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INTERREGNUM: Japón continúa su revolución diplomática. Fernando Delage

Al ser elegido como nuevo presidente del Partido Liberal Democrático el pasado 4 de octubre, Fumio Kishida se convirtió en el nuevo primer ministro de Japón. Su antecesor, Yoshihide Suga, anunció a principios de septiembre—cuando cumplía un año en el cargo—que no se presentaría a la reelección en el liderazgo del PLD como consecuencia del hundimiento de su popularidad por la gestión de la pandemia.

La elección de Kishida, quien perdió frente a Suga en la votación para suceder a Shinzo Abe en 2020, y esta vez sólo se impuso en segunda vuelta en una reñida competición entre cuatro candidatos, es interpretada como una derrota para quienes esperaban un cambio generacional. Kishida, que fue ministro de Asuntos Exteriores y de Defensa en los gobiernos de Abe, representa ante todo la continuidad, por lo que no fue recibido con entusiasmo ni por la bolsa de Tokio ni por los grandes inversores. Nada permite asegurar a priori que su mandato vaya a extenderse por un largo periodo. Para reforzarlo, una de sus primeras decisiones consistió por ello en convocar elecciones a la Cámara Baja el 31 de octubre. (La coalición de gobierno—el PLD y el centrista Komeito—han disfrutado en la última legislatura de una amplia mayoría, con 304 de los 465 escaños).

La frecuente rotación de primeros ministros en Japón (Abe fue una de las escasas excepciones desde la segunda postguerra mundial) no implica, sin embargo, ni inestabilidad política, ni un cambio significativo en las líneas generales de gobierno. Kishida mantendrá, al menos a corto plazo, una política de estímulo monetario y fiscal, así como la estrecha alianza con Estados Unidos y el desarrollo de las capacidades económicas, diplomáticas y de defensa que se requieren para hacer frente al desafío que representa China para sus intereses. Con respecto a la primera, el nuevo primer ministro prometió durante la campaña un giro desde la prioridad por la liberalización y desregulación de sus antecesores (“Abenomics”) hacia una “nueva forma de capitalismo” que haga hincapié en una mayor redistribución de la renta. Mientras las consecuencias de la pandemia condicionan no obstante su margen de maniobra en política económica, en el terreno diplomático Kishida ha hecho hincapié en su intención de mantener la visión de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” y en su firme apoyo al QUAD.

La decisión de mantener a los ministros de Asuntos Exteriores y Defensa—los únicos que no han cambiado en el nuevo gabinete—es un reflejo del cambio estructural que se registra en la política exterior japonesa desde hace una década frente a un entorno de seguridad cada vez más complejo. Además del aumento de las tensiones en torno a Taiwán y del reciente lanzamiento de misiles por Corea del Norte, Japón se prepara para una creciente competición estratégica en la región. De ahí la relevancia de otro gesto: la creación de un nuevo cargo, el de ministro de seguridad económica, para el que ha sido nombrado el exviceministro de Defensa  Takayuki Kobayashi.

Su función será la de seguir reforzando los instrumentos a través de los cuales Japón se ha convertido en uno de los principales arquitectos del orden económico regional. Al liderar la definición en las reglas multilaterales en comercio e inversión, supervisar el control de tecnologías sensibles (como semiconductores), coordinar la defensa de las cadenas de valor con sus socios del QUAD, o la ampliación de la agenda del grupo a cuestiones como los recursos estratégicos y la ciberseguridad, Tokio ha actuado de manera proactiva pero relativamente discreta para contrarrestar la estrategia económica de Pekín.

Aunque el país atraviesa una nueva transición política interna, lo decisivo es que la combinación de una China más asertiva y unos Estados Unidos más inciertos en cuanto a su evolución política futura han propiciado una revolución diplomática en Japón. Sucesivos gobiernos han rechazado una posición subordinada a los dos gigantes y optado—al mismo tiempo que se busca una posición más equilibrada en la relación con Washington—por dotarse de los medios para adquirir una mayor independencia estratégica.

¿Diplomacia de rehenes?. Nieves C. Pérez Rodríguez

La saga de Meng Wanzhou, ejecutiva financiera de Huawei, parecía que llegaba a su fin con su fastuoso retorno a China la semana pasada. Pero lo cierto es que este caso ha marcado un antes y un después en la actual escena internacional y, en efecto, podría suponer una redefinición de las reglas de interacción entre las grandes potencias.

Meng es hija de Ren Zhengfei, exmilitar chino y fundador de Huawei en 1987, lo que la convierte en una especie de princesa del Partido Comunista China por la cercanía de su familia al poder y por la importancia estratégica de la gigante tecnológica para Beijing.

Después de millones de dólares en fianza y abogados y múltiples presentaciones en los tribunales canadienses, Meng finalmente admitía en un documento de cuatro páginas de largo que había incurrido en irregularidades en el 2013 con una empresa iraní con las que engañaba a HSBC sobre la verdadera naturaleza de la relación de Huawei con Skycom.

Beijing ha insistido desde el principio en que los cargos que se le imputaron a Meng fueron fabricados para poder contener el espectacular crecimiento de Huawei mientras alimentaban su propaganda tanto a nivel interno como internacional. No es casual que el recibimiento de la ejecutiva estuviera tan cargado de simbolismo y los mensajes tuvieran un contenido tan nacionalista.

Desde el principio se han vinculado los casos de la detención de los dos ejecutivos canadienses conocidos como “los Michaels” con el caso de Meng, como instrumento negociador de la libertad de la chica de Huawei, aunque tanto el gobierno canadiense como el estadounidense y el chino han negado los vínculos entre estos casos. Beijing argumentaba que los canadienses fueron liberados bajo fianza por razones médicas después de haber admitido sus delitos en confesiones escritas a mano. Sin embargo, del otro lado del Pacífico el gobierno canadiense no ha entrado en detalles que en efecto expliquen la liberación.

No es casual que los aviones de los rehenes de ambos lados del Pacífico salieran simultáneamente en destinos opuestos.  Este hecho deja ver que todo fue milimétricamente pactado y que fue una operación en la que ambos estados trabajaron por la recuperación de sus ciudadanos.

La imagen de China en Canadá se ha visto muy afectada en los últimos tres años, entre la desinformación de la primera etapa de Covid-19 en Wuhan y la detención arbitraria de los Michaels como represalia diplomática de Beijing. Además, a nivel económico, China dejó de importar productos canadienses y hasta en una oportunidad los acusó de haber enviado una carga de canola con plagas peligrosas según el propio gobierno chino.

Decía el ministro de relaciones Exteriores canadiense -Marc Garneau- a pocos días de la liberación: “El gobierno ahora está siguiendo un enfoque cuádruple hacia China que se basa en coexistir, competir, cooperar y desafiar.  Tenemos los ojos bien abiertos. Hemos estado diciendo eso durante algún tiempo. No había camino hacia una relación con China mientras los dos Michaels estuvieran detenidos”.

El Primer Ministro canadiense, Justin Trudeau, en una primera etapa intentó mantenerse distanciado de la situación pero fue forzado a involucrarse. Su padre. en los setenta, incentivó las relaciones con China, pero a su hijo le tocó cambiar esa posición para mantenerse favorable en las encuestas, especialmente después del caso de los Michaels, y, en efecto, recientemente intervino en varias ocasiones reclamando públicamente el regreso de los ejecutivos.

Este juego de rehenes no sólo pone en entredicho el sistema judicial de las naciones occidentales involucradas, sino que abre un escabroso camino en el que China pueda hacer uso de esta práctica en otro momento en el que se sienta acorralada, bien sea con la detención de un ciudadano de alto perfil o vea afectado sus intereses. Pero a su vez también ha hecho despertar a sus países rivales del potencial peligro que corren sus ciudadanos en territorio chino.

Las razones que llevaron a muchas empresas occidentales a trasladar sus fábricas a China fueron el bajos costes de producción y mano de obra, así como la flexibilidad de las políticas de establecimiento de los negocios allí; pero el espectacular crecimiento de la economía china ha ocasionado el aumento de valor de la mano de obra local, por lo tanto ya no es tan atractiva como era. Si a eso se le suman los escandalosos costes de envío de contenedores a día de hoy, más la escasez de barcos de carga, lo que se traduce en dificultades para transportar las mercancías desde China a Occidente y en un valor final extraordinariamente alto comparado con el de unos años atrás, se ve un escenario complicado. Por otra parte, hay que añadir el problema eléctrico que tiene China y que ha ocasionado muchos apagones en las últimas semanas, debido al obsoleto sistema que tienen. Y además la incertidumbre de que los altos ejecutivos de estas grandes empresas como Nike o Apple pudieran estar en peligro en una visita de negocios. Todo esto aleja la inversión de éste tipo de trasnacionales que precisamente ayudaron a convertir a China en la segunda economía del mundo.

Si, además, naciones como Canadá, Estados Unidos, Australia (que también ha sido objetivo de la furia china durante la pandemia) o Inglaterra, ahora que está reviviendo su orgullo de potencia con el acuerdo del AUKUS  ponen una alerta del peligro que corren sus ciudadanos en caso de visitar China, muchas de estas grandes trasnacionales comenzarán por trasladar sus sedes de producción a países más fiables como Vietnam o incluso más idealmente Centro América donde, por cercanía, los costes serían mucho más bajos y, de momento, el valor de la mano de obra se encuentra por debajo del chino. O también se puede dar el caso de que muchas de esas trasnacionales regresan a casa como lo ha anunciado Ford y no solo traen empleo al país sino que tendrán la seguridad que parece que ya no tienen en China.

El PC chino quiso mostrar músculo al mundo, pero quizás occidente en respuesta empezará a darle señales de distanciamiento lo que sería catastrófico para los planes de crecimiento chinos.

El Departamento de Estado desfallece. Nieves C. Pérez Rodríguez

La era Trump dejó un gran descontento en el Departamento de Estado. Los diplomáticos de carrera fueron el target indirecto de muchas de las ligerezas del anterior presidente. La Administración tuvo dos secretarios de Estado, el primero, Rex Tillerson, no estuvo mucho en el cargo pues, por sus diferencias con Trump, éste le despidió con un tweet durante una visita oficial al extranjero. El otro fue Mike Pompeo, que fue un secretario a la medida del presidente pero que contó con mucha resistencia de parte de los funcionarios de carrera.

El paso de Pompeo por el “State”, como se le dice a la institución en Washington, dejó muchas anécdotas como que la mujer de Pompeo le acompañaba en sus giras oficiales y solía ser la que retrasaba la salida del avión porque tenía por costumbre irse de compras antes de que el avión se dispusiera a partir. Y también sinsabores entre quienes durante mucho tiempo han trabajado en la institución y se encontraron en el centro de una rivalidad política cuando estaban optando a posiciones que en un porcentaje muy alto fueron otorgados a los cercanos al presidente o al equipo de la Casa Blanca.

Sumando a eso la situación de los diplomáticos en el exterior que era muy incómoda. Les tocó responder una y otra vez a las preguntas de cómo era posible que un personaje tan soez pudo convertirse en presidente de los Estados Unidos, y, más difícil aún, les tocó justificar inexplicables comentarios o posturas presidenciales en materia de política exterior. La situación llegó a ser tan tensa que muchos diplomáticos abandonaron el servicio exterior permanente mientras que otros empezaron a expresar su desacuerdo político en redes sociales como Facebook sin tapujos.

Las elecciones presidenciales del 2020 con un candidato con Joe Biden representaba para muchos la esperanza en el retorno a la diplomacia clásica, por su larga experiencia política.  El regreso a la tradición del Departamento de Estado y a la política exterior más predecible y en consonancia con los intereses de los aliados y las alianzas históricas.

Sin embargo, a nueve meses de la presidencia demócrata y con Antony Blinken como secretario de Estado, un hombre respetado en las esferas del Capitolio y querido en Washington, la decepción está más presente que nunca en la institución.

La mayor crítica se centra a que Blinken no es capaz de confrontar al presidente para oponerse a decisiones como fue la atropellada y muy desafortunada salida de Afganistán, a pesar del precio internacional que se pagará por la misma.

Otra gran decepción muy latente es que Biden ha mantenido el patrón que agudizó Trump de nombramientos políticos de embajadores, aun cuando el mismo partido demócrata criticó duramente esa tendencia en la Casa Blanca de Trump. El “State” hoy vive la misma situación de angustia y presión política que sufrió durante la Administración anterior, pero con el agravante de que se ha institucionalizado y por tanto normalizado la influencia partidista en una casa que por muchos años fue ejemplo de apartidismo e institucionalidad.

Tal y como me admitió una fuente anónima “duele mucho ver que el equipo del presidente Biden se comporta igual a como actuó el del presidente Trump. Esperamos más de Biden”.

INTERREGNUM: China y Europa: nueva etapa. Fernando Delage

La cumbre Unión Europea-China se ha celebrado esta semana en un contexto de profunda transformación de las relaciones bilaterales. La pandemia y otros hechos recientes—como el fin de la autonomía de Hong Kong—han agravado la preocupación de los Estados miembros sobre las intenciones de Pekín, a lo que se suma la inquietud por las consecuencias de la rivalidad entre Estados Unidos y China. La visita del ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, a cuatro capitales europeas a principios de mes puso de relieve el cambio de tono en la relación.

Como indica un reciente informe del European Council on Foreign Relations (“The new China consensus”), los gobiernos del Viejo Continente comparten la idea de que no han sabido afrontar hasta la fecha el desafío que representa la República Popular. Los Estados miembros se quejan de la falta de reciprocidad en el acceso al mercado chino, aunque al mismo tiempo quieren corregir—no aumentar—su dependencia del gigante asiático. Frente a la violación de derechos humanos en lugares como Xinjiang, o la falta de respeto a las reglas internacionales—en el mar de China Meridional—tampoco han reaccionado políticamente los europeos. La conclusión que se impone es que las medidas de protección de sus intereses económicos son necesarias pero no suficientes, y que sólo un marco de acción coherente y coordinado puede invertir el peso político europeo.

El papel protagonista en la estrategia comunitaria corresponde a Alemania, el principal socio de China en la UE. El pasado año, las exportaciones alemanas a la República Popular superaron los 100.000 millones de euros, más de la mitad del total de las ventas de la Unión. La relevancia del mercado chino para la industria alemana—en particular para sus fabricantes de automóviles—condiciona en gran medida la libertad de actuación de la canciller, Angela Merkel, quien debe maniobrar entre las diferentes posiciones mantenidas por los ministerios de Economía y de Asuntos Exteriores.

Este último hizo público el 1 de septiembre, un día antes de la visita a Berlín de Wang Yi, una “Estrategia hacia el Indo-Pacífico”; un documento que marca un giro significativo en la política exterior alemana, al reconocerse de manera oficial que Asia es el nuevo centro de gravedad económico y político del planeta y, por tanto, que ya no se puede depender sólo de Estados Unidos para asegurar los bienes públicos globales. De manera indirecta, el texto critica las acciones de la administración Trump al definir la competición entre las grandes potencias como perjudicial para los intereses alemanes. Pero también condena los movimientos chinos en su entorno más próximo, defendiendo de modo insistente la necesidad de defender un orden basado en reglas. El imperativo consiste pues, según el documento, en diversificar los socios de Alemania en la región.

La estrategia promete una mayor presencia en Asia en todos los terrenos, incluido el militar. Sin embargo, como suele ocurrir con este tipo de planes, los objetivos no van acompañados por los medios necesarios para lograrlos. Constituye, no obstante, una detallada y clara reflexión sobre cómo la redistribución de poder global afecta a la posición internacional de Europa, y sienta las bases para una acción conjunta. Se trata de la segunda estrategia de un Estado miembro hacia el Indo-Pacífico—tras la de Francia de 2018—, y se indica que el siguiente paso consiste en preparar una estrategia de la UE, que completaría así en el orden marítimo la estrategia de interconectividad continental Asia-Europa adoptada en 2018.

Europa no puede depender de las decisiones de Washington o Pekín ni permanecer al margen de la reconfiguración del orden internacional. El cambio de actitud hacia la República Popular, el nuevo documento estratégico de Berlín, y el acercamiento de la UE a otros países asiáticos, indican que el Viejo Continente está reaccionando a la rápida transformación de Asia. El reto consiste en actuar de verdad mediante una sola voz.

INTERREGNUM: Europa, ¿potencia geopolítica? Fernando Delage

La nueva Comisión Europea se ha comprometido a reforzar el papel internacional de la Unión. La presidenta Ursula von der Leyen insiste en la necesidad de construir una Europa geopolítica, “más estratégica, más asertiva y unida en la articulación de su acción exterior”. El Alto Representante, Josep Borrell, ha indicado por su parte que la principal tarea de la UE es la de “aprender a usar el lenguaje del poder”.

Fue la antecesora de este último, Federica Mogherini, quien dio los primeros pasos en dicha dirección al adoptar, en 2016, la Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión. Pero Trump no había llegado aún a la Casa Blanca, ni eran tan evidentes las implicaciones internacionales del ascenso de China. El presidente norteamericano nunca ha ocultado su escasa simpatía por la UE, por lo que la incertidumbre sobre el futuro de la relación transatlántica será una de las variables que condicionarán los objetivos de Bruselas. Con respecto a China, la Comisión publicó en marzo de este año un documento estratégico que, abandonando el tono diplomático de otras épocas, describió a la República Popular como “un competidor económico que persigue el liderazgo tecnológico” y “un rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobierno”.

En este contexto de transformación del entorno internacional, en mayo de 2018 la UE decidió incrementar su participación en asuntos relacionados con la seguridad de Asia. En agosto de este año, firmó un acuerdo de seguridad con Vietnam, el primero de tales características con un país del sureste asiático, que se sumaba a los acuerdos estratégicos ya concluidos con Japón—en vigor desde febrero de este año—y con Corea del Sur (desde 2014). En septiembre de 2018 se aprobó un documento sobre interconectividad Europa-Asia y—meses más tarde—nuevas líneas estratégicas sobre Asia central y sobre India. Sobre estas bases ya establecidas, corresponderá a Borrell perfilar la proyección europea en el continente asiático, tanto en relación con los asuntos más conflictivos como con los instrumentos a su disposición. Entre los primeros, Bruselas tendrá que actualizar su posición con respecto a las disputas en el mar de China Meridional y la península coreana, dos de las cuestiones en el centro de la tensión entre Washington y Pekín. Los segundos plantean el verdadero dilema que afronta la Unión como actor internacional.

La influencia global de la Unión Europea ha estado vinculada a su poder comercial, a su política de ayuda financiera al desarrollo, y a la promoción del multilateralismo y sus valores políticos. Su identidad como potencia económica y normativa resulta insuficiente, sin embargo, cuando China y Estados Unidos ya no separan sus intereses económicos de los geopolíticos. Ambos utilizan cada vez en mayor medida, en efecto, sus recursos comerciales y financieros para perseguir ventajas estratégicas, mientras que en el caso de la UE son los Estados miembros—no las instituciones comunitarias—los que disponen de las capacidades y la decisión en política exterior y de defensa.

¿Puede la Unión Europea convertirse en un actor geopolítico sin tener fuerzas armadas y un servicio de inteligencia propio? Este es uno de los grandes retos de la nueva Comisión. Aunque las limitaciones estructurales parecen insuperables, mucho podrá conseguirse si Bruselas continúa avanzando en la construcción de una red de socios globales (asiáticos entre ellos), y si—ésta es la gran condición previa—logra el consenso de sus miembros sobre el papel que debe desempeñar en el mundo.

EEUU: el Departamento de Estado a la deriva. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La consultora Global Situation Room ha publicado un informe sobre El estado actual de la diplomacia estadounidense. El estudio se basó en encuestar a cincuenta exembajadores estadounidenses y altos ex consejeros de seguridad nacional de administraciones tanto republicanas como demócratas.

El informe comienza con la pregunta ¿Aprueban el trabajo que desempeña Mike Pompeo como secretario de Estado? Sólo el 14,29% respondió afirmativamente, frente a un 85,71% que aseguraron no aprobarlo. Y entre lo que más preocupa a los encuestados es la ausencia de una estrategia clara y definida a seguir junto con el gran número de puestos dentro del Departamento de Estado que han reemplazado a los profesionales de carrera con nuevo personal.

Asimismo, expresaron su preocupación frente al hecho de que el presidente tome decisiones de política exterior sin contar con la opinión profesional del Departamento de Estado o el Pentágono. Opinan que sobre lo que se decide no se toma en cuenta las consecuencias, así como el posible impacto que una decisión puede tener sobre los aliados.

Otra de las preguntas fue si el recorte de personal está teniendo un impacto en la seguridad nacional de los Estados Unidos. A lo que el 88% de los consultados creen que si hay un impacto directo en la seguridad nacional y el 12% no cree que sea así.  Y esa mayoría opina que, según los informes internos de las instituciones, los ataques que están teniendo lugar de manos de personal designado por Trump a funcionarios de carrera socavan la función de la institución y el estado de derecho.

En cuanto a cómo describiría la situación de seguridad de las embajadas y los consulados estadounidenses en los dos últimos años había tres opciones de respuestas. La primera, de mejoría, no fue apoyada por nadie. La segunda opción, de empeoramiento, obtuvo un 38,30% a favor, y el 61,70% optó por la tercera respuesta que es que se mantiene sin cambios.

¿Ha perdido Estados Unidos significativa influencia bajo el mando del presidente Trump? El 96% de los consultados se manifestaron de acuerdo en la pérdida de influencia del país bajo la Administración Trump, y tan sólo un 4% afirmó que no.

¿Los adversarios estadounidenses han crecido más y se han hecho más fuertes y más influyentes desde que Trump está en el poder? El 92% de los encuestados afirmaron que sí, mientras que sólo un 8% estuvo en desacuerdo. Asimismo fueron preguntados sobre que países se han beneficiado más de la Administración de Trump. Un 40% respondió que Arabia Saudí, un 30% que Israel, un 20% que Rusia, y el 10% restante se lo repartieron entre China,  Emiratos Árabes, Pakistán y Corea del Norte.

Otra pregunta fue ¿Dónde tendrá lugar la próxima crisis? En este caso el 32,65% considera que será China, seguido por Irán con el 28,57%. Y dejando a Venezuela en un tercer lugar con el 6,12%.

Este informe se llevó a cabo a casi un año de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, por lo que aprovecharon para preguntar a los encuestados si los candidatos demócratas han dedicado suficiente tiempo a discutir planes de Seguridad Nacional. Una gran mayoría, el 80%, se mostró en desacuerdo.

Al final de la encuesta dejaron a los entrevistados exponer brevemente los temas que más les preocupan y muchos coincidieron en el estado actual en el que se encuentra el Departamento de Estado. Desde que Trump tomó posesión, el número de diplomáticos y funcionarios de carrera de rango medio, que son los que cuentan con unos 15 años de experiencia, se han marchado, dejando un gran hueco que no puede ser llenado.

Si ese éxodo continúa en los próximos cuatro años, el Departamento de Estado estará en una situación comprometida. Unido a ello, se ha interrumpido el reclutamiento de diplomáticos, lo que significa que, junto con las jubilaciones masivas de los últimos años, se habrá perdido el mayor talento que poseía la institución.

La baja moral es también otro aspecto que preocupa mucho a quienes fueron consultados. Y algunos insisten en que es un elemento que cada día se agudiza con la manera en que se toman las decisiones y cómo se prioriza la política sobre la de los intereses nacionales de la nación estadounidense.

El informe se puede encontrar en la siguiente página web (en inglés) https://www.thesituationreports.com/

INTERREGNUM: Kim vuelve a China. Fernando Delage

La semana pasada, sólo días después de su encuentro con el presidente de Estados Unidos en Singapur, Kim Jong-un realizó una nueva visita a China: la tercera en menos de tres meses. Mientras medio planeta se pregunta por el sustancia de su reunión con Trump, Pekín vuelve a confirmar su influencia en este complejo juego diplomático a varias bandas.

La sombra de China es inevitable por razones históricas e ideológicas, que están detrás de su alianza con Corea del Norte, su único aliado formal. Pero también por su “protección” política y económica de un Estado con el que comparte frontera. Como principal socio económico suyo, de Pekín depende en gran medida el grado exacto de presión a ejercer sobre Pyongyang a través de las sanciones que se acuerden en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero más allá de estos factores estructurales, el contexto se ha movido en los últimos días.

Tras oír a Kim en persona, los líderes chinos habrán sacado sus propias conclusiones sobre lo ocurrido en Singapur, y sobre el margen de maniobra que Trump cree tener sobre la cuestión. Al mismo tiempo, la imposición de aranceles por valor de 200.000 millones de dólares a la importación de productos chinos decidida por Estados Unidos esta misma semana se ha traducido en una poderosa arma para Pekín. ¿Tras esta declaración de guerra comercial, de verdad espera Trump que su homólogo chino, Xi Jinping, le ayude en sus objetivos en la península coreana?

El afectuoso trato que ha recibido Kim en su última visita constituye un significativo mensaje para Washington: China es una variable que Trump necesita, pero que escapa a su control. Si la Casa Blanca mantiene su escalada proteccionista, no tardará en perder la cooperación de Pekín. Por su parte, en su “repentino” acercamiento a la República Popular, Kim Jong-un ve reforzada—sin mayores esfuerzos—su posición negociadora. Singapur ha facilitado el pretexto para que se relajen las sanciones impuestas a Corea del Norte, mientras que Pyongyang puede alargar en el tiempo el diálogo sobre desnuclearización.

No son pequeños logros. Aun más cuando, sin obtener nada a cambio, Trump ha decidido suspender las maniobras militares con Corea del Sur previstas para el mes de agosto. Kim amplía de este modo sus opciones estratégicas, a la vez que pone en evidencia las declaraciones del presidente norteamericano de que ha “resuelto” el problema. Al fondo, entre bambalinas, Pekín obtiene el escenario más favorable para sus intereses. (Foto: Alex, Flickr)

Un año de Donald Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Ante los representantes de ambas cámaras legislativas, en presencia de jueces y magistrados del poder judicial y con el gabinete en pleno, Donald Trump dedicó ochenta minutos al discurso del “Estado de la Unión”, a valorar el año transcurrido y exponer sus prioridades para el 2018.

En este tradicional evento, en el que los que los redactores de la alocución del presidente invierten muchas horas de meticuloso trabajo, estos intentaron no dejar fuera ningún elogio a la gestión presidencial y hacer uso convenientemente de patriotismo con marcados visos de conservadurismo y gran dosis de proteccionismo para así delinear el camino que continuará su gobierno.

Ha sido el discurso más presidencial que ha hecho Trump. Lo ha hecho en el momento preciso en que necesitaba proyectar serenidad, autodisciplina y sobriedad. Estas fueran las palabras de New York Times para definirlo, mientras que el Washington Post aseguró que parte de la moderación y la razón por la que la prensa no lo ha calificado de negativo se debía al hecho que el día antes del discurso, el día del discurso y el día posterior a éste Trump tuiteó sólo 6 veces, y que los tweets carecían de contenido incendiario, lo que hizo que la prensa se pudiera concentrar estrictamente en el contenido del mismo.

Trump dedico un 70 por ciento de su tiempo a las políticas domésticas y los problemas que tiene el país, y en cada oportunidad estableció una relación entre alguno de ellos y los inmigrantes, intentando justificar su postura anti-inmigración. De todos los problemas a los que hizo mención, la reforma migratoria fue a la que más tiempo dedicó, y explicó que tiene un plan basado en cuatro pilares, dejando ver cómo ese punto lo tienen rigurosamente planificado. Está claro que la oposición seguirá luchando por los “Dreamers”, a pesar que les cueste otro cierre del gobierno. Y, por otra parte, los indicadores económicos fueron también extensamente mencionados, los más halagados y básicamente la razón de su estrategia.

En la parte internacional, atacó duramente a Corea del Norte, lo que no aporta nada nuevo excepto que usó el riesgo que representa Pyongyang para justificar la necesidad de la modernización nuclear estadounidense.

Así lo explicó Kathleen Hicks (directora internacional del Centro de Estudios y Estrategias Internacionales, CSIS por sus siglas en inglés) en el marco de un foro en el que se analizó el discurso del Estado de la Nación y al que 4Asia tuvo acceso. Y en ese punto, Sue Mi Terry, (considerada la mayor experta en asuntos coreanos en este momento, y quien trabajó en la CIA) explicó que hablar de modernización nuclear puede incomodar a los aliados, y poner a EEUU en un terreno más peligroso, pues no se sabe cuál será la reacción de Kim Jong-un. Sue cree que los juegos olímpicos no mejorarán la tensión; más bien será positivo para el régimen norcoreano participar, ya que les permite refrescar su imagen internacional, y es probable que después todo vuelva a como estábamos a principios de año.

De acuerdo con Heather Conley, vicepresidenta para asuntos europeos en este think tank, el discurso fue positivo, aunque no mencionó los países con los que Estados Unidos está en conflicto y calificó a los aliados como los grandes olvidados de la alocución de Trump. Los omitió por completo, mientras que Trump optó por dedicarle tiempo a los adversarios. Lo que fue complementado por William Reinsch (especialista en comercio internacional) que subrayó como positivo que, al menos, no insultó a ningún aliado y no atacó a China. Reinsch afirmó que la salida de Washington del TPP ha empujado a los pequeños países asiáticos a virar hacia China, lo que parece que empieza a ver esta Administración, razón por lo que pueden estar considerando la vuelta al acuerdo. Asimismo afirmó que en los acuerdos no se puede siempre ganar todo; algunas veces sacrificar unas tarifas asegura la presencia y liderazgo, dijo.

El año de gestión de Trump ha servido para disminuir el rol e influencia internacional de Estados Unidos en el mundo, pero sobre todo en Asia, sostuvo Heather Conley, que insistió en que Washington no tienen una agenda positiva en el exterior. La situación inédita de desolación del Departamento de Estado ha dejado un vacío en el mundo, y como consecuencia ha perdido liderazgo internacional por falta de presencia, afirmó. Insistió en que esta Administración ha centrado sus esfuerzos en políticas de defensa obviado las diplomáticas; la prueba es el número de embajadas sin embajadores.

Estados Unidos necesita una política exterior fuerte y con los diplomáticos al frente. Heather considera que los aliados europeos tienen sus reservas con la Administración Trump pero se decantan por esperar a ver qué pasará, mientras que Macron es el único líder que parece estar decidido a jugar otro rol, uno mucho más predominante.

Hay que subrayar una reflexión escuchada en este evento: “Pensar que los militares nos sacarán de los problemas es un fracaso. Hay que tener políticas fuertes que prevengan enviarlos al frente”.

La diplomacia estadounidense se complica. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Hace un par de semanas en esta misma página anunciamos que Rex Tillerson será “invitado a salir de su posición”, a pesar de que Trump lo desmintiera a través de su cuenta de Twitter la semana pasada. Pudo deberse a aquel momento en el que Tillerson supuestamente usó el adjetivo de idiota para referirse al presidente, que generó tal polémica que lo llevó a dar una rueda de prensa para aclarar el malentendido seguido por otro tweet de Trump en el que con ironía decía que el secretario de Estado estaba desperdiciando su tiempo al intentar negociar con el líder norcoreano. Otro hecho curioso fue la ausencia total de una comitiva del Departamento de Estado al encuentro de mujeres emprendedoras en la India, al que asistió Ivanka Trump en representación de la Casa Blanca.

Entre hechos, dimes y diretes que circulan, una cosa queda muy clara: la diplomacia estadounidense no se encuentra en su mejor momento y Trump aviva las llamas con su anuncio de mover la embajada a Jerusalén, conmocionando la opinión pública internacional y despertando gran preocupación por la inestable y siempre compleja situación en Medio Oriente.

Con la frase “Viejos desafíos demandan nuevos enfoques”, el líder estadounidense afirma que el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel no es más ni menos, “que el reconocimiento de la realidad”. Como que si todos los intentos de mantenimiento de paz en la región durante tantos años hayan sido un juego de niños. La respuesta internacional no se ha hecho esperar, con abiertas muestras de desacuerdo. Pero el problema es aún más complejo; hay que considerar que la construcción de una embajada estadounidense en cualquier lugar del planeta, lleva consigo una gran planificación que va más allá de encontrar un buen terreno y el diseño arquitectónico. Lo más complicado son los códigos de seguridad que deben respetarse, la capacidad del edificio de no ser desplomado con una bomba, o interferido con instrumentos de esos de los que los cubanos y los rusos parecen saber mucho. Lo cierto es que ya existe un consulado en Jerusalén, que cuenta con los más rigorosos y estrictos controles de seguridad, pero de ahí a conseguir la bendición de Occidente y del gobierno palestino para la movilización de la embajada hay un gran trecho.

El Departamento de Estado parece ser la gran víctima de la Administración Trump. Tillerson, en su gira por Europa, no consiguió apoyos; sin embargo, salió de la primera reunión en Bruselas afirmando que “hoy más que nunca, están en una mejor posición para avanzar los intereses estadounidenses en el mundo que hace 11 meses atrás”. Muy a pesar de que sus homólogos europeos, uno tras otro, le dejaron claro que no están a favor de replantear el acuerdo con Irán y menos con el planteamiento de trasladar la embajada a Jerusalén.

Parece que ser que Tillerson hace caso omiso de todo esto y en la misma línea de Trump mantiene el objetivo en poner a Estados Unidos primero (Make American First). Otro hecho curioso de la visita del secretario de Estado a Europa fue la falta de periodistas, ni siquiera la corresponsal para CNN en el Departamento de Estado pudo acompañarlo. Según nuestras fuentes en su propia y muy personal manera de gestionar la institución limita el acceso de los medios a giras de tal calibre.

No sólo se trata de la inexperiencia política del Secretario de Estado y de la influencia de altos cargos militares con los que se rodea Míster Trump, sino ahora también de la partida de Dina Powell del Consejo de Seguridad Nacional  (National security council / NSC) a finales de mes, debilitando aún más la diplomacia estadounidense. Cuando Powell llegó a la Administración Trump se abrió una esperanza en torno a su persona, una mujer que venía del sector financiero, de la Manhattan profunda y Wall Street, pero con la frescura necesaria para ejercer cierta influencia positiva en la política hacia medio oriente, junto con Jared Kushner (el yerno del presidente) y Jason Greenblatt. Según el Washington Post, Powell debe estar preguntándose cuánta influencia realmente tiene sobre el presidente en materia de política exterior. Sea cual sea la influencia, lo cierto es que su partida deja una cicatriz más en la golpeada diplomacia estadounidense. Que en vez de remontar parece caer en un abismo…

Terremoto Trump.

Como adelantó 4Asia en una información de Nieves C. Pérez, la Casa Blanca ha confirmado el relevo de Rex Tillerson en una nueva demostración del presidente Donald Trump para hacer equipo, suscitar consensos y corregir errores. La alarma entre los veteranos de la Administración estadounidense, republicanos y demócratas, el reconocimiento del desmantelamiento del servicio exterior, la política de relaciones a golpe de twitter y los caprichos presidenciales, parecen estar a punto de ebullición y desde las filas políticas comienza a dibujarse la necesidad de algún acuerdo que permita controlar la situación. El gran problema está en que el presidente Trump conservaría intactos sus apoyos electorales, excitados por su discurso populista, simplista y falsamente auténtico.

En ese escenario hay que estar atentos a las noticias. Los círculos políticos norteamericanos son más sofisticados de lo que parece y están comenzando a mover fichas frente a la incontinencia, la precipitación y las improvisaciones presidenciales. Las declaraciones desde el FBI sobre la trama rusa, con las, al menos, poco claras maniobras de la familia del presidente, y la aparición de nuevos datos pueden llevar a problemas judiciales al propio Trump y eso es un acelerante del fuego graneado que puede esperarle durante lo que queda de legislatura.