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China e India, gestos de mediación y negocios con  Rusia

China e India han hecho  gestos de querer bajar la tensión e incluso de postularse como mediadores para un proceso de negociaciones para un alto el fuego mientras, a nivel interno, justifican la agresión rusa y hacen buenos negocios con Moscú que están permitiendo aliviar el impacto de las sanciones occidentales y ofreciendo a Rusia cierto margen para financiar una guerra que cada vez es más cara para Moscú y puede comenzar a crearle problemas graves.

Aunque China no puede reemplazar a Europa en su adquisición de gas y recursos energéticos rusos, Pekín ha ido sustituyendo en los últimos meses a Qatar y Arabia Saudí como suministradores de gas para comprar gas ruso y dar salida a los recortes europeos. Según expertos en el mercado de la energía, el Kremlin ofreció descuentos a Pekín en sus precios por petróleo y gas, lo que le permitió encontrar un mercado para los suministros que no podía vender a raíz de las sanciones económicas por la guerra iniciada por Moscú.

Los mismos expertos subrayan que Rusia también acudió a India con el resultado de que antes de la invasión, un 1% de las exportaciones rusas de petróleo estaban destinadas al gigante asiático, mientras que en mayo, estas ya habían aumentado un 18%.

Así, India y China están suponiendo en la práctica el alargamiento del conflicto y la atenuación de los fracasos militares rusos y con ello, la merma de incentivos para unas conversaciones de paz en las que chinos e indios quieren ser mediadores, aunque no sean tan neutrales como pretenden.

INTERREGNUM:  India: ¿intereses o principios? Fernando Delage  

Como mayor democracia del planeta y como país que sufrió de manera directa la experiencia del imperialismo, la posición de India con respecto a la guerra de Ucrania sigue llamando la atención. Las razones de su neutralidad (que indirectamente viene a traducirse en una posición a favor de Moscú) son conocidas, y entre ellas destaca la dependencia de los suministros militares rusos para la modernización de las fuerzas armadas indias. Pero se trata de una aproximación arriesgada, pues Delhi parece querer ignorar el peligroso precedente que supone la violación por Rusia de todas las normas existentes. En último término, su actitud no ha hecho sino exponer su vulnerabilidad geopolítica.

Preguntado la semana pasada en un foro en Bratislava por qué Delhi rechaza condenar la invasión de Ucrania, el ministro de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, criticó la premisa europea de que otros países deban compartir su opinión sobre el conflicto. “Europa, dijo, debe abandonar esa mentalidad conforme a la cual los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa”. India, añadió el ministro, hará exactamente lo que hacen los países occidentales: evaluar una situación a la luz de sus propios intereses. Y son esos intereses los que justificarían la posición de su gobierno sobre la guerra.

Al no aceptar que India tenga que alinearse con una de las partes, Jaishankar quiso reafirmar la autonomía estratégica de su país en un contexto de creciente multipolaridad. Dada su lejanía geográfica, Rusia—es cierto—, no representa una amenaza directa a la seguridad nacional india, mientras que el aislamiento diplomático de Moscú puede producir consecuencias que no desea, como una más estrecha alianza de China con Rusia. La República Popular es el verdadero desafío que afronta Delhi, y es un problema para el que India necesita contar tanto con Washington como con Moscú.

Ahora bien, ¿cómo puede gestionarse el hecho de que India mantenga diferentes percepciones de las de sus socios de Occidente con respecto a Ucrania, pero similares o idénticas sobre los riesgos a la inestabilidad en el Indo-Pacífico? ¿Por qué India no quiere ver la estrecha interacción que existe entre ambos escenarios? ¿Puede confiar en la ayuda de las democracias occidentales si un día tiene dificultades en Asia, manteniéndose al margen de lo que ocurre en Europa?

Es un dilema que enturbia la relación entre intereses y valores, pero que debería hacer evidente a los estrategas indios la extraordinaria transformación que se ha producido en el terreno de juego. Tradicionalmente han defendido un orden multipolar, convencidos de que es así como India contaría con un mayor margen de maniobra. La nueva estructura multipolar parece crear, sin embargo, nuevos condicionantes a su independencia estratégica, y no todos ellos relacionados con el equilibrio de intereses en política exterior.

Así se puso de manifiesto poco después de las críticas de Jaishankar a los europeos. Apenas habían sido reproducidas sus palabras con grandes elogios en los medios del mundo no occidental, cuando las declaraciones de dos antiguos portavoces del actual partido gobernante (el hinduista Janata Party) insultando a Mahoma han provocado una grave crisis en las relaciones con los países islámicos. No es necesario recordar la importancia del Golfo Pérsico en particular para los intereses indios: de los recursos energéticos que recibe, a las remesas de los ocho millones de indios residentes. La polarización de la dinámica política interna se ha convertido pues en otra nueva variable que afecta a la proyección exterior del gigante asiático.

Una cultura estratégica no se cambia de un día para otro; menos aún una milenaria como la india. Pero frente a la segunda Guerra Fría que parece estar empezando, la pregunta (que no la respuesta) es sencilla: ¿qué promoverá en mayor grado la autonomía india? ¿Defender un orden basado en reglas, o formar parte del bloque de quienes—explícita o tácitamente—no denuncian a una Rusia agresora? ¿Los principios son realmente antitéticos a los intereses?

India crece como mediador para Kiev

Conforme la invasión rusa de Ucrania se convierte en una guerra de posiciones  en la que comienza a dibujarse un escenario en el que nadie saldrá vencedor y esta situación va a mantenerse durante meses, Moscú y Kiev se hacen a la idea de que se impone algún tipo de alto el fuego durante el que se negocien cesiones en las expectativas de ambos bandos.

Y en ese marco, por ahora hipotético, crece en Ucrania la confianza en que India puede jugar un papel importante. Ucrania sabe que va a ser muy difícil hacer retroceder a las tropas rusas a sus posiciones de antes de febrero y, aunque se queja de algunas presiones occidentales para que asuman algunas pérdidas territoriales, comienza a considerar en serio esta posibilidad mientras su propaganda lo niega y sus tropas intentan en condiciones difíciles llegar a esta negociación con la mayor contención posible del invasor.

India es un país con viejas relaciones con Rusia, aunque sus disputas territoriales con China y Pakistán la están empujando desde hace años a un acercamiento a Estados Unidos y a Australia. India tiene una capacidad industrial y militar no desdeñable y, además, no tiene las ambiciones estratégicas de China que le resta credibilidad como mediador, aunque a Pekín le interese un acuerdo.

Ya hay contactos exploratorios entre Ucrania e India y entre India y Rusia con el conflicto ucraniano sobre la mesa, lo que une este proceso a los esfuerzos del otro gran mediador, Turquía, al que su pertenencia a la OTAN, sus relaciones tanto con Rusia como con Ucrania y su situación geoestratégica en el Mar Negro y en el Mediterráneo oriental otorgan muchos puntos para mediar, aunque hasta ahora sus esfuerzos han sido limitados

¿Negociaciones indirectas?

La invasión rusa se estanca en Ucrania. Tras los fracasos rusos en Kiev, Jarkov y Odessa en su intento de acabar rápidamente con el gobierno ucraniano y obtener una rendición fulminante,  Moscú ha decidido hacer un replanteamiento estratégico consolidando sus posiciones, ya preexistentes políticamente, y desde ahí avanzar posición a posición hasta conseguir dominar toda la zona de la cuenca del Donetsk, conectarla con Crimea y, si no tomarla, sí mantenerse en una situación susceptible de bloquear la ciudad de Odessa y su puerto.

En ese escenario, los aliados occidentales están presionando, discreta pero firmemente, a todos los países que puedan ejercer influencia en Moscú para propiciar un auténtico proceso de negociaciones que permita a Rusia salir airosa de su derrota estratégica con pocas concesiones, a Ucrania reducir sus daños con algún pacto sobre las regiones prorrusas y a la economía mundial obtener un respiro. Y los principales países para presionar en esa dirección son Turquía en Occidente y China e India en el Indo Pacífico.

Ni China ni India han condenado directamente la agresión rusa aunque sí han marcado cierta distancia exigiendo un “alto el fuego inmediato”, obviamente sin ningún resultado. Pero las crecientes dificultades rusas tanto en Ucrania como en la propia Rusia (a pesar de los avances militares de los últimos días) pueden estar creando una situación más propicia a algún tipo de acuerdo porque cada vez parece más evidente que ni Rusia ni Ucrania van a lograr a corto plazo una victoria clara sobre el terreno y  Ucrania, para mantener su resistencia va a necesitar cada vez más ayuda, costosa ayuda, occidental.

Para China, con más dificultades económicas de lo que su propaganda reconoce, es vital lograr una normalidad y estabilidad que le permita profundizar sus negocios con una Europa que puede verse abogada a una crisis económica de grades proporciones. Para India puede significar su mediación un salto en su protagonismo regional, en el que mira de reojo y con recelo a China, y una potenciación de su influencia en en países que no acaban de fiarse de China.

INTERREGNUM: Japón, India y Europa. Fernando Delage

Aunque la guerra de Ucrania conducirá a una reorganización de la arquitectura de seguridad europea, con la incertidumbre de cómo saldrá Rusia del conflicto, es evidente que sus implicaciones van más allá del Viejo Continente. No sólo porque está en juego el mantenimiento de un orden internacional basado en reglas, sino también porque la ausencia de condena por parte de China a la agresión de Putin ha puesto de manifiesto la realidad de un desafío autoritario a la estabilidad global.

A la advertencia por la ministra británica de Asuntos Exteriores hace unos días de que también China debe cumplir las reglas, Pekín no tardó en responder con el argumento de que la OTAN y los europeos tratan de agitar conflictos en Asia. Es toda una novedad que China haya comenzado a referirse a la Alianza Atlántica, ajena desde su nacimiento a la seguridad asiática, anticipando quizá la próxima mención que hará a la República Popular en la actualización de su concepto estratégico. Pero Pekín no tendrá más remedio que adaptarse a las nuevas circunstancias provocadas por su socio en el Kremlin. Y, en ese contexto, adquieren especial significado los movimientos de sus dos principales vecinos: Japón e India.

Desde que Rusia invadió Ucrania, la diplomacia japonesa no sólo se ha alineado estrechamente con el G-7, sumándose a cuantas sanciones se han acordado, sino que ha reforzado la coordinación con la OTAN y los Estados europeos. El ministro de Asuntos Exteriores, Yoshimasa Hayashi, participó por primera vez como “socio” en la reunión con sus homólogos de la OTAN el pasado 7 de abril, y el primer ministro, Fumio Kishida, ha sido invitado igualmente a la cumbre que los líderes de la Alianza Atlántica celebrarán en Madrid en junio. Se ha dado así un considerable avance desde que, en abril de 2013, la OTAN y Japón concluyeran un acuerdo para profundizar en su asociación estratégica, centrada desde entonces en cuestiones como la seguridad marítima, la ciberseguridad y la no proliferación, entre otras. Japón ha sido uno de los países que de manera más explícita han subrayado la vinculación entre Ucrania y la seguridad en el Indo-Pacífico. Del mismo modo que Tokio apoya los esfuerzos contra Moscú en Europa, está sentando las bases para la solidaridad del Viejo Continente—y de la Alianza Atlántica—en el caso de que se produzca un conflicto en Asia.

La posición de India ha sido, como se sabe, muy diferente. Pero su dependencia militar y energética de Rusia no modifica, sin embargo, su percepción del desafío chino. Y es el comportamiento de la República Popular el que ha dado un motivo para reactivar el acercamiento mutuo de Delhi y la Unión Europea. Aunque fue en el año 2000 cuando se celebró la primera cumbre bilateral, y en 2004 cuando se estableció una “asociación estratégica”, hubo que esperar a 2020 para que ambas partes acordaran una agenda orientada a la búsqueda de resultados tangibles. Entre ellos, en 2021 se reanudaron las negociaciones—bloqueadas desde 2013—sobre un acuerdo de libre comercio, y se puso en marcha un diálogo sobre seguridad marítima. La UE lanzó asimismo una iniciativa de interconectividad—similar a la lanzada con Japón en 2019—para impulsar las inversiones en energía, transporte, e infraestructuras digitales.

Tras la visita a Delhi la semana pasada de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se espera que tanto el acuerdo de libre comercio como un acuerdo bilateral de inversiones estén concluidos antes de 2024. India y la UE anunciaron, además, la creación de una Comisión sobre Comercio y Tecnología—similar a la que ya mantiene Bruselas con Estados Unidos—con el fin de coordinar posiciones al más alto nivel. Este salto cualitativo en las relaciones bilaterales muestra un potencial que va más allá de la dimensión económica, y hace hincapié en los objetivos de cooperación estratégica de ambas partes con respecto a un transformado escenario asiático.

INTERREGNUM: Ucrania divide Asia. Fernando Delage

Pese a la presión de Occidente sobre distintos países para condenar a Rusia y sumarse a las sanciones contra Putin y su régimen, buena parte de Asia ha preferido mantenerse al margen. La razón fundamental, una vez más, es el contexto de rivalidad entre Estados Unidos y China.

Sólo seis naciones (Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Singapur y Taiwán) se han alineado con europeos y norteamericanos en la política de sanciones. Las cuatro primeras participaron, además, en la última reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN; una novedad que no sólo indicaba al Kremlin la estrecha solidaridad entre las democracias occidentales y las asiáticas: mostraba asimismo a Pekín cómo se está consolidando la percepción de un desafío común por parte de Rusia y China. Eurasia asoma como un escenario geopolítico único, y China aparecerá por primera vez en el concepto estratégico de la Alianza Atlántica, tras su actualización prevista en junio.

El resto de la región ha preferido abstenerse de momento. La posición de China y de India no es ningún secreto, pero ¿qué explica el comportamiento de los demás? Para muchos, adherirse a las sanciones de Occidente no compensa los posibles beneficios del distanciamiento. Vietnam es tan dependiente como India del armamento ruso para la modernización de sus fuerzas armadas. Indonesia puede hoy adquirir petróleo ruso a un precio mucho más bajo, y—como anfitrión de la próxima cumbre del G20—ha rechazado la presión para no invitar a Putin. Pero incluso aliados norteamericanos del sureste asiático como Filipinas y Tailandia han preferido no condenar a Moscú. Tampoco en Asia meridional ha apoyado ningún Estado las sanciones.

Al margen de posibles intereses bilaterales, para la mayor parte de estos países el enfrentamiento entre Occidente y Rusia puede contribuir a exacerbar la competición entre China y Estados Unidos en el Indo-Pacífico. El temor a las posibles represalias de Rusia pero también de China en el caso de una posición activa ante el conflicto explica su “neutralidad”. No deja de ser el tradicional mecanismo de supervivencia de las pequeñas y medianas naciones frente a las grandes potencias; una actitud que sólo cambiará de extenderse la guerra. Pero quedan claros, para Occidente, los límites que encontrará en Asia en su estrategia contra Moscú.

La gran cuestión de fondo es, no obstante, si podría estar formándose una nueva política de bloques. Japón y Corea del Sur no sólo han impuesto duras sanciones a Moscú y reconsideran su dependencia energética de Rusia, sino que contemplan un reforzamiento de sus capacidades militares y de su alianza con Washington ante una nueva era de incertidumbre geopolítica. El exprimer ministro japonés, Shinzo Abe, ha sugerido incluso la posibilidad de aceptar armamento nuclear norteamericano en su territorio. Por su parte, el nuevo presidente surcoreano, Yoon Suk-yeol, ha manifestado su preferencia por una política de línea dura hacia China, sin que pueda descartarse su incorporación a un QUAD ampliado.

Mediante su dura respuesta a la agresión rusa, también Singapur ha apostado por un firme alineamiento con Estados Unidos.

China no se ha quedado cruzada de brazos durante las últimas semanas. El presidente Xi Jinping ha buscado el apoyo de los presidentes de Camboya y de Indonesia (de este último para intentar que Ucrania no esté en la agenda de la cumbre del G20), mientras que el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, ha estado en contacto directo con sus homólogos de Asuntos Exteriores de Tailandia, Filipinas, Myanmar e Indonesia. Wang viajó también a India, en la primera visita de un alto cargo chino desde el choque fronterizo de hace dos años. La resistencia de Delhi a condenar la acción rusa ha conducido a Estados Unidos a ofrecerse para diversificar sus necesidades energéticas así como de armamento, esfuerzo que China intenta contrarrestar mediante el mensaje de que las diferencias territoriales con su vecino no deberían afectar al conjunto de sus relaciones.

India es una de las principales dudas en la ecuación. El ascenso de China acercó a Delhi a Occidente, mientras que el revisionismo de Rusia está provocando el efecto opuesto; una circunstancia que si, por un lado, obliga a reconsiderar el futuro de la pertenencia india al QUAD, por otro confirma cómo las diferentes respuestas a la guerra de Ucrania tiene notables ramificaciones para la dinámica geopolítica asiática.

INTERREGNUM: India y la guerra en Ucrania. Fernando Delage

Hace 30 años, el fin de la Guerra Fría y la implosión de la URSS dejaron a India desorientada y sola en el mundo. Al desaparecer la Unión Soviética perdió a su principal socio diplomático, económico y militar, mientras tenía que hacer frente a un Pakistán hostil y a una China en ascenso. La guerra del Golfo puso además en peligro sus importaciones de petróleo—la mitad procedía de Irak y Kuwait—, así como las remesas de las decenas de miles de trabajadores indios en la región. La doble crisis diplomática y económica con que se encontró condujo a un giro histórico (de calado no muy diferente del realizado por Alemania estos días): por un lado abandonó la autarquía para abrirse al exterior, y—por otro—decidió acercarse a las economías en crecimiento de Asia oriental y convertirse en una potencia nuclear.

Tres décadas más tarde, la invasión rusa de Ucrania sitúa a Delhi ante una encrucijada que podría motivar una nueva reorientación estratégica. La guerra ha colocado a India en una incómoda posición, al verse obligada a elegir entre Washington o Moscú. Para sorpresa de muchos, la opción de la mayor democracia del mundo ha consistido en abstenerse—en tres ocasiones hasta la fecha—en el Consejo de Seguridad, y en no apoyar las sanciones. La historia explica en parte ese comportamiento, pero también los dilemas geopolíticos que se abren para el gobierno de Narendra Modi como consecuencia de la agresión de Putin.

India no protestó contra la invasión rusa de Hungría en 1956 ni la de Checoslovaquia en 1968; tampoco contra la anexión de Crimea en 2014. Moscú siempre apoyó por su parte a Delhi en sus conflictos con China y con Pakistán. Aunque desde mediados de los años noventa, Estados Unidos e India han construido una relación cada vez más estrecha, ésta no puede llegar en ningún caso a convertirse en una alianza formal: por diversos motivos, además de por sus vínculos históricos, India no puede permitirse romper abiertamente con Moscú.

Una razón es el hecho de que más de la mitad del equipamiento militar indio procede de Rusia. Su mantenimiento se traduce en una subordinación a esta última por sus necesidades de seguridad. El sistema de defensa aérea S-400 que le proporciona Moscú, decisivo para su estrategia de disuasión frente a China y Pakistán, carece de equivalente entre otros suministradores. El programa de submarinos nucleares indio tampoco existiría sin la ayuda rusa.

Por su tradición y cultura estratégica, India no puede aparecer como completamente alineada con Estados Unidos y Occidente: es defensora, ante todo, de un orden multipolar. Pero sus malabarismos dialécticos de las dos últimas semanas—ni apoyar la invasión ni adoptar una posición antirrusa—derivan igualmente de sus imperativos estratégicos. Tras la retirada norteamericana de Afganistán, Washington ha dejado de ser un actor relevante en Eurasia, lo que deja a Rusia como la única esperanza india de que China no se consolide como potencia hegemónica en Asia.

Los efectos de la guerra pueden hacer más evidentes, sin embargo, los inconvenientes de su asociación con Moscú. En primer lugar, el conflicto puede hacer a Rusia más dependiente de China, neutralizando su valor como elemento de contraequilibrio. India observa también con inquietud el acercamiento ruso a Pakistán: Imran Khan se encontraba en Moscú—en la primera visita de un jefe de gobierno paquistaní en 23 años—la víspera de la invasión de Ucrania (visita aparentemente promovida por Pekín). Tampoco tranquilizan a Delhi los encuentros que Rusia mantiene con los talibán (con frecuencia junto a China y Pakistán), ni el apoyo militar que Moscú está prestando a los generales birmanos, complicando así el desafío de los grupos insurgentes en sus provincias del noreste fronterizas con Myanmar. La reticencia a romper vínculos con Rusia puede, por último, obstaculizar el desarrollo de la asociación estratégica con Estados Unidos y sus aliados (India es uno de los miembros del QUAD), cuyas capacidades necesita frente a China.

Las contradicciones de su posición harán difícil mantenerla durante mucho tiempo. Tras la agresión a Ucrania, India podrá concluir que, lejos de contribuir a aumentar su autonomía estratégica, Putin ha limitado más bien sus opciones, creándose una situación de dependencia que ahora conviene corregir.

INTERREGNUM: La amistad indo-rusa. Fernando Delage

Mientras democracias y sistemas autoritarios se consolidan en dos grandes bloques geopolíticos (Estados Unidos y sus aliados vs. China y Rusia), división reiterada esta misma semana por la cumbre de las democracias convocada por el presidente norteamericano, algunos países juegan a dos cartas en su política exterior. Entre ellos, pocos tan relevantes como India, que esta semana ha celebrado su cumbre anual con Rusia después de que se cancelara la del pasado año por primera vez en dos décadas.

La reunión de Narendra Modi y Vladimir Putin del 6 de diciembre supone el vigésimo encuentro entre ambos desde 2014, confirmando la estabilidad de una relación que parece ajena a los cambios regionales y globales. Rusia nunca ha dejado de apoyar a India en los foros internacionales, mientras que India no se sumó a las críticas a Moscú por el conflicto de Ucrania, un hecho que no le resulta incompatible con su creciente alineamiento con Washington frente a China. Fue Rusia quien presionó para incorporar a India a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), mientras que Delhi ha proporcionado a Moscú el estatus de socio en la Asociación de la Cuenca del Océano Índico (IORA en sus siglas en inglés) el pasado 17 de noviembre, dándole así entrada en los asuntos del subcontinente. Sus dos gobiernos coordinan asimismo sus respectivas acciones en Afganistán.

La realidad de su acercamiento se ve ratificada por la puesta en marcha el 6 de diciembre de un proceso 2+2, es decir, encuentros conjuntos de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, y por la próxima recepción por India de sistemas de misiles rusos S-400 y rifles de asalto AK-203, pese a la obvia inquietud de Estados Unidos (es un acuerdo que podría incumplir las sanciones impuestas por Washington a Moscú). La compraventa de armamento ha sido un pilar tradicional de las relaciones bilaterales—se estima que en torno al 65 por cien de los equipos de armamento de las fuerzas armadas indias tienen origen ruso—y se espera la firma de un acuerdo de 10 años sobre transferencia de tecnología militar.

Salvo por este capítulo, los intercambios económicos constituyen el elemento más débil de la relación. El comercio bilateral apenas superó en 2019-20 los 10.000 millones de dólares (muy por debajo de los 100.000 millones de dólares que representan los intercambios indios con China y con Estados Unidos), aunque se ha fijado el objetivo de alcanzar los 30.000 millones de dólares en 2025. No son economías complementarias, ni hay verdadero interés empresarial por ninguna de las partes.

El principal dilema de Delhi es diplomático. Contentar a la vez a Washington y a Moscú no va a ser fácil, especialmente en un contexto en el que se agravan las tensiones entre estos dos últimos. Tampoco lo será para Rusia conjugar su relación triangular con Pekín y Delhi. Pero de la misma manera que la independencia estratégica es la principal seña de identidad de la política exterior india, Moscú necesita a Delhi para hacer realidad sus proyectos euroasiáticos. Como escribe Dimitri Trenin, analista del Carnegie Endowment, ya que Rusia no cuenta con las capacidades para dominar Eurasia, sí podría desempeñar en cambio un papel clave en el mantenimiento del equilibrio continental, objetivo que dependería de la consecución de un entendimiento Rusia-India-China (y obligaría por tanto a Moscú a mediar para mejorar la relación entre Delhi y Pekín).

El entorno geopolítico se transforma a gran velocidad, pero Rusia e India siguen teniendo pues, como se ve, una considerable relevancia para el otro en sus respectivos cálculos estratégicos.

China-India, vuelve a subir la tensión

En las últimas semanas, India está reforzando sus posiciones militares en la frontera con China, desplegando más unidades y exhibiendo armas de fabricación estadounidense en medio del parón en las negociaciones entre ambos países sobre la crisis fronteriza en el Himalaya.

Varios factores llevan a esta confrontación, pero la raíz es la rivalidad entre ambos por sus objetivos estratégicos. India y China comparten una frontera de más de 3.440 kilómetros y tienen reclamaciones territoriales superpuestas. Desde los años 50, China se ha negado a reconocer las fronteras diseñadas durante la era colonial británica.

En 1962, eso llevó a una breve pero brutal guerra entre ambos países, que acabó con la humillante derrota militar de India.

Desde el conflicto bélico, las dos naciones asiáticas se han acusado mutuamente de ocupar su territorio. India asegura que China está ocupando 38.000 kilómetros cuadrados de su territorio, que tiene que ver con el área donde ocurrió la actual confrontación. China, por su parte, reclama la soberanía de todo el estado indio de Arunachal Pradesh, al que llama Tíbet del sur. También hay otros sectores donde ambos países tienen diferentes visiones sobre dónde se sitúa la frontera, como por ejemplo en la inflamable frontera de Cachemira donde confluyen límites de China, India y Pakistán, en la que estos dos países, dotados de armas nucleares, están en guerra, de baja o de gran intensidad según los tiempos, por el control de la región.

Tras  los sucesos de junio de 2020, en los que murieron 21 soldados indios sin que China haya dado datos de bajas propias, se constituyó un comité chino-indio de distensión para poner orden en las disputas fronterizas que no ha avanzado nada en sus propósitos. Entretanto India ha seguido profundizando su acercamiento a Estados Unidos y Europa enfriando un tanto sus tradicionales lazos con Rusia.

Según fuentes rusas, el suministro de helicópteros estadounidenses Chinook, obuses ultraligeros y fusiles, así como misiles de crucero y sistemas de vigilancia de fabricación nacional, se centra en la meseta de Tawang, en el noreste de la India, una zona reclamada por China y controlada por la India que es colindante con Bután y el Tíbet.

Las armas de producción estadounidense fueron adquiridas en los últimos años en el marco de una cooperación militar entre EE.UU. y la India que se ha profundizado ante el aumento de presencia militar de China en la región asiática.

La semana pasada, los militares indios mostraron su capacidad ofensiva a un grupo de periodistas en esa zona, ubicada en el estado de Arunachal Pradesh. “El Cuerpo de Ataque Alpino se encuentra completamente operativo. Todas las unidades, incluidas las de combate y de apoyo, están completamente preparadas y equipadas”, dijo el teniente general Manoj Pande, comandante del Ejército Oriental de India, a la agencia Bloomberg.

Decididamente, avanza la recomposición estratégica en la gran región Asia Pacífico, con repercusiones planetarias, a la que Estados Unidos va a dedicar esfuerzos prioritarios en la próxima década y en la que Europa, una vez más, va a ser en todo caso un actor secundario.

INTERREGNUM: India y Europa: ¿vidas paralelas? Fernando Delage

Tras la retirada norteamericana de Kabul, para China resulta prioritario integrar a Afganistán en el orden euroasiático que aspira a crear. Siendo consciente de que el país puede convertirse en una ratonera estratégica, es improbable que recurra a sus capacidades militares: sus instrumentos de preferencia serán económicos. El hecho de que los Estados vecinos compartan el mismo interés de Pekín por la estabilidad de Asia central supone una ventaja añadida para China, que no puede permitirse un Afganistán aislado si quiere hacer de su primacía en Eurasia una de las claves de su desafío al poder global de Estados Unidos.

Estas circunstancias en principio favorables no eliminan, sin embargo, los obstáculos con que puede encontrarse la República Popular. El ataque del que fueron objeto nacionales chinos en Gwadar—punto de destino del Corredor Económico China-Pakistán—por parte de unidades del Ejército de Liberación de Baluchistán el pasado 20 de agosto (cuarto atentado contra intereses chinos en Pakistán en lo que va de año), es un ejemplo del tipo de conflictos en los que puede verse atrapada. Por otra parte, si el abandono norteamericano tiene como motivación reforzar su estrategia marítima en el Pacífico occidental y hacer realidad el “pivot” de Obama que nunca se materializó del todo, China tiene nuevas razones para preocuparse.

Con todo, entre las múltiples ramificaciones de los sucesos en Afganistán, dos actores especialmente expuestos son India y Europa. Al contrario que Estados Unidos, la cercanía geográfica de ambos les hará sufrir en mayor grado el problema de refugiados que se avecina, así como el riesgo del terrorismo. Pero aunque compartan unos mismos problemas, los efectos pueden ser diferentes: quizá Delhi opte por acercarse aún más a Washington, mientras que los europeos no podrán dilatar por mucho más tiempo el imperativo de su autonomía estratégica.

Para India, el contexto de seguridad se ha complicado enormemente. Pakistán es el gran protector de los talibán, como lo es también de los grupos separatistas que en Cachemira luchan contra India. A la interacción estructural entre las dos disputas se suma el hecho de que China tendrá ahora que profundizar en sus contactos con la inteligencia paquistaní para estar al tanto de la situación en Afganistán. Pekín se encuentra así con una oportunidad para incrementar la presión sobre India, agravando el temor del gobierno de Narendra Modi a verse “rodeado” en sus fronteras terrestres.

Para Europa se exacerban, por su parte, los dilemas derivados de la erosión del orden internacional liberal. El desastre afgano ha puesto de relieve su déficit de capacidades si no puede contar con Estados Unidos, mientras se acerca en los próximos meses una probable ola de refugiados que, de manera inevitable, provocará nuevas tensiones con Turquía e Irán, a la vez que obligará a Bruselas a algún tipo de acercamiento a Islamabad.

La necesidad de aprender a pensar estratégicamente obliga por lo demás a la reconfiguración del proyecto europeo, pero los ciclos electorales internos, el temor a la opinion pública y las presiones presupuestarias se imponen sobre las prioridades geopolíticas. Aunque la Comisión Europea parece tenerlo claro, la voluntad de buena parte de los gobiernos de los Estados miembros sigue ausente, como se puso de manifiesto en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa la semana pasada. Los líderes nacionales pueden, con excepciones, seguir metiendo la cabeza en la arena, pero el orden que surgió tras la implosión de la Unión Soviética ha muerto definitivamente. Y, en el que se avecina, India tiene un considerable potencial como socio europeo.