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La necesidad de mejorar la cooperación estratégica entre India e Indonesia. Niranjan Marjani

Recientemente, el ministro de comercio de Indonesia, Agus Suparmanto Subagio, se reunió con el ministro de comercio e industria de la India, Piyush Goyal, en Davos, Suiza. Esta reunión tuvo lugar al margen del Foro Económico Mundial. También se espera que el ministro de comercio de Indonesia visite India el próximo mes, y que ambos países mejoren su cooperación en el área comercial.

Se espera que Indonesia alivie las restricciones a la importación de automóviles y equipos solares de la India. A cambio, Indonesia suministrará una mayor cantidad de aceite de palma a la India. Este movimiento de ambos países se ve a la luz de la India que impone restricciones a la importación de aceite de palma de Malasia. El primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, había criticado la decisión de la India de poner fin al estatus especial de Cachemira al abrogar el artículo 370. En respuesta a los comentarios de Mahathir Mohamad que se consideran una interferencia en el asunto interno de la India, la India ha impuesto restricciones a la importación de aceite de palma de Malasia.

El comercio de aceite de palma entre India e Indonesia no solo tiene importancia económica. Es una indicación de la necesidad de fortalecer no solo la cooperación económica sino también la cooperación estratégica en vista de los recientes desarrollos en el sudeste asiático. En este sentido, dos factores son importantes para las relaciones India-Indonesia. Uno es Malasia tratando de crear una alternativa a la Organización de la Conferencia Islámica que trae una narrativa religiosa y radicalizada en el paisaje estratégico del sudeste asiático. En segundo lugar, la cooperación India-Indonesia se vuelve importante también desde el punto de vista de contrarrestar a China en el Mar Meridional de China.

En diciembre de 2019, Malasia organizó una cumbre islámica en Kuala Lumpur junto con Turquía, Irán y Qatar. Esta cumbre se celebró con la intención de desafiar a la Organización de la Conferencia Islámica dirigida por Arabia Saudí. Pakistán e Indonesia también fueron invitados a asistir a esta cumbre. Pero los dos países no asistieron. Cualquier intento de lograr un ángulo religioso en una región multiétnica, multirreligiosa y multicultural como el sudeste asiático es un precedente peligroso, ya que aumentaría las divisiones dentro de la región. Que Indonesia no asistiera a la cumbre fue importante porque es el país islámico más grande del mundo. Cualquier alianza religiosa en el sudeste asiático crearía más complicaciones geopolíticas. Desde este punto de vista, es importante que India e Indonesia cooperen entre sí para evitar la radicalización y las divisiones en las líneas religiosas.

El segundo aspecto de las relaciones estratégicas India-Indonesia es contrarrestar las actividades asertivas de China en el Indo-Pacífico en general y el Mar Meridional de China en particular. Dos incidentes recientes resaltan la necesidad de acelerar la cooperación estratégica entre ambos países.

Recientemente, un barco de investigación chino había entrado en las aguas territoriales de la India cerca de las islas Andaman y Nicobar sin permiso. Fue expulsado por la Armada india. Del mismo modo, la embarcación de guardacostas de China había ingresado a las aguas territoriales de Indonesia cerca de las islas Natuna a fines de diciembre. China había reclamado soberanía sobre el área, un reclamo que Indonesia rechaza.

La proximidad entre las islas Andaman y Nicobar e Indonesia es un fuerte argumento para la cooperación marítima entre ambos países. La distancia entre las islas Andaman y Nicobar e Indonesia es de 215 km. India ya ha tomado la iniciativa a este respecto, y está desarrollando el puerto de Sabang en Indonesia, que se encuentra cerca de las islas Andaman y Nicobar.

India es considerada como una potencia importante en el sudeste asiático. Los países del sudeste asiático como Indonesia, Vietnam y Singapur esperan que India participe en la arquitectura de seguridad del sudeste asiático. Es necesario acelerar el desarrollo del puerto de Sabang, así como construir un mecanismo en el que las armadas de la India e Indonesia trabajen en estrecha cooperación en diferentes áreas, como patrullar y compartir información. Si India tiene que ser parte de la geopolítica del sudeste asiático, entonces las relaciones estratégicas India-Indonesia jugarán un papel importante en la región.

(Niranjan Marjani es periodista independiente de Vadodara, India)

Twitter – @NiranjanMarjani

Asia en COP25. Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz

El pasado mes de diciembre se celebró en Madrid, España, la Conferencia de las Naciones Unidas Sobre el cambio climático, COP25. La COP es el foro político anual más importante para hacer frente a los problemas climáticos y está formado por los países firmantes del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

El cambio climático es un hecho que nadie puede negar: el deshielo y el aumento del nivel de mar, que cambiaría las corrientes oceánicas y haría desaparecer a ciudades como Venecia o Ámsterdam, el calentamiento global de tierras y océanos, que acabaría con la diversidad marina y provocaría la extinción de especies, huracanes más violentos o sequias extremas son solo algunos de sus efectos. El calentamiento global, acelerado por el comportamiento humano, ha provocado que la temperatura media de la tierra aumente 1ºC respecto a los niveles pre-industriales, En el acuerdo de Paris de 2015, COP21, los países firmantes acordaron mantener ese aumento muy por debajo de los 2ºC y hacer esfuerzos para limitarlo a 1,5ºC con respecto a los niveles pre-industriales. A día de hoy, y con los niveles de contaminación actuales, alcanzaremos los 1,5ºC en tan solo 20 años.

De los 5 países más contaminantes del mundo, 4 están en Asia: China (30%), India (7%), Rusia (5%) y Japón (4%), solo estos 4 países expulsan a la atmosfera casi la mitad del CO2 mundial, por lo que esta región juega un papel muy importante para la sostenibilidad del planeta.

Japón ha sido uno de los países más criticados por su dependencia del carbón y, tras el accidente de la central nuclear de Fukushima en 2011, el uso del  petróleo y carbón se han convertido en la fuente primaria de energía del país. Ante las críticas recibidas, el gobierno nipón se comprometió a reducir el uso del carbón hasta el 25% en esta década y, aumentar el uso de energía limpia del 15% al 24%. Además, el país del sol naciente, también se ha comprometido a tener ciudades de 0,00 emisiones para el año 2050, entre ellas están Tokio o Kioto. Japón depende de la compra de petróleo y gas del exterior y, la fabricación de centrales nucleares –ahora más seguras y resistentes- hará que no dependan tanto del petróleo árabe, por lo que, cumplir con sus objetivos, no solo beneficiara al medio ambiente y a la sociedad nipona, sino, también, a la economía del país.

La India podría ser uno de los países más afectados por el cambio climático, cuenta con más de 1.300 millones de habitantes, lo que supone alrededor del 20% de la población mundial y, solamente, tiene un 4% de las reservas mundiales de agua. Según un informe del Banco Mundial en 2016, la extracción de agua para uso agrícola se había multiplicado por 7 en los últimos 50 años, lo que ha provocado que muchos acuíferos se sequen. La India, como país en vías de desarrollo, cuenta con muchos derechos de emisión y critica a las regiones desarrolladas de no haber cumplido con el protocolo de Kioto. India es un país donde casi 300 millones de personas no tienen acceso a la electricidad, pero cuenta con uno de los proyectos de iluminación más grandes del mundo: invertir medio millón de euros en actualizar el alumbrado público a LED. Con este proyecto se espera que la demanda de electricidad en la India se reduzca 20.000 megavatios y reducirá las emisiones de CO2 en 80 toneladas anuales, o lo que es lo mismo, ahorrará 6.200 millones de euros al año. Además, la empresa EDF renovables ha desarrollado proyectos solares en el país, 4 plantas solares de 207 MW de capacidad instalada en los estados de Rajasthan, Uttarakhand y Madhya Pradesh.     En el año 2018, India invirtió más de 15 mil millones de dólares en energías renovables, menos del 1% de su PIB, pero se espera que para el año 2032, el 40% de la energía provenga de combustibles no fósiles.

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de Rusia han aumentado un 1% anual en los últimos 5 años. El país más grande del mundo ha emitido 0,46 toneladas de CO2 a la atmosfera por persona en el 2018, una cifra  que duplica a la de Alemania a pesar de que su PIB es la mitad. Recientemente, Rusia ratificó el acuerdo de Paris, comprometiéndose, así, con el cambio climático y a mantener el calentamiento global por debajo de los 2ºC. Rusia es uno de los países que más electricidad consume del mundo, a partir del carbón y petróleo, pero dispone de una vasta extensión de terreno perfecta para la energía solar y eólica. Rusia quiere instalar en la región de Murmansk un parque eólico que suministrará 750 GW/h al año, un proyecto que ahorrara  600.000 toneladas de CO2 en la atmosfera y será el más grande de Rusia. Desde que se dio comienzo al “Programa de apoyo a las energías renovables” en el año 2013, el país ha conseguido atraer 9.200 millones de euros que se han destinado a energía solar, eólica o proyectos de generación de energía mediante la quema de residuos y se espera que el coste de producir energía limpia se equipare a la energía convencional en esta década. Por último, el país espera construir de aquí al año 2024, 210 complejos para el tratamiento de residuos, con lo que se espera organizar el 60% de los residuos que genera todo el país y tendrá un coste de 78.000 millones de Rublos.

China es el país más contamínate del mundo, emite, aproximadamente, el 30% de todo el CO2 mundial a la atmosfera. El pasado mes de noviembre Xi Jinping y Emmanuel Macron calificaron de “Proceso irreversible” el acuerdo de Paris sobre el cambio climático y, exigieron a los países desarrollados a invertir 100.000 millones de dólares anuales de aquí a 2025 para financiar estas acciones. En el año 2017 el 58% de la energía en China provenía del carbón pero, se espera que para el año 2040, esta cifra baje al 32%.

A pesar de sus altos niveles de contaminación, China se ha convertido en el mayor inversor del mundo en eficiencia energética:

[Fuente: IEA World Energy Investment 2019]

China se ha convertido en un importante mercado para la energía fotovoltaica, en el desierto del Gobi y, se espera, que para el año 2030 aumente su consumo de energía no fósil en un 20%. Por último, se espera que para este año 2020 la energía hidroeléctrica instalada alcance los 340GW y la eólica y solar los 230GW y 250GW respectivamente y, se estima que seguirá creciendo en los próximos años debido al compromiso del país con los GEI. Queda añadir que, China, tiene el mercado más grande de coches eléctricos del mundo, en el año 2018 se vendieron más de 1.100.000 vehículos eléctricos, cifra similar a las ventas totales de coches en Mexico y, superando con holgura, las ventas totales en todo el continente africano. Las emisiones de China per cápita en el 2018 fueron de 0,5 toneladas, una cifra muy próxima a la de Rusia a pesar de que su población y PIB es muy superior. Cabe destacar que, China es el país más contaminante del mundo, pero es el país analizado que más ha disminuido sus emisiones de CO2 per cápita en la última década:

[Tabla 1. Emisiones de CO2 totales y per cápita en el año 2018 Vs 2008. Fuente: Datosmacro.com]

A pesar del incidente en la central de Fukushima en 2011, solo Japón ha conseguido, tras el COP21 en París, reducir sus emisiones totales de CO2, siendo estas, en 2008, de 1.213.496 Kts.

La transición de los combustibles fósiles a la energía limpia o verde no es fácil, requiere tiempo, investigación y dinero. Esta transición podría hacerse más rápidamente en las economías avanzadas, pero, las economías en desarrollo aun necesitan de estos combustibles para su desarrollo. Los países hacen esfuerzos para esta transición, pero no será rápida, ni fácil, el principal problema radica en saber si la tierra podrá aguantar hasta que llegue esta transición y dejemos de depender de ellos.

Los próximos años serán cruciales para controlar los gases de efecto invernadero, que alcanzaron el record en el año 2018 y cada año matan a 8,3 millones de personas en todo el mundo, sobre todo en India y China.

Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

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@angelenriquezs

INTERREGNUM: Multilateralismo en el sureste asiático. Fernando Delage

Acaba un año en el que las tensiones económicas y geopolíticas entre Estados Unidos y China parecen haber determinado la evolución del continente asiático. En realidad, este contexto de rivalidad entre los dos gigantes no ha paralizado ni dividido la región. Por el contrario, sin ocultar su preocupación por esta nueva “guerra fría”, el pragmatismo característico de las naciones asiáticas ha permitido avanzar en su integración económica y en la defensa de un espacio político común.

Un primer ejemplo de la voluntad asiática de no dejarse doblegar por el unilateralismo de la actual administración norteamericana fue la decisión de Japón de rehacer el TPP después de haberlo abandonado Washington. Con la participación de otros 10 Estados, el gobierno japonés dio forma a un acuerdo—rebautizado como CPTPP (Comprehensive and Progressive Agreement for Trans Pacific Partnership)—que mantiene abierto el comercio intrarregional pese a la oposición de la Casa Blanca. Un segundo salto adelante se dio en noviembre cuando, con ocasión de la Cumbre de Asia Oriental celebrada en Bangkok, la ASEAN y cinco de los seis socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) lograron cerrar la constitución del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), pendiente ya sólo de su firma en 2020.

La conclusión de este acuerdo comercial entre 15 países que suman un tercio de la población y del PIB global (fue India quien decidió no sumarse en el último momento, aunque podrá incorporarse en el futuro), es uno de los hechos más relevantes del año en Asia. Más allá de integrar a algunas de las mayores economías del planeta, los países de la ASEAN y sus socios del noreste asiático han lanzado un poderoso mensaje contra esa combinación de populismo, proteccionismo y nacionalismo que está haciendo mella en Occidente. Mientras este último se divide, Asia refuerza su interdependencia.

En esa dirección apunta igualmente otra contribución hecha por la ASEAN en el año que termina. Mientras Japón y Australia buscan la manera de redefinir la región mediante un concepto del “Indo-Pacífico” que permita mantener comprometido a Estados Unidos con la seguridad regional, y amplíe el espacio de actuación de India, los Estados del sureste asiático han articulado su propia respuesta, de una manera que protege al mismo tiempo el papel central de la ASEAN en los asuntos regionales.

Su perspectiva sobre el “Indo-Pacífico”, hecha pública en junio, quiere evitar, en efecto, toda posible división de Asia en bloques, haciendo hincapié en su carácter inclusivo y añadiendo una dimensión económica y de desarrollo. La ASEAN intenta corregir así la estrategia formulada con el mismo nombre por Washington con el fin de contener el ascenso de la República Popular China. El RCEP es por tanto mucho más que un mero acuerdo económico: es un instrumento que permite institucionalizar un concepto de Asia que, sin ocultar los diferentes valores políticos de sus miembros, contribuye a la prosperidad económica de todos ellos, y—en momentos de especial incertidumbre geopolítica—facilita la estabilidad estratégica de la región. (Foto: Flickr, foundin-a-attic)

INTERREGNUM: India da un paso atrás. Fernando Delage

La semana pasada, en Bangkok, saltó la noticia: al anunciarse—después de siete largos años de negociaciones—el acuerdo de conclusión de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), India hizo pública su retirada. El abandono de Delhi no resta importancia al que será mayor bloque económico del planeta: los 15 Estados que firmarán el pacto en Vietnam en 2020—los 10 miembros de la ASEAN y cinco de sus principales socios económicos (China, Japón y Corea entre ellos)—suman el 45 por cien de la población mundial y un tercio del PIB global. ¿Por qué ha querido India apartarse de este espacio que se convertirá en un igual de la Unión Europea y de NAFTA?

Aunque es conocida la inclinación india hacia el proteccionismo—una filosofía que sigue guiando a sus autoridades desde la independencia—, el temor a que su participación en RCEP condujera a un rápido incremento de su ya notable déficit bilateral con China ha sido el principal argumento esgrimido por Delhi. Sin embargo, era el mismo gobierno indio el que hace solo unas semanas advertía del riesgo de aislamiento que supondría quedar fuera del acuerdo. Recurrir ahora, como se ha hecho, a la defensa de los intereses nacionales como justificación en contra de la adhesión sólo sirve para hacer evidente el peso político de la agricultura y otros sectores protegidos. El primer ministro, Narendra Modi, ha preferido mantener la popularidad de su liderazgo—en mayo revalidó su mayoría absoluta—, en vez de sumarse a un marco institucional y normativo que hubiera facilitado la realización de las reformas estructurales que India necesita.

Pese al comprensible temor al aluvión de importaciones chinas, India ha demostrado que no está preparada para firmar un acuerdo multilateral con otras grandes economías. Más graves son, con todo, las implicaciones de la decisión para el desarrollo económico y la proyección diplomática del país. Modi ganó sus primeras elecciones nacionales en 2014 con el compromiso de reactivar el crecimiento mediante el impulso de la industria, un imperativo clave para la creación de empleo para cientos de millones de jóvenes indios. En una era en la que las manufacturas no pueden prosperar al margen de las redes transnacionales de producción y distribución, redes que a partir de ahora estarán dominadas en Asia por el RCEP, no resulta claro cómo podrá India transformar la estructura de su economía.

Con su decisión, India ha renunciado a una gran oportunidad para convertirse en un mercado competitivo. En vez de involucrarse con sus Estados vecinos, sus políticos se han dejado secuestrar por intereses sectoriales locales. El mensaje de que no hay voluntad política para avanzar en las reformas no ayudará a la atracción de inversión extranjera. Por otra parte, también cabe dudar de las ambiciones indias de aumentar su influencia política en la región: la “Act East policy” de Modi parece haber quedado sepultada por su rechazo del RCEP. Asia ha dado un nuevo salto adelante en su integración, del que India se ha autoexcluido.

La ironía es que China vuelve a ganar, al quedar en solitario como economía central del nuevo bloque. La no participación de Delhi en el RCEP se suma al anterior abandono del TPP por Estados Unidos tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, facilitando la ocupación por Pekín de un espacio geoeconómico cada vez mayor. ¿Recapacitará Modi para no perder este tren? Sus socios le han dejado la puerta abierta.

INTERREGNUM: Macron en Pekín, Merkel en Delhi. Fernando Delage

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, visita esta semana China por segunda vez desde su llegada al Elíseo. Con posterioridad a su viaje anterior, en 2018, la Unión Europea adoptó una posición más firme con respecto a la República Popular, calificada en un documento estratégico del pasado mes de marzo como “rival sistémico”. Macron ha sido uno de los líderes europeos que de manera más explícita ha defendido esta aproximación, convencido de que, en el contexto de enfrentamiento entre Washington y Pekín, Europa se juega en buena medida su futuro como actor internacional. La cercanía de un acuerdo entre ambos gigantes—aunque de momento en el aire por la cancelación en Chile de la cumbre de APEC—puede hacer de la UE la próxima diana de la agresividad comercial de Trump.

El problema, una vez más, es cómo la exigencia de cohesión reclamada por Bruselas es olvidada en la práctica. Aunque ésta hubiera sido la ocasión para dar un impulso a las interminables negociaciones de un acuerdo bilateral de inversiones entre la Unión y China, Macron ha viajado en nombre de los intereses franceses más que de los europeos. Una visita conjunta de Macron y de la canciller alemana, Angela Merkel—que juntos, y acompañados por el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, ya recibieron al presidente chino, Xi Jinping, en París en marzo—hubiera obligado a Pekín a prestar mayor atención a la posición europea. Por el contrario, Macron ha ido a China sólo dos meses después de haberlo hecho Merkel, acompañada—como el presidente francés—por los grandes empresarios de su país.

Resulta llamativo que Macron llegara a la República Popular 48 horas después de que Merkel terminara una visita oficial a India. La guerra comercial entre China y Estados Unidos empuja a Alemania a abrirse un mayor espacio en esta enorme economía, tercera del planeta en términos de paridad de poder adquisitivo, que representa sin embargo menos del uno por cien de sus exportaciones. Durante demasiado tiempo, la política asiática de Alemania se ha centrado en China, sin apenas dirigir su mirada al gigante indio. El conocido laberinto regulatorio del país, y el abandono por Delhi de un acuerdo de protección de inversiones en 2016, no han contribuido a atraer a los inversores alemanes. De ahí que Merkel, quien ha firmado una veintena de acuerdos de cooperación durante su visita, haya hecho hincapié en la necesidad de retomar la negociación del acuerdo de libre comercio entre India y la UE, prácticamente en suspenso desde 2013.

El problema con India es quizá que Alemania se ha enfocado demasiado en las cuestiones comerciales, a costa de la dimensión diplomática y estratégica, que no obstante incluye hoy asuntos como las inversiones en infraestructuras o la telefonía móvil de quinta generación. Ahora bien, ¿qué margen de maniobra tiene Berlín por sí solo para dar forma a una relación equilibrada entre los dos gigantes asiáticos, ambos con una compleja relación entre sí? En septiembre de 2020, Merkel será la anfitriona en Leipzig de la cumbre UE-China, que se celebrará bajo un nuevo formato: asistirán los 27 jefes de gobierno europeos. Será una oportunidad sólo útil si Alemania y Francia coinciden en apoyar una política común hacia la República Popular y si, por otra parte, esa política responde a un contexto geopolítico que también incluye a India y Japón, así como a esa incierta variable que es hoy la relación transatlántica.

Australia y Estados Unidos consolidan su alianza. Nieves C. Pérez Rodríguez

La visita del primer ministro australiano, Scott Morrison, a Washington ha sido una de las más ceremoniosas y cuidadas que ha organizado la Administración Trump, incluidos todos los honores protocolarios, la revista de tropas y la cena oficial que tuvo lugar en los jardines de la Casa Blanca, acompañada por músicos que llenaron múltiples lugares del famoso oasis y una iluminación especialmente diseñada para la ocasión que marcaba diferencia a otras galas de este tipo.

Esta es la segunda visita de Estado en la que Trump y la primera dama fueron los anfitriones. La anterior fue la visita del presidente francés Macron y su mujer. Y en esta ocasión se notó más opulencia que en la anterior. Además del ostentoso recibimiento en la capital del país, la visita incluyó un viaje a Ohio para visitar una cartonera sostenible de origen australiano que es la quinta más grande en los Estados Unidos y que acaba de hacer una inyección económica millonaria que se traduce en 5.000 nuevos empleos en ese Estado.

En los discursos de ambos líderes se remarcó la importancia que tiene generar empleos y cómo ellos contribuyen a que la economía se mantenga a flote. Así mismo fue visible ver las coincidencias en ambos líderes en una visión similar de mercado, donde se genera trabajo y se bajan impuestos para garantizar el bienestar del ciudadano.

Tanto Trump como Morrison son líderes un tanto controvertidos en sus formas, lo que les permite entenderse y estar cómodos el uno con el otro. Ambos, situados en ideologías conservadoras, aprovecharon el momento para elogiarse por su visión en políticas económicas.

Morrison asumió el cargo de Primer Ministro en 2018, aunque cuenta con experiencia política previa. Hijo de un policía que creció en las afueras de Sydney, es visto como un hombre de familia que entiende los valores tradicionales de los suburbios australianos.

La anterior visita de un primer ministro australiano a Washington fue en 2006, durante el mandato de George W. Bush, por lo que esta vez se aprovechó para afianzar alianzas y cercanías entre Washington y Sydney.

En esta ocasión los temas claves que se abordaron fueron asuntos de inteligencia, militares y asuntos económicos con especial énfasis en la región del Indo Pacífico.

Australia está invirtiendo más de 100 millones de dólares en un programa de la NASA que consiste en otro lanzamiento al espacio en el programa estadounidense a Marte. Australia quiere ampliar su sector espacial, triplicar su tamaño y, tal y como afirmó Morrison, generar 20.000 empleos adicionales para el 2030. La NASA y la Agencia australiana espacial trabajaran en conjunto para el desarrollo de estos programas de investigación y ejecución.

Cabe mencionar que la agencia espacial Australia fue fundada en julio del 2018, después de muchos años de intentos por los defensores de la industria en Australia y presión para que así fuera. Cuenta con un irrisorio presupuesto anual de 9.8 millones de dólares. Y este anuncio hecho en el marco de la visita de Morrison deja claro la prioridad que ocupa este sector en su gobierno y lo afín que están con los estadounidenses en esta materia, que es considerada crítica en la seguridad nacional y la hegemonía mundial.

El fin de semana lo cerró Trump en un evento cultural que tuvo lugar en Texas en el que participó junto con su homólogo indio Narendra Modi, y que contó con 50.000 participantes, lo que es un número extraordinariamente numeroso para una concentración de un líder extranjero en territorio estadounidense. El simple hecho de que Trump asistiera y compartiera escenario con Modi en un lugar mayoritariamente demócrata, es una muestra de la importancia que tienen el Indo Pacífico para su Administración.

Trump es un presidente atípico, tanto es así que después de tres años seguimos insistiendo en sus formas burdas y muy poco diplomáticas, en sus controvertidos comentarios e incluso en su poca información y cultura en temas claves para los Estados Unidos, pero, a pesar de todo esto, parece no estar tan equivocado en su guerra comercial con China como mecanismo de freno a tantas irregularidades. Así como tampoco parece equivocarse en consolidar la alianza Washington con Sydney que oportunamente puede jugar un rol en el Pacífico y en la necesidad de poner freno a Beijing en la región, y con consecuencias en el resto del mundo.

Nuevo curso, problemas pendientes

Comienza el nuevo curso político y parece que estamos en un inmenso bucle. No sólo en España. Ahí está el tira y afloja de la disputa comercial chino-norteamericana, las pruebas de misiles desde Corea del Norte mientras se espera algún avance en el despliegue de lo acordado en los encuentros con Estados Unidos, el eterno conflicto de Oriente Medio y las tensiones con Irán. El paréntesis vacacional nos ha devuelto al punto cero.

Sin embargo, por debajo de la superficie que los medios de comunicación y los dirigentes políticos han decretado, han pasado cosas. En Europa la nueva Comisión sigue sin arrancar mientras Gran Bretaña no sale del laberinto del brexit; Putín aumenta la presión ligeramente y espera, la economía balbucea y crecen los recelos ante la inmigración en medio de la impotencia política.

También en Asia han pasado cosas. India y Pakistán han resituado sus fuerzas políticas y militares al borde del conflicto siempre a punto de estallar y siempre en medio de alguna negociación. Pero la gran novedad asiática, como hemos venido contando en 4Asia la ha protagonizado Hong Kong. Miles de manifestantes han hecho retroceder al gobierno local tutelado por China observados con esperanza y contención en Taiwán y preocupación en Pekín, que sabe que no tiene las manos completamente libres para aplastas militarmente las protestas si fuera necesario pero que tiene que enviar un mensaje de fortaleza al resto de China.

Ese va a ser el escenario en los próximos meses. Viejos problemas, nuevos factores y pocas iniciativas nuevas, A veces, la combinación de estos elementos sube varios grados las amenazas de un problema.

Interregnum: El supercontinente euroasiático. Fernando Delage

Gobiernos y expertos del mundo entero continúan inquietos—y fascinados a un mismo tiempo—por la iniciativa de la Ruta de la Seda china (BRI); un plan con el potencial de acabar con el eje euroatlántico como pilar central de la economía global, y con el liderazgo marítimo de Estados Unidos en Asia oriental. Pero las estrategias de este alcance suelen tener antecedentes: más que responder a un proyecto previamente elaborado, son la suma de una serie de variables que, en un momento determinado, dan coherencia a objetivos dispares. Y aunque es cierto que este proyecto aspira a situar a China en el centro de una Eurasia integrada, la República Popular no es la única causa.

La creciente interdependencia de la mayor masa continental del planeta era, en efecto, un proceso ya en marcha antes de que, en septiembre de 2013, Xi Jinping pronunciara en Kazajstán su ya famoso discurso sobre la revitalización de la Ruta de la Seda. Si las reformas económicas chinas supusieron un primer giro en la transformación de la dinámica euroasiática, la implosión de la Unión Soviética y la ampliación en dirección oriental de la Unión Europea contribuyeron igualmente a superar las barreras políticas que habían obstaculizado las interconexiones en un espacio carente de obstáculos geográficos. La crisis financiera global y el cambio en la relación de Rusia con Occidente tras el conflicto de Ucrania aceleraron ese proceso, que BRI no hace sino maximizar en beneficio de China, por su situación geográfica y por sus imperativos de crecimiento y de seguridad.

Aun así, los elementos geoeconómicos y geopolíticos no sirven para explicar en su totalidad este fenómeno de la reconexión euroasiática. Como analiza en profundidad Kent Calder, profesor de la Johns Hopkins University en Washington, en un libro de reciente publicación (Supercontinent: The logic of Eurasian integration, Stanford University Press, 2019), hay otros tres relevantes factores que también explican este resultado. El primero de ellos es la energía: la cercanía entre grandes productores (Rusia, Asia central y Golfo Pérsico) y grandes consumidores asiáticos (China, India, Corea y Japón) ha desatado una red de relaciones sin precedente. El segundo es la revolución logística: la aplicación de la tecnología digital al transporte y distribución en la era del comercio electrónico ha simplificado de manera extraordinaria los procedimientos, y reducido de manera exponencial los costes, acelerando igualmente las interconexiones. La existencia de nuevas fuentes de capital—a través de instrumentos creados para superar el déficit de infraestructuras, como los bancos multilaterales creados por China—hacen de las finanzas el tercer factor creador de esta Eurasia en formación.

La dinámica de los mercados, y las estrategias de las empresas multinacionales—de China y Europa en especial, cada vez más cerca al moverse en cada una de ellas el centro de gravedad de las cadenas de producción y distribución: en la República Popular hacia sus provincias occidentales, y en Alemania hacia Europa del Este—se solapan así con las prioridades de crecimiento de los gobiernos. Es una dinámica que, a su vez, amplifica los intereses y ambiciones políticas de las potencias emergentes, alterando así el tablero global.

Éste es el gran desafío histórico que afronta Occidente. Estados Unidos, que no está físicamente en Eurasia, rechazó bajo la administración Trump la mejor arma de la que disponía para influir en esta reconfiguración de los equilibrios euroasiáticos: el Trans-Pacific Partnership, o TPP. Intenta ahora inútilmente—porque provocará lo contrario—frenar la autosuficiencia comercial y tecnológica china. El refuerzo de sus capacidades militares en el Pacífico Occidental y en el océano Índico tampoco servirá para contrarrestar su pérdida de liderazgo, pues no es en ese terreno donde se juega la redistribución de poder en curso. Europa, gigante industrial junto a China en Eurasia, se sitúa para aprovecharse de las oportunidades económicas, pero no parece preocupada por su marginalidad estratégica. (Foto: Akshay Upadhayay)

INTERREGNUM: La bipolaridad que llega. Fernando Delage

La reunión del G20 en Japón ha servido para confirmar cómo la rivalidad entre Estados Unidos y China está creando un nuevo orden bipolar, a cuyas tensiones nadie puede escapar. Muchos de los países miembros del G20 comparten los temores de la administración norteamericana con respecto a las intenciones de la República Popular, pero les preocupa que la guerra comercial entre ambos pueda destruir el sistema económico global.

China no puede compararse a ningún rival anterior: si Estados Unidos y la Unión Soviética llegaron a tener unos intercambios comerciales de 2.000 millones de dólares al año, esa es la cifra del comercio diario entre Washington y Pekín. La administración Trump cree que la mejor manera de evitar que China acabe con su estatus de primacía pasa por romper la interdependencia ente las dos economías, pero la República Popular se encuentra en el centro de las cadenas globales de producción y distribución, de las que el mundo entero depende para su propia prosperidad.

Con todo, la competencia comercial y tecnológica es expresión en último término de un reajuste de los equilibrios geopolíticos. De ahí que cuando se señala que, al contrario que en el caso del conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la rivalidad con China es de naturaleza económica, se pierden de vista otras variables estratégicas también en juego, como la búsqueda por Pekín de socios que puedan formar parte de su mitad del tablero. Uno de especial relevancia entre ellos, teniendo ya China a Rusia a bordo, es India. Como se indicó en esta columna hace un par de semanas, el encuentro de Xi Jinping y Narendra Modi con ocasión de la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai puso de relieve los esfuerzos chinos por romper las suspicacias de Delhi acerca de la iniciativa de la Ruta de la Seda. Ambos líderes celebrarán una reunión informal en India en octubre, para volver a encontrarse en la cumbre de los BRICS en Brasil en noviembre.

Los movimientos de Pekín no pueden por lo demás interpretarse sin tener también en cuenta los de Moscú. Rusia, en efecto, también quiere asegurarse la activa participación de India en el proceso de integración euroasiático que impulsa junto a China, y aprovechar la oportunidad que representan los desplantes de Trump a Delhi. Pese a la visita a India la semana pasada del secretario de Estado, Mike Pompeo, y de la retórica sobre la asociación estratégica entre las dos mayores democracias del mundo, las sanciones comerciales que le ha impuesto la Casa Blanca—por la compra de armamento a Rusia, y de petróleo a Irán—no despejarán las dudas indias sobre la consistencia norteamericana. La asistencia de Modi como invitado de honor al foro económico de Vladivostok a principios de septiembre, ilustra asimismo el interés de Vladimir Putin por revitalizar el triángulo Pekín-Delhi-Moscú, una iniciativa diseñada hace veinte años por ese gran estratega que fue el exministro de Asuntos Exteriores y exprimer ministro ruso Yevgheni Primakov, con el fin de minimizar la influencia internacional de Estados Unidos.

En este juego de tronos euroasiático, resulta inevitable concluir con una pregunta recurrente: ¿Y Europa? (Foto: Marek Choloniewsky)

INTERREGNUM: Modi renueva. Fernando Delage

Después de tres décadas de fragmentación política, expresada en sucesivos gobiernos de coalición integrados por un número cada vez mayor de partidos locales y regionales, el Bharatiya Janata Party (BJP) obtuvo una rotunda mayoría en las elecciones indias de 2014. Su candidato, Narendra Modi, prometió a los votantes la recuperación de un alto ritmo de crecimiento económico, la erradicación de la corrupción y un salto cualitativo en el estatus internacional del país. El proceso electoral que comenzó en abril, y cuyos resultados finales se dieron a conocer el 24 de mayo, constituyó por tanto un referéndum sobre Modi y sus compromisos. Pero también sobre un determinado modelo de nación.

La amplia renovación de su mayoría revela que su victoria en 2014 no fue sino el anticipo de una reconfiguración de la escena política nacional. El BJP, brazo político del nacionalismo hindú, ha sustituido al Partido del Congreso—la organización que lideró la lucha anticolonialista y mantuvo la hegemonía parlamentaria durante décadas tras la independencia—, como principal fuerza dominante. Las elecciones también implican por tanto el ascenso de la identidad hinduista frente al secularismo y multiculturalismo que impregnó la filosofía política de Gandhi y de Jawaharlal Nehru, así como de los descendientes de este último al frente del Congreso.

La primera cuestión que se plantea tras su reelección es cómo utilizará Modi su reforzado mandato para avanzar en su promesa original de creación de empleo y oportunidades económicas. India afronta graves desafíos, como un persistente déficit fiscal, una modesta inversión privada o la debilidad estructural del sistema financiero. En sus primeros cinco años, Modi ha evitado las grandes reformas: no ha privatizado las empresas estatales deficitarias, ni modernizado la restrictiva legislación laboral, como tampoco ha reformado el mercado del suelo o el sistema bancario, aún dominado por el Estado.

Otra serie de asuntos tienen que ver con la política exterior. Modi ha desplegado un activismo internacional sin precedente desde que fue elegido en 2014. El primer ministro es consciente de que el imperativo interno del desarrollo social y económico es inseparable de un mayor papel de India en el sistema internacional. Pero ¿qué consecuencias tendrá este auge nacionalista para las relaciones de India con sus vecinos y Asia en su conjunto?

La escalada de tensión con Pakistán tras los atentados de febrero en Cachemira, y la firmeza mostrada por Modi, han sido sin duda uno de los motivos por el que los indios le han renovado la mayoría. Cabe esperar que el primer ministro reanude tras las elecciones el interrumpido diálogo diplomático con Islamabad, aunque también puede dudarse de que éste vaya a conducir a la estabilidad en el subcontinente. La presencia de Modi en la próxima cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) el 13-14 de junio, donde se encontrará con su homólogo paquistaní, Imran Khan, dará no obstante algunas pistas.

Pero el juego mayor consiste en seguir maximizando su posición de equilibrio entre China y Estados Unidos. La manera positiva en que Pekín ha saludado la reelección de Modi, y la menor hostilidad pública de este último hacia la iniciativa de la Ruta de la Seda, permite pensar en una etapa de cierto acercamiento diplomático y económico pese a sus intereses estructurales en conflicto. La incertidumbre que crea Trump para ambos es un poderoso motivo de conciliación.

Con todo, el mayor desafío de Modi es el proporcionar los medios para poder hacer realidad sus ambiciones de convertirse en un elemento central del equilibrio de poder en Asia. Su “Act East policy”, con la que trataba de insuflar nueva fuerza a la más modestamente denominada “Look East” de sus antecesores, no se ha traducido en iniciativas concretas o en la aportación de la financiación necesaria. Antes de que termine su segundo mandato, India será el país más poblado del planeta e irá camino de convertirse en la tercera mayor economía en PIB nominal. Los condicionantes internos seguirán frenando, sin embargo, su papel como gran potencia.