Entradas

INTERREGNUM: La ampliación de los BRICS. Fernando Delage

Ninguna cumbre anterior de los BRICS (el grupo formado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) atrajo el interés suscitado por su XV encuentro a nivel de jefes de Estado y de gobierno, celebrado en Johannesburgo del 22 al 24 de agosto. En un contexto global caracterizado por las diferencias que mantienen Occidente y el resto del mundo sobre la guerra de Ucrania, así como por el activismo diplomático de China entre las naciones emergentes, se ha extendido la idea de que el hoy denominado “Sur Global” constituye un nuevo polo del sistema internacional. Los BRICS representan la creciente visibilidad de una fuerza que minimiza el peso de las democracias occidentales, especialmente tras la ampliación acordada en Sudáfrica. Aunque es cierto que las diferencias internas erosionan la capacidad del bloque para actuar de manera unificada con respecto al objetivo de lograr un orden multipolar, sería un error ignorar el mensaje que transmiten sus miembros y, sobre todo, su utilidad como instrumento de la estrategia china.

Aunque 22 Estados presentaron su candidatura de adhesión, la cumbre formalizó la invitación a sólo seis: Irán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Egipto, Etiopía y Argentina. Todos ellos se convertirán en miembros a partir de enero. La ampliación implica que el grupo suma el 46 por cien de la población del planeta y el 37 por cien del PIB global. La incorporación de tres grandes productores de petróleo y gas—Irán, Arabia Saudí y Emiratos—añade una significativa dimensión estratégica (controlará más del 50 por cien de las reservas fósiles mundiales) y financiera (los fondos soberanos de los dos últimos países, por ejemplo, podrán inyectar un notable volumen de fondos al Banco de Desarrollo de los BRICS, la institución financiera creada en 2015 y con sede en Shanghai, considerada como alternativa al Banco Mundial).

La ampliación ha sido motivo de desacuerdos. Pese a las reservas de India, Brasil y Sudáfrica—temorosos de perder su espacio—, China pudo imponerla (con el acuerdo de Rusia). Mientras conforme a su agenda geopolítica antioccidental Pekín y Moscú aspiran a crear un orden favorable a sus esquemas, y a expandir su presencia en África, Oriente Próximo y América Latina, la prioridad de los restantes miembros fundadores consiste en corregir unas estructuras globales que consideran injustas y poder contar con la representación que creen les corresponde por su peso demográfico y económico en las instituciones internacionales. Aspiran igualmente por tanto a equilibrar el poder occidental, pero sin la intención de enfrentarse a Estados Unidos, Europa y Japón, socios indispensables para su seguridad y para sus intereses económicos.

Entre otras claves, la ampliación es reveladora del papel que China espera desempeñar en Oriente Próximo, después del acuerdo logrado en marzo entre Arabia Saudí e Irán con su mediación. Echarle un cable a Teherán, con una economía devastada por la política de sanciones occidentales, es otra importante señal. Pero el protagonismo de China—cuyo PIB es mayor que el de todos los demás miembros juntos—se ve también condicionado por otra variable mayor: la oposición india a dejar que decida unilateralmente las acciones del grupo. Si para la República Popular los BRICS son un medio para maximizar la dependencia de otras naciones de sus recursos financieros y tecnológicos, para Delhi es un recurso para diversificar sus opciones de diálogo y, a través de ellas, reforzar su autonomía estratégica.

Esas diferencias pueden explicar la llamativa ausencia de Xi Jinping en la cumbre del G20 que se celebrará en India el próximo fin de semana. Logrados sus objetivos en Johannesburgo con respecto al grupo que quiere construir como contrapeso del G7 (y al que todavía quieren incorporarse muchos otros países), parece importarle menos un foro en el que sí participan las grandes potencias occidentales y que—como en la cumbre de Bali del pasado año—denunciará de nuevo la agresión rusa en Ucrania. Por primera vez un presidente chino no participará en el G20, renunciando a la posibilidad de un encuentro con su homólogo norteamericano y dañando la relación bilateral con Delhi. Sólo podemos especular sobre sus motivos, pero no puede ocultarse que, pese a la retórica sobre el Sur Global y los BRICS, la guerra de Ucrania no ha hecho sino revitalizar la OTAN y el G7 como expresión de la cohesión de Occidente. Los malos datos sobre la economía china complican asimismo las  ambiciones globales de la República Popular.

El G7 y la visión geoestratégica japonesa del mundo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Hiroshima fue el lugar escogido para la cumbre del G7, tristemente simbólica ciudad por haber sido bombardeada con la bomba atómica en 1945, además de tener especiales vínculos con el propio Fumio Kishida, el primer ministro japonés quien ha representado esa ciudad a lo largo de su carrera política. Y en sus propias palabras “la terrible historia de Hiroshima propició el desarme nuclear y la no proliferación y mi propia motivación de vida, la lucha por un mundo sin armas nucleares”.

El lugar donde se usó la primera bomba atómica en el mundo fue el centro de acogida de un selecto grupo de líderes muy poderosos del planeta en un momento internacional crítico en el que las democracias del mundo parecen haber entendido el inminente peligro que acecha las libertades.  En este sentido, Ken Moriyasu, corresponsal diplomático del Nikkei, analizó la cumbre del G7 desde Hiroshima en el podcast One Decision y afirmó estar convencido que este G7 pasará a la historia como un punto de inflexión fundamental en el que se dejó claro que la crisis de Taiwán no es un problema interno de China, sino un asunto de interés internacional.

Desde el punto de vista japonés, el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico se ha inclinado excesivamente a favor de China y el mejor ejemplo es la diferencia en número de misiles de alcance intermedio que posee China (2000 unidades) en comparación con los que posee los Estados Unidos, que no tiene ninguno. Y esto obedece fundamentalmente al Tratado de Fuerza Nuclear de Alcance intermedio con la Unión Soviética firmado en 1987 por Reagan y Gorbachev, razón por la que durante años Washington no ha podido fabricar misiles de este tipo.

China por su parte, al no ser firmante del acuerdo, pudo fabricar estos misiles y hoy cuenta con un número muy considerable como resultado de la producción y acumulación a lo largo de los años. Japón teme que para el momento en que la crisis de Taiwán llegue a su punto máximo, que estiman será entre cinco a diez años, Washington no podrá llenar el vacío de estos misiles, razón por la que Japón, Australia y el Reino Unido tienen que unir fuerzas para reequilibrar la deficiencia, explica Moriyasu.

El Quad o Diálogo de Seguridad Cuadrilateral toma por tanto una importancia crítica para equilibrar el poder regional. Este foro de seguridad estratégica entre Australia, India, Japón y Estados Unidos es fundamental para contrarrestar el poder de China, razón por la que ya hay algunos expertos que lo llaman la OTAN del Indo-Pacífico. Aunque cuenta con más de quince años de creación, está siendo impulsado por la Administración Biden, el gobierno japonés y el australiano.

Actualmente, India mantiene una gran tensión con China en sus fronteras y en las montañas del Himalaya, que si llegado al momento de exacerbación de la crisis en Taiwán, India podría jugar un rol clave en mantener sus fronteras blindadas lo que crearía un problema para China mientras que beneficiará a Estados Unidos y Japón junto con la península coreana.

Moriyasu también afirma que si Corea del Sur y Estados unidos fortalecen su posición se conseguiría crear otra debilidad para China y también para el Mar de China Meridional en el Pacífico del Sur con el apoyo de Australia y Reino Unido a través del AUKUS, que es otra alianza de seguridad creada a finales del 2021 entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos en busca fortalecer y dotar de capacidad y respaldo a Australia y reforzar la cooperación en materia de tecnología avanzada de defensa, como inteligencia artificial y vigilancia de largo distancia.

Para Tokio lo importante en este momento no es centrarse exclusivamente en el problema del Estrecho de Taiwán, sino equilibrar los problemas para China en todas sus fronteras, lo que a mediano plazo sería muy beneficioso para todos.

La cumbre en Hiroshima reveló que los miembros están sólidamente unidos en sus planteamientos principales: En el apoyo a Ucrania, en la necesidad de una seguridad económica, a favor del desarme nuclear y frente a los desafíos globales como la pobreza y el cambio climático, así como en unificar un frente que llamaron en favor del mantenimiento de Estado de derecho y el orden mundial y el apoyo a un Indo-Pacífico libre y abierto y oponerse a cualquier intento unilateral de cambiar el statu quo por la fuerza o la coerción, en vez de usar un vocabulario más directo en contra de Beijing.

Hoy más que nunca, en el complejo entramado internacional, ante la amenaza rusa y las crecientes aspiraciones chinas, las palabras de Kishida durante la cumbre tienen una gran validez “Hiroshima debería servir como recordatorio de lo que puede suceder cuando la paz y el orden se desmoronan y dan paso a la inestabilidad y el conflicto. Debemos demostrar poderosamente nuestra determinación de defender un orden internacional libre y abierto basado en el estado de derecho.

INTERREGNUM: La cumbre de Hiroshima. Fernando Delage

Si la guerra de Ucrania revitalizó la OTAN y reveló de nuevo el indispensable papel de Estados Unidos en la seguridad europea, el desafío revisionista planteado por las potencias autoritarias al orden liberal ha restaurado igualmente la misión del G7. La cumbre del pasado fin de semana en Hiroshima ha dado una notable señal de unidad entre las democracias, ha hecho patente la absoluta soledad de Rusia, complicado el entorno estratégico para China, y demostrado el éxito del proactivismo diplomático de Japón.

La guerra de Ucrania y China marcaron la agenda del encuentro del G7, un grupo que puede haber perdido cierto grado de representatividad (sus miembros representan en la actualidad el 45 por cien del PIB global frente al 70 por cien de hace treinta años), pero que el anfitrión japonés solventó en parte al invitar a los líderes de varios de los países emergentes más relevantes, como India, Brasil e Indonesia. Sumando los miembros del bloque más los invitados, Tokio logró un triple resultado con respecto a Rusia.

En primer lugar, se hizo patente el aislamiento diplomático de Moscú, participante en el G8 hasta su expulsión por la anexión de Crimea, y al margen hoy de todos los grandes foros multilaterales. Un segundo “golpe” contra el Kremlin (y contra Pekín) ha sido la invitación sorpresa al presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky. El encuentro de Zelensky con el primer ministro indio, Narendra Modi—que no apoyó las sanciones a Rusia—, ha sido una extraordinaria oportunidad para compartir la situación de Ucrania con uno de los gigantes del Sur Global. La negativa de Lula da Silva a verse con Zelensky, como también se esperaba, no parece haber beneficiado por la misma razón al presidente de Brasil. Por último, Japón ha aprovechado la ocasión para extender sus ideas acerca de la interconexión estructural cada vez más evidente entre la seguridad europea y la asiática.

Es una aproximación que también ha servido para promover la cohesión del G7 en relación con las ambiciones militares y económicas chinas. Pese a los intentos de Pekín de evitar la incorporación de Europa a una coalición antichina—y mitigar de ese modo el creciente deterioro de las relaciones con Estados Unidos—el comunicado final de Hiroshima no ha podido ser, por el contrario, más duro para sus intereses. Además de denunciar a Pekín por una larga lista de asuntos—de la militarización del mar de China Meridional a sus prácticas de coacción económica, pasando por la interferencia en la vida política de otras naciones—, los miembros del grupo también pidieron a China que presione a Rusia para retirar sus tropas de Ucrania, de manera “inmediata, completa y sin condiciones”. Los Siete demostraron su “firme oposición a todo intento unilateral por cambiar el statu quo por la fuerza”, y reclamaron “una solución pacífica a las tensiones en el estrecho de Taiwán”. Por otra parte, el comunicado final recogió la petición de Francia y Alemania de incluir la disposición al “desarrollo de una relación estable y constructiva con China”, así como el lenguaje a favor de reducir el riesgo de la dependencia económica de la República Popular (“de-risking”) y la diversificación más que el desacoplamiento (“decoupling”): otro gesto a favor del enfoque defendido por la Unión Europea.

A la convergencia entre Estados Unidos, Europa y Japón en el G7 se sumó la del QUAD un día más tarde. La prevista cumbre en Australia se suspendió al acortar el presidente de Estados Unidos su viaje a Asia. Como ya ha ocurrido en ocasiones anteriores, la agenda política interna norteamericana se ha impuesto sobre los compromisos exteriores, un hecho que nunca pasa inadvertido para sus socios asiáticos. Pero el primer ministro australiano reaccionó con rapidez, y las cuatro grandes democracias de la región mantuvieron una reunión separada en Hiroshima, en la que mantuvieron las mismas líneas de acción sobre China. El detallado comunicado final vino a confirmar la creciente institucionalización del foro, que celebrará su cumbre de 2024 en India.

El comunicado de protesta hecho público por Pekín tras ambas cumbres muestra la realidad del enfrentamiento entre democracias y potencias revisionistas, pero también los límites de sus esfuerzos orientados a contrarrestar la influencia de las primeras. La guerra de Ucrania ha debilitado a su socio ruso y complicado su entorno de seguridad, además de su posición en la economía global. La primera cumbre China-Asia central celebrada la víspera de la reunión del G7en Xian, punto central en la Ruta de la Seda, ha supuesto un nuevo salto adelante para su liderazgo en Eurasia—variable a la que Occidente sigue sin prestar la atención que merece—pero insuficiente para contrarrestar su negativa imagen global.

THE ASIAN DOOR: China en la agenda global frente al G7. Águeda Parra

Con la retirada definitiva de las tropas de Estados Unidos de Afganistán bajo la administración Biden en agosto de 2021, Washington comenzaba una nueva edición del Pivot to Asia anunciado por el presidente Obama justo una década antes. El desafío que supone una China mucho más asertiva ha propiciado que la administración Biden amplíe el ámbito de interés de Asia Pacífico para abarcar la región del Indo-Pacífico diez años después, perdiendo el foco sobre Asia Central. A este vacío dejado por Washington en la región se suma además la pérdida de influencia de Rusia después de un año de guerra con Ucrania. Mientras Rusia ha sido durante décadas uno de los actores externos más relevantes de la geopolítica de Asia Central, es Pekín quién ahora avanza en su estrategia de ampliar su esfera de influencia en la región aprovechando las decisiones tomadas por Washington y Moscú en su agenda estratégica.

De hecho, el gigante asiático considera la I Cumbre China-Asia Central celebrada en la ciudad de Xi’an como uno de los eventos más importantes de 2023. Diseñada para contrarrestar el efecto de la reunión del G7 en Hiroshima, el encuentro de Xi Jinping con los cinco países que conforman la región de Asia Central, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, antes parte de la extinta Unión Soviética, busca además destacar que China también es un actor relevante en asuntos globales. La región, rica en recursos, centra el interés de los lazos comerciales y energéticos que persigue impulsar China, aunque “salvaguardar la paz regional” siempre ha ocupado un lugar destacado en la política exterior de Pekín hacia la región, de ahí que los acuerdos alcanzados busquen “ayudar a los países de Asia Central a reforzar sus capacidades de seguridad y de defensa”. La frontera que comparte Asia Central con la provincia china de Xinjiang incentiva, asimismo, los esfuerzos de Pekín por fomentar la prosperidad económica que permita reducir la tensión étnica y la presión por el terrorismo yihadista que amenaza la región.

El compromiso de China con Asia Central lleva asociado, tras esta cumbre, 3.700 millones de dólares en nuevos préstamos y subvenciones a los antiguos estados soviéticos para impulsar la cooperación en proyectos energéticos y el desarrollo de infraestructuras. En este caso, el objetivo de Pekín es vincular estos países al esquema de conexiones fomentado por la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda, reduciendo así la dependencia de las rutas comerciales con Rusia. Los acuerdos alcanzados durante la cumbre buscan también promover mayor inversión en la región, superando la cifra récord de 70.000 millones de dólares alcanzados en 2022 entre los cinco países, además de impulsar el comercio y los intercambios militares.

La cumbre de dos días marca una nueva etapa en las relaciones comerciales partiendo de un escenario de por sí ya favorable para China, ya que el volumen de negocio de Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán fue mayor con el gigante asiático que el generado con Rusia o con el bloque del G7 durante 2022, según el Fondo Monetario Internacional. El petróleo, gas natural y cobre protagonizan los flujos comerciales con China, de ahí el creciente interés de Pekín por la región. En este sentido, los acuerdos alcanzados con Kazajistán y Uzbekistán para garantizar el suministro estable de gas a China buscan ampliar el volumen del 6,4% de las importaciones de gas que el gigante asiático recibió de estos dos países en 2021.

En el caso de Kirguistán, la cooperación se subscribe al ámbito financiero, sumándose al grupo de países como Arabia Saudita, Brasil y Rusia que impulsarán el comercio con China utilizando las monedas locales. Bajo este nuevo esquema de relación, aumenta el protagonismo del yuan como alternativa a los pagos internacionales mientras se reduce la dependencia del dólar como vía para mitigar el impacto de posibles repercusiones geopolíticas.

Las puertas de Asia Central se abren así para China después de la primera cumbre presencial con sus líderes, la inaugural se produjo online el año pasado, mientras Rusia sigue envuelto en la guerra con Ucrania y se reduce la hegemonía de Estados Unidos en la región. Un esfuerzo más de Pekín por seguir consolidando su esfera de influencia en el considerado como patio trasero de Rusia, aportando otros canales de inversión que sustituyan los destinados por el Kremlin a la guerra de Ucrania, mientras las relaciones con Occidente no pasan por su mejor momento.

 

INTERREGNUM: La gira de Kishida. Fernando Delage  

Apenas un mes después de anunciar la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, el primer ministro japonés, Fumio Kishida, realizó la semana pasada una gira por cinco países que confirma el punto de inflexión que se ha producido en la diplomacia del país del sol naciente, así como en su alianza con Estados Unidos. Aunque el viaje respondía formalmente a la preparación de la cumbre del G7 que se celebrará en Hiroshima en mayo (Tokio preside el grupo n 2023), Kishida no sólo obtuvo el apoyo de los principales socios occidentales a la renovación de la política de seguridad japonesa, sino que hizo evidente las implicaciones de dichos cambios para la dinámica estratégica asiática.

Kishida visitó sucesivamente Francia, Italia, Reino Unido, Canadá y Estados Unidos. Sólo Alemania quedó fuera de sus encuentros. En todas las capitales se expresó una misma preocupación por el desafío revisionista planteado por Moscú y Pekín, y se subrayó la necesidad de reforzar la cooperación entre las democracias liberales. En Londres, Kishida firmó además con su homólogo británico, Rishi Sunak, un Acuerdo de Acceso Recíproco entre las fuerzas armadas de los dos países; el tipo de acuerdo que, hasta la fecha, Japón sólo había concluido—hace ahora un año— con Australia y—desde principios de la década de los sesenta—con Estados Unidos, último destino de su viaje.

Aunque Kishida se vio con Biden en Tokio el pasado mes de mayo, aún no había viajado oficialmente a Washington desde su nombramiento al frente del gobierno. La reunión de ambos líderes fue a su vez precedida, dos días antes, por el encuentro del Comité Consultivo de Seguridad, el foro en el que participan los ministros de Defensa y de Asuntos Exteriores de ambos países (lo que se conoce como formato “2+2”).  Entre otros asuntos, los ministros reiteraron el compromiso de afrontar “las crecientes amenazas militares de China en el mar de China Oriental y en torno a Taiwán”;el desarrollo de una nueva estructura conjunta de mando y control; la reorganización del cuerpo de marines basado en Okinawa—la isla japonesa más cercana a Taiwán—; y la ampliación de la cooperación bilateral al espacio y el ciberespacio. En la Casa Blanca, Biden y Kishida ratificaron este salto cualitativo en la alianza que refuerza las capacidades de disuasión, a la vez que se pone en marcha el proceso de creación de una estructura operativa conjunta que facilite la adopción de decisiones en el caso de estallar un conflicto (esos mecanismos nunca ha existido, al contrario de lo que ocurre en el caso de la alianza Estados Unidos-Corea del Sur).

Con el aumento del presupuesto de defensa, la adquisición de los medios para responder a un ataque enemigo (novedades ambas de la nueva estrategia de seguridad), y la profundización de la alianza con Washington, Japón adquiere una nueva posición en el escenario geopolítico regional y global. Estados Unidos se ve igualmente beneficiado en su presencia asiática: además de contar en  el archipiélago japonés con el mayor contingente de tropas en el extranjero, contará con nuevos medios frente a una hipotética invasión de Taiwán.

Son cambios que no se producen, por lo demás, al margen de los movimientos de otros actores (India, Australia, Corea del Sur, etc.) que comparten la inquietud por el comportamiento de Pekín. El resultado de todo ello es una estructura de seguridad regional en la que múltiples acuerdos bilaterales, minilaterales y multilaterales se refuerzan entre sí. China, Rusia y Corea del Norte estarán tomando buena nota.

 

El G7 le planta cara a Beijing. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los últimos días del mes de junio nos han dejado una fotografía distinta del mundo de la que teníamos hace tan sólo 6 meses atrás. Comenzando con la cumbre del G7 en Baviera y continuado con la Cumbre de la OTAN en Madrid. Las naciones poderosas que comparten valores democráticos comunes están mostrado músculo e intentando fortalecer el frente contra Putin pero también contra cualquier amenaza a los valores y las libertades que se establecieron después de la II guerra mundial.

La agenda del G7 tuvo como centro los temas más preocupantes del momento: la economía mundial (que se encuentra muy afectada por la pandemia), la seguridad alimentaria (que a razón de la guerra de Ucrania ha entrado en una situación de incierto e inseguro abastecimiento), la política exterior y de seguridad (y la necesidad de que se respete la soberanía de las naciones y los principios establecidos en la Carta de Naciones Unidas), el multilateralismo y la sostenibilidad así como la necesaria e inminente transformación digital del mundo.

Así mismo Alemania, Canadá, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y los Estados Unidos discutieron un tema clave sobre cómo mantener sancionado el petróleo ruso pero que, sin que con ello se mantenga disparado y descontrolado el valor del petróleo en el mercado internacional, con el efecto negativo que eso tiene sobre la ya golpeada economía post pandemia.

Sin embargo, la respuesta más contundente del G7 es la propuesta para contrarrestar la iniciativa de la nueva ruta de la Seda presentada por Xi Jinping en el 2013 y cuyo objetivo es la movilización de 600 mil millones de dólares en fondos para el mundo en desarrollo en un movimiento visto como contraataque al plan “Belt and Road Iniciative” por su nombre en inglés.

La gran novedad aquí es que por primera vez se hace un reconocimiento desde los miembros de las economías más fuertes del planeta acerca del peligro que representa China como competidor. Y no porque Beijing no tenga el derecho a competir en el mercado internacional sino por el uso de las prácticas malignas del partido comunista chino que acaban teniendo un efecto devastador en economías dependientes, como es el caso de muchos países africanos, latinoamericanos e incluso asiáticos.

Fernando Delage afirmaba en un artículo publicado el 8 de junio de este año por 4Asia que China es el primer socio comercial del continente africano, su principal acreedor y el primer inversor en el desarrollo de sus infraestructuras, tanto físicas como digitales. Y continúa aportando data comercial entre ambas, de un comercio de apenas unos 10.000 millones de dólares en el año 2000 se multiplicaba a 254.000 millones de dólares al 2021.

La financiación de infraestructuras chinas a priori parece ser parte de una política al desarrollo al estilo de las que ha concedido occidente, pero en el caso chino los préstamos castigan a las economías receptoras con altísimos intereses, el desarrollo de los proyectos chinos no se tiene en cuenta el medio ambiente ni el beneficio para la nación receptora. Además, los créditos concedidos por Beijing llevan consigo unos objetivos políticos claros y una estrategia de proyección global para hacer frente a la influencia de occidente, que valga decir ha venido en declive.

Razón por la cual, Ursula Von Der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, dijo en la cumbre que el objetivo del G7 con “la propuesta era presentar un impulso de inversión positivo y poderoso al mundo para mostrar a los países que tienen una opción distinta”, básicamente distinta a China y sus conocidos “créditos trampa”.

La bipolaridad se ha restablecido y las opciones sobre la mesa están sustentadas básicamente en los valores que ofrece cada contrincante. Por un lado, está occidente intentando apoyar medianamente a Kiev que está sirviendo como escudo al resto de Europa, en mantener a flote los valores democráticos en la región y por tanto en el mundo. Mientras que por el otro lado está Moscú apostando por una guerra inútil que los puede arruinar y un Beijing que no ha hecho más que mostrar su esencia durante los años de pandemia, imponiendo formidables restricciones en cada fase y que, en efecto, parece que continuarán en los siguientes cinco años, tomando Hong Kong y con la mira puesta en Taiwán que, a pesar de las advertencias no hacen más que continuar violando su espacio aéreo y marítimo.

La OTAN, por su parte, también muestra avances en esa alineación en cada bando, con el levantamiento del veto de Turquía a Finlandia y Suecia para entrar en la organización que, a finales del 2021, fue tildada de agónica pero que hoy renace con más fuerza su razón y sentido.

El precio de vivir en libertad hay que pagarlo y de no hacerlo toca pagar el de vivir bajo regímenes autoritarios que oprimen, controlan y no dejan progresar a sus ciudadanos bajo el libre albedrio…

INTERREGNUM: BRICS vs G7. Fernando Delage

Mientras buena parte del mundo sufre las consecuencias económicas de la guerra de Ucrania, China redobla su pulso con Occidente y trata de capitalizar el momento en su estrategia de ascenso global. Una semana después de reiterar el apoyo de Pekín a Putin en su llamada de felicitación al presidente ruso por su 69 cumpleaños, Xi Jinping recurrió, en efecto, a la cumbre de los BRICS del pasado jueves para dar visibilidad a los países emergentes como bloque, y para promover un concepto alternativo de orden internacional.

Las circunstancias ya apuntaban al simbolismo de esta cumbre, celebrada—no por casualidad—en vísperas del encuentro anual del G7 en Alemania y de la reunión de la OTAN en Madrid que actualizará el concepto estratégico de la organización. Aunque la reunión de los BRICS se ha realizado virtualmente, ha sido la primera convocatoria multilateral en la que ha podido participar Vladimir Putin después de la invasión de Ucrania. Putin ha hecho ver que su aislamiento diplomático no es completo, y que los líderes del grupo—pese a las presiones que han recibido de Estados Unidos y de sus aliados—no tienen inconveniente en tratar con él. Es más, tratando de sortear las sanciones occidentales, buscan la manera de beneficiarse del contexto actual en sus intercambios económicos con Moscú. Rusia les ha propuesto, por ejemplo, pagar sus transacciones sobre la base de una cesta de divisas que sustituya al dólar.

Pero es China el gigante cuya economía supera con creces a las de los otros cuatro miembros juntos, y Xi quien pretende dar forma a un consenso del bloque en torno a su visión de las relaciones internacionales. En su discurso, Xi expuso las dos grandes propuestas que, desde la invasión de Ucrania, ha articulado como ejes de la diplomacia china: la Iniciativa de Desarrollo Global y la Iniciativa de Seguridad Global. La primera, vinculada a la Nueva Ruta de la Seda, confirma una vez más que Pekín ha hecho del Sur Global un instrumento central para sus ambiciones estratégicas. La segunda, aunque tiene su origen en el “nuevo concepto de seguridad” acuñado por Pekín en la década de los noventa, ha sido reformulado como respuesta a la guerra de Ucrania y es una manera de denunciar a Occidente—y de manera por primera vez explícita a la OTAN—por no haber respetado los intereses de seguridad de Rusia.

El mensaje que se quiere transmitir con ambas propuestas es claro: China está preparada para sacar al mundo de la crisis económica (a través de sus planes de coordinación e interconectividad con los países en desarrollo) y proporcionarle estabilidad geopolítica (mediante el establecimiento de una nueva arquitectura de seguridad). Contrapone así su papel al de Estados Unidos, quien—por el contrario—mantiene según la República Popular una mentalidad de guerra fría y, con su política de sanciones, prolonga un conflicto que está provocando graves daños económicos. Es un discurso al que Pekín está dedicando grandes esfuerzos desde que estalló el conflicto en Ucrania, y que el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, ha tratado con al menos cuarenta países durante los dos últimos meses.

Frente a las tensiones con Washington y sus aliados por el apoyo que presta a Moscú, China tenía que lanzar el mensaje de que cuenta con el alineamiento de los países no occidentales. Pero lo cierto es que, más allá de una retórica compartida, no todos los miembros de los BRICS ven las cosas de la misma manera. Un escollo notable es India: pertenece al grupo, aunque también al QUAD y al Marco Económico del Indo-Pacífico propuesto por la Casa Blanca. El primer ministro Narendra Modi, que comparte con el presidente Joe Biden la idea de que China es un rival estratégico, ha participado como invitado, incluso, en la reunión del G7. Dejando a India al margen, Pekín ha propuesto la ampliación de los BRICS a nuevos miembros, entre los que podrían encontrarse Argentina, Egipto, Indonesia, Kazajstán, Nigeria, Emiratos, Arabia Saudí, Senegal y Tailandia (países todos ellos participantes, en mayo, en una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores del grupo).

China parece jugar con la idea de que, con la ampliación del bloque, y bajo su liderazgo, los BRICS podrían convertirse en una alternativa al G7 o al G20. Las naciones en desarrollo van a contar, no obstante, con propuestas que rivalizan con las de Pekín sin sus mismos riesgos de dependencia. El anuncio por el G7, el pasado domingo, del “Partenariado para Inversión e Infraestructura Global”, un ambicioso plan dotado de ingentes recursos y concebido para competir con la Nueva Ruta de la Seda china, es la más reciente demostración de que la partida continúa.

 

 

LA CUMBRE PARA LA DEMOCRACIA Y SUS IMPLICACIONES PARA CHINA (y II). Pascual Moreno

En la primera parte de este artículo se hacía una introducción a la Cumbre para la Democracia y sus posibles implicaciones para China. Además de los conflictos presentados en ciertos territorios que China considera de soberanía nacional, otros campos de discusión que pueden estar presentes en la Cumbre son:

  • La delimitación y supresión de la libertad de expresión en la esfera académica, no únicamente dentro de China, sino que se han sucedido preocupantes intentos de silenciar académicos en Australia, Europa o Estados Unidos. El cierre de los Institutos Confucio en Suecia, Alemania y otros países es un signo creciente de resistencia y rechazo a la propaganda y el poder blando chinos. Se esperan más clausuras y control sobre estas instituciones, aunque todavía no está claro el acento que pondrá la Cumbre en este tema.
  • Las prácticas de compañías tecnológicas chinas, acusadas de recabar información y violar políticas de privacidad en otros mercados. El G7 animó a China a ejercer una mayor ciber-responsabilidad y detener el robo de propiedad intelectual. Ciertas políticas de recolección de información que no sigan los estándares y reglamentos de la Unión Europea pueden llevar a sanciones e incluso a la prohibición de la operativa comercial. No está claro si la Cumbre elaborará una lista de compañías susceptibles de sanciones. Sin embargo, probablemente animará a cada país a intensificar el seguimiento por parte de las empresas chinas de las leyes nacionales, de la relación con el gobierno chino y de la adopción de estándares que protejan los valores democráticos, la libertad personal y la libre competencia.
  • Una mayor transparencia en general de China en campos como la salud global –al tiempo que se intensifican las pesquisas sobre el origen de la pandemia de COVID-19- o los proyectos de infraestructuras fuera de sus fronteras pertenecientes a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que son sospechosos de corrupción o “diplomacia por deuda”. China aduce que ya ha puesto a disposición de la OMS suficiente información, y promete mejorar la comunicación y transparencia en otros temas.
  • El trato discriminatorio y campañas de persecución a empresas multinacionales en sectores como los medios de comunicación, moda, deportes, alimentación (BBC, HM, Adidas, NBA…) que han sufrido limitaciones en la libertad de expresión o han visto sus negocios cerrados en el territorio chino de la noche a la mañana.

Pese a que todos estos asuntos no han dejado de proporcionar munición a los diplomáticos estadounidenses en las escaramuzas diplomáticas, muchos norteamericanos y habitantes de países cercanos de China no han querido desvincularse de ningún bando, y permanecen económicamente unidos a China mientras que se alinean militarmente con Estados Unidos.

La estrategia de la Administración Biden de confrontación respecto a China intensificará ciertas herramientas que ya fueron usadas durante la presidencia de Donald Trump. Un aspecto fundamental es la necesidad de encontrar una causa común con una Unión Europea fragmentada, en la cual el sentimiento anti-China crece al ritmo que los estados miembros reciben ataques de Beijing en el marco de la estrategia del lobo guerrero, tan del gusto del Ministerio de Relaciones Exteriores de China en los últimos tiempos. Cada vez más, las élites de negocios y diplomáticas europeas se están empezando a dar cuenta que los beneficios que esperaban cosechar del pastel chino son menos de los esperados. Alemania es un ejemplo claro en este sentido. Líder europeo en economía y política, su posición frente a China está comprometida por la dependencia de su industria automovilística del gigante asiático. Los retrasos y más que posible suspensión del Acuerdo Integral de Inversiones son una señal evidente de la tensión creciente en las relaciones UE-China.

Hay una clara fragmentación entre los diferentes países europeos cuando se trata de lidiar con China. Mientras que Reino Unido aboga por ampliar el G7 a un D10 (10 democracias, incluyendo a Australia, India y Corea del Sur) con el objetivo específico de contrarrestar a China, Italia –precisamente uno de los miembros del G7- se opone a ejercer excesiva presión sobre China tras haberse incorporado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Xi Jinping reconoce el peligro de un frente unido de democracias, y hará todo lo posible por evitar su constitución.

En el frente tecnológico, cada vez más países europeos se están alineando junto a Australia y EE.UU. para defenderse de los avances de una China tecno-autócrata. El ejemplo más claro son los esfuerzos por apartar al gigante Huawei de cualquier infraestructura tecnológica en Europa y la participación en la Red Limpia promovida por EE.UU. para asegurar sus comunicaciones

Sin embargo, no se debe esperar que las naciones europeas firmen una iniciativa marcadamente anti-China. Los mencionados lazos comerciales y de inversión son intensos. Por ello, Biden debería hallar un mecanismo de consenso y acuerdos en el que trabajar de manera cooperativa, en lugar de una Cumbre planteada como una ofensiva clara de confrontación con China. Una gran alianza de democracias podría ser menos eficiente que pequeñas coaliciones centradas en diferentes aspectos, ya que sería más vulnerable a las tácticas de división chinas.

La estrategia debería basarse en superar competitivamente a China, evitando que se creen relaciones de dependencia económica. Es necesaria una revisión de las vulnerabilidades de la cadena de valor europea y estadounidenses en sectores como los semiconductores, material médico, baterías, tierras extrañas… Muchas compañías y funcionarios chinos confían en que muchos negocios occidentales dependen de ellos. Es necesario que sean conscientes que, bajo los actuales acuerdos de inversión y comercio, la situación está desequilibrada a su favor, y que esto provoca que las empresas europeas se vuelvan cada vez más reacias a confiar en socios chinos.

Es improbable predecir un conflicto similar a una Guerra Fría militar e ideológica. Pero al mismo tiempo, no se debe esperar que el conflicto democracia-autocracia se vaya a solucionar de manera sencilla o que vaya a acabar inequívocamente en un éxito estadounidense.

Finalmente, a medida que aumenta la insistencia estadounidense en un orden democrático global, más países que respondan a otro modelo de liderazgo pueden unirse y formar coaliciones que limiten el poder de EE.UU. y su influencia global. China y Rusia, con una rica historia de desconfianza mutual, están acercando posiciones y cooperando estrechamente en aras de defender sus intereses ante los movimientos provenientes de Washington.  

INTERREGNUM: Ruta de la Seda 2.0. Fernando Delage

Se celebra esta semana en Pekín la segunda cumbre de la Ruta de la Seda (BRI en sus siglas en inglés). Dos años después del primer encuentro, cuatro después de la presentación del Plan de Acción de la iniciativa, y casi seis después de su anuncio por el presidente chino, el proyecto avanza en su desarrollo, desafiando a los escépticos. Las críticas sobre la falta de transparencia del programa, los riesgos medioambientales y laborales que está ocasionando, o la sostenibilidad de la deuda en que incurren los países participantes son probablemente acertadas, pero es innegable que China ha aprendido en este tiempo de sus errores.

En su intervención ante una cumbre que marcará una nueva etapa en la iniciativa, Xi Jinping intentará despejar los temores de quienes se oponen a la misma y anunciará posibles reajustes en una idea que si se caracteriza por algo es por su flexibilidad. La mejor manera de valorar BRI consiste por tanto en analizar cada proyecto concreto sobre la base de sus propios méritos. Algunos responden a claras motivaciones estratégicas y carecen de toda lógica económica; en otros prevalece en cambio la búsqueda de rentabilidad comercial e inversora a medio-largo plazo. Pero en todos ellos Pekín cuenta con el margen de maniobra que le proporciona su método de funcionamiento: pese a la retórica multilateral que le acompaña, BRI es en realidad una red de acuerdos bilaterales.

Lo que guía a los dirigentes chinos es el imperativo del crecimiento económico que asegure la estabilidad social y política interna. Tras 40 años de rápido desarrollo, su mantenimiento es un objetivo que requiere reorganizar Asia—mediante la integración del espacio euroasiático—e, incluso, la economía global. De ahí la preocupación de las grandes potencias por las implicaciones estratégicas de BRI, como ha vuelto a ponerse de relieve con ocasión de la segunda cumbre.

Estados Unidos, India, Japón y Australia han intentado dar forma a una estrategia “Indo-Pacífico” como modelo alternativo a la Ruta de la Seda y al acercamiento entre Moscú y Pekín, pero la divergencia de enfoques entre sus miembros complica su realización. Washington, que no enviará a ningún alto cargo a Pekín, ha impulsado nuevos instrumentos—como la BUILD Act y un nuevo fondo de financiación de infraestructuras dotado con 60.000 millones de dólares—cuya operatividad es aún discutible. Su aproximación unilateral no conduce por lo demás sino a profundizar en su aislamiento diplomático. India no asistió a la primera cumbre y tampoco lo hará a ésta, reiterando así su oposición a una iniciativa que en buena medida depende de ella. Por su tamaño y ubicación—India es el elemento fundamental que une los dos ejes de BRI, el continental y el marítimo—Pekín es consciente de que la hostilidad de Delhi puede hacer inviable el proyecto.

Sin sumarse tampoco a la Ruta de la Seda de manera oficial, pero permitiendo la participación de su sector privado, Japón es quizá quien ha articulado la estrategia más eficaz. En cuantos foros multilaterales participa—G7, G20, APEC o la Cumbre de Asia Oriental—Tokio está promoviendo el concepto de “infraestructuras de calidad”, con el fin de establecer unos principios comunes—transparencia, límites al volumen de deuda, impacto social y medioambiental, y coherencia con la estrategia de desarrollo de los países receptores, entre otros—que ponen en evidencia la debilidad de las prácticas chinas. Al mismo tiempo, Japón se está asociando con otros países, China incluida, para promover la financiación de infraestructuras en el mundo en desarrollo. Su no participación en BRI, no significa que Tokio no quiera dialogar con Pekín al respecto.

Sin abandonar su inquietud por el ascenso de China, los movimientos de Japón suponen un reconocimiento del sinsentido de pretender quitarle a un gigante como la República Popular su espacio, en unas circunstancias en que aumentan además las dudas sobre la posición de Estados Unidos en la región. A ningún país asiático beneficia un continente dividido en dos, ni en Eurasia ni en el Indo-Pacífico. Tampoco a ese tercero—la Unión Europea—cuyo futuro está también sujeto a la evolución del tablero económico y geopolítico asiático. (Foto: Kostas Mylonas)

El regreso de la Edad Media. Miguel Ors.

A finales del siglo XV, China concentraba el 25% de la riqueza del planeta y entre todo Occidente no llegábamos ni al 10%. España, Austria y las repúblicas italianas resistían a duras penas el empuje del Turco, que en 1529 se plantaría en las puertas de Viena.

Pero tras las expediciones de Zheng He, la dinastía Ming había ido perdiendo el apetito de aventuras. Sus emperadores, escriben Daron Acemoglu y James Robinson, “se oponían al cambio, buscaban la estabilidad y, esencialmente, temían la destrucción creativa”, el proceso que promueve la innovación al permitir que las empresas más dinámicas desplacen a las menos eficientes. En 1436 hasta se declaró ilegal la botadura de buques de más de dos palos. Por su parte, el sultán Bayezid II prohibiría en 1485 las imprentas.

Todas estas medidas se adoptaron, naturalmente, en el nombre del bien común. Los gobernantes otomanos querían evitar que nadie introdujera ideas indeseables en las cabezas de sus súbditos y los chinos habían visto cómo “los comerciantes se enriquecían y envalentonaban” y querían desterrar la codicia de las relaciones internacionales, que debían regirse por el superior criterio moral de los intelectuales de la corte.

Simultáneamente, en Occidente tenía lugar una explosión científica al amparo de las ideas ilustradas sobre el derecho inalienable de la persona a forjar su propio destino. El triunfo del individualismo liberal, difundido por las revoluciones estadounidense y francesa y las campañas napoleónicas, sirvió de fermento ideológico al capitalismo que, en los siguientes dos siglos, impulsaría la prosperidad como nunca antes se había visto en la historia. En 1980, el G7 acumulaba dos tercios del PIB planetario, mientras que China apenas llegaba al 2% y Turquía se había hundido en la irrelevancia.

Esta divergencia solo ha empezado a corregirse recientemente, en parte debido a la propagación de la tecnología. Cuando un país moderniza su aparato productivo, crece inicialmente mucho más deprisa que las economías punteras y va comiéndoles terreno. Por eso la cuota del G7 en la riqueza mundial ha caído a niveles de 1990.

Pero, a diferencia de culturas como la española, encantada desde siempre de que inventen otros, China ha dejado de importar ideas para incubarlas. “Su mercado de pagos digitales es el mayor del planeta”, advierte The Economist. “Sus equipamientos se exportan a todos los rincones. Dispone del ordenador más rápido. Está construyendo el mayor centro de investigación en computación cuántica”.

Detrás de este esfuerzo se halla, por supuesto, el Estado, pero la disposición a innovar es compartida por toda la sociedad. “[China e India] están llenas de mileniales, de emprendedores que tienen 15 años y están deseosos de experimentar”, dice Alex Liu, presidente de A.T. Kearney. Por el contrario, Europa es “un continente de clases medias envejecidas, conservadoras tanto a la hora de producir artículos como de consumirlos”.

Mientras los chinos se defienden de Uber, Facebook, Amazon o Airbnb creando sus propios gigantes del transporte, las redes sociales, el comercio o la hostelería, en España pretendemos pararles los pies con prohibiciones, como los sultanes otomanos o la dinastía Ming. Y mientras Corea del Sur, Singapur y Japón abrazan con entusiasmo la robótica, aquí nos dejamos aterrorizar por las mismas patrañas que contaban los luditas en la Inglaterra previctoriana.

En 1583 el clérigo William Lee fabricó una máquina de tejer medias y solicitó ilusionado una audiencia con Isabel I. La reina se avino a recibirlo, pero su reacción fue devastadora. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le dijo. “Considerad qué podría hacer esta invención a mis pobres súbditos. Sin duda, supondría su ruina, al privarles de empleo y convertirlos en mendigos”.

Hoy sabemos que aquella decisión retrasó probablemente un siglo la Revolución industrial. Resulta por ello sorprendente que sigamos aceptando los mismos argumentos supuestamente éticos que los mandarines de todas las épocas han utilizado para reprimir la capacidad de iniciativa individual y confinarnos en la oscuridad medieval.