Estados Unidos hoy es China”, por lo que los aliados en la región son claves para no perder cierto equilibrio allí y garantizar la libertad de navegación en Asia.

INTERREGNUM: Washington y sus aliados. Fernando Delage

Aunque el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha marcado claras diferencias con respecto a la administración anterior, China es una notable excepción: al igual que su antecesor, ha situado la competición con la República Popular en el centro de la política exterior norteamericana. Tras indicar nada más tomar posesión que no tenía intención de eliminar las sanciones comerciales impuestas por Trump, su secretario de Estado calificó la detención de la población uigur de Xinjiang como “genocidio”, y su consejero de seguridad nacional, Jake Sullivan, denunció el asalto a la autonomía a Hong Kong. En su intervención ante la Conferencia de Seguridad de Munich el mes pasado, Biden insistió en que Estados Unidos tenía que reaccionar frente a “los abusos y la coerción económica de China que erosionan los cimientos del sistema económico internacional”. Y añadió: “nos encontramos ante un debate fundamental sobre el futuro del mundo; entre quienes consideran que el autoritarismo es el mejor modelo y quienes comprenden que la democracia es esencial”.

Algunas de estas ideas aparecen incluidas en el documento que recoge las primeras orientaciones sobre la estrategia de seguridad nacional, y que dio a conocer la Casa Blanca el 3 de marzo. A la espera de la formulación estratégica más detallada que propondrá, en un plazo de cuatro meses, la comisión creada al efecto en el Pentágono, Washington define en el texto a China como “el único competidor capaz de combinar su poder económico, diplomático, militar y tecnológico para plantear un desafío sostenido a un sistema internacional estable y abierto”. No es una descripción muy distinta de la ofrecida por la Estrategia de Defensa Nacional firmada por Trump en enero de 2018.

Hay una gran diferencia, sin embargo. Biden cree que puede articular una política mucho más eficaz desde un enfoque multilateralista y apoyándose en sus socios y aliados. Para su equipo, el imperativo es obvio: Washington no podrá equilibrar el poder de China en el Indo-Pacífico, dar la batalla de las ideas frente a líderes autoritarios, ni definir los estándares globales de las nuevas tecnologías si no es mediante la formación de distintas coaliciones. El problema, no obstante, es que esos aliados pueden tener diferentes prioridades, que Pekín cultiva con habilidad.

Aunque la opinión sobre China se ha endurecido en muchos países, los aliados europeos de Estados Unidos rechazan una política de confrontación con Pekín. Cuando se cumplen justamente dos años de la adopción de las orientaciones estratégicas de la Comisión Europea que definieron a la República Popular simultáneamente como, “socio”, “competidor económico” y “rival sistémico”, Bruselas y los Estados miembros aún no han adaptado medidas concretas. La prioridad de las relaciones económicas—que Alemania en particular no oculta—explica el escepticismo sobre una rivalidad definida sobre la base de los valores políticos. La experiencia de los últimos cuatro años y la polarización política de Estados Unidos—reflejada en los 75 millones de votos conseguidos por Trump y el asedio al Capitolio—obligan por otra parte al Viejo Continente a continuar avanzando en el desarrollo de sus propias capacidades.

Biden quiere por otra parte reforzar el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) como uno de los pilares fundamentales de su política hacia el Indo-Pacífico. El 18 de febrero ya se produjo una reunión del grupo, en la que éste denunció cualquier intento chino de alterar el statu quo de la región por la fuerza. Pero el gran juego estratégico en Asia es económico más que militar, como reveló el reciente acuerdo sobre la Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), que sitúa a China en el centro del mayor bloque comercial del planeta.

Sin perjuicio de aspirar a reducir las tensiones con Washington, para Pekín es vital reforzar las relaciones con sus Estados vecinos y apoyar una creciente independencia europea con el fin de prevenir la formación de una alianza anti-China por Estados Unidos. Toda estrategia de Biden puede encontrarse por tanto con una contraestrategia china ya en curso, basada en buena medida en el atractivo de su inmenso mercado y sus incentivos financieros.

Cinco puntos claves de la Asamblea Popular China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Cada año el partido Comunista chino celebra su Asamblea Popular Nacional en la que importantes figuras políticas y altos cargos del partido se reúnen en un evento protocolar rigurosamente organizado para anunciar los planes nacionales y hacer una valoración de la situación nacional.

La inauguración de la edición del 2021 fue el 4 de marzo y lo que ahí se dijo nos da las claves de lo que serán las líneas estratégicas que configurarán las próximas décadas chinas. Coincidía oportunamente con el momento de dar a conocer el próximo plan quinquenal y también este año se cumple el centenario del Partido Comunista chino. Todo esto en medio de una inusual situación tanto interna como externa debido a la pandemia, tal y como el primer ministro, Li Keqiang, dijo en sus palabras de apertura del evento: “China sigue teniendo una serie de retos por delante. Debido a la pandemia ha habido problemas de crecimiento”, por lo que prometió impulsar el crecimiento con especial foco en la innovación y los recortes de impuestos.

  1. Se anunció el aumento del presupuesto militar chino al 6,8%. Lo que se traduce en el tercer aumento anual durante la última década. La tasa de crecimiento del presupuesto de defensa chino está estrechamente relacionada con su desarrollo económico y las demandas de seguridad que el Estado chino distingue.
  2. Hong Kong y Macao. El PC chino se asegurará de la implementación correcta de lo que para ellos es “un país dos sistemas”, mientras apoyará el crecimiento regional y mantendrá protegida la región de la injerencia de fuerzas externas.
  3. Prioridad medioambiental. El congreso comenzó en medio de una nube gris de contaminación ambiental lo que hizo oportuno tocar este punto. El planteamiento es que en los próximos cinco años el aire tóxico y las aguas contaminadas serán erradicadas, lo que significa que tienen que reducir el uso del carbón cuantiosamente. También se prioriza un plan de mejora de la calidad de las tierras, que se encuentran en seria amenaza.
  4. Desarrollo, tecnología e innovación. El planteamiento en esta área es un plan a 10 años que comenzará con un aumento del presupuesto del 10,6% del presupuesto para el 2021. Y a partir de ahí un 7% anual en los siguientes 5 años. Este es un punto crítico porque Beijing entiende que conseguir la independencia lo pondría en un lugar preferencial.  Incluso se mostraron abiertos a importar científicos extranjeros para trabajar en instituciones chinas lo que demuestra la relevancia del asunto.
  5. La ruta de la Seda. Seguirán promocionando esta iniciativa como centro de su política de desarrollo de intercambios globales y crecimiento económico.  El PC chino entendió desde el principio que industrializar su economía era el comienzo de un largo camino al éxito.

Los planes de desarrollo económico chinos empezaron a ponerse en marcha en 1950 cuando China comenzaba a emerger después de la guerra coreana. El primer plan económico se inspiró en el modelo soviético y en efecto fue el mismo Stalin quien lo asesoró personalmente y la Unión Soviética financió el arranque de esa nueva era china de la mano de Mao Zedong.

Setenta años más tarde son un ejemplo extraordinario de crecimiento, pero a un altísimo coste social, en el que en una primera etapa se obligó a los campesinos a abandonar los campos para trabajar en industrias, lo que produjo un gran desabastecimiento de cereales que acabó en una terrible hambruna que terminó con la vida de miles de ciudadanos. Dos décadas más tarde el PC chino imponía la ley de un solo hijo para controlar el crecimiento de la población lo que produjo abortos forzosos a millones de mujeres, la preferencia del género masculino sobre el femenino en los infantes, y/o la desaparición de un incontable número de niños que fueron arrebatados de sus familias y que en el mejor de los casos fueron dados en adopción a extranjeros.

En la última década la vigilancia social a través de cámaras de seguridad instaladas en cada esquina, el uso de dispositivos tecnológicos, el internet y las redes sociales, en muchos casos hasta pruebas de ADN no autorizadas por el ciudadano, se han convertido en el “gran hermano” del PC chino. Con estos niveles de control y sofisticación tecnológica el gobierno chino fiscaliza, regula y censura el comportamiento de sus ciudadanos para poder mantener control absoluto. Y en efecto, es una de las principales razones de su éxito puesto que de esa forma no hay mucha oposición y si surgiera alguna sería neutralizada y erradicada desde su origen.

El gran éxito del PC chino ha sido la lealtad y la estabilidad como dos elementos claves para mantener el control del país, a pesar de su extenso territorio y enorme población. El PC chino podrá celebrar sus 100 años con el éxito de haber sacado de la pobreza al país tal y como estaba planteado. Oficialmente todas las municipalidades chinas afirman haber sacado a sus ciudadanos de la pobreza extrema. Aunque sigue habiendo mucho trabajo por hacer y el objetivo ahora es más complejo, es elevarlos en nivel de vida y con ello generar más consumo interno.

INTERREGNUM: China y su cónclave anual. Fernando Delage

Si la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional de la República Popular China es siempre relevante (marca la agenda política de los meses siguientes), el pleno que se inaugura el 4 de marzo tendrá un especial significado. La Asamblea aprobará formalmente el XIV Plan Quinquenal y desvelará de ese modo los planes económicos a largo plazo de los dirigentes chinos. Los mensajes políticos tendrán aún mayor importancia al conmemorarse este año el centenario de la fundación del Partido Comunista, y celebrarse—en el otoño de 2022—su XX Congreso. El legado de Xi Jinping y el futuro del Partido estarán definidos en gran medida por las orientaciones que establezcan los líderes a partir de estos dos acontecimientos. Aunque en contraste con la mayoría de las democracias occidentales el país ha logrado controlar la pandemia y restaurar el crecimiento, aún afronta notables desafíos internos y externos.

Los planes económicos pueden verse complicados por la reacción internacional a las acciones de Pekín en el mar de China Meridional, en la frontera con India, en Hong Kong o en Xinjiang. El cambio de administración en Washington tampoco parece que vaya a suponer de manera automática una mejora en las relaciones bilaterales. En su primera conversación con Biden, Xi hizo hincapié en su voluntad de cooperación, mientras que el presidente norteamericano manifestó su preocupación por “las prácticas económicas de Pekín, la violación de derechos humanos y la presión sobre Taiwán”.

En unas circunstancias en las que China—como suele indicar Xi en sus discursos—afronta “desafíos y oportunidades sin precedente”, el presidente chino ha subrayado la necesidad de crear las condiciones favorables para la conmemoración del centenario del Partido en julio. Entre ellas, se pretende que el nuevo Plan Quinquenal arranque de manera positiva con un objetivo de crecimiento del PIB cercano al ocho por cien en 2021. Se espera asimismo que, al concluir el Plan en 2025, China haya dejado de ser una nación de ingresos medios, y que duplique su renta per cápita hacia 2035.

Las decisiones de la Asamblea permitirán conocer el detalle de cómo piensa Pekín perseguir esos objetivos. Las líneas generales del Plan dadas a conocer el pasado mes de noviembre subrayaron el doble imperativo de impulsar la demanda interna y la innovación, conforme al esquema de “circulación dual”. Por primera vez la tecnología será la gran prioridad de la estrategia quinquenal, al depender de ella la sostenibilidad del crecimiento económico en el futuro. Aunque desde 2018, en el contexto de la guerra comercial con Estados Unidos, el gobierno chino dejó de referirse públicamente al plan “Made in China 2025”, es evidente que la promoción de los sectores de alta tecnología (de la inteligencia artificial y la telefonía de quinta generación a los vehículos eléctricos) no ha desaparecido. Todo lo contrario: la urgencia durante los próximos años consistirá en continuar reduciendo la dependencia del exterior para consolidar la autonomía china y controlar la producción de elementos clave como semiconductores.

Tras declarar hace unas semanas la eliminación de la pobreza absoluta, el presidente chino también ha hecho hincapié en la idea de “prosperidad común”, un propósito que exige la reducción del considerable diferencial de riqueza existente entre unas y otras provincias. No es esta una cuestión sólo económica: es, por el contrario, un asunto político de primer orden, inseparable de la identidad y legitimidad misma del Partido Comunista. Se desconoce, sin embargo, cómo tiene pensado Pekín avanzar en esta última dirección, que puede conducir a un nuevo choque de las autoridades con el sector privado. Lo que no está en duda, en cualquier caso, es la fortaleza de una organización que, camino de sus cien años de vida, ha superado la doble prueba de la pandemia y la crisis económica. (Foto: CGTN)

Filipinas pone precio a su alianza con EEUU

Filipinas ha decidido mover ficha y, ante las promesas de Biden de retomar y reforzar los lazos con los aliados tradicionales en el Pacífico, el presidente Duterte ha exigido a Washington más ayudas militares y compensaciones económicas para renovar el acuerdo bilateral de seguridad con Estados Unidos, tras unos años de acercamiento a China en medio de una política interna marcada por medidas de lucha contra la delincuencia poco respetuosas con las más elementales normas de derechos humanos.

Filipinas ha sido un aliado tradicional de Estados Unidos desde la independencia de España del país asiático y Washington ha marcado con pocos escrúpulos la política de este país hasta el final de la II Guerra Mundial. Esta alianza se vio notablemente reforzada por la liberación de las islas por soldados estadounidenses tras la ocupación japonesa.

Pero esta alianza  se ha visto deteriorada por la gestión del presidente Duterte, sus malos gestos hacia Estados Unidos y sus guiños a China en medio de la crisis con Corea del Norte y por la expansión marítima de Pekín (que amenaza la soberanía filipina) que han sido vistos como deslealtad en EEUU. Y, por el papel estratégico de Filipinas, la necesidad de reconstruir un cinturón de seguridad con Japón, Corea del Sur, Taiwán e Indonesia fundamentalmente, Estados Unidos no puede permitirse un enfriamiento con Manila. Otro test para Biden cuyo equipo quiere buscar soluciones globales para la zona. Probablemente, la Administración norteamericana cederá a muchas de las exigencias filipinas presionando a la vez para un cambio de gestión y tratará de impulsar mejores relaciones del gobierno de Duterte con sus vecinos, aunque no con China, con algunos de los cuales (y también con China) tiene disputas territoriales sobre mares e islas cercanas.

INTERREGNUM: Biden y la democracia india. Fernando Delage

Restaurar la relación con los aliados tradicionales es una de las prioridades de la política exterior del presidente de Estados Unidos. Así volvió a reiterarlo Biden a una audiencia europea en su intervención por video en la Conferencia de Seguridad de Munich el pasado fin de semana, como ha hecho igualmente en sus conversaciones con los socios asiáticos. Entre estos últimos, India es uno de los que cuentan con mayores expectativas: Biden, uno de los artífices del acuerdo nuclear civil firmado con Delhi en 2008, se comprometió durante la campaña electoral a estrechar las relaciones bilaterales, y en su administración hay cerca de una veintena de altos cargos de descendencia india (incluyendo la vicepresidenta, Kamala Harris).

La asociación estratégica con India se apoya en un amplio consenso mantenido en Washington desde hace casi dos décadas, por lo que no cabría esperar grandes cambios al haber un nuevo ocupante en la Casa Blanca. India se encuentra en el centro de la arquitectura que Estados Unidos desea para la región (le da incluso su nombre: Indo-Pacífico), y la cooperación en el terreno de la seguridad continuó avanzando bajo la presidencia de Trump. Pese a los iniciales titubeos indios con respecto a un alineamiento explícito con Washington, la transformación de la dinámica geopolítica regional causada por el ascenso de China ha conducido al gobierno de Narendra Modi—con el margen de maniobra que le proporciona una mayoría absoluta en el Parlamento—a calificar a Estados Unidos como un socio “indispensable”. Dicho eso, la dinámica interna de ambas potencias hará inevitables algunos reajustes.

La relación económica es crucial para India, cuyo PIB se redujo un 24 por cien en el primer semestre del año fiscal 2020-21 como consecuencia de la pandemia, la mayor caída en décadas (y una de las más graves registradas en el planeta). Delhi confía en que Biden elimine las sanciones comerciales impuestas por Trump, pero la Casa Blanca exigirá que se supriman las barreras que obstaculizan el acceso de las empresas norteamericanas al mercado indio.

 Mayor dificultad representa para Biden la regresión democrática que atraviesa India. La supresión de la autonomía de Cachemira, el constante asalto a las libertades civiles y las amenazas a la minoría islámica desde la reelección de Modi en 2019 fueron respondidas por Trump con el más absoluto silencio; una actitud que no puede compartir Biden, quien ha hecho de la defensa de la democracia uno de los pilares de su diplomacia. La relevancia geopolítica de India como socio impedirá, no obstante, condenar las violaciones de derechos humanos de la misma manera que lo hará cuando se trate de China o de Rusia, variables que también pueden afectar al desarrollo de las relaciones bilaterales.

Como Trump, Biden considera a China como un competidor estratégico. Al contrario que su antecesor, sin embargo, espera poder cooperar al mismo tiempo con Pekín en relación con problemas globales como el cambio climático o la proliferación nuclear. Un acercamiento entre ambos puede resultar una complicación para Delhi, cuya percepción de la República Popular vive el momento más bajo en décadas, y ha adoptado medidas dirigidas a reducir la interdependencia entre las dos economías. Rusia puede plantear un dilema aún más grave: mientras Biden endurecerá la posición de Estados Unidos hacia Moscú, la tradicional amistad entre este último e India—manifestada en particular en la compraventa de armamento—puede ser fuente de tensiones.

Pese a estos condicionantes externos, lo cierto es que la relación Estados Unidos-India nunca ha sido más fuerte: el contexto asiático y global apuntan a una creciente profundización, con independencia de quién sea presidente de Estados Unidos. Biden ofrece a Delhi una oportunidad para superar las dificultades comerciales y elevar la cooperación en defensa. Al mismo tiempo, sin embargo, el deterioro de la democracia india puede perjudicar de manera aún incierta esa trayectoria positiva.

Un año de Covid-19 y aún sin respuestas, Nieves C. Pérez Rodríguez

El mundo lleva más de un año lidiando con el Covid-19. El 12 de enero de 2020 Beijing confirmaba su primera víctima por Covid-19 y días más tarde decretaba cuarentena en Wuhan, epicentro del brote, mientras China negaba que había habido víctimas a finales del año 2019, eliminó toda evidencia de las redes sociales y persiguió a los periodistas y sanitarios que habían publicado evidencias sobre la aparición del virus en las primeras semanas. Todos estos elementos levantaban inquietud y desconfianza en los primeros meses de 2020. La respuesta de Beijing era de contraataque con teorías conspirativas del virus y alimentar la idea de que el virus fue exportado desde otro país y que ellos eran víctimas y no encubridores del mismo.

Un año marcado de principio a fin por la pandemia que, a pesar de tantos aspectos negativos, ha conseguido un avance sin precedentes en la creación de vacunas en tiempo récord. La innovación sin precedentes que en sí misma es este desarrollo, pues las vacunas de Pfizer y Moderna han sido desarrolladas utilizando una tecnología mensajera que transmite el código genético a las células, una receta para producir la proteína del virus. Estas proteínas fueron creadas con instructivos que activan el sistema inmunológico, enseñándole a ver la proteína del SARS como extraña y a desarrollar anticuerpos y otras armas inmunitarias con las que combatir el virus, según los expertos. Toda una revolución científica en la materia.

Con estadísticas de contagio en el mundo por encima de los 100 millones de personas y los más de 2.4 millones de víctimas fatales en el mundo -de acuerdo con John Hopkins- el gobierno chino sigue sosteniendo sus teorías sin mayores fundamentos.

La OMS envió a finales de enero a un grupo de expertos a estudiar in situ el origen del Covid-19 y tratar de esclarecer todas las interrogantes que han surgido sobre el origen del virus. Durante la visita a Wuhan se visitaron hospitales, laboratorios y mercados, incluido el mercado de Hunan de frutos del mar en el que se sabe se vendían animales exóticos de todo tipo, incluidos aquellos prohibidos por razones sanitarias, y el Instituto de virología y el centro de control de enfermedades de Wuhan.

Fue una visita curiosa pues desde el comienzo se manejó con mucho secretismo, lo que originó que los periodistas se mantuvieran persiguiendo a los delegados para poder determinar sobre la marcha a donde se estaban desplazando y que lugares estaban visitando. Muchos corresponsales tuvieron que permanecer toda la noche en las afuera del hotel donde estuvo alojada la delegación para poder seguirlos en cuanto salieran por la mañana. Otra peculiaridad es que no se permitió acceso a la prensa durante los 12 días de visitas a ningún sitio, por lo que las imágenes que hemos podido ver son fruto de la inventiva y la creatividad de los fotógrafos, que valga decir fueron hostigados por la policía china allá donde llegaban y persuadidos a abandonar la cobertura.

Sólo hubo una rueda de prensa oficial que tuvo lugar final de la gira, en ella el jefe de la delegación, el Dr. Peter Ben Embarek, indicó que los hallazgos apuntan a que es extremadamente improbable la teoría de que el patógeno saliera de un laboratorio de Wuhan, mientras corroboraban la hipótesis del paso del virus de un animal al ser humano a través de una segunda especie como la teoría más probable. También dio como probable que el primer animal haya sido un murciélago, pero admitió no saber cual pudo haber sido el segundo animal en la cadena.

El New York Time informaba de que los investigadores dijeron que los desacuerdos sobre los registros de pacientes eran tan tensos entre los científicos de la delegación y los chinos que a veces acabaron a gritos. El hecho es crítico para avanzar en una investigación científica. “Los funcionarios chinos instaron al equipo de la OMS a aceptar la narrativa del gobierno chino sobre el origen del virus incluida la teoría de que el virus llegó a China desde el extranjero, pero a esto los representantes respondieron que se abstendrían de emitir juicios sin datos”.

Si tomamos como referencia que se tardó más de diez años en encontrar los orígenes del SARS, o que el Ébola fue detectado en la década de los setenta y aún se desconoce el origen, es muy probable que nunca se sepa exactamente como se originó el Covid-19, en especial si su origen efectivamente fue en China, y las propias autoridades locales no han compartido la información inicial de manera trasparente.

Por su parte, los Estados Unidos, bajo la nueva Administración Biden, están concentrando grandes esfuerzos en el plan de vacunación masiva y en asegurar medidas y protocolos de carácter obligatorio, que a pesar de sorprender después de estar en esta situación por tanto tiempo, en este país cada Estado junto con sus autoridades ha ido determinando qué hacer y cómo manejar la pandemia de manera independiente del gobierno federal. Aparentemente los servicios de inteligencia tienen información que culpa a China de haber bloqueado información sobre el virus, pero la Administración Biden ha decidido evitar confrontación de momento hasta ver cómo se establecen las relaciones bilaterales.

Mientras tanto Beijing ha afirmado tener su propio plan de vacunación del que no sabemos muchos detalles, aunque se haga gala de éste. Pero lo que si sabe es que han planificado milimétricamente en convertirse en los salvadores de los países más pequeños, especialmente de sus vecinos.

Durante los últimos meses de 2020 y lo que va de este año, el ministro de exteriores chino -Wang Yi- se ha dedicado a visitar cada país del sureste asiático con la excepción de Vietnam. Todos esos viajes se llevaron a cabo durante los días de mayor enredo y conmoción política que ha vivido Estados Unidos en su historia reciente. Mientras en Washington se navegaban las turbias aguas post elecciones Wang era recibido en cada una de estas naciones con la esperanza de poder recibir ayuda que permita a estas naciones a hacer frente a la crisis del Covid-19, sobre todo con la imperiosa necesidad de obtener vacunas. China astutamente ha respondido a ese llamado enviando a su ministro de exteriores para desarrollar una diplomacia de vacunas en la región ante la ausencia de Washington.

Ha pasado más de un año de esta trágica situación que ha obligado al mundo entero a ajustar sus modos de vida a la nueva realidad, que ha interrumpido la economía mundial y que mantiene en incertidumbre a los gobiernos del mundo intentando ejecutar medidas paliativas mientras los esfuerzos por conseguir las vacunas van ganando mayor apoyo. Todo parece indicar que en el país que consiga inmunizar al menos el 80% de su población podrá ganarle la batalla a la pandemia, no porque consiguió pasar la pandemia sin muchas víctima sino porque esos serán los países que podrán continuar mirando hacia adelante, priorizando sus economías, reactivando mucho de sus sectores, y digo muchos porque hay sectores como el turísticos por mucho tiempo seguirán afectados, pues la libertad de movimiento continuará limitada hasta que el Covid-19 sea una de las enfermedades totalmente controladas y su vacuna sea parte rutinaria de la inmunización de la población del mundo.

INTERREGNUM: El desafío norcoreano de Biden. Fernando Delage

El 10 de febrero, mismo día que el presidente de Estados Unidos mantuvo su primera conversación telefónica con su homólogo chino, Xi Jinping, tras su toma de posesión, Biden también anunció su primera medida en relación con la política a formular hacia la República Popular: la constitución de una “task force” en el Pentágono que, en un plazo de cuatro meses, revisará los conceptos e instrumentos de la estrategia norteamericana en el Indo-Pacífico.  Resulta llamativo que sea en el departamento de Defensa, y no en la Casa Blanca o en el departamento de Estado donde comiencen los esfuerzos de reajuste. El desafío chino de Estados Unidos es económico, tecnológico y diplomático antes que militar. Por otra parte, distintos factores confirman a China como un reto que va mucho más allá de las relaciones bilaterales entre ambas potencias. Si el golpe de Estado en Birmania ha sido uno de esos hechos a los que no se puede responder sin incluir a Pekín en la ecuación, otro no menor es Corea del Norte.

Biden no mencionó a Corea del Norte en su primer discurso sobre política exterior, el 4 de febrero, pero unos días más tarde el portavoz del departamento de Estado reiteró el compromiso de Estados Unidos con la desnuclearización de la península. Se indicó asimismo que, en coordinación con los aliados, éste era otro asunto sujeto a revisión. Trump mantuvo hasta tres encuentros con el líder norcoreano, Kim Jong-un, sin que este último cediera lo más mínimo en sus ambiciones nucleares. Es más, a mediados de enero, coincidiendo con el cambio en la Casa Blanca, Corea del Norte celebró el 8º Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea (el segundo celebrado en las últimas cuatro décadas); ocasión en la que el líder supremo anunció la rápida modernización tecnológica de sus capacidades nucleares, con el fin—dijo—de afrontar la creciente hostilidad norteamericana. Todo parece indicar que Pyongyang toma posición de cara a una posible negociación con Washington, lo que puede incluir la reanudación de las pruebas de misiles como en 2016 y 2017. Evitar una nueva crisis en la península es en consecuencia una cuestión urgente que Biden debe atender, y de la que no puede dejar a China al margen.

Al contrario que Trump, Biden y sus asesores no creen que Corea del Norte vaya a renunciar a su armamento nuclear. La cuestión es si un enfoque de mayor flexibilidad sobre las sanciones económicas puede conducir al Norte a restringir su programa militar. El nombramiento de Wendy Sherman, la responsable del acercamiento a Pyongyang durante la última etapa de la administración Clinton, como número dos del departamento de Estado, permite apuntar a ese intento de pragmatismo que coincide, por otra parte, con las preferencias de Pekín. China querría cooperar con Estados Unidos sobre el problema nuclear norcoreano, pero espera, no obstante, que se produzcan los primeros movimientos de Biden. La dificultad para Washington es cómo encontrar el equilibrio adecuado entre presión e incentivos, sin que transmita una percepción de debilidad por el simple hecho de hablar con Pyongyang. Hacerlo en un contexto de confrontación con la República Popular agrava el dilema. Mientras toma cuerpo la política norcoreana de la Casa Blanca, China continuará consolidando su influencia sobre los asuntos de la península.