Los Juegos Olímpicos de Tokio segundo intento. Nieves C. Pérez Rodríguez

A tan sólo dos meses del segundo intento de inauguración de los juegos de Tokio 2020, aunque un año más tarde, la situación sanitaria en Japón es delicada y de acuerdo con algunos médicos locales podría llegar a empeorar.

La tercera economía del mundo había controlado bastante bien la pandemia y los contagios durante el 2020, a pesar de la cercanía con el lugar del brote inicial y otras regiones que fueron altamente afectadas en los primeros meses en que se declaro la pandemia.

Sin embargo, en los últimos meses ha habido brotes como el de Osaka, la tercera ciudad en población del país, que ha reportado un número muy alto de casos y los hospitales de la ciudad se encuentran al límite de su capacidad, lo que en muchos casos ha acabado en victimas ante la falta de asistencia. Muchos de los pacientes que comienzan a experimentar síntomas leves y que, eventualmente, podrían necesitar asistencia médica no están siendo recibidos en los hospitales debido a que se encuentran en su máxima capacidad. 

Según AP, los decesos a causa de Covid-19 que ocurrieron fuera de los hospitales en abril se triplicaron desde marzo  y fueron 96, incluidos 39 en Osaka y 10 en Tokio. Y aunque la cifra parezca alarmante hay que remarcar que Japón tiene una población de más de 126 millones de ciudadanos.

A pesar de que la comunidad internacional está de acuerdo en que los juegos  olímpicos se lleven a cabo, parece que según se acerca la fecha empieza a haber más resistencia a la celebración. Los juegos del 2020 fueron reprogramados al 23 de julio del 2021 y los paraolímpicos el 24 de agosto. Por lo que el pasado 16 de noviembre el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) visitó Tokio y se reunió con el primer ministro Yoshihide Suga. Y en su momento Suga aprovechó la ocasión para afirmar “nuestra determinación es realizar unos juegos seguros y exitosos el próximo verano como prueba de que la humanidad ha derrotado el virus”.

Esas palabras, que seguramente fueron la gran motivación en el momento en que fueron reprogramados los juegos, no necesariamente cuentan hoy con la misma fuerza ni el mismo entusiasmo, pues son muchos más los países que se encuentran aún batallando para controlar la pandemia sin mucho éxito.

El playbook o libro de procedimiento de las Olimpiadas de Tokio del 2020 (que mantiene su nombre a pesar de que la celebración se lleve a cabo en el 2021) ha contado con varias revisiones y modificaciones del comité, en un esfuerzo por ajustarse a la realidad del Covid-19 y lo que se ha ido aprendiendo del virus. Y aunque está previsto que los atletas se hagan dos pruebas antes de salir de sus países para contar con la seguridad de estar negativos, una vez en la villa olímpica deberán practicarse pruebas diarias junto con otras normativas estrictas en pro de mantener su seguridad sanitaria.

Así como muchos atletas internacionales están ansiosos en participar, pues estas competiciones son la razón su devoción al entrenamiento, algunas figuras importantes han anunciado que no participarán. La misma sociedad civil japonesa que ha sido consultada en encuestas de opinión ha expresado su deseo en cancelar las olimpiadas por temor a más contagios. Pues la curva de casos ha aumentado considerablemente desde que fueron levantadas las restricciones.

El gobierno japonés sigue sumando esfuerzos en evitar que los juegos sean cancelados, porque de serlo verían como 26 mil millones de dólares se perderían, eso es parte de los costos de organización, de seguridad, de adaptación de las instalaciones deportivas o en algunos casos de construcción de ellas, las trasmisiones televisivas entre otras muchas cosas.

Reuters revelaba a finales de la semana pasada que tan solo 4,1 % de la población japonesa había sido vacunada mientras que comparaba con otros países del G7 en los que las fases se encontraban mucho más avanzado.

Las cifras oficiales de casos en Japón a dos meses de la celebración de las olimpiadas y los paraolímpicos son de 706.000 casos positivos y unas 12.000 muertes en total.

En este momento se calcula que el 80% de los atletas han sido vacunados lo que es una cifra muy alta, y el gobierno japonés ha sugerido a los comercios y restaurantes que cierren sus puertas a las 8 pm para intentar contener un poco la movilidad en la calle. Lo que ha llevado a un debate entre los juristas japoneses de si la medida es o no constitucional.

El Covid-19 no sólo ha cambiado la vida, la dinámica sanitaria, la economía y hasta la política de cada país del planeta, sino que ha ocasionado que la celebración de un evento tan codiciado entre las naciones anfitrionas se haya convertido en una problema para el país receptor quién aun haciendo todo correctamente podría acabar ganando el rechazo social de sus propios ciudadanos.

INTERREGNUM: Suga en Washington. Fernando Delage

El 16 de abril, el primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, fue el primer líder extranjero recibido por Joe Biden en Washington desde su toma de posesión el pasado mes de enero. El gesto del presidente norteamericano no es en absoluto inusual. El antecesor de Suga, Shinzo Abe, fue también el primer jefe de gobierno extranjero que se reunió con Trump tras la victoria electoral de este último en 2016, y Japón fue asimismo el destino del primer viaje al exterior de Antony Blinken y de Lloyd Austin como secretarios de Estado y de Defensa de la nueva administración (como lo fue igualmente de otros secretarios de Estado anteriores).

El papel de Japón como aliado indispensable de Estados Unidos se ha reforzado aún más frente a la prioridad central del Indo-Pacífico en la estrategia internacional de Washington. Tokio no sólo puede ayudar a la Casa Blanca a recuperar el terreno perdido durante los últimos cuatro años, sino a complementarse en sus respectivas capacidades. Mientras Estados Unidos asume la principal responsabilidad en el terreno de la seguridad, Japón puede maximizar su protagonismo en cuanto a la financiación de infraestructuras o la promoción de las cadenas de valor y de interconectividad en la región.

Ambos, por resumir, desean coordinar sus esfuerzos frente al ascenso de China y las incertidumbres del escenario estratégico asiático. La cumbre de la semana pasada ha servido por ello para lanzar un mensaje conjunto tras la celebración del primer encuentro del Quad a nivel de jefes de gobierno, de las reuniones bilaterales mantenidas a nivel de ministros, y tras los duros intercambios entre diplomáticos chinos y norteamericanos en Alaska. También sirvió para preparar los próximos encuentros multilaterales previstos, como el convocado por Biden sobre cambio climático esta misma semana, o la cumbre del G7, en Reino Unido en junio, a la que se ha invitado a participar a India, Corea del Sur y Australia.

La atención, con todo, estaba puesta en cuestiones más inmediatas, relacionadas con las últimas acciones chinas. Biden y Suga denunciaron cualquier intento de modificar el statu quo regional por la fuerza, refiriéndose en particular a los mares de China Meridional y Oriental. Más significativo fue aún el reconocimiento de “la importancia de la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán”. Fue la primera vez que la isla apareció de manera explícita en un comunicado conjunto de ambos países desde principios de los años setenta. La preocupación por la situación en Hong Kong y Xinjiang fue expresada igualmente, aunque Japón ha evitado por el momento la imposición de sanciones.

Las circunstancias de la región han cambiado, y Estados Unidos espera una mayor contribución de Japón a la alianza. Suga se ha encontrado por su parte ante la más importante oportunidad diplomática desde que accedió a la jefatura del gobierno el pasado otoño para elevar su perfil—la diplomacia no ha formado parte de su trayectoria política—, de cara a las elecciones generales de este mismo año. Pero, al mismo tiempo, Japón se encuentra frente al dilema bien conocido en su relación con Washington: entre el temor a verse atrapado en un conflicto iniciado por otros (no podría mantenerse al margen, por ejemplo, de un ataque chino a Taiwán), y el temor a verse abandonado por Estados Unidos y no poder apoyarse en la alianza para hacer frente a los riesgos en su entorno exterior.

EEUU y Japón refuerzan sus lazos. Nieves C. Pérez Rodríguez

El primer ministro japonés, Yoshihide Suga, fue el invitado de honor del presidente Biden el viernes pasado. Una gran distinción considerando que en palabras del propio Biden es el primer jefe de Estado al que él personalmente pidió que fuera invitado a la Casa Blanca. Este encuentro muestra la importancia de estas relaciones y cómo ambas naciones ven estratégica su relación y el compromiso bilateral que han asumido mantener e incluso reforzar.

Suga y Biden ya se habían reunido en encuentros previos -pero virtualmente- como el G7 y la cumbre de líderes del Quad. Y además, Biden envió a Japón a su secretario de Estado y el secretario de Defensa en su primera visita oficial física.

Biden aprovechó la ocasión para afirmar que ambas naciones trabajarán en conjunto para demostrar que las democracias aún son competitivas y que por lo tanto pueden ganar en el siglo XXI.

Suga correspondía diciendo: “Estados Unidos es el mejor amigo de Japón y además somos aliados que compartimos valores universales como la libertad, la democracia y los derechos humanos. Nuestra alianza ha cumplido un papel fundamental en la estabilidad y la paz en la región del Indo pacífico”.

Entre los puntos claves discutidos durante la visita estuvo la maligna influencia china en la paz y la prosperidad del Indo Pacífico y el resto del mundo. Suga afirmó que tanto Japón como Estados Unidos se oponen a cualquier intento de cambio del statu quo por la fuerza o la coacción en los mares de China oriental y meridional. Con esas palabras le decían a Beijing que, a pesar de todo el despliegue militar, de aviones sobrevolando las Islas Senkaku, el patrullaje chino en las aguas del mar de chino, el sobrevuelo constante de aviones militares sobre Taiwán, no conseguirán quitarle la libertad de navegación a la región.

En el encuentro se acordó fortalecer la competitividad en el campo digital invirtiendo en investigación, desarrollo y despliegue de las redes 5G e incluso la 6G. Y para ello Estados Unidos ha comprometido 2.5 mil millones de dólares y Japón 2 mil millones. La aproximación de lo presupuestado muestra el nivel de compromiso de Japón y como se ve a sí mismo como un líder en la región y por lo tanto en el mundo. Esta apuesta puede significar para Tokio la recuperación de su posición de liderazgo mundial y contrapeso con Beijing.

El resultado de la ejecución de este proyecto sería una red que permita conectividad global segura y de última generación como alternativa al 5G chino que tanta incertidumbre ha despertado y tantos debates y confrontaciones políticas y diplomáticas ha generado.

También anunciaron un plan para ayudar a la región del Indo Pacífico a recuperarse de la pandemia, incluso a través de la asociación de vacunas del Quad en conjunto con Australia e India. El objetivo es fabricar, distribuir vacunas y ayudar a la recuperación de los países de esta región post pandemia. Y a la vez, ir estableciendo un sistema internacional de prevención de futuras pandemias.

Estados Unidos y Japón intercambian más de 300.000 millones de dólares en bienes y servicios cada año, lo que los convierte en principales socios comerciales. De acuerdo con cifras oficiales del Departamento de Estado, Estados Unidos es la principal fuente de inversión directa en Japón, y Japón es el principal inversor en los Estados Unidos, con 644.700 millones de dólares invertidos en 2019 a largo de los 50 estados americanos.

La Administración Biden ha dicho desde que tomó posesión que China representa el principal riesgo para Estados Unidos, y todo indica que ese riesgo lo ha tomado muy en serio y están dispuestos a neutralizarlo. La libertad de navegación de los mares del sur y del este de China y la seguridad de la cadena de suministro de semiconductores, junto con una red de 5G occidental, abordar la situación nuclear norcoreana y la estabilidad de la península coreana, el compromiso medio ambiental que acentuaron junto con el relanzamiento de una alianza cada vez más compleja y ambiciosa constituyen la hoja de ruta que definirá el relanzamiento de estas relaciones bilaterales. Y con ello el potencial renacer de dos potencias caminando de la mano.

Blinken viaja a Japón en su primer viaje. Nieves C. Pérez Rodríguez

La primera visita oficial del secretario de Estado de EEUU, Anthony Blinken, será a Japón esta semana y lo hará en compañía del secretario de Defensa, Lloyd Austin, lo que es una muestra de la importancia estratégica de estas relaciones bilaterales y la necesidad de fortalecer la llamada “fuerte alianza basada en valores comunes”.

Estados Unidos y Japón intercambian más de 300.000 millones de dólares en bienes y servicios cada año, lo que los convierte en principales socios comerciales. De acuerdo con cifras oficiales del Departamento de Estado, Estados Unidos es la principal fuente de inversión directa de Japón, y Japón es el principal inversor en los Estados Unidos, con 644.700 millones de dólares invertidos en 2019 a lo largo de los 50 estados americanos.

Pero el viaje, además, tiene un importante componente geopolítico. No en vano asistirá también el secretario de defensa, lo que prueba la profundidad de dichas relaciones bilaterales mucho más allá de la parte económica.  Washington está comprometido a defender a Japón y su territorio. Estados Unidos sostiene que “las Islas Senkaku son parte del radio del artículo V del Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua entre ambas naciones, por lo que seguirán oponiéndose a cualquier intento unilateral chino de cambiar el statu quo del Mar de China Oriental o socavar la administración japonesa de estas islas”. Y Beijing por su parte ha venido consecutivamente navegando y sobrevolando de manera provocadora y con intenciones expansivas esta zona. 

Los Estados Unidos no han escatimado recursos ni capacidades militares para hacer frente a los riesgos de seguridad en el sureste asiático y con el ello el futuro mantenimiento de la alianza bilateral. Por su parte el gobierno japonés comparte los costes de mantener las fuerzas estadounidenses en Japón. En efecto, el pasado 24 de febrero, ambos gobiernos firmaron una enmienda al Acuerdo sobre Medidas Especiales, un componente clave del marco de apoyo y que además fue prorrogando hasta el 31 de marzo de 2022. Las negociaciones para un nuevo y más amplio acuerdo se encuentran en discusiones en este momento.

Japón acoge a aproximadamente 55.000 militares estadounidenses, el contingente más grande de las fuerzas americanas fuera de los Estados Unidos, junto con los miles de civiles del Departamento de Defensa y miembros de sus familias que viven y trabajan junto a ellos.

Este viaje tiene lugar justo una semana después de la celebración de la cumbre del Quad, en la que participaron: Estados Unidos, Japón Australia e India, y en el que las naciones se comprometieron a trabajar para garantizar un Indo Pacífico libre y abierto, lo que es una gran prioridad para Tokio, además de la necesaria cooperación en materia de seguridad marítima, cibernética y económica frente a los desafíos que plantea China en la región.

Un punto interesante que resaltaba el comunicado oficial del viaje fue que “Estados Unidos y Japón se han comprometido a construir redes 5G seguras” y para ello utilizarán proveedores de confianza, lo que se entiende es que no serán considerados los proveedores chinos por el potencial riesgo de seguridad. Explica el comunicado además que empresas estadounidenses y japonesas de primera línea están desarrollando enfoques abiertos e interoperables como las tecnologías Open RAN (radio access network) que prometen aumentar la diversidad de proveedores y la competencia del mercado, y tienen el potencial de reducir costos y mejorar la seguridad.

Por lo tanto, los principales puntos en la agenda serán la libertad de navegación de los mares del sur y del este de China y la seguridad de la cadena de suministro de semiconductores, la situación nuclear norcoreana y la estabilidad de la península coreana, el golpe militar en Myanmar y lo que eso significa para la inestabilidad de la región. Y el fortalecimiento de Japón como aliado estadounidense pero también como actor regional.

La alianza entre Estados Unidos y Japón ha servido para mantener la paz, seguridad y prosperidad en el Indo Pacifico y en el mundo por seis décadas.  Y en un momento como el actual en el que, tal y como dijo el propio Blinken en el Congreso en los primeros días de la Administración Biden, “la mayor amenaza que tiene Estados Unidos hoy es China”, por lo que los aliados en la región son claves para no perder cierto equilibrio allí y garantizar la libertad de navegación en Asia.

Tokio 2021. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los juegos olímpicos fueron uno de la larga lista de eventos que se tuvo que suspender en el 2020 debido al Covid-19. Japón lo tenía todo previsto y a pesar de la ilusión del pueblo y el gobierno japonés en ser sede de este gran evento, fue postergado por seguridad sanitaria en espera de ver la evolución de la pandemia.

El origen de estos juegos se remonta a la época de la antigua Grecia, de donde también viene el origen de su nombre -de la ciudad Olimpia- sede de los primeros juegos de la historia. Los olímpicos han sido símbolo de paz y fraternidad entre pueblos, incluso en épocas convulsas y de conflictos a lo largo de la historia del mundo. En efecto en la antigua Grecia los griegos paralizaban las guerras para poder celebrar las competencias y permitir la movilidad de los pueblos de alrededor sin peligro.

Desde la antigüedad estos juegos han congregado multitudes; los atletas y los aficionados en la antigua Grecia además aprovechaban para rendir culto a sus dioses. De allí el origen de la antorcha, que comenzó como un ritual sagrado en donde se quemaban las ofrendas que se ofrecían a los dioses y que hoy sigue siendo el símbolo de unión, tolerancia, amistad, paz y esperanza entre los pueblos.

Los juegos del 2020 han sido reprogramados y se inaugurarán el 23 de julio del próximo año y culminarán el 8 de agosto, por lo que el pasado 16 de noviembre el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) llegaba a Tokio y se reunía con el primer ministro Yoshihide Suga a tan sólo nueve meses de que tengan lugar los olímpicos de Tokio. El primer ministro japonés aprovechó la visita para afirmar “nuestra determinación es realizar unos juegos seguros y exitosos el próximo verano como prueba de que la humanidad ha derrotado el virus”.

Por su parte el presidente del COI -Thomas Bach- aseveraba “estamos convencidos de que unos juegos olímpicos seguros serán un símbolo de solidaridad y unidad” y que “junto con nuestros amigos japoneses nos aseguraremos de que estos juegos sean la luz al final del túnel oscuro en el que nos encontramos”.

Los primeros olímpicos de Tokio tuvieron lugar en 1964, en un curioso momento, posterior a que Japón había sido derrotado en la II Guerra Mundial y sufría un colapso económico. En ese momento esos juegos fueron señal de esperanza y dejaron huella en el pueblo japonés. Los japoneses pudieron demostrar sus avances tecnológicos como la transmisión satelital y el tren bala, por lo que consiguieron posicionarse como líder mundial en electrónica. Con ello su orgullo nacionalista fue restablecido y así renació una nueva nación japonesa.

Es muy probable que los juegos olímpicos del 2021 sean esencialmente la reafirmación de reflorecimiento para Japón, para Asia y el resto del mundo. Japón, apenas el año pasado iniciaba una nueva era con la toma de posesión del nuevo emperador Naruhito, la “era Reiwa” que significa hermosa armonía. El nombre de la nueva era revela el deseo japonés de mantenerse alejado de actos bélicos -tal y como lo contempla su constitución-y seguir el camino próspero y altamente civilizado que les ha permitido llegar a ser una potencia económica.

Seguramente, el encendido de la próxima antorcha olímpica representará para Japón y para el resto del mundo la esperanza en volver a vivir con libre movilidad, poder socializar sin protocolos de seguridad, retomar la vida como la conocíamos y, quizá, incluso nos ayude a apreciar el valor que encierra vivir cada día ordinario.

INTERREGNUM: Suga, tras los pasos de Abe. Fernando Delage

Por segunda vez en la historia de la diplomacia japonesa—el primero fue Shinzo Abe—un jefe de gobierno ha escogido el sureste asiático como destino de su primer viaje oficial al exterior. Es un gesto que no sólo supone un reconocimiento de la creciente importancia estratégica de la subregión, sino también de la preocupación de Japón por los movimientos chinos en relación con los Estados miembros de la ASEAN.

Durante su visita a Vietnam e Indonesia, Yoshihide Suga describió las acciones de Pekín en el mar de China Meridional como contrarias a las normas internacionales, y reiteró la oposición de Japón a cualquier maniobra que suponga una escalada de tensión en dicho espacio marítimo. A la vez que impulsó nuevos acuerdos de cooperación con ambos socios en el terreno de la defensa, no dejó de reiterar ante sus anfitriones el papel central de la ASEAN en la consolidación de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”.

Despejando las dudas sobre la continuidad del activismo diplomático de su antecesor, Suga ha seguido desarrollando la red de asociaciones estratégicas construidas por Tokio durante los últimos años. Vietnam, que ya había recibido buques patrulla de Japón, acordó la compra de seis unidades más por valor de 345 millones de dólares, lo que permitirá reforzar las capacidades de vigilancia en sus costas. En Indonesia, además de subrayar la preocupación compartida con Yakarta por la presencia paramilitar china en el mar de Natuna, al norte del archipiélago, Suga propuso el establecimiento formal de un diálogo 2+2 (es decir, con la participación de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa) entre ambos países. Tampoco olvidó Suga los incentivos económicos prioritarios para la región: en Vietnam logró una relajación de la política de visados que facilitará el crecimiento del comercio y las inversiones, mientras que a Indonesia ofreció cerca de 500 millones de dólares en préstamos a bajos tipos de interés.

Tanto en Hanoi como en Yakarta, el primer ministro japonés hizo hincapié en la centralidad de la ASEAN en los asuntos regionales, esforzándose por disipar el temor de las potencias más pequeñas a su marginación por los grandes. Suga declaró su apoyo a la “Perspectiva sobre el Indo-Pacífico” adoptada por la organización el año pasado, que—según indicó—coincide en muchos aspectos con el concepto de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” mantenido por Tokio. El presidente indonesio, Joko Widodo, uno de los principales impulsores del documento de la ASEAN, no ocultó su satisfacción por el compromiso de Japón en esta era de competición entre las grandes potencias.

En los mismos días en que, en Pekín, el presidente Xi Jinping, acompañado por todos los miembros del Comité Permanente del Politburó, conmemoraba el 70 aniversario de la entrada de China en la guerra de Corea en clave contemporánea—“la guerra, señaló, permanece como un símbolo de la unidad nacional frente a la beligerancia norteamericana”—, Japón, Vietnam e Indonesia demostraban que las naciones de Asia no van a dejar que los dos grandes les impongan su destino.

INTERREGNUM: Después de Abe. Fernando Delage

Con apenas unas horas de preaviso, el viernes 28 de agosto Shinzo Abe anunció su renuncia como primer ministro de Japón por razones de salud.  Después de haber obtenido mayoría absoluta en tres convocatorias electorales desde 2012 y convertirse en el jefe de gobierno japonés que más tiempo ha ocupado el cargo de manera ininterrumpida (ya fue primer ministro durante unos meses entre 2006 y 2007), aún le restaba un año de legislatura. Se abre así un periodo de interinidad política en la tercera economía del planeta, en el que no cabe prever, sin embargo, grandes cambios.

En una cultura política adversa al liderazgo, Abe fue una excepción. Heredero de una dinastía política del Partido Liberal Democrático (su abuelo Nobusuke Kishi fue primer ministro entre 1957 y 1960, y su padre, Shintaro Abe, ministro de Asuntos Exteriores y secretario general del Partido), Abe volvió al poder en 2012 por la mala gestión del gobierno del Partido Democrático de Japón tras las elecciones de 2009, pero también porque supo ofrecer a la sociedad japonesa un plan para superar la desaceleración económica (las conocidas como dos “décadas perdidas”) y afrontar el ascenso de China y la amenaza norcoreana. Su política de reactivación del crecimiento (“Abenomics”), y los cambios en la política de seguridad y defensa marcarán su legado.

Los resultados no han sido los esperados en la economía. Los obstáculos estructurales propios de una sociedad postindustrial que envejece con rapidez no lo han permitido. Pero el proactivismo diplomático de Abe acabó con la tradicional naturaleza “reactiva” de la política exterior japonesa. Resulta difícil imaginar a otro político japonés retomando el TPP tras el abandono por parte de Estados Unidos, para liderar su renegociación y cerrar el acuerdo como hizo Abe (ahora denominado CPTTP). La firma del doble pacto—económico y estratégico—con la Unión Europea, en vigor desde el pasado año, es otro ejemplo del impulso que Abe dio a aquellas iniciativas que permitan asegurar una economía mundial abierta y un orden basado en reglas, frente al unilateralismo y proteccionismo norteamericano y las nuevas ambiciones chinas.

Su combinación de realismo y pragmatismo dieron a Japón una proyección internacional poco frecuente, también puesta de relieve en una estrategia regional que ha conducido a un estrecho acercamiento a India, Australia y distintos países del sureste asiático. Su apuesta por construir una relación personal con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y reforzar la alianza con Washington fueron compatibles, en su caso, con el reconocimiento de que Japón tenía que extender sus horizontes estratégicos y ampliar sus opciones geopolíticas.

Abe no pudo avanzar en la reforma de la Constitución que deseaba, objetivo que no compartía la mayoría de la opinión pública japonesa. Pero deja la política habiendo logrado unos Juegos Olímpicos, dejando un desempleo del tres por cien, y restableciendo una cierta normalidad en las relaciones con Pekín, aunque ya no podrá recibir a Xi en Japón en su primera visita oficial (pospuesta en abril por la pandemia). Sobre todo, deja un entorno político estable, en el que, al contrario que en otras democracias avanzadas, la polarización y el populismo brillan por su ausencia.

INTERREGNUM: Europa y Japón unen fuerzas. Fernando Delage

La Unión Europea y Japón han vuelto a dar un paso adelante en el estrechamiento de su relación. De visita en Bruselas, el 27 septiembre el primer ministro japonés, Shinzo Abe, firmó con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, una iniciativa de colaboración para el desarrollo de infraestructuras de transporte, energía y redes digitales en África, los Balcanes y el Indo-Pacífico. A este nuevo compromiso se llega unos meses después de la entrada en vigor—el pasado 1 de febrero—, del doble acuerdo de asociación económica y estratégica (EPA y SPA, respectivamente, en sus siglas en inglés) concluido por ambas partes tras casi una década de negociaciones, y un año después de que Bruselas adoptara su esperada estrategia de interconexión entre Europa y Asia.

Además de facilitar los intercambios y las inversiones entre dos actores económicos que representan más de un tercio del PIB global, el EPA y el SPA constituyen una respuesta conjunta al unilateralismo de la administración Trump. Con su firma, Bruselas y Tokio lanzaban un poderoso mensaje de defensa del orden liberal multilateral. La estrategia de interconectividad en Eurasia supone, por su parte, la articulación de una alternativa a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, aunque a esta última no se le nombrara en el documento. La República Popular es asimismo el objeto de esta reciente iniciativa: Japón y la UE declaran querer trabajar juntos en regiones relevantes para los objetivos chinos, proclamando además su papel como “garantes de valores universales” como la democracia, la sostenibilidad y el buen gobierno.

Japón participará en los proyectos de interconexión europeos, que serán financiados por un fondo de garantía dotado con 60.000 millones de euros, además de la inversión privada y la proporcionada por los bancos de desarrollo. Según indicó Abe en Bruselas, durante los próximos tres años Japón formará a funcionarios de 30 países africanos en la gestión de deuda soberana. Tokio y Bruselas han subrayado así que los proyectos de infraestructuras deben ser sostenibles tanto desde el punto de vista financiero como medioambiental. Se trata, al mismo tiempo, de reforzar la interconectividad global “sin crear dependencia de un solo país”.

Mediante su alianza con la UE, Japón cuenta con un instrumento adicional para promover las actividades de sus empresas en unas circunstancias de desaceleración económica y de creciente competencia con China. La Unión Europea intenta por su parte traducir en influencia política los fondos que dedica a la ayuda al desarrollo. Las dudas sobre el futuro de la relación transatlántica, el ascenso de China, y el enfrentamiento entre Washington y Pekín, sitúan a los europeos ante un nuevo entorno que exige algo más que una retórica multilateral. Pese a las dificultades de formación de posiciones comunes entre Estados miembros con opiniones contrapuestas, la defensa de sus intereses y valores obliga a la Unión a convertirse en un actor geopolítico. Y así lo ha declarado quien a partir del 1 de noviembre será la próxima presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, con el español Josep Borrell como responsable de la acción exterior europea. El último acuerdo con Japón es un ejemplo de cómo esa nueva estrategia va tomando cuerpo.

Japón, tradición y armonía. Nieves C. Pérez Rodriguez

Tokio.- El increíble archipiélago llamado Japón está repleto de tradiciones, como pocos lugares en el planeta. Tradiciones ancestrales que han configurado una rica cultura en donde se dedica largo tiempo a actividades ordinarias, la elaboración minuciosa de objetos, alimentos, o incluso la prestancia de sus ciudadanos, sin aparentes excesos, pero inmaculadamente cuidado.

En Japón nada es casual o circunstancial. Todo lleva una especie de protocolo previamente concebido, como el ritual del té, que se remonta a la llegada del budismo desde China en el siglo IX. Pero al que los japoneses le incorporaron sus delicadas artes y lo hicieron aún más ceremonioso, agregándole unos diminutos pastelitos exquisitamente elaborados y decorados que se sirven junto al té para balancear el amargor de la bebida. Siempre en busca de la armonía.

El ritual de la elaboración de las comidas. Los alimentos son servidos en porciones minúsculas, cortados artísticamente y colocados por separados en pequeños platitos. Por lo que se come una gran variedad de proteínas y vegetales acompañados de arroz. Se intenta aprovechar todo de los alimentos, en el caso del pescado, la piel y las espinas son molidas para poder ser consumidas, optimizando al máximo los productos, mientras se extraen todas las vitaminas y beneficios de éstos.

Así mismo sucede con el espacio. En una nación de 127 millones de habitantes y tan sólo 374.744 km2 de extensión territorial, compuestas además por islas, la optimización del espacio es crítica y los japoneses son maestros en la practicidad y aprovechamiento milimétrico sin perder la estética y el buen gusto.

La tercera economía más grande del mundo ha invertido enormes cantidades en su transporte público, que conecta el país de un extremo al otro, a través de una gran variedad de vías férreas. Japón tuvo su primera locomotora de vapor en 1872, y a partir de entonces no ha hecho más que sumar trenes a su colección.  En la década de los sesenta incorporó los trenes de alta velocidad que, a día de hoy, pasan con frecuencia de tres minutos. Son los trenes más seguros del mundo, pues no tienen registros de accidentes en su historia. Y porsi fuera poco, el margen de retraso, si lo hubiera, sería de unos 8 segundos. Lo que es otro ejemplo de la exactitud y absoluta precisión en la que se maneja la sociedad.

La limpieza y el orden son probablemente los valores más arraigados en la población. Un gran culto por la pulcritud invade las calles de las metrópolis, estaciones gigantes de trenes por las que transitan millones de viajeros diarios, con suelos blancos. Ausencia de cestos de basura en las calles. Lavabos públicos en cada esquina inmaculadamente limpios, casi surrealista. Junto con un comportamiento social profundamente civilizados, restaurantes llenos de gente en los que nadie levanta el tono de voz, para no molestar al vecino. Cubículos en las calles para los fumadores, que limitan el espacio del humo a una habitación para no incomodar al transeúnte no fumador.

La sociedad japonesa parte del respeto y la consideración al próximo, siendo estos principios los que rigen las normas de comportamiento social. Así como mostrar agradecimiento es otro valor profundamente afincado en los ciudadanos, para expresarlo acompañan las palabras con una reverencia en señal de respeto y apego a esas tradiciones que comenzamos explicando al principio del texto.

El Wabi-sabi (侘・寂) es un término filosófico que describe el concepto de la belleza de la imperfección. Los japoneses aprecian la complejidad de la vida real a través de la imperfección. Y tienen muy internalizado la estética minimalista conjugada con la naturaleza, tal y como es. Yo me permito agregar además que, aceptan la belleza de la imperfección, mientras que trabajan con riguroso cuidado para aportar perfección a esa imperfección, siempre en busca del equilibrio y la armonía.

Transición Imperial en Tokio, fin de la era Heisei. Nieves C. Pérez Rodríguez

Tokio.- La monarquía hereditaria más antigua del planeta es la japonesa. Los emperadores han sido parte fundamental del Estado y del mantenimiento de las tradiciones. Y hasta la modernización del Estado japonés a mediados del siglo XX, se le consideraba como una especie de sumo sacerdote, por ser mediador entre los hombres y la divinidad. Cuenta la leyenda que el carácter divino tiene su origen en el primer emperador, que era hijo de un dios.

En la constitución de 1947 se refunda el Imperio japonés, después de la derrota que sufrió en la Segunda Guerra Mundial, y se estableció que el ocupante del trono del Crisantemo tiene una figura más simbólica y tradicional, que mantiene y ratifica la esencia de la sociedad nipona, sin otorgar poderes o responsabilidades políticas.

El artículo 1 reza literalmente: “El emperador es el símbolo del Estado y de la unidad del pueblo, derivando su posición de la voluntad del pueblo en quien reside el poder soberano”.

El poder político reposa en la “Dieta nacional” o parlamento que es elegido por el pueblo y que a su vez elige el gabinete de gobierno, compuesto por el Primer ministro y los ministros que son ratificados simbólicamente por el Emperador.

El 30 de abril oficialmente tendrá lugar la toma de posesión del nuevo emperador, el actual príncipe Naruhito, hijo del emperador Akihito. Una sucesión de poder inusual, pues según la tradición japonesa los emperadores dejan de serlo al momento de su fallecimiento, cuando se nombre el nuevo en suceder el trono, junto con el nombre de la nueva era que comienza en la nación nipona.

La abdicación del emperador Akihito -emperador número 125 de Japón- se hizo pública en el 2016, cuando él mismo manifestó su deseo de retirarse debido a su delicado estado de salud y avanzada edad. El último emperador japonés en abdicar fue el Emperador Kokaku en 1817, hace un poco más de doscientos años.

Dado la peculiaridad de la transición se elaboró una ley minuciosamente estudiada que determinó cómo se haría, y se acordó que al emperador Akihito y su mujer la emperatriz Michiko se les concediera el título de Emperadores Eméritos mientras vivan. De esta manera La Era Heisei o lo que es lo mismo “la era de la creación de la paz” llega a su fin, después de 31 años.

 Del nuevo emperador, de 59 años, casado con una común -tal y como lo hizo su padre- se espera que mantenga la continuidad y la estabilidad que brindó su padre después de los estragos de la Segunda Guerra Mundial, por lo que la era que comienza con Naruhito es la Reiwa que significa “hermosa armonía”, lo que denota el profundo deseo japonés de mantenerse alejado de actos bélicos -tal y como lo contempla su Constitución-y seguir el camino próspero y altamente civilizado que les ha permitido llegar a ser una potencia económica.

Los cambios de era en Japón son parte de su historia. De hecho, ha habido más eras que emperadores, y eso se debe a que han cambiado eras después de tragedias naturales o sucesos traumáticos. Para la cultura es una manera de resetear su actitud social y emprender un nuevo camino renovado. Por esa razón, la decisión del nombre de la nueva sucede en estricta confidencialidad. No depende de la Casa Imperial, sino del gobierno. Se siguen tradiciones para poder tomar la decisión, se sabe que las discusiones toman meses y que se consultan expertos en literatura japonesa y china, y que el nuevo nombre busca reflejar los ideales de la sociedad nipona del momento. Además, debe ser una palabra corta que pueda ser utilizada en la papelería oficial, transacciones comerciales, en la moneda, y en los calendarios que comenzarán en este caso, el 1 de mayo en que oficialmente comienza la Era Reiwa.

Japón es una nación de profundas tradiciones y arraigos. El emperador representa una de esas tradiciones y, por lo tanto, es importante para sus ciudadanos, aunque sea básicamente un símbolo. La sociedad japonesa es increíblemente avanzada, hasta el punto de que es capaz de cambiar para avanzar. Sucedió después de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de haber librado múltiples batallas, muchas de ellas ganadas, entendieron que era necesario renunciar a ello y persistir en la paz. La toma de posesión del nuevo emperador y su Era Reiwa dejan por sentado a priori que ese es el camino que desean seguir, el mantenimiento de la armonía y el bienestar de la sociedad, siempre de la mano de la mesura exquisita, que tan bien representa a los japoneses.