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INTERREGNUM: La amistad indo-rusa. Fernando Delage

Mientras democracias y sistemas autoritarios se consolidan en dos grandes bloques geopolíticos (Estados Unidos y sus aliados vs. China y Rusia), división reiterada esta misma semana por la cumbre de las democracias convocada por el presidente norteamericano, algunos países juegan a dos cartas en su política exterior. Entre ellos, pocos tan relevantes como India, que esta semana ha celebrado su cumbre anual con Rusia después de que se cancelara la del pasado año por primera vez en dos décadas.

La reunión de Narendra Modi y Vladimir Putin del 6 de diciembre supone el vigésimo encuentro entre ambos desde 2014, confirmando la estabilidad de una relación que parece ajena a los cambios regionales y globales. Rusia nunca ha dejado de apoyar a India en los foros internacionales, mientras que India no se sumó a las críticas a Moscú por el conflicto de Ucrania, un hecho que no le resulta incompatible con su creciente alineamiento con Washington frente a China. Fue Rusia quien presionó para incorporar a India a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), mientras que Delhi ha proporcionado a Moscú el estatus de socio en la Asociación de la Cuenca del Océano Índico (IORA en sus siglas en inglés) el pasado 17 de noviembre, dándole así entrada en los asuntos del subcontinente. Sus dos gobiernos coordinan asimismo sus respectivas acciones en Afganistán.

La realidad de su acercamiento se ve ratificada por la puesta en marcha el 6 de diciembre de un proceso 2+2, es decir, encuentros conjuntos de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, y por la próxima recepción por India de sistemas de misiles rusos S-400 y rifles de asalto AK-203, pese a la obvia inquietud de Estados Unidos (es un acuerdo que podría incumplir las sanciones impuestas por Washington a Moscú). La compraventa de armamento ha sido un pilar tradicional de las relaciones bilaterales—se estima que en torno al 65 por cien de los equipos de armamento de las fuerzas armadas indias tienen origen ruso—y se espera la firma de un acuerdo de 10 años sobre transferencia de tecnología militar.

Salvo por este capítulo, los intercambios económicos constituyen el elemento más débil de la relación. El comercio bilateral apenas superó en 2019-20 los 10.000 millones de dólares (muy por debajo de los 100.000 millones de dólares que representan los intercambios indios con China y con Estados Unidos), aunque se ha fijado el objetivo de alcanzar los 30.000 millones de dólares en 2025. No son economías complementarias, ni hay verdadero interés empresarial por ninguna de las partes.

El principal dilema de Delhi es diplomático. Contentar a la vez a Washington y a Moscú no va a ser fácil, especialmente en un contexto en el que se agravan las tensiones entre estos dos últimos. Tampoco lo será para Rusia conjugar su relación triangular con Pekín y Delhi. Pero de la misma manera que la independencia estratégica es la principal seña de identidad de la política exterior india, Moscú necesita a Delhi para hacer realidad sus proyectos euroasiáticos. Como escribe Dimitri Trenin, analista del Carnegie Endowment, ya que Rusia no cuenta con las capacidades para dominar Eurasia, sí podría desempeñar en cambio un papel clave en el mantenimiento del equilibrio continental, objetivo que dependería de la consecución de un entendimiento Rusia-India-China (y obligaría por tanto a Moscú a mediar para mejorar la relación entre Delhi y Pekín).

El entorno geopolítico se transforma a gran velocidad, pero Rusia e India siguen teniendo pues, como se ve, una considerable relevancia para el otro en sus respectivos cálculos estratégicos.

China-India, vuelve a subir la tensión

En las últimas semanas, India está reforzando sus posiciones militares en la frontera con China, desplegando más unidades y exhibiendo armas de fabricación estadounidense en medio del parón en las negociaciones entre ambos países sobre la crisis fronteriza en el Himalaya.

Varios factores llevan a esta confrontación, pero la raíz es la rivalidad entre ambos por sus objetivos estratégicos. India y China comparten una frontera de más de 3.440 kilómetros y tienen reclamaciones territoriales superpuestas. Desde los años 50, China se ha negado a reconocer las fronteras diseñadas durante la era colonial británica.

En 1962, eso llevó a una breve pero brutal guerra entre ambos países, que acabó con la humillante derrota militar de India.

Desde el conflicto bélico, las dos naciones asiáticas se han acusado mutuamente de ocupar su territorio. India asegura que China está ocupando 38.000 kilómetros cuadrados de su territorio, que tiene que ver con el área donde ocurrió la actual confrontación. China, por su parte, reclama la soberanía de todo el estado indio de Arunachal Pradesh, al que llama Tíbet del sur. También hay otros sectores donde ambos países tienen diferentes visiones sobre dónde se sitúa la frontera, como por ejemplo en la inflamable frontera de Cachemira donde confluyen límites de China, India y Pakistán, en la que estos dos países, dotados de armas nucleares, están en guerra, de baja o de gran intensidad según los tiempos, por el control de la región.

Tras  los sucesos de junio de 2020, en los que murieron 21 soldados indios sin que China haya dado datos de bajas propias, se constituyó un comité chino-indio de distensión para poner orden en las disputas fronterizas que no ha avanzado nada en sus propósitos. Entretanto India ha seguido profundizando su acercamiento a Estados Unidos y Europa enfriando un tanto sus tradicionales lazos con Rusia.

Según fuentes rusas, el suministro de helicópteros estadounidenses Chinook, obuses ultraligeros y fusiles, así como misiles de crucero y sistemas de vigilancia de fabricación nacional, se centra en la meseta de Tawang, en el noreste de la India, una zona reclamada por China y controlada por la India que es colindante con Bután y el Tíbet.

Las armas de producción estadounidense fueron adquiridas en los últimos años en el marco de una cooperación militar entre EE.UU. y la India que se ha profundizado ante el aumento de presencia militar de China en la región asiática.

La semana pasada, los militares indios mostraron su capacidad ofensiva a un grupo de periodistas en esa zona, ubicada en el estado de Arunachal Pradesh. “El Cuerpo de Ataque Alpino se encuentra completamente operativo. Todas las unidades, incluidas las de combate y de apoyo, están completamente preparadas y equipadas”, dijo el teniente general Manoj Pande, comandante del Ejército Oriental de India, a la agencia Bloomberg.

Decididamente, avanza la recomposición estratégica en la gran región Asia Pacífico, con repercusiones planetarias, a la que Estados Unidos va a dedicar esfuerzos prioritarios en la próxima década y en la que Europa, una vez más, va a ser en todo caso un actor secundario.

INTERREGNUM: India y Europa: ¿vidas paralelas? Fernando Delage

Tras la retirada norteamericana de Kabul, para China resulta prioritario integrar a Afganistán en el orden euroasiático que aspira a crear. Siendo consciente de que el país puede convertirse en una ratonera estratégica, es improbable que recurra a sus capacidades militares: sus instrumentos de preferencia serán económicos. El hecho de que los Estados vecinos compartan el mismo interés de Pekín por la estabilidad de Asia central supone una ventaja añadida para China, que no puede permitirse un Afganistán aislado si quiere hacer de su primacía en Eurasia una de las claves de su desafío al poder global de Estados Unidos.

Estas circunstancias en principio favorables no eliminan, sin embargo, los obstáculos con que puede encontrarse la República Popular. El ataque del que fueron objeto nacionales chinos en Gwadar—punto de destino del Corredor Económico China-Pakistán—por parte de unidades del Ejército de Liberación de Baluchistán el pasado 20 de agosto (cuarto atentado contra intereses chinos en Pakistán en lo que va de año), es un ejemplo del tipo de conflictos en los que puede verse atrapada. Por otra parte, si el abandono norteamericano tiene como motivación reforzar su estrategia marítima en el Pacífico occidental y hacer realidad el “pivot” de Obama que nunca se materializó del todo, China tiene nuevas razones para preocuparse.

Con todo, entre las múltiples ramificaciones de los sucesos en Afganistán, dos actores especialmente expuestos son India y Europa. Al contrario que Estados Unidos, la cercanía geográfica de ambos les hará sufrir en mayor grado el problema de refugiados que se avecina, así como el riesgo del terrorismo. Pero aunque compartan unos mismos problemas, los efectos pueden ser diferentes: quizá Delhi opte por acercarse aún más a Washington, mientras que los europeos no podrán dilatar por mucho más tiempo el imperativo de su autonomía estratégica.

Para India, el contexto de seguridad se ha complicado enormemente. Pakistán es el gran protector de los talibán, como lo es también de los grupos separatistas que en Cachemira luchan contra India. A la interacción estructural entre las dos disputas se suma el hecho de que China tendrá ahora que profundizar en sus contactos con la inteligencia paquistaní para estar al tanto de la situación en Afganistán. Pekín se encuentra así con una oportunidad para incrementar la presión sobre India, agravando el temor del gobierno de Narendra Modi a verse “rodeado” en sus fronteras terrestres.

Para Europa se exacerban, por su parte, los dilemas derivados de la erosión del orden internacional liberal. El desastre afgano ha puesto de relieve su déficit de capacidades si no puede contar con Estados Unidos, mientras se acerca en los próximos meses una probable ola de refugiados que, de manera inevitable, provocará nuevas tensiones con Turquía e Irán, a la vez que obligará a Bruselas a algún tipo de acercamiento a Islamabad.

La necesidad de aprender a pensar estratégicamente obliga por lo demás a la reconfiguración del proyecto europeo, pero los ciclos electorales internos, el temor a la opinion pública y las presiones presupuestarias se imponen sobre las prioridades geopolíticas. Aunque la Comisión Europea parece tenerlo claro, la voluntad de buena parte de los gobiernos de los Estados miembros sigue ausente, como se puso de manifiesto en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa la semana pasada. Los líderes nacionales pueden, con excepciones, seguir metiendo la cabeza en la arena, pero el orden que surgió tras la implosión de la Unión Soviética ha muerto definitivamente. Y, en el que se avecina, India tiene un considerable potencial como socio europeo.

INTERREGNUM: El socio indio. Fernando Delage

La cumbre Unión Europea-India del 8 de mayo ha marcado el comienzo de una nueva etapa en la relación entre ambas potencias. India parece decidida a prestar mayor atención diplomática a Europa, mientras esta última está igualmente dispuesta a dedicar un mayor esfuerzo a estrechar sus vínculos con Delhi. La coincidencia de sus motivaciones explica este acercamiento, que tendrá que demostrarse no obstante en los hechos.

El anuncio más significativo del encuentro (virtual) de la semana pasada es el de la reactivación de las negociaciones sobre un acuerdo de libre comercio, comenzadas en 2007 pero interrumpidas desde 2013. La falta de un pacto no ha impedido, sin embargo, el rápido crecimiento de los intercambios económicos. La UE es el tercer socio comercial de India (con 63.000 millones de dólares en 2020), y el segundo destino de las exportaciones indias (representa el 14 por cien del total) tras Estados Unidos. Después de que Delhi abandonara la Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés) con sus vecinos asiáticos el pasado año, la UE puede proporcionarle una alternativa al gobierno indio. Aun así, los tradicionales recelos indios hacia el libre comercio podrían conducir más bien a un mero acuerdo en materia de inversiones.

Aunque por razones inversas (era Pekín quien quería un acuerdo de libre comercio), es justamente lo que ocurrió entre la UE y China. Y es la perspectiva de que el acuerdo sobre inversiones firmado a finales de diciembre entre ambas partes no sea finalmente ratificado por el Parlamento Europeo, lo que a su vez amplía el interés de Bruselas  por India. Además de beneficiarse de manera directa de su ascenso económico, la UE puede continuar diversificando su apuesta estratégica por Asia más allá de China, como ya ha hecho con Japón, Corea del Sur y la ASEAN.

Una asociación más estrecha con la UE le puede también resultar útil a Delhi para el desarrollo de sus capacidades internas. De ahí que, además de la discusión sobre asuntos comerciales, se hayan firmado acuerdos relacionados con la interconectividad y la promoción conjunta de proyectos de infraestructuras—de transportes, digitales y de energía—que puedan competir con la Nueva Ruta de la Seda china. Europa completaría de este modo las iniciativas ya puestas en marcha por India con Japón—como el Corredor de Crecimiento Asia-África—, aunque no puede decirse que se hayan producido avances significativos desde su anuncio en 2017.

En último término, la verdadera relevancia de la cumbre estriba en su simbolismo: las tensiones con China han llevado a Europa y a India a verse bajo una nueva perspectiva. Para el primer ministro Narendra Modi, la UE se ha convertido en una prioridad con la que debe rehacer los mecanismos de interlocución una vez que Reino Unido ha desaparecido como principal vía de acceso tras el Brexit. Por su parte, al declarar su intención de reforzar la relación con India, Bruselas confirma su intención de hacer de este país uno de los pilares de su estrategia hacia Indo-Pacífico, cuya versión final se espera para septiembre. La dimensión geopolítica queda implícita, y coincide con la reciente sugerencia del secretario general de la OTAN de impulsar la cooperación con India en temas de seguridad internacional.

Surge, con todo, un incierto escenario ante el dramático impacto de la pandemia en India. La ayuda de la UE y sus Estados miembros a la crisis sanitaria y social en curso no se ha hecho esperar, con el envío de ayuda médica de urgencia por valor de 100 millones de euros. Pero las consecuencias para la evolución económica del país, sumado a la regresión democrática que atraviesa por la agenda hinduista del partido en el gobierno, pueden obstaculizar los planes previstos.

INTERREGNUM: Asia marca el ritmo. Fernando Delage

Después de ocho años de negociaciones, y coincidiendo con la celebración de la cumbre de la ASEAN en Hanoi, los ministros de Comercio de 15 países firmaron el domingo 15 de noviembre la Asociación Económica Regional Integral (Regional Comprehensive Economic Partnership, RCEP). Aun sin la participación de India—que abandonó su participación el pasado año por temor al impacto del acuerdo sobre su industria y agricultura—, el nuevo bloque constituye la mayor área de libre comercio del mundo, al representar el 30 por cien de la población (2.200 millones) y del PIB (26.200 billones de dólares) global. En una era de polarización política y de desconfianza en la globalización y el multilateralismo en Occidente, las naciones asiáticas han optado por el camino opuesto y confirmado su voluntad de compartir unas mismas reglas económicas.

El pacto entre los diez Estados del sureste asiático y los socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda), representa por sí mismo un logro histórico. Desde el lanzamiento de la iniciativa en 2011 no han faltado los obstáculos: del auge de las fuerzas proteccionistas al deterioro de la relación de Pekín con sus Estados vecinos; de la retirada de un gigante como India a la pandemia del COVID-19. Que, frente a unas circunstancias tan adversas, países con sistemas políticos diversos y diferentes niveles de desarrollo hayan culminado la negociación, es prueba de su interés común por un proceso de integración regional que no sólo reconfigurará el mapa económico y estratégico del Indo-Pacífico, sino también la interacción del continente con Estados Unidos y con la Unión Europea.

La reducción de las barreras al comercio y a la inversión intrarregionales conducirá a una mayor interdependencia entre los miembros, para quienes las relaciones económicas con países terceros ya no serán tan determinantes. En un contexto de rivalidad entre Estados Unidos y China, la RCEP ofrece nuevos instrumentos a sus gobiernos para buscar soluciones panasiáticas a los desafíos del crecimiento. La ASEAN ve satisfechos sus objetivos de permanecer en el centro de la arquitectura regional, y la República Popular queda vinculada a una estructura multilateral que condicionará su tradicional inclinación por las fórmulas bilaterales, pero multiplicará su influencia económica (es decir, el resultado que quiso evitar Obama con el TPP). Pese a ser la mayor economía del grupo, la preocupación por un posible dominio chino queda asimismo equilibrado por la combinación de países avanzados (como Japón, Corea del Sur y Australia), con otros en desarrollo (como Indonesia o Vietnam). India ha preferido descolgarse del grupo, lo que frenará su ascenso pero no el de la región—que preferirá invertir en la ASEAN—, aunque se le ha dejado la puerta abierta para incorporarse en el futuro.

Con todo, más que el impacto directo del desarme arancelario—que requerirá aún unos años conforme al calendario establecido—, importa destacar las consecuencias económicas más inmediatas, así como el mensaje político de la operación. Con respecto a lo primero, el acuerdo facilitará en gran medida la restauración de las cadenas de valor interrumpidas por la pandemia, haciendo de Asia el motor de la recuperación global, por delante de otros continentes. En el terreno político hay que añadir el hecho de que la RCEP representa la primera área de libre comercio entre las tres grandes economías del noreste asiático—China, Japón, y Corea del Sur—que negociaban desde 2012 su propio acuerdo trilateral. Pero, sobre todo, la ausencia de Estados Unidos—tanto del RCEP, como del CPTPP (es decir, el antiguo TPP tras la retirada de Trump)—implica que ni Washington, ni Bruselas, tendrán una voz cuando Asia decida sus reglas económicas.

India y la nueva Administración Biden / Harris. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los resultados de las elecciones estadounidenses se hicieron esperar, pero no por ello el entusiasmo por conocer al ganador disminuyó. Finalmente, el sábado pasado, los principales medios reconocían que el nuevo presidente electo de Estados Unidos es Joe Biden y con ello una avalancha de felicitaciones de jefes de Estado llegaban al nuevo equipo, que ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años.

Narendra Modi —el Primer ministro indio— felicitó a Biden en un tweet en el que, además, reconocía su trabajo previo en fortalecer las relaciones indo-pacíficas como vicepresidente en la era Obama y esperaba trabajar juntos, una vez más, para llevar dichas relaciones a un nivel aún más elevado. Pero, como era de esperar, también aprovechó para felicitar a la vicepresidenta electa usando un tono más cercano y cómplice:

“Su éxito es pionero y motivo de inmenso orgullo no solo para sus Chittis, sino también para todos los indoamericanos. Estoy seguro de que los activos lazos entre la India y los Estados Unidos se fortalecerán aún más con su apoyo y liderazgo.”

El término Chittis, que significa tía en tamil, ha sido uno de los que más emoción ha causado entre la comunidad india en los Estados Unidos y también en el exterior. Kamala ya usó ese término en el discurso que dio durante la convención nacional demócrata, en el que aceptó la nominación en la candidatura electoral como vicepresidenta. Y ahora Modi, correspondiendo el guiño, lo usa para aseverar que la alegría de su éxito no sólo la siente su familia materna y el gran número de tías que tiene en el sur de la India, en la región de origen, el estado de Tamil Nadu. 

La prensa y los medios en India reconocieron la victoria demócrata desde el comienzo y la mayoría en India ha celebrado el éxito de Biden y Harris, sazonado por la emoción natural que suscitan las raíces indias de la vicepresidenta electa. Para muchos nativos de Thulasendrapuram —el pueblo de la madre— viven con orgullo como una hija de inmigrante consigue llegar a la más alta esfera política del país más poderoso del mundo. Mientras se esperaban impacientemente los resultados de las elecciones, en este pequeño pueblo se organizaron visitas a templos hinduistas, rezos y ofrendas, con la fe puesta en que estos favorecerían los resultados hacia los demócratas.

Ahora las expectativas son de una diplomacia bilateral tradicional y por lo tanto predecible y estable. En cuanto a los intercambios comerciales entre Estados Unidos e India también se predice más tranquilidad en las relaciones, pues Biden, que es de la escuela política tradicional, no estará anunciando aranceles o cambios de política por Twitter. Y, tal y como nos decía un experto en intercambios que ha vivido estas últimas dos semanas en Delhi, lo que más importa y preocupa en India es convertirse en una fuente más grande de exportaciones minoristas para los Estados Unidos.

En cuanto al plano internacional, en junio de este año, India fue elegido miembro no permanente del consejo de seguridad de Naciones Unidas y lo será hasta el 2022. Pero ahora necesitará el apoyo de la Administración Biden para impulsar su imagen como potencia que merece ostentar la posición de miembro permanente del consejo de seguridad.  Posición por la que han venido haciendo lobby pero que, para conseguirla, deben impulsar también reformas estructurales en la ONU, que tan sólo para poder plantear necesitaría ir de la mano de Washington.

A pesar de lo bien recibidos que han sido los resultados de las elecciones estadounidenses en la India en general, los medios de comunicación están obsesionados con el hecho de que Estados Unidos venda armas y aviones de combate a Pakistán. Lo que no es nuevo, pues las relaciones de interés entre Washington e Islamabad no son recientes, y la venta de armamento se considera estratégica desde el Pentágono para neutralizar el terrorismo regional.

Así mismo, Pakistán, a principios de este año, calificó de inquietante la venta de Estados Unidos a India del sistema integrado de arma de defensa área asegurando que desestabilizaría más la ya de por sí volátil región.  Transacción que supone unos 2 mil millones de dólares.

Y, finalmente en el mundo post pandemia, la India junto con los Estados Unidos, podrían hacer un bloque contra las aspiraciones y abusos chinos en Asia. Beijing ha perdido credibilidad internacional y es un momento clave para desarrollar alianzas en pro del respeto y la convivencia. Además, sería muy oportuno para la India en este momento en que el conflicto en la zona fronteriza con China se ha avivado y que, después del último incidente en el que perecieron 20 soldados indios, contara con el respaldo incondicional de los estadounidenses.  Foto: Flickr, Janie Marie Foote.

INTERREGNUM: El QUAD resucita. Fernando Delage

El pasado 21 de julio, el secretario de Defensa de Estados Unidos,Mark Esper, indicó que China no tiene derecho a convertir el mar de China Meridional en una “zona de exclusión” para crear su propio “imperio marítimo”. Días antes, el secretario de Estado, Mike Pompeo, denunció formalmente la ilegalidad de las pretensiones de soberanía china sobre las islas en dichas aguas.  La escalada retórica norteamericana, en un contexto de hostilidad sin precedente en su relación con Pekín, pasó también a los hechos, tanto en el terreno diplomático como en el militar. El 22 de julio, la República Popular anunció que Washington le había exigido el cierre de su consulado en Houston en un plazo de 72 horas. Mientras, la marina de Estados Unidos realizó dos maniobras militares simultáneas en el océano Índico y en el mar de China Meridional.

El portaaviones Nimitz, que ya se había desplazado al mar de China Meridional a principios de julio, se trasladó a finales de mes a un área cercana a las islas Andaman y Nicobar, al norte del estrecho de Malaca, para desarrollar una serie de ejercicios con la armada india. Por su parte, otro de los portaaviones norteamericanos, el Ronald Reagan, hizo lo propio con la participación de Japón y Australia en el mar de Filipinas. Son movimientos que cabe interpretar como respuesta a las acciones chinas en su periferia marítima—donde continúa acumulando capacidades militares—y en la frontera con India, además del aumento de la presión sobre Hong Kong y Taiwán.

También los vecinos de China avanzan en una dirección similar. Después de que Australia e India firmaran en junio un pacto de cooperación naval y logística que permite a cada uno de ellos el acceso a las bases militares del otro, Delhi anunció—el 17 de julio—su invitación a Canberra para participar en las maniobras Malabar, ejercicios navales que India realiza anualmente con Estados Unidos desde 1992, y a los que se incorporó Japón en 2015. La inclusión de Australia de manera permanente—ya participó de manera ocasional en 2007—es una nueva ilustración de la inquietud regional por el expansionismo marítimo chino. Es también, por tanto, un mensaje a Pekín de que los cuatro miembros del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) estarán realizando prácticas conjuntas en el Indo-Pacífico, revitalizando el grupo. Se confirma de este modo que los incidentes en el Himalaya la pasada primavera han hecho que India adopte una posición más dura frente a China.

No es, con todo, la única opción de los aliados asiáticos de Washington. Lo errático de la política de Trump se traduce en crecientes dudas sobre sus compromisos con la región. Así parece reflejarlo el hecho de que, con apenas días de diferencia, Australia y Japón anunciaran su intención de aumentar su presupuesto y capacidades de defensa. A finales de junio, en efecto, Australia declaró que incrementará su gasto militar en un 40 por cien durante la próxima década. Según señaló el primer ministro, Scott Morrison, el mundo será tras la pandemia “más peligroso y desordenado”, lo que obliga al país a prepararse frente a toda eventualidad. La modernización de sus fuerzas armadas se orientará especialmente hacia las capacidades tecnológicas de la marina, en la que se concentrará también el incremento de personal.

Por su parte, el presupuesto de defensa de Japón crecerá por octavo año consecutivo hasta 48.000 millones de dólares. Frente al ascenso de China y la amenaza norcoreana, Tokio modernizará su fuerza aérea—mediante la compra a Estados Unidos de aviones de combate F35 y vehículos de alerta temprana—así como sus capacidades en misiles de largo alcance. Después de que en junio se cancelara el despliegue del sistema antimisiles Aegis basado en tierra por su coste, el gobierno busca nuevas alternativas, al tiempo que también duplica su atención hacia sus satélites y activos en relación con el ciberespacio.

INTERREGNUM: Resistencia a Pekín. Fernando Delage

La escalada de tensión en sus disputas con India, Japón y las naciones del sureste asiático, es la última demostración de los esfuerzos de China por aprovechar la oportunidad abierta por la pandemia para avanzar en la proyección de su influencia internacional. Como era previsible, esa política de confrontación ha conducido a la reacción de los países afectados contra las aparentes intenciones chinas de modificar el statu quo.

Japón, que espera en otoño la primera visita de Estado del presidente chino Xi Jinping—prevista para abril, fue pospuesta por el coronavirus—ha optado por una relación bilateral estable y equilibrada, y por un claro compromiso con Pekín en el terreno económico. Dicha inclinación se comparte, no obstante, con el desarrollo de sus capacidades militares y la conclusión de asociaciones estratégicas con otras naciones de la región, frente a un entorno de incertidumbre también causado por las dudas que provoca la estrategia Estados Unidos bajo la administración Trump. Según ha trascendido en los últimos días, Japón estaría reforzando en particular sus defensas aéreas, al desplegar el sistema de defensa antimisiles Patriot Pac-3 MSE en cuatro bases militares en la costa occidental del archipiélago.

Sin dejar de atender sus activos militares, este tipo de instrumentos no resultan viables para Delhi en sus divergencias con Pekín. Pero después de que tropas chinas mataran a 20 soldados indios en la zona en disputa entre ambos países en el Himalaya—China no ha dado a conocer sus bajas—, India se ve obligada a reconsiderar su relación con la República Popular. La respuesta a los incidentes más graves en la frontera desde 1975 se está produciendo sobre todo en la economía. Sin que se haya hecho ningún anuncio oficial, para Delhi lo más eficaz consiste en limitar el acceso de las empresas chinas al mercado indio. Esta “guerra económica” ha comenzado de manera informal en el bloqueo en las aduanas de las importaciones chinas, y en el estudio de nuevas tarifas y barreras no arancelarias a los productos procedentes de este último país. India también ha prohibido la descarga de 59 apps chinas, incluyendo la popular TikTok.

La mayor parte de los analistas creen que, dado el grado de interdependencia económica entre ambos países, quienes más pueden verse perjudicados son los consumidores indios. Pero Delhi sabe que cuenta con el apoyo de su población a una firme respuesta a China. Es más, como ya ha ocurrido por ejemplo en un mercado en Hyderabad, se va extendiendo un boicot popular contra artículos chinos. Es una movilización de naturaleza nacionalista que puede conducir, por lo demás, al abandono de los intentos de acercamiento por parte del gobierno a Pekín, para alinearse de manera más clara con Estados Unidos, un resultado escasamente beneficioso para los intereses chinos.

Por su parte, las naciones del sureste asiático—con limitaciones tanto en el terreno militar como en el económico por su proximidad geográfica y dependencia del mercado chino—juegan sus cartas en el campo de las normas y principios. En su cumbre anual, celebrada por videoconferencia el 26 de junio, bajo la presidencia rotatoria de Vietnam, la ASEAN adoptó un giro en su discurso con respecto a las disputas en el mar de China Meridional. Sin nombrar de manera explícita a la República Popular, reafirmó en términos rotundos el compromiso con la Convención de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (UNCLOS) como única base de regulación de los espacios marítimos. Se trata de un claro rechazo de las reclamaciones de Pekín que, aunque firmante de UNCLOS, no aceptó hace ahora cuatro años el fallo del Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya en su contra. Aunque la pandemia ha impedido avanzar en el código de conducta que se negocia con China desde hace años, y cuya conclusión parece cada vez más lejana, si no imposible, el sureste asiático tampoco va a aceptar pasivamente las maniobras de Pekín en su entorno exterior.

China-India, ¿un conflicto pasajero?

Los roces militares entre India y China de las últimas semanas en la explosiva frontera de Cachemira (explosiva por la máxima tensión entre India y Pakistán) ha hecho saltar la preocupación, pero casi nadie explica las razones profundas de esta tensión chino-india y muchos apuntan a una pérdida de control a partir de incidentes locales. Hubo ya enfrentamientos ocasionales en 2017 que se resolvieron bilateralmente.

En teoría, la construcción de una carretera para mejorar la comunicación entre una base militar india con sus puestos avanzados habría llevado a tropas chinas a ocupar varios kilómetros cuadrados de territorio que la propia China reconoce como de soberanía india.  Pero sorprende la iniciativa y la reacción cuando desde hace años ha aumentado la tensión en otro punto de la misma región, en la frontera entre India y Pakistán, con choques más serios, varios muertos, atentados terroristas islamistas y amenazas de guerra abierta.

La reacción de Pekín y Delhi ha sido la de llamar a la calma, establecer reuniones entre jefes militares de ambos países sobre el terreno y mantener contactos bilaterales abiertos. La crisis parece encauzada pero queda bajo observación.

En el escenario regional no parece que un aumento de tensión favorezca a ninguno de los dos países aunque lleven desde hace años en una educada pugna por aumentar su influencia en la región del Indo Pacífico.

China, aliado de la URSS y luego de Rusia durante la segunda mitad del siglo XX, ha comenzado a girar con suavidad hacia un mejor entendimiento con EEUU y aliados y China busca mejorar sus lazos comerciales y políticos con el sureste asiático y Pakistán. En ese escenario, un enfrentamiento abierto entre China e India produce algo más que escalofríos.

INTERREGNUM: Pekín aumenta la presión. Fernando Delage

Aunque falta aún tiempo y perspectiva para valorar las consecuencias geopolíticas del coronavirus, parece innegable que uno de sus resultados está siendo el agravamiento de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Su impacto también resulta visible en el giro producido en el comportamiento de Pekín, que ha acelerado en las últimas semanas la estrategia orientada a expandir su influencia.

La neutralización del estatus semiautónomo de Hong Kong a través de la legislación de seguridad aprobada hace unos días es un ejemplo de dicha política, como lo son asimismo el aumento de la presión sobre Taiwán (y por tanto sobre sus vecinos del noreste asiático, Corea del Sur y Japón); y el anuncio de la realización de ejercicios militares en el mar Amarillo—con los dos portaaviones de que ya dispone su armada—, en unas maniobras que se extenderán en verano al mar de China Meridional. Aunque nada de esto es nuevo, en su conjunto reflejan la voluntad de los líderes chinos de redoblar la presión sobre sus “intereses fundamentales”—es decir, no negociables—y, mediante ellos, avanzar en sus objetivos de cambiar las reglas del juego en Asia. A ello también apunta un nuevo frente: la tensión con India.

Tres años después de la disputa en Doklam, punto de encuentro de las fronteras de ambos gigantes y de Bután, donde la construcción por la República Popular de una carretera provocó dos meses de enfrentamiento, sólo resuelto tras la retirada china, Pekín y Delhi vuelven a colisionar por su conflicto fronterizo, causa de la guerra entre ambos de 1962. Desde finales de abril, las fuerzas armadas chinas habrían movilizado a 5.000 soldados cerca de la “Línea de Control” que delimita el extremo occidental de la frontera entre los dos países, en Ladakh, al norte de Cachemira. India ha respondido mediante un despliegue similar de tropas. Las conversaciones diplomáticas mantenidas entre ambos gobiernos a finales de mayo no han conducido a ningún resultado, ni ninguno de ellos ha aceptado el ofrecimiento de mediación realizado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La pregunta es inevitable: ¿por qué China hace esto? Y ¿por qué en este momento? Como se mencionó, los movimientos chinos en la frontera con su vecino meridional coinciden con sus intentos por consolidar su posición política y estratégica en el continente asiático. Si ha hecho de Hong Kong un nuevo factor de confrontación con Estados Unidos y Japón, a la vez que aumenta las tensiones con Vietnam, Filipinas y Malasia en el sureste asiático, y recibe las críticas de Europa, Australia y de numerosos países africanos, entre otros, por su gestión de la pandemia, complicar las relaciones con India no parece una política muy acertada. Especialmente después de que, en Doklam, Pekín se sorprendiera de la firmeza con que Delhi defendió sus principios. La razón es que India percibió entonces que lo que estaba en juego no era el control de un territorio menor, sino la batalla por el equilibrio regional. Por la misma razón, el gobierno de Narendra Modi tampoco va a retroceder tres años después, por mucho que China pretenda aprovechar la distracción interna creada por el impacto del coronavirus en India.

El activismo estratégico chino revela la confianza de sus dirigentes en su nuevo poder, pero también refleja una impaciencia por modificar el statu quo que puede convertirse en causa de vulnerabilidad. Rodeado por potencias rivales, cada vez más escépticas de las intenciones de la República Popular, Xi Jinping trata de demostrar que ni la pandemia ni sus efectos económicos han debilitado a China. Pero de Hong Kong a Australia, de Europa a Estados Unidos, de Japón a India, se acumulan los obstáculos a la ambición de convertirse en el hegemón regional y, por tanto, a su objetivo de “rejuvenecimiento nacional”. ¿Cuántos frentes puede Pekín gestionar sin contratiempos?