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INTERREGNUM: Biden vuelve sobre Taiwán. Fernando Delage

El 18 de septiembre, en una entrevista en televisión, el presidente Joe Biden indicó que Estados Unidos intervendría en defensa de Taiwán si China lanzara un ataque no provocado sobre la isla. Sus palabras, las primeras sobre la cuestión después del viaje a Taipei de la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, a principios de agosto, no constituían sin embargo ninguna novedad. Por cuarta vez en poco más de un año, Biden se expresó en ese sentido sobre el compromiso norteamericano. Y, como en las ocasiones anteriores, su administración negó inmediatamente después que Estados Unidos haya cambiado de política. ¿Es creíble este desmentido? Sobre todo, ¿resulta convincente para Pekín?

La reiteración del mensaje obliga a pensar que no se trata de un simple error. En un contexto de creciente presión de la República Popular sobre Taiwán—y de hostilidad de Washington hacia Pekín—políticos y expertos norteamericanos consideran que ha llegado la hora de sustituir la “ambigüedad estratégica” mantenida desde 1979 sobre lo que se haría en caso de conflicto, por una posición de mayor claridad. Para algunos especialistas, esta última sería compatible con el continuidad del principio de “una sola China”, pero el propio Biden ha puesto de manifiesto la contradicción. En la entrevista con la CBS, en efecto, Biden no se limitó a transmitir una nueva “claridad”, sino que añadió: “es Taiwán quien hace sus propios juicios sobre su independencia (…); es su decisión”.  En otras palabras, el presidente dio a entender que son sólo los taiwaneses quienes deben pronunciarse, y que Estados Unidos apoyaría su decisión. Éste sí es un giro relevante.

Desde el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular, sucesivas administraciones norteamericanas han rechazado de manera explícita la independencia de Taiwán. Así sigue apareciendo en la página web del departamento de Estado, y así lo reiteró su titular, Antony Blinken, en su discurso de la pasada primavera sobre la política hacia China. Siempre se consideró que se trataba de una exigencia ineludible para evitar que Taipei siguiera un camino que pudiera provocar un ataque por parte de Pekín. China ya dejó claro en la ley antisecesión de 2005 que el recurso a la fuerza sería la respuesta a todo intento de independencia.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, que se encontraba en Nueva York para asistir a la Asamblea General de las Naciones Unidas, fue el primero en advertir sobre las consecuencias de la violación de esta ley, sólo horas después de las palabras de Biden. Tanto en su visita  personal a Henry Kissinger el pasado lunes, como en su posterior encuentro formal con Blinken a finales de semana, Wang manifestó su preocupación por el impacto de estos movimientos sobre las relaciones entre China y Estados Unidos. Ocurre, además, que no han sido sólo Biden y Pelosi quienes parecen haber alterado el statu quo. El 14 de septiembre, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado dió el visto bueno a la tramitación de la “Taiwan Policy Act” por una amplísima mayoría (17 frente a 5). Si el Congreso aprueba el borrador actual—que eleva de manera significativa el estatus diplomático de la isla y el apoyo militar y económico norteamericano—la nueva ley reconfigurará por completo la política de los últimos 40 años, vaciando de contenido la idea de “una sola China”.

La Casa Blanca se opone parcialmente a ese borrador, que ahora discutirá la Cámara de Representantes. Lo relevante, en cualquier caso, es que si China concluye que Washington apoya la independencia de Taiwán, su presión económica, política y militar sobre Taipei irá lógicamente en aumento. La proximidad de las elecciones parciales al Congreso pueden haber llevado a Biden a exponer un ajuste retórico con respecto a la posición tradicional de Estados Unidos, pensando quizá que podría contribuir de este modo a alejar a Xi de la tentación del uso de la fuerza.Pero lejos de reforzar las posibilidades de disuasión de Pekín, sus dirigentes han percibido por el contrario una nueva provocación que no hará sino agravar la inseguridad de la isla y la inestabilidad en el estrecho

Para Beijing, la reunificación de Taiwán es incuestionable. Nieves C. Pérez Rodríguez

En medio del mayor número de maniobras militares realizadas por el Ejército Popular de Liberación de China en los alrededores de Taiwán como una contundente muestra de rechazo a la visita de Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, Beijing publicó el nuevo Libro Blanco sobre Taiwán titulado “La cuestión de Taiwán y la reunificación de China en la nueva era”.

El documento se hacía público justo cuando se cumplía una semana de la visita de Pelosi a la isla como otra muestra de su rechazo y a su vez por la necesidad de ratificar que Taiwán es territorio chino. El preámbulo reza:

… “Resolver la cuestión de Taiwán y realizar la reunificación completa de China es una aspiración compartida por todos los hijos e hijas de la nación china. Es indispensable para la realización del rejuvenecimiento de China. También es una misión histórica del PC chino”.

En esos tres puntos se resume la importancia política de la reunificación como ellos la llaman. Es una aspiración de los ciudadanos porque estos han sido ideologizados bajo el esquema de una China con dos modelos o lo que es lo mismo un país dos modelos, pero siempre enfatizando la idea de que es una solo nación.  Xi Jinping recuperó varios términos desde que se hizo con el poder, como es el sueño chino o el rejuvenecimiento de China, que a diferencia del sueño americano donde un individuo con su trabajo puede conseguir lo que se proponga, el chino es la subordinación de los sueños individuales en pro del sueño colectivo. Y definitivamente, el PC chino lo ha promocionado desde que tomó el poder una misión histórica porque desde su creación han insistido en que Taiwán es parte del territorio de China.

Claramente, el rejuvenecimiento del que tanto habla Xi es una necesidad y una oferta política de carácter nacionalista que, en el fondo, busca el impulso económico de China y a su vez la consolidación y liderazgo internacional chino en el mundo. Y en el plano doméstico se traduce como el retorno o vuelta de los territorios desperdigados, cuya lista hasta hace poco incluía a Macao y Hong Kong, pero que en el documento afirma que una vez que han regresaron se restauró el orden y la prosperidad en esos territorios.  Aun cuando reconocen que en Hong Kong hubo un periodo de agitación que fue superado gracias a la represión de las fuerzas de seguridad china.

En el libro Blanco de Taiwán se recrea la historia que ha vinculado a China y a Taiwán desde la antigüedad, basado en descubrimientos arqueológicos en ambos lados del estrecho, pasando por distintas dinastías, documentos y hechos históricos. Todo para justificar que son parte de China porque así lo han sido desde tiempos remotos. Y de hecho literalmente dice: “Después de un siglo de sufrimiento y privación, la nación ha superado humillación, emergió del atraso y abrazó oportunidades ilimitadas de desarrollo. Ahora China se dirige hacia el rejuvenecimiento”.  Dejando por sentado que a pesar del tiempo que Taiwán ha sido independiente, que es más de un siglo, están cada vez más cerca de la reunificación.

Sin embargo, el sentimiento ciudadano en Taiwán es otro. Hoy en día sólo el 2% de los taiwaneses se identifican exclusivamente como chinos lo que se traduce en una caída del 25% en las últimas tres décadas, según la Universidad Nacional de Chengchi, que es uno de los centros de estudios más prestigiosos de Taiwán. Curiosamente Beijing, a pesar de su crecimiento indiscutible en los últimos años, ha conseguido más distanciamiento de esos territorios y rechazo social de esos ciudadanos.

El documento asevera en múltiples ocasiones que la reunificación es un proceso que no puede ser detenido porque es crítico para el rejuvenecimiento de la nación, así como que el progreso de China es la prueba que marcará el bienestar en ambos lados del estrecho, “desarrollo que se ha alcanzado gracias al socialismo con características chinas y al alto precio del mismo.  Cualquier intento de fuerzas separatistas para prevenir la reunificación está destinado al fracaso”. Y por último sostienen que si fuerzas externas obstruyen la reunificación de China serán vencidas.

Aunque asegura el texto que trabajarán para una reunificación pacífica, afirman que no renunciarán al uso de la fuerza, así como se reservan la opción de tomar las medidas necesarias para cumplir el objetivo. Si bien a lo largo del documento invitan a los taiwaneses a trabajar de la mano como “patriotas”, el desacato es considerado como un crimen que será penado.

Aunque este es el tercer Libro Blanco sobre Taiwán (el primero fue en 1993 y el segundo en 2000) el momento en que ha sido publicado es sin duda decisivo para Beijing, que aprovecha otro medio para manifestar su posición en medio de la crisis. En las primeras versiones se dejaba abierta la opción de que Taiwán mantuviera su sistema de semi autonomía, político, judicial y financiero, pero está última versión sólo describe que puedan mantener su sistema social y manera de vivir, que la misma ambigüedad genera inquietud e incógnitas.

El PC chino ha montado toda su estrategia basada en el control social y la manipulación individual, donde el ciudadano tiene que plegarse a lo que desde el partido / Estado se dicta. No existe una diferencia entre ambos, el partido usa la figura del Estado para imponer sus lineamientos, como lo hemos visto repetidamente en el Tibet, en Xinjiang, o en políticas como la de un solo hijo, que se impone sin importar la crueldad o el daño psicológico se coacciona a su cumplimiento.

Pulso en el Pacífico: vivir con más tensión

La visita de Nancy Pelosi a Taiwán, considerada por sectores del Partido Demócrata norteamericano y por el presidente Biden como inoportuna y señalada por muchos como provocación, ha creado una situación a partir de la cual van a cambiar muchas cosas y China ya ha decidido aumentar la presión sobre la isla disidente y mantener ese nivel hasta que una coyuntura más favorable le permita “reunificar” su nación, es decir, ocupar militar y brutalmente la isla, destruir su sistema democrático, apropiarse de su extraordinaria producción industrial y cumplir la gran obsesión del Partido Comunista Chino desde la guerra civil en que consolidó su tiranía aunque no pudo extenderla a la isla rebelde.

Pero en el fondo, la reacción china, que sólo era cuestión de tiempo, es básicamente, en este momento, un ejercicio de exhibición de poder bélico para ocultar su frustración y su impotencia al no poder impedir el viaje de la presidenta del Congreso de Estados Unidos a la isla. La propaganda china (como la rusa por otra parte) viene insistiendo desde hace años sobre el declive de Estados Unidos y su incapacidad progresiva para liderar Occidente y, aunque exista  una evolución en este sentido que merecería un debate reposado y honrado, China y Rusia parecen haber confundido los tiempos y creer que ese proceso de declive está ya avanzado y han acelerado. Y Rusia ha demostrado su inferioridad militar en Ucrania y China no es capaz, todavía, de suscitar un desequilibrio político y militar a su favor en el Indo Pacífico.

Y, por otra parte, Occidente no puede abandonar gratis a Taiwán, y no sólo por los intereses de los taiwaneses, porque dejar que China vaya imponiendo soluciones autoritarias progresivamente es una amenaza global a los sistemas democráticos, a la libertad comercial y al progreso.

Detrás de la decisión de Pelosi hay un montón de factores relacionas con la situación política interna de Estados Unidos, la crisis de liderazgo en los dos grandes partidos, las elecciones parciales próximas y la pérdida de popularidad de la Administración Biden pero estas razones no deben ser la coartada para hablar de provocación, justificar en el fondo la amenaza china y, como hace la izquierda y sus compañeros de viaje, señalar a Estados Unidos como el origen de todos  los conflictos. Porque detrás de todo ese discurso se esconde una negación a aceptar retos que exijan sacrificios y de ahí nace una creciente, y peligrosa si no se medita, presión a Ucrania para que vaya pensando en ceder y a no “provocar” a China. Es una vieja enfermedad europea que ha precedido a las dos grandes guerras mundiales y se sienten sus síntomas.

Taiwán, una vez más en el ojo del huracán. Nieves C. Pérez Rodríguez

La advertencia que ha venido haciendo reiteradamente Taiwán durante años y de la que en los últimos tiempos se han hecho eco muchos analistas y expertos, por desgracia parece estar llegando al punto de convertirse en un peligro inminente. El Partido Comunista chino ha expresado abiertamente sus ambiciones y en la medida en que han crecido y fortalecido su economía y poderío militar se sienten con el derecho de exigir y hablar más abiertamente y sin filtros.

Taiwán es una provincia china histórica de acuerdo con el PC chino, por lo que se oponen a cualquier iniciativa que pueda dar más legitimidad internacional a las autoridades taiwanesas y contacto oficial entre autoridades de Taiwán con otros países. Como suele suceder cada vez que se le da trato preferencial de Estado a un funcionario taiwanés, China se queja enérgicamente. Lo mismo ha sucedido cuando un país permite que abran una oficina pseudo diplomática taiwanesa en su territorio. Incluso Beijing ha ido más allá. En los países en los que existen o existían oficinas de intereses comerciales taiwaneses, a través de presión diplomática, económica y política, Beijing ha ido presionando a los Estados receptores hasta el punto de que muchas oficinas han desaparecido.

Desde que se diera a conocer que la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU quiere visitar Taiwán en medio de una gira que tiene pautada a Asia en agosto, la tensión entre China y Estados Unidos ha vuelta a subir, lo que rememora la era Trump y la guerra comercial en la que los días transcurrían intentando determinar hasta donde podría llegar la tensión e incluso especulándose sobre cómo esa lucha tarifaria podría comprometer las economías.

Para el PC chino Taiwán es parte de su territorio soberano, por lo que cualquier asunto que aborde o incluso roce la legalidad de la isla o su estatus hace a Beijing reaccionar bruscamente. Sin embargo, las visitas de oficiales estadounidenses se suceden con frecuencia y aunque Beijing las sigue muy de cerca toca admitir que la reacción esta vez ha sido mucho más extrema.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, advertía de que China tomará medidas firmes y decididas si Pelosi continuaba con los planes de su visita. Incluso el Ministro de Defensa chino llegó a sugerir que podría haber una respuesta militar.  Lo que claramente demuestra el nivel de irritación del gobierno chino.

Pelosi es una figura muy prominente en la política de los Estados Unidos, tiene 35 años de servicio en el Congreso, ha sido muy crítica de las violaciones de derechos humanos en China y además es una mujer muy respetada internacionalmente por su larga trayectoria y, como si todo eso fuera poco, es además la segunda en la línea de sucesión a la presidencia de los Estados Unidos de pasarle algo a Biden. Lo que todavía la eleva a un rango más alto internacionalmente.

Todas estas razones han abierto un gran debate en Washington mientras que del otro lado del Pacífico ha causado conmoción. El General Mark Milley, jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos, declaró que “si Pelosi solicitase apoyo militar para el viaje, yo mismo haré lo necesario para garantizar que transcurra con seguridad”. Mientras que cuando un periodista preguntó al mismo presidente Biden sobre el posible viaje dijo: “que el ejército no cree que sea una buena idea en este momento”, cosa que no sorprende porque Biden tiene una fuerte propensión de responder lo que le viene en el momento y no seguir el guion de la Casa Blanca. Es bien conocida esta tendencia entre quienes han trabajado cerca de él desde su paso por el Congreso, durante su etapa como vicepresidente o incluso los que trabajan hoy para su Administración.

Una respuesta que, aunque sea razonablemente acertada, muestra desmembración o división en el Partido Demócrata y, sin duda, debilidad frente a China. Pelosi conocida también por su astucia política e ironía respondía a los periodistas que ella creía que “el presidente había dicho era que tal vez los militares tenían miedo de que mi avión fuera derribado o algo así…”, saliendo mejor parada que el mismo Biden del altercado.

Es muy probable que la razón por la que China ha reaccionado tan fuerte es porque esta visita se ha filtrado. Desde que el Financial Times lo publicó no se ha parado de hablar del viaje en cuestión. No obstante, en abril de este año se llevó a cabo una visita “no anunciada” de un grupo de representantes a la que justamente Pelosi tenía previsto unirse, pero debido a que se contagió de Covid-19 no pudo asistir con sus colegas.

Hace veinticinco años que Taipéi no recibe la visita de un presidente de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. En 1997 el republicano Newt Gingrich visitó Taiwán junto con otros once miembros de su cámara en una visita oficial que tuvo una duración de tres días.

Esta polémica sucede la misma semana que estaba pautada la quinta cumbre virtual entre Biden y Xi Jinping en la que éste último afirmó que “aquellos que juegan con fuego acaban quemándose” además de que recordó que “hay una firme voluntad de 1400 millones de chinos de salvaguardar firmemente la soberanía integral territorial de China”.

Biden por su parte respondía que “EE. UU. no ha cambiado su posición frente a Taiwán y se opone enérgicamente a los esfuerzos unilaterales para cambiar su status quo”, durante las más de dos horas que duró el encuentro.

Coincidiendo con el mismo día de la cumbre virtual entre Biden y Xi, un portaaviones estadounidense y su grupo de ataque regresaron al Mar de China meridional después de una escala de descanso en Singapur, lo que para algunos observadores se traduce en una estrategia de despliegue en la región en medio del aumento de tensiones entre Washington y Beijing.

Nunca es un buen momento para subir tensiones entre dos potencias pero objetivamente ahora mismo la situación geopolítica internacional está especialmente complicada con la Guerra rusa en Ucrania y las consecuencias de ésta en los precios y distribución de los combustibles, los cereales y el impacto en la ya golpeada economía internacional debido a la pandemia.

A Estados Unidos le preocupa que, en el mismo marco de la invasión de Ucrania, Beijing vea un buen momento para invadir Taiwán basados en sus reclamaciones históricas. Aun cuando Washington ha aceptado la ambigüedad de estas reclamaciones, entiende que se basan en una nación dos modelos, y reconocen también que la agresividad que han venido manifestado en sus peticiones es cada vez más fuerte, tal es el caso de las aguas internacionales alrededor de Taiwán que ahora Beijing insiste en que son suyas.

Zack Copper, ex asesor del Pentágono y profesor de Georgetown y Princeton, y Bonnie Glasser, directora del programa de Asia de la Fundación German Marshall, en un artículo conjunto publicado por el New York Times explicaban que “una sola chispa podría encender esta situación combustible en una crisis que escale a un conflicto militar. Pelosi y sus asesores pueden pensar que esto tendría un efecto estabilizador, así como muchos en Washington creen que las fuertes demostraciones del compromiso de Estados Unidos con Taiwán disuadirán a China de una aventura militar. Pero en este momento la visita de Pelosi a Taiwán podría provocar una respuesta china contundente.

Cooper y Glasser afirman que sí a Xi se le acorrala en una esquina éste se verá presionado a reaccionar. Además, hay que tener en cuenta la cercanía con el congreso del Partido Comunista que puede servir de una mayor presión para que Xi tome una decisión inminente. Una escalada de tensiones por una visita oficial sería entendida por los aliados estadounidenses como ocasionada por Washington.

 

INTERREGNUM: Malas noticias para Pekín. Fernando Delage

Las últimas semanas no han sido fáciles para los dirigentes chinos. Los problemas parecen acumularse en un año en el que Xi Jinping quería verse libre de obstáculos de cara a la confirmación de su tercer mandato en el XX Congreso del Partido Comunista en otoño. El escenario económico empeora, mientras la primera visita de Biden a Asia ha servido para demostrar que, pese a la guerra de Ucrania, China no ha dejado de ser la prioridad central de la política exterior de Estados Unidos.

Los datos dados a conocer el 16 de mayo han revelado el impacto negativo que la política de covid-cero (con decenas de millones de personas confinadas), además de los efectos indirectos del conflicto en Ucrania, están teniendo sobre la economía: en abril se registraron los peores indicadores de los dos últimos años. Sin embargo, lejos de dar marcha atrás en la posición adoptada con respecto a la pandemia, el Comité Permanente del Politburó ha publicado duras advertencias contra quienes la cuestionen. Con independencia de las dudas sobre su eficacia desde una perspectiva sanitaria, su coste económico impedirá en cualquier caso que pueda lograrse el objetivo de un crecimiento del 5,5 por cien del PIB en 2022 (se aspiraba a conseguir una cifra superior a la de Estados Unidos).

Xi piensa que el liderazgo del Partido Comunista y “las ventajas del sistema socialista” bastan para resolver los problemas que afronta la nación. Así lo afirmó en el discurso que pronunció en la conferencia interna sobre economía celebrada el pasado mes de diciembre, y que ha publicado recientemente Qiushi, la revista teórica del Partido. Las dificultades existentes, dijo el presidente, tienen como principal causa la expansión sin freno del capital y del sector privado, un proceso que debe limitarse devolviendo un mayor control al gobierno. Esa ha sido en realidad su posición de siempre, lo que no ha evitado, sin embargo, la aparición de rumores sobre posibles enfrentamientos entre distintas facciones políticas.

La economía no es la única preocupación de Pekín. El viaje de Biden a Corea del Sur y Japón ha servido para reafirmar el compromiso estratégico norteamericano con la contención de la República Popular. Y da idea de la percepción de alarma de Pekín la activa campaña realizada en días previos por los responsables de su diplomacia con el fin de advertir a los socios de Washington del riesgo de una nueva guerra fría entre dos bloques.

En su visita a Corea del Sur, Biden confiaba encontrar en el nuevo gobierno del conservador Yoon Suk-yeol una mayor disposición a cooperar de lo que fue posible con su antecesor, el liberal Moon Jae-in. Washington quiere ampliar el enfoque regional de la alianza con Seúl y hacer que ésta se aproxime gradualmente al QUAD (el grupo formado por Estados Unidos, Japón, India y Australia). Un primer paso consiste en ayudar a mejorar las deterioradas relaciones entre Corea del Sur y Japón. Con el problema nuclear norcoreano por medio, siempre resultará difícil, no obstante, que Seúl se sume de manera explícita a una política de enfrentamiento con Pekín.

En Japón Biden dio un nuevo impulso a la alianza con su principal socio asiático, coincidiendo con el proceso de actualización por el gobierno de Fumio Kishida de la Estrategia Nacional de Seguridad, a la vez que se sondea la posibilidad de la incorporación japonesa a AUKUS. Pero la estancia en Tokio del presidente norteamericano no respondía sólo a motivaciones bilaterales; fue también la ocasión para anunciar formalmente el plan económico de la Casa Blanca para la región (el “Indo-Pacific Economic Framework, IPEF”), y asistir a la segunda cumbre presencial a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD. El IPEF se presentó con algunos cambios tras las reservas mostradas por los líderes de la ASEAN en la cumbre celebrada en Washington la semana anterior. En cuanto al QUAD, éste ha adquirido una creciente relevancia a la luz de la agresión rusa en Ucrania, si bien se plantean nuevas dudas sobre India, país que, como es sabido, no puede prescindir de Moscú en su política de contraequilibrio de China.

Biden regresa a la Casa Blanca después de transmitir un claro mensaje de compromiso con la estabilidad asiática pese a la guerra en curso en Europa, y haber reforzado la cooperación con sus aliados frente a las ambiciones revisionistas chinas. La retórica y las advertencias de Pekín parecen confirmar que ha logrado su principal objetivo.

 

Biden en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Esta semana comenzaba con el revuelo causado por la respuesta de Biden a una periodista que le preguntaba que si estaría dispuesto a intervenir militarmente en el caso de que China invadiera a Taiwán, a lo que el presidente no dudó ni un segundo en responder con un simple sí, un sí directo, pero con grandes implicaciones y fondo. Un sí como si se tratara de algo que tiene clarísimo. Un sí que nos lleva al Town Hall o foro consultivo de CNN el año pasado el que Biden respondió diciendo básicamente lo mismo: que Estados Unidos acudiría a defender a Taiwán si China atacara.

Aunque en ambos casos el equipo de Biden se ha apresurado a clarificar la respuesta, lo cierto es que no han podido desmentirlo del todo sino decir que la política exterior de los Estados Unidos no ha cambiado, sigue siendo la misma política exterior hacia China y que además siguen comprometidos con la paz y la estabilidad en Taiwán.

La visita de Biden a Asia tiene un gran significado en este momento. En primer lugar, es su primera visita a Asia como presidente y, en segundo lugar, con la actual situación internacional post invasión rusa a Ucrania. El mensaje a Beijing es directo y unificado por no condenar a Rusia. Y en tercer lugar por el estrechamiento de alianzas que consigue en la región, que serán claves que definirán el futuro cercano del Indo Pacífico.

El momento del viaje fue perfecto para lanzar la propuesta que Biden ya había anticipado en octubre del año pasado, definida como una pieza central de la estrategia de su Administración, el “Marco económico del Indo Pacifico” o el IPEF (por sus siglas en inglés, Indo-Pacific Economic Framework) que de entrada ha conseguido reunir a 13 países (Estados Unidos, Australia, Brunei, India, Indonesia, Corea del Sur, Malasia, Nueva Zelanda, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam) y cuyo compromiso, aseguró Biden, es “trabajar con nuestros amigos cercanos y socios en la región en los desafíos más importantes para garantizar la competitividad económica del siglo XXI, mejorando la seguridad y la confianza de la economía digital, protegiendo a los trabajadores, fortalecimiento las cadenas de suministros y combatiendo la corrupción”.

Básicamente, la propuesta consta de cuatro pilares fundamentales: 1. Comercio justo, que evite la explotación. 2. Resiliencia en la cadena de suministros, tema muy vigente debido a los retrasos producidos por la pandemia del Covid-19. 3. Infraestructuras y energías limpias, que busca minimizar el uso del carbón. Y, por último, combatir la corrupción en los gobiernos de la región para intentar una distribución adecuada de recursos y oportunidades en la población.

La Administración Biden está intentando retomar parte de las políticas anteriores, una de ellas aniquilada por el presidente Trump con la salida de Washington del TPP dejando a China como líder económico en la región.

La propuesta, además, promueve un Indo-Pacífico libre, justo e inclusivo. Asimismo se reforzó la necesidad de promover una red de 5G que mejore las conexiones de internet en la región y los miembros, una vez más dejando por sentando que debe ser una red distinta al 5G chino, que suscita muchas dudas sobre la seguridad de la información. Y también para los miembros del Quad, quienes necesitan intercambiar constantemente información sensible por vías seguras.

La visita, que comenzó en Corea del Sur, fortaleció tanto los lazos estratégicos como los tecnológicos. En efecto, minutos después de aterrizar en Seúl, Biden se dirigió a la planta de producción de semiconductores Samsung, dejando claro la importancia del aspecto de la seguridad económica de la primera economía del planeta, así como la visita a una base militar americana en territorio surcoreano. La seguridad, otro elemento estratégico de la visita.

La semana pasada, Sue Mi Terry, ex directora de Asuntos Asiáticos en el Consejo de Seguridad Nacional, publicaba un artículo en el Wilston Institute en el que explicaba que el presidente estadounidense y el surcoreano podrían reformar la alianza de ambas naciones para el siglo XXI. Mi Terry sostiene que las similitudes en las personalidades de ambos líderes podrían generar una química especial entre ellos. Explica que ambos son amantes de las mascotas y viven una vida bastante sencilla y anclada a la realidad a pesar de sus posiciones, ambos son campechanos en el trato, y ella predecía que esas semejanzas podrían ser la clave para que ambos mantengan una relación muy próxima y estratégica que redimensione la alianza actual a un plano más profundo.

La siguiente parada fue en Tokio, en donde el primer ministro japonés, Fumio Kishida, destacó el desafío de garantizar la paz y la prosperidad de la región como el tema estratégico más importante para la comunidad internacional, por lo que las dos grandes democracias del mundo deben asumir un papel de liderazgo.

La absurda guerra de Ucrania cambio la situación internacional en pocos días. Uno de esos cambios es que las naciones hablan abiertamente del grave peligro de Rusia y por tanto a cualquier sistema que se le parezca, por lo que el temor a las pretensiones expansionistas chinas genera más desconfianza. En ese contexto la respuesta de Biden de que sí intervendría militarmente si China invadiera Taiwán no es tan sorprendente. En Corea del Sur hay bases militares estadounidenses y tropas haciendo ejercicios todo el año, al igual que en Japón. Ahora, con la presencia del Quad, esa presencia es mucho mayor geográficamente hablando, pero también es más compleja porque incluye intercambio de información extenso. La prioridad de su Administración en política exterior antes de lo de invasión a Ucrania era el Indo-Pacífico y su estabilidad y libertad de navegación de los mares.

 

Biden: Una visita y un aviso

Con la visita del presidente Biden al oriente asiático, la Administración de EEUU ha emitido a China un aviso claro de que, aunque Rusia haya ratificado su carácter de mayor amenaza a la estabilidad internacional, no se ha bajado la alerta ante China, sus movimientos expansionistas económico militares y sus amenazas a la China democrática, es decir, Taiwán. De esto se ocupan esta semana nuestros colaboradores Fernando Delage y Nieves Pérez.

Como hemos venido diciendo, la invasión a Ucrania y las agresiones rusas han sacudido todos los escenarios estratégicos del planeta y eso está produciendo realineaciones y fortalecimiento de lazos antiguos producidos por la incertidumbre.

China está también descolocada con la aventura rusa, que ha trastocado sus planes, y está haciendo equilibrios imposibles para mostrar a la vez apoyo a Rusia y gestos de buscar un acuerdo de paz en Europa sin resultados aparentes. Además, China pasa por crecientes dificultades económicas por su política anti COVID y eso obliga a Pekín a extremar la prudencia en sus decisiones.

Y ahora aparece un elemento añadido que puede introducir cambios en el escenario regional: la victoria del centro izquierda en las elecciones australianas tras diez años de gobierno conservador. La que era oposición australiana hasta ahora venía defendiendo una actitud algo más blanda hacia China y su victoria pone interrogantes sobre el estrechamiento militar industrial entre Australia, EEUU y Reino Unido precisamente referido a la creciente amenaza china y a la necesidad de ser más firme ante sus amenazas.

INTERREGNUM: La ASEAN va a Washington. Fernando Delage

Sólo una semana antes de emprender un viaje a Corea del Sur y Japón, donde asistirá a la segunda cumbre presencial del QUAD a nivel de jefes de Estado y de gobierno, el presidente Biden recibió en Washington a ocho de los líderes de la ASEAN (sólo faltaron los presidentes de Myanmar y Filipinas). Esta cumbre especial, que ha servido para conmemorar 45 años del establecimiento de relaciones formales entre Estados Unidos y la organización, ha tenido una considerable relevancia al haberse situado el sureste asiático en espacio clave de la rivalidad estratégica entre Washington y Pekín. Los gobiernos de la región han podido recuperar el acercamiento a Estados Unidos que se perdió durante la administración Trump, un paréntesis durante el cual Pekín continuó avanzando en la integración económica con sus vecinos a través de iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda y la Asociación Económica Regional Integral.

La cumbre lanzó dos importantes mensajes. El primero es que, pese a la guerra de Ucrania, la administración Biden mantiene el impulso de su estrategia hacia el Indo-Pacífico como orientación central de su política exterior. En segundo lugar, en el marco de esa estrategia, se quiere superar la percepción de que Washington no termina de reconocer la importancia del sureste asiático en la dinámica económica y geopolítica del continente.

Ese reconocimiento se formalizó al elevarse la relación al nivel de “asociación estratégica integral” y nombrarse un nuevo embajador norteamericano ante la organización, un puesto que había estado vacante desde 2017. Washington se esforzó asimismo por mostrar una especial sensibilidad hacia las prioridades de sus invitados, y anunció una serie de iniciativas hacia la región—en áreas como energías renovables, seguridad marítima y digitalización—aunque su montante se limita a unos modestos 150 millones de dólares.

La Casa Blanca ha insistido en que valora el papel de la ASEAN en sus propios términos y no sólo en función de la competición con China. Pero es innegable que uno de los principales objetivos de la cumbre era el de sumar los gobiernos de la región a su perspectiva estratégica. Es sabido, no obstante, que éstos nunca se adherirán a una abierta política de contención de la República Popular, ni a un esquema de cosas que ponga en duda la centralidad de la ASEAN en la arquitectura de seguridad regional. Problemas similares presenta otra de las cuestiones fundamentales para Estados Unidos: su plan económico (el denominado Indo-Pacific Economic Framework, IPEF), que Biden presentará formalmente en Tokio a final de mes. Es significativo que el comunicado final no hiciera mención alguna al mismo, quizá como respuesta a las dudas de los asistentes. En opinión de los líderes del sureste asiático presentes en la cumbre, el plan carece de claridad con respecto a sus elementos concretos.

Quizá había un problema de expectativas insuficientemente realistas, pero cada parte quiere algo que el otro difícilmente puede darle. La ASEAN desea que Estados Unidos se incorpore al CPTTP—el acuerdo de libre comercio que sucedió al TPP tras su abandono por Trump—y que abra su mercado a las exportaciones del sureste asiático; una posibilidad que hoy por hoy no aprobaría el Congreso norteamericano. Los Estados miembros de la organización evitarán igualmente toda presión dirigida a obligarles a elegir entre Washington y Pekín, como querría la Casa Blanca. En último término, por tanto, la cumbre restableció buena parte de la confianza perdida, pero Estados Unidos aún tendrá que hacer un esfuerzo mayor si aspira a corregir la percepción—y la realidad—de que está perdiendo influencia frente a China en la subregión.

Kim Jon-un sigue en su tónica. Nieves C. Pérez Rodríguez

Este año comenzó con el temor de una posible guerra en Europa que, entre la incredulidad y miedo, revivía fantasmas del pasado que, por desgracia, resurgieron con la materialización de la invasión rusa a Ucrania. Esta guerra ha revivido la importancia de que los países aliados se mantengan unidos y alineados en la lucha por los valores fundamentales y soberanos. La atención mediática, como corresponde, ha estado centrada en esta parte del mundo y, mientras tanto, otros dictadores parecen sentirse desolados y buscan robar el foco de las cámaras también.

Es el caso de Kim Jon-un quien se ha dedicado a disparar misiles desde el 5 de enero con una periodicidad que debería tenernos preocupados.

Al principio de la Administración Biden, Kim permaneció muy calmado y actuando contrariamente a lo que suele hacer en años electorales en los Estados Unidos o en Sur Corea. Pero en cambio 2022 lo comenzó muy activo y desde el principio ha estado haciendo pruebas y lanzando misiles. Para examinar estos riesgos el Think Tank CSIS en Washington organizó un evento el 29 de abril para analizar “la creciente amenaza de misiles de Corea del Norte” con un extraordinario panel de expertos que fueron desmenuzando la situación actual.

Sólo en el mes de marzo Pyongyang lanzó 7 misiles y gracias a los satélites de CSIS han podido observar no solo los lugares desde donde han sido lanzados sino han venido haciéndole seguimiento a una base operacional que se encuentra al norte del país muy cercana a la frontera china, “Hoe Hung-ni”. De acuerdo con Joe Bermudez Jr. Experto en Corea del Norte y autor de una buena selección de libros cree que esta base se cree que se empezó a construir en 2003 y representa un gran reto más para los aliados (Corea del Sur, Japón y Estados Unidos) pues tiene el equipamiento tanto subterráneo como en la superficie para lanzar misiles de distinto alcance. Pero además esta base debería preocupar a Beijing, aunque nunca han mostrado su preocupación, al menos en público.

Ankit Panda, experto en política nuclear, afirmó que se debe analizar con atención el discurso de Kim Jon-un en el marco del VIII Congreso del Partido de Corea en enero 2021, porqué allí dio detalles como nunca antes lo había hecho sobre el plan que tienen sobre el desarrollo de armas, siendo muy transparente en decir que la investigación se centró en perfeccionar la tecnología de guía para cohetes de múltiples cabezas, que seguirán trabajando para tener la capacidad de hacer un ataque nuclear preventivo así como aumentar más la precisión para atacar y/o aniquilar cualquier objetivo en un rango de 15.000 kilómetros con una precisión milimétrica, así como desarrollar cohetes balísticos terrestres y submarinos intercontinentales propulsados por motores de combustible sólido, lo que acortaría el tiempo de respuesta que Corea del Sur y Estados Unidos tendrían para responder frente a un misil norcoreano.

Más recientemente, el 25 de abril de este año, hace apenas unos días, en el desfile militar del aniversario número noventa de la fundación del Ejército Popular Revolucionario de Corea, Kim aprovechaba la oportunidad para lucir un uniforme blanco de mariscal y expresó su determinación de aumentar las fuerzas nucleares de Corea del Norte, en cuanto a volumen y calidad. Panda afirmó que en el discurso parecía indicarse un cambio de doctrina nuclear de Pyongyang, sobre todo cuando Kim aseguraba que sus “armas nucleares no pueden limitarse a la única misión de disuasión de la guerra”. En otras palabras, el desfile y el discurso vino a asegurarle tanto a su audiencia domestica como al mundo que Kim continuaran con su avance en el desarrollo armamentístico y nuclear.

Durante este desfile, como suele ser costumbre, se exhibió parte de su armamento, entre los que cabe resaltar:  el Hwasong-17 (que ya lo habían dejado ver en el 2020), misiles deslizantes hipersónicos como Hwasong-8 (probado en el 2021) y lo que parecía ser un tipo de misil de combustible sólido que los expertos piensan que podría ser un Pumkguksong-6 (ese aún no ha sido probado).

Aunque ese último misil (el Pumkguksong-6) no esté aún listo para ser probado, la cantidad de ensayos conducidos tan sólo en este año debería ser motivo de gran preocupación, coincidieron todos los panelistas del evento. Pues ensayo y error es el mejor sistema para perfeccionar armas, de cada fracaso se aprende y se avanza en la carrera misilística.

El plan norcoreano, de momento, es seguir desarrollando “vehículos de reingreso” que buscan burlar los sistemas de defensa antimisiles de EE.UU. y sus aliados. Misiles balísticos lanzados desde submarinos, misiles nucleares de crucero lanzados desde el aire, que proporcionarían el medio aéreo para que lanzar sus misiles, aunque este último aún no está cerca de conseguirse acotan los expertos. Y de acuerdo con las pretensiones expresadas por Kim de desarrollo armamentístico solo se encuentran en el camino a continuar expandiendo sus capacidades.

También coinciden en que los próximos meses nos traerán más lanzamientos de misiles. Considerando el escenario internacional de guerra en Ucrania, Washington tiene los ojos puestos en Moscú y en Beijing e intentando descifrar si hay algún acercamiento o acuerdo entre ambos, lo que automáticamente alivia un poco la presión sobre Pyongyang pues hasta Naciones Unidas se encuentran prestando atención a la nueva guerra.

Sue Mi Terri expresó su gran preocupación de que Kim siga por el camino del desarrollo de su capacidad nuclear. Mi Terri reconoce que Washington sigue estando por encima de Corea del Norte pero no ha seguido invirtiendo como lo hacía en esta área, debido a la cantidad de compromisos. Mi Terri está especialmente preocupada por el Pumkguksong-6 que considera podría estar más avanzado de lo que occidente cree.

El escenario más probable es que Kim siga evitando acuerdos o negociaciones con la Administración Biden. De momento le funciona mejor que estén un poco distraídos para tomar algo de delantera en su obsesión de aumentar su capacidad de ataque sin que le estén intentando parar. Por su parte Biden tiene bastante trabajo con intentar neutralizar a Rusia, y, en efecto, a día de hoy ya han enviado en apoyo el monto que les costó cuatro años de guerra en Afganistán, lo que deja muy claro la prioridad de la Casa Blanca.

Los fantasmas como la historia parecen cíclicos, que van y vienen pero cuando resurgen parecen hacerlo con la misma intensidad y el mismo riesgo del pasado…

 

INTERREGNUM: El “pivot” económico de Biden. Fernando Delage

El pasado mes de febrero, la Casa Blanca hizo pública su estrategia hacia el Indo-Pacífico, un documento que se anunció como separado de otros dos sobre la cooperación económica con la región y sobre China. Ambos se darán a conocer en los próximos días, en vísperas de la cumbre Estados Unidos-ASEAN que se celebrará en Washington el 12-13 de mayo, y del encuentro a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD en Tokio, el 24 de mayo. El pilar económico de la estrategia norteamericana, denominado oficialmente como “Indo-Pacific Economic Framework” (IPEF), trata de solventar el mayor déficit con que cuenta Washington en la región desde que la administración Trump abandonara, en enero de 2017, el acuerdo Transpacífico (TPP), uno de los principales elementos a través de los cuales el presidente Obama trató de prevenir que China terminara dictando por sí sola las reglas del juego de la economía asiática. Desde entonces, en parte gracias a su participación en el otro gran mega-acuerdo comercial (la Asociación Económica Regional Integral, RCEP), Pekín no ha hecho sino consolidar su posición en el centro del Indo-Pacífico.

Cinco años más tarde, Estados Unidos intenta reincorporarse a este terreno sin poder sumarse de manera directa al TPP (hoy CPTPP), un objetivo que sí ha declarado China tener. Una opinión pública y un Congreso contrarios a los acuerdos de libre comercio condicionan el margen de maniobra de una administración que sabe, no obstante, que su ausencia de la dinámica económica regional daña enormemente su credibilidad. Puesto que tampoco la OMC ofrece los medios suficientes para responder a las prácticas comerciales y a la presión coercitiva china, el desafío consistía en sustituir el recurso tradicional a un tratado multilateral de comercio por un nuevo enfoque de colaboración con los Estados de la región.

La respuesta del IPEF consiste en transformar el entorno económico creando un marco flexible de actuación en cuatro áreas distintas. La primera de ellas incluiría un conjunto de reglas comerciales, de carácter vinculante, en materia laboral, medioambiental, economía digital, agricultura y transparencia, sin entrar en exigencias sobre apertura de mercados ni desarme arancelario. La segunda busca cómo fortalecer las cadenas de valor, la tercera está relacionada con infraestructuras y tecnologías sostenibles, y la cuarta con fiscalidad y lucha contra la corrupción. Nada hay decidido de antemano sobre cómo incorporarse al IPEF, y ni siquiera resulta necesario participar en las cuatro categorías (bastaría con hacerlo en una de ellas). De momento Estados Unidos ha mantenido conversaciones con Japón, Corea del Sur, India, Singapur, Malasia, Vietnam y Australia. Se espera que la iniciativa esté en marcha cuando se celebre la cumbre de APEC que corresponde presidir a Estados Unidos, en noviembre de 2023.

La iniciativa supone un reconocimiento por parte de la Casa Blanca de que, frente a China, Estados Unidos necesitaba lanzar un mensaje muy claro sobre su liderazgo económico. Pero, al mismo tiempo, los países de la región mantienen cierto escepticismo sobre una estrategia que pretende aislar a la República Popular. Aun compartiendo el objetivo de reforzar sus defensas frente las prácticas coercitivas chinas, lo que necesitan en realidad es un modus vivendi con la República Popular. Muchos de los socios de Washington tienen un alto nivel de integración con la economía china y, a través del CPTPP y del RCEP, ya cuentan con un extenso tejido de normas de interacción. Es Estados Unidos el que se encuentra fuera de ese juego. Comprometerse con unas nuevas normas que no se van a traducir en ventajas comerciales les plantea dudas adicionales, además del temor de que el presidente norteamericano elegido en 2024 pueda abandonar el IPEF como hizo Trump con el TPP. Biden aún tiene trabajo que hacer.