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Tokio y Washington más amigos que nunca. Nieves C. Pérez Rodríguez

La visita del primer ministro japonés, Fumio Kishida, junto con altos funcionarios de su gobierno a Washington la semana pasada, a menos de un mes del anuncio hecho por Tokio de su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, prueba el nivel de alerta en materia de seguridad  en la que se encuentra Japón en su entorno, con una Corea del Norte que se ha empecinado en desarrollarse nuclearmente como una vía de supervivencia probando misiles cada pocos días, con un Taiwán amenazada con perder su autonomía y libertades y una China cada más poderosa militarmente cuya expansión en cuanto a territorio y valores representa el mayor de los riesgo para la región y el mundo.

El equilibrio de poderes a nivel global está en entredicho. La seguridad y la paz internacional se han visto violentadas con hechos como la invasión rusa a Ucrania que ha despertado a muchos románticos que cosecharon la esperanza de una Rusia más civilizada y en mayor consonancia con los valores democráticos. La cercanía de Beijing y Moscú justo en medio del padecimiento de Europa en territorio propio de una guerra y las consecuencias de esta ha revivido la posibilidad de una guerra a mayor escala y ha acelerado acercamientos pragmáticos.

En este sentido, la visita de las autoridades japonesa a Estados Unidos sirvió para mucho más que apretones de manos y fotos, pues hubo anuncio de acuerdos estratégicos. En cuanto al encuentro en materia de seguridad llamado 2+2 entre el secretario de Estado y su homólogo japonés y el ministro de Defensa nipón y el secretario de Defensa se acordó fortalecer la cooperación bilateral para un uso efectivo de las capacidades de contraataque de Japón. Por lo que los japoneses están duplicando su gasto de Defensa en los próximos cuatro años y reforzando su armamento para tener capacidad de alcanzar bases enemigas. El paraguas nuclear estadounidense que protege a Japón se expandirá también al espacio para incluir satélites nipones, lo que es otro reflejo del profundo nivel de cooperación que ha alcanzado esta alianza bilateral.

El secretario de Defensa estadounidense anunció que los marinos designados en Okinawa, en la parte más al sur de las islas japonesas cercanas a Taiwán, contarán con más capacitación y rapidez de reacción ante una potencial crisis. Mientras se van preparando para responder frente a un ataque real, de momento sirve como un efecto disuasorio para minimizar las provocaciones de Beijing que cada vez son más constantes. También se informó que Tokio se equipará con misiles de largo alcance. Todo esto mientras los aliados intentan navegar los avances tecnológicos chinos que representan per se otro grandísimo riesgo.

Tokio ya contaba con una Estrategia de Seguridad Nacional elaborada en el año 2013 pero este nuevo relanzamiento se debe a que “la comunidad internacional ha pasado por cambios rápidos, sobre todo el centro de gravedad del poder global que se traslada a la región del Indo- Pacífico”. Y continúa el documento oficial “es probable que estos cambios continúen a mediano o largo plazo y acarreen consecuencias históricas que transformarán la naturaleza de la comunidad internacional”.

De igual forma, la estrategia explica como los dominios cibernéticos, marítimos, espaciales y electromagnéticos muestran más riesgos para el libre acceso. En particular la amenaza de los ciberataques que es cada vez mayor pues se han venido utilizando para inhabilitar o destruir infraestructuras, interferir en elecciones extranjeras, exigir rescates y robar información confidencial, siendo en muchos casos patrocinados por Estados. Por lo que predicen que las guerras futuras serán híbridas, en las que se combinen medios militares y no militares, haciendo uso de la desinformación mediática generando por tanto confusión antes de un ataque armado.

Tanto para Japón como para Estados Unidos la región del Indo-Pacífico es el núcleo de la actividad global y hogar de más de la mitad de la población del planeta. Su dinamismo económico por tanto es inmenso, por ser la intersección del Pacífico y el Índico, ambos océanos son motores de crecimiento mundial. Y además la región tiene también el reto de contar con Estados con grandes capacidades militares, armas nucleares y valores humanos opuestos a lo establecido por el derecho internacional que representan un gran riesgo para el bienestar del mundo.

China es, sin lugar a duda, la mayor de todas las amenazas, razón por la que el QUAD (Estados Unidos, India, Australia y Japón) aunque cuenta con más de 15 años de creado, ha sido reforzado por la Administración de Biden, mientras crearon el AUKUS a finales del 2021 en busca de fortalecer y dotar de capacidad y respaldo a Australia y reforzar la cooperación en tecnología avanzada de defensa, como inteligencia artificial y vigilancia de larga distancia. Por lo que ambas organizaciones junto con la cercanía de la relación bilateral nipón-americana vienen a robustecer aún más la defensa del estado de derecho y el desequilibrio en la región del Indo- Pacífico.

Biden dijo en febrero del 2021 que “las alianzas de Estados Unidos son nuestro mayor activo y liderar con diplomacia significa estar hombre con hombro con nuestros aliados y socios claves”. El siglo XXI ha mostrado nuevas retos y amenazas, el progreso tecnológico y la globalización unieron y ayudaron tremendamente al mundo en el siglo XX, pero hoy es el detonante de la división que estamos viviendo y la razón de los nuevos equilibrios de poder global que están marcando el curso de la historia.

Biden, AMLO y Trudeau en la cumbre de los 3 amigos. Nieves C. Pérez Rodríguez

La nueva geopolítica internacional es una realidad que queda por sentada con la apertura de relaciones de Washington con países como Venezuela, Cuba y esta semana concretamente con la visita del presidente Biden a México para asistir a la cumbre de “los tres Amigos” en la que participarán los líderes del llamado Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o NAFTA por sus siglas en inglés.

Comenzó como el NAFTA y no sólo creó la zona de libre comercio más grande del mundo, sino que unió a 444 millones de personas que producen bienes y servicios por un valor superior a 17 billones de dólares, sino que fue una asociación muy próspera para las tres economías, pues al haber reducido o eliminado la mayoría de las barreras y abrir acceso a los mercados facilitó la entrada de productos y servicios, reduciendo precios y ha dado ventajas sobre los competidores naturales, las otras grandes economías como la China.

El encuentro de estos tres líderes, a pesar de no llamarse de la misma forma, renovó el compromiso de los tres países de Norte América. Pero el momento escogido para la cumbre no es fortuito. Biden ha venido moviendo piezas progresivamente para asegurar que Estados Unidos tenga acceso a materias primas, a alimentos y a combustible frente a la incertidumbre internacional. La Administración estadounidenses quiere asegurar que el país vecino sea su aliado, a pesar del comportamiento cuestionable de AMLO, y el pragmatismo prevalece ante la ausencia del petróleo ruso del mercado internacional. Además, las petroleras estadounidenses han venido presionando a la administración para que abogue por ellas en las desfavorecedores políticas de López Obrador que las dejan en desventaja en México.

Dada la situación internacional y la inestabilidad del mercado chino y los retrasos e intermitencia con la cadena de suministros desde el comienzo de la pandemia, toma más sentido el “nearshoring” para Washington. Este término que se ha puesto de moda entre los economistas justifica el acercamiento de la producción de materias primas a casa con el propósito de evitar escasez e incertidumbre. Por lo que México cuenta con atractivo, potencial, materia prima, cercanía y precios competitivos.

En efecto, un comunicado de la Casa Blanca al finalizar el encuentro informaba que los líderes también discutieron sobre la posibilidad de fortalecer la cadena de suministro de minerales críticos, vehículos eléctricos y semiconductores que a raíz de la pandemia y sus consecuencias se ha convertido en un tema estratégico.

El presidente mexicano, por su parte, se ha vanagloriado con la presencia de los invitados y ha asumido con gran gusto el rol de super anfitrión que como buen mexicano muestra con orgullo su país mientras aprovecha la propaganda política de recibir a dos jefes de Estados de tal calibre.

Por lo que no resulta casual que a tan sólo cuatro días de la llegada de Biden a territorio mexicano Ovidio Guzmán, hijo del Chapo y actual líder el Cartel de Sinaloa y, cuyo nombre se encontraba en la lista de los más buscados por las autoridades estadounidenses y, quienes habían ofrecido una recompensa de 5 millones de dólares a cambio de información que llevara a su hallazgo, era capturado por las fuerzas de seguridad mexicanas como agradecimiento anticipado a la visita del presidente estadounidense.

La Administración Biden tiene un problema muy gordo que ha heredado y que debido a los acontecimientos de los últimos años no ha hecho más que agravarse, la migración ilegal, que se ha convertido en el quebradero de cabeza de los países occidentales y cuyo manejo trascurre entre el sutil juego de respeto a los derechos humanos y la protección de los intereses del Estado.

En Estados Unidos el problema migratorio es más escabroso puesto que es una nación de emigrantes, en la que casi todos los políticos o figuras destacadas del país son producto de la migración. Razón por la que ni republicanos en previas administraciones ni los demócratas han encontrado una fórmula para solucionar el problema de flujos migratorios. Si, además, tomamos en cuenta el incremento de líderes radiales en Latinoamérica es comprensible. Los movimientos desde Centroamérica, Cuba y más recientemente Venezuela, han roto todos los índices de migrantes comparados con cualquier otro país, pues ha empujado a unos 7 millones de inmigrantes desesperados a buscar un nuevo hogar movidos por la desesperación y el deseo de superación.

Como si no fuera suficiente, Washington tiene además otro gran conflicto que necesita medianamente resolver, que es la lucha contra la adicción a sustancias ilegales que se ha agravado con el flujo transfronterizo del letal opioide sintético “fentanilo” que, se ha convertido en uno de los mayores problemas sociales a erradicar y que sólo el año pasado dejó 70,000 víctimas en los Estados Unidos y que cada día suma más adictos y víctimas mortales.

Por lo que, en este sentido, López Obrador ha hecho una clara maniobra al capturar al hijo del Chapo justo coincidiendo con la visita de Biden, como un gesto de complacencia en busca de aprobación de las autoridades estadounidenses, puesto que los carteles tradiciones ahora están traficando también con drogas sintéticas, puesto que son considerablemente más económicas de producir.

Por su parte el primer ministro canadiense respaldó a su homologo estadounidense como es costumbre, pero también aprovechaba para garantizar que Canadá tenga acceso a un mercado justo. Trudeau enfatiza la cooperación económica en el continente poniendo el foco en el crecimiento de la clase media y aquellos que trabajan para formar parte de ella.

La importancia de esta cumbre más allá de los temas abordados es el intento por las naciones poderosas de la región en ganar y acercar aliados en un momento internacional convulso y confuso en el que Putin obcecado por continuar su plan insiste en una absurda guerra que ha acabo una nación de ciudadanos inocentes, que ha condenado a su propia gente al aislamiento producto de las sanciones y con ellas a la imposibilidad de vender su petróleo en el mercado internacional. Mientras que China daba el feliz año al mundo mostrando su respaldo a Rusia generando pánico sobre le futuro de por sí incierto que nos depara este 2023…

En medio de un escenario desolador, Washington se llena de pragmatismo con apoyo de Ottawa para navegar acompañados hacia un futuro sombrío.

 

Biden, África, Rusia y China. Nieves C. Pérez Rodríguez

La semana pasada Washington recibió a unas 50 prominentes figuras de África entre líderes políticos y económicos quienes atendieron la invitación del presidente Biden a la Cumbre africana. El evento, que paralizó en parte la ciudad. tuvo una duración de tres días y destacó el compromiso de Estados Unidos de expandir y profundizar su alianza con países, instituciones y ciudadanos de África.

El mundo está cambiando rápidamente y en esos cambios la participación de los Estados Unidos en África debe cambiar y profundizarse, decía el documento oficial de la Casa Blanca. Así mismo están apoyando a la Unión Africana para que se incorpore al G20 como miembro permanente y también expresaron su apoyo al deseo de África de tener un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

África es el hogar de mil millones de personas y la inversión de China en África es aproximadamente cuatro veces mayor que la de Estados Unidos, por lo que parece que la Administración Biden ha comenzado a dar prioridad a actores que puedan ser determinantes en mantener cierto equilibrio internacional. En tal sentido, la cumbre comenzó con el anuncio de que Washington destinará 55.000 millones de dólares a África en los próximos tres años.

Es de destacar que las relaciones entre China y África han sido profundas, no en vano Beijing tiene una base militar en Yibuti y en las últimas dos décadas ha tenido mucha influencia en la toma de decisiones; mantiene cercanía con los líderes, y, en efecto, el ministro de Exteriores chino tiene como tradición visitar los países africanos al comienzo de cada año, cosa muy distinta a las visitas oficiales de estadounidenses, que más que escasas son casi inexistentes. Sin embargo, durante la cumbre también se anunció que la primera dama y la vicepresidenta junto con otras personalidades planifican visitas a distintas partes del continente durante 2023.

Rusia también ha invertido muchos esfuerzos en abrir y mantener relaciones comerciales con África y de hecho han desarrollado proyectos de infraestructuras allí y ha ampliado su influencia militar incluso a través de mercenarios como el grupo Wagner, afirma Kevin Liptak, corresponsal de CNN para la Casa Blanca.

El secretario de Defensa Lloyd Austin, durante la cumbre, afirmó que “Estados Unidos sabe que Rusia sigue vendiendo armas baratas a lo largo y ancho del continente africano, así como que emplean mercenarios, lo que es desestabilizador”.

Dada la creciente preocupación de la inseguridad alimentaria internacional, agudizada con la invasión rusa a Ucrania, la Administración Biden está explorando opciones para crear un sistema de seguridad alimentario sostenible más resiliente, que pasa por mejorar el sistema de cultivo, venta y distribución de alimentos, por lo que hay que aseguran que invertirán en infraestructura de riesgo, carreteras, almacenamiento de granos, etc. Así como en fertilizantes que ayuden a la mejora de los cultivos africanos.

Otra prioridad en la agenda de la Casa Blanca es el cambio climático y la implementación de políticas ambientales en el continente junto con la mejora de intercambio comercial que, ya muchos países han estado buscando explorar la ley de oportunidades y crecimiento africano de EE. UU que vence en 2025 y que permite el acceso al mercado estadounidense bajo condiciones favorables que, en efecto ha ayudado al crecimiento de países como Etiopía.

Y, como era de esperar, los defensores de derechos humanos condenaron la decisión de Biden de invitar a líderes africanos autocráticos, como Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial o como Abiy Ahmed de Etiopía, cuyo gobierno está acusado de crímenes de guerra generalizados en el conflicto en la región del Tigray. Pero al final, el pragmatismo económico parece estar dirigiendo la agenda demócrata estos días.

Está claro que Washington ve con preocupación la influencia rusa y china por el mundo, por lo que poner el foco en África parece ser parte de su estrategia, pero no es un hecho aislado, sino que también se suman las reacciones de algunas naciones africanas que han expresado su preocupación ante la invasión de Ucrania, o que han visto los desastres de obras de infraestructura chinas en el continente, o la manipulación con la que son tratados por Beijing cuando no se pliegan a sus deseos, o, como se ha podido ver durante la pandemia, la escasez de productos básicos y alimentos, lo que parece estar animando a los líderes a entender que no siempre el mejor aliado es el que más ofrece a priori sino el que responde cuando se pide sin imponer costosas cargas para la nación receptora.

 

INTERREGNUM: Reajustes indios. Fernando Delage

Con la atención puesta en la reunión en Bali entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y su homólogo chino, Xi Jinping, pasó prácticamente inadvertida la ausencia de un encuentro bilateral entre Xi y el primer ministro indio, Narendra Modi, como había sido la norma en cumbres anteriores del G20. Ambos líderes se evitaron igualmente cuando coincidieron, en septiembre, en la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Por otra parte, si en su día llamó la atención que India se abstuviera en la condena a la invasión rusa de Ucrania, Modi facilitó la adopción de la declaración conjunta que, al concluir la reunión del G20, denunció el comportamiento de Moscú. ¿Cabe concluir que India está recalibrando sus relaciones con ambas potencias?

El último encuentro bilateral entre Modi y Xi fue el celebrado en noviembre de 2019 en Brasil, durante la cumbre de los BRICS. Desde el enfrentamiento fronterizo en Ladakh, en junio de 2020, en el que murieron veinte soldados indios y un número desconocido de tropas chinas, la desconfianza se ha agravado entre los dos gobiernos. La falta de contactos al más alto nivel—repetida en otros foros—es una ilustración de que las relaciones sino-indias se encuentran en su peor momento desde la guerra de 1962. El choque de 2020 ha consolidado además la percepción de la comunidad estratégica india de que China es una grave amenaza para la seguridad nacional.

La política exterior india ha girado en consecuencia, y una restauración del statu quo anterior parece improbable. Delhi ha optado por aproximarse a aquellos países que pueden ayudarle a fortalecer su posición frente a la República Popular, tanto en el terreno económico como en el militar. Sin renunciar al discurso de autonomía estratégica—pilar central de su cultura de defensa—, India está hoy mucho más dispuesta a alinearse con otras naciones, Estados Unidos en particular, sin temer como en otras épocas la posible reacción de Pekín.

Si el comportamiento chino ha conducido a India a reconsiderar la siempre delicada cuestión de las alianzas, la guerra de Ucrania ha traído consigo complicaciones añadidas. Era también cuestión de tiempo que el conflicto se tradujera en una gradual separación india de Rusia, otro hecho que acerca igualmente a Delhi a Washington y sus aliados. La razón fundamental de sus divergencias estriba en la transformación del escenario geopolítico: los vínculos de Rusia con China se han estrechado justamente cuando la relación de India con la República Popular ha empeorado. La cercanía entre Pekín y Moscú hará tarde o temprano que el primero presione a la segunda para diluir su tradicional apoyo a Delhi, especialmente si ésta consolida su asociación con Washington. Por otra parte, desde la perspectiva india, tampoco representa una ventaja para sus intereses contar con una Rusia debilitada como contrapeso de una China más fortalecida (socia, además, de Pakistán y empeñada en proyectar su influencia en Asia meridional). La guerra de Ucrania ha precipitado así este proceso de reajuste, que obliga a abandonar la habitual inclinación india a mantenerse al margen de las maniobras geopolíticas globales.

En un mundo ideal, India querría tener de su lado a Occidente y a Rusia. Pero el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania y la actitud de Pekín lo hacen imposible. Delhi tendrá que acostumbrarse a gestionar este tipo de contradicciones, especialmente al asumir durante un año la presidencia de la OCS (desde septiembre), y la del G20, desde esta misma semana.

INTERREGNUM: Xi el conciliador. Fernando Delage

Hace sólo un mes, mientras el XX Congreso del Partido Comunista le otorgaba todo el poder al frente de la organización, Xi Jinping describía un entorno estratégico hostil y reclamaba a sus ciudadanos un “espíritu de lucha” para hacer frente a las “peligrosas tormentas” que se avecinan. Un lenguaje muy diferente fue el empleado por el presidente chino en sus sucesivos encuentros y discursos de la semana pasada. ¿Ha cambiado en pocos días su percepción del mundo, o se trata más bien de un ajuste retórico en función de su audiencia?

Lo cierto es que, en su segundo viaje al extranjero desde la pandemia—tras el que realizó a Samarkanda para asistir a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai en septiembre—Xi no podía permitirse aparecer con una actitud beligerante ante sus colegas. Sería contradictorio ante todo con la imagen de potencia responsable y pacífica que Pekín quiere transmitir. Tanto en el G20 como en el foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC)—las dos cumbres a las que asistió—el presidente chino iba a encontrarse con los representantes de naciones emergentes cuya cooperación necesita para hacer realidad sus ambiciones estratégicas. Pero también en su reunión con Biden el 14 de noviembre, Xi adoptó una posición pragmática.

“China, dijo, no busca transformar el orden internacional existente” ni “sustituir a Estados Unidos”. Rechazó incluso la idea de que las relaciones entre ambos países respondan a un esquema de competición (fórmula empleada por la reciente Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana). Xi encontró una misma cordialidad por parte del presidente norteamericano—se conocen desde hace años—y los dos líderes acordaron gestionar de manera “responsable” sus inevitables divergencias, así como “mantener abiertas las líneas de comunicación”, con el fin de evitar tanto una escalada innecesaria como un choque accidental. Ambos dirigentes insistieron por lo demás en la necesidad de una resolución pacífica de la guerra de Ucrania y advirtieron a Rusia contra el uso de armamento nuclear.

Un día más tarde, en su intervención ante el plenario del G20, Xi reiteró su habitual discurso sobre “una comunidad de destino compartido para la humanidad” y a favor de la cooperación global frente a los juegos de suma cero. Un mensaje pragmático y conciliador, que dirigió de manera más directa a sus vecinos en la cumbre de APEC, el sábado 18. Asia no debe convertirse en “un escenario de competición entre las grandes potencias”, subrayó el presidente chino, si se quiere asegurar tanto la recuperación del crecimiento económico como un entorno de estabilidad geopolítica. La cumbre en Bangkok le permitió verse asimismo con el primer ministro japonés, Fumio Kishida, en el primer encuentro mantenido entre los líderes de ambos países en tres años.

Es evidente que los elementos de rivalidad entre China y Estados Unidos—así como entre China y Japón (e India)—no van a desaparecer. La recuperación del contacto presencial entre los mandatarios les ha ofrecido, no obstante, la ocasión para hacer hincapié en sus intereses compartidos más que en sus diferencias, lo que hizo posible la adopción de una serie de declaraciones conjuntas a favor de la cooperación y la integración regional. El compromiso de reactivar los contactos regulares entre altos funcionarios contribuirá igualmente a mitigar en cierto grado las tensiones. Pero no puede perderse de vista que, en último término, los foros multilaterales son un instrumento esencial de la estrategia de ascenso global de la República Popular. Recuperar la dañada imagen de su país es un imperativo de Xi, de la misma manera que es a través de sus discursos en cumbres como éstas como va ganándose la complicidad del mundo no occidental, ofreciendo un modelo económico y político alternativo al de las democracias liberales.

Pleitesías al emperador chino. Nieves C. Pérez Rodríguez

Xi Jinping reaparece en el escenario internacional de las tinieblas del Covid y de la prolongada y rígida política de “Cero-Covid” impuesto por el Partido Comunista chino para evitar contagios. Se dejó ver en reuniones entre grupos sin mascarillas y dando la mano a los líderes internacionales, después de un largo aislamiento y, en el marco de dos semanas intensas de encuentros y cumbres, retomaba su lugar como segunda nación más poderosa con fuerza y dando lecciones al resto del mundo con afirmaciones como que “los líderes deben intentar mantener relaciones cordiales con otros”.

Aprovechó bien el momento para hacerse sentir y sostuvo unas veinte de reuniones bilaterales, a las que se suma la participación a los foros de las cumbres y aseguró que “Asia Pacífico no es el patio trasero de nadie y no debería convertirse en un área para la competencia de las grandes potencias” respondiendo directamente a Washington que ha venido promoviendo por años la necesidad imperiosa de mantener la libertad de los mares y el respeto a la legislación internacional en el Pacífico.

Xi ha reaparecido con una prepotencia que más que de presidente chino parece la superioridad de un emperador. El incidente entre su persona y el primer ministro canadiense quedó registrado por las cámaras y muestra bien la arrogancia de Xi. Después de haber mantenido un encuentro bilateral la información fue publicada por los medios occidentales, en la que Xi increpa a Trudeau en los pasillos de la cumbre sobre el hecho de que fuera filtrada a los medios indicando que “esa no fue la manera en la que se llevó la conversación”, y a lo que Trudeau contestó “En Canadá creemos en el diálogo libre, abierto y franco, eso es lo que seguiremos teniendo. Continuaremos buscando trabajar juntos de manera constructiva, pero habrá cosas en las que no estaremos de acuerdo”.

Este incidente es un buen ejemplo de cómo se conducen los gobernantes chinos a diferencias de los líderes de naciones democráticas, quienes tienen un compromiso con la prensa de transparencia de información y a su vez los periodistas la libertad de investigar y publicar sus hallazgos.

En el marco de APEC, Kamala Harris, la vicepresidenta de Biden, representó a los Estados Unidos y el primer día de la cumbre la interrumpió para llamar a un encuentro urgente de los aliados de Washington (Australia, Canadá, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur) por el lanzamiento de mísiles por parte de e Kim Jong-un que, de acuerdo con los expertos, mostraron que cuentan con capacidad de llegar a impactar territorio estadounidense.

El gran ausente de estos importantes encuentros fue Vladimir Putin, quien pasó de ser un respetado líder a un repudiado criminal que invadió una nación soberana, que ha destruido la mayor parte de sus infraestructuras, que ha asesinado civiles sin pudor y que ha puesto en jaque a Europa, que parecía haber olvidado del peligro soviético. Rusia es parte del G20 y también de la APEC. Sin embargo, ambos grupos han condenado su comportamiento, incluido el presidente de Indonesia, Joko Widodo, quien dijo que hay que poner fin a la guerra, a pesar de que Indonesia no había condenado la invasión antes.

Los líderes de la APEC en consonancia con la declaración que hizo el G20 tan solo unos días previos, apoyaron las resoluciones de la ONU que rechaza la invasión rusa a Ucrania y exigen la retirada completa de su territorio, por lo que se sumaban a la declaración. Los líderes entienden el daño que está haciendo la guerra tanto a la estabilidad como a la economía internacional.

Otro episodio curioso de estos días fue el protagonizado por el primer ministro de Vietnam en una trasmisión de la Voz de América, medio de comunicación financiado por los Estados Unidos, en el que un micrófono quedó abierto se le oye hacer comentarios despectivos del mismísimo Biden y su equipo. Esta Administración se ha venido haciendo con una reputación de blanditos dejando a los líderes autócratas el dominio del protagonismo.

Y en efecto, esa actitud blanda de los estadounidenses y en muchos casos tolerante ha exacerbado comportamientos de líderes como Xi quién hoy se permite hacer comentarios, exigencias y reproches a otros líderes incluso frente a cámaras. Tal y como cerraba esta columna la semana pasada, la confrontación entre democracia y autocracia parece estar perdiendo vigencia, a pesar de su titánica importancia, pues Estados Unidos está tan ensimismado que ha venido repetidamente olvidando que los valores democráticos son frágiles y que su cultivo es la clave de la supervivencia del sistema de las libertades en el planeta.

 

El apretón de mano de Biden y Xi en Bali. Nieves C. Pérez Rodríguez

El encuentro en persona de Biden y Xi finalmente tuvo lugar en el marco de la cumbre del G20 en Bali, Indonesia. Viejos conocidos que la política ha unido en varias ocasiones desde hace unos diez años. Los primeros encuentros fueron cuando ambos se desempañaban como vicepresidentes de sus respectivos países y este lunes ambos líderes se daban la mano como presidentes de ambas naciones que acaban de ser fortificados en sus posiciones.

Las relaciones entre ambos siempre han sido cordiales, la veteranía se nota y los intereses han sido el timón de esa cortesía. Quienes han tenido ocasión de compartir con Xi en el plano más personal lo describen como un líder encantador. En el caso de Biden es aún más evidente su cercanía y calidez. Con ver imágenes del encuentro vemos un Biden extraordinariamente sonriente que se acerca a Xi con seguridad, pero a su vez expresando complacencia.

Biden recibió las relaciones más deterioradas en la historia de los últimos 30 años entre Beijing y Washington y ha expresado desde que tomó posesión que China es la prioridad número uno de la agenda exterior estadounidense. La estrategia de Seguridad Nacional del 2022 de la Administración Biden tenía contemplaba como prioridad central a China, aunque la guerra de Ucrania produjo una alteración de las prioridades y se direccionaran masivamente recursos hacia Kiev para contener las ambiciones rusas y con ello enviar a Moscú un mensaje directo de no tolerancia a la violación de la soberanía de un Estado independiente. Mientras, China mantuvo un comportamiento de complacencia con Moscú y de no interferencia pública para prevenir un efecto boomerang, es decir que luego vengan a ellos terceros a darles lecciones.

Muchos analistas valoran como positivo el encuentro debido a que podría producir cambios positivos o al menos algún tipo de acercamiento. Sin embargo, si se analizan los puntos tratados en las tres horas de reunión no hubo ningún avance significativo en ninguno de ellos.

Se abordó la necesidad de contención de Corea del Norte, ya que el único que puede conseguir algo de moderación en la postura de Kim Jon-un es China, que es su vecino y principal proveedor y aliado. Y que desde que se ha dedicado a hacer pruebas misilísticas ha incrementado la inestabilidad de la región y con ello del resto del mundo.

La guerra de Ucrania fue otro punto neurálgico y, aunque se sabe que la economía china por primera vez en 20 años va a sufrir un crecimiento de casi la mitad de lo que estimaban, verán más de los efectos  de esa guerra afectando negocios, intercambios y la estabilidad y la economía internacional.

Se trató de los derechos humanos en China, algo de lo que se ha hablado tanto en Washington, y que cada principio de año sale recitado en el informe del Departamento de Estado sobre Derechos Humanos, que además, en el caso de las minorías musulmanas chinas en Xinjiang, se ha reportado con datos fiables y fotografías satelitales que existen violaciones consistentes y permanentes, así como centros de detención por los que se sabe que han pasado cientos de miles de uigures.

Y por supuesto, Taiwán, la joya del pacífico. Valga resaltar que el propio presidente Biden en cuatro ocasiones distintas ha afirmado literalmente: “Nosotros tenemos un compromiso con Taiwán” e incluso cuando ha sido cuestionado directamente sobre si defendería militarmente la isla ha dicho sí, sin titubeo alguno.

Xi, por su parte, dijo que la línea roja en Taiwán no debe ser traspasada. Haciendo una clara declaración de autodeterminación y llamando a la detención a cualquier aspiración contraria a su posición.

Por su parte, el equipo de la Casa Blanca salió del encuentro con la convicción de que Beijing no tiene planes apremiantes de invadir Taiwán, a pesar de que el mismo Xi no fuera tan explícito ni directo acerca del tema.

Las palabras de Biden de “yo creo absolutamente que no hay necesidad de una guerra fría” podrían interpretarse como blandas, porque aun cuando es cierto que la tensión de guerra fría no beneficia a ninguna de las partes, hay razones de peso para que las relaciones entre ambos se encuentren en el punto en el que están.

Tal y como afirmaba Katie Rogers y Chris Buckley en una columna del New York Times, “en lugar de que el encuentro fuera una especie de momento de confrontación entre democracia y autocracia, cada uno pareció estar más de acuerdo con en que sus intereses nacionales se habían vuelto vulnerables por la pandemia, el cambio climático, la guerra de Ucrania y la crisis económica”

Biden, en su discurso posterior al encuentro, fue diplomático y no mencionó puntos clave como el futuro de Taiwán, la rivalidad militar y tecnológica entre los dos países más poderosos del planeta o los mismos centros masivos de detenciones en Xinjiang. Por el contrario, como resultado del encuentro se acordó que el Secretario de Estado Anthony Blinken visitará China en el futuro…

INTERREGNUM: Otoño multilateral. Fernando Delage

Como cada año por estas fechas, se concentran en unos pocos días las cumbres anuales de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) con sus socios externos, la Cumbre de Asia Oriental, y la del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC). Al ser este año Indonesia anfitrión de la reunión del G20, se suma un encuentro multilateral más en la región. No repiten los mismos participantes en todos los casos, pero buena parte de ellos se irán trasladando de Camboya—país anfitrión de los dos primeros encuentros—, a Bali—donde se celebra la cumbre del G20—, para terminar el próximo fin de semana en Tailandia, donde se reunirán los líderes de APEC. Tampoco la agenda es la misma, pero sí el contexto de fondo, marcado por el enfrentamiento entre Estados Unidos y China. Para la mayoría de los observadores lo más relevante de esta intensa semana es en consecuencia el encuentro de Joe Biden y Xi Jinping el lunes 14 en Indonesia.

En realidad, sólo en el G20 van a coincidir ambos mandatarios: Xi no estuvo en Camboya—le representó su primer ministro, Li Keqiang—, y Biden no estará en Bangkok: le sustituirá la vicepresidenta Kamala Harris. Pero las relaciones entre los dos países condicionan todos los encuentros. Para Biden, el principal objetivo de su viaje consiste precisamente en enviar una clara señal de su compromiso con las naciones del Indo-Pacífico (y, por tanto, de su intención de contrarrestar la creciente influencia china). En Phnom Penh, Biden declaró que la ASEAN es un pilar central de su política asiática, y anunció la puesta en marcha de una “asociación estratégica integral” con la organización. En el que fue su tercer encuentro bilateral con el grupo, el presidente norteamericano ofreció asimismo una partida de 850 millones de dólares en asistencia al sureste asiático, para promover—entre otros asuntos—la cooperación marítima, vehículos eléctricos y la conectividad digital.

La situación en Myanmar también formó parte de la discusión en Camboya, con el fin de reforzar de manera coordinada la presión sobre la junta militar, así como Corea del Norte, asunto sobre el que Biden mantuvo una reunión separada con el presidente surcoreano y el primer ministro de Japón. Los tres líderes, que ya mantuvieron un encuentro con ocasión de la cumbre de la OTAN en Madrid el pasado mes de junio, tratan de articular una posición común frente a la reciente oleada de lanzamiento de misiles por parte de Pyongyang, y la posibilidad de un séptimo ensayo nuclear. También trataba Biden de preparar con sus dos más importante aliados asiáticos la reunión bilateral con Xi.

Aunque Biden y Xi se conocieron cuando eran ambos vicepresidentes, no han coincidido presencialmente desde la llegada del primero a la Casa Blanca. Han hablado por teléfono cinco veces desde entonces, y llegaron a Bali poco después de obtener (Biden) unos resultados mejores de los esperados en las elecciones de medio mandato, y (Xi) un tercer mandato en el XX Congreso del Partido Comunista. Por las dos partes se aspiraba a explicar en persona sus respectivas prioridades—incluyendo Taiwán, Corea del Norte y Ucrania—, restaurando un contacto directo que pueda contribuir a mitigar la espiral de rivalidad.

Es innegable, no obstante, que—pese a su encuentro formal—tanto Washington como Pekín continuarán intentando orientar la dinámica regional a su favor, ya se trate del entorno de seguridad o de acuerdos económicos. En Tailandia, China podría dar algún paso hacia su adhesión al CPTPP—el antiguo TTP que Trump abandonó—, mientras que la alternativa que Biden promueve—el “Indo-Pacific Economic Framework”—puede resultar redundante con la propia función de APEC, foro que la corresponde presidir a Estados Unidos en 2023.

La interacción entre las dos grandes potencias y la división geopolítica resultante marca, como se ve, esta sucesión de encuentros multilaterales, que lleva a algunos a reconsiderar por lo demás el futuro de la ASEAN, justamente cuando celebra su 55 aniversario. Desde fuera de la región, habría también que preguntarse por la ausencia—salvo en el G20—del Viejo Continente, en la región que se ha convertido en el epicentro de la economía y la seguridad global.

China-Estados Unidos: perimetrar el conflicto

Se llama perimetrar un incendio al proceso de delimitar la zona del mismo, aislarlo de puntos de extensión, contenerlo dentro de esos límites y poner en marcha planes de extinción.

Algo parecido han ensayado Biden y Xi en Bali. Sin abandonar el lenguaje duro, sin ocultar las amenazas chinas sobre Taiwán, sin atenuar Biden las denuncias sobre las agresiones chinas a los derechos humanos y sin rebajar un punto el compromiso estadounidense con reforzar la defensa militar aliadas en el Pacífico, China y Estados Unidos han subrayado la necesidad de mantener abiertas vías de comunicación sobre cada conflicto, negociar los contenciosos comerciales y deplorar las amenazas de Putin, socio de China en muchos aspectos, de utilizar armas nucleares para endr3zar su fracaso en Ucrania.

Pero el encuentro entre los dos mandatarios proporciona beneficios an amas potencias. China gana tiempo en un escenario de menor crecimiento económico y proporciona tiempo a Estados Unidos al reducir teóricamente la amenaza de invasión (por el momento) a Taiwán; Biden tras su derrota limitada en las elecciones americanas gana imagen de liderazgo internacional y ofrece a China la imagen de segunda potencia mundial con Rusia contra las cuerdas.

Sin embargo apenas hay margen para acuerdos reales. Respecto a Taiwán y a la política china sobre los derechos humanos en su país no puede haber avances con la autocracia de Pekín y respecto a los contenciosos comerciales tampoco por cuanto China, cuya economía no existe sin una fuerte dosis de intervencionismo estatal hala cínicamente de respetar el libre comercio y las leyes que Pekín viola a diario. Sí hay margen, a pesar de todo, para acuerdos parciales sobre aspectos económicos en que ambos países jueguen al gato y al ratón conteniendo Estados Unidos algunas prácticas chinas y obteniendo China algunos compromisos de no interferir mucho sus negocios crecientes en África y América Latina.

Y el dossier Ucrania. Aunque se ha publicitado menos, una parte importante de las tres horas de reunión entre Biden y Xi se dedicaron a analizar las posibilidades de presionar o convencer a Putin de que acepte unas conversaciones de paz respetando la integridad territorial de Ucrania (así lo proclama China). Pero no ha habido avances. Ambas partes reconocen internamente que la arrogancia rusa le impide reconocer su derrota y abrir negociaciones y que Ucrania, en pleno avance militar cree que negociar ahora sin explotar su ventaja sería un favor a Rusia. Pero Estados Unidos y China han pactado seguir en contacto sobre este asunto buscando un clima de distensión que ambas economías necesitan-

Y en este contexto sorprende la arrogancia del presidente español, Pedro Sánchez, que antes de su propia entrevista con Xi para ofrecer oportunidades de inversión a empresas chinas ha anunciado pomposamente que insistirá a Pekín en la necesidad de convencer a Putin para ceder. Vivir para ver. Aunque, si se abre la vía chino estadounidense sobre Ucrania veremos repartir medallas en La Moncloa.

INTERREGNUM: Biden frente al tercer mandato de Xi. Fernando Delage

La administración Biden no ha esperado a la conclusión del XX Congreso del Partido Comunista Chino para transmitir a Xi Jinping lo que puede esperar de Estados Unidos en su tercer mandato. No es mera continuidad. La publicación de su primera Estrategia de Seguridad Nacional y la adopción de nuevas medidas de control de las exportaciones tecnológicas revelan un aumento significativo de la presión sobre la República Popular, aunque no cabe esperar que vayan a conducir a una China menos beligerante (quizá todo lo contrario).

Retrasada su entrega por la guerra de Ucrania, la Casa Blanca desveló finalmente el 12 de octubre su esperada Estrategia de Seguridad Nacional. El documento, que declara la era de la post-Guerra Fría como “definitivamente concluida”, identifica a China como “el más relevante desafío geopolítico” para Estados Unidos y para el orden mundial. “Superar a China” se convierte en la prioridad, aun afrontando al mismo tiempo el imperativo de contener a “una Rusia profundamente peligrosa”.

Recuperando los términos ya empleados anteriormente por el secretario de Estado, Antony Blinken, China—declara el texto—“es el único competidor que tiene tanto la intención de reconfigurar el orden internacional como, cada vez más, el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo”. El mundo se encuentra en un “punto de inflexión”, en buena medida porque China aspira a redefinir las bases del orden global, lo que hará que la próxima década sea “decisiva” para la rivalidad entre Washington y Pekín.

La Estrategia describe la situación en el estrecho de Taiwán como “crítica para la seguridad regional y global”, pero reitera el compromiso de Estados Unidos con la política de “una sola China” y su oposición a la independencia de la isla. Subraya al mismo tiempo la disposición de Washington a cooperar con la República Popular sobre asuntos como el cambio climático o la lucha contra las pandemias. Hasta aquí no parece haber grandes sorpresas. Pero otras medidas adoptadas en las últimas semanas dan todo su sentido a esta frase del documento: Estados Unidos “dará prioridad al mantenimiento de una ventaja competitiva duradera sobre la República Popular”.

El departamento de Comercio anunció el 7 de octubre nuevas reglas por las que se prohibe la exportación a China de semiconductores avanzados y de los equipos necesarios para su fabricación. Se impide asimismo a ingenieros y científicos norteamericanos a ayudar a la República Popular al desarrollo de semiconductores sin autorización expresa, incluso en áreas no sujetas al control de las exportaciones; y se refuerzan los mecanismos de supervisión para impedir que semiconductores norteamericanos vendidos a empresas civiles chinas caigan en manos de las fuerzas armadas. En una decisión aún más controvertida, se exigirá una autorización del gobierno norteamericano a cualquier compañía de un tercer país que venda semiconductores a China si lo han hecho utilizando tecnología de Estados Unidos. Y todo ello se suma a los cerca de 53.000 millones de dólares que la administración destinará a investigación sobre la próxima generación de semiconductores y a recuperar al menos parte de su producción en suelo nacional. (En la actualidad el 100 por cien de los chips comprados por Estados Unidos se producen en el extranjero: el 90 por cien en Taiwán y el 10 por cien restante en Corea del Sur).

La intención china de adquirir una completa autonomía tecnológica, y su programa de fusión civil-militar, han provocado una decisión que va más allá de una mera respuesta defensiva. No se trata tan sólo de intentar frenar el ascenso chino, sino de asegurar que, dando un empuje cualitativo a sus esfuerzos en innovación, Estados Unidos redoble su liderazgo. La Casa Blanca revela así un eje central de su política hacia la República Popular; una apuesta agresiva que presiona a Pekín donde más daño puede hacerle: en el terreno decisivo para su crecimiento económico futuro así como para su superioridad militar.

Estados Unidos no abre pues un escenario favorable a la reducción de las tensiones entre ambos gigantes. Tampoco un Xi fortalecido tras al XX Congreso lo propiciará. Habrá que estar atentos a su encuentro con Biden con ocasión de la cumbre del G20 el mes próximo en Indonesia.