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El amo del termostato

Cuando en 1999 el Wall Street Journal preguntó a una serie de personalidades cuál creía que había sido el invento del milenio, el fundador del Singapur moderno, Lee Kuan Yew, no citó la máquina de vapor ni internet. Eligió el aire acondicionado porque gracias a él, decía, los trópicos habían neutralizado la desventaja de su clima húmedo y caluroso. El periodista Cherian George aprovechó el comentario para escribir La nación del aire acondicionado, una recopilación de artículos que desarrolla la metáfora de la ciudad estado como un sitio agradable, pero artificial y despótico. “Lee hizo confortable Singapur, pero tuvo buen cuidado de no soltar el termostato”, ironizaba The Economist en el obituario que le dedicó en marzo de 2015.

Aunque la isla es teóricamente una democracia, el acoso a la oposición mediante una ley antidifamación heredada de la Inglaterra victoriana frustra cualquier alternancia en la práctica. Resguardado de la presión electoral, el Gobierno puede ahorrarse el populismo que tanto daño ha hecho, por ejemplo, a Latinoamérica. “Nosotros decidimos lo que es correcto, no nos preocupa lo que la gente opine”, solía decir Lee, que siempre consideró el autoritarismo una de las claves que les había permitido saltar en una generación Del Tercer Mundo al Primero, como pomposamente tituló sus memorias.

En realidad, Singapur ya era una importante plaza comercial en el siglo XIX y en 1965, cuando los choques entre chinos y malayos la obligaron a dejar la federación de Malasia, era un lugar “próspero, al menos para los estándares de la época”, escribe el politólogo de la Universidad de Cornwell Tom Pepinsky. Su PIB per cápita era de 516 dólares, similar al de Portugal y algo inferior al de Grecia.

El hecho de que el punto de partida no fuera tan bajo como a Lee le gustaba repetir no le resta, sin embargo, mérito. Mientras portugueses y griegos rondan hoy los 20.000 dólares, los singapurenses superan los 50.000. ¿Cómo lo han logrado?

Adam Smith explica en La riqueza de las naciones que “para llevar una nación desde la barbarie más abyecta a las más altas cotas de opulencia poco más se requiere que paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia”. Esta escueta cita resume en buena medida la receta de Singapur.

Primero, paz. La Ciudad del León (significado etimológico de su nombre) está encajonada entre vecinos hostiles: Malasia al norte e Indonesia al sur. Lee levantó un ejército capaz de disuadirlos de cualquier veleidad. Con cinco millones de habitantes, Singapur dedica a defensa más dinero que Indonesia, que tiene 250 millones.

Segundo, impuestos moderados. Como escribe el Nobel Joseph Stiglitz, Lee obligó a sus conciudadanos a “responsabilizarse de sus necesidades”. Debían depositar un tercio de sus salarios en un “fondo de previsión” con el que se costean la sanidad, la vivienda y las pensiones. Las competencias del Estado son mínimas y el gasto público supone el 19% del PIB, uno de los más bajos del mundo.

Tercero, una tolerable administración de justicia. Este fue el aspecto decisivo. “No basta con bajar los impuestos para captar inversores”, declaraba el politólogo Mark Klugmann a Actualidad Económica en 2014. “Con eso creas la típica zona especial, que no tiene nada de especial, porque hay 3.500 en el mundo. No digo que esté mal, pero los capitales prefieren Alemania o Suiza. ¿Por qué? Porque los magistrados son íntegros”.

Lee era abogado y sabía que una buena tradición judicial era clave para atraer a las multinacionales, pero ¿qué tradición podía ofrecer si no tenía ni dos minutos de vida? Se volvió hacia Hong Kong. ¿Cómo se las había ingeniado su Tribunal Supremo para labrarse su reputación? De ningún modo. Hong Kong no tenía Tribunal Supremo. Estaba en Londres. Había externalizado la administración de justicia. “Singapur hizo lo mismo”, dice Klugmann, “y en 15 minutos acumuló seis siglos de práctica jurídica”.

Y las libertades políticas, ¿son irrelevantes entonces? No deben de serlo cuando la inmensa mayoría de los países ricos son democracias consolidadas. La razón es que la celebración regular de elecciones limpias permite “descartar las opciones fallidas” y facilita la “alternancia pacífica” de Gobierno, como señala Michael Ignatieff.

Lee fue un líder inteligente y honesto que, además, tuvo suerte. Pero ¿qué habría pasado si se hubiera equivocado gravemente? El planeta está lleno de ejemplos (Cuba, Corea del Norte, Filipinas, Guinea) que demuestran que conviene soltar el termostato de vez en cuando.

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