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China: la ambigüedad calculada como arma diplomática

China está intentando recomponer sus relaciones con los países del Pacífico tratando de dar la sensación de que no es un enemigo ni un peligro sino un activo buscador de la distensión y la creación de un clima de paz en la región. Eso sí, sin aludir a las provocaciones de su aliado de Corea del Norte ni a sus reiteradas amenazas de destrucción de la única parte de territorio chino que vive en un régimen de libertades, garantías y libre comercio: Taiwán.

Hace unos días se encontraron los líderes de China y Japón y en el marco de este encuentro Japón expresó “serias preocupaciones” sobre cuestiones de seguridad regional a Xi Jinping, en Bangkok, donde el primer ministro Fumio Kishida y el presidente chino mantuvieron sus primeras conversaciones cara a cara.

Los dos países son socios comerciales pero las relaciones se han agriado en los últimos años a medida que el régimen chino refuerza su ejército y sus ambiciones en la región.

“Expresé mis serias preocupaciones por la situación en el mar de China Oriental, incluidas las islas Senkaku”, dijo Kishida a los periodistas, en referencia a unos islotes en disputa controlados por Japón que China denomina Diaoyutai. También indicó que le había planteado su preocupación por “las actividades militares de China, incluidos los lanzamientos de misiles balísticos” desde su territorio.En agosto varios misiles chinos disparados durante unas maniobras militares en torno a Taiwán habrían caído en la zona económica exclusiva de Japón.

No obstante, ambos países han acordado hacer un esfuerzo para mantener abiertas líneas permanentes de comunicación ante cualquier discrepancia y su disposición a avanzar por caminos de distensión. China, por su parte ha hecho una lectura más optimista aún al sostener que “China y Japón conmemoraron conjuntamente el 50° aniversario de la normalización de las relaciones bilaterales este año, Xi dijo que las dos partes han adoptado los cuatro documentos políticos China-Japón y han llegado a varios importantes entendimientos comunes.

Esto ha generado –ha añadido Pekín- importantes beneficios para los dos pueblos y ha contribuido a la paz, desarrollo y prosperidad regionales. Al indicar que China y Japón son vecinos cercanos, subrayó que la importancia de la relación China-Japón no ha cambiado y no cambiará. Xi hizo énfasis en que las dos partes tienen que tratarse con sinceridad y confianza y aprender las lecciones de la historia, y añadió que tienen que ver el desarrollo de ambos de forma objetiva y racional, y traducir en políticas el consenso político de que los dos países deben ser socios, no amenazas”.

Esta es la esencia de la política exterior china, el más desarado ejercicio de hipocresía política, cualidad abundante en el mundo pero que ejercida desde un Estado totalitario aparece en toda su desnudez. Pero con estas cartas hay que jugar la partida.

Kamala Harris en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

A finales de la semana pasada, la Casa Blanca anunciaba la asistencia de la vicepresidenta Harris al funeral del primer ministro Abe. En el marco de la visita se va a aprovechar para cubrir temas críticos para las alianzas estadounidenses. Tal y como hemos venido afirmando, la región del Indo Pacífico es la columna vertebral en materia de política exterior y China la mayor preocupación de Washington.

Este es el segundo viaje de Harris a Asia. El primero fue el verano pasado cuando hizo una gira por dos países del sureste asiático, con la intención de generar un acercamiento después de que los primeros meses de la Administración Biden fueron distantes, a pesar de que Washington ha sostenido consistentemente su compromiso de larga data tanto con Vietnam y con Singapur.

ublicó en su momento la oficina de la vicepresidenta “estamos de regreso en una región de importancia crítica en el mundo”. Ese ha sido el mensaje a través de todos los encuentros, visitas e incluso afirmaciones tanto del secretario de Estado como del de Defensa o el mismo Biden.

Este viaje debe servir para robustecer el fuerte compromiso tanto económico como de seguridad que Estados Unidos tiene con el otro lado del Pacifico. En este sentido, el portavoz de la Casa Blanca señaló que esta gira tiene un triple propósito, primero honrar la memoria y el legado de Abe. En segundo lugar, reafirmar el compromiso de Estados Unidos con los aliados en un entorno de seguridad cada vez más complejo. Y el tercero, profundizar el compromiso de Washington con la región del Indo-Pacífico.

La Casa Blanca adelantaba que se aprovecharía para llevar a cabo reuniones estratégicas para discutir temas como la fortaleza de la alianza bilateral con Japón. Una cooperación entre ambos que incluye materia espacial, temas regionales y globales, incluida la estabilidad del Estrecho de Taiwán, la importancia de promover un Indo-Pacifico libre y abierto y la preservación de la paz.

Entre los puntos más destacados de la agenda está la reunión con el primer ministro australiano, Anthony Albanese, que es clave para la discusión del estatus de la región y las actividades del Quad, o alianza cuadrilateral en materia de seguridad entre India, Australia, Japón y EE. UU.

Así mismo, Harry tiene previsto reunirse con el primer ministro surcoreano Han, quien también se encuentra en Tokio, para discutir el eje de seguridad y prosperidad en el Indo-Pacífico.  En la visión de la Administración Biden Corea del Sur es prioritario para atender los desafíos globales empezando por los de la propia península de Corea.

En la visión de la Administración Biden, Corea del Sur es prioritario para atender los desafíos globales empezando por los de la propia península de Corea.

También se prevé encuentros con ejecutivos de empresas japonesas de la industria de semiconductores para debatir sobre los chips y el proyecto de ley en ciencia recién convertido en ley en Washington e intentar persuadir de que tener un marco legal como ese brinda muchos beneficios no solo a los Estados Unidos sino también a sus aliados y socios.

En este sentido, las inversiones en manufacturas en territorio estadounidense ocupan una prioridad muy alta, junto con la elasticidad y diversificación de la cadena de suministros, en pro de prevenir cualquier disrupción sobre todo después de los grandes problemas vistos durante la pandemia. Washington ve en Tokio un aliado estratégico no solo en cuanto a la seguridad y defensa de la región sino también como socio vital en todos los frentes en los que China representa un problema.

En efecto, después de la primera reunión entre Harris y el primer ministro japonés Kishida, la vicepresidenta tuiteó que la alianza entre ambas naciones es más fuerte que nunca. Y ratificó el compromiso de seguir fortaleciendo la alianza, ya que es fundamental para la prosperidad y la seguridad del pueblo estadounidense.

Con la compleja situación internacional, la caída de la economía como consecuencia de la pandemia en todos los países, los altos precios del petróleo, la inseguridad alimentaria producto de la invasión rusa a Ucrania y lo escasa o ninguna transparencia china en el origen de la pandemia y las extremas medidas de contención del virus, ha habido una especie de despertar en muchas naciones. Países que eran aliados como Japón y Estados Unidos, tienen interés en mostrar más sus vínculos, o como la UE y Washington, que han cerrado fila en contra del agresor, sin medias tintas.

Y países que han venido siendo presionados por Beijing para aceptar sus condiciones, empiezan a ver las consecuencias de los estrangulamientos de los créditos chinos, como ha sucedido en Zambia o Sri Lanka, por nombrar casos emblemáticos.

Sobre todo, los países cuyas fronteras están cerca de las chinas o comparten mares con Beijing temen perder la libertad de los mismos, la capacidad soberana de tomar decisiones porque el gigante asiático se imponga por la ley del más fuerte.

Son esos temores los que están acercando viejas alianzas, fortaleciendo acuerdos y recordarles a los mismos estadounidenses que la presencia es insustituible y necesaria. Esperemos pues que la vicepresidenta desenvuelva un buen papel, contenga sus comentarios defensivos frente a la prensa, y el centro de atención lo ocupe los temas en materia de seguridad de la región y desarrollo de alianzas económicas.

 

El Océano Índico, ¿Un tablero de ajedrez? Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz

El Océano Índico es el tercer océano más grande del mundo, y se extiende desde el este de África hasta la costa oeste de Australia, incluye el Mar Rojo y el Golfo Pérsico y conecta más de 30 países como Sudáfrica, Singapur, Egipto, Timor Oriental o Indonesia. Un océano por el que circulan dos tercios del comercio mundial y que da acceso al estrecho de Malaca, uno de los estrecho mas importantes del mundo por conectar la región de Asia-Pacifico con Oriente Medio y África.

Pero este océano no solo da acceso al estrecho de Malaca, también da acceso al estrecho de Ormuz, al estrecho de Bad-El-Mandeb y al Canal de Suez, es decir, 4 de los 7 estrechos más importantes del mundo se encuentran en el océano Índico, a excepción del Canal de Panamá, el estrecho de Daneses y el de Turquía. Por poner algún ejemplo, solo por el estrecho de Ormuz ya circula el 20% del crudo mundial; las consecuencias del Evergiven, encallado en el Canal de Suez en el 2021, fueron devastadoras para la logística mundial y para las pequeñas y grandes empresas en todo el mundo; o solo por el estrecho de Ormuz y Malaca circula casi dos tercios del crudo mundial. Un océano que ha ganado importancia a nivel mundial, sobre todo, desde el ascenso de China como potencia mundial.

Uno de los proyectos más ambiciosos del mundo, la Ruta de la Seda de China, unirá el país asiático con África y Europa, y lo hará por tierra y por mar, por el Océano Índico. India, potencia emergente, está creciendo a ritmos acelerados y muy posiblemente se convierta en una potencia mundial en las próximas décadas, y reclamará su dominio en la región y, por lo tanto, en el Océano Índico.

Este océano es reclamado por los países de la zona al igual que Estados Unidos, potencia militar mundial, dispone de bases militares en el Pacifico, en Guam o en el Atolón de Midway con el objetivo, primero disuasorio, y segundo proteger las rutas marítimas que van hasta sus costas, y para frenar a contrabandistas o piratas que intentan bloquear el comercio marítimo mundial.

El “collar de perlas” es un conjunto de bases militares de China en el Índico, que conecta al país con África y Oriente Medio, dos regiones desde las que China importa la mayor parte de sus recursos, unas bases militares con el objetivo de dar estabilidad a estas rutas marítimas por las que circulan las importaciones del gigante asiático: bienes de consumo o petroleo, entre otros, tan necesarios para mantener su crecimiento económico.

 

Fuente: https://dossiergeopolitico.com

Este “collar de perlas” esta formado por un conjunto de bases militares en el Océano Índico que garantizarían la seguridad de sus buques y aumentaría la influencia en la zona, puertos como por ejemplo el de Gwadar o el de Yibuti.

Con la base de Yibuti, primera base militar china en el extranjero, el país asiático incrementaría su importancia estratégica y militar en la zona , una región donde China invierte millones de dólares en los países del litoral índico. En la base de Gwadar (Pakistán) China también ha invertido grandes cantidades de dinero con el fin de asegurar el corredor económico China-Pakistán (CPEC) que conecta por vía terrestre a China con el Océano Índico, lo que garantiza una conexión con la Ruta de la Seda. Un puerto crucial para el gigante asiático que puede convertirse en un centro comercial de primer nivel que conecte Asia y Oriente Medio. Además, Pakistán esta involucrado en un conflicto con la India por la región de Cachemira, un conflicto iniciado en 1947, pos-colonial, que ha generado 3 guerras y que, a día de hoy, sigue abierto entre otras cosas, por uno de los recursos más valiosos del planeta: el agua.

El Puerto de Hambantota (Sri Lanka) también es un punto clave, no solo por poder garantizar las seguridad en las rutas marítimas hacia China, sino porque también puede controlar los movimientos de la India y tener un refuerzo militar en caso de conflicto directo. Un país endeudado con China que, en 2015, se vio obligado a ofrecer el puerto de 60 km² por un periodo de 99 años.

Bangladés, en la región de Chittagong se encuentra el puerto más grande del país, un puerto, también, en manos chinas.

India, por su lado, está en posesión de las Islas de Andaban y Nicobar, unas islas en el Océano Índico que podrían bloquear los cargueros con destino a China, lo que podría provocar el colapso del gigante asiático al quedarse sin recursos provenientes de África y Oriente Medio. Además, India, ve con temor el collar de perlas por considerarlo un cerco a su región pudiendo causar bloqueos comerciales o ataques directos y próximos a sus costas. A pesar de que China ha manifestado que el Collar de Perlas tiene el único fin de garantizar la seguridad de sus buques, India, que también aspira a convertirse en líder de la región, ha incrementado su presupuesto militar y ha realizado acuerdos con países como Irán para establecer, también, puertos marítimos en posiciones estratégicas cercanas a las de chinas o en regiones como Omán o Seychelles.

El océano Índico se ha convertido en otro campo de batalla entre China y la India, un terreno de juego crucial para asegurar el suministro y controlar las rutas marítimas más importantes del mundo. Un posible conflicto en esta zona o un bloqueo por parte de una de las dos potencias podría desencadenar consecuencias devastadoras para toda la región de Asia-Pacifico, África, Oriente Medio y Oceanía. Un conflicto por este basto océano que se añade al ya existente entre las dos potencias más pobladas del mundo en la “Linea de Control Actual”, la frontera en discordia, de más de 4.000 kilómetros entre ambos países desde hace más de 60 años. El océano Índico será la región que determinará quien tendrá la hegemonía en Asia en las próximos décadas, y para ello, las alianzas económicas, políticas o militares con los países colindantes será clave para el dominio de este basto océano, una partida de ajedrez entre las dos potencias nucleares para controlar las rutas marítimas más importantes del mundo que dan sustento al comercio mundial de bienes y servicios.

Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

Taiwán la joya del Pacífico oeste. Nieves C. Pérez Rodríguez

Factum, el centro de investigación y pensamiento con sede en Sri Lanka dedicado a estudiar las relaciones internacionales, cooperación tecnológica y comunicaciones estratégicas de Asia, publicaba un artículo la semana pasada titulado Taiwán la joya del Pacifico oeste en el que su autor, Kasum Wijetilleke, hacía un paseo por la historia de Taiwán y las razones por las cuales es una isla tan apetecible.

Tras la primera guerra chino-japonesa, en 1885, cuando la dinastía Qing cedió la isla de Taiwán bajo el Acuerdo de Shimonoseki, daba comienzo así la creación de la primera colonia del Japón imperial. El plan de los japoneses era crear una colonia modelo para así demostrar la superioridad de la “japonización”.

Lo primero fue desarrollar vías de comunicación e infraestructuras, así como una red de salud pública y sistemas de saneamiento.  Integrar a los taiwaneses al sistema de educación que fue una prioridad. Aunque los locales solo recibían educación primaria obligatoria mientras que la secundaria era exclusiva para los japoneses. Sin embargo, el autor afirma que los japoneses sentaron una importante base para el desarrollo humano y el crecimiento económico en la entonces precaria isla.

El experimento del modelo de colonización que desarrolló Japón en Taiwán fue un éxito puesto que estableció orden, erradicó enfermedades existentes, modernizó la isla y creó una economía que fue la base de la que tienen hoy. Aunque Japón gobernó con mano dura y sin contemplaciones.

Así continuó hasta la década de 1940 cuando se promulgaron importantes reformas agrarias en Japón y que los taiwaneses replicaron, pero bajo un modelo propuesto por la comisión conjunta de Estados Unidos y Taiwán que construyó una base agrícola para el desarrollo de la economía de la isla.

Wijetilleke subraya que Taiwán se benefició enormemente de la política exterior y las consideraciones estratégicas de Estados Unidos puesto que el Partido Nacionalista Kuomintang (KMT) tenía conexiones cercanas con Washington y el presidente Roosevelt había estado fomentando un acuerdo con el líder del KMT Chiang Kai Shek.

Taiwán es devuelta a China por el acuerdo del Cairo en 1943 y ratificado dos años más tarde, a pesar de que el comunismo avanzaba y controlaba China. Con este acuerdo, Taiwán quedó como una provincia china, pero comenzó un sistema de autonomía que ya los japoneses habían permitido, pero en este punto sin colonos comenzaron a desarrollar una identidad más propia.

Tras la derrota japonesa y la toma del poder por los comunistas en la China continental, los nacionalistas chinos derrotados se instalaron en la isla sustrayéndola del control de Beijing.

Entre los años 50 y 80 Taiwán recibió muchas inversiones provenientes de los Estados Unidos destinadas al desarrollo en áreas de infraestructuras, educación, industria y tecnología de comunicaciones. En 1979, Estados Unidos aprueba el histórico acuerdo la ley de relaciones con Taiwán que formuló las disposiciones para el establecimiento diplomático con Taiwán, además de asegurar la protección militar estadounidense a la isla e incluso proporcionarle armamento de carácter defensivo a Taiwán si lo necesitara.

La liberación de los mercados en los setenta, junto con la planificación y el apoyo estatales, una fuerza laboral capacitada, mano de obra a bajo costeo, adecuadas infraestructuras físicas y tecnológicas atrajeron inversiones tanto estadounidenses como japonesas a Taiwán.

Domésticamente, las industrias pequeñas y medianas en manos de familias y empresarios impulsadas por el gobierno de Taiwán a través de préstamos pequeños y subsidios fueron clave para estimular el crecimiento de una clase media fuerte y una base industrial potente en manos de los taiwaneses.

Con esas bases nace lo que el autor llama el “milagro de Taiwán”. En los ochenta, la economía taiwanesa se había convertido en uno de los “tigres asiáticos” junto con Singapur, Hong Kong y Corea del Sur debido a que se convierte en un centro de fabricación de alta tecnología.

La relación de China con Taiwán, subraya el autor, refleja la dinámica rusa-ucraniana. En ambos casos está la presencia de un Estado mucho más grande y poderoso cerca de una nación separada que es considerablemente más pequeña, pero con un mismo idioma y vínculos compartidos. Y en ambos casos los grandes Estados tienen a su joya de la corona, Ucrania era el proveedor de maíz y trigo para la Unión Soviética, lo que lo era clave, pero Taiwán hoy es mucho más importante en la cadena de suministro mundial de fabricación y tecnología.

Taiwán concentra la fabricación de semiconductores utilizados en casi todos los equipos que se fabrican en el mundo. Sólo por el hecho de que las empresas taiwanesas satisfacen más del 50% de la demanda china de semiconductores, y las americanas dependen aún más de los conglomerados taiwaneses que manufacturan los semiconductores, Taiwán adquiere una importancia estratégica.

A pesar de las inversiones chinas en esta área, la industria taiwanesa está cinco años por delante a la tecnología china. Debido a esta situación, el Congreso de los Estados Unidos recientemente aprobó la legislación del Chips que provee de un subsidio de unos 50 mil millones de dólares por cinco años a empresas que se dediquen a la fabricación de tan codiciado componente. Y lo que a priori ha incentivado es un acuerdo para el establecimiento de una planta de semiconductores taiwaneses en Arizona en el 2024.

China, por su parte, es indudablemente el hub más grande de manufacturas en el mundo y a pesar de los 14.000 km de costas que posee la salida y distribución de mercancías no es una tarea fácil. La dinámica es compleja debido a los miles de islas en la zona y que varían en tamaño, lo que complica la navegación marítima.

Las islas japonesas Ryukyu, Borneo y Sumatra así como Filipinas e indudablemente Taiwán, todas fueron utilizadas inicialmente como un escudo defensivo para la costa occidental de EE.U. y luego se convirtieron en una contra defensa eficaz contra posibles invasiones chinas desde el Pacífico occidental. La estrategia de contención fue denominada “cadena de defensa de islas” según el secretario de Estado John Foster Dulles.

En este contexto, Taiwán sigue siendo la joya de la corona en la estrategia de contención. Está ubicada justo en el centro de la inmensa costa de China lo que podría convertirse en un embudo para la maquina comercial global de China. Sin contar con los lazos históricos que existen entre ambos, la ubicación de Taiwán convierte a la isla en la “joya” en la cadena de defensa que la isla le daría a China el control de un lugar de avanzada clave desde el cual ingresar al Océano Pacífico Occidental.

Taiwán representa una intersección significativa entre la seguridad nacional, los intereses económicos y la enemistad histórica, lo que la convierte posiblemente en la isla estratégicamente más importante del siglo XXI, concluye el autor.

Japón quiere revisar su doctrina de defensa

La invasión rusa de Ucrania ha supuesto una patada en el tablero del orden geoestratégico mundial que está obligando a prácticamente todos los países del mundo a revisar sus estrategias de seguridad y sus alianzas políticas desde ámbito regional al internacional. El conflicto europeo está, en mayor o menor medida, detrás de la mayoría de las decisiones estratégicas del planeta y eso supone como se ha venido afirmando una revisión de todos los  compromisos, públicos y secretos, explícitos e implícitos, adquiridos tras el fin de la II Guerra Mundial y durante el largo y peligroso periodo denominado Guerra Fría en que el peligro de la extensión de dictaduras comunistas con apoyo soviético era la principal amenaza para las libertades y el bienestar europeo y occidental.

Japón es un ejemplo. Tras la derrota de su régimen criminal, el país volcó sus energías en la modernización, el crecimiento económico y la construcción de un sistema democrático cuya eficiencia ha sido ejemplar. Y todo ello garantizado por un esquema de seguridad basado en la limitación de fuerzas propias y en un paraguas disuasorio proporcionado por su alianza con Estados Unidos.

Ahora que está en auge la rivalidad entre los países democráticos y autocráticos, Japón necesitará revisar su estrategia de seguridad para tratar al mismo tiempo con China, que está intensificando su actitud hegemónica, y Corea del Norte, que continúa con su desarrollo nuclear y de misiles, así como con Rusia con quien Japón tiene contenciosos territoriales procedentes aún de la II  Guerra Mundial. Con este escenario el gobierno japonés ha anunciado un proceso de revisión de sus parámetros de seguridad.

“Ucrania podría ser mañana Asia Oriental”, ha mencionado de forma repetida el primer ministro japonés Kishida Fumio en sus discursos en foros internacionales desde que comenzara la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero. El líder japonés se mantiene alerta ante posibles acciones inesperadas en la región, como un posible conflicto en torno a Taiwán. De hecho, ya se ha filtrado que Tokio está estudiando el despliegue de un sistema propio de misiles de largo alcance capacitados para actuar frente a eventuales agresiones china o norcoreana. El Gobierno de Japón deliberará sobre el fortalecimiento de sus capacidades de defensa mediante la revisión, a finales de este año, de tres conjuntos de documentos relativos a la materia, entre ellos la estrategia de seguridad nacional.

El gobiero japonés ha anunciado oficialmente que pretende repensar cómo actuar ante China y Rusia mientras profundiza en la alianza con los Estados Unidos y refuerza la colaboración con sus aliados y otros países con valores semejantes, así como en el marco del Quad, del que forman parte Japón, los Estados Unidos, Australia e India, y otras alianzas.

INTERREGNUM: El legado de Abe. Fernando Delage  

Desde hace al menos una década, Japón afronta un triple dilema en su entorno geopolítico: cómo prevenir un estatus subordinado a China en Asia; cómo corregir una excesiva dependencia en su relación con Estados Unidos; y cómo equilibrar las relaciones con ambas potencias sin convertirse en rehén de su rivalidad. Puesto que Japón no puede permitirse abandonar la alianza con Washington ni renunciar a su relación de interdependencia económica con Pekín, tenía que dar forma a una estrategia  que permitiera defender sus intereses y valores en esta era de cambios en el equilibrio de poder.

Fue Shinzo Abe, el exprimer ministro asesinado el pasado 8 de julio, quien supo articular una respuesta a esa encrucijada, abandonando las premisas de la diplomacia japonesa posterior a 1945—la conocida como “doctrina Yoshida”—, para dar a su país una nueva identidad como actor internacional. Sus propuestas fueron, no obstante,  más lejos, pues supo intuir como pocos los vientos de cambio que se avecinaban en la seguridad regional y, con sus ideas e iniciativas, hizo que fueran otros actores—Estados Unidos incluido—los que le siguieran. Así ocurrió con el concepto del Indo-Pacífico, que no existió hasta que Abe lo empleó para describir la realidad de una Asia cada vez más interdependiente, o con el diseño del QUAD como expresión de una comunidad definida por los valores democráticos.

Considerando a un mismo tiempo los intereses de Japón y los de la región en su conjunto, Abe construyó una estructura diplomática que perseguía tres objetivos. El primero de ellos consistía en preservar el equilibrio de poder en Asia estableciendo un contrapeso eficaz de China. Aunque el eje principal de este último es el sistema de alianzas liderado por Estados Unidos, Japón lo ha completado durante estos años con una red adicional de asociaciones estratégicas con otros Estados vecinos. Participando de manera proactiva en la redefinición de la arquitectura de seguridad regional con el fin de condicionar el margen de maniobra chino, mientras de manera paralela ha “normalizado” su propia política de defensa (eliminando algunas de las restricciones impuestas por la Constitución a su acción internacional y ampliando sus capacidades militares), Japón ha ampliado su espacio estratégico y adquirido una mayor flexibilidad para adaptarse a un eventual escenario de inestabilidad.

Un segundo objetivo promovido por el gobierno japonés ha sido la integración económica de la región, sin dejar fuera a China. Japón es la mayor economía del CPTPP—es decir, el antiguo TPP sin Estados Unidos—y la segunda en el RCEP. Sus capacidades financieras y tecnológicas, sumadas a las iniciativas acordadas con otros socios en materia de infraestructuras de calidad, control de sectores estratégicos y gobernanza digital, contribuirán a prevenir que el continente se oriente en su totalidad hacia China.

Por último, Abe hizo de la defensa de los valores liberales un núcleo central de su política exterior. Como indicó la Estrategia de Seguridad Nacional de 2013, la primera en la historia del país, los intereses nacionales de Japón residen en “el mantenimiento y protección de un orden internacional basado en reglas y valores universales, como la libertad, la democracia, el respeto a los derechos humanos fundamentales y el Estado de Derecho”.

Responsable de que Japón haya vuelto a ser un actor estratégico—la guerra de Ucrania ha reforzado aún más sus argumentos—, Abe deja un vacío difícil de cubrir. Aun fuera del gobierno, su liderazgo seguía presente, marcando una misma orientación a sus sucesores. Su ausencia puede conducir a posiciones menos explícitas en determinados asuntos, pero sin que pueda ignorarse la infraestructura de seguridad construida durante sus cerca de ocho años en el poder. La actualización—prevista para finales de año—de la Estrategia de Seguridad y de las orientaciones de las fuerzas de autodefensa, confirmará esta transformación en la acción exterior de Japón, que representa a su vez uno de los hechos más relevantes de las relaciones internacionales del Asia contemporánea.

INTERREGNUM: Malas noticias para Pekín. Fernando Delage

Las últimas semanas no han sido fáciles para los dirigentes chinos. Los problemas parecen acumularse en un año en el que Xi Jinping quería verse libre de obstáculos de cara a la confirmación de su tercer mandato en el XX Congreso del Partido Comunista en otoño. El escenario económico empeora, mientras la primera visita de Biden a Asia ha servido para demostrar que, pese a la guerra de Ucrania, China no ha dejado de ser la prioridad central de la política exterior de Estados Unidos.

Los datos dados a conocer el 16 de mayo han revelado el impacto negativo que la política de covid-cero (con decenas de millones de personas confinadas), además de los efectos indirectos del conflicto en Ucrania, están teniendo sobre la economía: en abril se registraron los peores indicadores de los dos últimos años. Sin embargo, lejos de dar marcha atrás en la posición adoptada con respecto a la pandemia, el Comité Permanente del Politburó ha publicado duras advertencias contra quienes la cuestionen. Con independencia de las dudas sobre su eficacia desde una perspectiva sanitaria, su coste económico impedirá en cualquier caso que pueda lograrse el objetivo de un crecimiento del 5,5 por cien del PIB en 2022 (se aspiraba a conseguir una cifra superior a la de Estados Unidos).

Xi piensa que el liderazgo del Partido Comunista y “las ventajas del sistema socialista” bastan para resolver los problemas que afronta la nación. Así lo afirmó en el discurso que pronunció en la conferencia interna sobre economía celebrada el pasado mes de diciembre, y que ha publicado recientemente Qiushi, la revista teórica del Partido. Las dificultades existentes, dijo el presidente, tienen como principal causa la expansión sin freno del capital y del sector privado, un proceso que debe limitarse devolviendo un mayor control al gobierno. Esa ha sido en realidad su posición de siempre, lo que no ha evitado, sin embargo, la aparición de rumores sobre posibles enfrentamientos entre distintas facciones políticas.

La economía no es la única preocupación de Pekín. El viaje de Biden a Corea del Sur y Japón ha servido para reafirmar el compromiso estratégico norteamericano con la contención de la República Popular. Y da idea de la percepción de alarma de Pekín la activa campaña realizada en días previos por los responsables de su diplomacia con el fin de advertir a los socios de Washington del riesgo de una nueva guerra fría entre dos bloques.

En su visita a Corea del Sur, Biden confiaba encontrar en el nuevo gobierno del conservador Yoon Suk-yeol una mayor disposición a cooperar de lo que fue posible con su antecesor, el liberal Moon Jae-in. Washington quiere ampliar el enfoque regional de la alianza con Seúl y hacer que ésta se aproxime gradualmente al QUAD (el grupo formado por Estados Unidos, Japón, India y Australia). Un primer paso consiste en ayudar a mejorar las deterioradas relaciones entre Corea del Sur y Japón. Con el problema nuclear norcoreano por medio, siempre resultará difícil, no obstante, que Seúl se sume de manera explícita a una política de enfrentamiento con Pekín.

En Japón Biden dio un nuevo impulso a la alianza con su principal socio asiático, coincidiendo con el proceso de actualización por el gobierno de Fumio Kishida de la Estrategia Nacional de Seguridad, a la vez que se sondea la posibilidad de la incorporación japonesa a AUKUS. Pero la estancia en Tokio del presidente norteamericano no respondía sólo a motivaciones bilaterales; fue también la ocasión para anunciar formalmente el plan económico de la Casa Blanca para la región (el “Indo-Pacific Economic Framework, IPEF”), y asistir a la segunda cumbre presencial a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD. El IPEF se presentó con algunos cambios tras las reservas mostradas por los líderes de la ASEAN en la cumbre celebrada en Washington la semana anterior. En cuanto al QUAD, éste ha adquirido una creciente relevancia a la luz de la agresión rusa en Ucrania, si bien se plantean nuevas dudas sobre India, país que, como es sabido, no puede prescindir de Moscú en su política de contraequilibrio de China.

Biden regresa a la Casa Blanca después de transmitir un claro mensaje de compromiso con la estabilidad asiática pese a la guerra en curso en Europa, y haber reforzado la cooperación con sus aliados frente a las ambiciones revisionistas chinas. La retórica y las advertencias de Pekín parecen confirmar que ha logrado su principal objetivo.

 

INTERREGNUM: Japón, India y Europa. Fernando Delage

Aunque la guerra de Ucrania conducirá a una reorganización de la arquitectura de seguridad europea, con la incertidumbre de cómo saldrá Rusia del conflicto, es evidente que sus implicaciones van más allá del Viejo Continente. No sólo porque está en juego el mantenimiento de un orden internacional basado en reglas, sino también porque la ausencia de condena por parte de China a la agresión de Putin ha puesto de manifiesto la realidad de un desafío autoritario a la estabilidad global.

A la advertencia por la ministra británica de Asuntos Exteriores hace unos días de que también China debe cumplir las reglas, Pekín no tardó en responder con el argumento de que la OTAN y los europeos tratan de agitar conflictos en Asia. Es toda una novedad que China haya comenzado a referirse a la Alianza Atlántica, ajena desde su nacimiento a la seguridad asiática, anticipando quizá la próxima mención que hará a la República Popular en la actualización de su concepto estratégico. Pero Pekín no tendrá más remedio que adaptarse a las nuevas circunstancias provocadas por su socio en el Kremlin. Y, en ese contexto, adquieren especial significado los movimientos de sus dos principales vecinos: Japón e India.

Desde que Rusia invadió Ucrania, la diplomacia japonesa no sólo se ha alineado estrechamente con el G-7, sumándose a cuantas sanciones se han acordado, sino que ha reforzado la coordinación con la OTAN y los Estados europeos. El ministro de Asuntos Exteriores, Yoshimasa Hayashi, participó por primera vez como “socio” en la reunión con sus homólogos de la OTAN el pasado 7 de abril, y el primer ministro, Fumio Kishida, ha sido invitado igualmente a la cumbre que los líderes de la Alianza Atlántica celebrarán en Madrid en junio. Se ha dado así un considerable avance desde que, en abril de 2013, la OTAN y Japón concluyeran un acuerdo para profundizar en su asociación estratégica, centrada desde entonces en cuestiones como la seguridad marítima, la ciberseguridad y la no proliferación, entre otras. Japón ha sido uno de los países que de manera más explícita han subrayado la vinculación entre Ucrania y la seguridad en el Indo-Pacífico. Del mismo modo que Tokio apoya los esfuerzos contra Moscú en Europa, está sentando las bases para la solidaridad del Viejo Continente—y de la Alianza Atlántica—en el caso de que se produzca un conflicto en Asia.

La posición de India ha sido, como se sabe, muy diferente. Pero su dependencia militar y energética de Rusia no modifica, sin embargo, su percepción del desafío chino. Y es el comportamiento de la República Popular el que ha dado un motivo para reactivar el acercamiento mutuo de Delhi y la Unión Europea. Aunque fue en el año 2000 cuando se celebró la primera cumbre bilateral, y en 2004 cuando se estableció una “asociación estratégica”, hubo que esperar a 2020 para que ambas partes acordaran una agenda orientada a la búsqueda de resultados tangibles. Entre ellos, en 2021 se reanudaron las negociaciones—bloqueadas desde 2013—sobre un acuerdo de libre comercio, y se puso en marcha un diálogo sobre seguridad marítima. La UE lanzó asimismo una iniciativa de interconectividad—similar a la lanzada con Japón en 2019—para impulsar las inversiones en energía, transporte, e infraestructuras digitales.

Tras la visita a Delhi la semana pasada de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se espera que tanto el acuerdo de libre comercio como un acuerdo bilateral de inversiones estén concluidos antes de 2024. India y la UE anunciaron, además, la creación de una Comisión sobre Comercio y Tecnología—similar a la que ya mantiene Bruselas con Estados Unidos—con el fin de coordinar posiciones al más alto nivel. Este salto cualitativo en las relaciones bilaterales muestra un potencial que va más allá de la dimensión económica, y hace hincapié en los objetivos de cooperación estratégica de ambas partes con respecto a un transformado escenario asiático.

INTERREGNUM: Japón y Rusia: paso atrás. Fernando Delage

Siempre atento a no perder la oportunidad de hacer ruido en un momento de tensión internacional, Kim Jong-un ensayó hace unos días un nuevo misil, y advirtió que sus fuerzas nucleares “están plenamente dispuestas para afrontar y contener cualquier intento militar por parte de los imperialistas norteamericanos”. Según algunos analistas, la invasión de Ucrania—que Pyongyang ha apoyado—habría reforzado la determinación del líder norcoreano de desarrollar su arsenal nuclear. De hecho, ningún misil anterior había alcanzado la altitud del de la semana pasada (más de 6.000 kilómetros): un proyectil de alcance intercontinental, aunque cayó en la zona económica exclusiva de Japón, a menos de 200 kilómetros de la prefectura de Aomori, al norte del archipiélago.

El primer ministro, Fumio Kishida, calificó el lanzamiento como “un acto de violencia inaceptable”, y una nueva amenaza para la seguridad de Japón, de la región y de la comunidad internacional. Pero no ha sido la única sorpresa con que se ha encontrado el gobierno japonés durante los últimos días. El pasado lunes, en respuesta a las sanciones impuestas por Tokio a Rusia por la guerra de Ucrania, Moscú anunció la suspensión de las negociaciones con vistas a la firma de un tratado de paz (pendiente desde el fin de la segunda guerra mundial). En el comunicado hecho público, el ministerio ruso de Asuntos Exteriores indicó que es imposible “discutir sobre asuntos de esta importancia con un país que ha adoptado una actitud tan claramente inamistosa”. La responsabilidad, añadía, “recae únicamente sobre Japón, por su posición antirrusa”.

El gobierno japonés declaró la decisión como “completamente inaceptable”, pero naturalmente no se trata de un mero parón diplomático: supone el fracaso de la estrategia de acercamiento a Rusia mantenida durante una década. Entre 2012 y 2020, en efecto, el primer ministro Shinzo Abe trató de romper el bloqueo diplomático con Moscú mediante el establecimiento de una relación personal con Vladimir Putin—con quien se reunió en innumerables ocasiones—, y la promesa de inversiones en las despobladas provincias del Extremo Oriente ruso. Dichos esfuerzos resultaron infructuosos: en julio de 2020, Rusia modificó incluso su Constitución para prohibir toda concesión territorial (la demanda japonesa de recuperar las islas Kuriles es la cuestión en el centro del contencioso bilateral).  Pero, al mismo tiempo, Japón debe abandonar igualmente la idea de que una asociación con Moscú podría servir de elemento de contraequilibrio frente a China.

Aunque a miles de kilómetros de distancia del frente bélico, la guerra de Ucrania puede marcar así un nuevo punto de inflexión en la política rusa de Japón, confirmando una vez más la estrecha interacción entre el escenario estratégico europeo y el asiático. Japón tiene ahora que hacer frente a Rusia y China simultáneamente. Mantener sus duras sanciones contra Moscú es una exigencia por tanto para presionar también—indirectamente—a Pekín como aviso por si se le ocurriera emprender una agresión similar contra Taiwán.

Las lecciones van incluso más allá. Al igual que los líderes europeos, los dirigentes japoneses son conscientes de que su seguridad en la nueva etapa internacional que se abre pasa por reforzar sus capacidades militares y la alianza con Estados Unidos. Las relaciones Japón-Rusia serán una de las más tensas en el noreste asiático en el futuro previsible, sin que—al contrario de lo que pueda pensarse—sea un resultado favorable para China. Estados Unidos tendrá que prestar al Viejo Continente una atención con la que no contaba, pero—lejos de distraerle del Indo-Pacífico como querría China—, cuenta hoy con una firme coalición de democracias europeas y asiáticas, unidas contra el revisionismo de las potencias autoritarias. Pekín se ha equivocado en la elección de sus socios.

Ucrania: Japón a la expectativa

Japón, que se ha sumado a los aliados en su apoyo a Ucrania, incluso enviando material para las fuerzas armadas ucranianas, observa con atención la situación creada por la agresión rusa y desconfía de los movimientos chinos, los públicos y los secretos, para intentar obtener ganancias de la situación y avanzar en sus planes en el centro de Asia y en el Indo Pacífico. La alarma antre la nueva situación ha coincidido con la ruptura con Rusia en el viejo contencioso sobre las islas Kuriles, al norte del Japón y que Japón denomina Territorios del Norte, parte de las cuales fueron ocupadas por Rusia a finales de la segunda guerra mundial.

Como subrayan los expertos, Japón rompió un precedente de años con su dura respuesta a la invasión rusa a Ucrania, y el conflicto podría modificar la estrategia de defensa de Tokio frente a las ambiciones regionales chinas. Cuando Rusia ocupó la península ucraniana de Crimea en 2014, señalan,la respuesta japonesa fue tibia. Pero esta vez ha estado en sintonía con sus aliados occidentales con las sanciones y la dura retórica contra Moscú, llegando a enviar ayuda militar no letal a Ucrania.

Tokio observa cómo China hace juegos malabares con su discurso y, al recordar la necesidad de llegar a un acuerdo en Europa que salvaguarde la integridad territorial de Ucrania y la seguridad de Rusia, recalca que la propia integridad china esta sin resolver hasta que Pekín domine la isla de Taiwán, territorio sobrenado de facto desde la llegada de los comunistas al poder en Pekín.

Esta resituación internacional de Japón va a profundizar el discurso que ha venido creciendo, lenta pero decididamente, en los círculos políticos japoneses sobre la necesidad de repensar su política exterior, redefinir la defensa nacional, fortalecer sus fuerzas armadas y aumentar el protagonismo regional. Y cada uno de estos asuntos remueve los fantasmas históricos sobre el papel criminal que Japón desempeñó durante el siglo XX, lo cual va a exigir delicadeza y equilibrios extraordinarios a las autoridades niponas.

Y es que todo parece una vuelta al pasado con estética y tecnología distinta: Putin imitando una mezcla de Hitler y Stalin, Zelenski apelando a dudosos ejemplos sobre la historia europea, Biden un poco perdido en su oportunidad de liderazgo y Europa buscando un Churchill con acento continental.