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INTERREGNUM: Ruta de la Seda 2.0. Fernando Delage

Se celebra esta semana en Pekín la segunda cumbre de la Ruta de la Seda (BRI en sus siglas en inglés). Dos años después del primer encuentro, cuatro después de la presentación del Plan de Acción de la iniciativa, y casi seis después de su anuncio por el presidente chino, el proyecto avanza en su desarrollo, desafiando a los escépticos. Las críticas sobre la falta de transparencia del programa, los riesgos medioambientales y laborales que está ocasionando, o la sostenibilidad de la deuda en que incurren los países participantes son probablemente acertadas, pero es innegable que China ha aprendido en este tiempo de sus errores.

En su intervención ante una cumbre que marcará una nueva etapa en la iniciativa, Xi Jinping intentará despejar los temores de quienes se oponen a la misma y anunciará posibles reajustes en una idea que si se caracteriza por algo es por su flexibilidad. La mejor manera de valorar BRI consiste por tanto en analizar cada proyecto concreto sobre la base de sus propios méritos. Algunos responden a claras motivaciones estratégicas y carecen de toda lógica económica; en otros prevalece en cambio la búsqueda de rentabilidad comercial e inversora a medio-largo plazo. Pero en todos ellos Pekín cuenta con el margen de maniobra que le proporciona su método de funcionamiento: pese a la retórica multilateral que le acompaña, BRI es en realidad una red de acuerdos bilaterales.

Lo que guía a los dirigentes chinos es el imperativo del crecimiento económico que asegure la estabilidad social y política interna. Tras 40 años de rápido desarrollo, su mantenimiento es un objetivo que requiere reorganizar Asia—mediante la integración del espacio euroasiático—e, incluso, la economía global. De ahí la preocupación de las grandes potencias por las implicaciones estratégicas de BRI, como ha vuelto a ponerse de relieve con ocasión de la segunda cumbre.

Estados Unidos, India, Japón y Australia han intentado dar forma a una estrategia “Indo-Pacífico” como modelo alternativo a la Ruta de la Seda y al acercamiento entre Moscú y Pekín, pero la divergencia de enfoques entre sus miembros complica su realización. Washington, que no enviará a ningún alto cargo a Pekín, ha impulsado nuevos instrumentos—como la BUILD Act y un nuevo fondo de financiación de infraestructuras dotado con 60.000 millones de dólares—cuya operatividad es aún discutible. Su aproximación unilateral no conduce por lo demás sino a profundizar en su aislamiento diplomático. India no asistió a la primera cumbre y tampoco lo hará a ésta, reiterando así su oposición a una iniciativa que en buena medida depende de ella. Por su tamaño y ubicación—India es el elemento fundamental que une los dos ejes de BRI, el continental y el marítimo—Pekín es consciente de que la hostilidad de Delhi puede hacer inviable el proyecto.

Sin sumarse tampoco a la Ruta de la Seda de manera oficial, pero permitiendo la participación de su sector privado, Japón es quizá quien ha articulado la estrategia más eficaz. En cuantos foros multilaterales participa—G7, G20, APEC o la Cumbre de Asia Oriental—Tokio está promoviendo el concepto de “infraestructuras de calidad”, con el fin de establecer unos principios comunes—transparencia, límites al volumen de deuda, impacto social y medioambiental, y coherencia con la estrategia de desarrollo de los países receptores, entre otros—que ponen en evidencia la debilidad de las prácticas chinas. Al mismo tiempo, Japón se está asociando con otros países, China incluida, para promover la financiación de infraestructuras en el mundo en desarrollo. Su no participación en BRI, no significa que Tokio no quiera dialogar con Pekín al respecto.

Sin abandonar su inquietud por el ascenso de China, los movimientos de Japón suponen un reconocimiento del sinsentido de pretender quitarle a un gigante como la República Popular su espacio, en unas circunstancias en que aumentan además las dudas sobre la posición de Estados Unidos en la región. A ningún país asiático beneficia un continente dividido en dos, ni en Eurasia ni en el Indo-Pacífico. Tampoco a ese tercero—la Unión Europea—cuyo futuro está también sujeto a la evolución del tablero económico y geopolítico asiático. (Foto: Kostas Mylonas)

Narendra Modi

INTERREGNUM: India: la fiesta de la democracia. Fernando Delage

La pasada semana comenzaron las mayores elecciones de la Historia. Por su alcance y diversidad, ninguna democracia es comparable a India: 1.400 millones de habitantes—tres veces la población de Europa, más de cuatro veces la de Estados Unidos—; 15 lenguas oficiales, ninguna de las cuales es hablada por más del 15 por cien de la población; y múltiples culturas, religiones y subdivisiones sociales. La logística es abrumadora: 900 millones de votantes (84 millones de los cuales lo hacen por primera vez), 800.000 colegios electorales, 1,72 millones de máquinas electrónicas para el voto y 11 millones de funcionarios encargados de supervisar el proceso. Las elecciones se realizarán en siete días distintos en un período de seis semanas, y los resultados no se conocerán hasta el 23 de mayo.

En la tercera mayor economía del planeta, la democracia se reafirma como elemento unificador de la extraordinaria heterogeneidad india, en contraste con su vecino chino, caracterizado por su cohesión étnica y cultural—y por un sistema político de partido único.

Las elecciones son en parte un referéndum sobre Narendra Modi, quien, en 2014, como líder del Bharatiya Janata Party (BJP), logró 282 de los 545 escaños de la Cámara Baja; la primera mayoría parlamentaria obtenida por un partido desde 1984. Al frente del principal grupo de oposición, el Partido del Congreso, se encuentra Rahul Gandhi, heredero de la dinastía que ya dio tres primeros ministros a India, y quien intenta movilizar a los descontentos con la corrupción y con unas reformas económicas que, pese a un crecimiento sostenido, no han creado empleo—las cifras de paro son las más altas en 45 años—ni beneficiado a los agricultores (más del 66 por cien de la población). En las elecciones celebradas en diciembre en tres Estados de población mayoritariamente rural, fue el Congreso quien consiguió la victoria.

El ataque terrorista perpetrado en Cachemira el pasado 26 febrero, por militantes apoyados por Pakistán, han permitido no obstante a Modi restaurar su popularidad y hacer de las cuestiones de seguridad un tema central en la campaña. La mayoría de los analistas pronostican la reelección del primer ministro, aunque es probable que tenga que formar una coalición para gobernar, con lo que se volvería así a lo que ha sido la norma en la política india desde 1984, tras la creciente irrupción de partidos regionales y locales. Ese menor apoyo complicará asimismo las intenciones del BJP de dar al país una identidad hinduista, en contra de las bases laicas de la Constitución de 1949. Mientras India sea una democracia, la agenda nacionalista de un partido será insuficiente—por grande que sea su representación parlamentaria—para imponer sus esquemas en una sociedad tan diversa.

Y ésta es una poderosa lección no sólo para sus vecinos. Cuando Rusia y China se declaran enemigos de la democracia y de los valores políticos liberales, hostilidad a la que se suman distintos movimientos dentro de Occidente, India—con todas las imperfecciones propias de su subdesarrollo—es una de las principales razones que nos permiten ser optimistas con respecto al futuro de la libertad en el mundo. (Foto: Gulan Husain)

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China gana espacio

China está mediando entre Pakistán e India para aliviar la tensión de los últimos meses en Cachemira y aspira a un nuevo tratado que releve el tenso estatus quo de los últimos setenta años y el que Pekín sea el árbitro de referencia.

El último incidente fronterizo, uno de los más graves desde la última guerra indo-pakistaní que dio origen a la independencia de lo que era Pakistán Oriental con el nombre de Bangladesh, alertó a China, que puede verse atrapada en una guerra entre potencias nucleares en una región en la que tiene fuerzas militares y un conflicto propio, de límites fronterizos, con India. Pero, a la vez, ha visto una oportunidad de figurar como padrino y fortalecer su posición en la región.

No hay que olvidar que, además, en julio de 2017, por ejemplo, hubo un incidente territorial entre soldados chinos e indios en Doklam, cerca de las fronteras de la India, China y Bután. Las dos potencias casi llegaron a un enfrentamiento debido a las acusaciones de que el gobierno chino estaba construyendo una carretera dentro del territorio del aliado indio, Bután. Cerca de allí, China también realizó simulacros de fuego real con tropas de combate.

Pero una cumbre entre el presidente de China, Xi Jinping, y el primer ministro de la India, Narendra Modi, en abril de 2018, ayudó a que las relaciones volvieran a ser positivas.

Pero no se trata solo de que China comparta frontera con la región disputada de Cachemira; China tiene estrechos vínculos económicos, diplomáticos y militares con Pakistán, por lo que es uno de los aliados más cercanos de la nación en la región.

De fondo está el conflicto con los uigures que China, a pesar de la creciente represión, no logra estabilizar. Los uigures son musulmanes sunníes en su mayoría y, por lo tanto, con lazos espirituales con Pakistán y las repúblicas centro asiáticas y China tiembla ante la perspectiva de un gran conflicto con elementos religiosos.

En su tradición pragmática y de oportunismo, China trata de hacer de la necesidad virtud y de una crisis una oportunidad. Y en ese escenario están actuando para ganar espacio político. (Foto: Tal Bright)

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INTERREGNUM: No es sólo China. Fernando Delage

Parece a veces como si China representara por sí sola la gran transformación asiática. Un crecimiento económico sostenido durante 40 años y la determinación de sus líderes de adaptar el orden internacional a sus preferencias—sumados naturalmente a su población, extensión territorial y posición geográfica—, han ampliado el alcance del ascenso de Asia, iniciado por Japón desde la década de los sesenta. Pero la justificada atención que atrae China no debería ignorar un proceso simultáneo al de su auge: la gradual integración del espacio regional.

De ser una mera denominación geográfica acuñada por los europeos, “Asia” ha pasado a convertirse en un sistema económico y estratégico unificado que sustituye a la mera suma de sus partes. Tras siglos de colonialismo y desaparecidas las barreras políticas de la guerra fría, el desarrollo económico y la interacción estratégica de los Estados de Asia oriental, meridional y central han facilitado un fenómeno de creciente interdependencia—tanto continental como marítima—, que explica la restauración de Eurasia como concepto y la adopción de la idea del “Indo-Pacífico” como nuevo mapa de la región.

No son dos términos que aparezcan analizados en detalle en el libro del analista indio Parag Khanna, “The Future is Asian: Commerce, Conflict, and Culture in the 21st Century” (Simon and Schuster, 2019), la más reciente aportación a la literatura sobre el siglo de Asia. La razón es que la dinámica geopolítica detrás de ambos conceptos no es objeto de la atención del autor. Sí parte al menos de la premisa de que se abre una nueva fase histórica en el mundo, al adquirir Asia una cohesión sin precedente, que atribuye a factores económicos, políticos y culturales.

Al enumerar un dato tras otro, en vez de ofrecer un examen sistemático del contexto, Khanna convence a medias al lector. Revela bien cómo el rápido aumento de los intercambios económicos entre los países asiáticos está acabando con su tradicional dependencia de Estados Unidos y de la Unión Europea. Su descripción de la estrategia regional de emprendedores y empresas tecnológicas es especialmente reveladora. Su defensa sin matices de la tecnocracia autoritaria frente a la democracia liberal plantea muchas dudas, sin embargo. La eficiencia como criterio supremo de gobernanza—Singapur, donde reside, es el modelo de referencia—es difícilmente justificable. Tampoco parecen muy sólidos sus argumentos sobre una supuesta convergencia cultural, sin perjuicio de que las clases medias asiáticas compartan, en efecto, series de televisión, música o moda.

Hace un siglo, un japonés—Okakura Kazuko—, un indio—Rabindranath Tagore—y un chino—Liang Qichao—ilustraron un movimiento panasiático definido sobre bases idealistas, y en contraposición al materialismo de europeos y norteamericanos. Más que una renovada confluencia intelectual, es la capacidad de desafiar el poder y las ideas occidentales lo que, por resumir, observamos hoy en Asia: sin apenas darnos cuenta, la modernización ha dejado de ser un monopolio de nuestra parte del mundo. (Foto: Christian Steinborn)

parabola de los ciegos

La ceguera maltusiana. Miguel Ors Villarejo

Desde que Thomas Malthus argumentara en su Ensayo sobre el principio de la población (1798) que nunca erradicaríamos el hambre, porque la humanidad crecía más deprisa que los alimentos, la natalidad no ha gozado de buena fama. Todavía en 1968 el entomólogo Paul Ehrlich sacudía la opinión pública con La explosión demográfica, un bestseller en el que auguraba la inminente muerte por inanición de millones de personas si no se adoptaban medidas inmediatas y, en 1979, Pekín decretaba la política del hijo único en medio de la aprobación general: dado que el comunismo no lograba mejorar la renta, Mao reducía el per cápita y así le salía una ratio más presentable en las estadísticas.

Las tesis antinatalistas se veían reforzadas por las imágenes de aglomeraciones que nos llegaban de Asia. Al ver los trenes masificados de la India y las riadas de ciclistas chinos pensábamos: ¿cómo van a salir nunca de la miseria si no dejan de reproducirse como conejos? En nuestras cabezas, la realidad estaba compuesta, de una parte, por un planeta de recursos menguantes y, de otra, por una especie de necesidades crecientes. El resultado solo podía ser la explosión de la que hablaba Ehrlich.

Sin embargo, las investigaciones más recientes y, en particular, las del último Nobel Paul Romer ven las cosas de un modo diferente. La realidad no está formada por recursos y necesidades, sino por objetos e ideas. Los recursos surgen de combinar las ideas con los objetos y, aunque estos son limitados, las ideas no lo son y, por tanto, los recursos tampoco. Podemos quedarnos sin carbón (el objeto), pero no sin carburante (el recurso), porque sustituimos las máquinas de vapor por motores de explosión (la idea) que funcionan con gasolina.

Kenneth Boulding publicó en 1966 un ensayo en el que hablaba de “la nave espacial Tierra”, para enfatizar los límites del planeta en el que viajamos, pero estos son más elásticos de lo que su metáfora sugiere, como puso de manifiesto la apuesta que planteó Julian Simon a Ehrlich. “Si son ciertos sus negros augurios”, le vino a decir al autor de La explosión demográfica, “los precios de las materias primas no dejarán de subir. ¿Por qué no coge usted las cinco que quiera y vemos qué ha pasado con su cotización dentro de 10 años?” Dicho y hecho. Asesorado por John Paul Holdren (físico, profesor de Harvard y futuro consejero científico de Barack Obama), Ehrlich eligió el cobre, el cromo, el níquel, el estaño y el tungsteno y, en 1980, suscribió un contrato con Simon.

A lo largo de la siguiente década, la población siguió aumentando y las reservas de metales se mantuvieron estables. “Ehrlich se frotaba las manos”, cuenta en su blog David Ruyet. Pero llegó octubre de 1990 y “para espanto de uno y carcajadas del otro”, se comprobó que las cinco commodities se habían abaratado. El descubrimiento de nuevos yacimientos, la finalización del monopolio del níquel canadiense, las mejoras en la extracción del cromo, la aparición de sustitutivos como cerámicas y plásticos y, en suma, el ingenio del hombre habían conjurado el apocalipsis de Ehrlich.

Esto no significa que vaya a ser siempre así. De hecho, desde comienzos de siglo la tendencia de las materias primas se ha invertido. “No hay ninguna ley de la naturaleza”, observa Ruyet, “por la que los precios de los productos básicos deban bajar inexorablemente”. Pero en cuanto se encarecen más de la cuenta, la gente se busca la vida, lo que reduce la presión alcista. Como comentó en cierta ocasión Don Huberts, un directivo de Royal Dutch/Shell, “la edad de piedra no se acabó porque nos quedáramos sin piedras”. El desarrollo tecnológico nos ha permitido sortear las escaseces antes incluso de que se materializaran.

En esa capacidad para combinar objetos e ideas radica el origen de la riqueza de las naciones y, en principio, más gente debería significar más ideas. ¿Por qué se da la paradoja de que naciones densamente pobladas como China y la India sean más pobres? Se trata de “una anomalía”, dice Alex Tabarrok. “Ni China ni la India fueron pobres en el pasado y tampoco lo serán en el futuro”. Su atraso relativo ha sido consecuencia de su tardía adopción de las instituciones que hicieron posible el despegue de Occidente.

Pero una vez asimiladas las reglas del capitalismo, los investigadores Klaus Desmet, David Krisztian y Esteban Rossi-Hansberg creen que no tardarán en recuperar el liderazgo mundial. “Dos fuerzas impulsan este proceso”, escriben en un artículo ganador del Premio Robert Lucas. “Primero, la gente se muda a las áreas más productivas y, segundo, las concentraciones más densas se vuelven más productivas con el tiempo, porque resulta más rentable invertir allí [donde hay más clientes]”.

El único modo de que Europa y Estados Unidos eviten verse desbancados es liberalizar la inmigración, pero seguimos presos de viejos prejuicios maltusianos que consideran a cada recién llegado otro estómago que alimentar, en lugar de la mente que alumbrará las futuras soluciones.

kachemira

INTERREGNUM. La espiral indo-paquistaní. Fernando Delage

Poco cabía esperar del segundo encuentro del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un. Al calificar Trump a este último como “un gran líder” que puede proporcionar a su nación “un tremendo futuro”, hay que preguntarse si Washington no ha venido a reconocer de manera tácita el estatus nuclear de Corea del Norte. Las conversaciones han contribuido al menos a rebajar de manera notable la tensión en la península, con la imprevista paradoja de que la Línea de Control que separa, en Cachemira, a dos Estados nucleares—India y Pakistán—ha sustituido a la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas como la frontera más peligrosa de Asia.

Después de que, el 14 de febrero, un terrorista asesinara a más de 40 militares indios en Cachemira, Delhi respondió doce días más tarde con la primera incursión aérea en territorio paquistaní desde la guerra de Bangladesh en 1971. Aunque definió la operación como una “acción preventiva no militar”—su objetivo fue el grupo terrorista Jaish-e-Mohammed—, Pakistán reaccionó de manera inmediata con el envío de sus propios aviones sobre el espacio aéreo indio. ¿Podrá evitarse una nueva escalada? Enemistados desde su independencia, los dos países afrontan la peor crisis en medio siglo, en una espiral que puede escapar con rapidez al control de ambas partes.

Las circunstancias del momento no ayudan a enfriar la hostilidad. India celebra semanas elecciones generales en pocas semanas, y aunque el primer ministro, Narendra Modi, se encuentra con una oportunidad para asegurarse la reelección mediante una línea de firmeza, puede verse asimismo involucrado en un conflicto de consecuencias inciertas. Su homólogo paquistaní, Imran Khan, carece por su parte del poder para determinar las decisiones de las fuerzas armadas. Precisamente por su incapacidad para competir con India con medios convencionales, Pakistán nunca renunció al primer uso de su armamento nuclear, de la misma manera que tampoco abandonará el recurso al terrorismo transfronterizo como “instrumento estratégico” para debilitar a su vecino.

Esta política paquistaní condujo al gobierno de Modi a suspender los canales oficiales de comunicación con Islamabad, y las autoridades de ambos países se encuentran ahora presionados por sus respectivas opiniones públicas para actuar contra el otro. Para complicar las cosas, el margen de actuación de Estados Unidos se ha reducido de manera notable. En choques anteriores—durante la guerra de Kargil en 1999, tras el atentado contra el Parlamento indio en 2001, o en Bombay en 2008, entre otras ocasiones—Washington intervino de manera directa para evitar un conflicto mayor. Estados Unidos reconoce la amenaza terrorista que afronta India desde Pakistán, pero su capacidad de presión sobre éste ha disminuido—en parte por su acercamiento geopolítico a Delhi—, al tiempo que necesita contar con Islamabad como elemento determinante del futuro de Afganistán.

Más eficaces pueden resultar las maniobras chinas.  Su inversión económica y estratégica en Pakistán hará que Pekín se esfuerce por evitar cualquier acción de fuerza contra el país, a la vez que puede dejar de bloquear—como ha hecho a petición de Islamabad—decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU contra los grupos terroristas que cobijan sus generales. China tiene un interés prioritario en evitar un conflicto armado y la desestabilización de Asia meridional. De todo ello discutieron la semana pasada en Yuequing los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia—Sergey Lavrov—, China—Wang Yi—e India—Sushma Swaraj—, en uno de sus habituales encuentros trilaterales. Aunque la reunión ha puesto en evidencia la rápida pérdida de influencia diplomática de Occidente en esta parte del mundo, tampoco servirá, sin embargo, para resolver ese problema estructural llamado Cachemira.

Bin salman

INTERREGNUM: La gira de MBS. Fernando Delage

Al definir el espacio geográfico ocupado por Eurasia, europeos y americanos suelen dejar normalmente fuera a India y a Oriente Próximo. La primera por el obstáculo físico que representa el Himalaya para la interacción con sus vecinos continentales, y la consecuente proyección exterior desde sus costas marítimas a lo largo de la Historia. El segundo, por una dinámica subregional basada en una serie de factores—de la cultura al islam, de las bases no industriales de la economía a la moderna creación de la mayor parte de sus Estados—que han proporcionado reducidas oportunidades de relación con los países de Asia central y oriental.

La geografía puede ser inmutable. Pero las ideas, los avances tecnológicos y los imperativos estratégicos pueden transformar el significado de los condicionantes geográficos. Una variable que lleva años acercando a los países asiáticos con los de Oriente Próximo es, por ejemplo, la energía: los primeros son los mayores importadores de gas y petróleo; los segundos, los mayores productores. Y ambos comparten la misma masa continental, como bien refleja la denominación utilizada por chinos e indios para referirse a lo que los occidentales llamamos Oriente Próximo (o Medio): Asia suroccidental.

Ni el presidente chino ni el primer ministro indio, en efecto, excluyen esta parte del mundo de sus respectivas visiones estratégicas de Eurasia. Lo mismo ocurre desde la otra dirección, como bien pone de relieve la gira asiática que acaba de emprender el heredero de la corona saudí, Mohamed bin Salman, más conocido como MBS. Acompañado por una delegación de más de 1.000 personas, el viaje incluía cinco naciones: Pakistán, China, Malasia, Indonesia e India. Horas antes de su salida se anunció la cancelación de la visita a Indonesia y Malasia, pospuesta a una fecha posterior. Aunque el viaje incluye una motivación personal—MBS busca restaurar su imagen tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi el pasado mes de octubre—, es evidente que Arabia Saudí se reorienta hacia el centro del dinamismo económico y geopolítico mundial.

El primer ministro de Pakistán, Imran Khan, no se sumó al boicot de otros países a MSB tras el asesinato de Khashoggi, y logró de Riad un préstamo de 6.000 millones de dólares para hacer frente a una creciente deuda nacional.  Las relaciones no son fáciles, sin embargo: el Parlamento paquistaní rechazó la petición por parte de MSB de un contingente militar para la guerra de Yemen. Con todo, y aunque el atentado terrorista de la semana pasada en Cachemira ha obligado a reducir la duración de su estancia en Islamabad, se espera la firma de inversiones por valor de 15.000 millones de dólares, incluyendo varios proyectos en el puerto de Gwadar, en el océano Índico, una gigantesca infraestructura que construyen y gestionan empresas chinas.

La República Popular es, por supuesto, uno de los mayores compradores de petróleo saudí. También una de las principales fuentes de inversión en el país, y principal alternativa a unas naciones occidentales cada vez más críticas con Riad. Las relaciones en el terreno de la seguridad son también importantes y debe recordarse que MBS, además de heredero al trono, es ministro de Defensa. China—se sospecha que de manera conjunta con Pakistán—participa en la construcción de una fábrica de misiles de alcance medio.

La visita a India se produce, por otra parte, en plena campaña del primer ministro Modi para su reelección. Arabia Saudí es el cuarto socio comercial de India, con unos intercambios que superaron los 28.000 millones de dólares el pasado año, y unas inversiones en aumento en sectores como las tecnologías de la información, infraestructuras y energía. Casi la mitad de los siete millones de indios residentes en el Golfo viven en Arabia Saudí, un número que se estima aumentará con creces en el marco de los planes de reforma de la economía (“Vision 2030”). La dimensión de seguridad tampoco es menor. MSB intentará establecer una relación de cooperación que acerque a Modi a Riad y le aleje de Teherán, en un contexto de creciente presión norteamericana sobre Irán, mientras que Delhi se esforzará porque Arabia Saudí utilice su influencia sobre Islamabad en contra del terrorismo transfronterizo contra India.

En último término, el viaje es un reflejo de la rápida consolidación de un eje económico y estratégico Oriente Próximo-Asia, revelador a su vez de la rápida pérdida de influencia de Estados Unidos en el mundo arabo-islámico, del vacío de seguridad que está dejando, y del simultáneo incremento de la presencia de China e India para asegurar su estabilidad. Otra nueva variable, por tanto, que deben tener en cuenta los europeos en un momento de necesaria reflexión sobre su papel en el mundo del futuro.

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INTERREGNUM: El sureste asiático en 2019. Fernando Delage

Ante el juego mayor de las grandes potencias, suelen perderse de vista los movimientos de las restantes naciones. Los medios prestan atención a China, a su rivalidad con Estados Unidos, a la creciente proyección de India y al nuevo activismo diplomático de Japón, pero tienden a olvidarse de una subregión que, como bloque, se equipara demográficamente a la Unión Europea y está llamada a convertirse en uno de los grandes actores económicos del futuro: el sureste asiático. Convocatorias políticas internas, las negociaciones finales de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP), y el impacto en la zona de las tensiones entre Washington y Pekín, harán de 2019 un año especialmente significativo.

En la tercera democracia más poblada del planeta, Indonesia, unas buenas cifras de crecimiento, y la superación de las críticas a sus credenciales islámicas, favorecen a priori la reelección de Jokowi como presidente cuando se cumplen veinte años de la democratización del país tras la larga dictadura de Suharto. En la segunda gran economía de la ASEAN, Tailandia, la democracia se ha visto interrumpida, por el contrario, en dos ocasiones en la última década. Cinco años después del último golpe de Estado, mucho más tarde por tanto de lo prometido en su día por los generales, se volverá a un gobierno civil.

Las elecciones se celebrarán en marzo, unas semanas antes de la entronización formal del nuevo rey, Maha Vajiralongkorn, prevista para principios de mayo. Pero hay que mantener cierto escepticismo: el voto se producirá bajo una Constitución reescrita para reservar una notable cuota de poder para los militares: éstos, junto a sus partidos aliados, controlarán la Cámara Alta. El bloqueo político que cabe prever como resultado será fuente de inestabilidad social, a la vez que complicará la recuperación de la economía y el liderazgo diplomático de Tailandia, justamente cuando asume la presidencia rotatoria anual de la ASEAN.

En Filipinas, las elecciones parciales de mayo permitirán comprobar el grado de apoyo popular a Duterte y a sus políticas de lucha contra la drogadicción, de represión de la sociedad civil, y de acercamiento a China. Esta última también continuará siendo una variable política en Malasia, donde, tras su derrota del pasado año, se disuelve gradualmente la tradicional coalición mayoritaria (UMNO) y todos los ojos se dirigirán a si el sorprendente triunfador en las últimas elecciones, Mahathir, cumple su promesa de dejar la jefatura del gobierno a su antiguo rival, y ahora aliado, Anwar Ibrahim. La paralizada transición política de Birmania y el drama de los Rohingya, agravarán, por último, el creciente aislamiento del país—y de su consejera de Estado, Aung San Suu Kyi—por la comunidad internacional.

En el frente económico regional, 2019 debería ser el año en que concluyen las negociaciones del RCEP. El retraso se debe sobre todo a una potencia extra-regional, India, siempre reticente a una agenda de liberalización comercial. Pero la dinámica multilateral no se detiene: la reciente entrada en vigor del CPTPP (es decir, del TPP a 11, sin Estados Unidos), al que ya pertenecen Singapur y Vietnam, al que se sumarán en unos meses Brunei y Malasia, y al que también Tailandia e Indonesia han dicho que se quieren sumar—mientras Filipinas se lo piensa—, representa un nuevo paso adelante en la reconfiguración de la arquitectura económica regional.

El sureste asiático tampoco permanecerá ajeno, por lo demás, a la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Su impacto comenzará a sentirse este año, cuando firmas multinacionales decidan desplazar sus cadenas de producción de China a la subregión. Pese a ese previsible aumento de las inversiones extranjeras debe tenerse en cuenta, no obstante, que también caerá la demanda de la República Popular, economía de la que los miembros de la ASEAN se han vuelto dependientes en gran medida. Por otra parte, si, como se cree, es Vietnam quien atrae buena parte de esa inversión antes dirigida a China, la competitividad de otros Estados miembros, como Indonesia o Filipinas, puede verse gravemente afectada. (Foto: Gergely Takács, flickr)

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La deliberada ignorancia. Miguel Ors

En diciembre de 2015 la empresa demoscópica YouGov preguntó a 18.235 adultos de América, Asia, Europa y Oceanía si pensaban que el mundo iba “mejor, peor o igual” y, salvo en China, en el resto de los países la mayoría respondió que peor. Los más negativos fueron los franceses: apenas un escuálido 3% creía que las cosas fuesen bien, pero incluso en China los optimistas se quedaron por debajo del 50% (en el 41%).

Se trata de un clima de opinión llamativo, porque los datos revelan lo contrario. A lo largo de su carrera, Hans Rosling reunió en su web Gapminder decenas de gráficos interactivos que corroboran un progreso incontestable en casi todos los ámbitos: seguridad, salud, riqueza, víctimas por desastres naturales…

¿Es ignorancia? Así lo creía Rosling al principio y se enfadaba con los periodistas que no estaban al corriente de las últimas estadísticas. Los abroncaba, les decía: “Tienen ustedes que documentarse mejor”. Hay un vídeo que recoge uno de esos encontronazos con el presentador de un programa de la televisión pública danesa. “Hoy en día uno no se puede enterar de lo que pasa a través de los medios”, le recrimina.

Pero una noche comprendió que la clave no radica en la desinformación o la negligencia de la prensa. Para controlar el nivel de conocimiento, Rosling sometía a sus encuestados a preguntas cerradas. Había que elegir una de tres opciones y, si nadie hubiera tenido ni idea, las respuestas se habrían repartido aleatoriamente y el 33% hubiera acertado, como de hecho sucedía con los chimpancés. Pero los humanos arrojan resultados mucho peores. Solo el 3% de los españoles sabe que la pobreza severa se ha reducido en el mundo a la mitad en los últimos 20 años. Eso no es ignorancia espontánea, sino deliberada. La gente falla adrede. Algo en sus cerebros los impele a rechazar los hechos. Rosling llama a esas fuerzas misteriosas “instintos” y en Factfulness, el libro al que consagró sus últimos meses de existencia, intenta identificarlos y neutralizarlos.

El primero del que se ocupa es el “instinto de separación”, esa propensión a funcionar en términos binarios (rico y pobre, blanco y negro, bueno y malo) e ignorar la rica gama de grados, grises y matices. Bill Gates ha comentado en su blog que es la principal aportación de la obra, porque permite apreciar mejor el éxito alcanzado en la lucha contra la miseria. El propio Banco Mundial ha sustituido sus viejas etiquetas de “desarrollados” y “en vías de desarrollo” con cuatro niveles: con menos de dos dólares diarios, estás en el primero; con menos de ocho, en el segundo; con menos de 16, en el tercero, y con más de 64, en el cuarto.

Cuando se organiza a la población en estas cuatro categorías, se ve que la más concurrida ya no es la primera. “Hace 200 años”, escribe Rosling, “el 85% […] se encontraba en el nivel 1. […] Hoy, la inmensa mayoría se reparte en la zona intermedia, entre los niveles 2 y 3, con las mismas condiciones de vida que disfrutaban los europeos y los estadounidenses en los años 50”.

El resto de Factfulness aborda otros sesgos bien conocidos. El miedo graba a fuego en nuestro cerebro los acontecimientos catastróficos y les otorga una relevancia desproporcionada. “En 2016, 40 millones de vuelos aterrizaron sin novedad en su destino, pero 10 sufrieron un accidente. Por supuesto, esos fueron los únicos sobre los cuales escribió la prensa: el 0,000025% del total”.

Tenemos también, en fin, una marcada propensión a embellecer el pasado y despojarlo de sus aristas más dolorosas. Rosling cuenta que el periodista Lasse Berg elaboró un informe sobre la India rural de los 70 y, cuando 25 años después regresó y mostró las fotos que había tomado entonces, los lugareños no podían creer que fueran de su barrio. “Debe de tratarse de un error”, le decían. “Nunca hemos sido así de pobres”.

¿Cómo podemos defendernos de estos poderosos instintos? Hay una técnica milenaria que ha ido cayendo en desuso en nuestras sociedades cada vez más laicas: el agradecimiento. Reservar unos instantes a reparar en las cosas buenas que nos rodean no solo resta relevancia a nuestros temores, sino que nos ayuda a valorar mejor el prodigio de estar vivos y, sinceramente, lo bien que la humanidad lo ha hecho en las últimas décadas. Feliz año. (Foto: Abhisek Sarda, flickr.com)

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INTERREGNUM: ¿Recuperación democrática? Fernando Delage

El año que termina no ha sido especialmente brillante para la democracia en el mundo. La regresión del liberalismo siguió su marcha, acompañada del auge de los “líderes fuertes”, de Hungría a Brasil, de Turquía a Caracas. Algo similar ya había ocurrido en el sureste asiático: el regreso de los militares al poder en Tailandia, el cambio interruptus en Myanmar, o la elección de Duterte en Filipinas, revelaron una preocupante marcha atrás del pluralismo político. Las elecciones de Malasia en primavera apuntaron sin embargo a una corrección: el hastío de los votantes con la corrupción y los recortes de libertades dieron el gobierno a la oposición. Aunque es prematuro hablar de un cambio de tendencia, Asia será un interesante laboratorio en 2019 cuando vote la quinta parte de la humanidad (en solo dos países).

Indonesia celebrará elecciones en abril, y por primera vez coincidirán legislativas y presidenciales. Pese al probable juego sucio de las fuerzas vinculadas a la antigua dictadura—representadas por Prawobo Subianto, exyerno del general Suharto—, se espera que impere el pragmatismo y sea reelegido como presidente Jiko Widodo (más conocido como Jokowi). Como cada cinco años, también en abril, o mayo, India organizará sus elecciones generales. No hay espectáculo igual en el mundo: más de 800 millones de electores en las urnas. Y pocas convocatorias habrán sido tan relevantes como la próxima, en siete décadas de independencia. Es la propia identidad nacional la que está en juego.

En 2014, Narendra Modi proporcionó al Bharatiya Janata Party (BJP) la primera mayoría de una fuerza política en el Parlamento indio en treinta años. Su victoria fue interpretada como un mandato para acometer las reformas que hicieran posible un alto ritmo de crecimiento económico, pero también como apoyo a su agenda nacionalista hindú. Cinco años más tarde, Modi parece haber perdido parte de su carisma, y su partido creado nuevas divisiones sociales, como han confirmado las elecciones regionales de diciembre, anticipando lo que podrá ocurrir en las generales. En tres de ellos, hasta ahora clave del liderazgo del BJP, ganó el Partido del Congreso, responsable del gobierno indio durante la mayor parte de la historia de la república. Los resultados marcan por tanto la recuperación del Congreso, tras su sonora derrota de 2014, y refuerza la posición de Rahul Gandhi—bisnieto de Nehru y nieto de Indira Gandhi—al frente del mismo.

El gobierno de Modi no ha creado el empleo por el que se le votó, como tampoco ha luchado de manera satisfactoria contra la corrupción. Su campaña “Make in India”, diseñada para atraer la inversión extranjera que permitiera el desarrollo del sector industrial, no ha dado los frutos esperados, mientras que el abandono de los agricultores ha dañado la imagen del BJP como defensor de los menos favorecidos. La interferencias de las autoridades en las decisiones del Banco central ha perjudicado por otra parte la confianza exterior. Quienes votaron al BJP convencidos de que se centraría en la economía en vez de su ideología hinduista se han visto igualmente decepcionados. Pero aunque Modi pierda apoyo popular, su partido continúa siendo la principal fuerza política del país. La dificultad estará en la obtención de una mayoría parlamentaria que le permita gobernar por sí solo: si el Congreso obtiene buenos resultados, el BJP tendrá que aliarse con grupos regionales y locales. Es una estrategia que ya persigue también Gandhi: su partido no tiene más alternativa que crear un amplio frente de oposición a los nacionalistas.

El eje de esas alianzas volverán a ser las cuestiones de identidad. Si Modi es reelegido, querrá avanzar en la imposición de su agenda hinduista, chocando así con el laicismo definido por la Constitución. El Congreso intenta promover por su parte un hinduismo “suave” para ganar votos, pero su vuelta al gobierno puede también suponer el regreso de la ineficacia y corrupción de otros tiempos. Lo previsible es que la extraordinaria diversidad india impida que el debate se incline con claridad a favor de uno de los dos bloques.