Después de haber recibido a Donald Trump y a Vladimir Putin en Pekín, el presidente Xi Jinping se desplazó el 8 y 9 de junio a Pyongyang en su primer viaje al exterior de 2026, y el tercero que realiza a la capital norcoreana (ya la visitó en 2008 cuando era vicepresidente, y más tarde en 2019). Corea del Norte es el único aliado formal de la República Popular (en 2021 renovaron por veinte años el tratado de amistad y defensa mutua de 1961), y su líder, Kim Jong-un, actúa con la confianza de haber sabido maniobrar con éxito entre las grandes potencias.
Mediante su viaje, Xi continúa demostrando un activismo diplomático que sirve de contraste con la aparente pérdida de influencia norteamericana y, al mismo tiempo, equilibra el acercamiento entre Pyongyang y Moscú. Como anfitrión del presidente chino, Kim cree por su parte que las actuales circunstancias internacionales le pueden facilitar mayores ventajas económicas de China, así como la aceptación por Pekín de su estatus como potencia nuclear. La ausencia de toda discusión sobre la desnuclearización de la península en el encuentro (ha sido un objetivo tradicional de las autoridades chinas), así permite concluirlo.
Dado el apoyo incondicional que le ofrecen Rusia y China, Pyongyang puede prescindir de todo tipo de interacción con Estados Unidos y con Corea del Sur. Después de sus tres reuniones con Trump durante el primer mandato de este último, Kim interrumpió los contactos, ignoró posteriormente a la administración Biden por completo, y tampoco ha mostrado interés por restaurar la comunicación con la actual Casa Blanca. La indiferencia es en cierto modo recíproca: uno de los puntos más llamativos de la Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos de 2026 es la falta de toda referencia a Corea del Norte. Seúl, por otro lado, carece de incentivos para mantener un diálogo con Kim después de que éste calificara de enemigo al Sur y renunciara oficialmente al objetivo de la reunificación. El presidente Lee Jae-myung no oculta su escepticismo sobre los beneficios de una política de entendimiento con su vecino.
Nada de lo anterior implica que Corea del Norte haya dejado de ser un socio incómodo para Pekín. Numerosos analistas hacen hincapié en la idea de que su proximidad a Rusia ha hecho a Pyongyang menos dependiente de China, un resultado que Xi querría corregir. Ciertamente, el hecho de que Kim tenga ahora dos aliados y no sólo uno (tras el acuerdo de seguridad que firmó con Putin en junio de 2024, en cuyo marco se ha producido el despliegue de cerca de 15.000 soldados norcoreanos y el envío de enormes cantidades de munición para la guerra de Ucrania) ha creado una nueva dinámica triangular que, a un mismo tiempo, beneficia y complica los cálculos de los líderes chinos. Les beneficia en la medida en que Pekín cuenta con otros dos actores con los que oponerse conjuntamente a la presión de Occidente. Pero les crea un dilema si quiere evitar verse involucrado en los conflictos que mantienen Moscú y Pyongyang con terceros.
El aumento de sus capacidades militares, la recuperación de su economía y sus equilibrios entre Rusia y China proporcionan a Corea del Norte la mayor flexibilidad estratégica que quizá haya tenido nunca. Neutralizada la presión externa a la desnuclearización, el régimen de Kim constituye en consecuencia una amenaza sin precedente, con el riesgo añadido de que, si optara por el uso de la fuerza contra el Sur, Moscú y Pekín se verían tan implicados como Washington (que tendría que intervenir en defensa de Seúl). Un escenario sin duda inquietante, cuando los aliados de Estados Unidos ya están suficientemente preocupados por el aumento del poder militar chino y por el desvío por la Casa Blanca de sus recursos de Asia a Oriente Próximo.
La visita de Xi no estaba sólo relacionada, por tanto, con la variable rusa o con las relaciones bilaterales con Corea del Norte. Se trataba ante todo de reajustar la posición de China en un entorno regional de notable fluidez. Mantener a Pyongyang en su órbita de influencia no le resulta demasiado difícil al poder prometerle una ayuda financiera con la que nunca podrá competir Moscú. Fortalecer las relaciones bilaterales puede contribuir, por lo demás, a considerar las capacidades nucleares del Norte como un instrumento añadido de disuasión en el caso de una contingencia en el estrecho de Taiwán, así como un factor que contrarresta el creciente acercamiento entre Japón y Corea del Sur.




