Entradas

Los Juegos Olímpicos de Tokio segundo intento. Nieves C. Pérez Rodríguez

A tan sólo dos meses del segundo intento de inauguración de los juegos de Tokio 2020, aunque un año más tarde, la situación sanitaria en Japón es delicada y de acuerdo con algunos médicos locales podría llegar a empeorar.

La tercera economía del mundo había controlado bastante bien la pandemia y los contagios durante el 2020, a pesar de la cercanía con el lugar del brote inicial y otras regiones que fueron altamente afectadas en los primeros meses en que se declaro la pandemia.

Sin embargo, en los últimos meses ha habido brotes como el de Osaka, la tercera ciudad en población del país, que ha reportado un número muy alto de casos y los hospitales de la ciudad se encuentran al límite de su capacidad, lo que en muchos casos ha acabado en victimas ante la falta de asistencia. Muchos de los pacientes que comienzan a experimentar síntomas leves y que, eventualmente, podrían necesitar asistencia médica no están siendo recibidos en los hospitales debido a que se encuentran en su máxima capacidad. 

Según AP, los decesos a causa de Covid-19 que ocurrieron fuera de los hospitales en abril se triplicaron desde marzo  y fueron 96, incluidos 39 en Osaka y 10 en Tokio. Y aunque la cifra parezca alarmante hay que remarcar que Japón tiene una población de más de 126 millones de ciudadanos.

A pesar de que la comunidad internacional está de acuerdo en que los juegos  olímpicos se lleven a cabo, parece que según se acerca la fecha empieza a haber más resistencia a la celebración. Los juegos del 2020 fueron reprogramados al 23 de julio del 2021 y los paraolímpicos el 24 de agosto. Por lo que el pasado 16 de noviembre el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) visitó Tokio y se reunió con el primer ministro Yoshihide Suga. Y en su momento Suga aprovechó la ocasión para afirmar “nuestra determinación es realizar unos juegos seguros y exitosos el próximo verano como prueba de que la humanidad ha derrotado el virus”.

Esas palabras, que seguramente fueron la gran motivación en el momento en que fueron reprogramados los juegos, no necesariamente cuentan hoy con la misma fuerza ni el mismo entusiasmo, pues son muchos más los países que se encuentran aún batallando para controlar la pandemia sin mucho éxito.

El playbook o libro de procedimiento de las Olimpiadas de Tokio del 2020 (que mantiene su nombre a pesar de que la celebración se lleve a cabo en el 2021) ha contado con varias revisiones y modificaciones del comité, en un esfuerzo por ajustarse a la realidad del Covid-19 y lo que se ha ido aprendiendo del virus. Y aunque está previsto que los atletas se hagan dos pruebas antes de salir de sus países para contar con la seguridad de estar negativos, una vez en la villa olímpica deberán practicarse pruebas diarias junto con otras normativas estrictas en pro de mantener su seguridad sanitaria.

Así como muchos atletas internacionales están ansiosos en participar, pues estas competiciones son la razón su devoción al entrenamiento, algunas figuras importantes han anunciado que no participarán. La misma sociedad civil japonesa que ha sido consultada en encuestas de opinión ha expresado su deseo en cancelar las olimpiadas por temor a más contagios. Pues la curva de casos ha aumentado considerablemente desde que fueron levantadas las restricciones.

El gobierno japonés sigue sumando esfuerzos en evitar que los juegos sean cancelados, porque de serlo verían como 26 mil millones de dólares se perderían, eso es parte de los costos de organización, de seguridad, de adaptación de las instalaciones deportivas o en algunos casos de construcción de ellas, las trasmisiones televisivas entre otras muchas cosas.

Reuters revelaba a finales de la semana pasada que tan solo 4,1 % de la población japonesa había sido vacunada mientras que comparaba con otros países del G7 en los que las fases se encontraban mucho más avanzado.

Las cifras oficiales de casos en Japón a dos meses de la celebración de las olimpiadas y los paraolímpicos son de 706.000 casos positivos y unas 12.000 muertes en total.

En este momento se calcula que el 80% de los atletas han sido vacunados lo que es una cifra muy alta, y el gobierno japonés ha sugerido a los comercios y restaurantes que cierren sus puertas a las 8 pm para intentar contener un poco la movilidad en la calle. Lo que ha llevado a un debate entre los juristas japoneses de si la medida es o no constitucional.

El Covid-19 no sólo ha cambiado la vida, la dinámica sanitaria, la economía y hasta la política de cada país del planeta, sino que ha ocasionado que la celebración de un evento tan codiciado entre las naciones anfitrionas se haya convertido en una problema para el país receptor quién aun haciendo todo correctamente podría acabar ganando el rechazo social de sus propios ciudadanos.

INTERREGNUM: QUAD: dudas despejadas. Fernando Delage

Una de las dudas sobre la política asiática de Joe Biden era si mantendría el mismo compromiso que su antecesor con el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), el foro informal que Estados Unidos comparte con Japón, India y Australia, o volvería, por el contrario, al desinterés que mostró por el grupo la administración Obama. A partir de 2019 la representación en el foro se elevó al nivel de ministros de Asuntos Exteriores y, en 2020, las maniobras navales organizadas por India bajo el nombre de Malabar con Washington y Tokio incluyeron por primera vez a Australia, sumando así a los cuatro socios.

La respuesta de la Casa Blanca no se ha hecho esperar. En su primera conversación telefónica con el primer ministro indio, Narendra Modi, el pasado 8 de febrero, el presidente norteamericano le propuso la promoción de “una arquitectura regional más sólida a través del QUAD”. Dos días más tarde, Biden transmitió a su homólogo chino, Xi Jinping, la intención de “preservar un Indo-Pacífico libre y abierto”, es decir, la definida como misión del QUAD. El 18 de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores de los cuatro países miembros mantuvieron su primer encuentro. Y, en un nuevo e inesperado salto cualitativo, fueron los líderes de las cuatro democracias los que se reunieron (por videoconferencia) el 12 de marzo. Con la celebración de esta cumbre al máximo nivel, la administración norteamericana ha indicado con claridad su voluntad de reforzar el foro y hacer del mismo un instrumento central de su estrategia hacia el Indo-Pacífico.

Otros movimientos similares apuntan en la misma dirección. En un contexto en el que, según ha declarado el responsable del mando del Pentágono en la región, el almirante Philip Davidson, el equilibrio militar está dejando de estar a favor de Estados Unidos, dos portaaviones de este último país realizaron ejercicios conjuntos en el mar de China Meridional (lo que no había ocurrido desde 2012). Otros buques atravesaron asimismo el estrecho de Taiwán después de que unidades de la fuerza aérea china simularan un ataque a uno de los dos portaaviones. Por otra parte, los secretarios de Estado y de Defensa, Antony Blinken y Lloyd Austin, respectivamente, realizan su primer viaje oficial a Tokio y Seúl esta misma semana. Austin también visitará Delhi. Sólo después, Blinken y el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, se reunirán—el día 18 en Alaska—con los dos principales responsables de la diplomacia china, Yang Jiechi y Wang Yi.

Las piezas se están desplegando sobre el tablero con inusitada rapidez. No debe concluirse, sin embargo, que este proceso vaya a conducir necesariamente a la institucionalización del QUAD como alianza militar formal. Los intereses de los cuatro miembros no son siempre coincidentes: su disposición a trabajar juntos como contrapeso de China no equivale a la intención de formar un bloque abiertamente hostil a Pekín. Entre otras razones porque la dinámica regional no se reduce a las cuestiones de defensa.

Atender esas otras prioridades, como parece ser una de las motivaciones norteamericanas, permitirá superar esas reservas. En su reunión de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores subrayaron la necesidad de actuar conjuntamente contra la pandemia y el cambio diplomático, además de luchar contra la desinformación o restaurar la democracia en Birmania. La reunión de jefes de gobierno prestó especial atención por su parte a un esfuerzo dirigido a aumentar la producción de vacunas contra el Covid. Este tipo de acciones permite fortalecer la utilidad del grupo, al ampliar sus objetivos al conjunto de problemas compartidos por la región más que en centrarse como única función en contrarrestar el ascenso chino.

Tokio 2021. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los juegos olímpicos fueron uno de la larga lista de eventos que se tuvo que suspender en el 2020 debido al Covid-19. Japón lo tenía todo previsto y a pesar de la ilusión del pueblo y el gobierno japonés en ser sede de este gran evento, fue postergado por seguridad sanitaria en espera de ver la evolución de la pandemia.

El origen de estos juegos se remonta a la época de la antigua Grecia, de donde también viene el origen de su nombre -de la ciudad Olimpia- sede de los primeros juegos de la historia. Los olímpicos han sido símbolo de paz y fraternidad entre pueblos, incluso en épocas convulsas y de conflictos a lo largo de la historia del mundo. En efecto en la antigua Grecia los griegos paralizaban las guerras para poder celebrar las competencias y permitir la movilidad de los pueblos de alrededor sin peligro.

Desde la antigüedad estos juegos han congregado multitudes; los atletas y los aficionados en la antigua Grecia además aprovechaban para rendir culto a sus dioses. De allí el origen de la antorcha, que comenzó como un ritual sagrado en donde se quemaban las ofrendas que se ofrecían a los dioses y que hoy sigue siendo el símbolo de unión, tolerancia, amistad, paz y esperanza entre los pueblos.

Los juegos del 2020 han sido reprogramados y se inaugurarán el 23 de julio del próximo año y culminarán el 8 de agosto, por lo que el pasado 16 de noviembre el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) llegaba a Tokio y se reunía con el primer ministro Yoshihide Suga a tan sólo nueve meses de que tengan lugar los olímpicos de Tokio. El primer ministro japonés aprovechó la visita para afirmar “nuestra determinación es realizar unos juegos seguros y exitosos el próximo verano como prueba de que la humanidad ha derrotado el virus”.

Por su parte el presidente del COI -Thomas Bach- aseveraba “estamos convencidos de que unos juegos olímpicos seguros serán un símbolo de solidaridad y unidad” y que “junto con nuestros amigos japoneses nos aseguraremos de que estos juegos sean la luz al final del túnel oscuro en el que nos encontramos”.

Los primeros olímpicos de Tokio tuvieron lugar en 1964, en un curioso momento, posterior a que Japón había sido derrotado en la II Guerra Mundial y sufría un colapso económico. En ese momento esos juegos fueron señal de esperanza y dejaron huella en el pueblo japonés. Los japoneses pudieron demostrar sus avances tecnológicos como la transmisión satelital y el tren bala, por lo que consiguieron posicionarse como líder mundial en electrónica. Con ello su orgullo nacionalista fue restablecido y así renació una nueva nación japonesa.

Es muy probable que los juegos olímpicos del 2021 sean esencialmente la reafirmación de reflorecimiento para Japón, para Asia y el resto del mundo. Japón, apenas el año pasado iniciaba una nueva era con la toma de posesión del nuevo emperador Naruhito, la “era Reiwa” que significa hermosa armonía. El nombre de la nueva era revela el deseo japonés de mantenerse alejado de actos bélicos -tal y como lo contempla su constitución-y seguir el camino próspero y altamente civilizado que les ha permitido llegar a ser una potencia económica.

Seguramente, el encendido de la próxima antorcha olímpica representará para Japón y para el resto del mundo la esperanza en volver a vivir con libre movilidad, poder socializar sin protocolos de seguridad, retomar la vida como la conocíamos y, quizá, incluso nos ayude a apreciar el valor que encierra vivir cada día ordinario.

INTERREGNUM: Suga, tras los pasos de Abe. Fernando Delage

Por segunda vez en la historia de la diplomacia japonesa—el primero fue Shinzo Abe—un jefe de gobierno ha escogido el sureste asiático como destino de su primer viaje oficial al exterior. Es un gesto que no sólo supone un reconocimiento de la creciente importancia estratégica de la subregión, sino también de la preocupación de Japón por los movimientos chinos en relación con los Estados miembros de la ASEAN.

Durante su visita a Vietnam e Indonesia, Yoshihide Suga describió las acciones de Pekín en el mar de China Meridional como contrarias a las normas internacionales, y reiteró la oposición de Japón a cualquier maniobra que suponga una escalada de tensión en dicho espacio marítimo. A la vez que impulsó nuevos acuerdos de cooperación con ambos socios en el terreno de la defensa, no dejó de reiterar ante sus anfitriones el papel central de la ASEAN en la consolidación de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”.

Despejando las dudas sobre la continuidad del activismo diplomático de su antecesor, Suga ha seguido desarrollando la red de asociaciones estratégicas construidas por Tokio durante los últimos años. Vietnam, que ya había recibido buques patrulla de Japón, acordó la compra de seis unidades más por valor de 345 millones de dólares, lo que permitirá reforzar las capacidades de vigilancia en sus costas. En Indonesia, además de subrayar la preocupación compartida con Yakarta por la presencia paramilitar china en el mar de Natuna, al norte del archipiélago, Suga propuso el establecimiento formal de un diálogo 2+2 (es decir, con la participación de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa) entre ambos países. Tampoco olvidó Suga los incentivos económicos prioritarios para la región: en Vietnam logró una relajación de la política de visados que facilitará el crecimiento del comercio y las inversiones, mientras que a Indonesia ofreció cerca de 500 millones de dólares en préstamos a bajos tipos de interés.

Tanto en Hanoi como en Yakarta, el primer ministro japonés hizo hincapié en la centralidad de la ASEAN en los asuntos regionales, esforzándose por disipar el temor de las potencias más pequeñas a su marginación por los grandes. Suga declaró su apoyo a la “Perspectiva sobre el Indo-Pacífico” adoptada por la organización el año pasado, que—según indicó—coincide en muchos aspectos con el concepto de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” mantenido por Tokio. El presidente indonesio, Joko Widodo, uno de los principales impulsores del documento de la ASEAN, no ocultó su satisfacción por el compromiso de Japón en esta era de competición entre las grandes potencias.

En los mismos días en que, en Pekín, el presidente Xi Jinping, acompañado por todos los miembros del Comité Permanente del Politburó, conmemoraba el 70 aniversario de la entrada de China en la guerra de Corea en clave contemporánea—“la guerra, señaló, permanece como un símbolo de la unidad nacional frente a la beligerancia norteamericana”—, Japón, Vietnam e Indonesia demostraban que las naciones de Asia no van a dejar que los dos grandes les impongan su destino.

Sube la tensión militar en el Pacífico

El verano ha sido testigo de ejercicios y maniobras militares de gran envergadura que han tenido como escenario preferente los disputados mares del sur de China que Pekín quiere hacer de exclusiva soberanía china contra los criterios de tribunales internacionales. En cada uno de estos ejercicios se han encontrado fuerzas aeronavales de EEUU y Japón, actuando juntas, y fuerzas chinas observando y recordando sus reclamaciones a la vez que reiterando su vieja aspiración de extender su dominio a Taiwán.  

 El pasado mes de agosto, EE.UU. desplegó ejercicios conjuntos con Japón y sus aliados en el Indo-Pacífico, en los que dos bombarderos B-1s, estacionados en Guam, se unieron a dos B-1s que llegaron desde Estados Unidos. En este “gran ejercicio de entrenamiento”, que comenzó el lunes 17 y terminó el domingo 18 de agosto, también participaron la fuerza de Ataque Reagan, el Cuerpo de Marines, los cazas F-35 Lightening IIs con base en Japón y cazas japoneses.

El Gobierno chino, por su parte, informó el 18 de septiembre del inicio de maniobras militares cerca del estrecho de Taiwán. Se trata, explicó China, de “una acción razonable y necesaria, dirigida a la situación actual en la región”, que tiene como objetivo ulterior proteger “la soberanía e integridad territorial” de China. Además, los días 21, 22 y 23 envió, por separado, dos aviones de combate hacia la isla.

En estos momentos, y tal vez en relación con la dura campaña electoral estadounidense, crecen las alarmas respecto a una hipotética intervención militar china en Taiwán que algunos expertos han llegado a sugerir que podría producirse la primera semana de noviembre, coincidiendo con las elecciones norteamericanas. Aunque hay que resaltar que aunque en los círculos militares oficiales de Washington el nivel de alerta y vigilancia hayan aumentado, no se considera probable una intervención china directa en Taiwán en las actuales circunstancias.

Hasta hace relativamente poco tiempo se consideraba que China no constituía un rival militar para Estados Unidos en caso de un enfrentamiento abierto. Pero, aunque hoy parece seguir siendo válida esa afirmación, las distancias se han acortado. China ha venido haciendo un enorme esfuerzo presupuestario para potenciar sus capacidades aeronavales, ha modernizado sus fuerzas terrestres, se ha ido desprendiendo  de sus dependencias, tanto de material como de doctrina, de Rusia y ha pasado de es esquema básicamente defensivo (que no ha abandonado) a desarrollar capacidades de despliegue de fuerzas fuera de su territorio. Cuando EEUU, con  Nixon, impulso los lazos con Pekín, el gran rival era la URSS y en ese escenario aquella política tenía más sentido. Pero hoy, sin dejar de ser Rusia un desafío a tener en cuenta en determinados escenarios, el reforzamiento político, comercial y militar de China exigen otra atención y otros planes desde Europa y EEUU.

INTERREGNUM: El QUAD resucita. Fernando Delage

El pasado 21 de julio, el secretario de Defensa de Estados Unidos,Mark Esper, indicó que China no tiene derecho a convertir el mar de China Meridional en una “zona de exclusión” para crear su propio “imperio marítimo”. Días antes, el secretario de Estado, Mike Pompeo, denunció formalmente la ilegalidad de las pretensiones de soberanía china sobre las islas en dichas aguas.  La escalada retórica norteamericana, en un contexto de hostilidad sin precedente en su relación con Pekín, pasó también a los hechos, tanto en el terreno diplomático como en el militar. El 22 de julio, la República Popular anunció que Washington le había exigido el cierre de su consulado en Houston en un plazo de 72 horas. Mientras, la marina de Estados Unidos realizó dos maniobras militares simultáneas en el océano Índico y en el mar de China Meridional.

El portaaviones Nimitz, que ya se había desplazado al mar de China Meridional a principios de julio, se trasladó a finales de mes a un área cercana a las islas Andaman y Nicobar, al norte del estrecho de Malaca, para desarrollar una serie de ejercicios con la armada india. Por su parte, otro de los portaaviones norteamericanos, el Ronald Reagan, hizo lo propio con la participación de Japón y Australia en el mar de Filipinas. Son movimientos que cabe interpretar como respuesta a las acciones chinas en su periferia marítima—donde continúa acumulando capacidades militares—y en la frontera con India, además del aumento de la presión sobre Hong Kong y Taiwán.

También los vecinos de China avanzan en una dirección similar. Después de que Australia e India firmaran en junio un pacto de cooperación naval y logística que permite a cada uno de ellos el acceso a las bases militares del otro, Delhi anunció—el 17 de julio—su invitación a Canberra para participar en las maniobras Malabar, ejercicios navales que India realiza anualmente con Estados Unidos desde 1992, y a los que se incorporó Japón en 2015. La inclusión de Australia de manera permanente—ya participó de manera ocasional en 2007—es una nueva ilustración de la inquietud regional por el expansionismo marítimo chino. Es también, por tanto, un mensaje a Pekín de que los cuatro miembros del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) estarán realizando prácticas conjuntas en el Indo-Pacífico, revitalizando el grupo. Se confirma de este modo que los incidentes en el Himalaya la pasada primavera han hecho que India adopte una posición más dura frente a China.

No es, con todo, la única opción de los aliados asiáticos de Washington. Lo errático de la política de Trump se traduce en crecientes dudas sobre sus compromisos con la región. Así parece reflejarlo el hecho de que, con apenas días de diferencia, Australia y Japón anunciaran su intención de aumentar su presupuesto y capacidades de defensa. A finales de junio, en efecto, Australia declaró que incrementará su gasto militar en un 40 por cien durante la próxima década. Según señaló el primer ministro, Scott Morrison, el mundo será tras la pandemia “más peligroso y desordenado”, lo que obliga al país a prepararse frente a toda eventualidad. La modernización de sus fuerzas armadas se orientará especialmente hacia las capacidades tecnológicas de la marina, en la que se concentrará también el incremento de personal.

Por su parte, el presupuesto de defensa de Japón crecerá por octavo año consecutivo hasta 48.000 millones de dólares. Frente al ascenso de China y la amenaza norcoreana, Tokio modernizará su fuerza aérea—mediante la compra a Estados Unidos de aviones de combate F35 y vehículos de alerta temprana—así como sus capacidades en misiles de largo alcance. Después de que en junio se cancelara el despliegue del sistema antimisiles Aegis basado en tierra por su coste, el gobierno busca nuevas alternativas, al tiempo que también duplica su atención hacia sus satélites y activos en relación con el ciberespacio.

INTERREGNUM: Trump visita a Modi. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realiza esta semana su primera visita a India. El primer ministro Narendra Modi—con quien se vio hasta cuatro veces el pasado año—le ha organizado una multitudinaria recepción en su estado natal de Gujarat. Pero además de engrasar el ego de un Trump en busca de su reelección, Modi tiene que asegurarse de que no vuelva a Washington con las manos vacías. Ambos países comparten intereses, pero también no pocas diferencias dados los costes internos y externos que representa para el gobierno indio un acercamiento “excesivo” a Estados Unidos.

Como Obama y antes Bush, Trump quiere que India desempeñe un papel más activo en la seguridad asiática y asuma un papel de contra-equilibrio con respecto a China. Al mismo tiempo, pretende conseguir un más fácil acceso al mercado indio de las empresas norteamericanas. Para Delhi, la superioridad de China—cuya economía es cinco veces mayor—justifica el imperativo de una relación estratégica con Estados Unidos para poder recibir la ayuda militar y tecnológica que necesita. El dilema para Modi es cómo beneficiarse del apoyo de Washington sorteando las presiones de este último cuando sus intereses no coinciden. Como mayor comprador de armamento a Rusia, por ejemplo, India es especialmente vulnerable a la política de sanciones de la Casa Blanca. Y tampoco puede permitirse una hostilidad innecesaria con Pekín, cuyas inversiones directas también corteja. El actual enfrentamiento entre Estados Unidos y China, un factor que ha transformado el entorno estratégico en el que India ha definido su política exterior desde el fin de la guerra fría, limita por tanto su margen de maniobra y condiciona en gran medida las opciones de su política asiática.

En cuanto a las coincidencias entre ambos gobiernos, los avances en la relación bilateral han sido notables durante los últimos años. Han establecido nuevos mecanismos de diálogo estratégico (como el “2+2”, el “Quad” o el proceso trilateral con Japón); han firmado acuerdos orientados a mejorar la interoperabilidad entre sus fuerzas armadas; y han ampliado el alcance de sus maniobras conjuntas. Se espera que, durante la visita de Trump, se apruebe la compra de helicópteros para la armada india, y se avance en las negociaciones sobre otros equipos que Estados Unidos suministrará a Delhi en el futuro.

Mayores dificultades cabe esperar en el terreno comercial. India exige la exención a los aranceles impuestos por Washington al acero y aluminio, entre otros productos, a la vez que está dispuesta a ofrecer una reducción de tarifas a la importación de lácteos, fruta, o motos Harley-Davidson, de origen norteamericano. La suma de prioridades divergentes, condicionantes políticos internos, y falta de voluntad ha impedido el entendimiento. El problema es que los choques económicos pueden terminar afectando a la esfera estratégica. Además de China y otros intereses geopolíticos compartidos, la estabilidad y el equilibrio de la relación entre Estados Unidos e India depende de estos otros elementos.

También, en último término, de la propia capacidad india de asegurar su cohesión social y un crecimiento económico sostenido. La política hinduista de Modi está provocando grandes divisiones internas que no sólo ponen en riesgo el laicismo de la República y su prosperidad, sino asimismo su ascenso internacional y, por tanto, su utilidad como socio de Washington.

Asia en COP25. Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz

El pasado mes de diciembre se celebró en Madrid, España, la Conferencia de las Naciones Unidas Sobre el cambio climático, COP25. La COP es el foro político anual más importante para hacer frente a los problemas climáticos y está formado por los países firmantes del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

El cambio climático es un hecho que nadie puede negar: el deshielo y el aumento del nivel de mar, que cambiaría las corrientes oceánicas y haría desaparecer a ciudades como Venecia o Ámsterdam, el calentamiento global de tierras y océanos, que acabaría con la diversidad marina y provocaría la extinción de especies, huracanes más violentos o sequias extremas son solo algunos de sus efectos. El calentamiento global, acelerado por el comportamiento humano, ha provocado que la temperatura media de la tierra aumente 1ºC respecto a los niveles pre-industriales, En el acuerdo de Paris de 2015, COP21, los países firmantes acordaron mantener ese aumento muy por debajo de los 2ºC y hacer esfuerzos para limitarlo a 1,5ºC con respecto a los niveles pre-industriales. A día de hoy, y con los niveles de contaminación actuales, alcanzaremos los 1,5ºC en tan solo 20 años.

De los 5 países más contaminantes del mundo, 4 están en Asia: China (30%), India (7%), Rusia (5%) y Japón (4%), solo estos 4 países expulsan a la atmosfera casi la mitad del CO2 mundial, por lo que esta región juega un papel muy importante para la sostenibilidad del planeta.

Japón ha sido uno de los países más criticados por su dependencia del carbón y, tras el accidente de la central nuclear de Fukushima en 2011, el uso del  petróleo y carbón se han convertido en la fuente primaria de energía del país. Ante las críticas recibidas, el gobierno nipón se comprometió a reducir el uso del carbón hasta el 25% en esta década y, aumentar el uso de energía limpia del 15% al 24%. Además, el país del sol naciente, también se ha comprometido a tener ciudades de 0,00 emisiones para el año 2050, entre ellas están Tokio o Kioto. Japón depende de la compra de petróleo y gas del exterior y, la fabricación de centrales nucleares –ahora más seguras y resistentes- hará que no dependan tanto del petróleo árabe, por lo que, cumplir con sus objetivos, no solo beneficiara al medio ambiente y a la sociedad nipona, sino, también, a la economía del país.

La India podría ser uno de los países más afectados por el cambio climático, cuenta con más de 1.300 millones de habitantes, lo que supone alrededor del 20% de la población mundial y, solamente, tiene un 4% de las reservas mundiales de agua. Según un informe del Banco Mundial en 2016, la extracción de agua para uso agrícola se había multiplicado por 7 en los últimos 50 años, lo que ha provocado que muchos acuíferos se sequen. La India, como país en vías de desarrollo, cuenta con muchos derechos de emisión y critica a las regiones desarrolladas de no haber cumplido con el protocolo de Kioto. India es un país donde casi 300 millones de personas no tienen acceso a la electricidad, pero cuenta con uno de los proyectos de iluminación más grandes del mundo: invertir medio millón de euros en actualizar el alumbrado público a LED. Con este proyecto se espera que la demanda de electricidad en la India se reduzca 20.000 megavatios y reducirá las emisiones de CO2 en 80 toneladas anuales, o lo que es lo mismo, ahorrará 6.200 millones de euros al año. Además, la empresa EDF renovables ha desarrollado proyectos solares en el país, 4 plantas solares de 207 MW de capacidad instalada en los estados de Rajasthan, Uttarakhand y Madhya Pradesh.     En el año 2018, India invirtió más de 15 mil millones de dólares en energías renovables, menos del 1% de su PIB, pero se espera que para el año 2032, el 40% de la energía provenga de combustibles no fósiles.

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de Rusia han aumentado un 1% anual en los últimos 5 años. El país más grande del mundo ha emitido 0,46 toneladas de CO2 a la atmosfera por persona en el 2018, una cifra  que duplica a la de Alemania a pesar de que su PIB es la mitad. Recientemente, Rusia ratificó el acuerdo de Paris, comprometiéndose, así, con el cambio climático y a mantener el calentamiento global por debajo de los 2ºC. Rusia es uno de los países que más electricidad consume del mundo, a partir del carbón y petróleo, pero dispone de una vasta extensión de terreno perfecta para la energía solar y eólica. Rusia quiere instalar en la región de Murmansk un parque eólico que suministrará 750 GW/h al año, un proyecto que ahorrara  600.000 toneladas de CO2 en la atmosfera y será el más grande de Rusia. Desde que se dio comienzo al “Programa de apoyo a las energías renovables” en el año 2013, el país ha conseguido atraer 9.200 millones de euros que se han destinado a energía solar, eólica o proyectos de generación de energía mediante la quema de residuos y se espera que el coste de producir energía limpia se equipare a la energía convencional en esta década. Por último, el país espera construir de aquí al año 2024, 210 complejos para el tratamiento de residuos, con lo que se espera organizar el 60% de los residuos que genera todo el país y tendrá un coste de 78.000 millones de Rublos.

China es el país más contamínate del mundo, emite, aproximadamente, el 30% de todo el CO2 mundial a la atmosfera. El pasado mes de noviembre Xi Jinping y Emmanuel Macron calificaron de “Proceso irreversible” el acuerdo de Paris sobre el cambio climático y, exigieron a los países desarrollados a invertir 100.000 millones de dólares anuales de aquí a 2025 para financiar estas acciones. En el año 2017 el 58% de la energía en China provenía del carbón pero, se espera que para el año 2040, esta cifra baje al 32%.

A pesar de sus altos niveles de contaminación, China se ha convertido en el mayor inversor del mundo en eficiencia energética:

[Fuente: IEA World Energy Investment 2019]

China se ha convertido en un importante mercado para la energía fotovoltaica, en el desierto del Gobi y, se espera, que para el año 2030 aumente su consumo de energía no fósil en un 20%. Por último, se espera que para este año 2020 la energía hidroeléctrica instalada alcance los 340GW y la eólica y solar los 230GW y 250GW respectivamente y, se estima que seguirá creciendo en los próximos años debido al compromiso del país con los GEI. Queda añadir que, China, tiene el mercado más grande de coches eléctricos del mundo, en el año 2018 se vendieron más de 1.100.000 vehículos eléctricos, cifra similar a las ventas totales de coches en Mexico y, superando con holgura, las ventas totales en todo el continente africano. Las emisiones de China per cápita en el 2018 fueron de 0,5 toneladas, una cifra muy próxima a la de Rusia a pesar de que su población y PIB es muy superior. Cabe destacar que, China es el país más contaminante del mundo, pero es el país analizado que más ha disminuido sus emisiones de CO2 per cápita en la última década:

[Tabla 1. Emisiones de CO2 totales y per cápita en el año 2018 Vs 2008. Fuente: Datosmacro.com]

A pesar del incidente en la central de Fukushima en 2011, solo Japón ha conseguido, tras el COP21 en París, reducir sus emisiones totales de CO2, siendo estas, en 2008, de 1.213.496 Kts.

La transición de los combustibles fósiles a la energía limpia o verde no es fácil, requiere tiempo, investigación y dinero. Esta transición podría hacerse más rápidamente en las economías avanzadas, pero, las economías en desarrollo aun necesitan de estos combustibles para su desarrollo. Los países hacen esfuerzos para esta transición, pero no será rápida, ni fácil, el principal problema radica en saber si la tierra podrá aguantar hasta que llegue esta transición y dejemos de depender de ellos.

Los próximos años serán cruciales para controlar los gases de efecto invernadero, que alcanzaron el record en el año 2018 y cada año matan a 8,3 millones de personas en todo el mundo, sobre todo en India y China.

Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

www.linkedin.com/in/angelenriquezdesalamancaortiz

@angelenriquezs

INTERREGNUM: Multilateralismo en el sureste asiático. Fernando Delage

Acaba un año en el que las tensiones económicas y geopolíticas entre Estados Unidos y China parecen haber determinado la evolución del continente asiático. En realidad, este contexto de rivalidad entre los dos gigantes no ha paralizado ni dividido la región. Por el contrario, sin ocultar su preocupación por esta nueva “guerra fría”, el pragmatismo característico de las naciones asiáticas ha permitido avanzar en su integración económica y en la defensa de un espacio político común.

Un primer ejemplo de la voluntad asiática de no dejarse doblegar por el unilateralismo de la actual administración norteamericana fue la decisión de Japón de rehacer el TPP después de haberlo abandonado Washington. Con la participación de otros 10 Estados, el gobierno japonés dio forma a un acuerdo—rebautizado como CPTPP (Comprehensive and Progressive Agreement for Trans Pacific Partnership)—que mantiene abierto el comercio intrarregional pese a la oposición de la Casa Blanca. Un segundo salto adelante se dio en noviembre cuando, con ocasión de la Cumbre de Asia Oriental celebrada en Bangkok, la ASEAN y cinco de los seis socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) lograron cerrar la constitución del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), pendiente ya sólo de su firma en 2020.

La conclusión de este acuerdo comercial entre 15 países que suman un tercio de la población y del PIB global (fue India quien decidió no sumarse en el último momento, aunque podrá incorporarse en el futuro), es uno de los hechos más relevantes del año en Asia. Más allá de integrar a algunas de las mayores economías del planeta, los países de la ASEAN y sus socios del noreste asiático han lanzado un poderoso mensaje contra esa combinación de populismo, proteccionismo y nacionalismo que está haciendo mella en Occidente. Mientras este último se divide, Asia refuerza su interdependencia.

En esa dirección apunta igualmente otra contribución hecha por la ASEAN en el año que termina. Mientras Japón y Australia buscan la manera de redefinir la región mediante un concepto del “Indo-Pacífico” que permita mantener comprometido a Estados Unidos con la seguridad regional, y amplíe el espacio de actuación de India, los Estados del sureste asiático han articulado su propia respuesta, de una manera que protege al mismo tiempo el papel central de la ASEAN en los asuntos regionales.

Su perspectiva sobre el “Indo-Pacífico”, hecha pública en junio, quiere evitar, en efecto, toda posible división de Asia en bloques, haciendo hincapié en su carácter inclusivo y añadiendo una dimensión económica y de desarrollo. La ASEAN intenta corregir así la estrategia formulada con el mismo nombre por Washington con el fin de contener el ascenso de la República Popular China. El RCEP es por tanto mucho más que un mero acuerdo económico: es un instrumento que permite institucionalizar un concepto de Asia que, sin ocultar los diferentes valores políticos de sus miembros, contribuye a la prosperidad económica de todos ellos, y—en momentos de especial incertidumbre geopolítica—facilita la estabilidad estratégica de la región. (Foto: Flickr, foundin-a-attic)

INTERREGNUM: Trump contraataca (a sus aliados). Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece estar dispuesto a abrir una nueva etapa en la reclamación a sus aliados de una mayor contribución a los gastos de defensa. Mientras se espera que insista de nuevo en la cuestión con motivo de la cumbre de la OTAN que se celebrará en Londres la próxima semana, ya ha abierto el camino con los aliados asiáticos.

Durante la campaña electoral de 2016, Trump no dejó de criticar a Corea del Sur y a Japón por el “aprovechamiento” por parte de ambos de sus pactos defensivos con Washington. Sus dos años en la Casa Blanca no le han hecho cambiar de opinión. El 15 de noviembre, la administración norteamericana exigió a Seúl un aumento del 400 por cien de su contribución anual a los gastos derivados de la presencia militar de Estados Unidos en Corea del Sur, para pasar de los casi 1.000 millones de dólares que pagará este año a un total de 4.700 millones de dólares. Sólo dos días más tarde, Washington pidió a Tokio que cuadruplique su aportación por el mismo fin, de 2.000 millones de dólares a 8.000 millones de dólares.

Estados Unidos ha abandonado las conversaciones con Seúl al no acceder éste, como cabía esperar, a sus demandas. Desde 2016, Corea del Sur paga aproximadamente la mitad de los gastos que suponen los 28.000 soldados de Estados Unidos en su territorio. Gasta, además, buena parte de su presupuesto militar—el 2,6 por cien del PIB, más que cualquier miembro europeo de la OTAN—en armamento norteamericano (hasta 13.000 millones de dólares durante los últimos cuatro años). Seúl absorbe además otros gastos no cubiertos por el acuerdo sobre tropas, como la construcción de Camp Humphreys, la que será mayor base de Estados Unidos en el extranjero (lo que representa otros 10.000 millones de dólares).

Aunque Japón gasta un menor porcentaje de su PIB en defensa que Corea, es una economía mayor y, por tanto, gasta más en términos absolutos. Tokio cubre aproximadamente el 70 por cien del gasto de las fuerzas norteamericanas en el archipiélago (54.000 hombres) y la práctica totalidad del coste de construcción de las nuevas instalaciones de Estados Unidos en Futenma e Iwakuni, así como un tercio de las que se están construyendo en Guam. Japón compra además el 90 por cien de su armamento a Estados Unidos. La negociación para renovar el acuerdo con Japón debe empezar en el primer semestre de 2020.

La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump hace hincapié en las “extraordinarias ventajas” que le proporcionan sus alianzas: proyectan el poder e influencia de Estados Unidos, y maximizan sus capacidades políticas y económicas. La Estrategia de Defensa Nacional señala por su parte que la “red de alianzas y asociaciones estratégicas de Estados Unidos continúa siendo la espina dorsal de la seguridad global”, al proporcionar “acceso a regiones clave y respaldar un sistema de bases que sustenta el alcance internacional de nuestro país”. Sin embargo, es el propio Trump quien está haciendo que los aliados se cuestionen el compromiso de Washington con su seguridad.

Incluso si el presidente diera marcha atrás en sus irrealistas demandas, ha vuelto a dañar la credibilidad de Estados Unidos y a humillar a sus aliados. No debe extrañar por tanto que Seúl y Tokio vean en la reelección de Trump en 2020 una amenaza mortal a sus alianzas. Kim Jong-un estará encantado, aunque quizá no tanto como los líderes chinos, a los que Washington habrá regalado uno de sus grandes objetivos.