Entradas

La población en China. Ángel Enriquez De Salamanca Ortiz

En los años 50, China no era la potencia que es hoy en día, estaba formada por una población rural, analfabeta y pobre. A finales de los años 50, Mao Zedong decidió colectivizar e industrializar a China con el “Gran Salto Adelante”, un proyecto que eliminó la agricultura privada, intentó industrializar el país y estableció las comunas populares, es decir, Mao decidía qué, cuánto y cómo producir. Este intento de industrialización llevo a la hambruna al país, provocando la muerte de millones de personas (las cifran varían entre 30 y 60 millones).

Esta fue la primera vez en la historia de la RPCh, desde su nacimiento en 1949, que su población disminuía año tras año, una población que en 1963 casi rozaba los 700 millones de personas.

Uno de los retos a los que se enfrentó Deng Xiaoping a su llegada en 1978, fue la superpoblación que tenía China, con tasas de natalidad de, en torno al 20‰ y una población  de más de 900 millones de personas. En 1979 Deng lanzó la política del hijo único con el fin de aliviar las tensiones demográficas que tenía el gigante asiático.

Este control de la natalidad, que ya se empezó a aplicar a principios de la década con controles en áreas urbanas y rurales y con propaganda,  tuvo resultados inmediatos: el crecimiento de la población empezó a ser menor del 2% anual, con el objetivo de no superar los 1.200 millones de habitantes al finalizar el S-XX.

En el año 2000, China contaba con unos 1.260 millones de personas, duplicando la población de 1956 pero, a día de hoy, ya empiezan a verse las consecuencias reales de la política del hijo único aplicada hace 40 años: el envejecimiento de la población.

A pesar de los controles de natalidad durante décadas, la mortalidad también ha caído haciendo que su población aumente y que sea cada vez más envejecida, formando pirámides de población invertidas, es decir, con poca gente joven en la base y más en las zonas altas de mayor edad:

[Pirámide de población de China en los años 1965, 2020 y expectativa para 2075. Grupos de edad y sus % de hombres y mujeres]

La política del hijo único también tuvo otras consecuencias, y es que las familias preferían tener un niño a una niña, por lo que en la actualidad los índices de fertilidad del país son muy bajos, hasta el 1,6 en el 2019 y tasas de natalidad del 10,5‰

En el año 2015 se eliminó la política del hijo único: el PCCh temía tener una población demasiado envejecida, una población que la segunda economía del planeta no podía permitirse.

La eliminación de esta política permitió a las familias tener hasta 2 hijos, una medida que llegó demasiado tarde, ya que la tasa de reposición no será suficiente para el pago de las pensiones, es decir, no habrá suficientemente gente trabajando que sostenga a la población jubilada que representaba casi el 12% de la población en 2017, y se espera que llegue a 1/3 a mediados de este siglo, en algo menos de 30 años. Un envejecimiento que provocará tensiones en la población y en el Fondo Estatal para Jubilaciones, que puede quedarse vacío en apenas 2 décadas.

[Fuente: Weforum.org]

Los elevados costes de manutención de los hijos, el cambio de mentalidad, el retraso en las nupcias, centrarse en la profesión o el rechazo a las cargas familiares son algunos de los factores que hacen que los chinos tengan cada vez menos hijos o que los tengan más tarde.

La eliminación de esta política en China llegó cuando los niveles de fecundidad habían bajado demasiado y la población +65 crecía sin parar, es decir, se estaba formando una pirámide invertida sin frenos. China tardó en actuar, por eso el Partido Comunista está tomando contramedidas para incentivar la natalidad, como eliminar las multas por tener hijos fuera de la cuota establecida, optimizar las políticas de fertilidad, mejorar los servicios prenatal y postnatal, dar beneficios a las familias o beneficios sociales por hijos o ,incluso, retrasar la edad de jubilación (con una gran oposición pública), son solo algunas medidas propuestas por el Comité Central del Partido Comunista de China con el objetivo puesto en el año 2035. Además, en este 2021, el Partido Comunista anunció que permitirá a las parejas tener hasta 3 hijos, una medida que pretende mejorar la estructura de la población.

Señales que indican que China ya forma parte del mundo desarrollado; en este sentido, son países caracterizados por bajas tasas de natalidad y mortalidad, población envejecida, longeva o con tasas de dependencia en aumento. Ahora queda ver si las medidas tendrán efecto y si en 2035 se lograrán los objetivos para estimular a la población a tener hijos, pero, ¿Se puede obligar a la población a tener hijos?

No se puede, pero, si estas medidas no funciona, retrasar la edad de jubilación será la única arma que le quede al PCCh para solucionar las tensiones demográficas y económicas, una medida que será rechazada por millones de chinos, entonces, ¿Saldrá la población joven, los más afectados, a manifestarse en contra del Partido Comunista Chino como ocurrió en Tiananmén en 1989?

Ángel Enriquez De Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

www.linkedin.com/in/angelenriquezdesalamancaortiz

@angelenriquezs

Otro éxito de la ingeniería social. Miguel Ors Villarejo

La población china alcanzará en 2029 los 1.440 millones, para entrar a partir de entonces en un declive “imparable”, según la Academia de Ciencias Sociales. Hacia 2065, esta era de contracción habrá devuelto el censo a los niveles de los 90.

No se trata de un fenómeno aislado. Dentro de 20 años, apenas África registrará aumentos demográficos. De España a Noruega, de Chile a Canadá, de Australia a Japón las mujeres dan cada vez menos a luz. Son los gajes del progreso. En las economías primitivas, donde hay que acometer infinidad de pequeñas tareas, los hijos son bienvenidos porque aportan manos con que ejecutarlas. Además, las malas condiciones sanitarias ocasionan una elevada mortalidad infantil y hacen falta muchos partos para sacar adelante un adulto. Disponer de una larga prole tiene mucho sentido.

Este sistema de incentivos se invierte en las sociedades modernas. Por un lado, los adelantos médicos permiten que sobreviva la mayoría de los nacidos. Por otro, el trabajo se sofistica y requiere una formación previa: si en una granja del XVIII estabas listo para ordeñar vacas y echar grano a las gallinas prácticamente desde el momento en que podías andar, ahora no puedes incorporarte al mercado laboral sin pasar antes por el colegio, el instituto y la universidad. Este proceso es lento y costoso, y por eso las parejas optan por un número corto de hijos (tan corto a menudo como uno).

La transición demográfica, que es como se conoce en sociología este fenómeno, es generalmente consecuencia del progreso material, pero en China ha sido fruto de una decisión deliberada: la política del hijo único impulsada en 1980, cuando la progresía mundial concluyó que el modo más rápido de mejorar la renta per cápita no era aumentar la renta, sino reducir la cápita. El resultado es que “el país se hará viejo antes de volverse rico”, escriben Charlie Campbell y Hainan Island en Time.

Esto es un problema. Los mayores ganan poco y, por tanto, consumen menos, lo que ralentiza el crecimiento. Pero, además, esos ingresos no los generan ellos, sino que son transferencias que perciben del resto de la sociedad. Occidente ha desarrollado un gigantesco sistema de previsión, lleno de goteras, es verdad, pero más o menos funcional. En China no han tenido tiempo. Apenas hay pensiones públicas, de modo que la presión recae sobre la descendencia. Cada ciudadano activo debe echarse sobre los hombros a dos padres y cuatro abuelos. Mantener en equilibrio esta pirámide invertida exige mucha productividad y, aunque el Gobierno ha lanzado una campaña para “tener hijos para el país”, las familias están haciendo todo lo contrario: concentrar los recursos en uno solo, con la esperanza de que se convierta en su Seguridad Social particular. Time cuenta la historia de San Tianyi, una niña de tres años que va a clase de ocho a cinco entre semana y los sábados y domingos es sometida a “una vertiginosa dieta de actividades extraescolares: natación, pintura, música, inglés”. Sus padres, un cocinero y una camarera que viven en un piso de dos dormitorios, calculan que llevan gastados 22.000 dólares en la criatura (¡y tiene tres años!). “Confío en que nos cuide cuando envejezcamos”, dice la madre.

El perfil de mujer que empieza a emerger de esta estresante coyuntura no es halagüeño. Una profesora de medicina cuenta que sus colegas y alumnas chinas le dicen a menudo refiriéndose a sus pretendientes masculinos: “Me encanta, pero es demasiado pobre y no creo que pueda casarme con él”.

Es lo que les faltaba a los solteros locales. La combinación de la política del hijo único y una preferencia cultural por el varón hizo que durante décadas se practicara el aborto selectivo y ahora hay un déficit de mujeres que se estima en unos 24 millones. “Imagine”, dice Time, “que toda la población masculina de Nueva York y Texas viviera sola, deprimida y sexualmente insatisfecha”.

Una China angustiada por la vejez, con la infancia consumida en una frenética competencia, cada vez más clasista y con millones de mozos suspirando. El panorama tiene poco que ver con la Arcadia comunista que los ingenieros sociales imaginaron en 1980. (Foto: Matthias Buehler)

La ceguera maltusiana. Miguel Ors Villarejo

Desde que Thomas Malthus argumentara en su Ensayo sobre el principio de la población (1798) que nunca erradicaríamos el hambre, porque la humanidad crecía más deprisa que los alimentos, la natalidad no ha gozado de buena fama. Todavía en 1968 el entomólogo Paul Ehrlich sacudía la opinión pública con La explosión demográfica, un bestseller en el que auguraba la inminente muerte por inanición de millones de personas si no se adoptaban medidas inmediatas y, en 1979, Pekín decretaba la política del hijo único en medio de la aprobación general: dado que el comunismo no lograba mejorar la renta, Mao reducía el per cápita y así le salía una ratio más presentable en las estadísticas.

Las tesis antinatalistas se veían reforzadas por las imágenes de aglomeraciones que nos llegaban de Asia. Al ver los trenes masificados de la India y las riadas de ciclistas chinos pensábamos: ¿cómo van a salir nunca de la miseria si no dejan de reproducirse como conejos? En nuestras cabezas, la realidad estaba compuesta, de una parte, por un planeta de recursos menguantes y, de otra, por una especie de necesidades crecientes. El resultado solo podía ser la explosión de la que hablaba Ehrlich.

Sin embargo, las investigaciones más recientes y, en particular, las del último Nobel Paul Romer ven las cosas de un modo diferente. La realidad no está formada por recursos y necesidades, sino por objetos e ideas. Los recursos surgen de combinar las ideas con los objetos y, aunque estos son limitados, las ideas no lo son y, por tanto, los recursos tampoco. Podemos quedarnos sin carbón (el objeto), pero no sin carburante (el recurso), porque sustituimos las máquinas de vapor por motores de explosión (la idea) que funcionan con gasolina.

Kenneth Boulding publicó en 1966 un ensayo en el que hablaba de “la nave espacial Tierra”, para enfatizar los límites del planeta en el que viajamos, pero estos son más elásticos de lo que su metáfora sugiere, como puso de manifiesto la apuesta que planteó Julian Simon a Ehrlich. “Si son ciertos sus negros augurios”, le vino a decir al autor de La explosión demográfica, “los precios de las materias primas no dejarán de subir. ¿Por qué no coge usted las cinco que quiera y vemos qué ha pasado con su cotización dentro de 10 años?” Dicho y hecho. Asesorado por John Paul Holdren (físico, profesor de Harvard y futuro consejero científico de Barack Obama), Ehrlich eligió el cobre, el cromo, el níquel, el estaño y el tungsteno y, en 1980, suscribió un contrato con Simon.

A lo largo de la siguiente década, la población siguió aumentando y las reservas de metales se mantuvieron estables. “Ehrlich se frotaba las manos”, cuenta en su blog David Ruyet. Pero llegó octubre de 1990 y “para espanto de uno y carcajadas del otro”, se comprobó que las cinco commodities se habían abaratado. El descubrimiento de nuevos yacimientos, la finalización del monopolio del níquel canadiense, las mejoras en la extracción del cromo, la aparición de sustitutivos como cerámicas y plásticos y, en suma, el ingenio del hombre habían conjurado el apocalipsis de Ehrlich.

Esto no significa que vaya a ser siempre así. De hecho, desde comienzos de siglo la tendencia de las materias primas se ha invertido. “No hay ninguna ley de la naturaleza”, observa Ruyet, “por la que los precios de los productos básicos deban bajar inexorablemente”. Pero en cuanto se encarecen más de la cuenta, la gente se busca la vida, lo que reduce la presión alcista. Como comentó en cierta ocasión Don Huberts, un directivo de Royal Dutch/Shell, “la edad de piedra no se acabó porque nos quedáramos sin piedras”. El desarrollo tecnológico nos ha permitido sortear las escaseces antes incluso de que se materializaran.

En esa capacidad para combinar objetos e ideas radica el origen de la riqueza de las naciones y, en principio, más gente debería significar más ideas. ¿Por qué se da la paradoja de que naciones densamente pobladas como China y la India sean más pobres? Se trata de “una anomalía”, dice Alex Tabarrok. “Ni China ni la India fueron pobres en el pasado y tampoco lo serán en el futuro”. Su atraso relativo ha sido consecuencia de su tardía adopción de las instituciones que hicieron posible el despegue de Occidente.

Pero una vez asimiladas las reglas del capitalismo, los investigadores Klaus Desmet, David Krisztian y Esteban Rossi-Hansberg creen que no tardarán en recuperar el liderazgo mundial. “Dos fuerzas impulsan este proceso”, escriben en un artículo ganador del Premio Robert Lucas. “Primero, la gente se muda a las áreas más productivas y, segundo, las concentraciones más densas se vuelven más productivas con el tiempo, porque resulta más rentable invertir allí [donde hay más clientes]”.

El único modo de que Europa y Estados Unidos eviten verse desbancados es liberalizar la inmigración, pero seguimos presos de viejos prejuicios maltusianos que consideran a cada recién llegado otro estómago que alimentar, en lugar de la mente que alumbrará las futuras soluciones.

INTERREGNUM: China: demografía e innovación. Fernando Delage

Entre esos datos estadísticos que no suelen aparecer en los titulares de los medios de comunicación, la semana pasada se dio a conocer la cifra de nuevos nacimientos en China en 2018: 15,2 millones. Es decir, dos millones menos que el año anterior, y segundo año consecutivo, por tanto, de caída de la natalidad desde que, en 2015, se aboliera formalmente la política del hijo único. En términos porcentuales, la población china creció un 0,38 por cien, un incremento comparable al de los países de Europa occidental. Lo significativo es que se trata del crecimiento más bajo desde 1961, año en que la República Popular afrontaba la pérdida de hasta 40 millones de personas como consecuencia de las hambrunas causadas por el Gran Salto Adelante maoísta.

La demografía, como vienen advirtiendo numerosos economistas desde hace años, es uno de los principales obstáculos al crecimiento sostenido de China. El tamaño de la población activa—y la ventaja competitiva de unos bajos salarios—fue uno de los factores decisivos del despegue económico desde la década de los ochenta. La política del hijo único—impuesta por la presión que suponía una población de esas dimensiones sobre un Estado con limitados recursos—ha tenido, sin embargo, un impacto difícil de corregir. El censo de 2010 ya reveló un crecimiento anual de la población del 0,57 por cien en la primera década del siglo XXI frente al 1,07 de los años noventa, un dato muy por debajo de lo que se esperaba.

La consecuencia es que el número de chinos en edad de trabajar ha comenzado a contraerse: si entre 1990 y 2010 seis millones de trabajadores se incorporaban anualmente al mercado laboral, durante las próximas dos décadas la población activa se reducirá en unos 6,7 millones de trabajadores cada año. De 940 millones en 2012, se pasará así a 700 millones en 2050, fecha en la que uno de cada tres chinos tendrá más de 65 años. (La población total comenzará a disminuir tras alcanzar un máximo de 1.440 millones en 2029).

El envejecimiento de la población —en un país con una reducida red de seguridad social—, y la reducción de la población activa se traducirán en una disminución gradual del ahorro (y por tanto de la inversión), y empujarán al alza de manera significativa los costes salariales, afectando a la competitividad y al empuje de la economía. Es un desafío que explica la prioridad de los dirigentes chinos por promover un aumento de la productividad apoyado en la innovación y la tecnología. Lo que, a su vez, está en el origen de las actuales tensiones económicas con Estados Unidos y, en parte también, con la Unión Europea.

La aceleración del envejecimiento de una sociedad con una renta per cápita aún baja—al contrario de lo que ocurre en Japón o Corea del Sur, países que también atraviesan un complejo declive demográfico—puede complicar en gran medida las ambiciones chinas y alterar la dinámica política interna. Pero también pone de relieve—justamente cuando la Comisión Europea acaba de adoptar unas nuevas orientaciones estratégicas hacia China que el Consejo Europeo discutirá en su reunión de esta semana—, que la competencia internacional no es tan sólo geopolítica o comercial. La variable demográfica es una de las razones que explica por qué es en relación con la política industrial, y con el sector tecnológico en particular, donde se juega la pertenencia a la primera división mundial del futuro.

Estados Unidos lo tiene claro, aunque quizá no haya formulado una estrategia hacia China coherente y sostenible a largo plazo. Es ahora el turno de los líderes europeos de ser consecuentes con el mundo que se avecina. La demografía condiciona la superación por China de la trampa de los ingresos medios, pero formular una política sobre la base de un escenario de no sostenibilidad de su crecimiento a largo plazo significa desconocer la determinación de Pekín de ocupar una posición de liderazgo en la economía global del siglo XXI. (Foto: Eric Hevesy)

El hilo rojo invisible. Gema Sánchez.

Wang tiene 25 años, es un joven urbanita y moderno que está a la última en aplicaciones para el móvil y en música actual. Tiene un empleo estable, aunque con una remuneración algo baja para el gusto de su familia. Aun así, ha llegado muy lejos si se compara con su padre, un campesino que emigró a la ciudad, donde ahora regenta una pequeña tienda. Su madre le dice que todavía no es un buen partido, que debe conseguir un trabajo con mayor salario para poder tener una vivienda en propiedad, sólo así tendrá posibilidades de encontrar una novia y casarse. Como él, miles de jóvenes chinos sufren la presión familiar.

Cuando Wang nació, en China estaba en vigor la política del hijo único y las parejas en edad fértil preferían ser padres de un varón puesto que, según la tradición, a los ancianos les cuidan el hijo y la nuera. Ambas circunstancias produjeron un brusco descenso en el número de niñas, de forma que, a día de hoy, son millones los jóvenes que no encuentran pareja. Se calcula que en unos tres o cuatro años habrá millones de hombres, especialmente en el ámbito rural, que no encuentren esposa, con las dramáticas consecuencias que esto conllevará desde el punto de vista demográfico y sociológico.

A día de hoy, las chicas tienen muchas opciones para elegir marido, así que ponen el listón muy alto: un buen sueldo, una vivienda, un coche… símbolos de estatus e indicadores de la “valía” del candidato. Sin embargo, todo esto debe conciliarse con otra costumbre que dice que las bodas deben unir a “familias con puertas del mismo tamaño”, es decir, de una condición social parecida. Sobre esta base, se asientan muchos de los matrimonios concertados que todavía siguen celebrándose en China.

Con este panorama, a Wang y a otros muchos chinos de su generación, no les queda otro remedio que presentar su “currículo” para competir en la búsqueda de esposa. Los avances tecnológicos también han llegado al terreno de las relaciones amorosas, de forma que son miles los que buscan pareja para casarse a través de páginas de contactos. Una forma aséptica de postularse como novio ideal o, en el caso de las chicas, de poner condiciones y exigencias durísimas (desde la altura o la forma de la cara, hasta la manera de hablar o reírse, sin olvidar el tipo de trabajo, por supuesto). Los formularios que deben rellenar los aspirantes para ser clasificados en estas Web son extensísimos y sumamente detallados, tanto que algunos no saben bien cómo responder para obtener mejor nota. Vistos estos nuevos métodos, los cartelitos que los padres colocan en el famoso Parque del Pueblo de Shanghái, describiendo las innumerables bondades de sus hijos, resultan cuanto menos enternecedores.

Uno podría preguntarse, ¿entonces dónde queda el romanticismo que destilan todas esas películas tan de moda en China? Tal vez la respuesta sea que, en muchos casos, debe quedar para después, cuando los interesados y sus familias puedan respirar tranquilos, una vez que el matrimonio esté más o menos asegurado y pueda ser beneficioso para todos. Sin embargo, este pragmatismo no garantiza la felicidad en la pareja, no en vano la cifra de divorcios en China aumenta con los años. Todo esto parece que pone en entredicho aquel viejo proverbio chino que decía: “Un hilo rojo invisible conecta a aquellos destinados a encontrarse a pesar del tiempo, el lugar y las circunstancias. El hilo se puede apretar o enredarse, pero nunca se romperá”. Habría que añadir: si es que hay hilos rojos para todos.