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INTERREGNUM: Multilateralismo en el sureste asiático. Fernando Delage

Acaba un año en el que las tensiones económicas y geopolíticas entre Estados Unidos y China parecen haber determinado la evolución del continente asiático. En realidad, este contexto de rivalidad entre los dos gigantes no ha paralizado ni dividido la región. Por el contrario, sin ocultar su preocupación por esta nueva “guerra fría”, el pragmatismo característico de las naciones asiáticas ha permitido avanzar en su integración económica y en la defensa de un espacio político común.

Un primer ejemplo de la voluntad asiática de no dejarse doblegar por el unilateralismo de la actual administración norteamericana fue la decisión de Japón de rehacer el TPP después de haberlo abandonado Washington. Con la participación de otros 10 Estados, el gobierno japonés dio forma a un acuerdo—rebautizado como CPTPP (Comprehensive and Progressive Agreement for Trans Pacific Partnership)—que mantiene abierto el comercio intrarregional pese a la oposición de la Casa Blanca. Un segundo salto adelante se dio en noviembre cuando, con ocasión de la Cumbre de Asia Oriental celebrada en Bangkok, la ASEAN y cinco de los seis socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) lograron cerrar la constitución del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), pendiente ya sólo de su firma en 2020.

La conclusión de este acuerdo comercial entre 15 países que suman un tercio de la población y del PIB global (fue India quien decidió no sumarse en el último momento, aunque podrá incorporarse en el futuro), es uno de los hechos más relevantes del año en Asia. Más allá de integrar a algunas de las mayores economías del planeta, los países de la ASEAN y sus socios del noreste asiático han lanzado un poderoso mensaje contra esa combinación de populismo, proteccionismo y nacionalismo que está haciendo mella en Occidente. Mientras este último se divide, Asia refuerza su interdependencia.

En esa dirección apunta igualmente otra contribución hecha por la ASEAN en el año que termina. Mientras Japón y Australia buscan la manera de redefinir la región mediante un concepto del “Indo-Pacífico” que permita mantener comprometido a Estados Unidos con la seguridad regional, y amplíe el espacio de actuación de India, los Estados del sureste asiático han articulado su propia respuesta, de una manera que protege al mismo tiempo el papel central de la ASEAN en los asuntos regionales.

Su perspectiva sobre el “Indo-Pacífico”, hecha pública en junio, quiere evitar, en efecto, toda posible división de Asia en bloques, haciendo hincapié en su carácter inclusivo y añadiendo una dimensión económica y de desarrollo. La ASEAN intenta corregir así la estrategia formulada con el mismo nombre por Washington con el fin de contener el ascenso de la República Popular China. El RCEP es por tanto mucho más que un mero acuerdo económico: es un instrumento que permite institucionalizar un concepto de Asia que, sin ocultar los diferentes valores políticos de sus miembros, contribuye a la prosperidad económica de todos ellos, y—en momentos de especial incertidumbre geopolítica—facilita la estabilidad estratégica de la región. (Foto: Flickr, foundin-a-attic)

INTERREGNUM: Trump contraataca (a sus aliados). Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece estar dispuesto a abrir una nueva etapa en la reclamación a sus aliados de una mayor contribución a los gastos de defensa. Mientras se espera que insista de nuevo en la cuestión con motivo de la cumbre de la OTAN que se celebrará en Londres la próxima semana, ya ha abierto el camino con los aliados asiáticos.

Durante la campaña electoral de 2016, Trump no dejó de criticar a Corea del Sur y a Japón por el “aprovechamiento” por parte de ambos de sus pactos defensivos con Washington. Sus dos años en la Casa Blanca no le han hecho cambiar de opinión. El 15 de noviembre, la administración norteamericana exigió a Seúl un aumento del 400 por cien de su contribución anual a los gastos derivados de la presencia militar de Estados Unidos en Corea del Sur, para pasar de los casi 1.000 millones de dólares que pagará este año a un total de 4.700 millones de dólares. Sólo dos días más tarde, Washington pidió a Tokio que cuadruplique su aportación por el mismo fin, de 2.000 millones de dólares a 8.000 millones de dólares.

Estados Unidos ha abandonado las conversaciones con Seúl al no acceder éste, como cabía esperar, a sus demandas. Desde 2016, Corea del Sur paga aproximadamente la mitad de los gastos que suponen los 28.000 soldados de Estados Unidos en su territorio. Gasta, además, buena parte de su presupuesto militar—el 2,6 por cien del PIB, más que cualquier miembro europeo de la OTAN—en armamento norteamericano (hasta 13.000 millones de dólares durante los últimos cuatro años). Seúl absorbe además otros gastos no cubiertos por el acuerdo sobre tropas, como la construcción de Camp Humphreys, la que será mayor base de Estados Unidos en el extranjero (lo que representa otros 10.000 millones de dólares).

Aunque Japón gasta un menor porcentaje de su PIB en defensa que Corea, es una economía mayor y, por tanto, gasta más en términos absolutos. Tokio cubre aproximadamente el 70 por cien del gasto de las fuerzas norteamericanas en el archipiélago (54.000 hombres) y la práctica totalidad del coste de construcción de las nuevas instalaciones de Estados Unidos en Futenma e Iwakuni, así como un tercio de las que se están construyendo en Guam. Japón compra además el 90 por cien de su armamento a Estados Unidos. La negociación para renovar el acuerdo con Japón debe empezar en el primer semestre de 2020.

La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump hace hincapié en las “extraordinarias ventajas” que le proporcionan sus alianzas: proyectan el poder e influencia de Estados Unidos, y maximizan sus capacidades políticas y económicas. La Estrategia de Defensa Nacional señala por su parte que la “red de alianzas y asociaciones estratégicas de Estados Unidos continúa siendo la espina dorsal de la seguridad global”, al proporcionar “acceso a regiones clave y respaldar un sistema de bases que sustenta el alcance internacional de nuestro país”. Sin embargo, es el propio Trump quien está haciendo que los aliados se cuestionen el compromiso de Washington con su seguridad.

Incluso si el presidente diera marcha atrás en sus irrealistas demandas, ha vuelto a dañar la credibilidad de Estados Unidos y a humillar a sus aliados. No debe extrañar por tanto que Seúl y Tokio vean en la reelección de Trump en 2020 una amenaza mortal a sus alianzas. Kim Jong-un estará encantado, aunque quizá no tanto como los líderes chinos, a los que Washington habrá regalado uno de sus grandes objetivos.

INTERREGNUM: Xi en Chennai. Fernando Delage

Casi año y medio después de su primera “cumbre informal” en la ciudad china de Wuhan, el presidente de la República Popular, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, mantuvieron la semana pasada su segundo encuentro de estas características en Mamallapuram, cerca de Chennai. Aunque ambos líderes coincidieron en junio en la reunión anual de la Organización de Cooperación de Shanghai,  se ven de nuevo a solas después de que Modi renovara en las elecciones de mayo su mayoría absoluta y de que, el 5 de agosto, suspendiera la autonomía de la provincia de Jammu y Cachemira; una decisión que ha enfurecido a ese “cuasi-aliado” chino llamado Pakistán, y que provocó la convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU por Pekín para discutir a puerta cerrada sobre el asunto.

El primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó no casualmente Pekín 48 horas antes de que Xi viajara a India. Aunque China ha mostrado su insatisfacción con el cambio de estatus administrativo de Cachemira, Modi transmitió a su invitado su preocupación por el terrorismo transfronterizo que alimenta Islamabad y sus efectos sobre la seguridad regional, en Afganistán en particular. Las interminables negociaciones sobre la frontera chino-india—cuestión no resuelta desde la guerra de 1962—también formaron parte de las conversaciones, aunque no consta que se produjera avance alguno.

Para China, India es un gigantesco mercado que ha cobrado una renovada relevancia en el contexto de la rivalidad comercial y tecnológica con Estados Unidos. Para Xi es vital, en este sentido, que Delhi no prohíba contratar a Huawei para la puesta en marcha de las redes de telefonía de quinta generación. El presidente chino, además de mostrar la mejor disposición para corregir el desequilibrio comercial bilateral (el déficit indio asciende a 57.000 millones de dólares), evitó las diferencias territoriales para reconducir el diálogo hacia aquellos asuntos en los que existe una genuina cooperación entre los dos vecinos, como el cambio climático o la reforma del sistema multilateral a fin de que se reconozca un mayor espacio a las economías emergentes en el Banco Mundial y en el FMI.

Pese a la oposición de Delhi a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, los dos países comparten, por otra parte, un mismo interés en el desarrollo de infraestructuras y la promoción de la interconectividad. Así lo reflejó el apoyo indio en su día a la creación del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, o el esfuerzo conjunto de ambos gobiernos en el establecimiento del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS. India rechaza un proyecto que, en su opinión, es poco transparente y que—al atravesar Cachemira—pone en duda su soberanía sobre la provincia. No obstante, está abierta a otras alternativas, como por ejemplo el corredor BCIM (Bangladesh-China-India-Myanmar), en discusión desde hace más de una década.

Los impulsos nacionalistas de la administración Trump plantean por lo demás numerosos interrogantes sobre el futuro del orden multilateral, al que no pueden permanecer ajenos estos dos gigantes. El interés de cada uno de ellos en la sostenibilidad de su crecimiento económico y en la estabilidad de Asia propicia la formulación de un nuevo equilibrio entre cooperación y competencia, que también puede ofrecer nuevas oportunidades a la Unión Europea. Cuando va a cumplirse un año de la adopción por Bruselas de su estrategia hacia India, la cumbre de Chennai confirma la necesidad expresada por dicho documento de considerar a Delhi como un socio no sólo económico sino también geopolítico, con el que conviene estrechar las relaciones y completar así el camino ya recorrido con la otra gran democracia asiática, Japón.

Foto: Subbiah Rathianagiri, Flickr.

INTERREGNUM: Europa y Japón unen fuerzas. Fernando Delage

La Unión Europea y Japón han vuelto a dar un paso adelante en el estrechamiento de su relación. De visita en Bruselas, el 27 septiembre el primer ministro japonés, Shinzo Abe, firmó con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, una iniciativa de colaboración para el desarrollo de infraestructuras de transporte, energía y redes digitales en África, los Balcanes y el Indo-Pacífico. A este nuevo compromiso se llega unos meses después de la entrada en vigor—el pasado 1 de febrero—, del doble acuerdo de asociación económica y estratégica (EPA y SPA, respectivamente, en sus siglas en inglés) concluido por ambas partes tras casi una década de negociaciones, y un año después de que Bruselas adoptara su esperada estrategia de interconexión entre Europa y Asia.

Además de facilitar los intercambios y las inversiones entre dos actores económicos que representan más de un tercio del PIB global, el EPA y el SPA constituyen una respuesta conjunta al unilateralismo de la administración Trump. Con su firma, Bruselas y Tokio lanzaban un poderoso mensaje de defensa del orden liberal multilateral. La estrategia de interconectividad en Eurasia supone, por su parte, la articulación de una alternativa a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, aunque a esta última no se le nombrara en el documento. La República Popular es asimismo el objeto de esta reciente iniciativa: Japón y la UE declaran querer trabajar juntos en regiones relevantes para los objetivos chinos, proclamando además su papel como “garantes de valores universales” como la democracia, la sostenibilidad y el buen gobierno.

Japón participará en los proyectos de interconexión europeos, que serán financiados por un fondo de garantía dotado con 60.000 millones de euros, además de la inversión privada y la proporcionada por los bancos de desarrollo. Según indicó Abe en Bruselas, durante los próximos tres años Japón formará a funcionarios de 30 países africanos en la gestión de deuda soberana. Tokio y Bruselas han subrayado así que los proyectos de infraestructuras deben ser sostenibles tanto desde el punto de vista financiero como medioambiental. Se trata, al mismo tiempo, de reforzar la interconectividad global “sin crear dependencia de un solo país”.

Mediante su alianza con la UE, Japón cuenta con un instrumento adicional para promover las actividades de sus empresas en unas circunstancias de desaceleración económica y de creciente competencia con China. La Unión Europea intenta por su parte traducir en influencia política los fondos que dedica a la ayuda al desarrollo. Las dudas sobre el futuro de la relación transatlántica, el ascenso de China, y el enfrentamiento entre Washington y Pekín, sitúan a los europeos ante un nuevo entorno que exige algo más que una retórica multilateral. Pese a las dificultades de formación de posiciones comunes entre Estados miembros con opiniones contrapuestas, la defensa de sus intereses y valores obliga a la Unión a convertirse en un actor geopolítico. Y así lo ha declarado quien a partir del 1 de noviembre será la próxima presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, con el español Josep Borrell como responsable de la acción exterior europea. El último acuerdo con Japón es un ejemplo de cómo esa nueva estrategia va tomando cuerpo.

Interregnum: El supercontinente euroasiático. Fernando Delage

Gobiernos y expertos del mundo entero continúan inquietos—y fascinados a un mismo tiempo—por la iniciativa de la Ruta de la Seda china (BRI); un plan con el potencial de acabar con el eje euroatlántico como pilar central de la economía global, y con el liderazgo marítimo de Estados Unidos en Asia oriental. Pero las estrategias de este alcance suelen tener antecedentes: más que responder a un proyecto previamente elaborado, son la suma de una serie de variables que, en un momento determinado, dan coherencia a objetivos dispares. Y aunque es cierto que este proyecto aspira a situar a China en el centro de una Eurasia integrada, la República Popular no es la única causa.

La creciente interdependencia de la mayor masa continental del planeta era, en efecto, un proceso ya en marcha antes de que, en septiembre de 2013, Xi Jinping pronunciara en Kazajstán su ya famoso discurso sobre la revitalización de la Ruta de la Seda. Si las reformas económicas chinas supusieron un primer giro en la transformación de la dinámica euroasiática, la implosión de la Unión Soviética y la ampliación en dirección oriental de la Unión Europea contribuyeron igualmente a superar las barreras políticas que habían obstaculizado las interconexiones en un espacio carente de obstáculos geográficos. La crisis financiera global y el cambio en la relación de Rusia con Occidente tras el conflicto de Ucrania aceleraron ese proceso, que BRI no hace sino maximizar en beneficio de China, por su situación geográfica y por sus imperativos de crecimiento y de seguridad.

Aun así, los elementos geoeconómicos y geopolíticos no sirven para explicar en su totalidad este fenómeno de la reconexión euroasiática. Como analiza en profundidad Kent Calder, profesor de la Johns Hopkins University en Washington, en un libro de reciente publicación (Supercontinent: The logic of Eurasian integration, Stanford University Press, 2019), hay otros tres relevantes factores que también explican este resultado. El primero de ellos es la energía: la cercanía entre grandes productores (Rusia, Asia central y Golfo Pérsico) y grandes consumidores asiáticos (China, India, Corea y Japón) ha desatado una red de relaciones sin precedente. El segundo es la revolución logística: la aplicación de la tecnología digital al transporte y distribución en la era del comercio electrónico ha simplificado de manera extraordinaria los procedimientos, y reducido de manera exponencial los costes, acelerando igualmente las interconexiones. La existencia de nuevas fuentes de capital—a través de instrumentos creados para superar el déficit de infraestructuras, como los bancos multilaterales creados por China—hacen de las finanzas el tercer factor creador de esta Eurasia en formación.

La dinámica de los mercados, y las estrategias de las empresas multinacionales—de China y Europa en especial, cada vez más cerca al moverse en cada una de ellas el centro de gravedad de las cadenas de producción y distribución: en la República Popular hacia sus provincias occidentales, y en Alemania hacia Europa del Este—se solapan así con las prioridades de crecimiento de los gobiernos. Es una dinámica que, a su vez, amplifica los intereses y ambiciones políticas de las potencias emergentes, alterando así el tablero global.

Éste es el gran desafío histórico que afronta Occidente. Estados Unidos, que no está físicamente en Eurasia, rechazó bajo la administración Trump la mejor arma de la que disponía para influir en esta reconfiguración de los equilibrios euroasiáticos: el Trans-Pacific Partnership, o TPP. Intenta ahora inútilmente—porque provocará lo contrario—frenar la autosuficiencia comercial y tecnológica china. El refuerzo de sus capacidades militares en el Pacífico Occidental y en el océano Índico tampoco servirá para contrarrestar su pérdida de liderazgo, pues no es en ese terreno donde se juega la redistribución de poder en curso. Europa, gigante industrial junto a China en Eurasia, se sitúa para aprovecharse de las oportunidades económicas, pero no parece preocupada por su marginalidad estratégica. (Foto: Akshay Upadhayay)

Japón, tradición y armonía. Nieves C. Pérez Rodriguez

Tokio.- El increíble archipiélago llamado Japón está repleto de tradiciones, como pocos lugares en el planeta. Tradiciones ancestrales que han configurado una rica cultura en donde se dedica largo tiempo a actividades ordinarias, la elaboración minuciosa de objetos, alimentos, o incluso la prestancia de sus ciudadanos, sin aparentes excesos, pero inmaculadamente cuidado.

En Japón nada es casual o circunstancial. Todo lleva una especie de protocolo previamente concebido, como el ritual del té, que se remonta a la llegada del budismo desde China en el siglo IX. Pero al que los japoneses le incorporaron sus delicadas artes y lo hicieron aún más ceremonioso, agregándole unos diminutos pastelitos exquisitamente elaborados y decorados que se sirven junto al té para balancear el amargor de la bebida. Siempre en busca de la armonía.

El ritual de la elaboración de las comidas. Los alimentos son servidos en porciones minúsculas, cortados artísticamente y colocados por separados en pequeños platitos. Por lo que se come una gran variedad de proteínas y vegetales acompañados de arroz. Se intenta aprovechar todo de los alimentos, en el caso del pescado, la piel y las espinas son molidas para poder ser consumidas, optimizando al máximo los productos, mientras se extraen todas las vitaminas y beneficios de éstos.

Así mismo sucede con el espacio. En una nación de 127 millones de habitantes y tan sólo 374.744 km2 de extensión territorial, compuestas además por islas, la optimización del espacio es crítica y los japoneses son maestros en la practicidad y aprovechamiento milimétrico sin perder la estética y el buen gusto.

La tercera economía más grande del mundo ha invertido enormes cantidades en su transporte público, que conecta el país de un extremo al otro, a través de una gran variedad de vías férreas. Japón tuvo su primera locomotora de vapor en 1872, y a partir de entonces no ha hecho más que sumar trenes a su colección.  En la década de los sesenta incorporó los trenes de alta velocidad que, a día de hoy, pasan con frecuencia de tres minutos. Son los trenes más seguros del mundo, pues no tienen registros de accidentes en su historia. Y porsi fuera poco, el margen de retraso, si lo hubiera, sería de unos 8 segundos. Lo que es otro ejemplo de la exactitud y absoluta precisión en la que se maneja la sociedad.

La limpieza y el orden son probablemente los valores más arraigados en la población. Un gran culto por la pulcritud invade las calles de las metrópolis, estaciones gigantes de trenes por las que transitan millones de viajeros diarios, con suelos blancos. Ausencia de cestos de basura en las calles. Lavabos públicos en cada esquina inmaculadamente limpios, casi surrealista. Junto con un comportamiento social profundamente civilizados, restaurantes llenos de gente en los que nadie levanta el tono de voz, para no molestar al vecino. Cubículos en las calles para los fumadores, que limitan el espacio del humo a una habitación para no incomodar al transeúnte no fumador.

La sociedad japonesa parte del respeto y la consideración al próximo, siendo estos principios los que rigen las normas de comportamiento social. Así como mostrar agradecimiento es otro valor profundamente afincado en los ciudadanos, para expresarlo acompañan las palabras con una reverencia en señal de respeto y apego a esas tradiciones que comenzamos explicando al principio del texto.

El Wabi-sabi (侘・寂) es un término filosófico que describe el concepto de la belleza de la imperfección. Los japoneses aprecian la complejidad de la vida real a través de la imperfección. Y tienen muy internalizado la estética minimalista conjugada con la naturaleza, tal y como es. Yo me permito agregar además que, aceptan la belleza de la imperfección, mientras que trabajan con riguroso cuidado para aportar perfección a esa imperfección, siempre en busca del equilibrio y la armonía.

Transición Imperial en Tokio, fin de la era Heisei. Nieves C. Pérez Rodríguez

Tokio.- La monarquía hereditaria más antigua del planeta es la japonesa. Los emperadores han sido parte fundamental del Estado y del mantenimiento de las tradiciones. Y hasta la modernización del Estado japonés a mediados del siglo XX, se le consideraba como una especie de sumo sacerdote, por ser mediador entre los hombres y la divinidad. Cuenta la leyenda que el carácter divino tiene su origen en el primer emperador, que era hijo de un dios.

En la constitución de 1947 se refunda el Imperio japonés, después de la derrota que sufrió en la Segunda Guerra Mundial, y se estableció que el ocupante del trono del Crisantemo tiene una figura más simbólica y tradicional, que mantiene y ratifica la esencia de la sociedad nipona, sin otorgar poderes o responsabilidades políticas.

El artículo 1 reza literalmente: “El emperador es el símbolo del Estado y de la unidad del pueblo, derivando su posición de la voluntad del pueblo en quien reside el poder soberano”.

El poder político reposa en la “Dieta nacional” o parlamento que es elegido por el pueblo y que a su vez elige el gabinete de gobierno, compuesto por el Primer ministro y los ministros que son ratificados simbólicamente por el Emperador.

El 30 de abril oficialmente tendrá lugar la toma de posesión del nuevo emperador, el actual príncipe Naruhito, hijo del emperador Akihito. Una sucesión de poder inusual, pues según la tradición japonesa los emperadores dejan de serlo al momento de su fallecimiento, cuando se nombre el nuevo en suceder el trono, junto con el nombre de la nueva era que comienza en la nación nipona.

La abdicación del emperador Akihito -emperador número 125 de Japón- se hizo pública en el 2016, cuando él mismo manifestó su deseo de retirarse debido a su delicado estado de salud y avanzada edad. El último emperador japonés en abdicar fue el Emperador Kokaku en 1817, hace un poco más de doscientos años.

Dado la peculiaridad de la transición se elaboró una ley minuciosamente estudiada que determinó cómo se haría, y se acordó que al emperador Akihito y su mujer la emperatriz Michiko se les concediera el título de Emperadores Eméritos mientras vivan. De esta manera La Era Heisei o lo que es lo mismo “la era de la creación de la paz” llega a su fin, después de 31 años.

 Del nuevo emperador, de 59 años, casado con una común -tal y como lo hizo su padre- se espera que mantenga la continuidad y la estabilidad que brindó su padre después de los estragos de la Segunda Guerra Mundial, por lo que la era que comienza con Naruhito es la Reiwa que significa “hermosa armonía”, lo que denota el profundo deseo japonés de mantenerse alejado de actos bélicos -tal y como lo contempla su Constitución-y seguir el camino próspero y altamente civilizado que les ha permitido llegar a ser una potencia económica.

Los cambios de era en Japón son parte de su historia. De hecho, ha habido más eras que emperadores, y eso se debe a que han cambiado eras después de tragedias naturales o sucesos traumáticos. Para la cultura es una manera de resetear su actitud social y emprender un nuevo camino renovado. Por esa razón, la decisión del nombre de la nueva sucede en estricta confidencialidad. No depende de la Casa Imperial, sino del gobierno. Se siguen tradiciones para poder tomar la decisión, se sabe que las discusiones toman meses y que se consultan expertos en literatura japonesa y china, y que el nuevo nombre busca reflejar los ideales de la sociedad nipona del momento. Además, debe ser una palabra corta que pueda ser utilizada en la papelería oficial, transacciones comerciales, en la moneda, y en los calendarios que comenzarán en este caso, el 1 de mayo en que oficialmente comienza la Era Reiwa.

Japón es una nación de profundas tradiciones y arraigos. El emperador representa una de esas tradiciones y, por lo tanto, es importante para sus ciudadanos, aunque sea básicamente un símbolo. La sociedad japonesa es increíblemente avanzada, hasta el punto de que es capaz de cambiar para avanzar. Sucedió después de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de haber librado múltiples batallas, muchas de ellas ganadas, entendieron que era necesario renunciar a ello y persistir en la paz. La toma de posesión del nuevo emperador y su Era Reiwa dejan por sentado a priori que ese es el camino que desean seguir, el mantenimiento de la armonía y el bienestar de la sociedad, siempre de la mano de la mesura exquisita, que tan bien representa a los japoneses.

Japón, un estado de antigua data. Nieves C. Pérez Rodríguez

Con este artículo, iniciamos una serie sobre Japón en vísperas de la ceremonia de traspaso del trono del emperador Akihito al príncipe heredero Naruhito, ceremonia en la que 4Asia estará presente.

Japón -日本- que significa literalmente el país del sol naciente, es una de las naciones más pobladas de Asia, con 127 millones de habitantes y con una geografía realmente compleja. Su territorio se compone básicamente de islas. El 97 por ciento de la superficie del país lo conforman cuatro islas principales: Honshū, Hokkaidō, Kyūshū y Shikoku, y el resto, otras pequeñas 6848 islas adyacentes. Se tienen registros que las islas japonesas fueron habitadas desde la Edad de Piedra.

Cuenta la leyenda japonesa que Japón se fundó en el siglo VII a.C. por el Emperador Jinmu. Los emperadores han sido siempre una figura central en la cultura del país nipón y han ejercido como los gobernadores oficiales, aunque el poder real estuvo en manos de cortesanos, nobles o shogunes hasta la época más contemporánea. Los shogunes eran señores feudales que tenían sus propios ejércitos y sus títulos eran concedidos por el mismo Emperador quien, al otorgarlos, daba con ellos el poder de las decisiones de la nación.

En 1549 llegó a Japón a través de las rutas comerciales portuguesas el español jesuita Francisco Javier para predicar el cristianismo. Lo que con el paso de los años, despertó inquietud en el Shogunato, pues creían que eran parte de una invasión o conquista militar, por lo que decidieron cerrar las fronteras japonesas al exterior. Ese hermetismo se mantuvo más de 250 años, cuando finalmente el oficial de la Armada de Estados Unidos, Matthew Perry, a través del tratado de Kanagawa de 1854 consiguió romper el aislamiento.

Inicialmente, Perry se negó a negociar con los shogunes pues entendía que debía hacerlo con la cabeza del país, o sea el Emperador. Y después de intentarlo fallidamente comprendió que la figura del soberano estaba en una posición superior, un tanto mitificada, y que no lo lograría. El Shogunato no concebía que un extranjero y además un común se reuniera con el Emperador.  Lo que si consiguió Perry  fue que Japón abriera sus puertos al comercio con Estados Unidos a partir de ese momento.

Esa apertura a occidente incorporó cambios sociales en Japón que incomodaron a la sociedad nipona y que acabó en conflicto entre las facciones del Shogunato, desencadenado una corta rebelión civil conocida como la “guerra de Boshin”, entre 1868 a 1869, que resultó en el fin del Shogunato o corte y el retorno de todos los poderes a las manos del Emperador.

El Emperador aprovechó el momento para modernizar el Estado japonés, eliminando el sistema feudal existente hasta entonces e incorporando instituciones de corte más occidental y reformas sociales, económicas y hasta legales. Todos esos cambios impulsaron el desarrollo de Japón hacia una potencia mundial mediana de la época.

Tras el éxito de la guerra de Japón con China (1894) básicamente por controlar más territorio en el Pacífico, incluida Corea, el dominio de Asia pasó de manos chinas a japonesas por primera vez. Japón se hizo con la isla de Taiwán y el control de Corea. Y posteriormente la guerra ruso-japonesa (1904-1905), que tuvo lugar por el desacuerdo sobre quién contralaría la península coreana ya que mientras que el Imperio japonés reclamaba el control de la península, el Imperio ruso estaba en busca de un puerto que no sufriera congelamiento durante el invierno.

La victoria de Japón sobre Rusia fue un hito histórico, pues era fue la primera vez que un pueblo no caucásico ganaba a un pueblo europeo. Japón se consagró como potencia mundial en el siglo XX.

Un elemento constante en la historia japonesa desde la antigüedad hasta la primera mitad siglo XX es la existencia de emperadores, así como del componente militar. La civilización nipona ha mantenido sus costumbres y tradiciones a través de los siglos precisamente por haber sido una sociedad cerrada, a pesar de que su territorio está compuesto por islas, lo que naturalmente les obliga a salir en busca de recursos o del comercio. La lucha y las batallas se entendían como necesarias y entrenaban para estar listos cuando fuera necesario. Tal y como dice un antiguo proverbio japonés: “Ningún mar en calma hizo un experto marinero”.

INTERREGNUM: Japón: empieza una nueva era. Fernando Delage

El próximo 1 de mayo comienza una nueva era en Japón. Como emperador Reiwa (“Paz Armoniosa”), Naruhito sucederá a su padre Akihito (emperador Heisei) en el trono del Crisantemo tras la abdicación de este último, anunciada en 2016; un hecho sin precedente en la Historia de Japón y de la monarquía más longeva del planeta. Probablemente sólo en Japón puede recurrirse a una antología poética del siglo VIII, el Manyoshu, para dar nombre a una nueva era en el mundo digital. El emperador es ante todo un símbolo de la identidad japonesa, de ahí esa estrecha relación entre el Trono y la cultura nacional, como expresa el término seleccionado.

La dicotomía tradición/modernidad volverá a ser con seguridad el prisma con el que desde el exterior se observará la sucesión, llamando la atención sobre unos ritos inalterados durante siglos en un país prototipo de las nuevas tecnologías. Esa característica de Japón es una de las razones de su atractivo, aunque también explica algunas de las dificultades para salir de esa crisis estructural que vive desde los años noventa (coincidente en el tiempo con la era Heisei). Un débil crecimiento económico, una pérdida de credibilidad de la clase política, una gigantesca deuda pública y el acelerado envejecimiento de la población han dado paso a un ciclo de pérdida de pulso que el primer ministro, Shinzo Abe, compensa en parte con un proactivismo diplomático desconocido, en respuesta a desafíos externos como los que representan China y Corea del Norte.

La transición imperial ofrece a los japoneses una oportunidad de reflexión sobre las circunstancias que atraviesa el país, y poder hacerlo con el sentimiento de renovación que simboliza la denominación de la próxima era. Es igualmente la ocasión para aprender sobre esta nación y cultura únicas, rodeadas ambas de tantos tópicos y falsas leyendas. De ahí la oportuna publicación del reciente libro de uno de nuestros mejores especialistas sobre Japón, el profesor de la Universidad Complutense, Florentino Rodao. Tras describir la evolución política desde el fin de la segunda guerra mundial, “La soledad del país vulnerable: Japón desde 1945” (Crítica, 2019) analiza en una segunda parte, con un enfoque temático, diversos aspectos de la sociedad japonesa: de la educación a la mujer, de la familia a la religión, entre otros. Es una obra de cuidada edición que cubre un importante vacío en castellano, con la capacidad de síntesis que sólo puede ofrecer un profundo conocedor de la materia.

Japón, con todo, no sólo es relevante por sí mismo. Pese a su lejanía geográfica, psicológica y cultural, es un laboratorio de los problemas que atraviesan las sociedades postindustriales europeas: crisis bancarias, envejecimiento demográfico, desempleo juvenil, etc. Rodao cuenta asimismo cómo un país considerado como paradigma de la eficiencia afronta y gestiona ese tipo de problemas. Sin posibilidad de adoptar un nombre poético que designe la próxima etapa del Viejo Continente, ¿sabremos al menos los europeos trabajar juntos y con una perspectiva a largo plazo? Mucho más que una referencia histórica, Japón es también una guía comparativa para el futuro. (Imagen: Stuart Rankin)

INTERREGNUM: No es sólo China. Fernando Delage

Parece a veces como si China representara por sí sola la gran transformación asiática. Un crecimiento económico sostenido durante 40 años y la determinación de sus líderes de adaptar el orden internacional a sus preferencias—sumados naturalmente a su población, extensión territorial y posición geográfica—, han ampliado el alcance del ascenso de Asia, iniciado por Japón desde la década de los sesenta. Pero la justificada atención que atrae China no debería ignorar un proceso simultáneo al de su auge: la gradual integración del espacio regional.

De ser una mera denominación geográfica acuñada por los europeos, “Asia” ha pasado a convertirse en un sistema económico y estratégico unificado que sustituye a la mera suma de sus partes. Tras siglos de colonialismo y desaparecidas las barreras políticas de la guerra fría, el desarrollo económico y la interacción estratégica de los Estados de Asia oriental, meridional y central han facilitado un fenómeno de creciente interdependencia—tanto continental como marítima—, que explica la restauración de Eurasia como concepto y la adopción de la idea del “Indo-Pacífico” como nuevo mapa de la región.

No son dos términos que aparezcan analizados en detalle en el libro del analista indio Parag Khanna, “The Future is Asian: Commerce, Conflict, and Culture in the 21st Century” (Simon and Schuster, 2019), la más reciente aportación a la literatura sobre el siglo de Asia. La razón es que la dinámica geopolítica detrás de ambos conceptos no es objeto de la atención del autor. Sí parte al menos de la premisa de que se abre una nueva fase histórica en el mundo, al adquirir Asia una cohesión sin precedente, que atribuye a factores económicos, políticos y culturales.

Al enumerar un dato tras otro, en vez de ofrecer un examen sistemático del contexto, Khanna convence a medias al lector. Revela bien cómo el rápido aumento de los intercambios económicos entre los países asiáticos está acabando con su tradicional dependencia de Estados Unidos y de la Unión Europea. Su descripción de la estrategia regional de emprendedores y empresas tecnológicas es especialmente reveladora. Su defensa sin matices de la tecnocracia autoritaria frente a la democracia liberal plantea muchas dudas, sin embargo. La eficiencia como criterio supremo de gobernanza—Singapur, donde reside, es el modelo de referencia—es difícilmente justificable. Tampoco parecen muy sólidos sus argumentos sobre una supuesta convergencia cultural, sin perjuicio de que las clases medias asiáticas compartan, en efecto, series de televisión, música o moda.

Hace un siglo, un japonés—Okakura Kazuko—, un indio—Rabindranath Tagore—y un chino—Liang Qichao—ilustraron un movimiento panasiático definido sobre bases idealistas, y en contraposición al materialismo de europeos y norteamericanos. Más que una renovada confluencia intelectual, es la capacidad de desafiar el poder y las ideas occidentales lo que, por resumir, observamos hoy en Asia: sin apenas darnos cuenta, la modernización ha dejado de ser un monopolio de nuestra parte del mundo. (Foto: Christian Steinborn)