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Por qué las democracias liberales juegan mejor al fútbol. Miguel Ors Villarejo

Me he acostumbrado a tomar un zumito de frutas a media mañana en el trabajo. Me ayuda a reponer fuerzas y, sobre todo, evita que llegue famélico a la hora de comer y me abalance sobre el pan y otros hidratos que estaban arruinando mi proverbial figura. Por desgracia, muchos compañeros se han aprendido también el truco y, últimamente, los zumos de la máquina se acaban en seguida. Esto es un fastidio, aunque hay varios modos de resolverlo.

En una economía de planificación central se pondría sobre aviso a la Comisaría de Zumos, que ordenaría un aumento de la producción. Pero, ¿y si el Directorio del Gosplán le negaba la autorización porque (como era habitual) andaba corto de fondos? Habría que reducir la manufactura de otros artículos, pero ¿cuáles?

En “El uso del conocimiento en la sociedad”, un artículo de 1945 por el que recibiría el Premio Nobel unos años después, Friedrich Hayek aborda este asunto y su conclusión es que, a la hora de determinar las necesidades de los agentes, el Estado es muy malo. La información precisa para decidir qué debe fabricarse en cada momento está desperdigada por la sociedad y ningún burócrata puede recopilarla y cuantificarla. Primero, porque la mayoría de los ciudadanos no verbalizamos nuestras preferencias y, segundo, porque no hace falta. Las oscilaciones de los precios indican los bienes que escasean y los que abundan, y el ánimo de lucro se encarga del resto. Al advertir cómo la cotización de la plata sube, miles de empresarios se lanzarán a extraerla sin detenerse a pensar demasiado en los motivos que impulsan su demanda.

Este elegante mecanismo es también el responsable de que los aficionados liberales disfrutemos por partida doble del Mundial. “Los regímenes autocráticos como China y Rusia”, escribe The Economist, “pueden adiestrar a grandes atletas de pista, pero en fútbol son una auténtica basura”. El comunismo moldeó prodigios físicos como las nadadoras alemanas o las gimnastas rumanas. Pero, ¿cómo se fabrica un Iniesta o un Messi? No salen de los estrechos límites de un laboratorio o un regimiento. Hacen falta millones de ensayos que solo la naturaleza puede realizar y no hay modo de saber dónde surgirá el próximo genio. Lo único que podemos hacer es desplegar una tupida red de ojeadores que rastree cada colegio, cada torneo, cada parque.

Una estructura semejante está fuera del alcance del Estado, por totalitario que sea. Ni siquiera la Unión Soviética podía movilizar a los funcionarios suficientes. El mercado, por el contrario, responde a este desafío con ayuda de incentivos. Las enormes cantidades que La Liga paga por sus jugadores animan a miles de personas a recorrer cada domingo los campos de tierra más inmundos en busca de talento.

¿Y China? ¿No era la apoteosis del capitalismo? Sin duda, pero además de incentivos necesitas una masa crítica de aficionados, y esta tampoco se crea por decreto. “Mi gran sueño es que el fútbol chino se convierta en uno de los mejores del mundo”, proclamó en 2015 el presidente Xi Jinping. Pero de momento parece que es su sueño, no el de sus compatriotas, que siguen prefiriendo otros deportes.

“Apenas cuatro países considerados no libres por el ranking de Freedom House se han clasificado para la fase final de este campeonato”, observa The Economist, “y ninguno es presumible que llegue lejos. El último Gobierno autocrático que levantó el trofeo fue Argentina en 1978”.

El mercado y su sistema de precios son el modo más eficiente de aprovechar los recursos de una nación, futbolísticos o no. Por eso sospecho que la empresa de vending no tardará en subirnos el zumo.

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Impotencia y propaganda

Una vez más y por debajo del ruido mediático, China conserva la calma, mueve sus peones y avanza posiciones en la defensa de sus intereses nacionales con su conocido discurso sobre el libre comercio desde su plataforma autoritaria mientras exhibe músculo militar, como describe en este espacio Fernando Delage. En esta lección china de pragmatismo, propaganda y control hay una lección sobre la impotencia y la ausencia real de planes estratégicos del occidente democrático, lo que equivale a decir EEUU y la Unión Europea.

Otra demostración palmaria de esta ausencia estratégica ha sido el ataque de EEUU, Francia y Gran Bretaña contra objetivos sirios. Cuando el absentismo y la actitud errática de Estados Unidos ha dejado el espacio estratégico en manos de Rusia para mayor gloria de Al Assad, que ha consolidado su poder, un ataque de represalia sin voluntad de recuperar la iniciativa y sin desplegar un plan propio frente a Putin es un grave error. La fuerza, o es un instrumento al servicio de un objetivo claro y posible o es una confesión de parálisis.

Occidente no tiene aliados fiables sobre el terreno; los kurdos (aquellos que pueden ser fiables) han empujado a los turcos a acercarse a Rusia, aunque no quieren al gobierno sirio y aliados regionales como Arabia Saudí y Jordania se ven cada vez más obligados a desarrollar iniciativas propias para no perder pie en el aumento de la esfera de influencia de Irán, la mano que mueve la cuna. Y, sobre el lomo de la ballena, Israel en alerta.

Y así, unas sociedades cada vez más temerosas y confundidas asisten a la calculada exposición de hechos y análisis alimentados, sobre una prejuicios ideológicos que Occidente no combate eficazmente, desde las engrasadas maquinarias rusas. (Foto: Keegan McGuire, Flickr)

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INTERREGNUM: Oportunidades europeas. Fernando Delage

Las ambiciosas iniciativas financieras, comerciales y de infraestructuras chinas—del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras a la Ruta de la Seda—y la política proteccionista de la administración Trump constituyen un notable desafío al orden internacional liberal creado por Estados Unidos y los países europeos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin pretender desmantelar en su totalidad dicho orden, Pekín busca su reforma para reorientarlo a su favor. Washington sí defiende el abandono del sistema económico multilateral—no el de seguridad—pero sin proponer más alternativa que la defensa de sus intereses nacionales bajo el discurso de “America First”.

Ambos factores han obligado a reaccionar a aquellos otros actores—como la Unión Europea y Japón—que defienden el libre comercio y un orden basado en reglas como claves de la prosperidad y la estabilidad global. En defensa de esos principios, Bruselas y Tokio han encontrado por fin la oportunidad de sustituir las declaraciones retóricas de cooperación de tantos años y la colaboración puntual en distintos asuntos de la agenda mundial y regional, por una relación estratégica con verdadero contenido.

La elección de Trump, el Brexit, y la creciente preocupación compartida por ambos sobre las implicaciones de la creciente proyeccion china explican, en efecto, que, tras años de negociaciones, el pasado mes de diciembre la UE y Japón concluyeran dos acuerdos paralelos—de libre comercio y de asociación estratégica—que pueden elevar sus relaciones a un nuevo nivel. Sus intereses y valores políticos comunes reclamaban este acercamiento en unas circunstancias de incertidumbre internacional. Este último contexto exige, no obstante, que Europa—como ya está haciendo Japón—desarrolle una mayor ambición geopolítica y geoeconómica. Es una demanda que deriva asimismo de un tercer actor—Rusia—, pero que le acerca igualmente a otro protagonista en Asia con el que Tokio ya está construyendo una relación de gran potencial: India.

La reciente visita a Delhi del presidente francés, Emmanuel Macron, ha pasado prácticamente inadvertida en nuestros medios. El interés de París por el gigante de Asia meridional es revelador, sin embargo, del papel económico y estratégico en ascenso de este último. La firma de 14 acuerdos y de contratos por valor de 16.000 millones de dólares—incluyendo la venta de 36 cazas Rafale y seis submarinos de la clase Scorpene—, revela las ambiciones diplomáticas de Macron—así como la acelerada pérdida de influencia británica—pero también supone un reconocimiento de lo que, como mayor democracia de Asia, India puede aportar a los europeos. La negociación de un acuerdo de libre comercio entre Bruselas y Delhi avanza con dificultad, y las autoridades indias no terminan de comprender la complejidad de la estructura institucional comunitaria, de ahí que prefieran dialogar bilateralmente con los grandes Estados miembros de la UE.

Lo relevante, en cualquier caso, son las oportunidades que se abren a Europa para multiplicar sus opciones y socios estratégicos en esta era de redistribución de poder. ¿Cobrará forma en el futuro un triángulo Bruselas-Delhi-Tokio que, de un extremo a otro de Eurasia, equilibre un espacio chino-ruso? En buena medida dependerá de la estrategia que adopte un Washington post-Trumpiano, pero la defensa de los intereses y valores europeos no puede limitarse a esperar. (Foto: Steve De Jongh, Flickr)

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INTERREGNUM: A vueltas con Eurasia. Fernando Delage

La restauración de Eurasia como concepto geopolítico, acompañada de la integración económica de este mismo espacio a través de la Nueva Ruta de la Seda que impulsa Pekín, ha sido una referencia constante en esta columna a lo largo de su primer año de vida. En un contexto de redistribución de poder, las acciones chinas durante los últimos años revelan que sus estrategas, buenos estudiosos de los padres fundadores de la geopolítica, intentan aplicar a un mismo tiempo las lecciones de Sir Halford Mackinder sobre el poder continental y las del almirante Alfred Thayer Mahan sobre el poder marítimo.

Una consecuencia de la transformación global en curso es la superación de la división que ha existido entre Europa y Asia a lo largo de la Historia. Pero si esa división—que no era geográfica—desaparece como resultado de la propia modernización de Asia, la pregunta inevitable es: ¿qué reglas del juego definirán en el siglo XXI las interacciones entre las grandes potencias en la mayor extensión terrestre del planeta? China quiere recuperar su posición central fomentando la integración de los Estados vecinos en su órbita económica. Rusia, consciente de su debilidad comercial y financiera, recurre a la disrupción para restaurar su estatus internacional. ¿Y Europa? ¿Sabe lo que quiere? ¿Cuenta con la estrategia necesaria para defender sus intereses y sus valores en este nuevo escenario? Son estos tres actores principales—a los que a no tardar mucho se sumará India—los que definirán la dinámica euroasiática. Y las posibilidades de un consenso no son muy elevadas.

De estos asuntos se ocupa el portugués Bruno Maçães en un fascinante libro de reciente publicación: The Dawn of Eurasia: On the Trail of the New World Order (Allen Lane, 2018). Pocos trabajos describen el espíritu y los grandes dilemas políticos de nuestra época como éste. El autor, exsecretario de Estado de Asuntos Europeos del anterior gobierno de Portugal, y doctorado en Harvard, combina una excepcional capacidad analítica con una brillante pluma. Si algunos capítulos responden a lo que cabe esperar de un riguroso estudio académico, otros describen los viajes del autor por oscuros lugares del Cáucaso o de Asia central, donde investiga de primera mano la irrupción de un único escenario euroasiático. Es un libro luminoso, que atrapa al lector y le obliga a considerar nuevas perspectivas sobre viejas variables.

Es demasiado obvio concluir que el mundo no será el mismo que hemos conocido durante los dos últimos siglos. Pero Europa debe dejar de engañarse a sí misma pensando que el desarrollo y la prosperidad llevará a los demás a parecerse a ella. Diferentes concepciones del orden político tendrán que coexistir en un mismo espacio. “Hemos entrado, escribe Maçães, en la segunda era de la globalización, en la que las fronteras son cada vez más difusas, pero las diferencias culturales y de civilización no, dando paso a un complejo inestable de elementos heterogéneos”. El orden mundial europeo es historia. Bienvenida sea la era de Eurasia.

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INTERREGNUM: Opciones estratégicas en Asia. Fernando Delage

La estrategia exterior de un país no está predeterminada. Sus ambiciones diplomáticas no son sólo resultado del aumento de sus capacidades económicas y militares, como a veces se piensa. Existen otros condicionantes de gran peso, entre los que se encuentran la geografía, la demografía, la necesidad—o no—del acceso a recursos y materias primas, o el entorno estratégico regional. Pero tampoco son elementos menores el legado de la Historia, la ideología del régimen político o la percepción que se mantenga en un determinado momento de las potenciales amenazas a la seguridad nacional. Existe por tanto un margen de apreciación subjetiva por los líderes de turno y, en consecuencia, la posibilidad de elegir entre distintas opciones estratégicas.

China, Japón, India, Rusia y Estados Unidos (también Corea del Sur y Australia, entre otros) están inmersos en este debate. Todos ellos intentan valorar cómo su soberanía, intereses económicos e imperativos de seguridad se ven afectados por la redistribución de poder en curso en Asia. Sus cálculos estratégicos requieren una actualización, a la que sus líderes responden siendo “rehenes” en cierto modo de inercias que han guiado el comportamiento exterior de sus naciones a lo largo del tiempo. Factores materiales se combinan así con ideas, intereses e idelogías en un debate interno que marca las posibilidades de acción de los gobiernos.

Para aproximarnos a esta complejidad, a esta red de múltiples variables que interaccionan entre sí, pocas aproximaciones son más útiles que la ofrecida por el National Bureau of Asian Research de Estados Unidos en la reciente edición de su publicación anual, “Strategic Asia”. En “Power, ideas, and military strategy in the Asia-Pacific” (Seattle, 2017), autores de primer nivel sintetizan de manera magistral esos debates nacionales y el camino seguido por las principales grandes potencias en los últimos años. El volumen cierra un esfuerzo de investigación de tres años, del que ya dieron cuenta la edición de 2015, que analizaba en detalle las capacidades económicas, políticas y militares de estas grandes potencias y su previsible evolución; y la de 2016, que examinaba la cultura estratégica de estas mismas naciones y su influencia sobre las decisiones de sus líderes. Se completa de este modo una obra de referencia, tanto para expertos como para lectores interesados, indispensable para entender Asia en 2018.

Balon Tango

China y el fútbol: confluencia de intereses

Esta semana dedicamos un espacio especial a la llegada de capital chino al futbol español y al europeo en general. El hecho es que, de repente, junto a los millonarios rusos y árabes, ha emergido el capital chino como uno de grandes patrones del fútbol europeo. Y no sólo en España sino también en otros países europeos. ¿Qué está pasando?

En primer lugar, en el lado de la oferta, una cosa obvia: que el Estado chino, que a veces es el inversor indirecto, y muchos miles de empresarios de aquel país tienen mucho dinero. En segundo lugar y en el lado de la demanda, que los equipos europeos necesitan capital para ser más negocio aún y que, de camino, se les abre una ventana de oportunidad ante la gran afición de los chinos por el fútbol, de conquistar aquel mercado vendiendo derechos de imagen a las televisiones para ofrecer en directo los partidos a los espectadores chinos. De ahí que los partidos en España y otros países se juegan cada vez a horas más tempranas para ganar espectadores en las televisiones asiáticas, y no solo chinas.

Este fenómeno está suscitando quejas de corte nacionalista por parte de aficionados a los que no les gusta lo que llaman pérdida de identidad de sus equipos y recelos por parte de empresarios locales que hasta ahora habían convertido el fútbol en su juguete de influencia y poder, y ahora no pueden competir con los grandes capitales foráneos; el fútbol se les va escapando como instrumento de juego en el marco del país. La globalización llega a todos.

Por parte de China, estas inversiones son bienvenidas ya que refuerzan la imagen de su sociedad, consiguen ganancias y gran influencia en el exterior. Es un negocio en el que, momento, casi todos ganan.

La globalización no es un fenómeno abstracto ni necesariamente nocivo. Es un fenómeno imparable producto de un determinado estado de desarrollo de la humanidad y de las relaciones internacionales y una oportunidad para todos de aumentar el bienestar y las libertades. No es un fenómeno lineal y está lleno de contradicciones, de avances y retrocesos. Pero la reacción de envolverse en uno mismo y proteger las fronteras no sólo no es solución sino que, a medio plazo, es una apuesta por aumentar los problemas de la propia sociedad. Y en esa trampa están cayendo no pocas personas y dirigentes.

Guerra barcos

Presión a Pyongyang… y a Estados Unidos

Fuerzas navales chinas y rusas están realizando maniobras conjuntas en aguas internacionales cercanas a Corea del Norte. Según la agencia oficial china de noticias Xinhua, los ejercicios conjuntos se llevan a cabo entre el golfo de Pedro el Grande, a las afueras del puerto ruso de Vladivostok (en el extremo oriental ruso y cerca de la frontera con Corea del Norte) y la parte sur del mar Ojotsk, al norte de Japón. Se trata de la segunda fase de los ejercicios navales que Rusia y China lanzaron este año. La primera parte tuvo lugar en el mar Báltico en julio.
El Ejército chino informó de que, por su parte, participan un destructor con lanzadera de misiles, una fragata, un buque de suministro y otro de rescate submarino, junto con helicópteros y vehículos de rescate sumergible que zarparon de la costa de la ciudad de Qingdao (este del país asiático) para tomar parte en las maniobras. También serán realizados rescates submarinos complicados y ejercicios anti-submarinos que no han sido incluidos en ejercicios conjuntos previos entre los dos países.
Las maniobras conjuntas tratan de visualizar el acercamiento entre Moscú y Pekín tras décadas de desencuentros y hasta de enfrentamientos armados por los límites fronterizos constituye, pues, una presión a Estados Unidos tanto como a Corea del Norte.
Aunque China no ha vinculado los ejercicios con la última escalada de tensiones en la península coreana y las posteriores medidas militares de EE.UU.  y sus aliados en esta zona asiática, parece evidente que se trata de exhibir músculo militar en un momento en que, sobre todo Rusia, ya que China es un protagonista casi directo de la situación, necesita ser vista como un posible mediador en concordancia con la búsqueda de Putin de devolver a Moscú el papel de segunda potencia mundial, política y militarmente.
Rusia y China han apoyado, por primera vez, en las últimas reuniones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la imposición de sanciones a Corea del Norte, aunque en general se acepta la idea de que no van a ser muy estrictos en su aplicación a través de sus fronteras terrestres, vitales para los intercambios comerciales norcoreanos.
Pero a la vez, ambos países plantean dudas sobre la eficacia de las sanciones y sugieren que Estados Unidos negocie aunque no queda claro con quién y qué. Tal vez por eso, una exhibición de fuerza militar es pertinente para Moscú y Pekin para recordar a Estados Unidos que no necesariamente es la principal potencia miliar el el área.
La escalada de efectivos militares no lleva la tranquilidad a Corea del Sur y Japón, países  que estarían pidiendo a Estados Unidos más presión y que no acaban de ver a chinos y rusos como aliados fiables. Además, en ambas sociedades, aunque más claramente en Japón, se está produciendo un ascenso, aún leve pero persistente, de nacionalismo y de exigencias de disponer de fuerza militar disuasoria propia que no gusta a nadie. Probablemente es hora de avanzar en una gestión de la situación coordinada entre las potencias antes de que el dragón se convierta en no gobernable.
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Sanciones, ¿por qué no?

Cada vez que se decide aplicar sanciones a países que suponen un riesgo para la seguridad o violadores de las normas internacionales con agresión a sus propios ciudadanos, surgen voces señalando lo inocuo de estas sanciones o lo que suponen de castigo real para sus habitantes más que para sus gobernantes. Pero, ¿son realmente poco efectivas las medidas de castigo económicos a los países que antes se llamaban “canallas”?

Parece obvio que en algunos casos las sanciones económicas han contribuido a desbloquear algunas situaciones o han servido de incentivos para acabar con situaciones de abierto desafío a las reglas de la convivencia internacional, o de las leyes básicas de respeto a los derechos humanos. Por ejemplo, ocurrió así en Sudáfrica al final del régimen del apartheid y ha ocurrido así con el régimen de Teherán, que ha tenido que rebajar sus aspiraciones a construir un arsenal nuclear militar para lograr unas relaciones con Occidente que le permitan hacer frente a los problemas que para su economía y sus relaciones regionales están planteando las sanciones económicas, y las dificultades para poner en el mercado el petróleo iraní.

Pero también es cierto que hay casos emblemáticos, como el de Cuba, en el que décadas de restricciones económicas, que no boicot, por parte de Estados Unidos no han servido para ablandar el régimen tiránico. Aunque hay que decir que nunca se aplicaron a Cuba sanciones coordinadas internacionalmente y con compromiso general de cumplirlas.

Así las cosas, ¿Qué van a suponer las sanciones para Corea del Norte? En primer lugar, un mensaje renovado. La gran arma económica de la dictadura es, desde hace décadas, el chantaje con el miedo a desestabilizar la situación en Extremo Oriente. Y Occidente, má allá de mensajes altisonantes, había reaccionado hasta ahora cediendo con más o menos discreción y aceptando nuevas ayudas a la dictadura. Pero ahora algo ha cambiado, Estado Unidos ha enseñado algo más los dientes, China y Rusia apoyan sanciones al margen de que luego las apliquen o no, y el dictador, aunque aún sin grandes temores, ve que se le estrecha el margen de maniobra. Tal vez la reacción de Trump no se encuentre en el marco de un plan estratégico nuevo, pero parece que al menos ha sentado las bases para un nuevo escenario en el que Corea del Sur y Japón tienen que ir más allá de protegerse bajo el paraguas norteamericano; China, que no está dispuesta a deshacerse de la dictadura, tiene que jugar otra partida en la que tal vez  obtenga ventajas y Rusia ve una vuelta a su escenario oriental. La nueva situación coreana, y las sanciones son parte de ella, plantea más incertidumbre, pero ha salido del bucle de fondos a cambio de menores amenazas en que Occidente estaba instalado frente a Corea del Norte.

Hizbullah

Irán juega sus cartas. JulioTrujillo

Aunque a pasos torpones y erráticos, Trump va definiendo una nueva estrategia exterior norteamericana que está ya teniendo consecuencias en el realineamiento de algunos países y el dibujo de algunos escenarios diferentes.  A pesar de que, con los viejos tópicos, los adversarios de siempre y los intelectuales “comprometidos” emiten sus dictados anti Trump desde sus brillantes columnas de viejos periódicos o de sus despachos universitarios, y subrayan los detalles atrabiliarios del presidente de EE.UU. por encima de sus decisiones profundas, éstas van cambiando algunas cosas. Y todas estas cosas están introduciendo cada día elementos nuevos en el escenario que va desde el Mediterráneo al Pacífico donde están, hoy, los mayores puntos de inestabilidad y de riesgo para la seguridad internacional.

Una de las últimas decisiones, la de imponer nuevas sanciones a Irán, corregir algunas de las concesiones de Obama y la Unión Europea y alertar de las continuas amenazas iraníes de completar el trabajo de Hitler y acabar con los judíos y, por supuesto, con Israel, ha obligado a Teherán a mover piezas.

Irán está, en estos momentos, combatiendo militar y políticamente en dos frentes importantes y varios accesorios. Por una parte, Teherán tiene fuerzas en Siria, donde combate junto a Hizbullah, las tropas de Bashar el Asad y los rusos contra la nebulosa de grupos de la oposición, que van desde el Daesh, contra el que oficialmente están todos, hasta grupos kurdos apoyados por Europa y Estados Unidos sin olvidar varias milicias coordinadas por Al Qaeda o con intereses independientes que se suman de manera oportunista a quienes les convenga en cada situación.

Mientras tanto, expertos y asesores iraníes combaten en Yemen, junto a los chiitas hutíes, contra los sunnitas locales apoyados por una coalición de Arabía Saudí, Egipto y países del Golfo. Teherán, donde el sector menos radical de la teocracia acaba de verse reforzados en las elecciones, confiaba en que un acercamiento entre Estados Unidos y Rusia respecto a Siria olvidara aumentar la presión sobre Irán. Pero Trump no ha cerrado acuerdos con Putin y ha recuperado la desconfianza oficial hacia los planes iraníes de seguir desarrollando armas nucleares y ha aprobado nuevas sanciones.

En ese escenario, Teherán ha realizado varios movimientos rápidos los últimos días: ha enviado una delegación a Corea del Norte, ha intensificado su ofensiva diplomática en América Latina y ha declarado que “todas las opciones están sobre la mesa si Estados Unidos rompe el tratado firmado” con el régimen de los ayatolláhs. Esta nueva situación fortalece, paradójicamente, el discurso y los intereses de Rusia y sobre esta base, Putin va a basar sus propuestas de gran acuerdo con Estados Unidos.

El grito

El griterío que ahoga los hechos

La gran novedad de la situación política en Asia-Pacífico es que China se ha sumado en el Consejo de Seguridad de la ONU al nuevo plan de sanciones contra Corea del Norte, un paquete que, esta vez, sí que va a tocar sensiblemente la línea de flotación económica del régimen de Corea del Norte. De ahí la sobreactuación provocadora y chulesca del gobierno norcoreano con su presidente ejerciendo de gran altavoz de las amenazas contra el mundo. Y, también excepcionalmente, el líder norcoreano se ha encontrado enfrente a un presidente de EEUU que, contra lo que hacían Clinton y Obama no corre a ofrecer compensaciones económicas o negociaciones paralelas y secretas, sino que envía barcos y recuerda que EEUU tiene cien misiles por cada uno de los que tenga Corea del Norte. Y, encima, Pekín ha votado junto a EEUU y Rusia y ha elevado unos puntos su presión sobre la autocracia norcoreana.

Esa es la base de la escalada verbal de Pyongyang anunciando el apocalípsis. El régimen norcoreano está en una de las posiciones más débiles de su historia reciente y ha decidido hacer lo que ha hecho siempre: gritar que o ellos o el diluvio universal en forma de misiles.

Es indudable que Corea del Norte ha mejorado mucho sus capacidades militares a costa del bienestar de su sociedad y que dispone de misiles de largo alcance y tecnología para lanzarlos. Pero afirmar con rotundidad que podrían llegar a territorio continental de Estados Unidos cargados da cabezas nucleares parece algo prematuro. En todo caso, cuando un país tiene medios y amenaza con usarlos hay que tomar medidas como si fuera a hacerlo.

Pero, ¿existe en realidad una posibilidad de conflicto nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos? No lo parece. Salvo que sea producto de un error, un ataque contra Guam, Japón o Corea del Sur conduciría en cuestión de horas a la destrucción del régimen norcoreano y la desaparición de los provocadores, y ellos lo saben. Pero en la medida en que Pyongyang consiga crear la sensación de que hay riesgo de un gran conflicto mayores serán las presiones de los “bienpensantes” no exentos de ingenuidad sobre Estados Unidos y Europa para que eviten el peligro negociando y cediendo al chantaje. Ese es el juego, lo demás son gritos.