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América, Trump, Rusia y China

La Administración Trump, o al menos una parte de ella, parece haber vuelto la vista, quizá solo de reojo, hacia México y la América del sur, la que habla español y portugués. La gira de Rex Tillerson, que lleva meses con un pie fuera del Gobierno pero no acaba de irse, ha intentado recomponer lazos, calibrar apoyos para alguna salida en Venezuela y alertar sobre cómo la creciente influencia y penetración económica de Rusia y China pueden alterar la relación con Estados Unidos y la cultura de la gestión de los negocios.

La estrategia rusa, con menos capacidad económica, está orientada a encontrar nuevos espacios de influencia y nuevas alianzas en la estrategia de Putin de ser reconocido como la tercera, tras EEUU y China, y, si pudiera, la segunda, potencia mundial y gran socio para la gobernación mundial. En realidad, al menos de momento, Rusia trata de tener cabezas de playa lejos para reforzar los grandes retos cercanos como son Ucrania, el viejo espacio de influencia soviético y Oriente Medio.

El caso de China es diferente. Aspira a lo mismo, pero de otra manera. A China le mueve el negocio y tiene liquidez, y a través de éste ya llegará la influencia. Pero Rusia y China no son precisamente campeones de la libertad de mercado ni la transparencia. Y tampoco de la excelencia en construcciones y tecnología. Y América Latina tiene urgencias en institucionalización, tejido competitivo, seguridad y orden jurídico.

Pero Estados Unidos no es inocente. Lleva décadas de inacción en lo que despreciativamente han denominado su patio trasero. Además de buscar lazos comerciales, su política exterior ha sido errática. Superados los regímenes autoritarios de los años setenta y ochenta, EEUU apenas ha tomado iniciativas políticas salvo para, con Obama, negociar con Cuba un tratado que dejaba margen a seguir con la dictadura.  Y ni hablar de Venezuela donde, salvo grandes palabras, han dado espacio al chavismo durante años.

Ahora, EEUU parece querer reaccionar ante las estrategias de Rusia y de China. Pero tendrá que ir más allá de las visitas y reducir el proteccionismo levantando las antiguas banderas de las libertades, tanto políticas como de mercado. (Foto: Buddhima W. Wickramasingue, Flickr)

paradoja irani

La paradoja iraní

La crisis en Irán, en la que las manifestaciones populares contra el régimen teocrático convergen contra el presidente Rohani con el sector más duro del régimen que acusa al Gobierno de blando y conciliador, está creando una curiosa paradoja. Mientras se deterioran las relaciones del régimen con amplias capas de la sociedad se fortalece la relación exterior del Gobierno con Europa, Rusia y otros países ante la presión de Donald Trump para modificar el tratado nuclear con Teherán y el temor a que una desestabilización aumente la inestabilidad regional. Y todo eso se desarrolla cuando la pugna entre Teherán y Ryad, paladines respectivamente de chiitas y sunnies, está atravesando el mundo árabe y marcando la política exterior y los intereses nacionales de cada país.

Una vez más, EE.UU. y la Unión Europea, en este caso con Francia a la cabeza, aparecen con posiciones divergentes frente al inestable espacio geoestratégico de Oriente Medio. Emmanuel Macron está aprovechando la ventana de oportunidad que la errática política de EEUU abre e, indirectamente, coincide (como en otros tiempos) con la estrategia rusa de fortalecer sus lazos y su presencia en la zona, cosa que Putín parece estar consiguiendo.

Sin embargo, el pragmatismo basado en el mal menor tampoco lleva directamente al éxito. Irán tiene una estrategia a largo plazo de constituirse en potencia nuclear con dos objetivos en el punto de mira: Arabia Saudí y sus aliados sunníes, e Israel, país al que constantemente amenaza con destruir en sus discursos oficiales. El actual convenio con Irán no frena esta estrategia, sólo la aplaza, y no da ninguna garantía a la única democracia existente en la zona: Israel. Así, Arabia saudí está desarrollando sus propios planes de dotarse de armamento nuclear con apoyo técnico de Pakistán y fortaleciendo sus alianzas contra Teherán. E Irán, por su parte, trata de convertir la previsible victoria total de Bashar al-Ássad en Siria en el establecimiento de una potente cabeza de puente directamente frente a Israel. Y Macron debería meditar sobre el conjunto y no exclusivamente en el interés nacional de Francia, que no es necesariamente en de todos los países europeos.

Kalashnikov

Putin saca el pabellón

Rusia ha anunciado oficialmente, hace unos días, el despliegue de su más moderno sistema antimisiles y de intercepción de aviones y drones, el S-400, en Vladivostok, en el extremo oriental del país y a sólo 130 kilómetros de la frontera con Corea del Norte. El regimiento de defensa aérea 1533, que opera en la ciudad sobre la costa del Mar del Japón, estaba previamente armado con los S-300, pero este año su equipo fue actualizado.

El paso dado por Moscú no es casual ni inocente. Rusia está actuando en muchos frentes a la vez en su estrategia de posicionarse otra vez como segunda potencia mundial y tiene en Oriente Próximo y Europa sus principales escenarios estratégicos. En el primer caso, Putin está triunfando consolidando a sus aliados, aumentado su presencia política y militar y apareciendo como “pacificador” de referencia, sobre todo ante la cadena de errores y ausencias de Estados Unidos.

El segundo escenario es más complicado para Moscú. A pesar de su victoria en Crimea y su permanencia militar en el este de Ucrania, no ha alcanzado sus objetivos de conseguir que la OTAN de pasos atrás en sus propósitos de integrar a ex aliados de la Unión Soviética. Y la presión rusa, de momento indirecta, sobre las repúblicas bálticas ha sido respondida con un despliegue militar disuasorio de los aliados occidentales.

¿Y en el Pacífico? El gran protagonista del escenario es China, que lleva años desarrollando una estrategia de reforzar su presencia en todos los terrenos. No es una presencia eludible ni desplazable y Estados Unidos parece haber renunciado a intentarlo. Rusia, de perfil, ha venido reforzando sus lazos con China, pero no puede quedar definitivamente fuera de juego en la zona. Eso explica el doble juego de Putin de proponer conversaciones y desplegar un sistema antimisiles mientras critica las provocaciones de Trump por hacer exactamente lo mismo.

Minitrump

El asombroso líder menguante. Miguel Ors.

(Foto: Woodrow Village, Flickr) Los republicanos están encantados con Donald Trump. Hace un año, cuando la era de Barack Obama tocaba a su fin, el 70% creía que el mundo respetaba cada vez menos a Estados Unidos. El último sondeo de Pew Research revela que esa proporción se ha reducido al 42%. Los demócratas discrepan: los que piensan que el mundo respeta menos a Estados Unidos han pasado en el último año del 58% al 87%.

¿Y qué opina el mundo? Discrepa, como los demócratas. En Occidente, los niveles de aceptación de Trump son peores que los de George W. Bush cuando invadió Irak. Solo hay dos países cuya población se fía más de él que de Obama: Israel y Rusia.

“Es posible que los republicanos estén simplemente desconectados de la realidad”, reflexiona The Economist. “Otra opción, sin embargo, es que prefieran ser temidos que amados”. Se trata de una conocida recomendación de Maquiavelo. “Es más seguro”, argumentaba el pensador florentino, porque el miedo es una emoción que el príncipe puede inspirar a voluntad y de forma casi ilimitada, mientras que el afecto es un vínculo que no depende enteramente de él y que “los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que les conviene”.

Esta lógica funciona muy bien en determinados ámbitos. Por ejemplo, si eres la primera economía del planeta y debes cerrar un acuerdo agrícola con Ecuador, es más fácil salirte con la tuya negociando mano a mano que en el seno de la Organización Mundial del Comercio. Por eso Trump reniega de los tratados multilaterales, cuyas reglas constriñen absurdamente sus movimientos como los liliputienses a Gulliver.

Siendo esto tan obvio, ¿cómo es que Washington ha liderado la creación de un entramado institucional que somete las disputas a la fuerza de la razón (que no siempre tiene) y no a la razón de la fuerza (que le favorece claramente)? Porque la intimidación tiene un recorrido limitado. Lo estamos viendo en Oriente Próximo y en Asia. No es que el Pentágono no pueda torcerle el brazo a Irán o Corea del Norte; es que es incapaz de ganarles una guerra a los zarrapastrosos de los talibanes.

Mantener la estabilidad que ha permitido al planeta alcanzar niveles de bienestar desconocidos en la historia de la humanidad requiere la cooperación del resto de la comunidad de naciones, y ¿quién va a sumarse al proyecto de un déspota que antepone sus intereses a cualquier otra consideración? La inmensa mayoría de los Gobiernos se alinean hoy con la Casa Blanca porque desconfían de Putin o de Xi Jinping. Pero si al final no va a haber diferencia entre la una y los otros, Trump se va a encontrar bastante aislado.

Muchos republicanos disfrutan cuando su presidente aparta de un manotazo al primer ministro de Montenegro para quedar en el centro de la fotografía. Creen que así recuperan el lugar que les corresponde en el concierto internacional, pero solo socavan un poco más un poder blando que echarán de menos en el futuro. “Esta es la paradoja de Trump”, escribe Richard Wolffe en The Guardian: “cuanto más intenta afianzar el liderazgo de Estados Unidos, menos liderazgo ejerce”.

mancuernas

Rusia sigue fortaleciéndose en Asia

Las importantes maniobras militares entre Rusia y China revelan como Moscú está en un lenta y decidida estrategia de fortalecer o avanzar en sus posiciones en Asia. Mientras mejora sus posiciones con China, con acuerdos comerciales y energéticos y con una posición cercana respecto a la crisis con Corea del Norte, Putin fortalece los lazos con India, que se encuentra con un crecimiento de la tensión de este país con China en su frontera común en Cachemira.

Putin sigue avanzando en su candidatura a ser la segunda superpotencia mundial y ganar voz, como en los tiempos de la URSS, en todos los asuntos importantes de la agenda internacional en un contexto en el que EEUU vacila y China avanza en el tablero.

India es un aliado importante. No sólo por la importancia de su mercado, su crecimiento económico y su desarrollo tecnológico sino también por su posición geopolítica. Con una China presente en su frontera norte que, además, mantiene lazos con Pakistán, el gran enemigo de India por sus disputas territoriales entre otras cosas, y con una posición avanzada frente a la ruta del petróleo del Golfo a la vez que sobre el Índico, es un protagonista necesario. Además, el pragmatismo de India ha hecho que manteniendo sus lazos con Moscú, mejore sus relaciones con Estados Unidos y Europa y, lo que no es nada sorprendente por razones obvias, con Israel.

India puede ser un contrapeso importante en los conflictos regionales y en los mundiales y Rusia no quiere dejar de tener sitio en su mesa. La situación en el sureste asiático no es completamente estable y crecen los problemas étnicos y hacia el oeste de India, el escenario afgano-pakistaní sigue enredado y aparecen contradicciones en la política estadounidense y el éxito ruso-iraní en Siria, al menos de momento, hace subir la cotización de Putin. Más piezas sobre el tablero.

Grito

La escalada verbal

Cada semana, la escalada verbal entre Corea del Norte y Occidente, léase Estados Unidos, sube unos grados más. En realidad es difícil que la tensión suba un escalón más en el terreno de las palabras. ¿Se pasará al terreno militar y al enfrentamiento directo? Según los expertos es difícil, pero cada vez menos descartable, entre otras cosas porque puede ocurrir que los provocadores acaben presos de sus provocaciones y tengan necesidad de demostrar que van en serio.

En realidad, a pesar de las buenas voluntades, se van rompiendo los puentes y las vías de intermediación, y China, país especialmente situado en condición de ejercer sus buenos oficios, no quiere acabar dando a Estados Unidos una solución que refuerce su presencia en la zona. Esta es una de las claves. Otra es la dificultad de acabar con los lazos comerciales existente entre China y Corea del Norte.

Y luego está el factor ruso. Rusia también mantiene relaciones comerciales con Corea del Norte y quiere recuperar protagonismo asiático, aliándose con China si no hay más remedio. Putin tiene una política de Estado para cada problema en el planeta y quiere ejercer como la gran potencia que fue y quiere volver a ser. Estos son los elementos de una situación de gran dinamismo que la Unión Europea y Estados Unidos deberían afrontar. Preferiblemente juntos.

Hizbullah

Irán juega sus cartas. JulioTrujillo

Aunque a pasos torpones y erráticos, Trump va definiendo una nueva estrategia exterior norteamericana que está ya teniendo consecuencias en el realineamiento de algunos países y el dibujo de algunos escenarios diferentes.  A pesar de que, con los viejos tópicos, los adversarios de siempre y los intelectuales “comprometidos” emiten sus dictados anti Trump desde sus brillantes columnas de viejos periódicos o de sus despachos universitarios, y subrayan los detalles atrabiliarios del presidente de EE.UU. por encima de sus decisiones profundas, éstas van cambiando algunas cosas. Y todas estas cosas están introduciendo cada día elementos nuevos en el escenario que va desde el Mediterráneo al Pacífico donde están, hoy, los mayores puntos de inestabilidad y de riesgo para la seguridad internacional.

Una de las últimas decisiones, la de imponer nuevas sanciones a Irán, corregir algunas de las concesiones de Obama y la Unión Europea y alertar de las continuas amenazas iraníes de completar el trabajo de Hitler y acabar con los judíos y, por supuesto, con Israel, ha obligado a Teherán a mover piezas.

Irán está, en estos momentos, combatiendo militar y políticamente en dos frentes importantes y varios accesorios. Por una parte, Teherán tiene fuerzas en Siria, donde combate junto a Hizbullah, las tropas de Bashar el Asad y los rusos contra la nebulosa de grupos de la oposición, que van desde el Daesh, contra el que oficialmente están todos, hasta grupos kurdos apoyados por Europa y Estados Unidos sin olvidar varias milicias coordinadas por Al Qaeda o con intereses independientes que se suman de manera oportunista a quienes les convenga en cada situación.

Mientras tanto, expertos y asesores iraníes combaten en Yemen, junto a los chiitas hutíes, contra los sunnitas locales apoyados por una coalición de Arabía Saudí, Egipto y países del Golfo. Teherán, donde el sector menos radical de la teocracia acaba de verse reforzados en las elecciones, confiaba en que un acercamiento entre Estados Unidos y Rusia respecto a Siria olvidara aumentar la presión sobre Irán. Pero Trump no ha cerrado acuerdos con Putin y ha recuperado la desconfianza oficial hacia los planes iraníes de seguir desarrollando armas nucleares y ha aprobado nuevas sanciones.

En ese escenario, Teherán ha realizado varios movimientos rápidos los últimos días: ha enviado una delegación a Corea del Norte, ha intensificado su ofensiva diplomática en América Latina y ha declarado que “todas las opciones están sobre la mesa si Estados Unidos rompe el tratado firmado” con el régimen de los ayatolláhs. Esta nueva situación fortalece, paradójicamente, el discurso y los intereses de Rusia y sobre esta base, Putin va a basar sus propuestas de gran acuerdo con Estados Unidos.

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INTERREGNUM: El desafío asiático de Europa. Fernando Delage

Tres sucesivas medidas de la administración Trump—el abandono del TPP, la falta de alternativa a la Nueva Ruta de la Seda y la renuncia al acuerdo de París sobre cambio climático—han dejado en manos de China el liderazgo del orden multilateral. De manera sorprendente, el mayor desafío al sistema liberal de posguerra procede de su creador, cuyas decisiones están facilitando así los objetivos de las potencias revisionistas.

Al repudiar el acuerdo de París, Trump revela su desinterés por la supervivencia de la comunidad euroatlántica y, por tanto, por lo que ha sido el pilar central de la política exterior norteamericana durante los últimos 70 años. Su anuncio se ha producido solo una semana después de su participación en las cumbres de la OTAN y del G7, donde desoyó las opiniones de sus aliados y mostró lo que cabe esperar de su gobierno. A partir de ahora, dijo la canciller alemana, Angela Merkel, apenas horas después de la reunión de Taormina, Europa tendrá que tomar las riendas de su futuro.

Putin nunca podía haber imaginado que un presidente norteamericano sabotearía las relaciones transatlánticas, ese objetivo tan deseado por Moscú desde 1945. Los líderes europeos ya no tienen más opción que tomarse en serio la política de defensa común y formar un consenso sobre Rusia. Pero el escenario geopolítico va más lejos, y los desafíos—y oportunidades—estratégicas que se abren para la Unión Europea aparecen ligados al rápido realineamiento de fuerzas que se está produciendo en el continente euroasiático. Quizá no fuera una coincidencia que los primeros ministros de China e India, Li Keqiang y Narendra Modi, respectivamente, visitaran en rápida sucesión Berlín y otras capitales europeas la semana pasada.

Mientras Trump “reñía” a Alemania por twitter por su política comercial y de seguridad, Merkel, en su rueda de prensa con Li, declaró que “China se ha convertido en un importante socio estratégico. Vivimos en tiempos de incertidumbre y vemos que tenemos una responsabilidad en ampliar nuestra asociación a todos las áreas y promover un orden mundial basado en el Derecho”.

Li reiteró por su parte el firme apoyo de China a la integración europea. Sólo 24 horas antes, en su comparecencia ante los medios con Modi, Merkel también subrayó “el papel de India como socio de confianza en grandes proyectos”, a la vez que el primer ministro indio defendió “una Europa más fuerte y proactiva en el mundo”.

¿Cabe mejor expresión del fin de una era? Las dos grandes potencias asiáticas, que suman el 40 por cien de la población del planeta giran hacia Europa, mientras Estados Unidos redefine sus intereses para ir no se sabe dónde. El escenario de transformación se acelera, y reinventar Europa significa hoy ante todo reconfigurar su papel en el mundo. Y para ello no basta con demonizar a Trump o arroparse en argumentos morales. El desafío consiste en articular una visión estratégica que promueva los intereses europeos a largo plazo, y proporcione a la Unión una capacidad de maniobra en el nuevo espacio económico y geopolítico euroasiático en formación. Cuando se cumplen 50 años de la publicación de “Le défi Américain”, el influyente ensayo de Jean-Jacques Servan-Schreiber, es Asia el continente que debe estimular un nuevo debate en Europa sobre cómo responder a la redistribución del poder global. Trump dejará algún día la Casa Blanca, y Estados Unidos y Europa volverán a mantener una estrecha relación, pero el mundo ya no será el que fue hasta noviembre de 2016.

Sheriff

Zafiedad, estupidez y estrategia.

Donald Trump es un hombre zafio que justifica su mala educación, personal y cultural, como lenguaje directo y su derecho a hablar con el “lenguaje de la gente”. Su dedicatoria, frívola, estúpida y fuera de tono, en el libro de visitas del Yad Vashem el museo israelí dedicado a la Shoa (Holocausto) son una muestra más que evidente de su ligereza intelectual y su escasa inteligencia emocional. Y a ese colofón de hace unas semanas debe añadirse sus comentarios sobre las mujeres, sus salidas de tono con algunos periodistas, su falta de contención verbal en sus contactos con líderes europeos o sus complicidades emocionales con algunos dirigentes rusos que hace tiempo están instalados en la chulería y la falta de elegancia, como es el caso del propio Putin.

Pero debajo de ese Trump empieza a dibujarse una estrategia, probablemente definida por su equipo, que parece clara. El presidente está decidido a que Estados Unidos tenga una estrategia respecto a Oriente Medio y Asia Central tras unos años en que la Casa Blanca parecía embrollada en un discurso de llevarse bien con todos y en conseguir el aplauso de la opinión pública políticamente correcta. Trump ha llegado a Arabia Saudí, les ha advertido de los lazos perversos con el Daesh en un mensaje no solo dirigido a Ryad sino también a Qatar, y les ha ofrecido ayuda militar frente a Irán a cambio de compromiso contra el Desh.
El islam sunní cuya autoridad religiosa encarna Arabia Saudí está en guerra con los chíies que apadrina Irán, en Irak, en Siria y, sobre todo en Yemen, en un conflicto en abierta confrontación militar. De esa confrontación provienen en realidad los lazos entre Al Qaeda, Daesh y el islam sunní, todos enemigos de los chíies. El campo chíi agrupa al régimen de Bachar el Asad de Siria, a sectores irakíes, al Estado paralelo que representa Hizbullah en Líbano (con tropas en Siria) y, como aliado estratégico, la Rusia de Putin. Con esa política, EEUU ha marcado el campo y redoblado su apoyo a Israel, no sólo la única democracia de la zona sino el único proyecto de vida con estándares occidentales y donde cristianos y musulmanes, además de judíos,  gozan de mayores libertades y seguridad en toda la región.
La política, si es el arte de lo posible, constituye una partida que hay que jugar con las cartas que tocan, y colocarse por encima del juego real es peligroso y un factor propagandístico de primer orden. Irán es hoy una potencia en auge que desestabiliza la zona y para comprometerla en una reglas del juego manejables hay que dejarle claro los límites. Como se les deja, en otro plano, a Arabia, Pakistán y Egipto.
Pero, al lado de la zafiedad y la estrategia (se puede compartir o no, pero es un plan donde no había nada) aparece la estupidez. Los sectores progresistas europeos se rasgan las vestiduras y acusan a Trump de todos los males. Para ello exhiben la zafiedad presidencial y presentan oposición ética a la búsqueda de alianzas con los saudíes. Sin dejar de recordar que los mismos que piden principios contra Ryad son los que piden hacer “política” con Maduro y lo pedían con ETA, conviene advertir que, en el fondo, no hay una propuesta alternativa. Hay simplemente rechazo a Estados Unidos siempre que no gobierne un miembro del Partido Demócrata e, incluso entonces, con reparos.
Trump ha entrado en Europa como un elefante en cacharrrería, incluso cuando tiene razón  y dice que los aliados europeos tienen que gastar más en Defensa. Y hace bien Angela Merkel cuando advierte que los europeos deben aprender a caminar solos porque no hay, ni tiene por qué haber, una identidad absoluta de intereses. Pero no cabe duda de que es más lo que une a la UE y a Estados Unidos que lo que los separa. Y Rusia es un adversario a los intereses de ambos en todos los terrenos.
Trump ha comenzado a verle las sombras al brexit y se las verá a sus obsesiones proteccionistas. Pero incluso antes de eso está en el mismo campo que Europa.
Francia

La inmensa tarea de Enmanuel Macron. Por Julio Trujillo.

En su discurso de la noche electoral, ante sus seguidores y a las puertas del Louvre, el elegido nuevo presidente Macron insistió no menos de cinco veces en que tenía ante sí una inmensa tarea y subrayó la necesidad de crear las condiciones para que, en cinco años, los que ahora han votado en clave populista no se sientan tentados a volverlo a hacer. Es verdad que es una inmensa tarea en la que se suman la necesidad de articular en menos de un mes una formación política que le dé un grupo parlamentario en las elecciones de junio y esbozar las primeras medidas que transmitan un mensaje reformista a quienes le ha votado.

Sin embargo, el tirón electoral hacia la extrema izquierda y la extrema derecha tienen una misma base sociológica e ideológica por encima de las apariencias  (nostalgia de un Estado providencial, rechazo a toda medida liberal, desconfianza en la Unión Europea y melancolía mitificada de la época del franco francés), y esto va a ser leído por todo el espectro político, y también por el presidente Macron como un mensaje para reorientar algunas políticas. Por eso, algunas de las medidas anunciadas por Macron en la campaña electoral van a ser meditadas con mucho cuidado. De hecho, ya en la misma noche electoral, la parte de la izquierda que ha apoyado a Macron ya insistía en la necesidad de abandonar la senda de la austeridad para contentar a la demagogia populista, es decir, gastar más dinero público en contentar a esos sectores que en tomar medidas para impulsar una economía más competitiva. En todo caso, en este terreno el debate ya existe hace meses y los límites del mismo los marcará Alemania, que también tendrá que enfrentarse en poco tiempo, en septiembre, a elecciones generales.

Pero sí hay un terreno en el que Macron puede emitir mensajes que aglutinen a gran parte de la nación, y es en la política exterior y de defensa en las que el presidente va a sacar músculo nacional y aumentar el protagonismo francés en la escena internacional, insistiendo, como todos sus predecesores, en sugerir una grandeur hace tiempo en decadencia si es que existió alguna vez. Ya ha hablado el entorno presidencial de encuentros más o menos inminentes del presidente Macron con Merkel, Putin y Trump. Con Gran Bretaña fuera de la UE, Francia va a levantar la bandera europea en torno a su política exterior que será beneficiosa para toda la Unión según cada caso.

Partiendo de esta hipótesis, ¿dónde tratará Francia de escenificar su ascenso a las potencias? Ya lo hace en África, donde lleva décadas compitiendo con discreción con Estados Unidos, pero ha estado siendo desplazada de Oriente Próximo en donde fue potencia colonial, y es bastante plausible que trate de reaparecer con iniciativas propias, tal vez no muy alejadas de las de Putin, en aquella zona partiendo del conflicto sirio. Y aquí Francia va a intentar presentar una defensa de sus intereses nacionales con la bandera de la Unión Europea y con el apoyo de los socios de la UE entre los que no estará totalmente de acuerdo Gran Bretaña. Y también Asia-Pacífico. Europa, y por lo tanto Francia, no pueden ignorar el protagonismo chino y los riesgos de Corea del Norte en una zona de la que la UE lleva décadas desaparecida.

Este es el escenario para una Francia desgarrada, necesitada de referencias en una Europa que ha respirado de alivio por el presente inmediato pero que tendrá que asegurar el futuro. Es, efectivamente, una inmensa tarea.