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Taiwán. Esa isla de la que usted me habla. David Montero

Las elecciones que se avecinan en Taiwán el próximo 13 de enero representan un momento crítico en la historia reciente de la isla, con repercusiones que se extienden mucho más allá de sus costas y playas y no solo influirán en su futuro inmediato, sino también en su posición en el escenario internacional.

La inédita campaña electoral a tres bandas entre el favorito Partido Demócrático del Progreso, el Kuomintang y el Partido Popular de Taiwán se ha centrado en una variedad de temas cruciales, reflejando tanto las preocupaciones internas de Taiwán como las presiones y desafíos globales, siempre con la sombra inmensa del continente detrás. Económicamente, la isla ha mostrado una resiliencia notable, pero las incertidumbres derivadas de las tensiones con China y los desafíos de la pandemia global han puesto a prueba esta fortaleza. Los candidatos han debatido estrategias para mantener el crecimiento económico, mientras abordan problemas sociales internos, incluyendo la vivienda, la educación y la reforma sanitaria.

Sin embargo, esa clave interna, como siempre, queda en un segundo plano ante la relación de la isla con China. Las políticas hacia Beijing varían significativamente entre los partidos, desde la búsqueda de una mayor integración económica y diálogo hasta una firme defensa de la soberanía taiwanesa y una mayor distancia política bordeante con la peligrosa línea roja del independentismo. En función del resultado, estas elecciones podrían marcar un cambio significativo en la forma en que Taiwán interactúa con su poderoso vecino.

La política exterior de Taiwán, especialmente en lo que respecta a sus relaciones con Estados Unidos y otras democracias, también ha sido un punto focal. Los lazos con Estados Unidos, en particular, han alcanzado nuevos niveles de cooperación bajo la administración actual, y el resultado de las elecciones podría influir en la continuidad de este fortalecimiento de relaciones.

Los derechos humanos y las libertades civiles, siempre en el centro de la política taiwanesa, continúan siendo temas de debate. Taiwán ha sido elogiado por su progresismo en áreas como los derechos LGBTQ+ y la libertad de prensa, y estas elecciones podrían consolidar aún más estos avances, avances que, en el fondo, ahpndan la brecha de la sociedad de la antigua Formosa con la del otro lado del estrecho. Es difícil plantear la reunificación de dos sociedades cuando, cada año, estás son un poco más diferentes. El ejemplo de Hong Kong tampoco ayuda.

La pandemia de COVID-19 y la respuesta de Taiwán también han sido destacadas durante la campaña. La isla ha sido reconocida internacionalmente por su manejo exitoso del virus, lo que ha fortalecido el orgullo nacional y la confianza en el gobierno. Sin embargo, la recuperación económica y la apertura al turismo internacional siguen siendo temas de interés para los votantes.

Los partidos políticos y sus candidatos han presentado una gama de visiones para el futuro de Taiwán. El partido gobernante, el Partido Democrático Progresista (PDP), con Lai Ching-te al frente, ha enfatizado la defensa de la soberanía taiwanesa y la profundización de las relaciones con países democráticos. Por otro lado, el Kuomintang (KMT), el principal partido de la oposición, ha abogado por una aproximación más pragmática con China, enfatizando la necesidad de estabilidad económica y política.

El resultado de las elecciones del 13 de enero tendrá un impacto significativo en la dirección futura de Taiwán. No solo decidirá las políticas internas para los próximos años, sino que también determinará cómo Taiwán se posiciona a sí misma en la arena mundial, en medio de tensiones geopolíticas crecientes y una economía global en constante cambio. Una previsible victoria del gobernante PDP cerraría la puerta, al menos durante cuatro años más, a una reunificación pacífica con la República Popular, e impulsaría la estrategia de defensa y resiliencia económica de Taipei frente a Pekín, y una mayor colaboración con Estados Unidos, y en menor medida, Japón y Australia.

De fondo, habrá que ver cómo gestiona China la frustración, y hasta dónde llega la paciencia de Xi Jinping con esa isla tan pequeña, tan molesta, tan clave.

 

INTERREGNUM: Año de elecciones. Fernando Delage

La evolución de las relaciones entre China y Estados Unidos continuará siendo en 2024 la principal variable determinante de la dinámica asiática, sin que tampoco deba minusvalorarse el impacto de distintos procesos electorales que se celebrarán a lo largo del año. La voluntad de distensión expresada por los presidentes Biden y Xi en su encuentro de noviembre en San Francisco permitió corregir la espiral de enfrentamiento de los meses anteriores, pero no resolver las divergencias estructurales entre ambos países, algunas de las cuales pueden resurgir en función del resultado de las próximas elecciones en Taiwán. Otros comicios revelarán por su parte el delicado estado de la democracia en Asia.

Los primeros del año serán los de Bangladesh el 7 de enero. Las elecciones se celebrarán en un contexto de movilizaciones contra el gobierno, impulsadas por el principal grupo de la oposición, el Partido Nacionalista. Sus líderes, en su mayor parte exiliados o en prisión, han amenazado con boicotear el proceso si la primera ministra, Sheikh Hasina—en el cargo desde hace 15 años—, no renuncia y cede el poder a un gabinete interino que supervise la convocatoria electoral.

Un mes más tarde—el 8 y el 14 de febrero, respectivamente—serán los dos países con mayor población musulmana, Pakistán e Indonesia, los que celebrarán elecciones. En el caso de Pakistán, se tratará de las primeras convocadas desde la destitución por corrupción del primer ministro Imran Khan en abril de 2022. Aunque en prisión, Khan sigue controlando su partido (el PTI). Su destacada popularidad y el deterioro de la seguridad nacional como consecuencia de diversos ataques de grupos separatistas y radicales en las últimas semanas han llevado a especular, no obstante, sobre un posible retraso de la votación. Este escenario de incertidumbre política, el mayor en décadas, agrava a su vez el riesgo de que el Fondo Monetario Internacional retrase la entrega de su segundo paquete de rescate financiero, previsto para mediados de enero.

En Indonesia, la tercera mayor democracia del mundo, más de 200 millones de votantes elegirán un nuevo Parlamento y un nuevo presidente. Aunque Joko Widodo fracasó en su intento de reformar la Constitución para poder presentarse a un tercer mandato presidencial, declaró su intención de seguir interviniendo en la vida política sobre la base de su extraordinaria popularidad y de su influencia en las instituciones. Widodo aspira por ello a conseguir la elección de un sucesor afín y consolidarse como miembro de la oligarquía indonesia, de la elite política, militar y empresarial que, desde la era Suharto (el yerno de este último, Prabodo Subianto, vicepresidente durante los últimos años, va en cabeza en los sondeos), ha controlado la nación.

En abril y mayo (por el número de votantes, más de 900 millones, la votación se celebra durante varias semanas) será el turno de India. En 2014 el Janata Party liderado por Narendra Modi obtuvo la primera mayoría absoluta en el Parlamento indio en tres décadas; una victoria que revalidó en 2019 y previsiblemente repetirá este año. En sus dos primeros mandatos al frente del gobierno, una diplomacia proactiva dio un mayor estatus internacional a India (su papel como elemento de equilibrio de China es cada vez más importante para Occidente), pero al mismo tiempo Modi promovió un nacionalismo hindú que, además de marginar a 200 millones de musulmanes y 28 millones de cristianos, ha erosionado el sistema democrático. Un nuevo triunfo le permitiría completar la que define como su misión personal.

Con todo, las elecciones que en mayor medida definirán la trayectoria de Asia en2024 serán las de Taiwán dentro de unos días, y las de Estados Unidos en noviembre. A partir del 13 de enero, el nuevo presidente taiwanés se situará en el centro de las tensiones entre China y Estados Unidos. El candidato del Partido Democrático Progresista (PDP), Lai Ching-te, defensor de la autonomía de la isla, es anatema para Pekín, mientras que el líder del Kuomintang, Hou Yu-Ih—sólo ligeramente por detrás de Lai en los sondeos—, propugna la restauración del diálogo con la República Popular. Los taiwaneses, ha advertido China, afrontan “una elección entre la guerra y la paz”. Biden puede encontrarse de este modo ante una grave crisis militar a principios de año; un escenario que—sumado a los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo—influirá a su vez en la elección, el 4 de noviembre, del próximo presidente norteamericano.

La hora de Taiwán

La campaña electoral en Taiwán para las elecciones del próximo 13 de enero está subiendo el nivel de tensión entre China y la isla con un régimen democrático. Mientras, en su discurso de fin de año, el líder chino, Xi Jinping, insistía en calificar a Taiwán como una provincia china separatista y que la “reintegración” (anexión) futura es inevitable, desde la isla se replicaba que las relaciones de Taiwán con Pekín serán las que quieran los taiwaneses “en la competencia de su soberanía”.

En la isla, como ya hemos explicado desde esta página, el electorado está dividido casi al 50 por ciento entre los que apoyan al viejo partido fundador del régimen taiwanés, que formalmente no aspira a la independencia oficial de la isla sino a un futuro democrático con una China continental donde los comunistas no dominen y el actual partido gobernante, que aspira a un futuro taiwanés sin mirar a Pekín y a construir unas relacion4s con la China continental a partir de la soberanía de cada parte. Esta última opción, que puede renovar su mandato tras el 13 de enero, pone muy nervioso al gobierno chino, su propaganda y su discurso falso sobre el origen del conflicto y los crímenes del gobierno autoritario que impuso la revolución china.

La tensión preelectoral está condicionando el cauto proceso de distensión iniciado entre China y Estados Unidos y que fue oficializado por el encuentro entre Xi y Biden en California.

En todo caso, ambos partidos taiwaneses necesitan la consolidación y profundización de ese proceso de distensión porque les proporciona un mayor margen de maniobra a sus respectivos planes estratégicos a medio y largo plazo. De ahí que algunas voces oficiales de Taiwán hayan sugerido la posibilidad de establecer conversaciones abiertas con Pekín para “instaurar un clima de coexistencia pacífica” que frene las cotidiana provocaciones militares chinas en el estrecho que los separa y que se ensanche la colaboración, que ya existe, entre ambos regímenes y empresas de ambos lados.

Estados Unidos también quiere bajar el nivel de tensión que preside la campaña electoral aunque sabe que bajará tras el proceso y quiere inducir a mejorar las relaciones chino taiwanesas aunque insista en su voluntad de defender militarmente la isla si China la ataca y en seguir el proceso de rearme regional de los aliados occidentales frente a los planes expansionistas chinos.

Este proceso, con sus contradicciones y sus riesgos, va a ser un elemento determinante en Asia Pacífico en este año que empieza y, a su vez, será una pieza esencial en el reordenamiento de la geoestrategia que se está dibujando junto a Ucrania, Gaza y los seísmos políticos africanos.

Taiwán: elecciones trascendentales

El próximo 13 de enero se celebrarán elecciones legislativas y presidenciales en Taiwán y a nadie se le oculta que estos comicios tendrán una gran importancia en el marco actual de especial agresividad china, alta tensión en el Pacífico y lo que parece ser el inicio de una etapa algo más distendida entre China y Estados Unidos.

En Taiwán las dos fuerzas políticas principales, que se reparten prácticamente por la mitd el electorado, son el Kuomintang (KMT) y el Partido Popular de Taiwán (PPT). El primero fue el fundador de la República de Taiwán, cuando fue derrotado (gobernaba en Pekín en 1949) por los comunistas de Mao Tse Tung y sus dirigentes huyeron de la China continental instalándose en la isla sin que hayan podido ser desalojados por el gobierno de Pekín.

El KMT se considera representante de la China democrática y aspira a una reunificación con la China continental con ua constitución democrática y liberal. EL PPT, que actualmente gobierna, responde a nuevas generaciones de taiwaneses que quieren avanzar a una situación de plena independencia sin mirar de reojo a Pekín y funcionar como dos países diferentes (que es lo que ocurre en la práctica). El KMT mantiene mejores relaciones con Pekín, a pesar de la historia.

El experto en asuntos chinos Xulio Rios describe la situación actual señalando que “la oposición insiste en que una victoria del soberanismo puede hacer inevitable el conflicto armado y ese temor alienta su esperanza de triunfo ya que puede presumir de una mejor relación, disuasoria, con China continental. El mayor inconveniente es su división en dos fuerzas (que prácticamente dividen el voto por la mitad. Pese a que han intentado fraguar la unidad, las negociaciones han fracasado, lo cual, por otra parte, resta credibilidad a su clamor sobre la emergencia de ese compromiso con la paz”.

El PC chino observa desde Pekín con atención la situación, atento a las brechas políticas y sociales en la isla que le permitan ir avanzando hacia una ocupación de la isla que ellos denominan reunificación. Es verdad que el presidente Xi prometió al presidente Biden en su reciente encuentro en California que China no planea una intervención militar en Taiwán a corto ni medio plazo pero Pekín no deja de exhibir fuerzas aeronavales en torno a la isla. Este es el escenario de fondo en el que se van a desarrollar las elecciones de enero.

INTERREGNUM: Taiwán: las elecciones que vienen. Fernando Delage

Las elecciones del próximo 13 de enero, en las que se decidirá el sucesor de la presidenta Tsai Ing-wen, serán las más competitivas en la historia de Taiwán. Aunque dos formaciones han dominado el sistema político desde su democratización—el Partido Nacionalista (Kuomintang) y el Partido Democrático Progresista (PDP)—, sus respectivos candidatos (el alcalde de Taipei, Hou Yu-yi, y el actual vicepresidente, Lai Ching-te), compiten en esta ocasión con otro aspirante a la presidencia: Ko Wen-je, del centrista Partido Popular de Taiwán (PPT). (Un cuarto candidato independiente, el fundador de la empresa tecnológica Foxcon, Terry Gou, se acaba de retirar de la campaña). En sólo unos días el escenario preelectoral ha dado un doble vuelco.

El 15 de noviembre, el Kuomintang y el PPT unieron sus fuerzas con la esperanza de derrotar al PDP, el partido que logró dos mayorías absolutas en los comicios anteriores, y va por delante en los sondeos. Ambas organizaciones defienden la restauración del diálogo con la República Popular, interrumpido por Pekín desde la primera victoria de Tsai en 2016. Desde entonces, China incrementó la presión económica, militar y política sobre la isla. Lai ha sido denunciado como un separatista por el gobierno chino, que ha descrito la carrera presidencial como una elección entre estabilidad o conflicto.

Los dos principales grupos de la oposición presentaron su acuerdo como un hito en la vida política taiwanesa. Tres días más tarde, sin embargo, se deshizo la coalición. Al parecer, no se superaron las discrepancias sobre cuál de sus líderes, Hou o Ko, contaba con mayores posibilidades de éxito y debía ser por tanto el cabeza de cartel. La división del voto de la oposición garantiza en principio la victoria de Lai (cuenta con más del 30 por cien de apoyo popular), aunque es innegable la preocupación de la mayoría de los taiwaneses por la creciente amenaza china: el 83 por cien, según un reciente informe de la Academia Sinica de Taipei. Sólo un nueve por cien dice confiar en la República Popular. El mismo estudio confirma por lo demás la tendencia consolidada durante los últimos años: el 63 por cien de la población se consideran taiwaneses, un 32 por cien taiwaneses y chinos, y sólo el dos por cien chinos. Una notable transformación desde 1992, cuando sólo el 18 por cien se identificaban como taiwaneses, y el 26 por cien como chinos.

Pekín ve en consecuencia cómo se aleja la posibilidad de una reunificación pacífica, mientras cunde el temor en la isla a su reacción a los resultados de las elecciones; un hecho que puede alterar las expectativas reflejadas por los sondeos de opinión. Una victoria del Kuomintang se traducirá en una relajación de las tensiones en el estrecho, mientras que la victoria de Lai conducirá, por el contrario, a un endurecimiento de la presión china, incluyendo las advertencias sobre el riesgo de guerra. También puede ocurrir que el PDP obtenga la presidencia pero no la mayoría en la asamblea legislativa, lo que complicará el margen de maniobra del gobierno, pero facilitará los esfuerzos chinos dirigidos a desestabilizar la dinámica política taiwanesa.

La posición de los candidatos con respecto al continente dominará en cualquier caso las elecciones. La mayoría de los votantes quieren un presidente que, durante los próximos cuatro años, sepa evitar un conflicto y mantenga al mismo tiempo la autonomía de Taiwán en un contexto de competición estratégica entre Washington y Pekín. No está sólo en juego por tanto el futuro político de la isla, sino también la seguridad regional.

 

¿Y después de las elecciones estadounidenses qué? Nieves C. Pérez Rodríguez

La silla del hombre más poderoso del mundo se debate entre la continuidad de la Administración Trump y un cambio partidista y de valores encabezado por Joe Biden. La división del país, y por tanto de los votantes, es profunda y muchos analistas están previendo un escenario post electoral incierto e incluso violento.

Cómo todo lo ocurrido este año, el proceso del ejercicio del voto ha sido distinto. Para evitar grupos masivos de electores practicando su derecho electoral, cada Estado ha determinado cuándo comenzar un proceso adelantado al día oficialmente previsto. Los primeros en la lista fueron Wyoming y Dakota del Sur que comenzaron el 18 de septiembre y consecutivamente cada Estado ha ido estipulando qué día abrirían el proceso de votación. En busca de flexibilidad se ha permitido votar en persona en los lugares previstos para ello desde el día que se ha habilitado hasta el mismo 3 de noviembre día oficial de las elecciones. También se ha permito a un grupo de mayor riesgo a votar por correo. 

Precisamente el voto por correo ha sido objeto de mucha controversia. Por una parte, el llenado incorrecto de las papeletas electorales que acaba siendo computado como un voto nulo. Pero también ha habido mucha desinformación auspiciada por el mismo presidente Trump. Desde agosto Trump ha insistido constantemente en que el voto por correo puede ser manipulado y que las papeletas podrían ser enviadas a áreas demócratas y no republicanas. Una afirmación sin ningún fundamento debido a que la distribución del material electoral está en manos de funcionarios del estado e instituciones públicas, quienes han asegurado que se ha hecho siguiendo rigurosamente los protocolos.

En una primera etapa Trump aseguraba que las oficinas postales no contaban con capacidad para manejar esos volúmenes de votos. Lo que es también falso, pues Estados Unidos es de los pocos países en el mundo en el que las oficinas de correos se utilizan a diario por millones de ciudadanos y el envío de correspondencia en este país es extraordinariamente grande. Trump ha cuestionado por años la legitimidad de las elecciones en Estados Unidos. Incluso cuando él mismo ganó en el 2016 aseguró que lo había hecho porque millones y millones votaron por él pero lo cierto fue que perdió el voto popular aunque ganó el voto de los colegios electorales.

La desinformación generada por el mismo presidente, junto con las manifestaciones de diversos grupos que han acabado en muchos casos con violencia en diferentes ciudades del país, son un reflejo de la complicada situación domestica que vive Estados Unidos, y que fácilmente se pueden convertir en el caldo de cultivo para una posible situación de violencia después del anuncio de los resultados electorales.

En una sociedad tan dividida las ganas de votar son más fuertes. Por lo tanto, desde septiembre hasta el pasado viernes 22 de septiembre, millones de ciudadanos ya han emitido su voto a lo largo del país. La mayoría de esos votantes son demócratas. De momento una encuesta de CNN hecha el pasado viernes ubica a Biden como ganador con el 53%  y a Trump en un 42%. Sin embargo, se prevé que la gran mayoría que votará republicano lo hará el mismo 3 de noviembre, lo que podría cambiar la situación para el final del día electoral y los exit polls del día electoral podrían dar como gran ganador a Trump y en el recuento final arrojar números distintos, es decir, que el ganador sea Biden.

En ese escenario los analistas están temiendo que los grupos armados – como las milicias- salgan a defender el voto a favor de Trump. Y en el extremo opuesto saldrían los grupos de extrema izquierda a defender a Biden.  En efecto, el Departamento de Seguridad Nacional a finales de septiembre advertía en un informe que los blancos supremacistas violentos era la amenaza más persistente y letal en el país y que, posibles complots de esos grupos con esquemas como los secuestros de los gobernadores de Michigan y Virginia frustrados por el F.B.I. podrían estar fraguándose.

Ambos grupos radicales se encuentran en extremos ideológicos opuestos y la motivación de defender el voto de su preferencia se convierte en un motivo de lucha.  A pesar de que se está temiendo violencia, estamos hablando de violencia controlada en ciudades o puntos determinados de la nación, no del desencadenamiento de movimientos en todo el país que pueda acabar en una especie de enfrentamiento a gran escala nacional.

Sea como sea, a pequeña o a mediana escala, lo cierto es que tan solo suponer que pueda haber algo de violencia es un golpe a la imagen de la nación con la mayor trayectoria democrática del mundo. Como líder y ejemplo internacional es una estocada al retrato de unión doméstica y a imagen de fuerza que le ha permitido imponer respeto y exportar su modelo por el mundo en los últimos 70 años.

Pero peor aún en la situación actual en la que se está debatiendo el liderazgo internacional entre Washington y Beijing, una situación violenta post electoral debilitaría la imagen de Estados Unidos en el exterior facilitándole el camino al PC chino en sus ambiciones internacionales, de manera especial en Asia, en donde los aliados de occidente quedarían en una posición precaria y de alto riesgo.

Incertidumbre en Washington, incertidumbre mundial

Las elecciones presidenciales de EEUU llegan con un alto índice de incertidumbre y, por una vez, no solo acerca del quien ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años sino sobre la estabilidad institucional del país.

Varios expertos consideran que la polarización de la sociedad estadounidense, agravada los últimos años, representa un riesgo de confrontaciones sociales que podrían conducir a una parálisis institucional con repercusiones nacionales e internacionales.

La situación se agrava con la coyuntura electoral. Los mensajes de Trump poniendo en duda la limpieza del proceso electoral en lo que hace referencia al voto por correo, el hecho de que, por la pandemia, ya se haya producido gran parte de este voto que los analistas estiman que es mayoritariamente por Biden, y la posibilidad de que Trump gana en el voto en urna, dibuja un escenario preocupante con una alta movilización callejera.

A esto hay que añadir la existencia de milicias civiles armadas. Las milicias existen desde la fundación misma de los Estados Unidos y responde al modelo de construcción del Estado (desde lo local lo nacional) y a la  concepción de que la sociedad civil tiene derecho a armarse frente eventuales deficiencias o excesiva intervención de los poderes estatales, Así viene recogido en la famosa enmienda constitucional.

Las milicias, contra lo que se suele difundir en Europa sin apenas matices, no son todas de extrema derecha ni de paletos armados. Hay milicias de extrema derecha, de derecha, de fundamentalistas religiosos, de ideología confusa y de extrema izquierda. Las primeras son rurales, de estructura abierta, exhibicionista y prepotente. Pero, aunque menos numerosas, las de extrema izquierda son de ámbito urbano, se presentan como de “autodefensa”, “antifascistas” o resistentes, han adoptado una estructura clandestina y en células, como el terrorismo clásico europeo y latinoamericano y han aumentado su presencia a raíz del último choque racial.

Algunos expertos consideran que este escenario puede facilitar choques sin precedentes en EEUU y llevar a una parálisis interna muy grave.

En el plano internacional, como señala nuestra colaboradora en Washington Nieves C. Pérez en su entrega de esta semana, un posible bloqueo internacional tendría importantes consecuencias en el plano internacional y especialmente en Asia Pacífico. Si a la voluntad (tanto de Trump como lo fue de Obama) de desligarse de algunos compromisos para volcarse en plano interno se suma una incapacidad institucional para actuar, aunque fuera temporal, en un escenario donde China aumenta cada día su influencia y su agresividad, la desconfianza de los aliados tradicionales de Occidente va a crecer. De hecho, Australia lleva años diseñando estrategia propias, aunque sin dejar de contar con EEUU; Filipinas ha aumentado sus intercambios con China, Japón expresa dudas y reclama más protagonismo y Corea del Sur ha aumentado sus iniciativas autónomas. Aunque Estados Unidos ha aumentado sus mensajes de apoyo, Taiwán corre más riesgo cada día.

Ese es el clima con que se espera noviembre y los resultados electorales, sin olvidar que ese mismo panorama envuelve a Europa, donde una ausencia de Estados Unidos y algunas veleidades europeas pueden animar a Putin a aumentar sus ya notables audacias desestabilizadoras.

El Covid-19 se instala en la Casa Blanca. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Covid-19 ha sido el gran dolor de cabeza de los políticos durante este año, en busca de encontrar una fórmula para evitar un colapso económico mientras se intenta contener el contagio masivo.  Estados Unidos no ha manejado bien esta crisis y tampoco ha liderado internacionalmente el manejo de ésta frente al titubeo de la OMS al comienzo de este caos. Trump decidió quitarle los fondos a la organización y salirse de la misma. Una vez más, el presidente de la mayor economía del mundo dejaba ver su temperamento y diplomacia atropellada que, a pesar de los cuatro años en el poder, sigue sorprendiendo.

Todos los meses de la pandemia han pasado con un mundo medio paralizado, una economía mundial que deja ver los efectos de la cuarentena y unos Estados Unidos que se han resistido a imponer normas para evitar más contagios, como el uso obligatorio de mascarillas, la distancia social de grupos y regulaciones en cuanto al número de visitantes a restaurantes y bares. Lo cierto es que en la cultura anglosajona imponer normas que coarten la libertad se convierte en un gran dilema, porque el Estado como institución no puede obligar a sus ciudadanos a seguir estos protocolos sanitarios basado en que atentan contra la libertad individual. Y sin justificar el comportamiento de Trump frente a la crisis, es cierto que no es habitual que desde la Casa Blanca se regule el comportamiento ciudadano o el manejo de una situación puntual -como el covid-19- a los 50 estados que conforman la nación.

Sin embargo, desde principio de año Trump se resistió a dar importancia a la magnitud de la crisis. Se resistió también a presionar para que se tomaran medidas más drásticas, por temor al efecto negativo en la economía, que ha sido siempre su obsesión. Se resistió también a abogar por el uso de la mascarilla como mecanismo de prevención de contagio. Y para colmo contradijo en público en múltiples ocasiones a las autoridades sanitarias más capacitadas del país, para intentar disminuir la gravedad del asunto.

Y exactamente a un mes de elecciones presidenciales en Estados Unidos, y en el momento más álgido de la campaña, Trump informa desde su cuenta de Twitter que la primera dama y él han contraído Covid-19. Como un castigo divino a tanta negación y resistencia al virus, o simplemente por el hecho de no haber sido más precavido, el presidente y parte de su equipo y algunos senadores republicanos ahora han contraído el virus.

En plena campaña electoral el contagio puede ser mucho más alto, porque los eventos electorales y las reuniones con los asesores de la campaña estaban haciéndose a diario. Paralelamente, Trump intentaba conseguir logros políticos, como la nominación de la juez Amy Coney Barret a la Corte Suprema, por lo que hicieron un evento el pasado sábado 27, en los jardines de la Casa Blanca, en el que participaron un gran número de autoridades y miembros del gabinete y ninguno de ellos portó una mascarilla. De acuerdo con fuentes internas, hubo también reuniones a puerta cerrada con algunas de estas figuras. Además, Trump estaba preparándose para el primer debate presidencial con el candidato John Biden, por lo que estuvo reunido en privado con grupos diferentes previo al diagnóstico.

La dificultad de esta situación es que políticamente podría complicarse el panorama para la Administración si más senadores republicanos siguen dando positivo, porque eso podría ocasionar que no lleguen a tener la mayoría en el Senado para la votación de la juez a la corte suprema, o alguna legislación que requiera ser votada en los próximos días previo a las elecciones. Porque tal y como establece la ley, los senadores tienen que estar presente en el hemiciclo para ejercer su voto. Pero también pone al país en una situación vulnerable si otros miembros de la Administración dan positivo. De momento el vicepresidente Pence ha dado negativo y planifica continuar con el liderazgo de la campaña electoral, pero su rol ahora mismo debería ser el quedarse en la Casa Blanca y estar listo para liderar la nación frente a una situación en la que el mismo Trump quede imposibilitado por unos días.

El sábado pasado Trump twitteaba un video en el que aparecía dando un corto mensaje a la nación agradeciendo los buenos deseos mientras daba una imagen de control a pesar de estar afectado por el virus, y en el que admitía que por su edad estaba más afectado que Melania quien es 24 años más joven que él.

Las próximas horas serán clave para determinar el rumbo político de Estados Unidos, y la salud de Trump. Pero de momento el partido de oposición ha suspendido toda la propaganda negativa en contra de Trump y los mensajes públicos de los demócratas han suavizado el tono como un gesto solidario a la salud del presidente.

Es prematuro pronosticar los resultados electorales, pero lo que sí es claro es que el electorado de Trump es fiel y no cambia de opinión frente a comentarios o circunstancias. Y el electorado de Biden reúne a todo lo anti Trump y a los que culpan a la Administración de la mala gestión de la pandemia. Con un presidente convaleciente, la Bolsa también ha sentido el impacto, además de una economía golpeada por los efectos del Covid-19. Como todo 2020 ha sido impredecible e incierto, las siguientes cuatro semanas lo serán porque dependerán de la evolución médica del presidente.

INTERREGNUM: Después de Abe. Fernando Delage

Con apenas unas horas de preaviso, el viernes 28 de agosto Shinzo Abe anunció su renuncia como primer ministro de Japón por razones de salud.  Después de haber obtenido mayoría absoluta en tres convocatorias electorales desde 2012 y convertirse en el jefe de gobierno japonés que más tiempo ha ocupado el cargo de manera ininterrumpida (ya fue primer ministro durante unos meses entre 2006 y 2007), aún le restaba un año de legislatura. Se abre así un periodo de interinidad política en la tercera economía del planeta, en el que no cabe prever, sin embargo, grandes cambios.

En una cultura política adversa al liderazgo, Abe fue una excepción. Heredero de una dinastía política del Partido Liberal Democrático (su abuelo Nobusuke Kishi fue primer ministro entre 1957 y 1960, y su padre, Shintaro Abe, ministro de Asuntos Exteriores y secretario general del Partido), Abe volvió al poder en 2012 por la mala gestión del gobierno del Partido Democrático de Japón tras las elecciones de 2009, pero también porque supo ofrecer a la sociedad japonesa un plan para superar la desaceleración económica (las conocidas como dos “décadas perdidas”) y afrontar el ascenso de China y la amenaza norcoreana. Su política de reactivación del crecimiento (“Abenomics”), y los cambios en la política de seguridad y defensa marcarán su legado.

Los resultados no han sido los esperados en la economía. Los obstáculos estructurales propios de una sociedad postindustrial que envejece con rapidez no lo han permitido. Pero el proactivismo diplomático de Abe acabó con la tradicional naturaleza “reactiva” de la política exterior japonesa. Resulta difícil imaginar a otro político japonés retomando el TPP tras el abandono por parte de Estados Unidos, para liderar su renegociación y cerrar el acuerdo como hizo Abe (ahora denominado CPTTP). La firma del doble pacto—económico y estratégico—con la Unión Europea, en vigor desde el pasado año, es otro ejemplo del impulso que Abe dio a aquellas iniciativas que permitan asegurar una economía mundial abierta y un orden basado en reglas, frente al unilateralismo y proteccionismo norteamericano y las nuevas ambiciones chinas.

Su combinación de realismo y pragmatismo dieron a Japón una proyección internacional poco frecuente, también puesta de relieve en una estrategia regional que ha conducido a un estrecho acercamiento a India, Australia y distintos países del sureste asiático. Su apuesta por construir una relación personal con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y reforzar la alianza con Washington fueron compatibles, en su caso, con el reconocimiento de que Japón tenía que extender sus horizontes estratégicos y ampliar sus opciones geopolíticas.

Abe no pudo avanzar en la reforma de la Constitución que deseaba, objetivo que no compartía la mayoría de la opinión pública japonesa. Pero deja la política habiendo logrado unos Juegos Olímpicos, dejando un desempleo del tres por cien, y restableciendo una cierta normalidad en las relaciones con Pekín, aunque ya no podrá recibir a Xi en Japón en su primera visita oficial (pospuesta en abril por la pandemia). Sobre todo, deja un entorno político estable, en el que, al contrario que en otras democracias avanzadas, la polarización y el populismo brillan por su ausencia.

INTERREGNUM: China, arma electoral. Fernando Delage

Mientras arrecian las críticas a su gestión del coronavirus, el presidente Trump atacó el 14 de julio a su probable rival electoral, Joe Biden, en una confusa comparecencia en la Casa Blanca, en la que hizo de China el tema central de las elecciones de noviembre. Sus palabras cerraron una semana en la que se incrementaron las tensiones con Pekín, confirmando la estrategia de confrontación seguida por Washington.

Una vez más, Trump puso de manifiesto su desinterés por los hechos. Entre otras perlas, dijo que la economía china no creció hasta que la República Popular se incorporó a la OMC en 2001 (en realidad, en los 20 años anteriores, creció cerca de un 10% anual); o que China se reconstruyó con dinero del Tesoro norteamericano. Entretanto, su administración ha dejado de considerar a Hong Kong como territorio separado de China—en respuesta a la nueva legislación de seguridad adoptada por Pekín—; ha impuesto sanciones y restricciones de visados a altos cargos vinculados a Xinjiang—por el internamiento de los uigures—y a responsables de empresas tecnológicas; y, de manera oficial, ha rechazado, por ilegales, las reclamaciones territoriales chinas en el mar de China Meridional.

Sobre esta última cuestión se pronunció un día antes el secretario de Estado, Mike Pompeo, declarando que se recurrirá a “todos los instrumentos” disponibles para oponerse a las pretensiones de Pekín, al tiempo que se ha procedido al envío de dos portaaviones a estas aguas. Se polarizan así las disputas marítimas, pues el presidente Xi Jinping no puede permitirse poner en riesgo—frente a una sociedad crecientemente nacionalista—la credibilidad de sus argumentos sobre la soberanía china de este espacio marítimo. Las acciones de Trump facilitan su posición en cualquier caso, al venir a confirmar la percepción mantenida por la población china de que Estados Unidos intenta dañar la recuperación de su economía tras la pandemia, así como impedir que pueda convertirse en la principal potencia asiática.

El problema de fondo, por parte norteamericana, es que, pese a la existencia de un consenso sobre la necesidad de adoptar una política de mayor firmeza con respecto a la República Popular, sigue sin existir una clara definición de los objetivos a perseguir en su estrategia. Imposición de tarifas comerciales, sanciones económicas, presión militar, retórica hostil, ¿con qué fin? ¿Qué resultados confía Washington en obtener al optar por el enfrentamiento? ¿Qué estructura regional querría lograr? ¿Cómo definir una “victoria” sobre China? Sin una respuesta a estas preguntas, sin un sentido de dirección, la confrontación por sí sola meramente conducirá a una peligrosa espiral de conflicto.

La transformación histórica que atraviesa Asia requiere identificar los obstáculos pero también las oportunidades que se presentan para sus intereses; valorar los recursos—políticos, económicos y militares—con que se cuenta; y proponer acciones concretas que adoptar con una perspectiva a largo plazo. Ni la Estrategia Indo-Pacífico adoptada por la administración Trump hace un año, ni la más reciente Estrategia sobre China, cumplen esos requisitos. De ahí la relevancia del trabajo recién publicado por el National Bureau of Asian Research, A new U.S. Strategy for the Indo-Pacific, y que ha escrito Roger Cliff, un conocido especialista académico en la región.

Disponible en la web, es una más que recomendable lectura de verano para los interesados, en la que encontrará—además de una radiografía de los cambios en el equilibrio geopolítico asiático y de los reajustes en la política de seguridad de los principales actores—, los elementos de una estrategia que sugerir a la Casa Blanca. Mensaje insistente: difícilmente podrá Estados Unidos defender sus intereses y objetivos sin contar con sus aliados, especialmente con las democracias vecinas de China. Pero como suele ocurrir, las prioridades políticas—las elecciones de noviembre en este caso—priman sobre los imperativos estratégicos.