China evalúa a la nueva Administración Biden

A pesar del bajo nivel de comentarios oficiales de Pekín sobre el nuevo presidente de Estados Unidos, China está testando la capacidad de respuesta y la reacción política de Estados Unidos en el terreno militar en varios frentes, pero siempre frente a aliados de Occidente.

A la provocación de hace unos días con la entrada de una docena de aviones de combate en el espacio aéreo de Taiwán se ha seguido la repetición de incidentes en la frontera chino-india en la que existe una disputa de límites territoriales.

El pasado mes de junio ya se produjo un violento choque en el valle de Galwan, en el Himalaya occidental, en el que murieron al menos 20 soldados indios y 76 resultaron heridos.  Estas tensiones impulsaron en octubre pasado la firma de un acuerdo de intercambio de datos por satélite entre Estados Unidos y la India, que permitirá a Nueva Delhi obtener una mayor precisión para el manejo de sus misiles o drones. Este acuerdo profundiza el estrechamiento de lazos entre EEUU e Indía, país que en el pasado fue un sólido aliado de Rusia en la región y con lz que mantiene buenas relaciones. Pero el impulso de la alianza militar entre Estados Unidos y la India frente a China no se limita a las fronteras terrestres, sino que ambos países tratan de contrarrestar también la influencia de Pekín en el Índico, en naciones como Sri Lanka o Maldivas.

Todo esto está conformando un nuevo mapa estratégico y de relaciones de poder en la región en la que China lleva desarrollado desde hace décadas un despliegue de influencia política, fuerzas militares y lazos económicos de este a oeste. Y en ese nuevo panorama, en el que está ausente la Unión Europea como actor importante, Estados Unidos parece dispuesto a mantener una posición de fuerza, contando más con los aliados regionales que durante el mandato de Donald Trump, y otorgando más protagonismo a dos potencias regionales que se revelan como claves: India y Australia. Y eso a Pekín le causa nerviosismo.

China-EEUU: la distancia económica se acorta

El que va a ejercer como secretario de Estado con el presidente Biden, Anthony Blinken, ha marcado ya el terreno al afirmar formalmente que el presidente Trump acertó en el diagnóstico  sobre la amenaza que supone China y subrayó que el desafío que supone la potencia asiática debe ser enfrentado “desde la fortaleza y no desde la debilidad”.

En este escenario entra el hecho de que China está aprovechando mejor la pandemia en el terreno económico y reduciendo las distancias entre su economía y la de EEUU. Un informe publicado por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) sostiene que el impacto de la pandemia ha intensificado la rivalidad entre ambos países y sugiere que China conseguirá acercarse al primer puesto como la principal economía del planeta en los próximos cinco años. Ya varios expertos habían concluido que la economía de China superaría a la de EEUU en 2030 y ahora se afirma que  puede haberse acortado los plazos hasta 2028, tomando como referencia las proyecciones del Fondo Monetario Internacional.

 Este continuismo de fondo, aunque probablemente vaya a cambiar en las formas, en la política hacia China va a repercutir en la Unión Europea, que tendrá que seguir avanzando por el camino de marcar distancias con China apenas apuntado, aunque los intereses de los negocios con el mercado chino pesarán en Bruselas más que lo que pesan en Washington.

Pero como ha señalado en varios ocasiones el experto Fareed Zakaria, en política exterior los planteamientos de la Unión Europea son ideas, dada la ausencia de instrumentos eficaces para ponerlas en marcha, ya sea imponiéndolas o negociándolas con presión.

Año nuevo, problemas viejos

2021 ha comenzado trepidante.  Los estrambóticos, además de bochornosos, sucesos de Washington contienen en sí mismos muchos mensajes sobre la situación de inestabilidad de los sistemas democráticos más sólidos, situación que está siendo aprovechada, sin el menor sonrojo, por los sistemas autoritarios que no dudan en explicar cómo sus formas de gestionar que no dependen de controles judiciales independientes, ni de elecciones ni de sociedad civil efectiva son más eficaces para hacer frente a pandemias, crisis políticas y catástrofes. Así en el caso de China que tiene la desfachatez de comparar las movilizaciones por la democracia en Hong Kong con el asalto al Capitolio en Washington. Pero no es el único caso. Se oyen mensajes parecidos en Moscú, La Habana,  Piongyang y Teherán.

El certificado de debilidad institucional que ha supuesto el asalto de los partidarios de Trump a una de las instituciones más sagrada del constitucionalismo deja en manos de Biden la obligación de reparar y consolidar el edificio democrático estadounidense y, además, demostrar en el exterior la solidez, la capacidad y la voluntad de EEUU de seguir al lado del bando de las libertades, el orden y la estabilidad internacional de la que tanto Trump como Obama se replegaron con cierta imprudencia. Aunque hay que subrayar, precisamente en momentos en que su figura está siendo demolida sin matices por su irresponsabilidad y resistencia antidemocrática a abandonar el poder, que en los últimos momentos de su mandato, el presidente  Donald Trump ha impulsado unos cambios sin precedentes  en Oriente Próximo, la región más potencialmente explosiva del planeta desde el fin de la II Guerra Mundial,  al acercar a a Israel y los países árabes de mayoría sunni, los principales aliados occidentales en aquella región. Además del factor de contención de Corea del Norte que significó Trump.

Eso no debe ocultar la faceta nacionalista, antiliberal, populista y por lo tanto de desprecio a las reglas democráticas básicas, que ha significado el presidente Trump y algunos de sus seguidores por todo el  mundo. Al final, la distancia moral, ética y estética entre Nicolás Maduro y Donald Trump es casi inexistente, aunque los estadounidenses están protegidos por una fortaleza institucional, un edificio constitucional y unas tradiciones  envidiables que, de momento, están muy por encima de cualquier presidente por más irresponsable, zafio y prepotente que sea.

Primeros roces Biden-UE

La UE está a punto de cerrar el gran acuerdo sobre inversiones con China acordado en la cumbre europea de abril. Se trata de un proyecto de convenio que pretende establecer un protocolo de garantías jurídicas a cada parte en el territorio de la otra parte, Alemania es el principal gran impulsor de este acuerdo y quiere cerrar con él la presidencia alemana de la UE antes del 1 de enero, aunque probablemente es imposible a estas alturas. Se aprobará pero probablemente no antes del 1 de enero.

Pero este proyecto ha provocado los primeros roces entre el equipo del presidente electo de Estados Unidos, Joseph Biden, y Bruselas. Y no se trata tanto del contenido del acuerdo, que en todo caso se analizará cuando esté aprobado, dicen desde EEUU, sino de que la aceleración de las negociaciones no ha sido ni comunicada ni coordinada con EEUU, ni siquiera con el equio de Biden.  Trump ya no es una coartada.

Las tensas relaciones entre Whashington y Bruselas de los últimos cuatro años no han estado motivadas solamente por el proteccionismo y la unilateralidad de Trump sino también por el crecimiento de los prejuicios anti EEUU de Europa y que, bajo la coartada de ganar autonomía política sin asumir más protagonismo ni en Defensa ni en una política exterior sólida, han debilitado la posición occidental en varios frentes y cedido espacio político a Moscú y a Pekín.

Detrás de la política exterior de un país o una alianza están siempre, obviamente, intereses nacionales esenciales y permanentes, y Estados Unidos tiene los suyos, independientemente de quién sea el presidente, que no puede cambiarlos sino gestionarlos a su manera. Los países de la UE tienen los suyos, claro y además de coordinarse entre sí, como el mundo es complejo, no puede jugar a la equidistancia entre EEUU y las otras potencias porque la Europa actual comparte muchos más intereses con EEUU país a cuya fuerza militar debe su existencia y la solidez de sus instituciones. Mejorar y fortalecer las relaciones trasatlánticas pasa por analizar y sopesar sus intereses y abandonar el discurso infantil de las caricaturas de Trump para avalar inacciones y una falta de energía notable para asumir retos y riesgos.

Cien años de una escuela de opresión

En 2021 el Partido Comunista Chino cumplirá cien años. Hacía cuatro años que los bolcheviques rusos habían tomado el poder al asalto en un golpe de Estado reforzado de revolución y el fantasma del comunismo, como había anunciado Marx en el Manifiesto Comunista recorría el mundo.

La sociedad china estaba apenas alumbrando una reforma democrática condicionada por una estructura fuertemente agraria con algunos proyectos industriales aislados, una estructura burocrática gigante con una tradición de impiedad que fue calificada como despotismo asiático (lo que conlleva cierta dosis de racismo como si en otros lugres no hubiera habido tanta brutalidad) y unas desigualdades sociales enormes. El PC chino fue hijo de esa sociedad e incorporó sus tradiciones. Especialmente la aspiración a dirigir, transformar y controlar la sociedad desde un aparato burocrático inmenso, totalitario y violento. Esto quedó magníficamente retratado en la novela de André Malraux La condición humana, un episodio de la pelea entre canallas en ambos bandos de la guerra civil china que ensangrentó el país entre 1927 y 1949 y que acabó con la victoria de los comunistas con Mao Tse Tung al frente. Esa tradición violenta llevó al alineamiento chino con la versión más brutal del leninismo que representó Stalin, a la inspiración de los jeméres rojos camboyanos y su genocidio y a grupos terroristas con Sendero Luminoso en Perú entre otros.

Cien años más tarde, la tecnología y la sofisticación burocrática pueden reducir la acción de las armas sin reducir el control y con un desarrollo económico basado en la explotación, la ausencia de derechos y el incumplimiento de las normas internacionales inconvenientes. Reducir la imagen de China al éxito material y tecnológico, a las sonrisas y las buenas maneras ocultando lo que está tras el decorado no es sólo un ejerció de complicidad sino la revelación de una falta de cultura democrática altamente preocupante.

China en Europa del Este

China tiene muy medidos sus pasos en la estrategia de convertirse en primera potencia mundial y no deja ningún frente sin cubrir. Es algo sobre lo que esta publicación ha venido informando. Y en esta estrategia hay un aspecto no suficientemente subrayado que pivota sobre la Unión Europea y sobre Rusia, con quien, a la vez, China trata de mantener relaciones privilegiadas sobre la base de un frente anti EEUU.

 Se trata de las crecientes relaciones entre Pekín y varios países europeos del Este que fue comunista (unos integrados en la UE y otros no) y a los que ofrece acuerdos comerciales ventajosos y ser puerta de llegada de la parte terrestre de la nueva Ruta de la Seda, eje central de la estrategia de expansión y fortalecimiento de China en la actualidad. No se trata de políticas muy diferentes de las que la potencia asiática desarrolla en la Europa occidental, pero las debilidades estructurales en el terreno económico, e institucionales en el político, de los países ex comunistas hacen más vulnerables sus sociedades a la influencia de un modelo caracterizado por el autoritarismo, el intervencionismo y la falta de garantías jurídicas.

Son importantes los acuerdos ya firmados y los que están a punto de firmarse con Polonia y Hungría y el estrechamiento de relaciones con Serbia, donde China quiere competir en influencia con las seculares raíces con Rusia y los intentos de la UE de ganar protagonismo

Esto es algo con lo que Bruselas debe lidiar con delicadeza pero con determinación, sorteando los recelos de la Europa Oriental hacia la Comisión Europea. Y no debe olvidar que tanto Rusia como China agradecerían mucho que esta brecha creciera.

China: el gran debate

¿Supone China una amenaza existencial o solamente un reto comercial (económico y tecnológico) para las formas de vida, el bienestar y la manera de gestionar de las sociedades occidentales y aquellas que apuestan por un modelo clásico de democracia? Ese es, en el fondo, el debate presente entre expertos, analistas, asesores y consejeros de los gobiernos.

Para una parte de la Administración de Estados Unidos la amenaza es existencial, ya que estiman que de ganar China, quieran o no y es dudoso que no quieran, se produciría un cambio en el que el intervencionismo estatal, el refuerzo de las concepciones colectivistas por encima de los individuos y el autoritarismo más o menos paternalista serían las columnas vertebrales. No hay que perder de vista que la pandemia, la incertidumbre que crea, la debilitación de referencias sociales y el crecimiento de las supersticiones están fortaleciendo la exigencia de decisiones autoritarias que eximan a los individuos de compromisos y responsabilidades personales. China representa un modelo autoritario y despótico con supuesto éxito económico en las últimas décadas y eso resulta atractivo para quienes, como en el fútbol, defienden que lo importante es el resultado.

En el otro lado están quienes piensan que China supone un reto económico-tecnológico manejable y con ellos la mayoría de los gobiernos y la opinión pública europea, instalada en el relativismo moral y político y, probablemente aterrada (y con culpa) del pasado criminal del continente ha convertido en dogma de que es preferible ceder algo a un enfrentamiento. En la base de este pensamiento hay factores psicológicos determinados por la historia, falta de principios claros y un autocomplacencia vecina de la soberbia. Da la sensación de que China está más cómoda en este segundo escenario porque gana tiempo, avanza posiciones y se instala en el discurso tramposo de que los agresivos son los otros.

La cuestión es importante porque de la respuesta que se plantee dependen qué recursos, qué instrumentos, qué alianzas  y qué compromisos se ponen en marcha. Y, a la vez, la respuesta es complicada porque en cualquiera de los casos un error puede llevar a una catástrofe sin precedentes

Biden ensaya sus primeros pasos

El futuro presidente de los Estados Unidos, Joseph R. Biden, ha comenzado a mover piezas. Personajes de su entorno y asesores de los que serán los integrantes de su primer gobierno han iniciados contactos de aproximación con autoridades chinas por un lado e iraníes por otro, para elaborar una estrategia con la que enfrentarse a los dos principales retos de su política exterior.

En el caso chino, como se ha explicado desde estas páginas, el diagnóstico de situación del equipo de Biden no difiere del de la Administración Trump: China juega en el mundo comercial con las ventajas de un sistema totalitario  que actúa como una gran empresa dirigida por los dirigentes del PC chino. Pero Biden va a tratar de enfrentarse a Pekín con formas más suaves y con una estrategia dura pero más discreta y tratando de conseguir una mayor coordinación cn sus aliados, fundamentalmente como los asiáticos del Indo-Pacífico. Esto tiene algunas dificultades porque las formas de Trump han abierto brechas con algunos de ellos.

El caso de Irán tiene más aristas. Por una parte, las relaciones con Teheran y el rol iraní en la región tiene casi tanta influencia hacia el este iraní: Afganistán, Pakistán e India, sobre todo tras el acuerdo del régimen de los ayatollah con China, como hacia el oeste: Siria, Israel, Líbano y el mediterráneo oriental. Europa, junto a países musulmanes menos moderados, presiona para volver al escenario Obama y a un acuerdo en el que Irán se comprometía a frenar su rearme nuclear durante diez años pero no garantizaba inspecciones. A la vez, países árabes aliados tradicionales de EEUU, como Araba Saudí, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos  (precisamente los que están en un proceso de reconocimiento y colaboración con Israel) presionan, junto al gobierno de Jerusalén, por mantener las sanciones contra Irán y no recuperar el acuerdo con Teherán hasta obtener más garantías. Además, Irán prevé celebrar elecciones en 2021 y las relaciones que se establezcan con Estados Unidos o la evolución de los enfrentamientos militares, indirectos por el momento, con Israel, serán armas electorales (en unos comicios muy controlados) tanto para los duros del régimen como para los que quieren mejorar relaciones con Occidente, por razones económicas y de imagen, ya que en la sociedad iraní crecer la crisis y el descontento.

EEUU, China y las caricaturas

Mientras en Estados Unidos comienza una etapa política nueva que debe afrontar y resolver el deterioro institucional sin dañar las iniciativas internacionales y nacionales que han sido positivas, China sigue a lo suyo, fortaleciendo sus avances, reaccionando con soberbia y propaganda a las críticas y avanzando posiciones. Este parece ser parte del escenario inmediato al que debe enfrentarse la Administración Biden a partir de enero y, con ella, las sociedades occidentales democráticas.

En EEUU, la victoria demócrata, pírrica pero victoria, ha desconcertado el egocentrismo de Trump que en su reacción ha contribuido no poco a la crispación y al deterioro institucional y de la confianza hacia el sistema de aquel país. Y en la escena internacional se ha celebrado la victoria de Joe Biden como si fuera propia, por unos y por otros, incluso por aquellos que en pocos meses estarán otra vez en el discurso anti EEUU y anti occidental ante la frustración sobre las expectativas alimentadas irracionalmente por la propaganda y las caricaturas.

Donald Trump ha sido, para casi todo el mundo, una caricatura dibujada en los ambientes “progres” y alimentada de prejuicios, falsedades y medias verdades, sin dejar de añadir que el pintoresco político ha aportado lo suyo con su falta de tacto, de educación, de contención, de conocimiento de tantas cosas y de chulería. Pero si apartamos la hojarasca, encontramos una Administración que por primera vez en décadas no ha iniciado ni agravado ningún conflicto en el exterior, contra las profecías de la izquierda y su empeño por afirmar lo contrario (antes al contrario, ha logrado avances espectaculares y sin precedentes en Oriente Próximo y los Balcanes) ; ha mejorado la economía interna aunque con medidas proteccionistas nocivas a medio plazo (medidas que la izquierda ha venido defendiendo para sus países) y ha planteado una decidida contención de la expansión china que Biden no va a cambiar profundamente. Pero a Trump lo ha acabado devorando su propio personaje dificultando hacer un balance riguroso de su gestión.

Media Europa está celebrando la victoria de Biden. La otra parte, la que estuvo bajo influencia de Rusia durante cuatro décadas, mira con incertidumbre los nuevos tiempos ya que había encontrado en Trump un presidente comprensivo para sus políticas de cerrazón y desconfianza frente a Bruselas. Pero Biden no va a contentar a los primeros tanto como sueñan ni va a marginar a los segundos tanto como temen. Los intereses nacionales de EEUU, como los de cualquier país, tienen unos parámetros permanentes que Biden no va a cambiar. Se mantendrán barreras proteccionistas (como las tiene la UE), se tratará de frenar las intimidaciones rusas, se mejorará la relación trasatlántica pero se seguirá exigiendo a Europa más inversión propia en Defensa y acuerdos para abrir más los mercados y se seguirá chocando, tal vez con mejores formas, por la vía de concesiones que Bruselas viene defendiendo respecto a Cuba y Venezuela.

Rusia refuerza su influencia en las puertas de Asia

El acuerdo impulsado por Rusia para acabar con las hostilidades en Nagorno Karabaj entre Azerbaijan y Armenia es, por incomparecencia occidental, una jugada maestra de Putin que refuerza su poder, desplaza la influencia de la UE en la zona, consagra a Rusia como gran padrino y permite vaticinar algunos de los próximos pasos de Moscú.

Sobre el terreno, Rusia ejerce como gran aliado de Armenia (tiene una importante base militar en el territorio) y ha mantenido a la vez buenas relaciones con Azerbaijan a quien ha dotado, junto a Bielorrusia y sobre todo Turquía, de importante material militar para reorganizar sus fuerzas armadas. Pero en el choque militar reciente, Rusia ha expresado comprensión con Armenia aunque no ha movido un soldado y los gobiernos azerí y ruso han mantenido contactos estrechos para lograr un alto el fuego, fundamentalmente porque Armenia comenzó a perder la guerra desde el primer momento, y Rusia no quiere a su aliado completamente derrotado. Pero Moscú sí que necesita un gobierno armenio más prorruso ya que el primer ministro, Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económca; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura, y aspira a ser referente en la región pero ha quedado en segundo plano.

Un tercer aspecto es la marginación de los aliados occidentales. Tras la guerra de 1991 en el mismo territorio, ganada por Armenia, se constituyó el Grupo de Minsk para impulsar un acuerdo definitivo. Está constituido por AlemaniaItaliaSueciaFinlandia, Rusia, Francia, Estados Unidos  y Turquía, además de Azerbaijan y Armenia. Desde entonces no ha avanzado apenas y en este enfrentamiento de ahora Rusia ha actuado sin contar mucho con el resto y con éxito.

  Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económica; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno. El protagonismo ruso es un mensaje para las tentaciones pro UE de Moldavia, Georgia y otras regiones del Cáucaso de influencia rusa.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura y aspira a ser referente en la región y ha quedado en segundo plano.

Y el espectador discreto, China, que como hemos venido diciendo necesita estable y próspera toda la Ruta de la Seda, también ha recibido un mensaje: todos los acuerdos regionales, pragmáticos, hábiles, a veces contradictorios y de difícil equilibrio firmados por Pekín son importantes, pero al final o son aceptables para Moscú o tendrán problemas.