Repensar la amenaza de China

Que China, su modelo político, sus intereses y su política de expansión de influencia y de esos intereses es una amenaza para las sociedades occidentales asentadas sobre las libertades y el bienestar consecuencia de ellas no es discutible, Lo que sí está en discusión es la dimensión, las características y la gravedad de esa amenaza y las medidas necesarias para neutralizarla o contenerla.

No se trata de enredarse sobre si la tecnología o una red cibernética concreta dispone de elementos para penetrar la seguridad occidental (aunque también hay que analizarla, sino de entender el concepto de amenaza como algo más amplio, más global que va, desde esta tecnología hasta la telaraña que China está desplegando y que llena de dependencia a muchos países a través de la compra de deuda, la cautividad de mercados y el intercambio económico con las ventajas que supone su Estado autoritario, la falta de libertad y de control interno y la liquidez de su proceso de crecimiento.

En una entrevista con The Times hace unas semanas, Gerhard Schindler, que estuvo al frente del servicio alemán de seguridad, BND, entre 2011 y 2016, llamaba la atención sobre lo esencial del comportamiento “agresivo” de Pekín en el mar de la China Meridional y su hegemonía económica sobre las regiones de África, así como la Nueva Ruta de la Seda financiada por China que se extiende por Eurasia.

“China está haciendo las cosas de manera muy inteligente, muy silenciosa, pero, en cualquier caso, con una estrategia asombrosamente consistente, y es preocupante que en Europa apenas notamos este comportamiento dominante”, asegura Schindler. Añade que la estrategia de China necesita ser reconsiderada. “En Alemania, dependemos en parte de China, por ejemplo, en nuestra industria automovilística. Pero no se puede aliviar esta dependencia volviéndose más dependientes; deberíamos esforzarnos por ser menos dependientes”, explica. 

En geopolítica, subrayan los expertos, los vacíos son rápidamente ocupados por entes que buscan posicionamiento, ya sea este estatal o no. Esto explica en parte el avance simultáneo de China en Oriente Próximo ante el retroceso de Estados Unidos que comienza tras el discurso del presidente Barack Obama en El Cairo el 4 de junio de 2009. No sólo porque el mundo suní e Israel, sus aliados naturales, entendieron entonces que Washington ajustaba su política exterior hacia Irán (ahora en proceso de rectificación), sino porque la meta utópica de cooperación que planteaba coincidió con la reducción de su dependencia de los proveedores de hidrocarburos de Oriente Medio y África. Se calcula que, para 2035, el 95% de las exportaciones de petróleo y gas desde esa zona fluirán hacia los países emergentes de Asia-Pacífico, lideradas por China.

En este contexto se produce el acercamiento de China a Irán, materializado en el reciente Acuerdo de Asociación Estratégica Integrada, por el que China invertirá a lo largo de 25 años 400.000 millones de dólares, tiene un componente energético y militar en condiciones económicas favorable a largo plazo y supondrá un refuerzo del régimen de los ayatolás al dar oxígeno a su debilidad actual.

Son dos ejemplos significativos del cambio que se está produciendo en la relación de fuerzas a escala internacional y es en este escenario global en el que hay que medir la amenaza china, más allá de sus retos tecnológicos.

Guerra en la ruta de la seda

Aunque se mantiene a prudente distancia, China observa con atención el conflicto en Nagorno Karabaj que se desarrolla en medio de la ruta del Cáucaso por donde pasa la Ruta de la Seda reinventada por China para la comunicación con Occidente. Los cuidadosos, equilibrados y delicados pasos dados por China en sus relaciones políticas comerciales y militares con Pakistán e Irán tienen, como objetivo estratégico más allá de los beneficios puntuales, tejer una red de alianzas que mantenga estable y pacífica la ruta.

El conflicto de Nagorno Karabaj, territorio, que los armenios denominan Artsaj, es producto de la política despótica de Rusia cuando, como cabeza de la URSS constituyó la República Socialista Soviética de Azerbaiyán integrando en ella el área ahora en disputa, poblada por armenios, de religión cristiana, rodeada de azeríes de etnia turca y musulmanes, despreciando la historia y la matanza de armenios instigada o tolerada por Turquía y curiosamente ejecutada por milicias kurdas y nacionalistas turcos. Con el hundimiento de la URSS y la independencia de Armenia y Azerbaiyán el conflicto estaba servido y en la guerra de 1991 Armenia derrotó a los azeríes imponiendo la independencia de hecho de Artsaj (que sólo Armenia reconoce) pero ocupando a la vez zonas de etnia azerí para garantizar un pasillo de comunicación de Nagorno Karabaj con Armenia. Azerbaiyán ha aprovechado unos movimientos militares armenios para desencadenar una ofensiva en la que han logrado objetivos parciales y poe eso Armenia insiste en un apoyo internacional a un alto el fuego.

Pero aquí las alianzas están cruzadas y en algunos casos resultan paradójicas. Rusia, junto za Bielorrusia, apoya a Armenia a quien ha nutrido militarmente, pero no quiere implicarse directamente. Y Armeia también cuenta con un aliado inesperado, Irán, que a pesar de que los azeríes son musulmanes y mayoritariamente chiitas como los iraníes, ya que Teherán teme un crecimiento de la influencia turca.

En el otro lado, el gran aliando de Azerbaiyán es Turquía con quien comparte lengua, cultura y costumbres además de una intensa colaboración militar. Y otro aliado inesperado: Israel. En Azerbaiyán vive una importante comunidad judía que desarrolla su vida con una normalidad inexistente en cualquier otro país musulmán de Oriente, incluida Turquía, y el gobierno de Bakú mantiene intensas relaciones comerciales, y de intercambio de inteligencia, con el de Jerusalén. Es más, los drones enviados por Turquía al ejército azerí son de tecnología básica israelí. Israel necesita estratégicamente a Azerbaiyán ante un posible choque directo con Irán.

Ante este escenario China observa y calcula como estar sin estar. Casi como EEUU que trata de impulsar un acuerdo pero no desea una derrota deAzerbaiyán.

Incertidumbre en Washington, incertidumbre mundial

Las elecciones presidenciales de EEUU llegan con un alto índice de incertidumbre y, por una vez, no solo acerca del quien ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años sino sobre la estabilidad institucional del país.

Varios expertos consideran que la polarización de la sociedad estadounidense, agravada los últimos años, representa un riesgo de confrontaciones sociales que podrían conducir a una parálisis institucional con repercusiones nacionales e internacionales.

La situación se agrava con la coyuntura electoral. Los mensajes de Trump poniendo en duda la limpieza del proceso electoral en lo que hace referencia al voto por correo, el hecho de que, por la pandemia, ya se haya producido gran parte de este voto que los analistas estiman que es mayoritariamente por Biden, y la posibilidad de que Trump gana en el voto en urna, dibuja un escenario preocupante con una alta movilización callejera.

A esto hay que añadir la existencia de milicias civiles armadas. Las milicias existen desde la fundación misma de los Estados Unidos y responde al modelo de construcción del Estado (desde lo local lo nacional) y a la  concepción de que la sociedad civil tiene derecho a armarse frente eventuales deficiencias o excesiva intervención de los poderes estatales, Así viene recogido en la famosa enmienda constitucional.

Las milicias, contra lo que se suele difundir en Europa sin apenas matices, no son todas de extrema derecha ni de paletos armados. Hay milicias de extrema derecha, de derecha, de fundamentalistas religiosos, de ideología confusa y de extrema izquierda. Las primeras son rurales, de estructura abierta, exhibicionista y prepotente. Pero, aunque menos numerosas, las de extrema izquierda son de ámbito urbano, se presentan como de “autodefensa”, “antifascistas” o resistentes, han adoptado una estructura clandestina y en células, como el terrorismo clásico europeo y latinoamericano y han aumentado su presencia a raíz del último choque racial.

Algunos expertos consideran que este escenario puede facilitar choques sin precedentes en EEUU y llevar a una parálisis interna muy grave.

En el plano internacional, como señala nuestra colaboradora en Washington Nieves C. Pérez en su entrega de esta semana, un posible bloqueo internacional tendría importantes consecuencias en el plano internacional y especialmente en Asia Pacífico. Si a la voluntad (tanto de Trump como lo fue de Obama) de desligarse de algunos compromisos para volcarse en plano interno se suma una incapacidad institucional para actuar, aunque fuera temporal, en un escenario donde China aumenta cada día su influencia y su agresividad, la desconfianza de los aliados tradicionales de Occidente va a crecer. De hecho, Australia lleva años diseñando estrategia propias, aunque sin dejar de contar con EEUU; Filipinas ha aumentado sus intercambios con China, Japón expresa dudas y reclama más protagonismo y Corea del Sur ha aumentado sus iniciativas autónomas. Aunque Estados Unidos ha aumentado sus mensajes de apoyo, Taiwán corre más riesgo cada día.

Ese es el clima con que se espera noviembre y los resultados electorales, sin olvidar que ese mismo panorama envuelve a Europa, donde una ausencia de Estados Unidos y algunas veleidades europeas pueden animar a Putin a aumentar sus ya notables audacias desestabilizadoras.

Vuelven discursos del pasado

En la última etapa de la campaña electoral para la presidencia de los Estados Unidos las referencias a la política exterior, y en concreto en relación con China, comienzan a converger en una crítica al régimen de Pekín. Ya sea por conveniencia puramente electoralista, ya sea por que se asumen como incontrovertible la creciente agresividad de la autocracia china, el candidato demócrata Joe Biden ha endurecido su discurso contra China y ha calificado al presidente chino, Xi Jinping, como matón, a pesar de que, o quizá precisamente por esto, el gobierno chino ha expresado su preferencia por la derrota de Donald Trump y su equipo.

Pero el giro demócrata no se reduce a poner más énfasis en el peligro de la extensión del modelo chino y en la estrategia de expansión comercial política y militar de China por todas aquellas zonas del planeta que considera de su interés. Es más preocupante la adopción de parte del discurso nacionalista y proteccionista de Trump por lo que consideran, en sintonía con las bases sociales en que se apoya Trump, que  la desindustrialización que afecta a la clase media y trabajadora estadounidense es consecuencia de factores exteriores y necesita instrumentos e incentivos que limiten el libre comercio. Estos planteamientos, que también están creciendo en Europa a caballo de los populismos, tanto de izquierdas como de derechas, reclaman más intervenciones estatales, más regulaciones de los mercados, más limitaciones a las iniciativas y a las libertades individuales y, por consiguiente, más presión fiscal apara garantizar el aumento del gasto público, es decir, imitar en parte al modelo chino.

Bruselas habla de China

El Consejo Europeo de octubre ha avanzado líneas de acción estratégica sobre China en la maduración, tardía pero necesaria, de que el ascenso de la potencia asiática y las posiciones erráticas de Donald Trump y Estados Unidos están dibujando un escenario internacional en el que la Unión Europea no puede seguir mucho más tiempo siendo poco más que un espectador a la caza de oportunidades comerciales.

Esto está claramente expresado en la declaración final de la reunión que establece tres ejes de actuación: “Negociaciones de un ambicioso acuerdo global de inversiones UE-China que aborde las actuales asimetrías en el acceso a los mercados, contribuya a unas condiciones de competencia equitativas y establezca compromisos significativos en materia de desarrollo sostenible”; pedir a China “que cumpla sus compromisos previos de abordar los obstáculos de acceso al mercado, avance en la cuestión del exceso de capacidad productiva y entable negociaciones sobre las subvenciones a la industria en el marco de la Organización Mundial del Comercio”, y recordar al gobierno de Pekín “su profunda preocupación por la situación de los derechos humanos en China, en particular por los acontecimientos en Hong Kong y el trato a las personas pertenecientes a minorías, tal como expresó en la Cumbre UE-China de junio y en la reunión de los dirigentes celebrada el 14 de septiembre”.

Como puede observarse, las declaraciones de la Unión Europea, a pesar de su proclamación de principio, apenas va más allá de las quejas de un socio que quiere aparecer como libre de culpa sin poner en riesgo sus ambiciones de presencia en el extenso y fructífero mercado chino. No es que no sean loables los acuerdos aunque sean el mínimo denominador común para aunar los diversos intereses nacionales en relación con China, sino que pueden quedarse en una queja más sin resultados prácticos.

La cada vez más agresiva política china en términos diplomáticos y de servicios de inteligencia para influir en Bruselas sin límites y sin respetar convenciones necesita algo más que una queja. Y, a la vez, pretender que China cambie su cultura comercial cuando se trata de un país autoritario, oficialmente comunista y donde el Estado lo es todo parece más hipocresía que ingenuidad. Y, finalmente, en la amplia zona planetaria donde China está asentando su poder en esta etapa, es decir, el mar del sur de la China y las rutas terrestres y marítimas hacia Occidente la UE carece de capacidad disuasoria, ni política, ni comercial ni militar para negociar una relación “simétrica”. Pero tengamos fe y esperemos que a una declaración ambigua sucedan unas decisiones efectivas.

Sube la tensión militar en el Pacífico

El verano ha sido testigo de ejercicios y maniobras militares de gran envergadura que han tenido como escenario preferente los disputados mares del sur de China que Pekín quiere hacer de exclusiva soberanía china contra los criterios de tribunales internacionales. En cada uno de estos ejercicios se han encontrado fuerzas aeronavales de EEUU y Japón, actuando juntas, y fuerzas chinas observando y recordando sus reclamaciones a la vez que reiterando su vieja aspiración de extender su dominio a Taiwán.  

 El pasado mes de agosto, EE.UU. desplegó ejercicios conjuntos con Japón y sus aliados en el Indo-Pacífico, en los que dos bombarderos B-1s, estacionados en Guam, se unieron a dos B-1s que llegaron desde Estados Unidos. En este “gran ejercicio de entrenamiento”, que comenzó el lunes 17 y terminó el domingo 18 de agosto, también participaron la fuerza de Ataque Reagan, el Cuerpo de Marines, los cazas F-35 Lightening IIs con base en Japón y cazas japoneses.

El Gobierno chino, por su parte, informó el 18 de septiembre del inicio de maniobras militares cerca del estrecho de Taiwán. Se trata, explicó China, de “una acción razonable y necesaria, dirigida a la situación actual en la región”, que tiene como objetivo ulterior proteger “la soberanía e integridad territorial” de China. Además, los días 21, 22 y 23 envió, por separado, dos aviones de combate hacia la isla.

En estos momentos, y tal vez en relación con la dura campaña electoral estadounidense, crecen las alarmas respecto a una hipotética intervención militar china en Taiwán que algunos expertos han llegado a sugerir que podría producirse la primera semana de noviembre, coincidiendo con las elecciones norteamericanas. Aunque hay que resaltar que aunque en los círculos militares oficiales de Washington el nivel de alerta y vigilancia hayan aumentado, no se considera probable una intervención china directa en Taiwán en las actuales circunstancias.

Hasta hace relativamente poco tiempo se consideraba que China no constituía un rival militar para Estados Unidos en caso de un enfrentamiento abierto. Pero, aunque hoy parece seguir siendo válida esa afirmación, las distancias se han acortado. China ha venido haciendo un enorme esfuerzo presupuestario para potenciar sus capacidades aeronavales, ha modernizado sus fuerzas terrestres, se ha ido desprendiendo  de sus dependencias, tanto de material como de doctrina, de Rusia y ha pasado de es esquema básicamente defensivo (que no ha abandonado) a desarrollar capacidades de despliegue de fuerzas fuera de su territorio. Cuando EEUU, con  Nixon, impulso los lazos con Pekín, el gran rival era la URSS y en ese escenario aquella política tenía más sentido. Pero hoy, sin dejar de ser Rusia un desafío a tener en cuenta en determinados escenarios, el reforzamiento político, comercial y militar de China exigen otra atención y otros planes desde Europa y EEUU.

China, nuevos retos

China está a punto de cerrar un gran acuerdo político-comercial con Irán. Pekín invertiría centenares de miles de millones de euros en infraestructuras iraníes y Teherán facilitaría la extensión territorial hacia Occidente de la Ruta de la Seda, además de ofrecer facilidades logísticas en sus puertos del sur. Con ello, Irán trata de paliar las consecuencias de las sanciones estadounidenses por sus desacuerdos sobre el programa nuclear iraní, y China pone una pieza más en su estrategia diplomática de consolidar sus influencias en Oriente Medio.

Sin embargo, las negociaciones están pasando por dificultades. Por una parte, algunos sectores del régimen iraní están planteando su desconfianza por lo que han llegado a denominar colonialismo chino y consideran excesivas las condiciones planteadas por Pekín, que de momento no se han hecho oficialmente públicas. Por otra parte, el acercamiento Pekín-Teherán preocupa a Pakistán, hasta ahora socio preferente de China en la región, ya que hay frontera entre ambos países y China tiene ya puertos comerciales y militares en la costa sur pakistaní.

No hay que perder de vista que Pakistán, país islámico de mayoría sunní y con sectores muy radicalizados, es, a su vez, aliado de Arabía Saudí y enemigos ambos de un Irán de mayoría chií y enfrentado militarmente en Yemén a través de grupos aliados, con la propia Arabia.

Y un tercer elemento. El viraje de los países árabes de mayoría sunní hacia una oficialización de sus relaciones comerciales con Israel y un reconocimiento de este país, está cambiando los equilibrios de poder y poniendo en alerta los apoyos de Irán a grupos palestinos suníes per que se sienten traicionados.

En este proceloso mar tiene que navegar China que, a su vez, tiene crecientes acuerdos comerciales con Israel y con los saudíes. El proverbial pragmatismo chino tiene ante sí varios retos complicados.

China necesita a Xinjiang sumisa

La política china de imponer un modelo cultural homogéneo en todo su territorio y de reducir a la menor expresión posible la identidad de sus minorías étnicas no está determinada solamente por un sentido de superioridad de los han que se siente como la expresión genuina de la esencia nacional china. Los han constituyen el 92% de la República Popular China, el 98% en Taiwán y el  75% en . Los han se dividen en diferentes subgrupos con sus características propias. Aunque siempre han sido mayoría, a lo largo de la historia de china los han han estado sometidos en algunos períodos a otras minorías dominantes, como por ejemplo durante la dinastía Qing (1644-1912), dominada por la etnia manchú, que vetaba los puestos de administración a los han, y durante la dinastía Yuan, cuando fueron sometidos a la supremacía de los mongoles. De ahí nace un supuesto derecho a la hegemonía en todo el territorio. La existencia en Xinjiang, también conicida como el Turkestán oriental, de una población diversa, de religión musulmana y en la que los uigures son mayoritarios, no es cómoda para el modelo nacional comunista de Pekín.

La cercanía de la región a países que comparten cultura y religión islámica con presencia de corrientes radicales constituye, a la vez, un riesgo y una coartada para la cada vez más dura represión china.

Pero, además, la región ha adquirido importancia estratégica para la expansión china hacia Occidente y el establecimiento de bases militares y comerciales en el Índico en su asociación con Pakistán. En ese plan es fundamental la utilización, en un territorio pacificado y controlado, de la carretera entre Kasgar (Xinjiang) y Gwadar, en la costa pakistaní cercana a la frontera con Irán.

Y el control de la ruta en la parte de soberanía china es más importante porque, en la parte pakistaní, la ruta transcurre por la Cachemira adjudicada Pakistán y por la extensa región de Baluchistán, fronteriza con Afganistán e Irán y donde hay una creciente movilización separatista y actividad de grupos yihadistas.

Baluchistán se asienta sobre enormes reservas de oro, cobre y gas, de las más importantes de Asia, y se ha vuelto la clave de uno de los megaproyectos de China, aunque se trata de la provincia más pobre y menos desarrollada de Pakistán. Fue allí donde hace más de dos décadas Pakistán llevó a cabo sus ensayos de armas nucleares.

Esto obliga a China a mantener el orden que exige a Pakistán para poner en marcha sus proyectos y a asegurar una retaguardia segura si se cmplican las cosas en Pakistán, en Cachemira o en la tensa frontera chino-india.

China, África y los demás

China quiere estar en todos los escenarios que le permitan hacer negocios y ampliar su influencia política. En esto no se diferencia de cualquier otro país, pero con sus inversiones Pekín exporta poca transparencia y condiciones políticas que tienden a exportar el modelo autoritario chino y fortalecer sus políticas restrictivas. Y uno de esos escenarios sobre los que se suelen hacer menos análisis es la inversión china en África que dura ya varias décadas.

Según un informe citado por el diario La Vanguardia, China está interesada en las reservas estratégicas del continente.  “Las materias primas de una importancia clásica, como el petróleo y el gas, siguen siendo de especial relevancia en países como Nigeria y Angola, Argelia, Libia o Egipto. Lo mismo que el uranio en Namibia y Níger. O el oro en Ghana, Sudáfrica y Sudán. Pero si hablamos de platinoides, esenciales para los catalizadores, bujías, discos duros, fibras ópticas, pilas de combustible de última generación, etc., es cuando se habla casi en exclusiva de Sudáfrica y Zimbabue. Lo mismo que pasa para las baterías con el cobalto, con la República Democrática del Congo como país destacado. El mismo que concentra las mayores reservas de tántalo, un metal imprescindible para los hoy tan habituales móviles, GPS, satélites, televisores de plasma u ordenadores”. En todos estos países está China presente de una manera u otra. No es raro, señalan los expertos,  en consecuencia, que China sea uno de los principales clientes de África, necesitada como está de las materias primas que centran la economía globalizada del siglo XXI. En su caso, además, se opta por matar dos pájaros de un tiro porque, ante la posible falta de capital en los países africanos, cobra incluso en especie. “A cambio de la financiación de las infraestructuras, varios países africanos han pagado sus deudas a China con barriles de petróleo o minerales estratégicos”.

Pero esto no se hace sin problemas. Los proyectos chinos ponen nerviosos a países occidentales como Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, inversores tradicionales en la zona y rivales discretos entre sí. Pero ahora también Rusia, socio menor aunque actor político creciente, se inquieta. Todo parece indicar que los autores del golpe de Estado en Malí mantienen buenas relaciones con Moscú y pueden cambiar los parámetros de intervención de las fuerzas militares europeas que combaten al terrorismo yihadista. En el fondo, Rusia estaría tratando de conseguir una plataforma de acción en toda la región, rica en materiales estratégicos como el uranio, explotado ahora mayoritariamente por empresas francesas. Un dato: de 2000 a 2012, se identificaron aproximadamente 20 proyectos de financiación del desarrollo según fuentes oficiales chinaos en Malí a través de varios informes de los medios de comunicación. Estos proyectos van desde préstamos por valor de 75.000 millones de francos (154 millones de dólares) a tipos preferenciales de China para construir la autopista Bamako – Ségou en 2010,  hasta una subvención de 51,5 millones de dólares para construir el “tercer puente” para Malí en Bamako en 2007. 

China en el laberinto de Oriente Medio

Es conocido que el valor prioritario en los principios que determinan la política de China se le otorga al pragmatismo. La concepción autoritaria, sectaria, de desprecio a las libertades y los derechos, tan propia del comunismo se ejerce con mano de hierro en el interior se combina con una red de aliados e intereses en el exterior también ausente de principios y de decencia. Lo que importan son los objetivos y estos son obtener negocios para empresas chinas tuteladas por el Gobierno y con ellas ganar un milímetro más en la influencia mundial del régimen.

Así, en el complicado escenario de Oriente Próximo con tantos elementos contradictorios, China se encuentra en un reto para una política que trata de ganar espacio y dinero sin molestar a nadie.

China no puede estar ausente de la región. Necesita petróleo, estirar su influencia y sus fuerzas navales por esa ruta de acceso a Occidente y conseguir negocios. Así, importa petróleo de Irán, tiene acuerdos comerciales con Qatar e Israel, con presencia de gestión en sus puertos, y, formalmente, envía guiños de complicidad a los palestinos. Eso explica que la brutal política china contra los musulmanes del este de su territorio, especialmente los uigures, no haya suscitado apenas críticas de los países árabes tan sensibles a cualquier medida occidental y especialmente israelí en contra de la “resistencia” palestina. Valga decir que en ningún país árabe tienen sus ciudadanos tantos derechos y garantías judiciales como los ciudadanos árabe-israelíes.

China trata de mantenerse de perfil pero el reconocimiento diplomático entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos ha cambiado profundamente los equilibrios profesionales. Los EAU, una potencia económica en la zona, junto a la potencia científica y militar de Israel, dibujan una alianza  contra Irán, abre la puerta a una alianza a la que podrían sumarse los saudíes, Oman y Bahrein y dejan a los palestinos en un limbo en el que pierden apoyos.

En este campo se mueve China, de la que los palestinos quieren apoyo económico, y tal como va la división de la región en bloques más radicalizados Pekín va a encontrarse con dificultades en época de crisis pandémica.