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INTERREGNUM: Europa quiere acercarse a Asia. Fernando Delage

El Consejo Europeo aprobará en su reunión del 17-18 de octubre el plan de interconectividad Europa-Asia preparado por la Comisión durante los últimos meses y anunciado hace unas semanas por la Alta Representante para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini. Los líderes de la Unión Europea podrán además compartirlo con sus homólogos asiáticos en la cumbre Europa-Asia (ASEM) que se celebrará en Bruselas un día más tarde. Se trata de la esperada respuesta europea a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, aunque ésta no aparece nombrada ni una sola vez en el documento. La UE cuenta así con una estrategia euroasiática, pero con distintas expectativas sobre su sentido y alcance.

La relevancia de la propuesta es innegable. El comercio Europa-Asia ha alcanzado los 1,8 billones de dólares, y ambas regiones suman más del 60 por cien del PIB global. Es lógico por tanto que Bruselas se plantee maximizar las oportunidades que ofrece este continente en crecimiento mediante una iniciativa dirigida a promover la construcción de redes de transporte, energía y telecomunicaciones, así como un reforzamiento de los contactos entre sociedades. A través de su estrategia, la Unión aspira a promover una serie de reglas que faciliten la cooperación pero garanticen al mismo tiempo el respeto de las normas de la libre competencia. La UE quiere asimismo que las inversiones que se acometan resulten sostenibles, tanto desde el punto de vista fiscal como medioambiental y social.

El gobierno chino ha dado la bienvenida al plan europeo, sugiriendo que se integre en su propia Ruta de la Seda. Pekín se beneficiaría de la financiación adicional que puede ofrecerle la Unión, y existen proyectos en su iniciativa que ya están de hecho cofinanciados por el Banco Europeo de Inversiones y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Existe, no obstante, cierta desconfianza europea hacia China, derivada del creciente desequilibrio comercial entre ambas partes y del rápido aumento de las inversiones de la República Popular en el Viejo Continente desde la crisis financiera global; inversiones centradas en buena parte en sectores estratégicos y de alta tecnología. Agrava la alarma europea el hecho de que, detrás de ese desembarco inversor, está un Estado autoritario e intervencionista, no las fuerzas del mercado. La Ruta de la Seda se interpreta por ello como un instrumento a través del cual Pekín pretende corregir el exceso de capacidad productiva de su economía, ampliar sus mercados y cambiar las reglas del juego del comercio y las inversiones globales. De ahí las exigencias normativas de la estrategia de interconectividad europea.

A Pekín puede disgustarle la pretensión de la UE de condicionar sus movimientos tratando de imponer unas reglas contrarias a la discrecionalidad que ella prefiere. Pero más grave resulta la ausencia de un firme consenso europeo. Es sabido cómo Hungría, Grecia y ocasionalmente otros Estados miembros, bloquean con frecuencia las posiciones comunitarias con respecto a China. Ha sido ahora un país fundador, Italia, quien parece apostar por su propia relación bilateral con la República Popular.

Abandonando la política de la administración anterior, el actual gobierno de coalición se ha acercado a Pekín, en efecto, en el marco de su declarada hostilidad hacia el proyecto europeo. Confía en que las inversiones chinas le ayuden a superar sus desequilibrios macroeconómicos. Y, al firmar un próximo memorándum sobre la extensión de la Ruta de la Seda a Italia, Roma aspira a convertirse—incluso—en el principal socio de China en la UE. Es el mismo papel que David Cameron quiso construir para Reino Unido, con el resultado bien conocido. China busca socios a través de los cuales ampliar su influencia política, pero—al contrario que los populistas romanos—Pekín sí cree en la integración europea. Quizá Salvini y compañía no tarden mucho en descubrirlo.

The Miniscule Blue Helmets on a Massive Quest are rapidly spreading around the globe. The Hague (Holland) functions as their forward operating base from where they take off. Eyewitnesses of the quest have submitted hundreds of photos taken on nearly all continents. These reports can be found on the website http://minibluehelmets.com.

THE ASIAN DOOR: Qué esperar de China como mediador de conflictos internacionales. Águeda Parra

El rol de China como mediador de conflictos internacionales es quizá la actividad menos conocida dentro de la agenda de política exterior que realiza el gigante asiático, aunque sería lo esperable por parte de la segunda economía mundial. El objetivo de Xi Jinping es que China se convierta en una potencia global en 2049, con capacidad de influir en cuestiones mundiales al estilo de otras grandes economías occidentales. La visibilidad que ofrece este tipo de conflictos aumenta la capacidad de influencia en la comunidad internacional, pero ése no es el único objetivo. La mediación es una herramienta imprescindible para mantener la paz en zonas de inestabilidad, condición indispensable para asegurar el éxito de la nueva Ruta de la Seda, la mayor iniciativa de infraestructuras mundial.

El anuncio en 2013 de la iniciativa OBOR (One Belt, One Road), como también se conoce a la nueva Ruta de la Seda, supuso el aumento de las actividades de mediación en China en la era de Xi Jinping, pasando de participar en tres conflictos en 2012, a los nueve en los que está involucrado en 2017. Nunca antes China se había mostrado tan activa en su función de mediación, a excepción de 2008 cuando, ante la celebración de los Juegos Olímpicos en Beijing, China incrementó sus actividades en conflictos para aportar mayor visibilidad internacional al evento deportivo.

A la primera etapa corresponden los esfuerzos de mediación entre la República del Congo y Ruanda, entre Sudán y Sudán del Sur, y la participación en las conversaciones a seis bandas junto a Estados Unidos, Japón, Rusia y las dos Coreas para intentar detener el avance del programa nuclear de Corea del Norte y que el país cumpla con las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Aunque suspendidas estas rondas desde 2009, el papel de China sigue activo durante la administración Trump, una vez que es el origen y el destino del 90% de los intercambios comerciales con Corea del Norte.

Los países por los que pasan los corredores terrestres de la nueva Ruta de la Seda y las rutas de navegación que forman la Ruta de la Seda Marítima centran la atención de China como agente mediador de conflictos en Asia Central, en el Sudeste Asiático y en la extensión de OBOR por África Occidental. Asegurar las inversiones, el comercio, a los empleados chinos y a las empresas nacionales que trabajan para el desarrollo de OBOR es la principal preocupación del gobierno chino en estas regiones, además de ser clave para asegurar el éxito de la iniciativa. La ruta que conecta Asia con Europa pasa por varias zonas donde las revueltas podrían poner en peligro la iniciativa, de ahí que el objetivo sea luchar contra lo que Beijing denomina las “tres fuerzas”, es decir, el separatismo, el terrorismo y el extremismo.

La provincia musulmana de Xinjiang es una zona de conflicto que responde a este patrón, tanto como problemática a nivel doméstico, como foco de conflicto en el desarrollo de OBOR. El posible resurgimiento talibán en la zona ha motivado la ayuda de China a Afganistán para entrenar a sus tropas militares en actividades de contraterrorismo. El adiestramiento tendrá lugar en un campamento que China está construyendo en la zona del corredor de Wakham, una franja de tierra aislada de unos 350 km que conecta la provincia afgana de Badakhshan con la región musulmana china de Xinjiang. Beijing ha negado que esta cooperación pueda desembocar en la creación de una base militar en la zona, siendo el propósito continuar con la ayuda militar que China viene ofreciendo a Afganistán y que en los últimos tres años ha ascendido a 70 millones de dólares. Pero en la relación de China con Afganistán existen además otros dos objetivos; uno económico, que supone mantener la cooperación comercial con uno de los países de la región rico en recursos naturales, al que habría que sumar el de disminuir la hegemónica influencia de Estados Unidos no sólo en Afganistán, sino en Asia Central en general.

Fuera de la Ruta de la Seda, la participación de China como mediador también se extiende a la guerra civil en Siria, al conflicto entre Israel y Palestina, y a la disputa por la población Rohingya entre Bangladesh y Myanmar. En muchas de estos casos, el papel de China no termina de ser del todo exitoso, debido fundamentalmente a la falta del enfoque que recomiendan las buenas prácticas internacionales de abordar cada conflicto individualmente, evitando actuar de forma similar en todos ellos. Sin embargo, aunque el principal interés de China en su rol de mediador sea asegurar el desarrollo de OBOR y la estabilidad en las regiones de influencia de la iniciativa, la experiencia obtenida en estos conflictos resulta fundamental para los objetivos de Xi de convertir a China en una economía de poder global ante la comunidad internacional.

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THE ASIAN DOOR: La nueva Ruta de la Seda se extiende por África Occidental. Águeda Parra

Pasados cinco años desde que Xi Jinping pusiera en marcha la mayor iniciativa de infraestructuras mundial bajo el nombre de la nueva Ruta de la Seda, comienzan a estar operativos los proyectos más emblemáticos en Asia Central, el Sudeste Asiático y Europa. Los flujos comerciales entre estas regiones con China se han incrementado considerablemente, creciendo en la misma medida que lo ha hecho la influencia de China en los países por los que pasa la ruta.

Si en una etapa inicial fueron los proyectos de los corredores terrestres los primeros en ser anunciados y, por lo tanto, en estar operativos, ahora son las infraestructuras que forman parte de la Ruta de la Seda Marítima las que están copando un mayor interés. El denominado como “Collar de Perlas” que China está desplegando por todo el Océano Índico mantiene en tensión a la India, al verse rodeada por la influencia de China a través de los puertos que financia en Myanmar, Sri Lanka y Pakistán. Proyectos que mejorarán el desarrollo de estos países y su integración regional, pero que posibilitan, asimismo, que China desarrolle una presencia naval que le permita convertirse en un agente relevante en el Indo-Pacífico aprovechando la pérdida de hegemonía de Estados Unidos en la región.

África es otro de los puntos clave de la Ruta de la Seda Marítima donde China tiene desplegada su primera base militar fuera del territorio chino, en Djibouti, y donde está desarrollando el puerto de Bagamoyo, en Tanzania, para que funcione como hub regional en el continente y como punto de conexión con las rutas marítimas que viajan hacia Europa y China. En África Oriental, la mejora y expansión de las vías férreas de la época colonial centran el desarrollo de la línea que conecta Mombasa con Nairobi, la capital de Kenia, una conexión que está previsto se extienda por Tanzania, Uganda, Ruanda, Burundi, Sudán del Sur y Etiopía.

La segunda fase de la apuesta de China por el compromiso de desarrollo de África, y por seguir desplegando su influencia a través de la Ruta de la Seda Marítima, es incorporar a África Occidental a OBOR (One Belt, One Road), como se conoce más comúnmente a la iniciativa, rivalizando con Francia en una región de influencia francófona. Al desarrollo de las vías férreas, carreteras y puertos que se están desarrollando en la parte oriental del continente, se unirán otros tantos proyectos que China pretende desarrollar en la región occidental. Entre ellos, destaca el único desarrollo cuyo acuerdo está cerrado y que plantea construir una línea de ferrocarril que permita a Mali tener acceso al mar a través de la conexión con el puerto de Conakry, en Guinea.

Con este objetivo en mente, Xi Jinping ha aprovechado la sesión de la X Cumbre los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), celebrada en Johannesburgo entre el 25 y 27 de julio, para hacer su primera visita de estado a Senegal los días el 20 y 21 de julio. Senegal se convierte así en el primer país de África Occidental al que viaja Xi Jinping, siendo ésta la cuarta vez que el presidente chino visita el continente.

El objetivo de la visita es múltiple. Por una parte, Senegal significa para Xi Jinping la puerta de entrada para seguir desplegando la emblemática Ruta de la Seda por África Occidental. El desarrollo de la zona económica especial (ZEE) de Dakar, capital de Senegal, en la que participa China, le permite al gigante asiático poder exportar los productos manufacturados en esta ZEE hacia los mercados europeos y estadounidenses. Por otro lado, el desarrollo del puerto de Dakar posibilitaría que China se ubicara en un punto estratégico en África Occidental con salida al Atlántico, complementando la conexión con el Índico que tiene desde el puerto de Djibouti, en el extremo opuesto del continente.

Entre los objetivos existe un tercer factor a tener en cuenta que implica reducir el número de países que reconocen a Taiwán como estado. El apoyo de Senegal ha ido cambiando con el tiempo desde que consiguiera la independencia de Francia en 1960, reconocimiento en un primer momento a Taiwán sobre China. Desde entonces, el posicionamiento de Senegal no ha sido firme, cambiando su apoyo hasta en tres ocasiones, de ahí que China persiga con la incorporación de Senegal a OBOR mantener en el tiempo el reconocimiento de China sobre Taiwán vigente desde 2005.

Mientras Europa y Estados Unidos se alejan más de los objetivos de desarrollo de África, China se posiciona como primer socio comercial del continente tras desbancar a Estados Unidos hace ya más de diez años. De ahí, que el despliegue de la nueva Ruta de la Seda por África Occidental cumpla perfectamente con los objetivos de China, que ya es el segundo socio comercial de Senegal, de seguir expandiendo su influencia económica, comercial y diplomática por toda África. (Foto: José Rambaud, Flickr)

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THE ASIAN DOOR: La nueva Ruta de la Seda incorpora a las Tech chinas. Águeda Parra

 

Si tuviéramos que elegir aquel proyecto que está ayudando más a que China se posicione en un lugar destacado en la esfera global ése sería la nueva Ruta de la Seda. Concebida como una iniciativa global e integradora de la que participan actualmente 68 países, responde a la visión holística del gigante asiático de conseguir un entorno de prosperidad, de despliegue de nuevos mercados de exportación y de avances tecnológicos que ayudarán a que China se convierta en una potencial global.

La Ruta se conoce más comúnmente como la iniciativa OBOR (One Belt One Road) y es la muestra más clara de cómo Xi Jinping está adoptando un perfil alto en las cuestiones geopolíticas y geoestratégicas que atañen a China, a diferencia de anteriores dirigentes chinos como Deng Xiaoping que preferían mantener un perfil bajo en cuestiones de política exterior. Como parte del “sueño chino”, la iniciativa forma parte del XIII Plan Quinquenal (2016-2020), además de haberse incluido una referencia del colosal proyecto de infraestructura en la constitución del Partido.

Conocida como la iniciativa del siglo, OBOR pretende unir China con Europa a través de seis corredores terrestres denominados Silk Road Economic Belt (Cinturón Económico de la Ruta de la Seda), y una ruta marítima, conocida como 21st-Century Maritime Silk Road (Ruta de la Seda Marítima del siglo XXI). El objetivo de China no es sólo aumentar su influencia política en los países por donde discurre la Ruta y mantener la estabilidad en sus fronteras oeste y sur, sino mejorar la calidad de vida de las personas que viven en esas regiones y abrir nuevos mercados de exportación para los productos chinos.

Los 68 países que agrupa la nueva Ruta de la Seda representan una población de 4.400 millones de personas, el 70% de la población mundial, y un tercio de la producción económica mundial. Después de los primeros cinco años desde que Xi anunciara la iniciativa, el aumento del volumen de los flujos comerciales ya es apreciable en ambos sentidos, registrando un incremento del 19,4% en el primer trimestre de 2018 respecto al mismo período del año pasado, alcanzando los 287.300 millones de dólares.

En esta primera fase del proyecto, están empezando a estar operativas varias infraestructuras emblemáticas, como el puerto de Gwadar en Pakistán y el puerto de El Pireo en Grecia, a la que se suman muchas otras obras de ingeniería por toda Asia Central donde destaca la voluntad de China de invertir en fuentes renovables. Mientras muchos otros proyectos se suman a la iniciativa en esta fase, principalmente centrada en mejorar el transporte y las comunicaciones, comienza una segunda etapa donde será clave el desarrollo de los sectores del e-commerce, salud, educación y servicios financieros, en un ciclo donde se van sucediendo estas dos etapas a medida que se incluyen nuevos proyectos hasta que la iniciativa finalice en 2050.

En esta segunda fase de OBOR es cuando entran en escenas las otras grandes iniciativas lanzadas por China, como el Made in China 2025, Healthy China 2030 y el desarrollo de las FinTech como parte del proceso de globalización de China. En este ámbito es donde las grandes tecnológicas chinas están jugando un papel muy importante participando activamente con los países OBOR en el fomento del sector privado. De la mano de los colosos tecnológicos Alibaba, Tencent y JD.com, principalmente, está llegando la revolución digital a países con bajos Índices de Desarrollo Humano. Es el caso de la adquisición por parte de Alibaba de Daraz, empresa de e-commerce de Pakistán, propietaria de plataformas marketplace online por toda Asia del Sur. En Bangladesh, otro de los países OBOR, Alibaba adquiría a través de Ant Financial, matriz de Alipay y la mayor FinTech del mundo, el 10% del proveedor de servicios financieros móviles bKash, mientras que en Pakistán se hacía con el 45% del Banco Telenor Microfinance, que a su vez es propietario de Easypaisa, la mayor plataforma de servicios financieros digitales en Pakistán.

De los corredores que contempla OBOR, el Nuevo Puente Terrestre Euroasiático que conecta China con Europa por vía férrea es la opción elegida por JD.com para repartir los productos que se cargan en el puerto de Hamburgo, Alemania, entre los minoristas online que quieren vender en China. Tras un recorrido de 10.000 kilómetros, el China Railway Express llega a la provincia de Shaanxi utilizando una ruta un 80% más barata que la opción de transporte aéreo, y 35 días más rápida que si utilizara las rutas marítimas.

La economía digital forma parte de la nueva Ruta de la Seda, y China cuenta con los beneficios que reportarán tanto las obras de infraestructuras contempladas en la iniciativa como las que procedan de los sectores tecnológicos para profundizar en el proceso de globalización del país. Todavía no se conoce en detalle los beneficios de esta nueva visión de la Ruta, pero cuando se conozcan, serán tan colosales como las cifras que se manejan en el despliegue de infraestructuras de OBOR.

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INTERREGNUM: China en Afganistán. Fernando Delage

(Foto: Johannes Zielcke, Flickr) La reciente llegada a Kabul de un nuevo embajador chino, Liu Jinsong, es una indicación de la creciente importancia de Afganistán para Pekín. Liu, diplomático de carrera, nació en Xinjiang y fue director del Fondo de la Ruta de la Seda, una de las instituciones creadas por la República Popular para financiar la gran red de interconexiones a través de las cuales quiere integrar Eurasia. Su conocimiento de las complejidades de la zona y su experiencia sobre el proyecto estrella de la diplomacia china revelan las prioridades de su agenda.

Según diversos medios, China habría comenzado a construir una base militar en Badakhshan, en el corredor de Wakhan, la estrecha franja de territorio en el noreste del país que define la frontera de Afganistán con China, y que separa a Tajikistán de Pakistán. La ausencia de una conexión directa obliga a los chinos a acceder, precisamente, desde Tajikistán. Situado en uno de los lugares más remotos de Asia central, es un pasillo que Pekín cree utilizan los uigures en el exilio del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), y que también podrían utilizar para entrar en China los militantes que regresen de Siria e Irak. Hace unos días, el gobierno chino ha negado que esté construyendo dicha base, aunque funcionarios afganos lo han confirmado con posterioridad. Los imperativos de seguridad de Pekín dan credibilidad a la noticia, fuente de inquietud al mismo tiempo para otras potencias, como Rusia, sorprendida por lo que revela sobre los vínculos militares entre China y Tajikistán.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, anunció por otra parte en diciembre que Afganistán formará parte del Corredor Económico China-Pakistán, uno de los proyectos centrales de la Ruta de la Seda, y el primero en fase de ejecución. Pekín quiere hacer del país uno de los nodos de interconexión de sus planes, y se habla de hasta seis proyectos distintos, incluyendo una carretera entre Peshawar y Kabul, y una autovía que uniría Pakistán con Afganistán y Asia central. La seguridad a lo largo del corredor, en el que trabajan miles de nacionales chinos, y la protección de las inversiones chinas en Afganistán, de especial relevancia en el sector minero, conducirán inevitablemente a una mayor intervención de Pekín.

Las actuaciones chinas son coherentes con el discurso de sus dirigentes sobre la estrecha relación que existe entre desarrollo y seguridad. Sin esta última no puede haber crecimiento, mientras que propiciar las bases para la prosperidad económica contribuirá a mitigar el radicalismo y el extremismo, y, por tanto, las amenazas a la integridad territorial de la República Popular. Pero los riesgos también existen: participar en el proceso interno de conversaciones con los talibán, como está haciendo, es un arma de doble filo, a la vez que las grandes potencias buscarán la manera de diluir el protagonismo diplomático de Pekín.

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El nuevo libro de las maravillas. Miguel Ors

La Ruta de la Seda es lo que en marketing se conoce como una supermarca. Es una idea clara (casi todo el mundo sabe a qué se refiere) y notoria (¿quién no ha oído hablar de ella?), que abriga una poderosa carga emocional: su mención evoca el lejano y misterioso Oriente, la sofisticación, la aventura… Finalmente, asociamos su existencia con una era de paz y prosperidad.

Sin embargo, como sucede a menudo, la realidad subyacente no está a la altura de su reputación. “Pocos asuntos históricos han suscitado tanta literatura a partir de tan escasa sustancia”, escribe el veterano corresponsal del Financial Times Philip Bowring en la New York Review of Books. Y cita la descripción que hace de ella la académica de Yale Valerie Hansen en La Ruta de la Seda: Una nueva historia: “una serie de senderos cambiantes y sin marcar, en medio de una vasta extensión de desiertos y montañas”.

“El viaje entre China y Samarcanda, el principal enclave de Asia central”, sigue Bowring, “era lento y azaroso, y el tráfico de productos modesto”. De hecho, el traslado por mar resultaba mucho más barato (siete veces, según los romanos) y estaba menos expuesto a las inconveniencias de las guerras o al capricho de las autoridades aduaneras.

En el último siglo y medio, el desarrollo de los motores de vapor y de explosión y la construcción de una extensa red ferroviaria en las repúblicas asiáticas de la URSS mejoraron la competitividad del transporte terrestre, pero para cualquier movimiento “desde el interior de China a Turquía o Irán, y no digamos ya a Europa, el tren es una alternativa pobre en comparación con el bajo coste del barco y la rapidez del avión”.

¿Por qué lanza Pekín una nueva Ruta de la Seda, compuesta por seis corredores que costarán una barbaridad? En la región faltan indudablemente infraestructuras y su construcción generará actividad. Es la magia de los multiplicadores keynesianos: si el sector público empieza a hacer caminos, canales y puertos, el privado deberá facilitarle cemento, palas y hormigoneras, lo que tirará de la inversión y el empleo. Pero esta lógica funciona cuando existe capacidad ociosa, como durante una crisis. En los Estados Unidos de los años 30 tenía mucho sentido abrir zanjas para cerrarlas luego, porque el país estaba lleno de empresarios paralizados por la incertidumbre.

Pero ese no es el problema de China. Si el Estado se mete a licitar grandes obras no creará oportunidades para sus ingenieros y sus albañiles. Estos simplemente dejarán de levantar torres de apartamentos para hacer autopistas o estaciones o lo que sea. Lo único que aumentará será la deuda soberana.

Así y todo, es posible que merezca la pena hipotecarse a cambio de impulsar la productividad de la economía, pero prever el retorno de las infraestructuras dista mucho de ser una ciencia exacta. En un artículo de 2005, Bent Flyvbjerg, Mette K. Skamris Holm y Søren L. Buhl analizaron 210 proyectos de 14 países y se encontraron con importantes desvíos respecto de la demanda prevista, que en el caso de dos ferrocarriles alemanes alcanzaban el 150%. Y eran alemanes…

Estos precedentes deberían invitar a la cautela, pero lo que mueve la política no es la estadística, sino la ambición. En una conferencia pronunciada en mayo, Xi Jinping jaleó las gestas de Zheng He, el almirante del siglo XV cuya flota propagó la influencia de la dinastía Ming por las costas de Indonesia, India, Somalia y Kenia. “Una vez más”, apunta Bowring, “Pekín se posiciona a sí mismo como el gobernante benévolo, al que rinden tributo sus vecinos menores a cambio de protección y amistad”.

Muchos chinos de buena voluntad quizás compren este ingenuo relato, pero la historia revela que los vecinos, por menores que sean, no reciben amistosamente a las potencias en expansión, aunque lo hagan bajo la misteriosa y sofisticada advocación de la Ruta de la Seda.

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INTERREGNUM: Trump en Asia. Fernando Delage

El 3 de noviembre, Trump comienza su segundo gran viaje al exterior, con una gira de 12 días que le llevará a cinco países de Asia. Además de los tres grandes del noreste asiático—Japón, China y Corea del Sur—, el presidente norteamericano visitará dos naciones del sureste de la región—Vietnam y Filipinas—para asistir a dos cumbres multilaterales.

En los tres primeros predominará la agenda bilateral. Comercio y seguridad ocuparán la mayor parte de su tiempo con Shinzo Abe, Xi Jinping y Moon Jae-in. Tras su victoria electoral del 22 de octubre, un Abe reforzado políticamente tratará de convencer a Trump de lo inviable de su política comercial: Japón, como la mayoría de las economías asiáticas, necesita mayor liberalización e integración, y preferiría evitar una excesiva dependencia del mercado chino. El primer ministro surcoreano tendrá que emplearse a fondo también para que Trump no añada el acuerdo de libre comercio Estados Unidos-Corea del Sur (KORUS) a la lista de los pactos, encabezados por NAFTA, que quiere deshacer. En China, cuyo superávit comercial con Estados Unidos el presidente no ha dejado de denunciar desde la campaña electoral, quizá desvele por fin cómo piensa responder. Con los tres líderes, Trump discutirá asimismo la evolución del desafío norcoreano, para concluir, lo reconozca o no, que carece de opciones de actuación en solitario.

Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política. Ni en el departamento de Estado ni en el Pentágono se ha nombrado aún a los responsables de Asia, mientras también siguen vacantes muchas de las embajadas de Estados Unidos en la región. Tampoco se ha expuesto una estrategia articulada sobre los objetivos de la administración. Se espera con notable expectación, por tanto, que en su discurso en Vietnam, donde Trump asistirá a su primera cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), anuncie su visión de Asia y cómo propone defender los intereses norteamericanos en un contexto de profunda transformación. Asia nunca ha sido más importante para el futuro económico y diplomático de Estados Unidos y, sin embargo, se acelera la percepción de debilitamiento de su posición. La Casa Blanca quiere apartarse de las propuestas de Obama y su famoso “pivot” hacia Asia, pero lo que ha provocado ha sido un vacío de un año tras el abandono del TPP, letal para su credibilidad.

Un anticipo de lo que pueda decir Trump lo ofreció su secretario de Estado, Rex Tillerson, en un discurso pronunciado en Washington el 18 de octubre, en vísperas de su primer viaje oficial a India. Fue algo más que un examen de las relaciones entre las dos mayores democracias del mundo. Tillerson volvió al discurso de administraciones anteriores sobre un orden regional libre y abierto, y “basado en reglas”. Aunque de manera poco explícita, también dio a entender que Washington va a reaccionar a la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, y que, ante la redistribución en curso del poder internacional, India será uno de sus principales socios de preferencia. Cabe esperar que, en su intervención en Vietnam, por fin Trump anuncie cómo Estados Unidos va a intentar abrirse un espacio en Eurasia para equilibrar las ambiciones económicas y geopolíticas chinas.

En Filipinas, Trump no asistirá a la Cumbre de Asia Oriental, segunda gran cumbre anual multilateral en Asia, a la que Estados Unidos se incorporó en 2010, y que Obama trató de reconvertir en el principal foro regional de seguridad. Aunque es el único proceso, junto a APEC, que reúne a los jefes de Estado y de gobierno, la ausencia de Trump en su primera convocatoria es difícilmente justificable. Al menos, participará la víspera en la cena de conmemoración del 50 aniversario de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), institución que ocupó un papel relevante en la estrategia asiática de Obama pero que ha ignorado hasta la fecha la actual administración. Quizá tras sus conversaciones con Rodrigo Duterte, Trump pueda afinar sus ideas al conocer de primera mano la percepción local sobre el ascenso de China y sobre lo que se espera de Estados Unidos.

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Desmontando a Harry. Juan José Heras.

Dice el refranero popular que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y ese parece ser el caso con muchas de las consignas propagandísticas que lanza el Gobierno chino de forma periódica. Así, cada vez está más arraigada la creencia popular de que China va industrializar África y América Latina, al tiempo que vertebra Asia Central con las infraestructuras previstas en la nueva Ruta de la Seda.

En esta misma línea, parece haber calado la idea de que China ha modernizado su ejército hasta el punto de rivalizar militarmente con EE.UU., o que sus ingentes inversiones en tecnología e investigación la convertirán en la nueva cuna de la innovación mundial.

Sin embargo, los datos parecen contar una historia bien distinta, mostrando que tanto África como América Latina continúan siendo meros suministradores de materias primas. La aportación china en estos continentes se centra en la construcción de infraestructuras y no en la creación de zonas industriales, como publicita Pekín. Además, los numerosos MOU que firma con estos países, en la mayoría de los casos, no se traducen luego en proyectos concretos.

En este sentido, son los países del sudeste asiático los mejor posicionados para la pretendida deslocalización industrial China, gracias a su proximidad geográfica y su relevancia en asuntos regionales como por ejemplo el Mar Meridional.

Por otro lado, la nueva Ruta de la Seda, que promete corregir el déficit de infraestructuras en Asia Central, solo avanza de manera significativa en los trazados que tienen una consideración geoestratégica para Pekín. Y por mucho que aparezca en la prensa especializada, tampoco parece que esta iniciativa vaya a soluciona los problemas de sobrecapacidad del gigante asiático.

Respecto al ejército, es cierto que la modernización que se está llevando a cabo es impresionante, tanto en sus capacidades militares como en la organización de sus estructuras. Sin embargo, todavía están a años luz de EE.UU. tecnológicamente y carecen de personal capacitado para operar los últimos avances tecnológicos que incorporan los nuevos aviones de combate, buques de guerra o sistemas de comunicación.

En lo que se refiere a tecnología e innovación existe todavía una brecha importante entre China y occidente, que Pekín trata de reducir con sus inversiones en Europa y EE.UU. Conviene recordar que China se ha hecho “rica” gracias al comercio y a la aplicación de unos estándares laborales y medioambientales inaceptables para occidente, pero innovar requiere una buena dosis de iniciativa e imaginación que, cuanto menos, son cuestionables en un régimen Estado-Partido como el chino.

En la otra cara de la moneda están los que piensan que la enorme deuda que acumula China hundirá al país en una crisis económica, que estallará la burbuja inmobiliaria, y que no serán capaces de llevar a cabo el cambio de modelo económico en el que están inmersos.

Pero tampoco parece que esta línea catastrofista tenga visos de realidad, puesto que en una economía controlada como es la china, la deuda del Gobierno es con los bancos estatales, controlados  también por Pekín. Esto les brinda un margen considerable para contemporizar la aplicación de las reformas necesarias para convertirse en una economía de mercado “con características chinas” (lo que hace que ya no sea una economía de mercado), con una reducción gradual de la inversión que evite el desempleo y por tanto el descontento popular.

Y por terminar este artículo como empezó, con la sabiduría popular del refranero español, utilizaré uno que describe bastante bien a las promesas vacías a las que nos están acostumbrando los chinos: “No es oro todo lo que reluce”.

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INTERREGNUM: Asia y la crisis de Qatar. Fernando Delage

La ruptura de relaciones diplomáticas con Qatar por parte de Arabia Saudí, Emiratos, Egipto, Bahrain y Yemen puede rehacer el mapa del Golfo Pérsico, con importantes consecuencias económicas y políticas más allá de Oriente Próximo. En el caso de Asia, países de población musulmana como Malasia, Indonesia o Pakistán, tendrán que esforzarse para no verse atrapados en la lucha de poder en la región. Mayores implicaciones puede tener la crisis para China, dado el volumen de su comercio e inversiones con las dos partes partes enfrentadas, así como su creciente proyección diplomática en la zona.

A priori el impacto parece más político que económico. El aislamiento diplomático de Qatar empuja a éste hacia Irán, Turquía y Rusia, agravando la polarización regional y debilitando el Consejo de Cooperación del Golfo (al que pertenecen las seis monarquías locales: Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahrain). Décadas de infiltración y de apoyo financiero saudí en el mundo islámico hacen más difícil para muchos Estados mantenerse al margen de la disputa. Para algunos, el momento no puede ser más desafortunado: el ministro de Asuntos Exteriores de Malasia, por ejemplo, visitó Qatar hace sólo unas semanas con la intención de reforzar las relaciones bilaterales.

Para Pakistán el dilema es aún mayor. En 2015, para sorpresa de Riad, el Parlamento rechazó la petición saudí de participar en la operación en curso en Yemen. Cuando, dos años más tarde, los saudíes solicitaron a Pakistán que el exjefe de las fuerzas armadas, el general Raheel Sharif, asumiera el mando de la alianza liderada por Riad, Islamabad no pudo negarse. El gobierno paquistaní se justificó indicando que Sharif utilizaría su posición para mediar entre Arabia Saudí e Irán, pero sus relaciones con Teherán se han agravado con rapidez y la violencia se ha incrementado en la frontera con la República Islámica. La visita a Riad del primer ministro Nawaz Sharif hace quince días es un reflejo de su difícil posición: el número de trabajadores paquistaníes en Arabia Saudí y Emiratos supera los tres millones, y sus remesas suponen 8.000 millones de dólares al año (las cifras son apenas significativas en el caso de Qatar), pero Islamabad no puede permitirse un enfrentamiento con Teherán y Ankara incorporándose a una “cuasi-alianza” Washington-Riad.

La crisis en el Golfo puede, por otra parte, complicar la ejecución de la Nueva Ruta de la Seda propuesta por China. Además de que otros países puedan sumarse al boicot impuesto por Arabia Saudí, Pekín teme que, para desestabilizar Irán, Riad extienda sus movimientos a Baluchistán, provincia paquistaní clave para la iniciativa china. El alineamiento de Washington con Arabia Saudí y Emiratos puede, por lo demás, crear nuevas presiones diplomáticas sobre la República Popular. China es el mayor socio comercial de Qatar y se encontraba negociando un acuerdo de libre comercio con el Consejo de Cooperación del Golfo antes de que estallara la crisis. Qatar es el segundo suministrador de gas natural a China, y Arabia Saudí su tercer suministrador de petróleo. A partir de de 2010, China sustituyó a Estados Unidos como mayor exportador a Oriente Próximo, y primer importador de recursos energéticos de la región.

Durante la reciente visita a Pekín del rey Salman de Arabia Saudí, ambos gobiernos acordaron una “asociación estratégica” bilateral. Además de contratos por valor de 65.000 millones de dólares, los dos países firmaron un acuerdo en materia de seguridad por cinco años, que incluye la lucha contra el terrorismo y maniobras militares. Nada de ello parece incompatible con la privilegiada relación que China mantiene con Irán. Durante su visita a Teherán en enero del año pasado, el presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo Hasan Rouhani fijaron el objetivo de que el comercio bilateral alcance nada menos que 600.000 millones de dólares en el plazo de una década, la mayor parte en relación con la Ruta de la Seda. Desde 2016, ambos países intercambian mercancías a través de una línea ferroviaria directa que cruza Asia central, y que en pocos años se transformará en una conexión de alta velocidad que llegará hasta Turquía. Tanto Teherán como Ankara—ya se mencionó—, apoyan a Qatar. Como China empieza a descubrir, el avispero de Oriente Próximo puede condicionar los planes de las grandes potencias.

laberinto

Show me the Money. Juan José Heras.

China lleva desde 2013 publicitando la vertebración de buena parte del planeta a través del desarrollo de Infraestructuras y Corredores Económicos enmarcados dentro de la nueva Ruta de la Seda (BRI), cuyo objetivo principal sería conectar comercialmente Europa y Asia.

Pese a que existen otras iniciativas internacionales para la integración comercial y el desarrollo de infraestructuras (INSTC, TAPI, UEE), la BRI acapara casi toda la atención al estar respaldada por la gran capacidad de financiación china y tener un alcance global que incluye a más de 60 países.

Sin embargo, las cuentas no salen, ya que la cantidad de inversión necesaria para llevar a cabo esta iniciativa excede ampliamente las capacidades financieras de Pekín, que se ha visto obligado a lanzar una campaña publicitaria sin precedentes en busca de capital privado y el apoyo de otros gobiernos. Pero estos inversores son reticentes a participar en proyectos con un retorno dudoso y a muy largo plazo, debido principalmente a la escasa actividad comercial y la falta de seguridad de muchos de los países comprendidos en la BRI. Asimismo, haciendo números se llega a la conclusión de que la BRI tampoco va a solucionar, como se dice habitualmente, los problemas de sobrecapacidad industrial que afronta China y que requieren un cambio de modelo económico.

Por ello, los avances más significativos en BRI se observan en aquellos corredores donde China está financiando directamente la ejecución de los proyectos que más afectan a sus intereses. En este sentido, destacan el Corredor Económico ente China y Pakistán (CPEC), la integración regional del Sureste Asiático y la Ruta Marítima de la Seda (RMS).

El CPEC tiene una consideración estratégica al garantizar la seguridad energética china mediante vías alternativas a las actuales rutas marítimas. Asimismo ofrece una salida al mar a la conflictiva región de Xinjiang que Pekín espera que contribuya a su desarrollo económico y con ello a reducir el sentimiento independentista de esta provincia.

Por su parte, el desarrollo de las infraestructuras de los países del Sureste Asiático favorecerá sus relaciones comerciales con las empobrecidas provincias del sur de China, como por ejemplo Yunán, que aspiran a convertirse en centros industriales y exportadores de la región. Esto enlaza con la deslocalización industrial que Pekín está llevando a cabo en estos países como parte de sus reformas estructurales para convertirse en una economía moderna.

Por último, la Ruta de la Seda Marítima incluye el establecimiento de una serie de puertos a lo largo del Índico que podrían tener  fines mas allá de lo estrictamente comercial, contribuyendo a la mejora de sus capacidades marítimas militares que permitan a China situarse como una potencia a nivel mundial. Esto preocupa EE.UU. que vigila de cerca el desarrollo de estos proyectos.

Por tanto, parece que la BRI, esa hermosa iniciativa que según el folleto publicitario busca eliminar las barreras comerciales y estrechar los lazos entre los pueblos, solo se está concretando en aquellos casos que tienen un interés estratégico por su proximidad geográfica, su seguridad energética o su ascenso como potencia militar.

Sin embargo, Pekín no renuncia a poner el sello de “Ruta de la Seda” como garantía de autenticidad a cualquier proyecto financiado por otros gobiernos o empresas privadas que contribuya alimentar la grandeza de esta iniciativa y a consolidar la marca BRI.