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INTERREGNUM: Amenaza cuando puedas. Fernando Delage

El pasado viernes, como había amenazado con hacer sólo unos días antes, el presidente de Estados Unidos optó por una nueva escalada en la guerra comercial con China, al aumentar del 10 por cien al 25 por cien los aranceles sobre la importación de productos de la República Popular hasta un total de 200.000 millones de dólares. Su decisión se produjo en vísperas de la conclusión de la 11 ronda de negociaciones con Pekín, cuando parecía que un acuerdo estaba al alcance de la mano.

La Casa Blanca atribuye la medida a la marcha atrás china con respecto a algunos de sus compromisos, aunque no ha dado detalles al respecto (y las autoridades chinas lo niegan). En uno de sus tuits de la semana, Trump señaló como razón la “ESPERANZA” china—escribió la palabra en mayúsculas—de renegociar con Biden o con uno de los “muy débiles demócratas”. Sin el menor riesgo de que se le confunda con uno de estos últimos, el presidente ha advertido de la posibilidad de extender las tarifas ya impuestas al resto de las exportaciones chinas a Estados Unidos (es decir, a productos por valor de otros 325.000 millones de dólares).

El temor de que no se llegue a un pacto ha provocado el nerviosismo de los mercados occidentales, en un marcado contraste con la calma que se respira en China, cuyo gobierno no ha dudado en declarar que responderá debidamente a las sanciones de Washington. Trump ha debido tomarse en serio esas palabras, pues de manera inmediata ha prometido un paquete de compensación a los agricultores norteamericanos que exportan a China, muchos de ellos votantes suyos y al mismo tiempo los más perjudicados por la crisis bilateral: Pekín los ha sustituido desde hace meses por los productores de otros países.

¿Constituyen las bravuconadas de Trump una táctica negociadora, o una operación de distracción cuando se le acumulan los problemas internos? Su hostilidad hacia China atrae la atención de los medios, pero también complica la conclusión de las negociaciones. No faltan por ello los observadores que creen que la verdadera intención de Trump es crear una crisis económica y política en la República Popular. Es probable, sin embargo, que la administración tenga razón al concluir que de nada sirve pactar ciertos compromisos si luego la burocracia china hace inviable su implementación interna. El problema es que una vez más vuelven a ponerse de relieve las limitaciones derivadas de la presión unilateral. Bajo presidentes anteriores, Washington siguió un enfoque multilateral que le permitió crear los incentivos para que China ajustara sus prácticas internas si no quería verse aislada. Trump, en cambio, abandonó el TPP—diseñado para lograr de Pekín los mismos objetivos que él pretende—; no ha dejado de criticar a la OMC—cuyas normas violan las sanciones que acaba de adoptar—; y amenaza con nuevas tarifas a sus propios aliados también. Aun cuando muchos compartan la necesidad de disciplinar a China, quien se está viendo aislado en la esfera internacional por los métodos empleados es Estados Unidos (y sus consumidores los más afectados).

Es posible que este tipo de estrategia esté llegando a su fin. Pekín ha declarado que no negociará un acuerdo comercial con Washington “con un cuchillo en el cuello”. Las amenazas norteamericanas le preocupan sin duda, pero China ve en ellas la nada oculta intención de obligarle a cambiar su sistema económico e industrial y, de manera más general, frenar su ascenso como potencia global. Aunque ambas partes necesitan un entendimiento, sus diferencias estructurales impedirán la restauración de un equilibrio en la relación bilateral. Incluso si llegan finalmente a un acuerdo comercial, la rivalidad tecnológica y geopolítica entre los dos gigantes seguirá marcando el mundo de las próximas décadas. (Foto: Lance Leong)

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