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Una declaración de principios. Miguel Ors Villarejo

En esta web he sido muy crítico con Donald Trump y muy encomiástico con las hazañas económicas de China, y algún lector poco avisado ha podido malinterpretarme y concluir que considero que Estados Unidos es un asco y Xi Jinping mola. Nada más lejos de mi ánimo. Es justo al revés: Xi Jinping es un asco y Estados Unidos mola. La razón por la que hablo mal de Estados Unidos es porque su clima político ha empeorado en los últimos años. La razón por la que hablo bien de China es porque ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas. Pero esta evolución reciente no debe ocultar que, pese al deterioro de su vida pública, Estados Unidos sigue siendo una democracia consolidada, mientras que China no ha dejado de ser una satrapía abyecta a pesar de su progreso material.

El motivo por el que me he decidido a compartir esta declaración de principios es el enfrentamiento dialéctico que, durante la jornada que organizó 4Asia el pasado 10 de junio, mantuve con algunos asistentes. Uno de ellos argumentó que “la democracia no consiste solo en votar” y cuando le espeté tras un animado forcejeo: “¿Me está usted diciendo que Estados Unidos no es una democracia?”, respondió escuetamente: “Sí”. A esas alturas, la tensión en la sala había subido varios grados y otra persona intervino con ánimo conciliatorio. “Yo creo”, vino a decir, “que cada cual tiene sus defectos. China carece de libertades, pero en Estados Unidos hay mucha desigualdad”.

Pido disculpas por lo sucinto de este resumen, que no hace honor a la riqueza de matices que se manejaron y que mis antagonistas hallarán inevitablemente sesgado, pero cumple y sintetiza bien la caricatura que alguna izquierda suele hacer de Estados Unidos: una dictadura encubierta en la que unos pocos se enriquecen a costa de la mayoría.

Empezando por la desigualdad, hay muchos modos de medir cómo se reparten los ingresos en una sociedad. El más utilizado es el coeficiente de Gini. Oscila entre 0 y 1, siendo 0 la igualdad perfecta (todos los individuos reciben la misma porción del pastel) y 1 la máxima desigualdad (un individuo se queda con todo). De acuerdo con los cálculos de la OCDE, Estados Unidos se halla en la zona alta (o sea, la mala), con un índice de 0,4 en 2013. Únicamente Turquía, México y Chile arrojan un dato peor. Pero, ojo, porque ese mismo informe estima que el Gini de China es de 0,42. Al régimen de Xi se le puede elogiar por muchos motivos, pero no por su igualitarismo.

En cuanto a la política, mi antagonista tenía razón al señalar que la democracia no consiste solo en votar. En muchas dictaduras se vota. Durante el franquismo nos hartamos de designar procuradores y acudir a plebiscitos, pero eran puro teatro. Nunca estuvo en juego la soberanía real y, al final, como decía Karl Popper, de lo que se trata es de “organizar las instituciones de modo que los gobernantes malos o incapaces no puedan ocasionar demasiado daño”. La ventaja fundamental de una democracia es que permite revocar a los mandatarios incompetentes mediante la convocatoria regular de elecciones. Y para que el resultado de estas sea legítimo y representativo de la voluntad popular, se habilitan una serie de derechos y libertades: ideológica y religiosa, de asociación y expresión, a la educación y a la sindicación, etcétera.

Con el paso de los años, los politólogos han objetivado estos requisitos e incluso elaboran rankings que ordenan las democracias en función de su calidad. Los dos más conocidos son los de The Economist Intelligence Unit (EIU) y The Freedom House (FH). Uno y otro censuran a Estados Unidos en sus ediciones más recientes. “Si Trump es incapaz de revertir la tendencia a la polarización, la democracia estadounidense corre el riesgo de sufrir un deterioro aún mayor”, alerta la primera. Y la segunda remacha: “Ningún presidente ha mostrado menos respeto por los principios y las reglas”. Son duras acusaciones, que explican que EIU haya degradado a Estados Unidos, que ya no es una “democracia plena”, sino “defectuosa”. Así y todo, obtiene una calificación de 7,96 sobre 10. Notable. FH, por su parte, le da un 8,6. Notable alto.

¿Y China? Saca la misma nota en las dos: 1,4 sobre 10. Muy deficiente. Los motivos son obvios. Por monstruoso que Trump nos pueda parecer, su Administración responde de sus actos ante otros poderes. Recientemente se le ha acusado de detener a la directora financiera de Huawei para forzar la mano a Pekín en su disputa comercial, y no voy a discutir que una cosa no tenga que ver con la otra, pero Meng Wanzhou espera tranquilamente su extradición en Canadá, un procedimiento tan garantista que podría llevar años. Entre tanto, ¿sabemos algo del presidente de la Interpol, que Pekín arrestó en octubre por “violar la ley”? Human Rights Watch ha denunciado su desaparición, así como el internamiento de un millón de musulmanes en campos de reeducación. En China se tortura, se detiene arbitrariamente y se acosa a los disidentes. Hace un año se secuestró la película Llámame por tu nombre porque relata un amor homosexual y promueve, en opinión de las autoridades, la desviación. Cualquier insinuación crítica contra el Gobierno se castiga con la cárcel, igual que el intento de montar un sindicato.

Algunos consideran, con Jean Paul Sartre, que esta represión es el precio que hay que pagar por el verdadero progreso. No está claro a qué se refería el filósofo con esa expresión, aunque debe de ser algo grandioso para justificar el sacrificio de generaciones enteras. Tampoco Marx dio muchos detalles del paraíso comunista que nos aguarda al final de la historia. Por si acaso, los izquierdistas europeos dejan que China explore el terreno, mientras ellos se resignan a vivir en estas democracias de pacotilla que tenemos en Occidente.

INTERREGNUM: La bipolaridad que llega. Fernando Delage

La reunión del G20 en Japón ha servido para confirmar cómo la rivalidad entre Estados Unidos y China está creando un nuevo orden bipolar, a cuyas tensiones nadie puede escapar. Muchos de los países miembros del G20 comparten los temores de la administración norteamericana con respecto a las intenciones de la República Popular, pero les preocupa que la guerra comercial entre ambos pueda destruir el sistema económico global.

China no puede compararse a ningún rival anterior: si Estados Unidos y la Unión Soviética llegaron a tener unos intercambios comerciales de 2.000 millones de dólares al año, esa es la cifra del comercio diario entre Washington y Pekín. La administración Trump cree que la mejor manera de evitar que China acabe con su estatus de primacía pasa por romper la interdependencia ente las dos economías, pero la República Popular se encuentra en el centro de las cadenas globales de producción y distribución, de las que el mundo entero depende para su propia prosperidad.

Con todo, la competencia comercial y tecnológica es expresión en último término de un reajuste de los equilibrios geopolíticos. De ahí que cuando se señala que, al contrario que en el caso del conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la rivalidad con China es de naturaleza económica, se pierden de vista otras variables estratégicas también en juego, como la búsqueda por Pekín de socios que puedan formar parte de su mitad del tablero. Uno de especial relevancia entre ellos, teniendo ya China a Rusia a bordo, es India. Como se indicó en esta columna hace un par de semanas, el encuentro de Xi Jinping y Narendra Modi con ocasión de la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai puso de relieve los esfuerzos chinos por romper las suspicacias de Delhi acerca de la iniciativa de la Ruta de la Seda. Ambos líderes celebrarán una reunión informal en India en octubre, para volver a encontrarse en la cumbre de los BRICS en Brasil en noviembre.

Los movimientos de Pekín no pueden por lo demás interpretarse sin tener también en cuenta los de Moscú. Rusia, en efecto, también quiere asegurarse la activa participación de India en el proceso de integración euroasiático que impulsa junto a China, y aprovechar la oportunidad que representan los desplantes de Trump a Delhi. Pese a la visita a India la semana pasada del secretario de Estado, Mike Pompeo, y de la retórica sobre la asociación estratégica entre las dos mayores democracias del mundo, las sanciones comerciales que le ha impuesto la Casa Blanca—por la compra de armamento a Rusia, y de petróleo a Irán—no despejarán las dudas indias sobre la consistencia norteamericana. La asistencia de Modi como invitado de honor al foro económico de Vladivostok a principios de septiembre, ilustra asimismo el interés de Vladimir Putin por revitalizar el triángulo Pekín-Delhi-Moscú, una iniciativa diseñada hace veinte años por ese gran estratega que fue el exministro de Asuntos Exteriores y exprimer ministro ruso Yevgheni Primakov, con el fin de minimizar la influencia internacional de Estados Unidos.

En este juego de tronos euroasiático, resulta inevitable concluir con una pregunta recurrente: ¿Y Europa? (Foto: Marek Choloniewsky)

Cita en Corea

Trump ha sido el primer presidente de Estados Unidos y el dirigente occidental en pisar territorio norcoreano en una de sus operaciones de marketing y audacia frente a su misma sociedad y con la que aspira a mantener la iniciativa en las relaciones con el díscolo país asiático. El conflicto con Kim Jong-un está atascado. Tras llevar este al mundo al borde de la guerra y responder Trump como nadie estaba acostumbrado, enviando una flota capaz de destruir Corea del Norte a las costas de este país, sobre esta basa comenzó a negociar como tampoco nadie conocía, ni esperaba. Corea del Norte alcanzó un estatus objetivo de potencia, Estados Unidos fue capaz de sentarse con los norcoreanos cara a cara, estos aceptaron el principio de desnuclearización (aunque nadie cree que lo haga) y se abrieron vías de discutir soluciones globales con participación de China. Una situación completamente nueva.

Ahora, Kim pone un precio muy alto a pagar por EEUU y Corea del Sur por su desnuclearización y Trump necesita algún avance para mejorar su posición electoral en Estados Unidos. En medio, el conflicto comercial con China y la tensión creciente con Irán. Ese escenario es el que envuelve la visita a la frontera y los pasos, como los de Amstrong en la Luna, en territorio norcoreano.
Trump juega siempre en el filo de la navaja y hasta ahora le ha salido relativamente bien. Pero sus movimientos audaces, sus improvisaciones, sus cambios tácticos y sus intemperancias rompen la maquinaria diplomática anclada en métodos más tradicionales, mueve a sectores del aparato institucional de Estados Unidos acostumbrados  con suficiencia a ser ellos los que marquen los tiempos y las opciones, y desarma muchos reflejos automáticos de la Administración norteamericana. Cuáles van a ser las consecuencias de esto es difícil de prever. Pero las va a haber.

China, fines y medios. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El avance de China en las últimas décadas ha sido extraordinario. Su economía brotó de una incipiente semilla para convertirse en la segunda más importante del mundo. A pesar del desarrollo ya obtenido, Xi Jinping sigue apostando por continuar por el camino del desarrollo, tal y como indica su plan quinquenal XIII -2016-2020- en el que se contempla mejorar internet y las telecomunicaciones con el resto de los países a través de cables terrestres y submarinos, que se han denominado Ruta de la Seda digital, según Águeda Parra.

Así mismo hemos visto como están en activa búsqueda de protagonismo en las organizaciones internacionales. El gran momento de Xi Jinping fue en Davos, cuando hizo un discurso magistral en el 2017 remarcando la importancia de la globalización. Después vino la intervención que hizo sobre el cambio climático en el 2018 en la cumbre del G20, en la que señaló que es un importante desafío que concierne al futuro y el destino de la humanidad, y la necesidad de que los países se adhieran a esta causa, después de que Trump rompiera con el acuerdo de París.

Estos son sólo algunos de los ejemplos que dejan claro cómo China ha ido haciéndose con espacios que han sido abandonados por Washington, y a los que Beijing ha estado atento y ha podido ocupar sin mayor dificultad.

A finales de la semana pasada en Osaka en la cumbre del G20, Xi aprovechó el micrófono una vez más para enviar un mensaje a Europa y a Japón:  “China está lista para acelerar las negociaciones con la UE y el libre comercio con Tokio y Seúl”. Mientras que afirmaba que una nueva ley sobre el respeto a la propiedad intelectual entrará en vigor a principios del año que viene, intentando endulzar los oídos de Trump antes de sentarse con él, diciéndole a Washington que ha oído sus quejas y desacuerdo con el robo de propiedad intelectual que ha tenido lugar en China.

Hace tan sólo una semana Beijing se hacía con la posición más alta de la FAO (Organización para Agricultura y Alimentación de Naciones Unidas). Con nada más y nada menos que 108 votos a favor de un total de 190, y en la primera vuelta, ambas cosas atípicas, pues el número es remarcablemente elevado, así como el hecho de que se eligiera al director en una primera votación.

El llamativo número de votos es producto de la presión de Beijing hacia los países que les apoyaron. A través de una fuente que pidió no ser identificada, 4Asia pudo saber que China negoció sus apoyos a cambio de recompensar a quienes le votaron y para canjear el premio habían pedido fotos de la papeleta antes de que las mismas fueran depositadas.

Por lo que 4Asia pudo conocer, Beijing presionó a un numeroso grupo de países amenazándolos con restringir acceso a su mercado. A otros, africanos, los compró pagando billetes a Roma en clase preferente a familiares de los representantes ante la FAO. Así como otros apoyos habían sido previamente negociados como fue el caso de Brasil, que desde la anterior elección en la que China apoyó a Brasilia, se había acordado su apoyo para esta elección.

Al parecer las ofertas de premios de China fueran tantas que acabó filtrándose algo, por lo que la FAO pidió a los representantes de cada país dejar fuera del recinto sus teléfonos para el momento de la votación, pero como suele suceder, a los embajadores ante Naciones Unidas no se les hace un cacheo físico antes de entrar a la sala, sólo se les informa.

Los métodos usados en esta elección son una prueba de la manera de proceder de China para conseguir sus objetivos. Desde que Naciones Unidas fue creada las negociaciones y las vías diplomáticas han sido la vía de negociación. El tener reuniones con otras naciones y pedir sus apoyos es parte natural de este proceso. Pero lo que no es admisible es que los valores que proclama la Carta de Naciones de libertad sean cambiados por la coacción y la manipulación para conseguir el liderazgo en una de las Organizaciones mundiales más importantes, cuyo presupuesto para este año es de 2,6 mil millones de dólares.

El problema con estas prácticas es que se generalicen y se normalicen. Pues el grave riesgo que se corre es que ocurra como repetidamente ha sucedido en países que caen en manos de dictadores, donde unos grupos permanecen en silencio mientras atacan a otros porque no los están molestando a ellos. Pero en autoritarismo todos acabaran siendo víctimas, antes o después, de quienes despóticamente tienen el poder. Y finalmente los derechos y libertades mueren para la gran mayoría mientras la minoría que se convierte en una elite abusa impúdicamente de ellos.

INTERREGNUM: Xi en Pyongyang. Fernando Delage

La reunión del G20 el próximo fin de semana en Okinawa ofrecerá la primera oportunidad en meses para un encuentro personal entre los presidentes de Estados Unidos y de China. Los dos líderes, por no hablar de la economía mundial en su conjunto, necesitan un pacto que, aun de manera temporal, detenga la escalada en la guerra comercial. Un acuerdo no pondrá fin a la rivalidad estructural entre ambas naciones, pero facilitará a Trump el camino a su reelección, y a Xi un escenario de estabilidad frente a las numerosas incertidumbres internas y globales que afronta.

Cada uno de ellos cuenta con distintos instrumentos para convencer al otro, y no todos son de naturaleza económica. Es desde tal perspectiva como cabe interpretar el viaje de 24 horas realizado por Xi Jinping a Pyongyang a finales de la pasada semana. No sólo es la primera visita oficial de Xi como presidente a Corea del Norte (aunque como vicepresidente estuvo en 2008), sino la primera de un jefe de Estado chino en 14 años. Sin embargo, ni se ha querido que hubiera medios cubriendo el viaje, ni tampoco ha trascendido lo tratado entre Xi y Kim Jong-un.

El Rodong Shinmun, principal diario norcoreano, publicó la víspera de la llegada de Xi, un artículo de este último en el que hizo hincapié en su intención de involucrarse en mayor medida en el proceso de desnuclearización de la península. Altos funcionarios chinos han insistido, por otra parte, en la dimensión económica del viaje: Pekín tiene como prioridad la estabilidad intercoreana, lo que se verá facilitado si Pyongyang decide seguir la experiencia de las reformas de la República Popular.

China también necesita a Corea del Norte como instrumento de negociación con respecto a Estados Unidos. Ello explicaría la superación del enfriamiento en las relaciones bilaterales que causó la ejecución de Jang Song Taek, tío de Kim y principal interlocutor de Pekín, en 2013. Tras evitar durante los últimos años referirse a Pyongyang como aliado, los gestos de acercamiento por parte de las autoridades chinas se han multiplicado en los últimos meses. Es cierto que, según los términos del tratado de ayuda mutua y cooperación de 1961—que hacen de Corea del Norte el único aliado formal con que cuenta la República Popular—, en 2021 habrá de renovarse el documento. Pero la aparente improvisación de su visita se debe a la urgencia para Xi de ofrecer un señuelo a Trump. Aunque se trate tan sólo de la reanudación de las conversaciones de desnuclearización—sin que pueda descartarse tampoco alguna solución imaginativa por parte de Pekín—, es la mejor manera de que Trump supere la frustración de la fallida cumbre de Hanoi en febrero, y cambie de actitud en el terreno comercial. Apenas dos días después de la visita de Xi, Kim recibió de hecho una carta “excelente” del presidente norteamericano.

Pyongyang sigue jugando con habilidad entre los dos gigantes, pero es China quien vuelve a confirmar su margen de maniobra en relación con los asuntos de la península. Algo que complica no sólo los cálculos de Estados Unidos y de Japón, sino de modo más directo los de Corea del Sur, cuyo presidente, Moon Jae-in, recibirá a Trump en Seúl tras la reunión del G20.

INTERREGNUM: Cumbres paralelas. Fernando Delage

Mientras Estados Unidos se enfrenta simultáneamente a China, México e Irán, el mundo emergente euroasiático vive un periodo de notable actividad diplomática, tanto en el frente bilateral como en el multilateral. En el centro de esos movimientos, como cabía esperar, se encuentra una China proactiva, resuelta a no quedarse de brazos cruzados frente a las presiones de Washington.

La semana pasada se celebró la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Bishkek (Kirguistán), y la cuatrianual de la Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de Confianza (CICA) en Dushanbe (Tajikistán). Ambos foros ilustran la gradual institucionalización de Eurasia como espacio geopolítico, un objetivo perseguido en particular por los dos principales miembros de ambos procesos multilaterales: China y Rusia.

No casualmente, sus líderes mantuvieron una reunión días antes de la doble cumbre, en la que adoptaron dos documentos reveladores de hasta qué punto la política de Trump está reforzando el acercamiento de Pekín y Moscú. Vladimir Putin y Xi Jinping firmaron un comunicado conjunto con el título “Reforzar la estabilidad estratégica global en la era contemporánea”, y otro enfocado al desarrollo de su asociación estratégica bilateral, por los que se comprometen a sumar a otros países en su esfuerzo dirigido a “proteger el orden mundial y el sistema internacional sobre la base de los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”.

En Bishkek, Xi celebró un encuentro paralelo con el primer ministro indio, el primero entre ambos desde la reelección de Narendra Modi. Si sus fronteras septentrionales las tiene Pekín protegidas mediante su entente con Moscú, su proyección hacia Asia meridional ha sido objeto de una sutil corrección en las últimas semanas. Empeñada en evitar la hostilidad de India hacia la iniciativa de la Ruta de la Seda (BRI) y hacia su cuasialianza con Pakistán, desde abril China está lanzando nuevos mensajes a Delhi. Si la República Popular ofrece la transparencia financiera en sus proyectos que reclama India, así como su la neutralidad con respecto a los problemas territoriales indios-paquistaníes, se eliminarían buena parte de las suspicacias indias, facilitando la consolidación de la asociación bilateral que Xi y Modi declararon querer impulsar tras la cumbre que mantuvieron en Wuhan en abril del pasado año. Círculos diplomáticos hablan incluso de la posibilidad de estructurar un diálogo 2+2—es decir, con la participación de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa—, lo que supondría un innegable salto cualitativo en su relación.

El viaje del primer ministro japonés, Shinzo Abe, a Irán—tercer grande continental euroasiático, y próximo a incorporarse como miembro de pleno derecho de la OCS—tampoco fue ajeno a esta semana de iniciativas diplomáticas, todas ellas indicadoras del mundo post-occidental en formación. (Foto: Judit Ruiz)

Comercio, seguridad y 5G sobre la mesa

4Asia reúne el 10 de junio a colaboradores y expertos en un nuevo encuentro de debate, esta vez para analizar e intentar dar respuesta a dudas e incertidumbres ante la política proteccionista de Estados Unidos, la disputa comercial y tecnológica con China y los riesgos para la estabilidad internacional.

 Además, trataremos de poner luz en el nivel de amenaza que puede suponer el hecho de que uno de los factores de la ecuación internacional, China, sea un Estado con un importante y creciente desarrollo tecnológico, un sistema autoritario que no responde a otro control que al del propio sistema y a su partido único, el Partico Comunista, y un respeto arbitrario y según su concepto de sus intereses nacionales de las normas de derecho internacional.

Esta serie de hechos son los argumentos que exhibe un Trump atolondrado que a veces parece, él mismo ha llegado a decirlo, que añora reinar para siempre con un sistema como el chino. Esta política, incluso con alguna razón, es no sólo errónea sino peligrosa y sitúa a una Europa en crisis de identidad y desorienta ante un reto que no parece fácil de afrontar.

Así, repasaremos el desarrollo y la evolución tecnológica de la sociedad china; las previsibles consecuencias, buscadas o no, de la guerra comercial; los peligros para la seguridad cibernética y el orden y la libre competencia en los mercados, y también algo tan esencial y a veces tan poco valorado como los peligros tecnológicos para la seguridad nacional, la defensa de los intereses nacionales y estratégicos de España y la necesidad de proteger las instituciones y la estabilidad democrática. Esperamos debatir todos estos asuntos con quienes quieran asistir.

INTERREGNUM: Washington aprieta las tuercas. Fernando Delage

El 23 de mayo, el Senado de Estados Unidos aprobó, a instancias de 14 miembros de la Cámara—un grupo que incluía tanto a demócratas como a republicanos—una ley que permitirá “sancionar a aquellos individuos y entidades chinas que participen en las actividades ilegítimas de Pekín dirigidas a afirmar la expansión de sus reclamaciones territoriales” en los mares de China Meridional y de China Oriental. Presentada en 2017 pero no puesta en marcha hasta ahora, este instrumento legislativo confirma cómo las tensiones económicas entre Washington y Pekín se extienden con rapidez al terreno político y de seguridad.

Que la medida iba a endurecer la posición de Pekín resultaba previsible. Pero la escalada ha sido mera cuestión de días. El 1 de junio, en la reunión que cada año organiza por estas fechas el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos e Internacionales de Londres en el hotel Shangri-la de Singapur, el secretario de Defensa en funciones de Estados Unidos, Patrick M. Shanahan, advirtió que “el comportamiento que erosiona la soberanía de otras naciones y alimenta la desconfianza en las intenciones de China debe acabar”. Nada más concluir su discurso, muy beligerante en el tono contra Pekín, su departamento hizo público un informe sobre la estrategia de Estados Unidos en el Indo-Pacífico—el primero desde 1998—en el que se acusa a China de buscar “la hegemonía regional en el Indo-Pacífico a corto plazo, y la preeminencia global a largo plazo”.

Pese a sus 60 páginas, el Informe, tras realizar esa descripción hostil de la República Popular como rival, ofrece una descripción del proceso de reforzamiento de las capacidades militares norteamericanas en la región, más que una estrategia operativa propiamente dicha. Pero el guante estaba lanzado de nuevo—retomando el lenguaje y las críticas ya lanzadas por el vicepresidente Pence en su discurso de octubre en el Hudson Institute—, y así fue recibido por Pekín. El 2 de junio, en el mismo foro en Singapur, el ministro de Defensa, Wei Fenghe, respondió a Shananan prescindiendo de toda sutileza diplomática. Además de negar las acusaciones de militarización de las islas del mar de China Meridional, advirtió que China “luchará hasta el final” en la disputa comercial con Estados Unidos, como “luchará asimismo cueste lo que cueste” contra la reunificación de Taiwán, asunto—dijo en alusión a los comentarios del jefe del Pentágono sobre la isla—con respecto al cual toda interferencia externa concluirá en fracaso.

Como en un acto reflejo con los movimientos en Washington, al terminar Wei su discurso, fue el viceministro de Comercio chino, Wang Shouwen, quien presentó en Pekín un Libro Blanco sobre las relaciones comerciales y económicas con Estados Unidos. Apenas 48 horas antes, las autoridades chinas amenazaron con posibles sanciones a empresarios y compañías norteamericanas si interrumpían el suministro a sus socios chinos. En la presentación del informe, Wang acusó a Washington de “imponer unas demandas nada razonables que interfieren en la soberanía china”. “Después de darle una mano, Estados Unidos quiere un brazo”, dijo. “Si quiere recurrir a una presión extrema para que una escalada de las fricciones comerciales obligue a China a capitular, esto es imposible”, concluyó.

Las espadas están pues en alto. Trump confía en su instinto y en las prácticas negociadoras a las que recurrió como empresario inmobiliario. Pero su presión no hace sino reforzar el nacionalismo de una China que no puede permitirse ceder en cuestiones de principio. Pekín se prepara para un conflicto que durará años.  Foto: Flickr, Darkday

¿Es Trump el malo de esta película?

Las presiones entre Estados Unidos y China antes de la guerra comercial abierta que parece avecinarse y sobre todo la decisión de la Administración de EEUU de presionar a Google para que bloquee sus acuerdos con Huawei ha elevado una ola de indignación contra Donald Trump. Como de costumbre, los medios europeos y la mayoría de los intelectuales o creadores de opinión europeos y buena parte de los propios líderes de opinión de Estados Unidos acusan a este país de ser el origen de las turbulencias. Esta es un viejo tic que llegó a su máxima expresión vergonzante cuando el 12 de septiembre de 2001 un influyente medio español, con 3.000 muertos sobre el asfalto entre las ruinas de Nueva York, tituló que el mundo estaba preocupado por la posible respuesta de Estados Unidos, lo que no merece más comentario.

Parece claro que Trump se equivoca con su política proteccionista, que ésta va a acarrear problemas a los estadounidenses a medio plazo aunque parezca favorecedora a corto plazo y que del proteccionismo han surgido grandes conflictos mundiales dirimidos con las armas en la mano. Pero no es que Trump haya amanecido un día con una manía por desestabilizar el mundo.

China es un país autoritario, despótico, que utiliza pretendidos instrumentos del capitalismo para mejorar su posición comercial basada en la explotación de una población con pocos derechos , en no respetar leyes de patentes y en violar cuanta norma internacional le proporcione beneficios. Es decir, en vaciar al capitalismo de lo que tiene de progreso: la libertad de mercado, el imperio de las leyes y la libertad individual.  Trump se equivoca en la receta pero no en el diagnóstico. Y la ofendida Europa debería ser más comedida porque en muchas áreas no es menos proteccionista que Trump y, si no lo creemos, oigamos lo que dicen de sus productos agrícolas Marruecos, Túnez, Israel o Turquía, por poner algunos ejemplos.

Además, en la decisión sobre Huawei, además de criterios obviamente comerciales y políticos, hay argumentos de seguridad no desmentidos. Estados Unidos es una sociedad abierta donde las majaderías y los errores de Trump pueden ser criticados y llevados a los tribunales. En China, donde el Estado y sus empresas son todo uno subordinados a los intereses que marca el presidente, esto no es posible y frente a eso y sus ataques a la seguridad occidente está debilitado. Ahí es donde debería estar el terreno de debate y de confrontación.

EEUU, en varios frentes

La Administración Trump parece haber acelerado, en parte como un paso en su estrategia para renovar mandato y, por otro lado, porque cree haber visto una ocasión propicia para mejorar posiciones.

Pero la realidad es que EEUU ha incrementado la presión sobre Irán en demanda de renegociar el tratado de desarme nuclear de Teherán, fortaleciendo las sanciones y moviendo parte de su flota a las costas iraníes. Por cierto, la fragata española que acompañaba, con otros buques de guerra europeos como escolta a los norteamericanos, ha sido retirada tras haber asumido su compromiso hace varias semanas y conociendo en qué consistía la misión.

Al mismo tiempo, tras haber comenzado a aplicar duras tarifas arancelarias a productos chinos para entrar en el mercado estadounidense, ha acogido la respuesta china de aplicar sus propios impuestos a productos de EEUU con suficiencia diciendo que EEUU gana ese pulso y anunciando un próximo encuentro entre los primeros mandatarios de ambos países para intentar un pacto. Y, como guinda a esa ofensiva, Pompeo y Putin se reunirán en Rusia para analizar todos los frentes, incluida Venezuela, y tratar de llegar a un acuerdo de mínimos por el que Rusia no impediría los pasos de Trump. Un plan ambicioso, pero ahí está.

Todo esto ha puesto muy nerviosos a los líderes europeos, a los que el secretario de Estado Pompeo ha informado en Bruselas, que, como siempre, piden con más énfasis prudencia a EEUU que freno a un Irán que amenaza con reanudar el rearme nuclear.

La inestable situación puede descontrolarse con cualquier incidente no previsto, pero una vez más, Europa no ofrece alternativas de liderazgo, sino que insiste en el apaciguamiento permanente de cualquier situación como fórmula retórica. Estamos en la misma situación de siempre pero cada vez con más riesgos.