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El test de Hong Kong

La elección de Carrie Lam al frente del Gobierno de Hong Kong, en una elección indirecta criticada por los demandantes de una democracia a la europea pero más participativa que en China, ha sido un nuevo éxito del Gobierno de Pekín, que quería en ese puesto a una persona con buenas relaciones con la República Popular, dispuesta a entenderse con sus dirigentes y alejada de planteamientos independentistas o de enfrentamiento con la política china.

China necesitaba este triunfo para que no se le abra otro frente en la delicada situación regional. Para los dirigentes chinos no se trata tanto de tener en el Gobierno de la ex colonia británica a una partidaria suya, cuanto de tener a alguien que dé estabilidad a las relaciones y garantice una paz social que ha pasado por momentos complicados en los últimos años. Hong Kong, por su historia, por su política, por su posición geoestratégica y por su potencia comercial es una pieza clave en el tablero del Pacífico y tiene una sociedad que ha vivido durante muchas décadas con un nivel de libertades económicas y políticas inexistentes en China.

La señora Lam, una política experimentada, tendrá que negociar ahora la política económica de Hong Kong, con autonomía para definir acciones propias en este terreno, y una reforma política demandada por los habitantes de la ex colonia que contente a todos y que sea asumible por China. No es una tarea fácil, pero eso es lo que se espera de ella, porque no sólo China, sino prácticamente todos, apuestan por una estabilidad que no añada problemas a los ya existentes en la zona.

Europa, ausente del reto asiático

Nunca antes se había esforzado tanto China en visualizar su desacuerdo con Corea del Norte como con ocasión del lanzamiento de misiles norcoreanos al Mar del Japón de hace unos días. ¿Qué está pasando?

Pues pasa que la situación internacional es muy dinámica; el escenario de la órbita geostratégica China está cambiando y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y sus anuncios atrabiliarios está llenando de incertidumbre los ámbitos de toma de decisiones por desconocerse a dónde va la política exterior de Estados Unidos. Y en esta situación, el pragmatismo ha entendido que seguir con las pautas de provocación y exigencia de concesiones de Pyongyang, ya no sólo tiene menos garantías de éxito, sino que puede desencadenar una situación incontrolable en la que Pekín no tiene garantías de obtener ventajas. Y hay datos que parecen indicar que el régimen norcoreano está metido en una dinámica de huida hacia adelante que tal vez esté determinada por luchas internas por el poder. El asesinato del hermano mayor del “querido líder” por parte de sus servicios secretos apuntaría en esta dirección.

En este contexto, consciente o inconscientemente, China está ofreciendo una ventana de oportunidad para, al menos, definir un nuevo marco de estabilidad. Si Pyongyang sigue exhibiéndose como “Estado gamberro”, si Pekín ve riegos y requiere un marco estable para defender mejor sus intereses y si Rusia, en creciente protagonismo en todos los frentes, está redefiniendo su política el Pacífico, es difícil explicar la ausencia de Asia-Pacífico de la agenda europea.

Esto hace, y comienza a ser ya un triste tópico, más peligrosa la sensación de que el presidente Trump se mueve por impulso o quién sabe si a empujones de lobbies con intereses corporativos cortoplacistas.

Dinámica expansiva

El conflicto de Oriente Medio, no únicamente del cercano oriente, está adquiriendo una dinámica cada vez más expansiva. La intervención de Irán en Siria, que puede situar fuerzas de Teherán en la frontera con Israel, país al que ha jurado destruir, y su protagonismo histórico y sociológico en Afganistán otorgan al régimen chií un papel de actor principal en el escenario regional. Y algo parecido está pasando con Pakistán, cuya situación actual no puede ser desligada de la de Afganistán. Si a eso unimos que Irán tiene estrechos lazos con Rusia y Pakistán con China y que ambos ven como, poco a poco, aumentan su presencia en los conflictos de la zona las repúblicas centroasiáticas, en algunas de las cuales hay una importante influencia turca y en todas, y en mayor grado, de Rusia, tenemos el bosquejo de un escenario de pesadilla.

Puede ser una exageración afirmar que únicamente Rusia, entre las grandes potencias, ve ese escenario en su globalidad y tiene una estrategia adecuada a sus intereses nacionales. Probablemente en Estados Unidos se vea perfectamente lo que está ocurriendo, pero la inercia de la parálisis de Obama y la indecisión e improvisación de Trump no permiten adivinar si va a dibujarse una estrategia global en la que, por cierto, La Unión Europa ni ninguno de sus Estados miembros parece querer asumir papel alguno. Pero la realidad es que Putin va ampliando su esfera de influencia mientras Estados Unidos se repliega y China va colocando peones en la histórica Ruta de la Seda con paciencia y determinación.

La globalización afecta también a la política y debería afectar a la forma de ver los escenarios y adoptar las decisiones oportunas. Pero, al menos en las manifestaciones externas y en los análisis que se presentan esto parece estar ausente. Y no, esta no es una buena noticia.

Un test para medio mundo

El asesinato de Kim Jong-nam, hermano del líder norcoreano Kim Jong-un, nos trae la imagen cinematográfica de la técnica mas acrisolada de los servicios secretos adiestrados en la escuela moscovita que nació de la Revolución de Octubre y que han producido muchos ejemplos, como  el asesinato en Londres, por agentes de Bulgaria, con un paraguas envenenado, del disidente búlgaro Gueorgui Ivanov Markov, el 11 de septiembre de 1978; o el del espía ruso que desertó a Occidente Aleksandr Válterovich Litvinenko, irradiado con polonio, tras acusar a la dirección de los servicios secretos rusos de la eliminación de disidentes.
Pero esta muerte, que parece apuntar a los servicios secretos de Corea del Norte, además de estas evocaciones pone sobre la mesa la inmensa tensión y las luchas por el poder que están ocurriendo tras las bambalinas del hermético régimen norcoreano. Poco se sabe de estas luchas, aunque sí que han hecho desaparecer a parientes y colaboradores del presidente acusados de conspirar para acceder al poder.
 Kim Jong-nam, hermano mayor del actual líder era el heredero natural,  pero unas costumbres fuera de las normas oficiales, sus viajes al exterior y una vida menos reglada de lo que suele llevarse por aquellos lugares, sirvieron de coartada para apartarle del poder hasta el punto de que ya había sufrido otros intentos de asesinato e, incluso, en una ocasión, tuvo que mediar China para pedirle a su hermano clemencia. Que el asesinato, si ha sido obra del Gobierno norcoreano, haya tenido lugar en estos momentos podría significar que la situación interna es más delicada que nunca, que los equilibrios de poder son más frágiles y que el régimen está necesitado de demostraciones de fuerza, hacia adentro, como este asesinato, y hacia afuera, aumentando la tensión con Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.
En este contexto adquieren una mayor importancia los gestos y las palabras desde Occidente, junto con la vigilancia y la disposisición a no ceder, y se ensancha aún más el campo para que la diplomacia China juegue a intermediar a cambio de concesiones en la zona de sus interés estratégico. Ahí hay un test para Trump y su equipo y un motivo de preocupación para Rusia que ve como se tensa más una situación en sus fronteras orientales sin que Moscú, al menos de momento, esté jugando un papel tan decisivo como en otros escenarios.

Sigue el juego

El presidente Trump se ha distanciado de las alianzas económicas en Asia Pacífico para replegarse sobre sí mismo en la inauguración de un periodo de proteccionismo de impredecibles consecuencias en este momento. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho esfuerzos desde el primer momento por emitir mensajes de compromiso con la defensa, en el terreno militar, del estatus quo de la región reafirmando los lazos con Corea del Sur y Japón.
No era para menos, ya que ambas naciones se enfrentan a un país que ha hecho de la amenaza y la agresividad sus principales instrumentos de negociación de ventajas en la escena internacional, Corea del Norte, y un amigo de este país, China, que, aún optando por el pragmatismo, necesita tener al perro ladrador de Pyongyang con el que jugar, y que desarrolla una política de dominio del Mar de la China y en la disputa territorial que mantiene con Japón por un lado y con otros países  por otro, sobre algunas islas de la región.
En ese delicado panorama, mientras Trump llenaba de incertidumbre e inseguridad económica a sus aliados rompiendo el acuerdo de libre comercio, enviaba a la zona al Secretario de Estado, James Mattis, para asegurar a Japón que el paraguas defensivo que une a ambos países implica también a las disputadas islas Senkaku, y para reafirmar su compromiso con la defensa de la integridad territorial de Corea del Sur. En ese escenario se ha producido, mientras el presidente de Japón visitaba Estados Unidos, el lanzamiento por Corea del Norte sobre el Mar del Japón de un misil susceptible de portar una cabeza nuclear.
El desafío norcoreano ha dado a Trump la oportunidad de reafirmar sus compromisos y sus advertencias a uno de los últimos regímenes estalinistas del mundo y, a Japón, la ocasión para reclamar a China un papel más activo para desautorizar a sus aliados norcoreanos y comprometerse en una política de estabilidad en la región.
Sigue pues el juego en el Pacífico occidental con los mismos protagonistas pero con gestores diferentes. No parece que la tensión vaya a descender a corto plazo porque China exige un precio: Taiwan y los islotes en disputa, que ni Estados Unidos ni Japón pueden aceptar aunque sobre esa base se está negociando. Y en ese contexto es en el que, la principal amenaza inmediata, Corea del Norte, puede conseguirconcesiones materiales nada desdeñables.

Detrás de las cortinas

El factor Trump y la temporada electoral europea, en cuyo horizonte aparecen fuerzas populistas, extremistas y contrarias a la Unión Europea, están difuminando la emergencia de acontecimientos no menos importantes y que van a influir inevitablemente en aquéllos.
En el Pacífico, enviados del presidente Trump se están reuniendo con dirigentes de países aliados de Estados Unidos para tratar de atenuar las consecuencias de palabras altisonantes, anuncios precipitados y groserías telefónicas del presidente. Es necesario soldar brechas abiertas con Japón, desconfianzas de Taiwán, enfados de Australia y, en general, llevar a la zona señales de lealtad, compromiso con la estabilidad y determinación en mantener los equilibrios. Al fondo está la provocación permanente de Corea del Norte, el espacio que va ganando China en toda la zona y los esfuerzos de Rusia por jugar su papel ante las dudas de Estados Unidos.
No muy diferente se está dibujando el escenario europeo. La reanudación de los incidentes armados en el este de Ucrania parecen reflejar un intento ruso de probar la capacidad de reacción de Europa y de Estados Unidos y una subida de la apuesta de cara a futuras negociaciones en las que, inevitablemente, cotizarán al alza las acciones de Rusia en Siria.
Así, las corrientes centrífugas en Europa, estimuladas por lo que ocurre en Gran Bretaña, aplaudidas tanto por Trump como por Putin y por el coro que animan la extrema derecha y la extrema izquierda con discursos parecidos, aparece bajo una nueva luz. Se perfila una santa alianza para debilitar a la Europa democrática y de bienestar, a pesar de sus innegables errores, con el proyecto de ser sustituida por un escenario nacionalista, antiliberal, replegado sobre sí mismo y abonado de conflictos que hunden sus raíces en el siglo XX.

¿Un año rumbo a la catástrofe?

2017 comienza percibido por gran parte de la opinión pública mundial como un año de incertidumbre y muchos apuntan que se inicia un rumbo hacia la catástrofe. Es, en gran parte, un sentimiento subjetivo que se justifica con criterios dispares. En realidad, este pensamiento está asentado sobre imágenes creadas en los grandes medios de comunicación, que tiene no poco que ver con posicionamientos ideológicos y viejos prejuicios.

Si se analizan los argumentos que se apuntan tenemos tres grandes líneas de pensamiento: los terribles conflictos suscitados por el islamismo radical; la emergencia de los populismos en los que los discursos de la extrema derecha y de la extrema izquierda coinciden inquietantemente, y, cómo no, la elección de Donald Trump para ser presidente de los Estados Unidos los próximos cuatro años. Y una cuarta línea, ya sostenida en el tiempo: el apocalipticismo general que mete en un mismo saco todas las profecías del horror: la catástrofe climática, el auge de la pobreza y la suprema miseria moral.

Sin embargo, los datos desmienten esos argumentos. Si enumeramos los conflictos bélicos existentes, concluimos que hay menos que nunca desde la Guerra Mundial, aunque el impacto audiovisual y del terrorismo cuando golpea Occidente amplifican sus ecos; los populismos merecen una atención pero, de momento, no hay una ola antidemocrática aunque esté más en los medios de comunicación que en las urnas, y Trump, cuyo principal error es su imprudencia, no ha definido una política que se concrete en una ruptura con la tradición republicana. Y recuérdese que se dijo lo mismo de Reagan y los Bush, padre e hijo. Además, las cifras hablan de crecimiento económico en África y de recuperación, lenta y desigual, en casi todas partes.

Eso no quiere decir que no haya riesgos. En la zona Asia Pacífico la tensión aumenta como consecuencia del rearme naval chino, el repunte del nacionalismo japonés, la anomalía agresiva de Corea del Norte y el refuerzo del protagonismo ruso, asuntos que exigen un análisis por separado y relacionándolos. Es en ese contexto en el que la imprudencia de Trump puede ser el desencadenante de elementos de crisis más graves. Hay que esperar que el pragmatismo chino, la contención japonesa y los elementos de equilibrio interno de Estados Unidos serán necesarios y determinantes.

Taiwan, una china en el zapato de Estados Unidos

La conversación telefónica entre Donald Trump y la presidenta de Taiwan, Tsai Ing-wen , ha levantado una polvareda, no tanto por poner patas arriba la relación entre China y Estados Unidos, afirmación que cabría calificar de exagerada, sino porque, realizada de manera aparentemente apresurada, antes de la investidura, antes de designar un nuevo secretario de Estado y poco después de haber anunciando un cambio en la política económica de EEUU hacia el Pacífico, encendió las alarmas de la escena internacional por lo que podría tener de ejemplo de lo que sería la política exterior norteamericana en la era Trump.

 

Para analizar lo ocurrido hay que hacer dos precisiones. La primera, que Trump, con sus opiniones escandalosas durante la campaña electoral, ha contribuido a justificar cierta imagen de Estados Unidos, esquemática y caricaturesca, abonada por medios de comunicación europeos y de algunos demócratas estadounidenses y la izquierda europea. La segunda, que China no le dio importancia en las primeras horas hasta que descubrió que el escándalo creado en los ambientes citados anteriormente le ofrecían una oportunidad de marcar territorio frente a la emergente Administración Trump. Y a continuación hay que añadir que el propio Trump ha afirmado que no cuestiona el actual estatus en el que Estados Unidos reconoce al régimen de Pekín y no al de Taipei, que no obstante se mantiene el compromiso de contribuir a la defensa de la isla y que le asiste el derecho a hablar con cualquier dirigente político del mundo. Es decir, que no se ha alejado ni un ápice de la política tradicional defendida por el Partido Republicano desde que estableció su nueva política respecto a China.

 

En este escenario hay que situar el incidente. Trump ha llegado como elefante en cacharreria y, aunque tome decisiones y defina políticas que progresivamente van encajando en la postura de la derecha republicana que no son nuevas, va a estar preso de su imagen y de la engrasada maquinaria de propaganda ideológica de sus adversarios. Pero, a la vez, eso no debe hacer perder la perspectiva de que el presidente electo ejerce de bocazas y de impulsivo en una situación en que cualquier desliz puede conducir a situaciones ingobernables.

 

Por otra parte, está el asunto Taiwan. Aquel régimen es el heredero histórico y político del gobierno chino que fue derrotado por la revolución de Mao Tse Tung y que instaló en la isla en los primeros años un sistema corrupto y con un importante déficit democrático que ha evolucionado hacia una sociedad de valores occidentales. Estados Unidos, y Europa en menor medida, han estado durante décadas cerca de Taiwan hasta que el realismo político y el económico han obligado a equilibrar las relaciones con la China continental. Y, en el marco actual de una China que ha gozado de una liquidez que le ha permitido comprar deuda occidental y realizar inversiones en todo el mundo, aunque hay que estar atento a los síntomas de desequilibrio que pueden darnos una sorpresa en cualquier momento, Taiwan no puede ser ni reconocida ni abandonada. Por razones humanitarias, culturales, históricas,políticas y estratégicas. Así las cosas, Taiwan es una china en el zapato norteamericano y lo será mucho tiempo sea quien sea el residente en la Casa Blanca.