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INTERREGNUM: Opciones estratégicas en Asia. Fernando Delage

La estrategia exterior de un país no está predeterminada. Sus ambiciones diplomáticas no son sólo resultado del aumento de sus capacidades económicas y militares, como a veces se piensa. Existen otros condicionantes de gran peso, entre los que se encuentran la geografía, la demografía, la necesidad—o no—del acceso a recursos y materias primas, o el entorno estratégico regional. Pero tampoco son elementos menores el legado de la Historia, la ideología del régimen político o la percepción que se mantenga en un determinado momento de las potenciales amenazas a la seguridad nacional. Existe por tanto un margen de apreciación subjetiva por los líderes de turno y, en consecuencia, la posibilidad de elegir entre distintas opciones estratégicas.

China, Japón, India, Rusia y Estados Unidos (también Corea del Sur y Australia, entre otros) están inmersos en este debate. Todos ellos intentan valorar cómo su soberanía, intereses económicos e imperativos de seguridad se ven afectados por la redistribución de poder en curso en Asia. Sus cálculos estratégicos requieren una actualización, a la que sus líderes responden siendo “rehenes” en cierto modo de inercias que han guiado el comportamiento exterior de sus naciones a lo largo del tiempo. Factores materiales se combinan así con ideas, intereses e idelogías en un debate interno que marca las posibilidades de acción de los gobiernos.

Para aproximarnos a esta complejidad, a esta red de múltiples variables que interaccionan entre sí, pocas aproximaciones son más útiles que la ofrecida por el National Bureau of Asian Research de Estados Unidos en la reciente edición de su publicación anual, “Strategic Asia”. En “Power, ideas, and military strategy in the Asia-Pacific” (Seattle, 2017), autores de primer nivel sintetizan de manera magistral esos debates nacionales y el camino seguido por las principales grandes potencias en los últimos años. El volumen cierra un esfuerzo de investigación de tres años, del que ya dieron cuenta la edición de 2015, que analizaba en detalle las capacidades económicas, políticas y militares de estas grandes potencias y su previsible evolución; y la de 2016, que examinaba la cultura estratégica de estas mismas naciones y su influencia sobre las decisiones de sus líderes. Se completa de este modo una obra de referencia, tanto para expertos como para lectores interesados, indispensable para entender Asia en 2018.

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Cómo alquilar amigos y engañar a las personas. Por Miguel Ors Villarejo

La realidad es un asco. La esposa quiere el marido ideal, el hijo quiere el padre ideal y no siempre estamos a la altura. “Se trata de un papel muy exigente”, admite Ishii Yuichi. ¿Por qué no dejarlo en manos de un profesional? Es lo que propone la firma que dirige, Family Romance. Brinda la posibilidad de suplantar a cualquier pariente, amigo o profesional que, por una u otra razón, no esté (o no quiera estar) disponible. A Yuichi se le ocurrió después de hacerse pasar por el marido de una madre soltera a cuya hija no admitían en un colegio porque no tenía padre. “Sentí que debía desafiar la injusticia de la sociedad japonesa”, le cuenta al periodista Roc Morin en The Atlantic.

No logró engañar al director del centro, pero decidió montar un negocio. Ahora tiene un equipo de 800 actores capaces de encarnar cualquier personaje. Por ejemplo, en la cultura japonesa es habitual que los empleados presenten disculpas cuando cometen un error grave. Es una ceremonia humillante. “Tienes que hincarte de rodillas”, cuenta Yuichi, “apoyar las manos en el suelo. Las manos deben temblar. Así que mi cliente (el que ha metido la pata) está de pie a un lado, mirando, mientras yo estoy postrado, revolcándome por la moqueta, y el jefe me insulta rojo de ira”.

También intervienen en caso de infidelidad. “Imagine que una esposa engaña a su marido y este se entera”, plantea. “Cuando esto sucede, el marido exige a menudo conocer al otro. Naturalmente, esto no es fácil de arreglar, porque el otro suele salir corriendo, así que me llevan a mí”.

“¿Y qué pasa entonces?”, pregunta Morin.

“Tenemos un manual para todas las situaciones”. En esta en concreto el protocolo aconseja encarnar a un yakuza. Yuichi llega, inclina la cabeza y pide perdón humildemente. “Normalmente, el marido me regaña, pero como le han explicado que eres de la mafia, no suele insistir más”.

Algunos padres lo han contratado para que organice una boda a su hija lesbiana. Family Romance aporta el novio y la mitad de los invitados. Cuesta unos 4.000 dólares y es todo falso, “salvo los clientes de la familia” a los que se pretende impresionar.

“¿Cuántas veces se ha casado así?”

“Tres”.

Yuichi asegura que su negocio tiene un brillante futuro. “La demanda no deja de crecer. Mucha gente busca hoy ayuda para ganar popularidad en las redes. Hace poco, cinco de nosotros acompañamos a un cliente a Las Vegas para que pudiera hacerse fotos y colgarlas en Facebook”.

La pregunta que uno se hace es dónde está el límite. Porque mientras en Europa nos reímos de las agencias que suministran coartadas a los cónyuges infieles, en Japón ya están en la siguiente generación: la realidad 2.0. Yuichi hace de padre de una niña que sufría acoso. Las compañeras le preguntaban constantemente dónde estaba su papá y la madre le paga 200 dólares más los gastos para que asuma el papel cuatro horas a la semana. Empezó hace ocho años. La niña ha cumplido los 20, nadie le ha dicho que es un impostor y está encantada.

“¿Ella le quiere a usted?”, le pregunta Morin.

“Sí”, responde Yuichi. “Es fácil sentir su amor. Me habla de la relación con su madre, comparte sentimientos íntimos”.

“¿Y usted se limita a actuar o experimenta emociones sinceras?”

“Es mi trabajo. No soy padre las 24 horas, solo a tiempo parcial. Cuando estoy con ella, no siento que la quiera de verdad”.

Da un poco de miedo, pero Yuichi sabe envolverlo en una retórica que recuerda el dilema que Aldous Huxley planteó en 1932: ¿es legítimo recurrir a cualquier medio, incluida la mentira, para alcanzar la dicha? “La vida es injusta”, razona Yuichi, “por eso existe mi empresa”. La mujer que tiene pareja no necesita alquilarla, pero otras muchas están solas. Family Romance recompone estos desconchones y entrega un mundo “más ideal, más limpio”. Un mundo feliz. (Foto: Somethings hiding in here, Flickr) 

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Las bodas de oro de la ASEAN contaron con la presencia de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La década de los 60 vio el comienzo de los acuerdos comerciales en la región asiática. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), inició la tendencia de agrupaciones que bajo la búsqueda de un bien común consiguieron unirse, y con el paso del tiempo crecieron en número de miembros. A partir de entonces, muchas otras organizaciones, sobre todo de tipo económico, se han creado en el Pacífico.

Donald Trump acudió a la cumbre que celebró los 50 años de la ASEAN, donde remarcó la visión económica de su Administración, basada fundamentalmente en el unilateralismo y en segundo lugar, pero no menos importante, en el hecho de que nadie es dueño del mar y de que la libertad de navegación y sobrevuelo de los mares son críticos para la seguridad y prosperidad de las naciones del mundo.

Fue éste crucial punto el que llevó a los líderes de Australia, India y Japón a reunirse para discutir este compromiso y presentarse unidos para defender este derecho fundamental de la Convención de Ginebra.

Cuatro miembros de ASEAN, Filipinas, Vietnam, Brunei y Malasia, se disputan varias islas con China en esta zona marítima, en un contencioso en el que China apela a sus derechos históricos y que en el pasado ha puesto al descubierto las diferencias internas entre sus diez socios. Y en que la voz firme de Estados Unidos vino a marcar un gran momento, donde se dejó por sentado su liderazgo en la región, así como también el respeto por la libertad de tránsito marítimo y las decisiones del tribunal de arbitraje de la Haya y los fallos en los que ha desestimado las pretensiones chinas. En este punto la administración Trump ha sido consecuente con la política exterior estadounidense de los últimos 60 años.

La ASEAN reúne 622 millones de habitantes y aspira a elevar su PIB conjunto hasta los 4,7 millones de dólares en 2020 para así convertirse en la cuarta potencia económica del mundo en 15 años. En 2015, la economía global de los diez países alcanzó los 2,43 billones de dólares, mientras que las previsiones de crecimiento son del 4,8% para este año, según cifras oficiales de la organización.

De acuerdo con el experto Alberto Solares Gaite, los procesos de integración en Asia han sido radicalmente opuestos a los que ha experimentado Occidente. Las agrupaciones asiáticas se han caracterizado por el desarrollo de pocas instituciones y de mecanismos de bajo compromiso. No existen acuerdos oficiales, los vínculos comerciales y financieros se han llevado a cabo de modo fáctico entre los países de la región. Lo que se conoce como integración “silenciosa”, en las que se fomenta sobre todo los agentes microeconómicos, pese al bajo perfil de los gobiernos.

Mireya Solís, experta en Asia del Instituto Brookings sintetizó el viaje asiático de Trump en estas palabras: “Su Administración está fundamentalmente redefiniendo la estrategia y el rol de Estados Unidos en el comercio internacional y cambiando la diplomacia de intercambios.  Si hay que reconocerle algo es que fue consistente en cada uno de sus paradas en su gira por Asia, rechazando explícitamente el multilateralismo, sin dobleces en sus palabras, y explicando que Estados Unidos apuesta por tratados bilaterales, y que todos los países interesados en negociar con Washington son bienvenidos a sentarse en una mesa a dos partes”. Mientras que Xi Jinping, en su intervención en la APEC, dejó claro que China está a favor del multilateralismo, convirtiéndose en el nuevo y gran líder que apoya los acuerdos multilaterales de libre comercio sin exclusión.

Tal y como afirmó Trump al regresar a casa la semana pasada, el viaje a Asia tuvo tres objetivos: unificar el  mundo en contra de la amenaza nuclear del régimen norcoreano, afianzar las alianzas políticas y económicas estadounidenses en el Indo-pacífico, nuevo término que demuestra una nueva visión de la región, y, por último, intercambios comerciales justos y recíprocos, que, en otras palabras, viene a decir acuerdos donde la Administración Trump pueda imponer sus reglas y no ceder frente a la presiones de bloques económicos ya establecidos. Sin lugar a dudas, estamos frente a una nueva diplomacia de intercambios.

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INTERREGNUM. China y Japón: relaciones peligrosas. Fernando Delage

Una vez confirmados y reforzados en sus cargos tras el XIX Congreso del Partido Comunista Chino y las recientes elecciones generales, respectivamente, una de las principales prioridades diplomáticas de Xi Jinping y de Shinzo Abe será como tratar el uno con el otro. Aunque las tensiones entre China y Japón han ido en aumento desde 2010, a partir de 2014 se abrió un paréntesis de relativa calma que no oculta, sin embargo, las diferencias estructurales de fondo. En manos de Xi y de Abe estará, hasta al menos 2021, la responsabilidad de buscar un entendimiento, aunque sus acciones dependerán asimismo de un tercero: Estados Unidos.

El legado de la Historia y las reclamaciones marítimas chinas explican en gran medida las dificultades entre la segunda y tercera mayores economías del mundo. Pero no son las únicas razones. La espiral de negatividad que se registra en las percepciones mutuas arranca en la década de los noventa, tras los sucesos de Tiananmen. Y la variable fundamental que la causa, más que la evolución de las relaciones bilaterales, es el papel que cada parte comienza a desempeñar en la dinámica política interna de su vecino. Japón es un pilar central en torno al cual se ha construido el nacionalismo chino contemporáneo, mientras que el relevo generacional en la política japonesa ha conducido a la defensa de posiciones más firmes con respecto a una China en ascenso.

Richard McGregor, excorresponsal del Financial Times en Tokio, primero, y en Pekín, más tarde, acaba de publicar un fascinante libro en el que cuenta en detalle cómo se llegó a este punto desde la normalización de relaciones diplomáticas a principios de la década de los setenta. Aunque es un tema objeto de numerosas publicaciones, “Asia’s reckoning: the struggle for global dominance” (Allen Lane, 2017), es una indispensable obra de referencia. McGregor no sólo ha tenido acceso a fuentes anteriormente clasificadas, sino que ha entrevistado a decenas de políticos y diplomáticos de ambos países, y de Estados Unidos, muchos de ellos protagonistas directos de los hechos narrados.

Las opiniones y percepciones de los dirigentes chinos y japoneses como clave del comportamiento de sus respectivos países, adquieren así una relevancia que no suele ser habitual en los libros de carácter más académico. Es en este terreno donde el libro ofrece mayores novedades, incluyendo verdaderas perlas. La transcripción de las conversaciones entre Zhou En-lai y Henry Kissinger sobre Japón no tienen desperdicio, por ejemplo. No le hará ganar muchos amigos en Tokio al ex asesor de seguridad nacional norteamericano, pero es muy reveladora de la manera de ver el mundo de la administración Nixon. La discusión sobre Taiwán mantenida entre Mao Tse-tung y el primer ministro japonés Kakuei Tanaka, es igualmente ilustrativa de las prioridades chinas en la década de los setenta. Una época que en poco se parece a la actual, como revela la gestión—sobre la que McGregor proporciona detalles poco conocidos hasta la fecha—de las crisis de 2010 y 2012 en torno a las islas Senkaku.

¿Qué ha cambiado? Lo fundamental es el giro en la posición relativa de poder de ambos Estados. El rápido ascenso económico y militar de China transforma de manera radical el entorno exterior de Japón, como también pone en riesgo la primacía tradicional de Estados Unidos en la región. Este es por tanto el principal motivo del reajuste en los cálculos estratégicos de Tokio y Washington, pero también del choque entre dos nacionalismos que alimentan, en China y en Japón, un juego político interno que no propicia precisamente las actitudes de reconciliación.

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La travesía asiática de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En una larga travesía de 12 días, el presidente Trump visita Asia. Muchos días de viaje y una agenda bien copada en la que visita Japón, Corea del Sur, China, Vietnam y Filipinas. Un viaje tan largo como importante en el que el secretario de Estado Tillerson le acompañará para dar aún más solemnidad a esta visita oficial. Mientras Trump sostendrá encuentros con los jefes de Estado correspondientes, Tillerson se reunirá con altos dirigentes, homólogos y personalidades económicas, con las que buscará afianzar lazos de cooperación a nivel político y de inversiones e intercambio. Según Daniel Blumenthal (escritor de Foreing Policy) la clave de este viaje está fundamentalmente en el elemento geopolítico, que consiste en intensificar la competencia de los Estados Unidos con China por el sureste asiático. Insiste en que nada es tan importante como ese punto y el presidente Trump debería dejar muy claro que su gabinete toma con mucha seriedad la rivalidad geopolítica en la región asiática.

Japón es el aliado más fuerte de Estados Unidos en Asia. En Tokio, Trump afianzará la alianza con Shinzo Abe y proyectará una sólida amistad mientras negocian más intercambios comerciales y analizan la amenaza de Corea del Norte. La Administración Trump finalmente entendió la importancia de un aliado como Japón y ha comenzado a darle el lugar que merece. Tokio, por su parte, da señales de estar más cómodo con Washington y ha bajado sus niveles de ansiedad ante la amenaza nuclear de Pyongyang por el apoyo de Trump. De hecho, Japón es el país que más está invirtiendo en Estados Unidos a día de hoy, instalando industrias en su territorio y generando un gran número de empleos (exactamente lo que Trump ha definido como su vuelta a la Gran América).

En Seúl, se espera que se aborde fundamentalmente la peligrosa situación de Corea del Norte. Trump se reunirá con Moon Jae-in, lo que revalida el apoyo de Washington y mando un claro mensaje a Kim Jong-un. Corea del Sur es el segundo gran aliado de Estados Unidos en la región, y para el presidente Moon es realmente importante contar con este espaldarazo público.

En el caso de China, Trump prometió a Xi jinping visitarle en casa, y eso es exactamente lo que está haciendo. Cumpliendo con su compromiso, quedando bien con el ahora consagrado líder, después de que el congreso del Partido Comunista Chino convirtiera a Xi en el personaje más poderoso desde Mao Zedong, y que comparativamente con Trump, está en una posición más fuerte, en términos de liderazgo y popularidad. Sin lugar a dudas, en la región Xi es el líder más poderoso y Washington le necesita para seguir presionando a Pyongyang. Beijín es el único actor internacional capaz de presionar y neutralizar a Pyongyang sin necesidad de un ataque bélico, siendo el principal proveedor de un régimen completamente aislado.

Aquí la pregunta que se presenta es ¿hasta dónde quiere jugar China genuinamente ese rol?, Xi se siente claramente cómodo en su papel de líder internacional, pero también sabe cuándo debe bajar su perfil para mantener el juego a su favor. Esperemos que Trump entienda esa estrategia y pueda dejarle claro que Estados Unidos está dispuesto a acabar con el riesgo y mantendrá el liderazgo regional. A pesar de que hasta ahora Trump ha sido blando con Beijín, el Departamento de Estado maneja una línea anti china muy fuerte, que espera empezar a implementar.

Vietnam es un país clave. Tanto Trump como Tillerson participarán en la Cumbre de APEC el 10 de noviembre, que es obviamente importante pues 21 economías en el Pacífico estarán en este foro que promueve el libre comercio. Sin embargo, la clave podría estar en que Washington quiere asegurarle a Hanói su apoyo, siguiendo la línea anti china que amnas están manejando. Vietnam históricamente ha sufrido el acoso chino, y entre el expansionismo chino actual y su posición geográfica, es uno de los países más vulnerables ante el gigante asiático, por lo que Washington está aprovechando para extender su apoyo a cambio de mantener su presencia en la región.

En Filipinas se reunirá con Rodrigo Duterte, un líder tan controvertido como popular, quien, con una política tan agresiva como inapropiada, abusa del poder para acabar con el narcotráfico y los consumidores de estupefacientes, por lo que se espera que Trump aproveche la oportunidad para pedirle moderación y respeto por los derechos humanos. Asimismo, Washington intentará recuperar los espacios ganados por China en la región del sureste asiático.

Otro aspecto no menos importante es el aumento del radicalismo islámico y la presencia de ISIS, en el que Trump debería afianzar su compromiso en mantener cooperación en materia de seguridad.  Seguramente otra de las razones que llevan al inquilino de la Casa Blanca hasta Manila es parte de su ego, pues Duterte ha expresado públicamente su admiración por Trump, lo que no sorprende pues, en el fondo, ambos líderes tienen un carácter impulsivo y políticamente incorrecto.

Tal y como se ha expuesto, cada país en esta gira por Asia tiene una razón estratégica. La Administración Trump está yendo a poner orden y afianzar su posición en el Pacífico, y a dejarle claro a China quién tiene el control,  solidificar alianzas y mandar un mensaje claro a Pyongyang de unión con sus aliados. Ojalá que la imprudencia de Trump se quedara en casa, y que su Twitter no funcione en Asia, o que lo agotador de su agenda lo mantenga aislado de su móvil. Seguramente así nos aseguraremos una visita diplomática en toda su expresión. Sobre todo, en la cultura asiática donde la prudencia y las formas marcan el día a día de la sociedad.

Vote

INTERREGNUM: Elecciones en Japón. Fernando Delage

Por segunda vez desde que regresara a la jefatura del gobierno en diciembre de 2012, Shinzo Abe ha convocado elecciones anticipadas. Parece como si, de esa manera, quisiera extender gradualmente su permanencia como primer ministro, añadiendo sucesivos períodos de cuatro años a legislaturas inacabadas. Su agenda de reformas económicas y de normalización de la política de defensa, frente al desafío de una China en ascenso, además de la organización de los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, requieren, en su opinión, de algo más que un único mandato.

Pero siempre es arriesgado acudir a las urnas. La derrota del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones a gobernador de Tokio el pasado verano, ya reveló el disminuido apoyo popular a Abe, y la irrupción, casi por sorpresa, de una nueva figura, Yoriko Koike, que concurrió como líder de un partido creado al efecto. No fue un fenómeno pasajero. Tras convocarse elecciones generales para el 22 de octubre, Koike anunció poco después su candidatura mediante la formación del Partido de la Esperanza, complicando el panorama que Abe esperaba afrontar. La fundación de este nuevo partido provocó, apenas tres días después, la integración en el mismo del hasta ahora principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón (PDJ). Koike se ha convertido así en la principal rival de Abe, y en la primera mujer con posibilidades de llegar al frente del gobierno japonés.

Es un resultado que no puede darse por seguro, dada la extraordinaria fortaleza estructural del PLD, partido que ha gobernado Japón desde 1955, con la excepción de dos breves paréntesis (1993-94 y 2009-12). Pero tampoco puede ya considerarse como inevitable la victoria de Abe.

Los analistas empiezan a preguntarse por ello qué cambiaría con Koike. Después de todo, ella misma perteneció al PLD, como tantos otros políticos hoy en la oposición. Su mensaje de modernización, su estilo desenfadado y su biografía personal resultan atractivos en el tradicional mundo gris de la política japonesa. Pero algo parecido ocurría con Junichiro Koizumi hace 15 años, sin que su paso por el poder—fue primer ministro de 2001 a 2006—consolidara las reformas que el país necesita.

El envejecimiento de la sociedad japonesa complica las bases de un nuevo crecimiento, aunque no pueden negarse los logros de la política de Abe y del Banco Central: la conocida como “Abenomics”. No obstante, 25 años después de que el PLD comenzara a escindirse, sigue sin existir un sistema ordenado de partidos. Los socialistas virtualmente desaparecieron, pero los liberales han tenido como oposición desde entonces una sucesión de fuerzas con distintos niveles de representación parlamentaria; partidos que cambian con frecuencia de nombre y de líderes, sin que sus programas sean realmente distinguibles de los del PLD. Quizá ello explique el desencanto popular: la participación en las últimas elecciones generales, en diciembre de 2014, registró la cifra más baja desde la segunda posguerra mundial (un 52 por cien). Aunque es una incógnita si el 22 de octubre se confirmará esta misma tendencia, la dinámica partidista no alterará en lo fundamental, sin embargo, la estabilidad de la primera democracia no occidental, y tercera mayor economía del mundo.

Guerra barcos

Presión a Pyongyang… y a Estados Unidos

Fuerzas navales chinas y rusas están realizando maniobras conjuntas en aguas internacionales cercanas a Corea del Norte. Según la agencia oficial china de noticias Xinhua, los ejercicios conjuntos se llevan a cabo entre el golfo de Pedro el Grande, a las afueras del puerto ruso de Vladivostok (en el extremo oriental ruso y cerca de la frontera con Corea del Norte) y la parte sur del mar Ojotsk, al norte de Japón. Se trata de la segunda fase de los ejercicios navales que Rusia y China lanzaron este año. La primera parte tuvo lugar en el mar Báltico en julio.
El Ejército chino informó de que, por su parte, participan un destructor con lanzadera de misiles, una fragata, un buque de suministro y otro de rescate submarino, junto con helicópteros y vehículos de rescate sumergible que zarparon de la costa de la ciudad de Qingdao (este del país asiático) para tomar parte en las maniobras. También serán realizados rescates submarinos complicados y ejercicios anti-submarinos que no han sido incluidos en ejercicios conjuntos previos entre los dos países.
Las maniobras conjuntas tratan de visualizar el acercamiento entre Moscú y Pekín tras décadas de desencuentros y hasta de enfrentamientos armados por los límites fronterizos constituye, pues, una presión a Estados Unidos tanto como a Corea del Norte.
Aunque China no ha vinculado los ejercicios con la última escalada de tensiones en la península coreana y las posteriores medidas militares de EE.UU.  y sus aliados en esta zona asiática, parece evidente que se trata de exhibir músculo militar en un momento en que, sobre todo Rusia, ya que China es un protagonista casi directo de la situación, necesita ser vista como un posible mediador en concordancia con la búsqueda de Putin de devolver a Moscú el papel de segunda potencia mundial, política y militarmente.
Rusia y China han apoyado, por primera vez, en las últimas reuniones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la imposición de sanciones a Corea del Norte, aunque en general se acepta la idea de que no van a ser muy estrictos en su aplicación a través de sus fronteras terrestres, vitales para los intercambios comerciales norcoreanos.
Pero a la vez, ambos países plantean dudas sobre la eficacia de las sanciones y sugieren que Estados Unidos negocie aunque no queda claro con quién y qué. Tal vez por eso, una exhibición de fuerza militar es pertinente para Moscú y Pekin para recordar a Estados Unidos que no necesariamente es la principal potencia miliar el el área.
La escalada de efectivos militares no lleva la tranquilidad a Corea del Sur y Japón, países  que estarían pidiendo a Estados Unidos más presión y que no acaban de ver a chinos y rusos como aliados fiables. Además, en ambas sociedades, aunque más claramente en Japón, se está produciendo un ascenso, aún leve pero persistente, de nacionalismo y de exigencias de disponer de fuerza militar disuasoria propia que no gusta a nadie. Probablemente es hora de avanzar en una gestión de la situación coordinada entre las potencias antes de que el dragón se convierta en no gobernable.
India Japon

INTERREGNUM: Abe en Gujarat. Fernando Delage

El pasado 14 de septiembre, el primer ministro indio, Narendra Modi, recibió a su homólogo japonés, Shinzo Abe, en Ahmedabad—en su estado natal de Gujarat—, en una nueva cumbre bilateral que tenía por objeto fijar la “dirección futura” de las relaciones entre India y Japón.

En el marco de la “asociación global” que ambos países constituyeron en el año 2000, Modi y Abe firmaron hasta 15 acuerdos y continuaron ampliando una agenda que refleja la creciente convergencia económica y estratégica entre las dos grandes democracias asiáticas. Japón necesita reactivar el crecimiento en el contexto de una sociedad que envejece con rapidez, mientras que India busca atraer capital y tecnologías del exterior para desarrollar el sector industrial que permitirá crear empleo e impulsar un desarrollo sostenido y de calidad. La inversión japonesa en India ha aumentado de 2.600 millones de dólares en 2015-2016 a 4.700 millones de dólares el último año fiscal. Sus inversiones acumuladas ascienden a 26.000 millones de dólares, lo que supone el ocho por cien del total recibido por India desde el año 2000. Las infraestructuras son objetivo prioritario y, de manera simbólica, los dos primeros ministros inauguraron las obras del primer tren de velocidad del país, entre Ahmedabad y Mumbai.

Abe y Modi lanzaron asimismo una nueva iniciativa diseñada como alternativa a la Ruta de la Seda de Pekín: el Corredor de Crecimiento Asia-África (AAGC en sus siglas en inglés). India puede convertirse en una útil plataforma de proyección de las empresas japonesas hacia el Golfo Pérsico y el continente africano. Tokio aportará 200.000 millones de dólares a este proyecto de cooperación entre dos continentes mediante el desarrollo de infraestructuras de calidad, conectividad institucional e intercambio entre sociedades, para equilibrar la influencia económica y diplomática china.

La República Popular es también el principal factor de la convergencia entre Delhi y Tokio en cuestiones de seguridad y defensa. Días antes de la cumbre, los ministros de Defensa de ambos países discutieron en su reunión anual sobre la coproducción de equipos militares, tecnologías de doble uso o la posibilidad de adquisición por India del avión US-2 japonés. Tras la entrada en vigor, en julio, del acuerdo nuclear civil firmado durante la visita de Modi a Tokio el pasado mes de noviembre, también se ha facilitado la exportación de tecnología japonesa a India.

El encuentro se ha celebrado en un entorno regional marcado por los ensayos nucleares y balísticos norcoreanos, las tensiones en la periferia marítima china, o el reciente choque en Doklam, donde coinciden las fronteras de India, China y Bután. También por la profunda incertidumbre que se vive en la región sobre la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump. El escenario de seguridad asiático vive un momento de enorme fluidez y avanza hacia la construcción de un nuevo orden. La cada vez más estrecha relación entre India y Japón será uno de sus elementos característicos.

North Korea

INTERREGNUM: Corea del Norte: ¿qué hacer? Fernando Delage

El sexto ensayo nuclear norcoreano el pasado 2 de septiembre y el lanzamiento, dos días después, de un misil balístico sobre el espacio aéreo japonés representa una grave escalada de tensión en el noreste asiático.

Pyongyang continúa avanzando en el desarrollo de su arsenal, a un ritmo que sorprende incluso a los expertos. Al mismo tiempo, pone a prueba la confianza de Tokio y Seúl en su aliado norteamericano. Contar con un instrumento de disuasión frente a Washington, y reforzar internamente su régimen, es la principal motivación del programa nuclear de Corea del Norte. Pero Kim Jong-un sabe que la mejor manera de debilitar la posición norteamericana es minando sus alianzas. Por esa razón no se entiende el camino seguido por Trump, que está—mediante sus declaraciones—provocando el mismo resultado.

Cada tweet del presidente de Estados Unidos elevando el tono de amenaza no hace sino provocar una nueva acción norcoreana: como bien conoce Pyongyang, Washington carece de opciones militares políticamente viables. Corea del Norte actúa por lo demás en un transformado entorno regional, como consecuencia en particular del ascenso estratégico de la República Popular China y de sus claras intenciones revisionistas. De estas circunstancias se derivan dos hechos rotundos.

Si la crisis en la península no puede separarse de la dinámica de cambio geopolítico en Asia, ¿puede tener éxito una política norteamericana que no identifique sus opciones con respecto al problema en el marco más amplio de un nuevo concepto estratégico regional? Pekín, como es lógico en función de sus intereses, no está ejerciendo sobre Pyongyang la presión que Trump esperaba. Pero Washington no puede formular su política hacia la península sin definir primero qué espacio está dispuesto a conceder a China en el emergente orden de la región. (Si no está dispuesto a cederle ninguno, nos encaminamos entonces hacia un choque de mayores dimensiones). Estrechamente relacionado con esta cuestión hay un segundo imperativo central: ¿de verdad espera la Administración Trump gestionar el problema sin Tokio y Seúl?

Lejos de coordinar posiciones con Japón y Corea del Sur, el presidente norteamericano no ha dudado en criticar a Seúl, obligando a los gobiernos japonés y surcoreano a depender en creciente medida de sus propios medios, lo que les acerca a la opción nuclear. Ésta es una pesadilla que China intentará prevenir, pero que el propio Trump sugirió durante la campaña electoral el pasado año.

Washington actúa como si pudiera imponer sus objetivos sin tener en cuenta un contexto que va más allá de sus problemas bilaterales con Pyongyang. Sin contar con una doctrina estratégica. Sin cubrir aún, tras nueve meses de presidencia, los puestos clave sobre Asia en los departamentos de Estado y de Defensa, o embajadas decisivas en la región. Sin recordar, aparentemente, otros fracasos norteamericanos en esta parte del mundo, cuya causa fundamental fue la de intentar resolver un problema de manera aislada y desconectada de las variables de su entorno.

montana rusa

Veinte años de la crisis asiática (1): La victoria de la izquierda. Miguel Ors Villarejo

 Cuando el 2 de julio de 1997 el Gobierno tailandés anunció que renunciaba a la paridad fija con el dólar porque se había quedado sin reservas para defenderla, la izquierda mundial no pudo ahogar un bufido de satisfacción. Desde que casi una década atrás el muro de Berlín se viniera estrepitosamente abajo y dejara a la vista la siniestra verdad del paraíso comunista, la progresía había permanecido discretamente callada. La superioridad del capitalismo era patente y, en combinación con la democracia liberal, parecía efectivamente la estación final de la historia.

En la primera mitad de los años 90 aún se registraron turbulencias en México, Brasil o Argentina, pero los expertos las atribuían a la ineptitud y/o corrupción de sus élites. Ni Tailandia ni sus vecinos (Singapur, Corea del Sur, Filipinas, Malasia, Indonesia, Taiwán, Hong Kong) tenían nada que temer, porque su comportamiento era (en términos macroeconómicos) impecable. “A diferencia de los manirrotos latinoamericanos”, escribe The Economist, “presentaban elevadas tasas de ahorro y superávits en sus cuentas públicas”. Tailandia había cerrado 1996 con una deuda que no alcanzaba ni el 5% del PIB. ¿Por qué los mercados se ensañaron unos meses después con estos alumnos aventajados del Fondo Monetario Internacional?

Para Peter F. Bell, un profesor de la Universidad Estatal de Nueva York, la razón estaba clara. “El milagro asiático fue el fruto de una peculiar y necesariamente efímera coyuntura de las fuerzas de clase planetarias, en la que los capitales de Occidente y Japón pudieron dominar políticamente y explotar económicamente los relativamente bajos salarios asiáticos”. Mientras estos se mantuvieron en niveles compatibles con unos beneficios empresariales abundantes, los inversores se dedicaron a “la extracción de plusvalías en la industria exportadora”. Pero la concienciación del proletariado local hizo cada vez más complicado este expolio. Los sindicatos presionaron para mejorar las remuneraciones y, al caer la rentabilidad de las manufacturas, el dinero se refugió en el sector inmobiliario. Ahí infló una espectacular burbuja y, cuando esta reventó, huyó dejando tras de sí un reguero de quiebras, desempleo y miseria. “El PIB [de la región]”, escribe Barry Sterland, “pasó de crecer el 7% en los ejercicios anteriores a contraerse el 7% en 1998. En el caso de Indonesia, el declive fue del 13%”.

Bell publicó su análisis en 2001, cuando todavía humeaban los escombros de aquel pavoroso espectáculo. Si disfrutara como nosotros de una perspectiva más amplia, difícilmente podría afirmar (aunque con los marxistas nunca se sabe) que unos salarios elevados son incompatibles con “la extracción de plusvalías”. Porque, una vez encajado el brutal golpe, los tigres hincaron una rodilla en el suelo, tomaron aire, se irguieron y, en las dos últimas décadas, han experimentado un intenso ritmo de actividad. El capital mundial continúa explotando a los tailandeses a pesar de que su renta per cápita, que rondaba los 3.800 dólares en 1997, alcanzó los 5.900 el año pasado, un 55% más. En Corea del Sur el progreso ha sido aún más llamativo: de los 13.000 dólares de 1997 han pasado a los 25.500, un 96% más. ¿Por qué los aviesos inversores no dan la espalda a unos trabajadores que en algún caso están mejor pagados que los europeos?

Es verdad que, en igualdad de condiciones, el empresario preferirá producir allí donde menos cueste la mano de obra, pero la igualdad de condiciones nunca se da. “Las naciones ricas son ricas porque están bien organizadas y las pobres son pobres porque no lo están”, explica The Economist. “El obrero de una planta de Nigeria es menos eficiente de lo que podría serlo en Nueva Zelanda porque la sociedad que lo rodea es disfuncional: la luz se corta, las piezas de recambio no llegan a tiempo y los gerentes están ocupados peleándose con burócratas corruptos”.

“A mediados de los años 70”, abunda el Nobel Paul Krugman, “el trabajo barato no era argumento suficiente para permitir que un país en vías de desarrollo compitiera en el negocio de las manufacturas internacionales. Las sólidas ventajas del Primer Mundo (sus infraestructuras y capacidades técnicas, el superior tamaño de sus mercados y la proximidad a proveedores clave, su estabilidad política y las sutiles pero cruciales adaptaciones sociales que permiten el correcto desempeño de una economía) más que compensaban diferencias en los sueldos de 10 y hasta 20 veces”.

“Entonces”, continúa Krugman, “algo cambió. Una combinación de factores que aún no entendemos del todo (rebajas arancelarias, desarrollo de las telecomunicaciones, abaratamiento del transporte aéreo) redujo los inconvenientes de fabricar [en Asia]” y países “que se habían dedicado previamente al cultivo de café y yute empezaron a coser camisetas y zapatillas deportivas”.

A diferencia de las autoridades latinoamericanas, las del Lejano Oriente se dieron cuenta en seguida de que a aquellos patronos extranjeros (en su mayoría grandes multinacionales) no podía dejárseles campar a sus anchas, pero en lugar de ponerles encima un burócrata que inevitablemente acababa siendo capturado, lo organizaron de modo que se vigilaran entre sí mediante una saludable competencia. Esta fue la primera clave del milagro asiático. Al obligar a las diferentes marcas a pelear para quedarse con los empleados más productivos, los salarios empezaron a subir y, al cabo de una década, se habían acercado “a lo que un adolescente americano gana en un McDonald’s”, dice Krugman.

La otra explicación del milagro asiático fue la estabilidad. Para granjearse la confianza del capital foráneo, se adoptó una política de gasto muy conservadora: todos los presupuestos se saldaban con superávit y la deuda era prácticamente inexistente. Además, para minimizar el riesgo cambiario y de inflación, se estableció una paridad fija con el dólar. El Gobierno se ataba al mástil de la política monetaria de la Reserva Federal, con lo que cualquier hombre de negocios tenía la tranquilidad de que sus beneficios no se verían diluidos por la depreciación de la divisa local o una devaluación súbita, como era habitual en las repúblicas bananeras.

Esta combinación de bajos costes laborales, libertad de mercado y ortodoxia macroeconómica puso en marcha un círculo virtuoso de inversión, empleo, producción, exportación e inversión de nuevo que permitió a los tigres completar en unas décadas un proceso de enriquecimiento que en Occidente había llevado siglos.

Este éxito cuestionó la tesis entonces dominante sobre la indisolubilidad del matrimonio entre economía de mercado y democracia liberal e incluso se teorizó que Oriente había alumbrado una modalidad distinta y más poderosa de capitalismo, que algunos bautizaron pomposamente como confuciano.