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LA CUMBRE PARA LA DEMOCRACIA Y SUS IMPLICACIONES PARA CHINA (y II). Pascual Moreno

En la primera parte de este artículo se hacía una introducción a la Cumbre para la Democracia y sus posibles implicaciones para China. Además de los conflictos presentados en ciertos territorios que China considera de soberanía nacional, otros campos de discusión que pueden estar presentes en la Cumbre son:

  • La delimitación y supresión de la libertad de expresión en la esfera académica, no únicamente dentro de China, sino que se han sucedido preocupantes intentos de silenciar académicos en Australia, Europa o Estados Unidos. El cierre de los Institutos Confucio en Suecia, Alemania y otros países es un signo creciente de resistencia y rechazo a la propaganda y el poder blando chinos. Se esperan más clausuras y control sobre estas instituciones, aunque todavía no está claro el acento que pondrá la Cumbre en este tema.
  • Las prácticas de compañías tecnológicas chinas, acusadas de recabar información y violar políticas de privacidad en otros mercados. El G7 animó a China a ejercer una mayor ciber-responsabilidad y detener el robo de propiedad intelectual. Ciertas políticas de recolección de información que no sigan los estándares y reglamentos de la Unión Europea pueden llevar a sanciones e incluso a la prohibición de la operativa comercial. No está claro si la Cumbre elaborará una lista de compañías susceptibles de sanciones. Sin embargo, probablemente animará a cada país a intensificar el seguimiento por parte de las empresas chinas de las leyes nacionales, de la relación con el gobierno chino y de la adopción de estándares que protejan los valores democráticos, la libertad personal y la libre competencia.
  • Una mayor transparencia en general de China en campos como la salud global –al tiempo que se intensifican las pesquisas sobre el origen de la pandemia de COVID-19- o los proyectos de infraestructuras fuera de sus fronteras pertenecientes a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que son sospechosos de corrupción o “diplomacia por deuda”. China aduce que ya ha puesto a disposición de la OMS suficiente información, y promete mejorar la comunicación y transparencia en otros temas.
  • El trato discriminatorio y campañas de persecución a empresas multinacionales en sectores como los medios de comunicación, moda, deportes, alimentación (BBC, HM, Adidas, NBA…) que han sufrido limitaciones en la libertad de expresión o han visto sus negocios cerrados en el territorio chino de la noche a la mañana.

Pese a que todos estos asuntos no han dejado de proporcionar munición a los diplomáticos estadounidenses en las escaramuzas diplomáticas, muchos norteamericanos y habitantes de países cercanos de China no han querido desvincularse de ningún bando, y permanecen económicamente unidos a China mientras que se alinean militarmente con Estados Unidos.

La estrategia de la Administración Biden de confrontación respecto a China intensificará ciertas herramientas que ya fueron usadas durante la presidencia de Donald Trump. Un aspecto fundamental es la necesidad de encontrar una causa común con una Unión Europea fragmentada, en la cual el sentimiento anti-China crece al ritmo que los estados miembros reciben ataques de Beijing en el marco de la estrategia del lobo guerrero, tan del gusto del Ministerio de Relaciones Exteriores de China en los últimos tiempos. Cada vez más, las élites de negocios y diplomáticas europeas se están empezando a dar cuenta que los beneficios que esperaban cosechar del pastel chino son menos de los esperados. Alemania es un ejemplo claro en este sentido. Líder europeo en economía y política, su posición frente a China está comprometida por la dependencia de su industria automovilística del gigante asiático. Los retrasos y más que posible suspensión del Acuerdo Integral de Inversiones son una señal evidente de la tensión creciente en las relaciones UE-China.

Hay una clara fragmentación entre los diferentes países europeos cuando se trata de lidiar con China. Mientras que Reino Unido aboga por ampliar el G7 a un D10 (10 democracias, incluyendo a Australia, India y Corea del Sur) con el objetivo específico de contrarrestar a China, Italia –precisamente uno de los miembros del G7- se opone a ejercer excesiva presión sobre China tras haberse incorporado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Xi Jinping reconoce el peligro de un frente unido de democracias, y hará todo lo posible por evitar su constitución.

En el frente tecnológico, cada vez más países europeos se están alineando junto a Australia y EE.UU. para defenderse de los avances de una China tecno-autócrata. El ejemplo más claro son los esfuerzos por apartar al gigante Huawei de cualquier infraestructura tecnológica en Europa y la participación en la Red Limpia promovida por EE.UU. para asegurar sus comunicaciones

Sin embargo, no se debe esperar que las naciones europeas firmen una iniciativa marcadamente anti-China. Los mencionados lazos comerciales y de inversión son intensos. Por ello, Biden debería hallar un mecanismo de consenso y acuerdos en el que trabajar de manera cooperativa, en lugar de una Cumbre planteada como una ofensiva clara de confrontación con China. Una gran alianza de democracias podría ser menos eficiente que pequeñas coaliciones centradas en diferentes aspectos, ya que sería más vulnerable a las tácticas de división chinas.

La estrategia debería basarse en superar competitivamente a China, evitando que se creen relaciones de dependencia económica. Es necesaria una revisión de las vulnerabilidades de la cadena de valor europea y estadounidenses en sectores como los semiconductores, material médico, baterías, tierras extrañas… Muchas compañías y funcionarios chinos confían en que muchos negocios occidentales dependen de ellos. Es necesario que sean conscientes que, bajo los actuales acuerdos de inversión y comercio, la situación está desequilibrada a su favor, y que esto provoca que las empresas europeas se vuelvan cada vez más reacias a confiar en socios chinos.

Es improbable predecir un conflicto similar a una Guerra Fría militar e ideológica. Pero al mismo tiempo, no se debe esperar que el conflicto democracia-autocracia se vaya a solucionar de manera sencilla o que vaya a acabar inequívocamente en un éxito estadounidense.

Finalmente, a medida que aumenta la insistencia estadounidense en un orden democrático global, más países que respondan a otro modelo de liderazgo pueden unirse y formar coaliciones que limiten el poder de EE.UU. y su influencia global. China y Rusia, con una rica historia de desconfianza mutual, están acercando posiciones y cooperando estrechamente en aras de defender sus intereses ante los movimientos provenientes de Washington.  

INTERREGNUM: Ruta de la Seda 2.0. Fernando Delage

Se celebra esta semana en Pekín la segunda cumbre de la Ruta de la Seda (BRI en sus siglas en inglés). Dos años después del primer encuentro, cuatro después de la presentación del Plan de Acción de la iniciativa, y casi seis después de su anuncio por el presidente chino, el proyecto avanza en su desarrollo, desafiando a los escépticos. Las críticas sobre la falta de transparencia del programa, los riesgos medioambientales y laborales que está ocasionando, o la sostenibilidad de la deuda en que incurren los países participantes son probablemente acertadas, pero es innegable que China ha aprendido en este tiempo de sus errores.

En su intervención ante una cumbre que marcará una nueva etapa en la iniciativa, Xi Jinping intentará despejar los temores de quienes se oponen a la misma y anunciará posibles reajustes en una idea que si se caracteriza por algo es por su flexibilidad. La mejor manera de valorar BRI consiste por tanto en analizar cada proyecto concreto sobre la base de sus propios méritos. Algunos responden a claras motivaciones estratégicas y carecen de toda lógica económica; en otros prevalece en cambio la búsqueda de rentabilidad comercial e inversora a medio-largo plazo. Pero en todos ellos Pekín cuenta con el margen de maniobra que le proporciona su método de funcionamiento: pese a la retórica multilateral que le acompaña, BRI es en realidad una red de acuerdos bilaterales.

Lo que guía a los dirigentes chinos es el imperativo del crecimiento económico que asegure la estabilidad social y política interna. Tras 40 años de rápido desarrollo, su mantenimiento es un objetivo que requiere reorganizar Asia—mediante la integración del espacio euroasiático—e, incluso, la economía global. De ahí la preocupación de las grandes potencias por las implicaciones estratégicas de BRI, como ha vuelto a ponerse de relieve con ocasión de la segunda cumbre.

Estados Unidos, India, Japón y Australia han intentado dar forma a una estrategia “Indo-Pacífico” como modelo alternativo a la Ruta de la Seda y al acercamiento entre Moscú y Pekín, pero la divergencia de enfoques entre sus miembros complica su realización. Washington, que no enviará a ningún alto cargo a Pekín, ha impulsado nuevos instrumentos—como la BUILD Act y un nuevo fondo de financiación de infraestructuras dotado con 60.000 millones de dólares—cuya operatividad es aún discutible. Su aproximación unilateral no conduce por lo demás sino a profundizar en su aislamiento diplomático. India no asistió a la primera cumbre y tampoco lo hará a ésta, reiterando así su oposición a una iniciativa que en buena medida depende de ella. Por su tamaño y ubicación—India es el elemento fundamental que une los dos ejes de BRI, el continental y el marítimo—Pekín es consciente de que la hostilidad de Delhi puede hacer inviable el proyecto.

Sin sumarse tampoco a la Ruta de la Seda de manera oficial, pero permitiendo la participación de su sector privado, Japón es quizá quien ha articulado la estrategia más eficaz. En cuantos foros multilaterales participa—G7, G20, APEC o la Cumbre de Asia Oriental—Tokio está promoviendo el concepto de “infraestructuras de calidad”, con el fin de establecer unos principios comunes—transparencia, límites al volumen de deuda, impacto social y medioambiental, y coherencia con la estrategia de desarrollo de los países receptores, entre otros—que ponen en evidencia la debilidad de las prácticas chinas. Al mismo tiempo, Japón se está asociando con otros países, China incluida, para promover la financiación de infraestructuras en el mundo en desarrollo. Su no participación en BRI, no significa que Tokio no quiera dialogar con Pekín al respecto.

Sin abandonar su inquietud por el ascenso de China, los movimientos de Japón suponen un reconocimiento del sinsentido de pretender quitarle a un gigante como la República Popular su espacio, en unas circunstancias en que aumentan además las dudas sobre la posición de Estados Unidos en la región. A ningún país asiático beneficia un continente dividido en dos, ni en Eurasia ni en el Indo-Pacífico. Tampoco a ese tercero—la Unión Europea—cuyo futuro está también sujeto a la evolución del tablero económico y geopolítico asiático. (Foto: Kostas Mylonas)

El regreso de la Edad Media. Miguel Ors.

A finales del siglo XV, China concentraba el 25% de la riqueza del planeta y entre todo Occidente no llegábamos ni al 10%. España, Austria y las repúblicas italianas resistían a duras penas el empuje del Turco, que en 1529 se plantaría en las puertas de Viena.

Pero tras las expediciones de Zheng He, la dinastía Ming había ido perdiendo el apetito de aventuras. Sus emperadores, escriben Daron Acemoglu y James Robinson, “se oponían al cambio, buscaban la estabilidad y, esencialmente, temían la destrucción creativa”, el proceso que promueve la innovación al permitir que las empresas más dinámicas desplacen a las menos eficientes. En 1436 hasta se declaró ilegal la botadura de buques de más de dos palos. Por su parte, el sultán Bayezid II prohibiría en 1485 las imprentas.

Todas estas medidas se adoptaron, naturalmente, en el nombre del bien común. Los gobernantes otomanos querían evitar que nadie introdujera ideas indeseables en las cabezas de sus súbditos y los chinos habían visto cómo “los comerciantes se enriquecían y envalentonaban” y querían desterrar la codicia de las relaciones internacionales, que debían regirse por el superior criterio moral de los intelectuales de la corte.

Simultáneamente, en Occidente tenía lugar una explosión científica al amparo de las ideas ilustradas sobre el derecho inalienable de la persona a forjar su propio destino. El triunfo del individualismo liberal, difundido por las revoluciones estadounidense y francesa y las campañas napoleónicas, sirvió de fermento ideológico al capitalismo que, en los siguientes dos siglos, impulsaría la prosperidad como nunca antes se había visto en la historia. En 1980, el G7 acumulaba dos tercios del PIB planetario, mientras que China apenas llegaba al 2% y Turquía se había hundido en la irrelevancia.

Esta divergencia solo ha empezado a corregirse recientemente, en parte debido a la propagación de la tecnología. Cuando un país moderniza su aparato productivo, crece inicialmente mucho más deprisa que las economías punteras y va comiéndoles terreno. Por eso la cuota del G7 en la riqueza mundial ha caído a niveles de 1990.

Pero, a diferencia de culturas como la española, encantada desde siempre de que inventen otros, China ha dejado de importar ideas para incubarlas. “Su mercado de pagos digitales es el mayor del planeta”, advierte The Economist. “Sus equipamientos se exportan a todos los rincones. Dispone del ordenador más rápido. Está construyendo el mayor centro de investigación en computación cuántica”.

Detrás de este esfuerzo se halla, por supuesto, el Estado, pero la disposición a innovar es compartida por toda la sociedad. “[China e India] están llenas de mileniales, de emprendedores que tienen 15 años y están deseosos de experimentar”, dice Alex Liu, presidente de A.T. Kearney. Por el contrario, Europa es “un continente de clases medias envejecidas, conservadoras tanto a la hora de producir artículos como de consumirlos”.

Mientras los chinos se defienden de Uber, Facebook, Amazon o Airbnb creando sus propios gigantes del transporte, las redes sociales, el comercio o la hostelería, en España pretendemos pararles los pies con prohibiciones, como los sultanes otomanos o la dinastía Ming. Y mientras Corea del Sur, Singapur y Japón abrazan con entusiasmo la robótica, aquí nos dejamos aterrorizar por las mismas patrañas que contaban los luditas en la Inglaterra previctoriana.

En 1583 el clérigo William Lee fabricó una máquina de tejer medias y solicitó ilusionado una audiencia con Isabel I. La reina se avino a recibirlo, pero su reacción fue devastadora. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le dijo. “Considerad qué podría hacer esta invención a mis pobres súbditos. Sin duda, supondría su ruina, al privarles de empleo y convertirlos en mendigos”.

Hoy sabemos que aquella decisión retrasó probablemente un siglo la Revolución industrial. Resulta por ello sorprendente que sigamos aceptando los mismos argumentos supuestamente éticos que los mandarines de todas las épocas han utilizado para reprimir la capacidad de iniciativa individual y confinarnos en la oscuridad medieval.