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INTERREGNUM: Revisionistas en Samarkanda. Fernando Delage

La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) celebrada en Samarkanda la semana pasada, la primera con carácter presencial desde 2019, confirmó la creciente soledad del presidente ruso, Vladimir Putin. Coincidiendo con la contraofensiva ucraniana de los últimos días, Putin tampoco logró la muestra de solidaridad diplomática que esperaba de China e India. Su encuentro con el presidente Xi Jinping, el primero desde que se vieron en febrero—sólo un par de semanas antes de la invasión de Ucrania—, fue de hecho el principal motivo que atrajo la atención internacional hacia este oscuro foro multilateral. Pero los dos líderes han hablado con frecuencia estos meses, y ya habían quedado claros los límites del apoyo de Pekín a Moscú. La cumbre ha servido más bien para hacer visible el aumento de la influencia china a costa de Rusia, así como el giro geopolítico que se ha producido en Asia central.

Los efectos de la agresión rusa se siguen acumulando. En una quiebra sin precedente del protocolo diplomático—impensable antes de la guerra—, por ejemplo, Xi fue recibido al aterrizar en Samarkanda por el presidente uzbeko, Shavkat Mirziyoyev, mientras que Putin tuvo que contentarse con que le diera la bienvenida el primer ministro, Abdulla Oripov. Mayor alcance tuvo la visita previa de Xi a Kazajstán. Como es sabido, su presidente, Kassym-Jomart Tokayev, ha rechazado los argumentos rusos sobre su intervención militar, y no ha reconocido a las repúblicas separatistas del Donbás. No es casualidad que Xi eligiera Kazajstán como destino de su primer viaje al extranjero desde enero de 2020, y allí se comprometió con “la salvaguardia de su soberanía e integridad territorial”, y se manifestó “firmemente contra la interferencia de cualquier país en sus asuntos internos”. Sus comentarios sólo pueden entenderse en referencia a las recientes declaraciones de políticos rusos—incluyendo al expresidente Dmitri Medvedev—que ponen en duda el derecho de Kazajstán a su independencia.

Las dificultades de Moscú en Ucrania no sólo están debilitando su tradicional peso en la región, sino que las repúblicas centroasiáticas acuden a China como el socio que mejor les permite sortear las consecuencias de la crisis económica en Rusia. La República Popular aprovecha esta oportunidad para avanzar así en la construcción de un bloque antioccidental, en el que Moscú no ocupará el papel protagonista deseado por Putin. Con todo, un objetivo más inmediato para Pekín está relacionado con su seguridad nacional. Además de hacer frente a los grupos separatistas en Xinjiang, el crecimiento económico y el desarrollo de infraestructuras de interconexión en Asia central es un imperativo para minimizar su vulnerabilidad en el Asia marítima—especialmente en caso de conflicto con Estados Unidos—, y Xi observa con preocupación cómo el conflicto en Ucrania puede complicar la ejecución de la nueva Ruta de la Seda.

Que la debilidad rusa haya inclinado el equilibrio en la relación bilateral y en el seno de la OCS hacia China no debe ocultar, sin embargo, la relevancia de este grupo al que, en Samarkanda, se unió además Irán de manera oficial. Los miembros de la OCS representan un tercio del PIB global, el 40 por cien de la población mundial, y las dos terceras partes del territorio euroasiático. Sólo uno, India, es una democracia. Por su escala y ambiciones revisionistas—la declaración final de la cumbre es todo un alegato contra el “hegemonismo” occidental—, el bloque merece mucha mayor atención, especialmente al confirmarse como uno de los instrumentos a través de los cuales China busca consolidar su liderazgo de Eurasia.

China o cómo la economía frena a la política

Aunque se subraya poco, China vive una crisis económica creciente, no catastrófica pero si notable, que puede ralentizar la agenda china presentada como un camino ascendente hacia una cada vez más arrolladora consolidación como potencia mundial. Los efectos de la pandemia que han puesto sobre la mesa la ineficiencia de las políticas intervencionistas para hacer frente a la contracción del comercio  mundial, la crisis inmobiliaria que venía de antes y las dificultades de un sistema financiero en el que las decisiones políticas estatales priman sobre los criterios estratégicos estrictamente comerciales han convertido la situación actual en un dolor de cabeza agudo para las autoridades de Pekín. Y eso en un momento en que las relaciones internacionales se tensan, las alianzas se estrechan y aumenta la presión occidental en el Indo Pacífico para contener las políticas expansionistas chinas.

Según analistas europeos, cada vez más créditos otorgados por Pekín en el marco de su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, no pueden ser pagados. Desde 2013, China ha invertido cerca de 840.000 millones de dólares en la construcción de calles, puertos, represas y plantas de energía en diversas partes del mundo. El objetivo de este “proyecto del siglo”, como lo llama el presidente Xi Jinping, es político, y no económico. En consecuencia, muchos créditos fueron otorgados con criterios políticos.

El Financial Times informa de que cada vez más países piden ahora moratorias, porque no pueden pagar sus créditos. En Asia, África y América Latina, las economías han sufrido el golpe del COVID-19. Según un estudio del instituto de investigaciones Rhodium, de Nueva York, actualmente están en la cuerda floja unos 118.000 millones, un 16 por ciento del volumen total de créditos. Para tapar los agujeros, China otorga, en no pocas ocasiones, nuevos créditos, con lo que se agrava su propio problema.

Señalan los expertos que el mayor potencial chino, el comercio exterior y las exportaciones, es mirado con lupa en estos momentos. De hecho, dicen, los últimos datos de crecimiento del sector (en julio se incrementaron las exportaciones en un 18 por ciento respecto al mismo mes del año pasado) son atribuidos a causas temporales que no podrán mantenerse. La desaceleración de la economía mundial prevista para los próximos meses, en parte consecuencia de la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania, reducirá también el consumo mundial de bienes chinos, especialmente en uno de los principales clientes de China, esa Europa asfixiada por la inflación creciente y las catapultadas tasas de interés. A su vez, la disminución en el consumo de bienes chinos morderá con fuerza la ya en declive industria manufacturera del país asiático.

Para sorpresa de los gobernantes chinos, las protestas no dejan de crecer, sobre todo entre los que han quedado atrapados, sin viviendas y sin los fondos invertidos en ellas, por los problemas de inmobiliarias y bancos. La represión se resiste cada vez mejor, la gente va perdiendo el miedo y los aparatos de seguridad ya no pueden aumentar su nivel de brutalidad sin recibir un rechazo mundial que Pekín no quiere afrontar.

El reordenamiento de las relaciones internacionales que Putin ha impuesto con su invasión criminal de Ucrania exige de China decisiones y le impone unos retos antes de lo que la agenda china preveía y eso va a marcar sus próximos pasos a dar.

 

 

INTERREGNUM: ¿Una OTAN global? Fernando Delage

Desde 2019, los miembros de la OTAN han estado discutiendo sobre cómo dar forma a una posición común con respecto a China. Fue aquel año cuando el país apareció por primera vez en una declaración de la Alianza, al indicarse que la República Popular “presenta oportunidades y desafíos”. Tras un proceso de reflexión interna, el comunicado final de la cumbre de 2021 recogió una nueva descripción: China, se decía, plantea “desafíos sistémicos al orden internacional basado en reglas y a áreas relevantes para la seguridad de la Alianza”. Tras el encuentro de la semana pasada en Madrid, es en el concepto estratégico de la organización—el documento que define las grandes orientaciones para la próxima década—donde se refleja el consenso de los aliados acerca del gigante asiático, a la luz de sus acciones de los últimos años y de su apoyo a Putin tras la invasión de Ucrania.

Partiendo de la misma descripción de China como “reto sistémico”, el texto señala que sus “declaradas ambiciones y políticas coercitivas desafían nuestros intereses, seguridad y valores”. La República Popular, añade, “utiliza una gran variedad de herramientas políticas, económicas y militares para aumentar su presencia global y proyectar poder, mientras mantiene ocultas su estrategia, sus intenciones y su desarrollo militar”. Además de hacer referencia al uso de instrumentos híbridos y cibernéticos, al aumento de su arsenal nuclear, y a la vulneración de los derechos humanos, se hace hincapié en los intentos de control de infraestructuras críticas y cadenas de valor, al utilizar “sus capacidades económicas para crear dependencias estratégicas”. El documento toma nota asimismo de “la profundización de la asociación estratégica entre China y la Federación Rusa” y sus esfuerzos conjuntos dirigidos a erosionar las bases del orden internacional.

En un hecho sin precedente, la OTAN ha calificado por tanto a China como adversario en un documento formal; y lo ha hecho, además, desde una perspectiva global (al definir a la República Popular como un desafío para la seguridad internacional y no sólo para la región del Indo-Pacífico), y sin dejar fuera ninguna de las dimensiones en las que su ascenso afecta a Occidente. En un gesto lleno de simbolismo que refleja igualmente la interconexión entre la seguridad europea y la asiática, la Alianza invitó a la cumbre de Madrid a los líderes de Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

La respuesta de Pekín no se hizo esperar. Además de acusar a la organización de difamarla maliciosamente, indicó asimismo que “busca crear enemigos y fomentar la confrontación de bloques”. Aunque la OTAN en ningún caso va a involucrarse militarmente en el Pacífico, Pekín tiene claro que estos movimientos son reflejo de la intención de la administración Biden de fortalecer su red de alianzas frente a China. Denuncias aparte, a partir de ahora tendrá que incorporar a la OTAN como nuevo rival en su planificación estratégica.

Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, los hechos parecen pues apuntar al comienzo de una nueva guerra fría, aunque con líneas de división mucho más complejas. No pocas cosas separan a Rusia y China, mientras que los países emergentes persiguen objetivos políticos no siempre coherentes con sus prioridades económicas. Dos grandes incógnitas—la naturaleza de la Rusia post-Putin, y el sucesor de Biden en Estados Unidos—determinarán en gran medida la evolución de los acontecimientos; también para una China que quiere más poder, pero necesita ante todo estabilidad exterior. La creciente coordinación de varios de sus Estados vecinos con la OTAN es otro motivo de alarma que tendrá que agradecer a su socio moscovita.

Ucrania: ¿brecha entre Rusia y China?

En la desesperación de las familias de los resistentes ucranianos rodeados en Azovstal, en Mariupol, sus integrantes, apoyados en el gobierno ucraniano, han hecho un llamamiento a Pekín para que medie ante Moscú y permitan la evacuación de los soldados de la acería cercana al puerto de la ciudad.

Pero, aunque estos soldados están siendo evacuados muy lentamente, no parece que China esté teniendo influencia alguna sobre Moscú y las tropas que han invadido Ucrania y que rodean el reducto donde aún resisten soldados ucranianos.

La calculada ambigüedad china puede darle a Pekín ventajas a medio plazo, pero los intentos del gobierno chino de presentarse como intermediario de un acuerdo de paz sin romper sus mensajes de comprensión a la política agresiva de Vladimir Putin no han aportado nada hasta el momento a pesar de la ilusión que despiertan en algunos ambientes políticos y financieros.

Para Pekín, el principal obstáculo para sus gestiones es el empecinamiento de Putin en no reconocer que sus tropas estás atascadas en Ucrania y que corren riesgos de sufrir una derrota histórica. A este respecto, William Burns, director de la CIA, una agencia que ha demostrado estar muy bien informada de los planes y la evolución interna del gobierno ruso, ha explicado que el conflicto ucraniano ha abierto una brecha entre Pekín y Moscú que puede tener importancia a medio plazo. Burns subraya que Pekín sostiene que el conflicto desatado por Putin daña la reputación internacional de China y, a la vez, introduce el factor que China considera más peligroso para sus intereses estratégicos y que es la incertidumbre y la inestabilidad que arrastra.

La guerra de Ucrania provoca tensiones en todo el planeta y algunas de sus ondas pueden profundizar la transformación de las relaciones estratégicas mas allá de lo previsible.

INTERREGNUM: Japón y Rusia: paso atrás. Fernando Delage

Siempre atento a no perder la oportunidad de hacer ruido en un momento de tensión internacional, Kim Jong-un ensayó hace unos días un nuevo misil, y advirtió que sus fuerzas nucleares “están plenamente dispuestas para afrontar y contener cualquier intento militar por parte de los imperialistas norteamericanos”. Según algunos analistas, la invasión de Ucrania—que Pyongyang ha apoyado—habría reforzado la determinación del líder norcoreano de desarrollar su arsenal nuclear. De hecho, ningún misil anterior había alcanzado la altitud del de la semana pasada (más de 6.000 kilómetros): un proyectil de alcance intercontinental, aunque cayó en la zona económica exclusiva de Japón, a menos de 200 kilómetros de la prefectura de Aomori, al norte del archipiélago.

El primer ministro, Fumio Kishida, calificó el lanzamiento como “un acto de violencia inaceptable”, y una nueva amenaza para la seguridad de Japón, de la región y de la comunidad internacional. Pero no ha sido la única sorpresa con que se ha encontrado el gobierno japonés durante los últimos días. El pasado lunes, en respuesta a las sanciones impuestas por Tokio a Rusia por la guerra de Ucrania, Moscú anunció la suspensión de las negociaciones con vistas a la firma de un tratado de paz (pendiente desde el fin de la segunda guerra mundial). En el comunicado hecho público, el ministerio ruso de Asuntos Exteriores indicó que es imposible “discutir sobre asuntos de esta importancia con un país que ha adoptado una actitud tan claramente inamistosa”. La responsabilidad, añadía, “recae únicamente sobre Japón, por su posición antirrusa”.

El gobierno japonés declaró la decisión como “completamente inaceptable”, pero naturalmente no se trata de un mero parón diplomático: supone el fracaso de la estrategia de acercamiento a Rusia mantenida durante una década. Entre 2012 y 2020, en efecto, el primer ministro Shinzo Abe trató de romper el bloqueo diplomático con Moscú mediante el establecimiento de una relación personal con Vladimir Putin—con quien se reunió en innumerables ocasiones—, y la promesa de inversiones en las despobladas provincias del Extremo Oriente ruso. Dichos esfuerzos resultaron infructuosos: en julio de 2020, Rusia modificó incluso su Constitución para prohibir toda concesión territorial (la demanda japonesa de recuperar las islas Kuriles es la cuestión en el centro del contencioso bilateral).  Pero, al mismo tiempo, Japón debe abandonar igualmente la idea de que una asociación con Moscú podría servir de elemento de contraequilibrio frente a China.

Aunque a miles de kilómetros de distancia del frente bélico, la guerra de Ucrania puede marcar así un nuevo punto de inflexión en la política rusa de Japón, confirmando una vez más la estrecha interacción entre el escenario estratégico europeo y el asiático. Japón tiene ahora que hacer frente a Rusia y China simultáneamente. Mantener sus duras sanciones contra Moscú es una exigencia por tanto para presionar también—indirectamente—a Pekín como aviso por si se le ocurriera emprender una agresión similar contra Taiwán.

Las lecciones van incluso más allá. Al igual que los líderes europeos, los dirigentes japoneses son conscientes de que su seguridad en la nueva etapa internacional que se abre pasa por reforzar sus capacidades militares y la alianza con Estados Unidos. Las relaciones Japón-Rusia serán una de las más tensas en el noreste asiático en el futuro previsible, sin que—al contrario de lo que pueda pensarse—sea un resultado favorable para China. Estados Unidos tendrá que prestar al Viejo Continente una atención con la que no contaba, pero—lejos de distraerle del Indo-Pacífico como querría China—, cuenta hoy con una firme coalición de democracias europeas y asiáticas, unidas contra el revisionismo de las potencias autoritarias. Pekín se ha equivocado en la elección de sus socios.

China, Ucrania, Putin y EEUU, un panorama cada vez más complejo. Nieves C. Pérez Rodriguez

El pasar de los días muestra un panorama cada vez más desolador y cruento en Ucrania, una nación que hace menos de un mes era una país productivo y vibrante. Putin sigue dando pasos feroces y sanguinarios en su absurdo deseo de incorporar a Rusia una nación soberana desde 1991.

Ucrania, un país con 43 millones de ciudadanos y el segundo con más extensión territorial de Europa, después de Rusia, se ha convertido de la noche a la mañana en una nación en ruinas y con más de 2.5 millones de refugiados -según Naciones Unidas-, número que no hará más que aumentar con el paso de las horas, debido a los brutales ataques a centros urbanos, edificios de viviendas, hospitales, colegios, etc.

Para muchos, Putin ha perdido la cordura, para otros se ha quitado la careta. Sea cual sea el caso, lo que sí está claro es que la imagen de Putin cambió. Ese retrato de hombre poderoso capaz de posar al lado de un oso gigante o montar a caballo en invierno, medio desnudo, o de asistir a un evento internacional y posar al lado de los presidentes más importantes del planeta, se ha desvanecido. Ahora el Putin que el mundo ve es el de un líder autoritario y cruel, capaz de todo por obtener su objetivo, matar en masa, atacar una maternidad, o un hospital, incluso los corredores humanitarios. Un criminal que hasta hace poco era reconocido por ser un maestro del arte de la estrategia y que era respetado hasta por aquellos que no comulgaban con sus ideas.

El medio inglés “The Times” ha publicado que Putin ha puesto en arresto domiciliario a dos altos cargos de los servicios secretos rusos encargados precisamente de recopilar información de Ucrania. Explica el artículo que, aunque el FSB es oficialmente una agencia de inteligencia doméstica, el Quinto Servicio o Departamento del FSB fue establecido en los años noventa cuando Putin era el director y encargado de las operaciones en los países que fueron parte de la URSS. Y la razón detrás de la represalia es que aparentemente Putin fue informado de que Ucrania no tendría la capacidad de resistir a una invasión.

Putin, aunque siga decidido en continuar, está enfadado por la cantidad de días que le està costando hacerse con el control de Ucrania. Rusia lleva tres semanas de invasión y, aunque se han hecho con algunos territorios a la fuerza, sigue sin controlar el país y sin haber tomado la capital que era el plan inicial. Por lo que la detención de los altos cargos de inteligencia puede ser una manera de señalar culpables del caos.

Entretanto, el coraje del presidente Zelensky y su gabinete junto con congresistas y políticos de todas las líneas ideológicas de la nación eslava han dado un estoico ejemplo de lo que deberían ser los gobiernos y el servicio público, aun bajo las más aterradoras circunstancias. Ese ejemplo ha servido para mantener a un pueblo con la moral alta para seguir luchando en el frente de batalla o incorporarse a él, aun cuando la destrucción y la muerte se han convertido en parte de la cotidianidad desde que Putin decidió invadir Ucrania.

Mientras tanto, la propaganda sigue controlando la opinión pública en Rusia y en China como ha venido sucediendo desde el comienzo del ataque, intentando desinformar y confundir. Sin embargo, los gestos de protestas, a pesar de la represión, siguen viéndose; ayer mismo, en el canal oficial ruso, se veía en horario estelar nocturno la interrupción de una mujer en pleno noticiero con una pancarta que decía “No a la guerra, Paren la guerra. No crea en propaganda, la propaganda nos engaña”. Una mujer que seguro ya está pagando un altísimo precio por su valentía, así como lo están pagando los que comenzaron a protestar al comienzo de la guerra y que fueron neutralizados y amenazados por el régimen con abrirles un expediente criminal que los perseguiría de por vida si insistían en continuar protestando. La misma razón que hizo que los medios de comunicación occidentales salieran de Rusia por temor a retaliaciones a sus periodistas.

Esta semana comenzaba con un encuentro de siete horas de alto nivel entre China y Estados Unidos en la ciudad de Roma. El asesor de seguridad Nacional de la Casa Blanca – Jake Sullivan- advirtió a China en una entrevista televisada previa al encuentro de los peligros que acarrearía que apoyaran a Rusia. La reunión culminó y la discreción parece haber sido parte del acuerdo, pues ninguno de los países participantes ha dado claves de los acuerdos y si es que los hubo o no avances.

Los líderes chinos son astutos y saben que es un gran momento para convertirse en líderes mediadores, en referentes de la paz internacional.

Los roles de hoy están invertidos comparados con la época soviética. Ahora son los chinos los que controlan, los que tienen recursos y poder y son los rusos los que necesitan de su apoyo. Y no cabe duda de que Beijing está aprovechando las circunstancias, pero también tienen que ser extremadamente cautos para no incurrir en violación de las sanciones si deciden ayudar de alguna forma a Moscú. Mientras tanto, la inquietud por el creciente apoyo de la OTAN no hace más que afianzarse gracias precisamente a esta invasión, cosa que inquieta mucho a China.

El escenario es realmente complejo para todos y lógicamente para Ucrania es irreparable, ya que está pagando con vidas y viendo desmoronarse sus edificaciones y progresos con cada ataque y misil. Pero Para Rusia tampoco está fácil pues Putin ha conseguido el repudio del 75% de los países del planeta, la censura de occidente y el descalabro de su liderazgo hasta a nivel interno, que a pesar de la poca información que sale parece ir en picado entre los ciudadanos. Incluso algunos rusos están buscando escapar del país antes de que las sanciones empiecen a hacer efecto.

Hay fuentes que apuntan a que Moscú no contaba con una resistencia ciudadana de esta envergadura y mucho menos que el presidente Zelensky y otras figuras políticas ucranianas destacadas se encargaran de mantener la moral del pueblo alta día a día a pesar de ver cómo se va desangrando el país.

David Sanger, analista especializado en seguridad nacional, afirmaba en CNN en vivo que la situación se puede complicar para Zelensky si las fuerzas rusas toman control de más territorio durante las negociaciones, sobre todo si pudieran hacerse con el control de la capital porque en ese caso los ucranianos estarían bajo presión de aceptar que Crimea, así como otros territorios ocupados por Rusia -especialmente los del sur este- están controlados por Moscú y por tanto verse presionados a cederlos.

¡El ejemplo de resistencia que están dando los ucranianos pasará a la historia y su presidente servirá de inspiración durante décadas sino siglos, sea cual sea el desenlace de esta absurda guerra!

Europa, en busca de un camino a China

Mientras Europa permanece alerta ante las noticias de la frontera ruso-ucraniana, la Unión Europea y la OTAN han venido manteniendo conversaciones con China para lograr un acuerdo estratégico que fije unas relaciones claras y en las que, pretende Bruselas, China actúe de acuerdo con las normas internacionales y con respeto a la libertad e comercio y la libre competencia. De momento, Europa sigue el camino dibujado por Ángela Merkel  basado en el diagnóstico de que China es un reto lleno de riesgos, incluso en el campo de la seguridad, pero no una amenaza como sí lo es Rusia. Para ello un grupo de políticos, diplomáticos, militares y expertos tanto de la OTAN como de China han venido encontrándose  para buscar un nuevo marco de relaciones.

Según la experta Stefanie Babst, “a lo largo de 15 meses, el grupo discutió una amplia gama de cuestiones de seguridad internacional, desde la evolución de la región de Asia-Pacífico hasta los posibles escenarios de las futuras relaciones entre Estados Unidos y China. Sin embargo, las conversaciones confidenciales se centraron en gran medida en la futura relación de la OTAN con China. ¿Cómo ven y analizan ambas partes las tendencias globales y regionales más importantes y los retos de seguridad? ¿Dónde hay diferencias fundamentales de intereses y en qué áreas existen posibles puntos de partida para el diálogo y la cooperación?  ¿Qué lecciones pueden extraer la OTAN y China de sus anteriores encuentros y formas iniciales de cooperación práctica?”. Porque las conversaciones han ido tomando un carácter más de encuentros OTAN-China que Unión Europea China.

En las conversaciones se ha tratado prácticamente toda la agenda internacional: cuestiones económicas, cambio climático, cooperación en la lucha contraterrorista, orden geoestratégico y normas posibles de cooperación para evitar riesgos de desestabilización general.

Europa llega tarde y lenta pero la realidad le ha impuesto una agenda inevitable y llena de incertidumbre porque no parece haber una idea clara de qué amenaza es la de China y qué medidas tomar que, además, se analizan en medio de la convulsión ucraniana en la que Putin mueve piezas sin complejo y parece ir ganando la partida e imponiendo sus intereses y su concepción sobre cuál debe ser el espacio estratégico europeo y quienes sus protagonistas imprescindibles.

INTERREGNUM: Triángulo invertido. Fernando Delage

En febrero de 1972, la visita a China del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, puso en marcha un acercamiento entre ambos países contra la Unión Soviética que transformó el equilibrio de poder global y abrió una nueva etapa en la dinámica de la Guerra Fría. Cuando se cumplen cincuenta años de “la semana que cambió el mundo”, ha sido el presidente ruso, Vladimir Putin, quien ha viajado a Pekín para anunciar con su homólogo chino, Xi Jinping, una nueva era en el orden internacional. China y Rusia, enemigos hace medio siglo, se alinean hoy con la pretensión de certificar el fin del “siglo americano”.

El triángulo estratégico diseñado por Nixon y Kissinger para quebrar el bloque comunista y buscar una salida a la guerra de Vietnam, se ha invertido cinco décadas después mediante la formación de un eje autoritario que aspira a reconfigurar el statu quo resultante del fin de la Guerra Fría. En un texto redactado en inglés que hicieron público el 4 de febrero, Xi y Putin describieron “la tendencia hacia la redistribución de poder en el mundo” que puede observarse en la actualidad, y declararon que la amistad entre sus dos naciones “carece de límites, y no hay áreas que queden al margen de su cooperación”.

El documento ha sido interpretado por numerosos analistas como un punto de inflexión, la señal de una nueva división del sistema internacional en dos bloques rivales. Pekín y Moscú han profundizado en su relación estratégica en unas circunstancias de debilidad de las democracias liberales y de polarización política en Estados Unidos. Tras un proceso sostenido de acumulación de capacidades militares (en el caso de Rusia), económicas y militares (en el de China), los dos países—potencias nucleares en sus respectivas regiones, Europa y Asia—, cuentan con un margen de maniobra impensable hace veinte años.

Sería un error, no obstante, pensar que han desaparecido los límites a su colaboración. Aun ofreciendo a Putin cierto apoyo—en el rechazo a la ampliación de la OTAN, por ejemplo—, Xi no tiene ningún interés alguno en empeorar sus ya tensas relaciones con Europa, ni en hacer que ésta refuerce su relación con Washington, especialmente en un contexto de desaceleración económica y de presiones políticas para corregir la dependencia de las cadenas de valor chinas. Las exportaciones de China a la UE multiplican por diez las dirigidas a Rusia, y Pekín no quiere ser objeto de sanciones en el caso de sumarse a las pretensiones rupturistas de Moscú (no es casualidad que Ucrania no apareciera nombrada en la declaración conjunta). Es China quien lleva hoy la iniciativa: Moscú—con diferencia el más débil de los tres—, es ante todo un peón útil para desviar la atención norteamericana del Indo-Pacífico. Los dirigentes chinos no van a poner sus intereses económicos en riesgo por Rusia.

La principal característica de la relación entre China y Rusia es la enorme asimetría de poder entre ambas naciones. La economía rusa es apenas la mitad de la de California, mientras China tendrá el mayor PIB del planeta antes de 2030. Pekín no puede mantenerse al margen de la economía global y necesita un escenario de estabilidad internacional, mientras que Moscú sólo cuenta con la provocación militar para conseguir sus objetivos. Aun compartiendo una misma ambición (mayor influencia internacional) y un mismo obstáculo (Estados Unidos), Xi no se dejará arrastrar por Putin a un conflicto contrario a sus intereses. Ambos líderes, eso sí, saben aprovechar cuantas oportunidades encuentran para inquietar a un Occidente todavía rehén de un mundo que dejó de existir.

Un año nuevo y la vieja incógnita de Biden

Un comienzo de año es siempre una ocasión para hacer balance del pasado y previsiones de futuro y en estos análisis, para 2022, se mantiene sobre todo la incógnita Biden, que permanece y se esfuerza por encontrar un sitio entre la incertidumbre de los suyos, las expectativas de sus contrarios y los retos de un dinámico escenario internacional donde las iniciativas de Rusia y China, por separado unas veces y conjuntamente otras, van planteando a Estados Unidos.

La incógnita Biden es múltiple. Por un lado está la incógnita biológica, marcada por la avanzada edad del mandatario sobre cuya salud real se conoce poco, combinada con la carencia de alternativas de liderazgo potente en el Partido Demócrata; por otro lado está la incógnita de las decisiones presidenciales, que  no se distancian mucho del abandonismo o la displicencia de Trump respecto a algunos escenarios, y la persistencia de elementos proteccionistas y de repliegue; y, al mismo tiempo, como hemos comentado, se visualiza una aparente falta de liderazgo frente a los retos rusos en Europa y a la defensiva sobre las iniciativas chinas a escala global.

En ese panorama crecen las dudas de los aliados y la audacia de personajes como Putin que está consiguiendo, a base de bravuconería y de presión en lo que lo militar forma parte esencial, convertir sus debilidades en instrumentos de ventaja.

EEUU sigue aparentando pérdida de liderazgo y dudas estratégicas y eso no es bueno para nadie. Ese vacío está siendo llenado por candidatos con modelos que cuestionan las democracias occidentales y líderes que, sin cuestionarla, tienen una agenda propia que no puede aspirar a ser referencia mundial y en la que hacen gala de criticar precisamente a Estados Unidos. La debilidad europea, en este contexto, está haciendo potenciar políticas exteriores nacionales, como en los casos claros de Reino Unido y Francia, pero crecientes en todos los socios de la Unión Europea, aunque las presenten con la etiqueta del multilateralismo.

Este panorama parece que va a marcar 2022 y en él, el factor Biden, sus dudas y las iniciativas o la ausencia de ellas de un país que ha sido clave para el  mundo occidental en los últimos cien años, es dramáticamente clave.

INTERREGNUM: La amistad indo-rusa. Fernando Delage

Mientras democracias y sistemas autoritarios se consolidan en dos grandes bloques geopolíticos (Estados Unidos y sus aliados vs. China y Rusia), división reiterada esta misma semana por la cumbre de las democracias convocada por el presidente norteamericano, algunos países juegan a dos cartas en su política exterior. Entre ellos, pocos tan relevantes como India, que esta semana ha celebrado su cumbre anual con Rusia después de que se cancelara la del pasado año por primera vez en dos décadas.

La reunión de Narendra Modi y Vladimir Putin del 6 de diciembre supone el vigésimo encuentro entre ambos desde 2014, confirmando la estabilidad de una relación que parece ajena a los cambios regionales y globales. Rusia nunca ha dejado de apoyar a India en los foros internacionales, mientras que India no se sumó a las críticas a Moscú por el conflicto de Ucrania, un hecho que no le resulta incompatible con su creciente alineamiento con Washington frente a China. Fue Rusia quien presionó para incorporar a India a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), mientras que Delhi ha proporcionado a Moscú el estatus de socio en la Asociación de la Cuenca del Océano Índico (IORA en sus siglas en inglés) el pasado 17 de noviembre, dándole así entrada en los asuntos del subcontinente. Sus dos gobiernos coordinan asimismo sus respectivas acciones en Afganistán.

La realidad de su acercamiento se ve ratificada por la puesta en marcha el 6 de diciembre de un proceso 2+2, es decir, encuentros conjuntos de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, y por la próxima recepción por India de sistemas de misiles rusos S-400 y rifles de asalto AK-203, pese a la obvia inquietud de Estados Unidos (es un acuerdo que podría incumplir las sanciones impuestas por Washington a Moscú). La compraventa de armamento ha sido un pilar tradicional de las relaciones bilaterales—se estima que en torno al 65 por cien de los equipos de armamento de las fuerzas armadas indias tienen origen ruso—y se espera la firma de un acuerdo de 10 años sobre transferencia de tecnología militar.

Salvo por este capítulo, los intercambios económicos constituyen el elemento más débil de la relación. El comercio bilateral apenas superó en 2019-20 los 10.000 millones de dólares (muy por debajo de los 100.000 millones de dólares que representan los intercambios indios con China y con Estados Unidos), aunque se ha fijado el objetivo de alcanzar los 30.000 millones de dólares en 2025. No son economías complementarias, ni hay verdadero interés empresarial por ninguna de las partes.

El principal dilema de Delhi es diplomático. Contentar a la vez a Washington y a Moscú no va a ser fácil, especialmente en un contexto en el que se agravan las tensiones entre estos dos últimos. Tampoco lo será para Rusia conjugar su relación triangular con Pekín y Delhi. Pero de la misma manera que la independencia estratégica es la principal seña de identidad de la política exterior india, Moscú necesita a Delhi para hacer realidad sus proyectos euroasiáticos. Como escribe Dimitri Trenin, analista del Carnegie Endowment, ya que Rusia no cuenta con las capacidades para dominar Eurasia, sí podría desempeñar en cambio un papel clave en el mantenimiento del equilibrio continental, objetivo que dependería de la consecución de un entendimiento Rusia-India-China (y obligaría por tanto a Moscú a mediar para mejorar la relación entre Delhi y Pekín).

El entorno geopolítico se transforma a gran velocidad, pero Rusia e India siguen teniendo pues, como se ve, una considerable relevancia para el otro en sus respectivos cálculos estratégicos.