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El Departamento de Estado desfallece. Nieves C. Pérez Rodríguez

La era Trump dejó un gran descontento en el Departamento de Estado. Los diplomáticos de carrera fueron el target indirecto de muchas de las ligerezas del anterior presidente. La Administración tuvo dos secretarios de Estado, el primero, Rex Tillerson, no estuvo mucho en el cargo pues, por sus diferencias con Trump, éste le despidió con un tweet durante una visita oficial al extranjero. El otro fue Mike Pompeo, que fue un secretario a la medida del presidente pero que contó con mucha resistencia de parte de los funcionarios de carrera.

El paso de Pompeo por el “State”, como se le dice a la institución en Washington, dejó muchas anécdotas como que la mujer de Pompeo le acompañaba en sus giras oficiales y solía ser la que retrasaba la salida del avión porque tenía por costumbre irse de compras antes de que el avión se dispusiera a partir. Y también sinsabores entre quienes durante mucho tiempo han trabajado en la institución y se encontraron en el centro de una rivalidad política cuando estaban optando a posiciones que en un porcentaje muy alto fueron otorgados a los cercanos al presidente o al equipo de la Casa Blanca.

Sumando a eso la situación de los diplomáticos en el exterior que era muy incómoda. Les tocó responder una y otra vez a las preguntas de cómo era posible que un personaje tan soez pudo convertirse en presidente de los Estados Unidos, y, más difícil aún, les tocó justificar inexplicables comentarios o posturas presidenciales en materia de política exterior. La situación llegó a ser tan tensa que muchos diplomáticos abandonaron el servicio exterior permanente mientras que otros empezaron a expresar su desacuerdo político en redes sociales como Facebook sin tapujos.

Las elecciones presidenciales del 2020 con un candidato con Joe Biden representaba para muchos la esperanza en el retorno a la diplomacia clásica, por su larga experiencia política.  El regreso a la tradición del Departamento de Estado y a la política exterior más predecible y en consonancia con los intereses de los aliados y las alianzas históricas.

Sin embargo, a nueve meses de la presidencia demócrata y con Antony Blinken como secretario de Estado, un hombre respetado en las esferas del Capitolio y querido en Washington, la decepción está más presente que nunca en la institución.

La mayor crítica se centra a que Blinken no es capaz de confrontar al presidente para oponerse a decisiones como fue la atropellada y muy desafortunada salida de Afganistán, a pesar del precio internacional que se pagará por la misma.

Otra gran decepción muy latente es que Biden ha mantenido el patrón que agudizó Trump de nombramientos políticos de embajadores, aun cuando el mismo partido demócrata criticó duramente esa tendencia en la Casa Blanca de Trump. El “State” hoy vive la misma situación de angustia y presión política que sufrió durante la Administración anterior, pero con el agravante de que se ha institucionalizado y por tanto normalizado la influencia partidista en una casa que por muchos años fue ejemplo de apartidismo e institucionalidad.

Tal y como me admitió una fuente anónima “duele mucho ver que el equipo del presidente Biden se comporta igual a como actuó el del presidente Trump. Esperamos más de Biden”.

Pinta gris el futuro de Biden. Nieves C. Pérez Rodríguez

Siete meses han pasado desde el momento en que Joe Biden se investía como presidente de los Estados Unidos, en un clima doméstico enrarecido por el asalto del 6 de enero al Capitolio, corazón de los valores democráticos desde 1800, y por la pandemia que restringió muchas de las actividades y eventos celebratorios de bienvenida a un nuevo presidente.

El fin de la presidencia de Trump abría una esperanza para el retorno a una diplomacia más tradicional y a un manejo más asertivo de la política interior y exterior. Biden representaba experiencia y compostura, que eran la mayor debilidad de Trump. Y aunque su avanzada edad y tartamudeo debilitan tremendamente su imagen, Kamala Harris equilibraba instantáneamente esas debilidades por el hecho de ser una mujer, representar una minoría étnica y por su mediana edad. Esta realidad hizo que desde el comienzo se especulara sobre la posibilidad de que Harris podría ser quien continuara con la presidencia en el caso de que Biden no pudiera.

Una vez instalada la nueva administración parecía que la Casa Blanca había decidido que Biden se encargara de los asuntos y viajes domésticos mientras Harris se perfilaba como la que sería la representante internacional de la Administración. Harris se estrenaba con un viaje a Guatemala y México que acabó con fuertes críticas porque frente a las preguntas de los medios de si tenía previsto visitar la frontera con México sus respuestas se centraban en argumentar que ella estaba ahí para hablar del origen del problema migratorio, en vez de enfatizar el mensaje de la Casa Blanca. Es posible que se deba a su carrera como abogada y fiscal con entrenamiento en defensa y alegaciones, pero lo cierto es que su rol actual no es debatir con la prensa como vicepresidente, aunque Harris tiene esta tendencia, pues durante los debates de las primarias mostró la misma debilidad.

Su segundo viaje tuvo como destino Singapur y Vietnam y transcurrió en plena crisis de la catastrófica salida de los estadounidenses de Afganistán, por lo que era lógico que las preguntas de los medios se centraran en ese tópico. Y aunque el objetivo de la Casa Blanca con el viaje fue el de reafirmar su alianza y compromiso con la región quedó opacado por las respuestas de Harris carentes de profundidad que dejan en evidencia su escueta experiencia internacional. El viaje al sur este asiático pudo ser su puente al estrellato, pues en Washington hay consenso bipartidista en que esa región es “top one priority”. Al mismo tiempo Los lazos naturales de la vicepresidente con Asia (por el origen de su madre) podrían haberla catapultado como la encargada en estas relaciones y marcar una nueva etapa en su carrera.

Todo esto, al menos de momento, ha opacada el brillante futuro que se profetizaba que tendría Harris y en vez de entusiasmo se observa desilusión de quienes la apoyaron y vieron en ella una gran oportunidad.

En cuanto a Biden, quién ganó las elecciones con un poco más de 81 millones de votos (sólo 7 millones de diferencia con Trump), comenzó su legislatura con un apoyo promedio del 53% que se mantuvo más o menos constante hasta los meses de marzo y abril donde se observó un repunte debido al manejo del Covid-19 y el acceso a la vacuna. Pero la desastrosa salida de Afganistán ya está haciendo pagar un precio a la Administración y las encuestan indican que la mayaría de los adultos consultados desaprueban la manera como Biden manejó la salida; 94% republicanos, 71% independientes y 25% de demócratas han expresado abiertamente que desaprueban. Esto no incluye a los congresistas o figuras relevantes del partido demócrata, que muchos han expresado su desacuerdo públicamente.

Otra encuesta de hace un par de semanas de Associated Press-NORC mostraba una caída de 9 puntos porcentuales de la aprobación del presidente de 63% al 54%. De acuerdo con otra encuesta hecha por la radio pública NPR publicada el 2 de septiembre revela que Biden ha caído 6 puntos comparado con la consulta realizada en julio dejándolo en un 43% de aprobación, lo que es la marca más baja desde que asumió el cargo.

La caída tan estrepitosa en el último mes podría complicarle mucho la situación a la Administración en las próximas elecciones, pues el grupo que más desaprueba es precisamente los votantes independientes, quienes son claves para que los demócratas ganen elecciones, los llamados “swing” o grupo fluctuante.  En este grupo el derrumbe de la popularidad del presidente cayó 10%, es decir que tan sólo 36% de los independientes aprueban hoy la labor del presidente.

Es muy probable que a partir de ahora la Administración centre sus esfuerzos en continuar trabajando a nivel doméstico en la aprobación de megaproyectos de infraestructura para la nación, que objetivamente requieren atención y grandes inversiones para su mantenimiento, preservación y/o modernización. Esto es parte fundamental de la agenda de Biden y que además cuenta con el apoyo de los republicanos.

La Administración tratará de enterrar el tema de Afganistán todo lo posible. Harán un esfuerzo para que el interés se vaya disminuyendo mientras pondrán el foco en prioridades domésticas y continuarán vigilantes con el comportamiento de China en la región del sureste asiático.  Y aunque China es y será un dolor de cabeza para Washington por muchos años, la dificultad la tendrá en el nivel de compromiso que los aliados estarán dispuestos a asumir después de lo sucedido en Kabul con las evacuaciones de los occidentales.

En el fondo el “American First” que tanto profesó Trump sigue llevando las riendas de la nación estadounidense, la forma de la salida de Afganistán así lo confirma y el abandono del liderazgo internacional de los Estados Unidos parece ser cada vez más claro.  Los desastres naturales que están ocurriendo en este país, como los incendios de la costa oeste, los huracanes en el sur y los coletazos que dejan destrozos e inundaciones a su paso junto con la crisis originada por la pandemia serán las prioridades de Biden.

El futuro político de Biden pinta gris y complicado, Harris no está ayudándolo como se esperaba, que valga decir fue uno de los éxitos de Trump con Mike Pence (vicepresidente) que equilibró sus torpezas y errores, sobre todo en el electorado más conversador.

Por su parte los republicanos usarán el abandono de estadounidenses y aliados en Afganistán como una carta en contra de Biden para desacreditar sus acciones, mientras siguen haciendo una revisión interna sobre quien debería liderar el partido y potencialmente convertirse en el contrincante de la Administración Biden-Harris como tanto ha insistido esta Casa Blanca en llamar.

 

 

 

China, las protestas cubanas y la demora de Biden. Nieves C. Pérez Rodríguez

Cuba parece haber despertado de un largo silencio al que ha sido sometido por el régimen castrista desde hace más de 6 décadas. Las protestas que de manera espontanea florecieron en 40 ciudades y poblados de la isla desconcertaron al mundo y claramente sorprendieron al régimen, precisamente por su carácter improvisado.

Cuba ha venido experimentando un progresivo deterioro económico como parte de una mala gestión de décadas que durante los primeros años de siglo XXI se vio aminorada debido a las generosas ayudas enviadas desde Venezuela con dinero petrolero. Chávez fue la chequera que llenó de liquidez a la isla en otro de sus duros momentos. Gracias a las generosas cifras, los programas de intercambios de ayudas, la exportación de combustible y de alimentos, entre muchas, la economía isleña pudo vivir una bonanza irreal que permitió por unos años a los ciudadanos a tener un poco de holgura.

Pero como todo lo fácil se acaba, la mala administración de los recursos petroleros de manos de Chávez acabó por ocasionar la caída de Venezuela en la mayor crisis de su historia, así como la mayor crisis migratoria que ha experimentado la región y por lo tanto para el régimen cubano el cierre de esos recursos fáciles que lo ayudaron a mantenerse a flote desde que perdieron las ayudas soviéticas.

La Administración Trump por su parte también impuso sanciones que habían sido relajadas o incluso eliminadas por la Administración Obama, quien equivocadamente intentó una estrategia de normalización de relaciones que claramente no hizo más que dar aire al régimen castrista. Trump quiso demostrar el error de la Administración previa y restableció muchas de las sanciones y al final de su legislatura impuso sanciones que acabó por afectar el envío de remesas desde los Estados Unidos a Cuba, lo que ocasionó que se agudizara la crisis de liquidez entre el ciudadano de a pie. De acuerdo con la Havana Consulting group, agencia que le hace el rastreo a las remesas cubanas, las remesas son la segunda fuente de ingreso de la isla y representan unos 3.700 millones de dólares al año.

A esa ya existente situación se le suma el Covid-19 que, a pesar de las estrictas medidas de control del régimen cubano, no ha podido controlarse como ha sucedido en casi todos los países del mundo. El aumento estrepitoso de casos, la falta de electricidad en los hospitales, de recursos y productos para mantener una higiene adecuada como jabones, detergentes, desinfectantes y un sistema sanitario, que a pesar de que siempre hicieron alarde de él mismo, no ha podido con la situación, han profundizado la crisis.

Un informe del 1 de febrero del 2021 del Instituto para la Guerra y la Paz señalaba el mal manejo de la pandemia en Cuba y la desinformación que rodeaba el virus. “El régimen promovió la homeopatía como protección ante el Covid-19 mientras promovían cifras falsas de víctimas fatales”. Todo esto propició las manifestaciones.

Como twitteó el reguetonero cubano Yamil “teníamos tanta hambre que nos comimos el miedo”, explicando que motivó la salida a la calle de la gente en un sistema tan controlado y reprimido como el cubano.

En medio de esta situación y ante el silencio de la Administración Trump en las primeras horas de las protestas, los aliados de la Habana se empezaban a manifestar.  Moscú aprovechó para decirle a Estados Unidos que ellos siguen firmes en su compromiso con la isla como en la época soviética. Así como Irán condenaba las sanciones americanas a Cuba, al igual que lo hacía Maduro desde Caracas mientras expresaba su ya conocido apoyo total al régimen cubano.

Por su parte, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Zhao Lijian, culpaba a USA del problema eléctrico y la falta de medicinas en Cuba por el embargo económico, además de afirmar que “China se opone firmemente a la injerencia extranjera en los asuntos internos de Cuba, apoya firmemente lo que Cuba ha hecho en la lucha contra el Covid-19, y apoya firmemente a Cuba en la exploración de un camino de desarrollo adecuado a sus condiciones nacionales”.

La Administración Biden tardó mucho en comentar la situación de protestas sin precedentes. Lo que ha sido un grave error político tanto doméstico como internacional. A nivel internacional se muestra débil de liderazgo, a pesar del compromiso moral que tiene Washington con Cuba. Además, el tiempo que tardaron le sirvió al régimen castrista para apresar ciudadanos, reprimir manifestantes, confiscar móviles para intentar conseguir videos de los protestantes e identificarlos. El bloqueo de internet ha sido parte de la estrategia castrista para prevenir que se informen dentro de la isla y que envíen reportes afuera de lo que está sucediendo.

La valentía de los ciudadanos que como bien describió el músico cubano los llevó a sobreponerse al miedo a un régimen que tiene controlado cada aspecto de sus vidas, que hace uso de todo tipo de inteligencia para saber cómo siente y piensa cada individuo. Y que no tiene ningún recato en neutralizar a aquellos que disienten, aunque sea porque no pueden tener aspiraciones ni sueños.

INTERREGNUM: El ‘pivot’ de Putin no funciona. Fernando Delage

La sucesión de recientes reuniones en las que China ha sido uno de los principales protagonistas (G7, OTAN y cumbre Estados Unidos-Unión Europea), y el posterior encuentro de Biden y Putin en Ginebra, han desviado la atención de las dificultades rusas en el Indo-Pacífico. Cuando se acerca el décimo aniversario del anuncio informal por Vladimir Putin de su “giro” hacia Asia, los resultados conseguidos distan mucho de lo esperado. Al mismo tiempo, Rusia se inquieta por unos movimientos diplomáticos hacia esta parte del mundo que pueden acrecentar su aislamiento.

Después de que Biden convocara, a mediados de marzo, la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD, Moscú no tardó en reaccionar, enviando al ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, a China, Corea del Sur, India y Pakistán. En enero, Lavrov ya había descalificado la estrategia norteamericana del Indo-Pacífico por su “potencial destructivo”. “Su objetivo, indicó, es el de dividir a los Estados de la región en ‘grupos de intereses’, debilitando de este modo el sistema regional con el fin de afirmar su preeminencia”. Durante su visita a Delhi, Labrov hizo especial hincapié en las críticas al QUAD, que definió como un intento por parte de Washington de involucrar a India en “juegos anti-chinos” y erosionar las relaciones indo-rusas.

El QUAD es lógicamente percibido por Moscú como un instrumento que afecta a su posición en Asia, un continente al que se vio obligada a prestar mayor atención como consecuencia del conflicto de Ucrania y su alejamiento de europeos y norteamericanos. La absoluta prioridad rusa es China, pero pese a la retórica de complicidad entre ambos—la coincidencia de no pocos de sus intereses es innegable—, la asimetría de poder entre las dos potencias se traduce en una relación pragmática y de conveniencia, en la que Moscú ocupa la posición subordinada.

Los hechos confirman, por otra parte, que la reorientación hacia China no está cumpliendo las expectativas económicas previstas. Lejos de aumentar su presencia, los inversores chinos se están retirando del país. Sólo entre el primer y tercer trimestre del año, la inversión directa china cayó casi un 52 por cien (de 3.700 millones de dólares a 1.800 millones de dólares), aunque es una tendencia observable durante los últimos seis años. Tampoco en los grandes proyectos de infraestructuras, cuya modernización es determinante para el futuro de la economía rusa, se ha producido la esperada entrada de capital chino. Moscú teme incluso una significativa caída de las importaciones chinas de petróleo (en abril se redujeron en un 15,3 por cien), ante el notable aumento de las inversiones chinas en Irán e Irak.

Para diversificar riesgos, Rusia ha tratado de complementar sus vínculos con China mediante el reforzamiento de sus relaciones con otros Estados asiáticos (India, Japón y los países de la ASEAN) y de su presencia en las instituciones regionales (como APEC y la Cumbre de Asia Oriental). Su acercamiento a Asia es también una de las motivaciones centrales del proyecto de la Gran Eurasia promovido por Putin, algunos de cuyos pilares son la Unión Económica Euroasiática (UEE) y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Moscú aspira a establecer una mayor colaboración entre la UEE y la ASEAN, y a que la primera de ellas obtenga estatus de observador en APEC. También confía en poder maximizar su posición geográfica como nodo de conectividad entre Asia y Europa.

Son objetivos todos ellos que pueden verse afectados por la consolidación del Indo-Pacífico como concepto estratégico. El QUAD complicará los intentos de estrechar su relación con otras potencias asiáticas, India en particular. De ampliarse el grupo a nuevos miembros, como Corea del Sur o Vietnam, no sólo se reducirá aún más su margen de maniobra, sino que se incrementará una dependencia de Pekín que quiere evitar. En último término pues, mientras que desde 2012 China ha conseguido todo lo que esperaba de Moscú, Rusia ve por el contrario cómo se agravan los dilemas de su estrategia asiática.

LA CUMBRE PARA LA DEMOCRACIA Y SUS IMPLICACIONES PARA CHINA (I). Pascual Moreno

Durante la campaña presidencial estadounidense de 2020, el entonces candidato Joe Biden presentó un plan de acción en el que exponía su visión de la política exterior que llevaría a Estados Unidos a recuperar su capacidad de liderazgo a nivel doméstico e internacional. Mediante la promoción de la seguridad, de la prosperidad y de los valores democráticos se renovarían alianzas que permitirían enfrentarse de manera unida a los retos globales.

Biden prometió entonces organizar y albergar durante su primer año de mandato una Cumbre Global por la Democracia para “renovar el espíritu y propósito compartidos de las naciones del mundo libre”. Este compromiso se ha mencionado reiteradamente por parte de la Casa Blanca en comunicados oficiales, borradores políticos, conferencias de prensa…

La motivación principal detrás de esta Cumbre es revertir la tendencia actual según la cual el liderazgo y la democracia norteamericanas se han debilitado enormemente tras la presidencia de Donald Trump. Los asaltos a instituciones democráticas como el Capitolio, un resurgimiento global de autocracias y de ataques anti-democráticos, episodios racistas contra la inmigración, una creciente desigualdad económica y el rápido avance de la desinformación son todos ellos desafíos contra las instituciones democráticas que constituyen la imagen de EE.UU. en el mundo.

La administración Biden afirma que, basándose en la interconexión entre la calidad de las instituciones democráticas domésticas y una posición de liderazgo global, EE.UU. debería liderar una coalición comprometida con 1) la lucha contra la corrupción, 2) la defensa contra el autoritarismo, y 3) la defensa de los derechos humanos a nivel doméstico y global

Pese a que la Cumbre se encuentre todavía en una fase muy preliminar de preparación, no hay ninguna duda –así se ha especificado de manera explícita por parte de oficiales y expertos- de que China sería uno de los principales puntos de discusión. Queda por ver el tono y el nivel de confrontación que la Administración Biden está dispuesta a ejercitar.

Durante el mandato de Donald Trump, el Presidente y el Secretario de Estado Mike Pompeo dedicaron generosos esfuerzos a minar la imagen benévola que China ha promocionado en los últimos tiempos como un motor de crecimiento económico y socio comercial ideal, tratando de convencer al público estadounidense y a posibles socios del país asiático que se estaba librando una “lucha contra el comunismo por el alma mundial”.

Diferentes asuntos estarán sobre la mesa de discusión en la Cumbre, de igual manera que lo han estado en los encontronazos diplomáticos de los últimos tiempos. La reunión de los ministros de Asuntos Exteriores del G7 en mayo de 2021 emitió un comunicado mencionando alguno de los siguientes asuntos con especial severidad. Se espera que la Cumbre para la Democracia haga hincapié en ellos.

  • El desmantelamiento de la democracia e independencia de Hong Kong, en aparente violación de la Declaración Conjunta Sino-Británica de 1984 para la devolución de Hong Kong a China. El Reino Unido ha sido muy asertivo en este aspecto y otras naciones apoyarían su postura. El G7, “profundamente preocupado”, hizo un llamamiento a las autoridades de China y Hong Kong para detener el hostigamiento y detención de activistas por la democracia, respetar la independencia judicial y contener la erosión de la democracia. Por parte de la Cumbre, se espera una declaración firme en este sentido o incluso sanciones adicionales a las ya impuestas por Estados Unidos a 24 funcionarios chinos en Marzo.
  • El tratamiento a los Uigures en la región autónoma de Xinjiang, que ha provocado preocupación global en grupos de defensa de derechos humanos, gobiernos e incluso empresas multinacionales. Se añade a los interrogantes sobre la situación en la región autónoma del Tíbet. Las tensiones han crecido hasta el punto de que la Unión Europea ha emitido sanciones contra China por primera vez en 30 años, provocando a su vez una airada respuesta por parte de las autoridades chinas, que han sancionado a institutos de investigación europeos, académicos y funcionarios de alto nivel. El G7 ha reclamado una investigación por parte del Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas e insistirá en difundir y poner en conocimiento de la población general y en el mundo de los negocios estas sospechas. Hay escasas dudas de que la Cumbre realizaría una declaración similar a la del G7, reclamando mayor investigación sobre la situación en Xinjiang y proponiendo sanciones.
  • El anuncio de la invitación a Taiwan para acudir a la Cumbre como un socio estratégico, económico y democrático fundamental es una apuesta segura para enfurecer al Gobierno Chino. Queda por concretar el grado de participación y contribución de Taiwan, aunque Estados Unidos y el G7 defienden de manera activa la participación de Taiwan en instituciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud, aclamando su buena gestión durante la pandemia de la COVID-19. Se espera que en la Cumbre se realice una declaración llamando a la defensa de los valores democráticos de Taiwan.

Estos asuntos son considerados por parte de China como temas en territorios domésticos y de soberanía nacional en los que no cabe la intromisión de poderes extranjeros. En la segunda parte de este artículo se analizarán otros temas de índole más económica y dimensión global.

La guerra fría del Pacífico. Nieves C. Pérez Rodríguez

La guerra fría entre China y Estados Unidos parece ser cada día más real. Trump puso de moda el tema y Biden ha continuado en la línea de denunciar los abusos chinos y unificar frentes internacionales en pro de los valores de occidente.

Por su parte, China ha ido ganando fuerza y seguridad debido al extraordinario crecimiento económico que ha experimentado, por lo que Beijing ha ido asumiendo con mayor determinación el rol de nación líder en la escena internacional. Ha aprendido a caminar las vías institucionales para hacerse oír, en otros casos ha encontrado caminos menos regulares para conseguir influencia internacional otorgando créditos y construyendo obras de infraestructura en países desfavorecidos, que se cobran con unos intereses que duplica su valor y que en muchos casos los resultados son obras de una calidad tan precaria que acaba derrumbándose o dando problemas estructurales a poco tiempo de ser entregados. Y más recientemente la diplomacia de vacunas que le ha permitido a China llegar a cualquier rincón del planeta en el que han tendio interés.

Desde el Congreso estadounidense un grupo de senadores han articulado leyes para neutralizar los abusos chinos y generar conciencia de las prácticas del PC chino. Además de las sanciones que los estadounidenses han ido imponiendo como las de julio del 2020 a otros 4 funcionarios chinos claves, como el jefe regional del PC Chen Quanguo, quien es visto como el artífice de las políticas de Beijing contra las minorías musulmanas, como una forma de protesta a lo que está sucediendo en la Región autónoma de Xinjiang.

Pero también se han sancionado figuras como la alta ejecutiva de Huawai Meng Wanzhou, por orden de un tribunal de New York que emitió una orden de arresto para Meng para que fuera juzgada en los Estados Unidos sobre violación a sanciones estadounidense en contra de Irán y conspiración para robar secretos comerciales. Meng fue detenida en Canadá por petición de la Administración Trump.

A estas sanciones Beijing respondió con cólera sancionando a un grupo de legisladores estadounidenses en agosto del año pasado por ser los promotores de legislación que alerta y previene sobre el peligro que representa el PC chino para los Estados Unidos y el resto del planeta.

Entre los sancionados se encuentra el senador Marco Rubio por el Estado de Florida, quien es vicepresidente del comité de inteligencia del Senado, y miembro del comité de relaciones exteriores quien le dijo a 4Asia: “Beijing puede imponer todas las sanciones que quiera en mi contra. Incluso, pueden hacer que sus medios de comunicación oficialistas me dibujen en caricaturas como un diablo, si así es como quieren perder su tiempo. Nada de eso detendrá mi trabajo o silenciará mi voz. Sus sanciones en mi contra son prueba de su inseguridad y revelan que las iniciativas de política exterior bipartidistas que he liderado amenazan la agenda del Partido Comunista chino. Tanto EE. UU. como nuestros aliados afines debemos permanecer unidos contra la creciente amenaza del PC chino”.

Las sanciones de Beijing a los estadounidenses son meramente simbólicas, pues ninguno de los legisladores tiene inversiones en territorio chino. Mientras que para los chinos las sanciones estadounidenses son incómodas y pueden acarrear consecuencias indirectas como le sucedió a Lam Carrie, la jefe ejecutiva de Hong Kong, quien fue sancionada por Washington por su posición intransigente en contra de los manifestantes que protestaban el cambio de estatus de aquel  territorio. A pesar de que Carrie afirmó no tener ningún interés en viajar a los Estados Unidos, en el momento de la sanción su hijo estaba estudiando en la Universidad de Harvard y tuvo que salir en el siguiente vuelo de regreso a casa, pues esas sanciones salpican a los familiares directos, las inversiones del sancionado, cuentas bancarias, etc.

En medio de esta guerra fría entre Washington y Beijing un ala del partido republicano, basándose en las “prácticas irregulares chinas”, ha organizado una plataforma por Facebook y por Twitter llamada “Stand up to China” para divulgar el peligro que representa la nación china para los intereses estadounidenses. Con argumentos como el Covid-19 o el peligro del crecimiento militar chino crearon esta organización sin fines de lucros para crear conciencia sobre la agenda de Beijing. Según Axios -un medio digital de credibilidad- llevan gastados unos 600.000 dólares en campañas cuyo objetivo inicial fueron los usuarios de dichas redes en Florida durante 2020 y, en efecto, el estado de Florida votó fuertemente republicano en la pasada campaña presidencial de noviembre.

Stand up to China se creó en enero del 2020 y durante su primer año estuvo centrado en Florida, pero ahora está operando en un radio mucho mayor, cubriendo los estados claves en las campañas presidenciales estadounidense como Iowa, New Hampshire, South Carolina y Nevada, lo que es un claro reflejo del arrastre que la plataforma consiguió ya en Florida y que ahora pretende seguir expandiendo sus resultados.

Stand up to China tiene detrás figuras que han promocionado leyes anti-chinas para proteger las empresas estadounidenses, la propiedad intelectual americana, las libertades democráticas como el mantenimiento de la privacidad virtual, la libre competencia, entre muchos otros temas domésticos claves. Un buen ejemplo es el senador Rubio, quien está en campaña para ser reelegido en noviembre del 2022 y cuya campaña será reñida, pues las presidenciales mostraron que Florida es un estado clave en el que el discurso anticomunista tiene gran arrastre.

Además, Rubio y sus aliados políticos se han hecho con una reputación de lucha sostenida en contra del PC chino al punto que los últimos emails de su centro de campaña se titularon: ¿Es hora de hacer frente a la China Comunista?, lo que demuestra la tremenda importancia que el argumento de China ha adquirido en los últimos años en la política domestica de los Estados Unidos. Pues la campaña de un Senador se está basando además de atendar las necesidades del Estado que representa y los ciudadanos que le votan es usar el peligro chino como en su momento se habló del peligro soviético.

INTERREGNUM: Todos contra China. Fernando Delage

Seis meses después de su toma de posesión, el viaje a Europa del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, marca un momento decisivo en la construcción de su política exterior. Sus dos grandes ejes ya estaban definidos: el primero, responder al desafío que representan las potencias autoritarias para el futuro de la democracia en el mundo; el segundo, articular una estrategia multidimensional frente al ascenso de China. Las democracias, más allá de la defensa de los valores pluralistas, deben también demostrar que son eficaces a la hora de gestionar los problemas de sus sociedades. Con respecto a China, Washington debe encontrar un equilibrio entre confrontación y cooperación. Sentadas las bases de la “doctrina Biden”, el siguiente paso consiste en dar forma a una estructura diplomática que permita lograr tales objetivos, para lo que resulta indispensable la colaboración de sus socios.

Si Trump debilitó la cohesión de Occidente como comunidad política, Biden quiere demostrar su necesidad en el mundo del siglo XXI, adaptando las alianzas de Estados Unidos a los cambios que se han producido en el equilibrio global de poder. Biden empezó por Asia, convocando—en marzo—la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del Quad, y recibiendo posteriormente en Washington a los primeros ministros de Japón y de Corea del Sur. Mientras se avanza en la posible ampliación del grupo a un “Quad Plus”, la administración norteamericana ha avanzado simultáneamente en el frente interno. El pasado martes, el Senado aprobó la “U.S. Innovation and Competition Act”, que destinará más de 250.000 millones de dólares a la investigación en inteligencia artificial, computación cuántica y semiconductores, entre otras áreas, con el fin de mantener una ventaja competitiva sobre China. También la semana pasada, el Pentágono anunció el fin de los trabajos de la China Task Force que, en enero, recibió el encargo de proponer las líneas maestras de la estrategia a seguir hacia la República Popular, aunque sus conclusiones permanecen clasificadas.

La reuniones del G7 y de la OTAN y la cumbre Estados Unidos-Unión Europea tienen como objetivo avanzar en esa misma dirección. Al invitar a Cornualles a India, Australia, Corea del Sur y Suráfrica, el G7 ha lanzado un claro mensaje político por parte de un conjunto de democracias que representan a más de 2.200 millones de habitantes del planeta y más de la mitad del comercio global. Mientras los dirigentes chinos—al igual que Putin—alimentan un discurso sobre el declive de Occidente y la “obsolescencia” del liberalismo, los participantes en la cumbre acordaron la puesta en marcha de su propia alternativa a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín. Y, por primera vez en un comunicado final del grupo, se hizo referencia a “la importancia de la paz y estabilidad en el estrecho de Taiwán”; se expresó la “grave preocupación por la situación en los mares de China Oriental y Meridional”; y se manifestó la “oposición a todo intento dirigido a cambiar unilateralmente el statu quo e incrementar las tensiones”. Se solicitó asimismo de China el respeto a los derechos humanos en Xinjiang, y a las normas que establecen la autonomía de Hong Kong.

China ha sido también tema central en la cumbre de la OTAN en Bruselas el 14 de junio, aún no concluida al redactarse estas líneas. Aunque la República Popular no apareció en ningún documento oficial de la organización hasta diciembre de 2019, su secretario general, el noruego Jens Stoltenberg, ya había anticipado que, en los trabajos para la elaboración de la próxima revisión estratégica (“NATO 2030”), no pocas de las propuestas están relacionadas con el gigante asiático, como la creación de un Consejo OTAN-Pacífico, el establecimiento de una relación formal con India, o una vinculación con el Quad. La dificultad estriba, no obstante, en que dichas iniciativas puedan contar con el consenso de todos los Estados miembros.

Algo similar ocurre en la Unión Europea. Aunque ésta propuso una nueva agenda transatlántica nada más ganar Biden las elecciones, y comparte con la Casa Blanca la urgencia de “la cuestión China”, las diferencias son innegables. Washington quiere contar con la UE en su estrategia hacia Pekín, pero Bruselas prefiere optar por un camino menos beligerante que no ponga en riesgo sus intereses económicos. En la cumbre del 15 de junio se espera lanzar un Consejo sobre Comercio y Tecnología que permitirá actuar de manera coordinada en asuntos como las exigencias de acceso al mercado chino o la promoción de estándares tecnológicos conjuntos. Es ésta una aproximación técnica y gradual que contribuirá a mitigar las divergencias políticas de fondo entre ambos socios.

Las discusiones de una intensa semana permiten pues concluir que se van consolidando los esfuerzos dirigidos a construir un enfoque compartido por el mundo democrático sobre China, y a reorientar el eje geográfico de sus preocupaciones estratégicas hacia el Indo-Pacífico. La evolución política de Occidente abre una nueva etapa al integrarse, bajo distintos formatos, en una misma coalición global con las democracias de Asia.

El G7 frente a China

El presidente Biden se ha apuntado un triunfo en su estrategia frente al desafío de China logrando la cohesión del grupo de los siete países con las economías más fuertes del planeta (G7). Pretendía cambiar el rumbo marcado por Trump es sus formas arrogantes y unilaterales aunque no en el fondo: se trata, como antes, de frenar la crecente influencia china en los planos económico, tecnológico, político y militar, y no sólo por competir por estos espacios sino porque aquella influencia se apoya y se desarrolla sobre instrumentos de desprecio a los derechos humanos, a las libertades, a las garantías jurídicas y a las reglas de los mercados.

La estrategia aprobada por el G7, y que ahora debe ser puesta en práctica por los países (y no sólo por los del G7) que tienen en le nuca el aliento de los fondos y las presiones chinas, no será sencilla de aplicar. Esta consiste en varios ejes, entre ellos ofrecer a los países menos desarrollados inversiones en infraestructuras competitivas con las que ofrece China, invertir en desarrollo tecnológico para competir con las empresas chinas y hacer un esfuerzo especial a este respecto en aquellos países incluidos por China en su estrategia rotulada con la marca propagandística de recuperar la ruta de la seda.

Además, Biden ha logrado, no sin esfuerzo, que se haga mención a la necesidad de garantizar la seguridad y la estabilidad en el estrecho de Taiwán en una clara advertencia a las públicas pretensiones chinas de conseguir por la fuerza la sumisión de Taiwán a la autoridad de Pekín.

De esta manera Washington recupera y afianza su liderazgo en la agenda internacional, al menos en algunos de los problemas que plantean los retos de a China y Rusia, un liderazgo que Trump había debilitado con sus erráticas improvisaciones y su arrogancia.

Pero no hay que sobrestimar los aprobados en Gales. EEUU tiene intereses propios como los tienen Alemania, Francia y el Reino Unido al margen de la Unión Europea, y es la UE la que debe conseguir un consenso interior básico entre estos intereses para enfrentar la política exterior de Rusia y la de China.

En todo caso unas nuevas bases están puestas y sobre estas hay que comenzar a trabajar, y a acometer importantes inversiones que habrá que explicar a los sociedades que van a sufragarlas enfrentando argumentos populistas en los que los opositores a los valores democráticos son auténticos expertos.

INTERREGNUM: Moon visita a Biden. Fernando Delage

El presidente surcoreano, Moon Jae-in, ha sido el segundo líder extranjero recibido por el presidente Joe Biden en Washington desde su toma de posesión. Su visita de la semana pasada, después de la realizada en abril por el primer ministro japonés, Yoshihide Suga, confirma la prioridad dada por la Casa Blanca a su estrategia hacia el Indo-Pacífico. Además de engrasar una de sus alianzas bilaterales más importantes—desatendida por Trump durante su mandato—, Estados Unidos no puede prescindir de Corea del Sur para todo lo relacionado con China y con Corea del Norte.

Por lo que se refiere a esta última, Moon, creyente en la posibilidad de un arreglo diplomático con Pyongyang,  ha intentado conseguir una mayor flexibilidad por parte de Biden. La Casa Blanca insiste, no obstante, en que las sanciones no pueden relajarse mientras Corea del Norte continúe violando las resoluciones de la ONU. Su posición sobre este asunto quedó clara el 30 de abril, al anunciarse que ni se perseguirá un “gran acuerdo”—como pretendió Trump—ni mantendrá la política de “paciencia estratégica” preferida por Obama. Aun intentando distinguirse de sus antecesores mediante una especia de “tercera vía”, Biden mantiene como objetivo básico la completa desnuclearización de la península, pero sin especificar cómo hacerlo.

Consciente el presidente norteamericano de que ninguna administración anterior ha conseguido avanzar en el mismo propósito, quizá sólo posible mediante un cambio de régimen en el Norte, y de que a Moon sólo le queda un año de mandato por delante, lo lógico resultaba que ambos aliados hicieran hincapié en su compromiso con una posición coordinada con respecto a Corea del Norte. Como quería Seúl, el comunicado conjunto incluye una referencia a los principios de la Declaración de Singapur firmada por Trump y Kim Jong-un en 2018. Y, en contra de lo esperado por numerosos analistas, Washington ha nombrado finalmente un enviado especial para la cuestión norcoreana.

En cuanto a China, siguiendo el guión previsto, Biden no ha hecho una invitación formal a Moon para la incorporación de Corea del Sur al Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (Quad), asunto sobre el que tampoco existe consenso entre los restantes miembros (Japón, India y Australia). La Casa Blanca comprende el limitado margen de maniobra de Seúl: China es unos de sus socios económicos más relevantes , del que tampoco puede prescindir en su política de acercamiento a Pyongyang. Pero Washington ha ampliado la agenda del grupo de tal manera—para incluir temas como vacunas, energías renovables, cambio climático o producción de semiconductores—, que Corea del Sur puede alinearse con el Quad sin necesidad de integrarse, y sin provocar por tanto la hostilidad explícita de China.

Pekín observa, con todo, que este primer encuentro de Moon con Biden ha servido para reforzar de manera significativa la alianza (debilitarla, como el resto de las asociaciones de Washington, es una de sus prioridades). La renovación de los acuerdos sobre la presencia militar norteamericana—que Trump bloqueó al exigir una mayor contribución financiera por parte de Seúl—ha facilitado ese resultado, visible en otras decisiones, como la reanudación de los canales bilaterales de diálogo, el suministro norteamericano de medio millón de vacunas a Corea del Sur, o la anunciada inversión de empresas de este último país, con Samsung a la cabeza, por más de 25.000 millones de dólares en Estados Unidos. También en la reafirmación por ambos líderes de los valores democráticos como eje de su cooperación.

Pese a sus diferencias,  cada uno de ellos ha conseguido buena parte de lo que quería. Debilitado por la derrota de su partido en las últimas elecciones parciales, Moon no ha vuelto a casa de vacío, mientras que Biden consolida otro pilar de su política asiática, en vísperas del anuncio, en junio, de su esperada estrategia con la que afrontar una China más poderosa.

Biden cambia el paso con Corea del Norte

El presidente Biden ha decidido cambiar el paso en las relaciones de Estados Unidos con Corea del Norte y situarse entre el objetivo de Donald Trump de lograr “un acuerdo histórico” y la vía de “la paciencia estratégica” defendida por Obama y su equipo del que Biden era un destacado componente. En la entrevista sostenida por el presidente norteamericano y el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, en la tercera semana de mayo, Biden subrayó, además de su voluntad de reforzar los lazos con su aliado coreano, su convicción de que avanzar hacia una desnuclearización del régimen comunista del norte es prácticamente inalcanzable.

Con ese análisis ha despejado la incógnita de un próximo encuentro  con  el dictador norcoreano, Kim Jong-un, para lo que señala que sería necesario previamente un compromiso de desnuclearización por parte de Pyongyang. Para Kim, la amenaza nuclear ha sido la palanca que le ha permitido afianzar su protagonismo, hablar directamente con Trump, e influir en la geopolítica del Pacífico, donde un Trump errático, entre amenazador y tendente a replegarse, ha hecho dudar a sus aliados tradicionales. Y, desde esa perspectiva no parece que vaya a asumir compromisos previos para situarse en un nivel, entrevistarse con un presidente norteamericano, en el que ya ha estado sin condiciones previas.

Pero como eso lo saben Biden y su equipo, lo más probable es que detrás de su planteamiento está solo una maniobra para ganar tiempo y ver los próximos acontecimientos en la región, con China en papel cada vez más agresivo, mientras se refuerzan los lazos con los aliados históricos de Washington.

Es evidente que para avanzar por esta senda, Biden necesita el apoyo completo de Japón y Corea del Sur y por eso Biden ha privilegiado con esos países sus primeros contactos y sus anuncios sobre cómo afrontar la tensión en la península coreana. Y en este escenario, aunque el acuerdo es amplio no hay coincidencia total de intereses. Al presidente surcoreano le queda menos de un año como jefe de Estado y ha centrado su gestión en mejorar las relaciones con Pyongyang y recientemente reiteró su compromiso de lograr la paz antes de dejar el poder, lo que implicaría cierta urgencia en alcanzar resultados. Desde Japón, por su parte, se ven las cosas con más tranquilidad y su prioridad es obtener más certidumbre respecto a los compromisos norteamericanos respecto a la seguridad en la región y frente a los desafíos chinos en las aguas que China y Japón se disputan.