Entradas

Rusia sigue fortaleciéndose en Asia

Las importantes maniobras militares entre Rusia y China revelan como Moscú está en un lenta y decidida estrategia de fortalecer o avanzar en sus posiciones en Asia. Mientras mejora sus posiciones con China, con acuerdos comerciales y energéticos y con una posición cercana respecto a la crisis con Corea del Norte, Putin fortalece los lazos con India, que se encuentra con un crecimiento de la tensión de este país con China en su frontera común en Cachemira.

Putin sigue avanzando en su candidatura a ser la segunda superpotencia mundial y ganar voz, como en los tiempos de la URSS, en todos los asuntos importantes de la agenda internacional en un contexto en el que EEUU vacila y China avanza en el tablero.

India es un aliado importante. No sólo por la importancia de su mercado, su crecimiento económico y su desarrollo tecnológico sino también por su posición geopolítica. Con una China presente en su frontera norte que, además, mantiene lazos con Pakistán, el gran enemigo de India por sus disputas territoriales entre otras cosas, y con una posición avanzada frente a la ruta del petróleo del Golfo a la vez que sobre el Índico, es un protagonista necesario. Además, el pragmatismo de India ha hecho que manteniendo sus lazos con Moscú, mejore sus relaciones con Estados Unidos y Europa y, lo que no es nada sorprendente por razones obvias, con Israel.

India puede ser un contrapeso importante en los conflictos regionales y en los mundiales y Rusia no quiere dejar de tener sitio en su mesa. La situación en el sureste asiático no es completamente estable y crecen los problemas étnicos y hacia el oeste de India, el escenario afgano-pakistaní sigue enredado y aparecen contradicciones en la política estadounidense y el éxito ruso-iraní en Siria, al menos de momento, hace subir la cotización de Putin. Más piezas sobre el tablero.

Negociar sobre el filo de la navaja

El despliegue de nuevas maniobras militares navales en el mar de Corea por parte de las armadas de Estados Unidos y de Corea del Sur, aprovechadas por medios rusos, iraníes y otros de su órbita, para presentar lo que llaman “los planes ocultos de Trump desde hace meses”, parece una escenificación de la máxima presión, que probablemente es una baza más para apoyar la posición de EEUU en las negociaciones secretas que se están desarrollando, en principio de manera indirecta, entre Washington y Pyongyang. La frase de hace unos días del secretario de Estado Tillerson de que “negociaremos hasta que caiga la primera bomba” sería parte de esa escenificación porque, hasta el momento, nadie considera seriamente la posibilidad de un enfrentamiento militar directo entre Estados Unidos y Corea del Norte. Aunque cada día  se teme que un incidente no deseado o un error de cálculo en la presión desate este enfrentamiento.
En realidad, los analistas coinciden también en señalar que en caso de un enfrentamiento, el resultado, desde el punto de vista estrictamente militar, se decantaría a favor de Estados Unidos, pero conviene recordar que el mismo ejército derrotó brillantemente a la dictadura de Sadam Hussein y luego no supo ni explotar ni gestionar aquella victoria, dejando tras de sí un caos que aún pende sobre toda la región. Así, el principal peligro no es un enfrentamiento militar entre Corea del Norte y Estados Unidos, sino los efectos de este enfrentamiento en una región con creciente inestabilidad que está en una fase de reequlibrio de alianzas estratégicas. Y no olvidemos el creciente protagonismo chino que aspira a afianzar con una potenciación de sus fuerzas navales, y Rusia, que quiere recuperar y aumentar su influencia regional.
Todos esos elementos, tal vez demasiados para un presidente, el de Estados Unidos, cuya improvisación, cultura (escasa) y protagonismo no son lo mejor en estos momentos, deben ser tenidos en cuenta. Y no sólo por la Administración estadounidense, sino también por algunos gobiernos europeos cuyas críticas a Trump parecen a veces estar más dictadas por unos tópicos ideológicos alineados con la izquierda que por la racionalidad y oportunidad de esa críticas.

El nuevo frente iraní

El acuerdo sobre la limitación del programa iraní de desarrollo de tecnología nuclear vuelve al primer plano de la actualidad al recordar el presidente Donald Trump su posición de anularlo para negociar uno nuevo.
Aquel acuerdo, firmado por la Administración Obama, imponía una moratoria en el desarrollo del programa por parte de las autoridades de Teherán, establecía un sistema de inspecciones (limitadas) y anulaba las sanciones impuestas al régimen teocrático y garantizaba la llegada de sus  recursos petrolíferos a los mercados occidentales de los que llevaba años ausente.
Este acuerdo fue siempre duramente criticado por Israel, que entiende que no frena en realidad los planes iraníes sino los encubre, que solo establece una moratoria de diez años sin inspecciones eficaces y que, anulando las sanciones económicas, provee al régimen de nuevos recursos destinados, entre otras cosas, a reforzar su capacidad militar. Y, recuerdan desde Jerusalén, es Israel el principal objetivo, declarado en cada discurso, de la estrategia militar iraní.
El aumento de la influencia militar de Teherán en Siria, en la frontera oriental israelí; su renovada alianza con Hizbullah, organización militar calificada de terrorista por EEUU y la UE, desplegada en Líbano en la frontera norte de Israel, y los lazos crecientes de los ayatollah con Hamás, en la frontera suroccidental de Israel, completan el escenario. En ese contexto, Donald Trump ha asumido parte de las posiciones israelíes y quiere corregir lo que piensa que fue un error estratégico de Obama que debilita la posición de Occidente y de su principal aliado en la zona en beneficio de rusos e iraníes.
Probablemente esta iniciativa estadounidense abrirá un nuevo frente de discrepancia con Europa, donde Francia es el principal valedor del acuerdo con Teherán, y con Rusia, que no quiere que se altere un panorama en el que ha recuperado protagonismo en toda la región.
En todo caso, parece necesario, en el dossier Irán, abrir un debate sereno, no sólo sobre la necesidad de visualizar procesos de distensión sino en asegurarse de que estos procesos garantizan de verdad avances y no gestos que, a medio plazo, demuestren que a veces los remedios son peores que las enfermedades.

China y el fútbol: confluencia de intereses

Esta semana dedicamos un espacio especial a la llegada de capital chino al futbol español y al europeo en general. El hecho es que, de repente, junto a los millonarios rusos y árabes, ha emergido el capital chino como uno de grandes patrones del fútbol europeo. Y no sólo en España sino también en otros países europeos. ¿Qué está pasando?

En primer lugar, en el lado de la oferta, una cosa obvia: que el Estado chino, que a veces es el inversor indirecto, y muchos miles de empresarios de aquel país tienen mucho dinero. En segundo lugar y en el lado de la demanda, que los equipos europeos necesitan capital para ser más negocio aún y que, de camino, se les abre una ventana de oportunidad ante la gran afición de los chinos por el fútbol, de conquistar aquel mercado vendiendo derechos de imagen a las televisiones para ofrecer en directo los partidos a los espectadores chinos. De ahí que los partidos en España y otros países se juegan cada vez a horas más tempranas para ganar espectadores en las televisiones asiáticas, y no solo chinas.

Este fenómeno está suscitando quejas de corte nacionalista por parte de aficionados a los que no les gusta lo que llaman pérdida de identidad de sus equipos y recelos por parte de empresarios locales que hasta ahora habían convertido el fútbol en su juguete de influencia y poder, y ahora no pueden competir con los grandes capitales foráneos; el fútbol se les va escapando como instrumento de juego en el marco del país. La globalización llega a todos.

Por parte de China, estas inversiones son bienvenidas ya que refuerzan la imagen de su sociedad, consiguen ganancias y gran influencia en el exterior. Es un negocio en el que, momento, casi todos ganan.

La globalización no es un fenómeno abstracto ni necesariamente nocivo. Es un fenómeno imparable producto de un determinado estado de desarrollo de la humanidad y de las relaciones internacionales y una oportunidad para todos de aumentar el bienestar y las libertades. No es un fenómeno lineal y está lleno de contradicciones, de avances y retrocesos. Pero la reacción de envolverse en uno mismo y proteger las fronteras no sólo no es solución sino que, a medio plazo, es una apuesta por aumentar los problemas de la propia sociedad. Y en esa trampa están cayendo no pocas personas y dirigentes.

Presión a Pyongyang… y a Estados Unidos

Fuerzas navales chinas y rusas están realizando maniobras conjuntas en aguas internacionales cercanas a Corea del Norte. Según la agencia oficial china de noticias Xinhua, los ejercicios conjuntos se llevan a cabo entre el golfo de Pedro el Grande, a las afueras del puerto ruso de Vladivostok (en el extremo oriental ruso y cerca de la frontera con Corea del Norte) y la parte sur del mar Ojotsk, al norte de Japón. Se trata de la segunda fase de los ejercicios navales que Rusia y China lanzaron este año. La primera parte tuvo lugar en el mar Báltico en julio.
El Ejército chino informó de que, por su parte, participan un destructor con lanzadera de misiles, una fragata, un buque de suministro y otro de rescate submarino, junto con helicópteros y vehículos de rescate sumergible que zarparon de la costa de la ciudad de Qingdao (este del país asiático) para tomar parte en las maniobras. También serán realizados rescates submarinos complicados y ejercicios anti-submarinos que no han sido incluidos en ejercicios conjuntos previos entre los dos países.
Las maniobras conjuntas tratan de visualizar el acercamiento entre Moscú y Pekín tras décadas de desencuentros y hasta de enfrentamientos armados por los límites fronterizos constituye, pues, una presión a Estados Unidos tanto como a Corea del Norte.
Aunque China no ha vinculado los ejercicios con la última escalada de tensiones en la península coreana y las posteriores medidas militares de EE.UU.  y sus aliados en esta zona asiática, parece evidente que se trata de exhibir músculo militar en un momento en que, sobre todo Rusia, ya que China es un protagonista casi directo de la situación, necesita ser vista como un posible mediador en concordancia con la búsqueda de Putin de devolver a Moscú el papel de segunda potencia mundial, política y militarmente.
Rusia y China han apoyado, por primera vez, en las últimas reuniones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la imposición de sanciones a Corea del Norte, aunque en general se acepta la idea de que no van a ser muy estrictos en su aplicación a través de sus fronteras terrestres, vitales para los intercambios comerciales norcoreanos.
Pero a la vez, ambos países plantean dudas sobre la eficacia de las sanciones y sugieren que Estados Unidos negocie aunque no queda claro con quién y qué. Tal vez por eso, una exhibición de fuerza militar es pertinente para Moscú y Pekin para recordar a Estados Unidos que no necesariamente es la principal potencia miliar el el área.
La escalada de efectivos militares no lleva la tranquilidad a Corea del Sur y Japón, países  que estarían pidiendo a Estados Unidos más presión y que no acaban de ver a chinos y rusos como aliados fiables. Además, en ambas sociedades, aunque más claramente en Japón, se está produciendo un ascenso, aún leve pero persistente, de nacionalismo y de exigencias de disponer de fuerza militar disuasoria propia que no gusta a nadie. Probablemente es hora de avanzar en una gestión de la situación coordinada entre las potencias antes de que el dragón se convierta en no gobernable.

Sanciones, ¿por qué no?

Cada vez que se decide aplicar sanciones a países que suponen un riesgo para la seguridad o violadores de las normas internacionales con agresión a sus propios ciudadanos, surgen voces señalando lo inocuo de estas sanciones o lo que suponen de castigo real para sus habitantes más que para sus gobernantes. Pero, ¿son realmente poco efectivas las medidas de castigo económicos a los países que antes se llamaban “canallas”?

Parece obvio que en algunos casos las sanciones económicas han contribuido a desbloquear algunas situaciones o han servido de incentivos para acabar con situaciones de abierto desafío a las reglas de la convivencia internacional, o de las leyes básicas de respeto a los derechos humanos. Por ejemplo, ocurrió así en Sudáfrica al final del régimen del apartheid y ha ocurrido así con el régimen de Teherán, que ha tenido que rebajar sus aspiraciones a construir un arsenal nuclear militar para lograr unas relaciones con Occidente que le permitan hacer frente a los problemas que para su economía y sus relaciones regionales están planteando las sanciones económicas, y las dificultades para poner en el mercado el petróleo iraní.

Pero también es cierto que hay casos emblemáticos, como el de Cuba, en el que décadas de restricciones económicas, que no boicot, por parte de Estados Unidos no han servido para ablandar el régimen tiránico. Aunque hay que decir que nunca se aplicaron a Cuba sanciones coordinadas internacionalmente y con compromiso general de cumplirlas.

Así las cosas, ¿Qué van a suponer las sanciones para Corea del Norte? En primer lugar, un mensaje renovado. La gran arma económica de la dictadura es, desde hace décadas, el chantaje con el miedo a desestabilizar la situación en Extremo Oriente. Y Occidente, má allá de mensajes altisonantes, había reaccionado hasta ahora cediendo con más o menos discreción y aceptando nuevas ayudas a la dictadura. Pero ahora algo ha cambiado, Estado Unidos ha enseñado algo más los dientes, China y Rusia apoyan sanciones al margen de que luego las apliquen o no, y el dictador, aunque aún sin grandes temores, ve que se le estrecha el margen de maniobra. Tal vez la reacción de Trump no se encuentre en el marco de un plan estratégico nuevo, pero parece que al menos ha sentado las bases para un nuevo escenario en el que Corea del Sur y Japón tienen que ir más allá de protegerse bajo el paraguas norteamericano; China, que no está dispuesta a deshacerse de la dictadura, tiene que jugar otra partida en la que tal vez  obtenga ventajas y Rusia ve una vuelta a su escenario oriental. La nueva situación coreana, y las sanciones son parte de ella, plantea más incertidumbre, pero ha salido del bucle de fondos a cambio de menores amenazas en que Occidente estaba instalado frente a Corea del Norte.

El giro afgano

El anuncio por parte del presidente Donald Trump de una rectificación de la política de EE.UU. respecto a Afganistán indica un cambio de rumbo que no deja de ser significativo. El presidente ha anunciado una vuelta a suelo afgano de tropas norteamericanas y el condicionamiento de la ayuda militar a Pakistán a una mayor presión sobre las fuerzas del movimiento talibán que están situadas a lo largo de la frontera con Afganistán. Trump parece haber dejado en el cajón su estrategia de abandono de las “guerras lejanas” que inspiró los primeros tiempos de su gestión y los discursos de sus primeros asesores por una visión más realista de los conflictos sobre el terreno.

Esta decisión se enmarca en una estrategia general de aumentar la presión sobre Irán, subir el precio de la negociación, imprescindible, con Rusia sobre una solución negociada al conflicto sirio y buscar soluciones de transición a la empantanada situación afgana.

En Afganistán han cambiado muchas cosas. Por una parte, los talibán mantienen sus posiciones básicas, las han consolidado y han comenzado a recuperar terreno. Estados Unidos, que había alentado y promovido contactos entre un sector supuestamente moderado de este movimiento con el gobierno de Kabul, ha comprendido que esas conversaciones, en medio de una estabilidad estructura del gobierno afgano y de la retirada norteamericana, era un incentivo para los talibán.

Pero, además, ha aparecido en el último año un elemento nuevo que altera el escenario: el Daesh. La aparición en Afganistán de grupos ligados al Estado Islámico, nacida no sólo de una decisión estratégica de este grupo sino también de la desconfianza de sectores talibanes acerca de las negociaciones, supone para este movimiento un desafío al monopolio del radicalismo que hasta ahora representaba, frente a la alianza de señores de la guerra con un cada vez más prudente apoyo occidental. Este elemento obliga a los talibán a luchar en este frente y, a la vez, a presentar a los suyos avances concretos. En este marco, es clave que Pakistán agite las bases terroristas en su propio territorio y aporte inteligencia y operaciones contra el Daesh. Ese es el pan de Trump que puede cambiar muchas cosas y, paradójicamente, acercarle un punto a Irán, preocupado por la nueva situación en su frontera oriental.

El griterío que ahoga los hechos

La gran novedad de la situación política en Asia-Pacífico es que China se ha sumado en el Consejo de Seguridad de la ONU al nuevo plan de sanciones contra Corea del Norte, un paquete que, esta vez, sí que va a tocar sensiblemente la línea de flotación económica del régimen de Corea del Norte. De ahí la sobreactuación provocadora y chulesca del gobierno norcoreano con su presidente ejerciendo de gran altavoz de las amenazas contra el mundo. Y, también excepcionalmente, el líder norcoreano se ha encontrado enfrente a un presidente de EEUU que, contra lo que hacían Clinton y Obama no corre a ofrecer compensaciones económicas o negociaciones paralelas y secretas, sino que envía barcos y recuerda que EEUU tiene cien misiles por cada uno de los que tenga Corea del Norte. Y, encima, Pekín ha votado junto a EEUU y Rusia y ha elevado unos puntos su presión sobre la autocracia norcoreana.

Esa es la base de la escalada verbal de Pyongyang anunciando el apocalípsis. El régimen norcoreano está en una de las posiciones más débiles de su historia reciente y ha decidido hacer lo que ha hecho siempre: gritar que o ellos o el diluvio universal en forma de misiles.

Es indudable que Corea del Norte ha mejorado mucho sus capacidades militares a costa del bienestar de su sociedad y que dispone de misiles de largo alcance y tecnología para lanzarlos. Pero afirmar con rotundidad que podrían llegar a territorio continental de Estados Unidos cargados da cabezas nucleares parece algo prematuro. En todo caso, cuando un país tiene medios y amenaza con usarlos hay que tomar medidas como si fuera a hacerlo.

Pero, ¿existe en realidad una posibilidad de conflicto nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos? No lo parece. Salvo que sea producto de un error, un ataque contra Guam, Japón o Corea del Sur conduciría en cuestión de horas a la destrucción del régimen norcoreano y la desaparición de los provocadores, y ellos lo saben. Pero en la medida en que Pyongyang consiga crear la sensación de que hay riesgo de un gran conflicto mayores serán las presiones de los “bienpensantes” no exentos de ingenuidad sobre Estados Unidos y Europa para que eviten el peligro negociando y cediendo al chantaje. Ese es el juego, lo demás son gritos.

Discursos y trampas

Una de las acusaciones más frecuentes contra China es el maltrato a los trabajadores, la carencia de protección de estos respecto a los empresarios, la facilidad de despido el trabajo de menores y otras tantas cosas parecidas.

Es obvio que en este tipo de acusaciones se mezclan verdades, verdades a medias y falsedades notorias, y que están todas teñidas de una fuerte ideologización. Y se puede hacer al respecto un ejercicio interesante. Reunamos todo lo que se dice de la reforma laboral en España y situémonos en una posición de observación desde fuera, como si no tuviéramos datos propios. En este caso sería fácil caer en la tentación de pensar que en España hay trabajadores en régimen de esclavitud, sin derechos, sometidos a la imposición empresarial y en un escenario de despidos, no solos libres, sino arbitrarios. Y todo esto en falso.
De la misma manera es rotundamente falso que en China no exista una legislación laboral. Que ésta requiera un perfeccionamiento desde la arbitrariedad que suponía el maoismo anterior y que la haga compatible con el crecimiento y la creación de empresas parece evidente, pero subrayemos que en China sí existe un sistema de seguridad social, pero aún se encuentra en construcción. En la medida que las empresas eran públicas en su mayoría éstas ya proveían al trabajador de prestaciones sociales, pero con el cambio de modelo económico operado en China los últimos 20 años, el sistema anterior se ha empezado a tambalear; en consecuencia, poco a poco (sobre todo después de 2010) se está intentando desarrollar un sistema que asegure pensiones de jubilación, atención médica, subsidio de desempleo y subsidio en caso de maternidad, pero las coberturas aún no son ni mucho menos universales.
China ha iniciado un modelo de crecimiento que necesita crear mercado, estimular empresas y, sobre todo, hacerlas competitivas en los grandes mercados internacionales. Aumentar los costes de producción, exigir aumentos salariales generalizados al margen de la productividad real y pretender que se haga a golpe de decreto sería, como en España, abonarse a que haya, esta vez sí, despidos masivos, pobreza y una gran inestabilidad social que, en el caso chino, sería una amenaza de escala planetaria.
Esto no quiere decir que los chinos y su sistema sean los buenos de la película; pero el asunto es lo suficientemente complejo para que se hagan reflexiones sosegadas y pegadas a la realidad y no desde púlpitos confortables en universidades progresistas o despachos sindicales que defienden privilegios. La exigencia de derechos “occidentales” para algunas sociedades es, en el fondo, un argumento que apoyaría algún sector de la Administración Trump por lo que tiene de barrera para el libre mercado. Hay que establecer normas para dar seguridad jurídica y estabilidad a los mercados, pero éstas no deberían ser instrumentos para mantener la intervención, el dirigismo económico y las barreras a la libertad que perpetúan la pobreza.

España, sin política asiática… que se sepa.

En pocos días, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha visitado China para celebrar la estrategia de Pekín respecto a la nueva Ruta de la Seda y el Rey Felipe VI ha estado en Kazajistán en una cumbre energética con presencia de casi todas las grandes potencias mundiales y todas las regionales, y donde se ha hablado del clima, de sus retos, sus riesgos y las alternativas energéticas. En ninguno de estos escenarios ha aparecido el esbozo de una política hacia Asia de España ni la propuesta de una estrategia europea definida más allá de los lugares comunes habituales.

Asia es el escenario, por un lado, de los principales riesgos a la estabilidad mundial, sin desmerecer otras zonas, y, por otro, donde la emergencia de potencias regionales y el ascenso irresistible de China están situando las relaciones internacionales sobre bases completamente diferentes. En ese contexto, Rusia tiene un cambio decidido, Estados Unidos parece decidido a afrontarlo con un repliegue sobre sí mismo y Europa anda sin rumbo a golpe de iniciativas de los principales países de la UE donde Gran Bretaña ha roto amarras. Y China aparece en todos los análisis como el país que, desde el pragmatismo de sus intereses nacionales y estratégicos, está aprovechando mejor la nueva situación que tanto ha contribuido a diseñar.

Es verdad que España no es una potencia de referencia, pero de ahí no se deduce necesariamente que deba limitarse a acudir a las cumbres exclusivamente a ofrecerse como un mercado de oportunidades aplaudiendo cualquier cosa que digan sus eventuales clientes. Y mucho menos cuando estos discursos dibujan una estrategia de la que puede derivarse una nueva situación no analizada con sus aliados. Esta es otra de las asignaturas pendientes de un Ministerio de Asuntos Exteriores que lleva años instalado en el día a día.