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INTERREGNUM: Bruselas y Pekín reciben a Biden. Fernando Delage

Después de siete largos años de negociación, 2020 concluyó con la firma del acuerdo de inversiones entre la Unión Europea y China (CAI en sus siglas en inglés); un pacto que confirma la voluntad de ambos actores de profundizar en su relación mejorando el acceso a sus respectivas economías. La industria europea podrá operar con mayor facilidad en el mercado chino, al tiempo que podrá contribuir a los esfuerzos de la República Popular dirigidos a reestructurar su modelo de crecimiento a través de la digitalización y la sostenibilidad medioambiental. Se trata, no obstante, de un acuerdo controvertido por la ausencia de mecanismos de verificación y la exclusión de algunos sectores, así como por sus implicaciones geopolíticas.

El acuerdo supone un primer obstáculo a la nueva etapa que se espera poner en marcha en las relaciones transatlánticas a partir de la toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos. No ha sido sólo la administración Trump la que ha criticado a Bruselas: distintos miembros del equipo de Biden, en efecto, se han quejado asimismo de la falta de coordinación de ambos socios con respecto a China (aunque tampoco Washington consultó con los europeos su política hacia Pekín). No puede sino concluirse que, en lo que afecta a la relación con la República Popular, los intereses europeos no son siempre coincidentes con los norteamericanos, al tiempo que Pekín ha logrado una nueva victoria diplomática.

Cuando los negociadores europeos y chinos comenzaron la discusión sobre el acuerdo de inversiones—una vez que se descartó la posibilidad del acuerdo de libre comercio preferido por Pekín—, este último consideró el pacto con Bruselas como un instrumento de contrapeso del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) que impulsó la administración Obama para evitar una mayor dependencia de las naciones asiáticas de la economía china. El abandono del TPP por Trump nada más llegar a la Casa Blanca no redujo sin embargo la relevancia de la Unión Europea para la República Popular: por el contrario, la guerra comercial y tecnológica con Washington no ha hecho sino reforzar su interés. Que el gobierno chino decidiera acelerar las negociaciones desde el pasado verano, y admitir unas concesiones que anteriormente había rechazado (aunque en realidad formaban parte de sus obligaciones tras adherirse a la OMC), da una idea de sus prioridades diplomáticas. Una relación más estrecha con la UE servirá para prevenir la formación por Estados Unidos de un bloque con sus aliados contra las prácticas comerciales chinas. Desde esta perspectiva debe recordarse, por otra parte, que Pekín acaba de firmar la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) con 14 países asiáticos, y retomado la negociación de un acuerdo trilateral de libre comercio con Japón y Corea del Sur.

Pero si es evidente la motivación china a favor de una suma de instrumentos que consolidan su posición en la economía global—y minimizan la influencia de Estados Unidos—, más confusa resulta la decisión europea de cerrar la firma del acuerdo pese a la presión norteamericana y contra el escepticismo de distintos Estados miembros, Francia entre ellos. En último término se impuso la determinación de Angela Merkel de concluir el pacto antes de que terminase la presidencia alemana de la Unión. Aunque Merkel habría logrado el visto bueno de Macron tras obtenerse ciertas ventajas para Airbus y dejar en manos de París la firma del tratado final durante la presidencia francesa en el primer semestre de 2022 (el acuerdo está aún sujeto a su ratificación parlamentaria), parece obvio que la política china de la UE responde a la percepción de las cosas mantenida por Berlín; es decir, a una posición en la que predominan los intereses económicos sobre los geopolíticos (aun a costa de la incomprensión y frustración de Washington).

El debate queda abierto para los próximos meses. Con todo, no debe perderse de vista que el acuerdo con Pekín representa un nuevo escalón en la construcción de una estrategia asiática por parte de la UE. El CAI se suma a los acuerdos de libre comercio ya concluidos con Japón, Corea del Sur, Singapur y Vietnam, o bajo negociación (con Indonesia y Tailandia); y a la declaración—el mes pasado—de la ASEAN como socio estratégico de la Unión. Bruselas (en realidad Berlín-París) ha lanzado el mensaje de que su proyección hacia Asia no puede ser rehén de la rivalidad Estados Unidos-China. Sus socios en la región, que comparten ese mismo objetivo, han encontrado una buena alternativa en el Viejo Continente. India es quizá la principal excepción: justamente cuando comenzaba a valorar en mayor grado el potencial de una mayor aproximación a la UE, ha recibido con notable incredulidad la noticia del pacto europeo con Pekín.

Año nuevo, problemas viejos

2021 ha comenzado trepidante.  Los estrambóticos, además de bochornosos, sucesos de Washington contienen en sí mismos muchos mensajes sobre la situación de inestabilidad de los sistemas democráticos más sólidos, situación que está siendo aprovechada, sin el menor sonrojo, por los sistemas autoritarios que no dudan en explicar cómo sus formas de gestionar que no dependen de controles judiciales independientes, ni de elecciones ni de sociedad civil efectiva son más eficaces para hacer frente a pandemias, crisis políticas y catástrofes. Así en el caso de China que tiene la desfachatez de comparar las movilizaciones por la democracia en Hong Kong con el asalto al Capitolio en Washington. Pero no es el único caso. Se oyen mensajes parecidos en Moscú, La Habana,  Piongyang y Teherán.

El certificado de debilidad institucional que ha supuesto el asalto de los partidarios de Trump a una de las instituciones más sagrada del constitucionalismo deja en manos de Biden la obligación de reparar y consolidar el edificio democrático estadounidense y, además, demostrar en el exterior la solidez, la capacidad y la voluntad de EEUU de seguir al lado del bando de las libertades, el orden y la estabilidad internacional de la que tanto Trump como Obama se replegaron con cierta imprudencia. Aunque hay que subrayar, precisamente en momentos en que su figura está siendo demolida sin matices por su irresponsabilidad y resistencia antidemocrática a abandonar el poder, que en los últimos momentos de su mandato, el presidente  Donald Trump ha impulsado unos cambios sin precedentes  en Oriente Próximo, la región más potencialmente explosiva del planeta desde el fin de la II Guerra Mundial,  al acercar a a Israel y los países árabes de mayoría sunni, los principales aliados occidentales en aquella región. Además del factor de contención de Corea del Norte que significó Trump.

Eso no debe ocultar la faceta nacionalista, antiliberal, populista y por lo tanto de desprecio a las reglas democráticas básicas, que ha significado el presidente Trump y algunos de sus seguidores por todo el  mundo. Al final, la distancia moral, ética y estética entre Nicolás Maduro y Donald Trump es casi inexistente, aunque los estadounidenses están protegidos por una fortaleza institucional, un edificio constitucional y unas tradiciones  envidiables que, de momento, están muy por encima de cualquier presidente por más irresponsable, zafio y prepotente que sea.

Extradición de un alto ejecutivo chino, la nueva diplomacia de Washington. Nieves C. Pérez Rodríguez

En diciembre del 2018 la Administración Trump solicitaba la extradición de Meng Wanzhou, directora financiera de tecnología de Huawei, la multinacional china especializada en móviles y en alta tecnología. Todo comenzó en agosto del 2018 cuando un tribunal de Nueva York emitía una orden de arresto para que Meng fuera juzgada en los Estados Unidos como alta ejecutiva de la gigante china debido a que sobre Huawei recaen cargos de “violación de sanciones estadounidenses en contra de Irán y conspiración para robar secretos comerciales”.

Huawei es la compañía de telecomunicaciones más grande del mundo y la segunda que más móviles de nueva generación vende, de acuerdo con Forbes. Fue fundada en 1987 por Ren Zhengfei, exmilitar chino y padre de la actual directora financiera, quién se encontraba en Vancouver cuando fue detenida por las autoridades canadienses en el momento en que se disponía a cambiar de avión para continuar con un viaje.

Desde ese momento se ha encontrado en arresto domiciliario en una residencia propia que tiene en la ciudad canadiense y con grillete electrónico que lleva atado a un tobillo.  Y desde allí se traslada a los tribunales que llevan su caso.

La solicitud de la extradición de Meng Wanzhou fue en su momento un giro diplomático importantísimo, que no tiene precedentes pues Meng forma parte de una de las familias más influyentes y poderosas en China, que seguramente cuenta con acceso directo a Xi Jinping. Otro elemento curioso de la detención fue la discreción con la que se manejó el hecho durante los primeros días, ya que ninguno de los Estados involucrados se manifestó inmediatamente, ni tampoco se filtró a la prensa sino pasado varios días de haber tenido lugar la captura a manos de la policía canadiense.

Ni la Casa Blanca ni tampoco el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se manifestaron al respecto; por el contrario, hubo un intento de distanciamiento de la situación. Sin embargo,

China respondió apresando a dos ciudadanos canadienses (Michael Kovring y Michael Spavor),  hombres de negocios, aunque el segundo es además un exdiplomático. Y ambos fueron acusados de “espiar secretos nacionales y proporcionar inteligencia a entidades externas”

El sistema judicial chino está completamente controlado por el PC chino y de acuerdo con la BBC cuenta con una tasa de condenas de casi el 100% una vez que se acusa al imputado.

Beijing también ha bloqueado la exportación de algunos productos canadienses como parte de su descontento. Un caso curioso fue una carga de canola que al llegar a puerto chino fue acusada de tener plagas peligrosas de acuerdo con el gobierno chino. O en junio del pasado año fueron suspendidas todas las exportaciones de carne de cerdo provenientes de Canadá.

Paralelamente los abogados de Meng han solicitado incansablemente a las cortes canadienses que la información de la acusación se haga pública pero las cortes alegan que hay información que compromete la seguridad nacional por lo que no lo han hecho.

A finales de mayo de este año un juez de la Corte Suprema de Vancouver dictaminó que los cargos contra Meng cumplían con el estándar legal de “doble criminalidad”, lo que significa que podrían considerarse delitos tanto en Canadá como en los Estados Unidos. A esa acción una vez más Beijing respondió amenazando con sentenciar a los dos hombres de negocios que habían sido apresados al principio de esta saga.

Meng está clasificada legalmente como fugitiva de la justicia estadounidense por lo que la extradición, elemento que desencadenó todo este proceso, tenía sentido legal y es precisamente lo que ha venido discutiendo los abogados de la ejecutiva de Huawei, pues ellos no quieren que sea extraditada a Estados Unidos y menos juzgada por tribunales estadounidenses.

En este momento se está negociando un acuerdo “de procedimiento diferido” entre los fiscales estadounidenses y los abogados de la ejecutiva china, que consiste en que Meng podría admitir algunas de las acusaciones que se le imputan y con ello se le permitiría retornar a China. De acuerdo con Reuter, este tipo de acuerdo se suele conceder a empresas y en raras ocasiones a individuos, aunque de momento todo apunta a que es poco probable que se materialice.

La Administración Trump ha sido persistente en su lucha contra los abusos chinos y en el caso concreto de la construcción del 5G ha sido aún más enfática. Ha desplegado una campaña internacional de advertencia de las consecuencias de que la plataforma 5G esté en manos del PC chino y lo que eso significa para la seguridad de las naciones. La pandemia ha dejado ver las vulnerabilidades del mundo más que nunca, especialmente ha desenmascarado al gobierno chino en su afán por encubrir inicialmente el brote del Covid-19 y posteriormente cómo ha encubierto las cifras de afectados, lo que es evidencia de su modus operandi y la poca transparencia en su gestión y hacia el resto del mundo. 

Muchos países han despertado a la auténtica cara de Beijing y ahora más que antes empiezan a entender el peligro de una dependencia total, incluida la tecnológica, de China.

China: el gran debate

¿Supone China una amenaza existencial o solamente un reto comercial (económico y tecnológico) para las formas de vida, el bienestar y la manera de gestionar de las sociedades occidentales y aquellas que apuestan por un modelo clásico de democracia? Ese es, en el fondo, el debate presente entre expertos, analistas, asesores y consejeros de los gobiernos.

Para una parte de la Administración de Estados Unidos la amenaza es existencial, ya que estiman que de ganar China, quieran o no y es dudoso que no quieran, se produciría un cambio en el que el intervencionismo estatal, el refuerzo de las concepciones colectivistas por encima de los individuos y el autoritarismo más o menos paternalista serían las columnas vertebrales. No hay que perder de vista que la pandemia, la incertidumbre que crea, la debilitación de referencias sociales y el crecimiento de las supersticiones están fortaleciendo la exigencia de decisiones autoritarias que eximan a los individuos de compromisos y responsabilidades personales. China representa un modelo autoritario y despótico con supuesto éxito económico en las últimas décadas y eso resulta atractivo para quienes, como en el fútbol, defienden que lo importante es el resultado.

En el otro lado están quienes piensan que China supone un reto económico-tecnológico manejable y con ellos la mayoría de los gobiernos y la opinión pública europea, instalada en el relativismo moral y político y, probablemente aterrada (y con culpa) del pasado criminal del continente ha convertido en dogma de que es preferible ceder algo a un enfrentamiento. En la base de este pensamiento hay factores psicológicos determinados por la historia, falta de principios claros y un autocomplacencia vecina de la soberbia. Da la sensación de que China está más cómoda en este segundo escenario porque gana tiempo, avanza posiciones y se instala en el discurso tramposo de que los agresivos son los otros.

La cuestión es importante porque de la respuesta que se plantee dependen qué recursos, qué instrumentos, qué alianzas  y qué compromisos se ponen en marcha. Y, a la vez, la respuesta es complicada porque en cualquiera de los casos un error puede llevar a una catástrofe sin precedentes

INTERREGNUM: Emulando a Kennan. Fernando Delage

Con la salida de Trump de la Casa Blanca, Estados Unidos tendrá la oportunidad de corregir el rumbo de su política exterior. Parte del desafío consistirá en reparar los daños causados por el presidente saliente a las alianzas, a los tratados multilaterales y a la imagen del país. Pero Biden también tendrá que adaptar objetivos y estrategias a un mundo transformado, entre otros factores, por el ascenso económico y político de China. La interacción entre la variable china y la reconfiguración del sistema internacional será uno de los elementos centrales de la agenda de su equipo, ya inundado por informes sobre el tema. Dos de ellos, publicados en los últimos días, destacan por lo completo de su contenido, y por representar—pese a sus numerosos puntos coincidentes—dos definiciones opuestas del desafío chino.

El primero procede del Departamento de Estado; más concretamente de la oficina de planificación, la misma unidad que el diplomático George Kennan dirigió en su día. Se trata de un estudio que, desde su título (“The Elements of the China Challenge”) hasta su elaborada estructura, se inspira—y así se reconoce—en el análisis realizado por Kennan en 1946-1947 sobre “las fuentes del comportamiento soviético”. Si las conclusiones de este último sirvieron de base a la política de contención de Estados Unidos durante la guerra fría, este nuevo documento aspira a establecer los pilares de una estrategia a largo plazo sobre China, que pueda situarse por encima de la rivalidad entre agencias de la administración norteamericana y a salvo de los vaivenes electorales.

Es poco frecuente que un departamento ministerial elabore un texto de estas características, mucho más propio—por su lenguaje y enfoque académico—de un centro de investigación. En sus más de 70 páginas—veinte de ellas de referencias bibliográficas—, se analizan las fuentes ideológicas de la política exterior china, las vulnerabilidades que afronta como Estado, y la posible respuesta de Estados Unidos. “Asegurar la libertad” es definido como el principal objetivo de este último, que debe esforzarse, entre otras propuestas, por mantener el ejército más poderoso del mundo, crear nuevas organizaciones para promover la democracia y los derechos humanos, y formar una nueva generación de funcionarios en el conocimiento de China.  

Siendo impecable en la descripción del problema, el informe apenas presta atención a los asuntos económicos y tecnológicos, en la actualidad en el centro de la competición entre ambos gigantes. Por otra parte, sus premisas parecen enfocadas en exceso hacia una interpretación basada en diferencias ideológicas. Cuestiones éstas corregidas por el segundo informe, elaborado por la Brookings Institution (“The future of US policy toward China: Recommendations for the Biden administration”), con la participación de hasta 16 especialistas, cada uno de los cuales examina un aspecto concreto de los retos planteados por China en todas las esferas. Su punto de partida también es diferente al del documento anterior: “aunque la competición estratégica con China constituirá el marco de referencia en el futuro inmediato, se señala, sería contrario a los intereses norteamericanos tratar a China como un enemigo”.

Las diferencias ideológicas entre ambos exacerban su rivalidad, dice el texto, pero “la mayor parte de los problemas son inherentes a la competición entre grandes potencias, y deben afrontarse sin necesidad de demonizar a China por las diferencias entre sus sistemas políticos”. Las recomendaciones de este informe se resumen en la tarea de mantener la ventaja en innovación tecnológica, constituir una coalición multilateral que controle la violación por China de las reglas del orden internacional, y reconstruir su estabilidad política, económica y social interna para que Estados Unidos pueda mantener su liderazgo internacional.

Polémica sobre el 5G en Brasil con China al fondo. Nieves C. Pérez Rodríguez

La embajada china en Brasil ha tenido otro choque con el diputado Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente. No es el primer incidente, En esta misma página informábamos de lo ocurrido a principios de la pandemia, cuando la embajada respondía a un tweet de marzo del diputado en el que acusaba a China de haber silenciado el Covid y en el que comparaba al Partido Comunista Chino con las autoridades soviéticas en la actuación del desastre nuclear de Chernóbil de 1986, al que ya en su momento la embajada china respondía duramente:

“Sus palabras son extremamente irresponsables y nos suenan familiares. No dejan de ser una imitación de sus queridos amigos. Al regresar de Miami contrajiste, lamentablemente, el virus mental, que está infectando a los amigos de nuestros pueblos”, replicaba la Embajada de China en su perfil de Twitter, en aquel momento.

El diputado Bolsonaro, que es también jefe de la Comisión de Política Exterior de la cámara, acompañó a la comitiva presidencial brasileña en un viaje oficial a Estados Unidos a principios de marzo, por lo que la embajada china se refería a la infección de la enfermedad por parte de Trump y su gabinete.

La última polémica se suscitó a raíz de otra serie de tweets del mismo diputado que publicó después de mantener una reunión con el ministro de comunicaciones y los consejeros de la Agencia de telecomunicaciones de Brasil en el que se discutieron las licitaciones para la internet de quinta generación en 2021.

“Brasil apoya la iniciativa estadounidense Clean network para el 5G para frenar el avance de Huawei” y “sin espionaje de China”. Está última parte fue borrada después del encendido comunicado de protesta de la Embajada de china en Brasil en reacción a esos tweets.

La embajada china advirtió que “la declaración del diputado y otras personalidades afecta a las relaciones entre ambos países. El primer socio comercial de Brasil considera que las declaraciones infundadas se prestan a dictámenes de Estados Unidos que, entre otras cosas, busca calumniar a su país y perjudicar a empresas chinas como Huawei, que aspira a entrar en el mercado brasilero del 5G”.

“Tales declaraciones infundadas no son dignas del cargo del presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados. Se prestan a seguir con la información de los Estados Unidos en el uso abusivo del concepto de seguridad nacional para calumniar a China y censurar las actividades de empresas chinas. Esto es totalmente inaceptable para el lado chino por lo que manifestamos una fuerte insatisfacción y vehemente repudio a ese comportamiento”. Y paralelamente formalizaron la gestión de protesta por los canales regulares diplomáticos.

La iniciativa del Clean network cuenta con 30 países, entre ellos muchos europeos, y el pasado mes de agosto el secretario de Estado Mike Pompeo relanzó la iniciativa ampliándola a libertad en las fronteras, libertad en la nube, libertad en las tiendas virtuales, libertad en las aplicaciones y la libertad del cable. Y tal y como reza el documento oficial del departamento de Estado “el programa Clean network es el enfoque integral de la Administración Trump para salvaguardar los activos de la nación, incluida la privacidad de los ciudadanos y la información más sensible de las empresas, de intrusiones agresivas de actores malignos, como el PC chino”.

La gigantesca empresa china Huawei opera en territorio brasileño desde 1999, y estaba contando con participar en las licitaciones públicas que tendrán lugar el próximo año sobre la red del 5G.

La incorporación de Brasil a la iniciativa de Clean network se traduce en que la construcción de la red de 5G de telefonía móvil excluye equipos de Huawei y ZTE.

Según Reuters, Washington le ha ofrecido a Brasilia financiación para que compren tecnología occidental de Nokia y Ericson en vez de Huawei. Aunque las cinco principales empresas telefónicas de Brasil ya están probando equipos de Huawei, adelantándose a la gran licitación del próximo año.

La embajada china en Brasilia aprovechaba el comunicado de protesta para recordar que las relaciones diplomáticas entre ambos países cuentan con 46 años de antigüedad en los que los vínculos han crecido exponencialmente debido al esfuerzo de ambas partes. Y que tan sólo de enero a octubre de este año las exportaciones brasileras a China han superado los 58 millones de dólares.

Los Bolsonaro han sido polémicos por sus opiniones sobre China desde la campaña electoral presidencial, y este año a razón de la pandemia han surgido diversos comentarios hasta de boca del propio presidente quien rechaza una vacuna china para los brasileros, a pesar de que se esté desarrollando una con un instituto biotecnológico en Sao Pablo. Pero la respuesta de la embajada china en Brasil muestra el nivel de agresividad en el que se encuentran, porque no sólo arremeten contra Eduardo Bolsonaro por sus tweets sino contra los Estados Unidos por ser quienes están advirtiendo del peligro de un 5G en manos de China y la gravedad de la movilidad de toda esa información en manos del PC chino.

No cabe duda que 2020 ha sido un año diferente, incluso para la diplomacia menos diplomática china…

Biden ensaya sus primeros pasos

El futuro presidente de los Estados Unidos, Joseph R. Biden, ha comenzado a mover piezas. Personajes de su entorno y asesores de los que serán los integrantes de su primer gobierno han iniciados contactos de aproximación con autoridades chinas por un lado e iraníes por otro, para elaborar una estrategia con la que enfrentarse a los dos principales retos de su política exterior.

En el caso chino, como se ha explicado desde estas páginas, el diagnóstico de situación del equipo de Biden no difiere del de la Administración Trump: China juega en el mundo comercial con las ventajas de un sistema totalitario  que actúa como una gran empresa dirigida por los dirigentes del PC chino. Pero Biden va a tratar de enfrentarse a Pekín con formas más suaves y con una estrategia dura pero más discreta y tratando de conseguir una mayor coordinación cn sus aliados, fundamentalmente como los asiáticos del Indo-Pacífico. Esto tiene algunas dificultades porque las formas de Trump han abierto brechas con algunos de ellos.

El caso de Irán tiene más aristas. Por una parte, las relaciones con Teheran y el rol iraní en la región tiene casi tanta influencia hacia el este iraní: Afganistán, Pakistán e India, sobre todo tras el acuerdo del régimen de los ayatollah con China, como hacia el oeste: Siria, Israel, Líbano y el mediterráneo oriental. Europa, junto a países musulmanes menos moderados, presiona para volver al escenario Obama y a un acuerdo en el que Irán se comprometía a frenar su rearme nuclear durante diez años pero no garantizaba inspecciones. A la vez, países árabes aliados tradicionales de EEUU, como Araba Saudí, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos  (precisamente los que están en un proceso de reconocimiento y colaboración con Israel) presionan, junto al gobierno de Jerusalén, por mantener las sanciones contra Irán y no recuperar el acuerdo con Teherán hasta obtener más garantías. Además, Irán prevé celebrar elecciones en 2021 y las relaciones que se establezcan con Estados Unidos o la evolución de los enfrentamientos militares, indirectos por el momento, con Israel, serán armas electorales (en unos comicios muy controlados) tanto para los duros del régimen como para los que quieren mejorar relaciones con Occidente, por razones económicas y de imagen, ya que en la sociedad iraní crecer la crisis y el descontento.

INTERREGNUM: El sureste asiático en el centro. Fernando Delage

La reciente celebración de las cumbres anuales en torno a la ASEAN ha puesto de relieve la consolidación del sureste asiático como uno de los principales espacios de competición entre Estados Unidos y China. La consecuencia es que los dos gigantes sitúan a los países de la subregión ante un complejo dilema: cómo aprovechar las oportunidades económicas que representa la República Popular y, a un mismo tiempo, reforzar la presencia de Washington como contrapeso de Pekín. El agravamiento de la rivalidad entre ambas potencias obliga a los Estados miembros a tomar partido por uno u otro, en un contexto en el que el aumento de la influencia china, y sus ambiciones cada vez más explícitas, han transformado el entorno de estabilidad del que tanto se beneficiaron durante varias décadas.

De la relevancia de la cuestión da idea la simultánea publicación de varios libros sobre esta parte del continente, tradicionalmente subordinada—en el terreno geopolítico—a los problemas del noreste asiático. Dos de los periodistas que mejor conocen la zona, Sebastian Strangio y Murray Hiebert—este último analista en la actualidad en el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington (CSIS)—ofrecen en sus trabajos, por cierto con títulos coincidentes (In the Dragon’s Shadow: Southeast Asia in the Chinese Century, Yale University Press, 2020; Under Beijing’s Shadow: Southeast Asia’s China Challenge, Rowman & Littlefield, 2020, respectivamente), un recorrido país por país con el fin de observar sobre el terreno la realidad del nuevo poder chino. Combinando esa mirada directa con un examen de los antecedentes históricos de la relación bilateral de cada uno de los Estados miembros de la ASEAN con China, y un detallado análisis de las implicaciones económicas y estratégicas de los movimientos chinos, el resultado es—en ambos casos—una extraordinaria aproximación a un grupo de naciones que, como bloque, constituyen la quinta economía del planeta y se encuentran justamente en la intersección de ese espacio que llamamos Indo-Pacífico.

Las aportaciones de Strangio y Hiebert, aunque dirigidas a un público general, en nada desmerecen—por la profundidad de sus análisis y la calidad de su escritura—de los libros de dos eminentes expertos, Donald Emmerson y David Shambaugh, que, sin perder de vista la perspectiva de cada país sobre su interacción con Pekín, parten de un enfoque más transversal en coherencia con su perspectiva académica. The Deer and the Dragon: Southeast Asia and China in the 21st Century (Stanford University Press, 2020) es un trabajo colectivo en el que, como editor, Emmerson, profesor en Stanford y uno de los mayores especialistas en el sureste asiático, ha reunido a una docena de sus colegas para ofrecer un estudio de primer nivel. Shambaugh, profesor en la universidad George Washington y uno de los grandes expertos americanos en China, realizó por su parte una reciente estancia de investigación en la región que le permitió examinar de primera mano la situación y contrastar lo que las élites políticas e intelectuales del sureste asiático piensan de la rivalidad entre los dos grandes. El resultado es un libro (Where Great Powers Meet: America and China in Southeast Asia, Oxford University Press, 2020) en el que, de manera más sistemática que los anteriores, examina el cambio en el equilibrio de poder entre Washington y Pekín.

Pese a las diferencias de enfoque y perspectiva, son numerosos los puntos de coincidencia de estos cuatro excelentes trabajos. Ninguno niega el peso abrumador de China ni la percepción de aparente inevitabilidad de su primacía. Todos reconocen la decepción local con unos Estados Unidos cuya influencia y credibilidad se han visto dañadas en los últimos años. Coinciden igualmente en lo erróneo de la creencia de que Pekín cuenta con un plan perfectamente diseñado para la región: los actores chinos son diversos, no siempre coordinados, ni sus intereses compartidos. En último término, el poder chino podrá debilitar a la ASEAN como grupo, pero estos autores concluyen que los miembros de la organización no han abandonado su objetivo de independencia y autonomía, que persiguen bien buscando nuevos socios—como Japón o India—, bien recurriendo a propuestas diplomáticas que revelan su margen de maniobra pese a sus menores capacidades y, sobre todo, su firme determinación de impedir que el futuro del sureste asiático dependa tan sólo de Washington y Pekín.

Diplomacia o guerra de vacunas. Nieves C. Pérez Rodriguez

Actualmente hay una docena de vacunas de covid-19 en prueba experimental en el mundo. Y mientras se sigue avanzando en los pasos de prueba en voluntarios, las industrias farmacéuticas siguen su proceso de aprobación y los gobiernos comienzan a definir cómo serán administradas, estableciendo prioridades para aquellos que deben recibirlas primero.

Mientras tanto, Xi Jinping apareció el sábado pasado en la Cumbre del G20 en Riad a través de videoconferencia diciendo que “China está dispuesta a fortalecer la cooperación con otros países en la investigación y desarrollo, producción y distribución de vacunas”.  Una vez más, Xi aprovecha la palestra de un evento internacional para liderar la emergencia más grave de las últimas décadas.

Mientras China propone una estrategia internacional conjunta, aprovecha y se presenta a sí misma como el país que se preocupa por liderarla, pero también para gestionar esa coordinación con otras naciones.

Las grandes farmacéuticas han apostado por el desarrollo de estas vacunas, entre ellas Pfizer en colaboración con la alemana BioNTech SE, que hasta el momento parece la más efectiva con un 95% aunque requiere de temperaturas extremadamente bajas para su conservación y transporte. Moderna (estadounidense) le sigue con una eficacia del 94,5% y ambas solicitaban el pasado viernes a la agencia estadounidense de medicamentos (o FDA por sus siglas en inglés) la aprobación por vía rápida debido a la emergencia.

China por su parte ha desarrollado varias vacunas de las que poco información técnica ha sido compartida. Una de ellas es Coronavac desarrollada entre Sinovac Biotech Ltd (china) y el prestigioso instituto Butantan de Sao Pablo, bajo el auspicio del gobernador del Estado de Sao Pablo Joao Doria, férreo enemigo de Bolsonaro, y quien cuenta con la facultad de establecer acuerdos internacionales. El pasado 18 de noviembre recibía 120.000 dosis y está previsto que para enero recibirán 46 millones de dosis más.

Como todo en esta pandemia, en Brasil se ha politizado el Covid-19 y las vacunas.  Bolsonaro quién antes de convertirse en presidente atacó fuertemente a China, en la misma tónica de Trump, se ha visto obligado a bajar el tono debido a que China es su mayor socio comercial. Sin embargo, ha twitteado sobre su negativa a aceptar el uso de una vacuna china.  El ministro de salud de Turquía decía el jueves pasado que está planificando comprar entre 10 a 20 millones de las vacunas de la empresa Sinovac Biotech Ltd. Sinopharm (otra farmacéutica china) afirma tener dos vacunas distintas, una de ellas en fase tres de desarrollo, que ha sido administrada a 60.000 personas en 10 países: Emiratos Árabes, Bahréin, Jordania, Perú y Argentina. Mientras tanto, las autoridades de Indonesia están considerando aprobar la vacuna de Sinopharm junto con otras vacunas chinas ante la premura que impone la situación sanitaria.

Por su parte, CanSino Biologics (también china) ha desarrollado otra vacuna en colaboración con el ejército chino que ya ha sido suministrada a 40.000 voluntarios en Pakistán, Rusia y México y requiere permanecer en una temperatura de entre 2 a 8 grados centígrados y su vida útil es de 24 meses. México ya ha dicho que comprarán 35 millones de dosis de esa vacuna para distribuir entre sus ciudadanos.

Mientras, Anhui Zhifei Longcom Biopharmaceutical, otra farmacéutica china de capital privado, está planificando probar su vacuna en Uzbekistán, de acuerdo con información publicada en los medios estatales chinos.

Los medios chinos afirman que desde julio han estado vacunando a personas cuyos trabajos son de alto riesgo, y aseguran que las vacunas administradas son efectivas. Sin embargo, no se han publicado mucho más datos y la comunidad científica internacional pone en duda la veracidad de la efectividad. Aparentemente, en China las autoridades locales tienen autonomía para vacunar a sus residentes. Así lo relataba un miembro sanitario de la provincia de Zhejiang al Wall Street Journal: “en los últimos meses alrededor de 100 personas diariamente han acudido a recibir la vacuna de Sinovac pagando unos 30 dólares por las dos dosis”.

De acuerdo a Zhu Tao director científico de CanSino Biologics “no es difícil para las empresas chinas desarrollar una eficacia del 70 al 80 por cierto” así como “no es necesario que cada vacuna llegue a la eficacia del 90 por ciento para que sean exitosas”.  Mientras que el Centro de evaluación de Medicamentos chinos afirma que los medicamentos deben tener al menos el 50 por cierto de eficiencia e idealmente superar el 70 por ciento para ser aprobados. Una vez más queda claro la diferencia de los estándares chinos a los occidentales. 

“Cumpliremos nuestros compromisos, ofreceremos ayuda y apoyo a otros países en desarrollo y trabajaremos arduamente para hacer de las vacunas un bien público que los ciudadanos de todos los países puedan usar y pagar”, decía Xi en la Cumbre del G20, quien ante la ausencia de un fuerte liderazgo estadounidense asume él el rol de salvador del mundo mientras en Washington Trump sigue negando que ha perdido la contienda electoral y por lo tanto no se está compartiendo información estratégica con el equipo del presidente electo Biden.

La nueva Administración demócrata tiene una oportunidad de oro para reposicionar el lugar de Estados Unidos en el mundo y retomar el liderazgo que ha ido abandonando y que oportunamente China ha ido asumiendo. La desesperación por salir de esta pandemia está siendo aprovechada por China para llenar los vacíos y desarrollar su ruta sanitaria de la Seda a nivel global. Sin embargo, aún se está a tiempo de un cambio de rumbo, de haber dos opciones sobre la mesa, las vacunas de Oriente o las vacunas de Occidente. Muchas naciones se decantarían por las de Occidente por su rigor científico. Salvar a una nación en medio de un colapso sanitario y económico puede traducirse en reconquistar espacios perdidos para Washington y, por tanto, restituir valores democráticos en el mundo.

INTERREGNUM: Asia marca el ritmo. Fernando Delage

Después de ocho años de negociaciones, y coincidiendo con la celebración de la cumbre de la ASEAN en Hanoi, los ministros de Comercio de 15 países firmaron el domingo 15 de noviembre la Asociación Económica Regional Integral (Regional Comprehensive Economic Partnership, RCEP). Aun sin la participación de India—que abandonó su participación el pasado año por temor al impacto del acuerdo sobre su industria y agricultura—, el nuevo bloque constituye la mayor área de libre comercio del mundo, al representar el 30 por cien de la población (2.200 millones) y del PIB (26.200 billones de dólares) global. En una era de polarización política y de desconfianza en la globalización y el multilateralismo en Occidente, las naciones asiáticas han optado por el camino opuesto y confirmado su voluntad de compartir unas mismas reglas económicas.

El pacto entre los diez Estados del sureste asiático y los socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda), representa por sí mismo un logro histórico. Desde el lanzamiento de la iniciativa en 2011 no han faltado los obstáculos: del auge de las fuerzas proteccionistas al deterioro de la relación de Pekín con sus Estados vecinos; de la retirada de un gigante como India a la pandemia del COVID-19. Que, frente a unas circunstancias tan adversas, países con sistemas políticos diversos y diferentes niveles de desarrollo hayan culminado la negociación, es prueba de su interés común por un proceso de integración regional que no sólo reconfigurará el mapa económico y estratégico del Indo-Pacífico, sino también la interacción del continente con Estados Unidos y con la Unión Europea.

La reducción de las barreras al comercio y a la inversión intrarregionales conducirá a una mayor interdependencia entre los miembros, para quienes las relaciones económicas con países terceros ya no serán tan determinantes. En un contexto de rivalidad entre Estados Unidos y China, la RCEP ofrece nuevos instrumentos a sus gobiernos para buscar soluciones panasiáticas a los desafíos del crecimiento. La ASEAN ve satisfechos sus objetivos de permanecer en el centro de la arquitectura regional, y la República Popular queda vinculada a una estructura multilateral que condicionará su tradicional inclinación por las fórmulas bilaterales, pero multiplicará su influencia económica (es decir, el resultado que quiso evitar Obama con el TPP). Pese a ser la mayor economía del grupo, la preocupación por un posible dominio chino queda asimismo equilibrado por la combinación de países avanzados (como Japón, Corea del Sur y Australia), con otros en desarrollo (como Indonesia o Vietnam). India ha preferido descolgarse del grupo, lo que frenará su ascenso pero no el de la región—que preferirá invertir en la ASEAN—, aunque se le ha dejado la puerta abierta para incorporarse en el futuro.

Con todo, más que el impacto directo del desarme arancelario—que requerirá aún unos años conforme al calendario establecido—, importa destacar las consecuencias económicas más inmediatas, así como el mensaje político de la operación. Con respecto a lo primero, el acuerdo facilitará en gran medida la restauración de las cadenas de valor interrumpidas por la pandemia, haciendo de Asia el motor de la recuperación global, por delante de otros continentes. En el terreno político hay que añadir el hecho de que la RCEP representa la primera área de libre comercio entre las tres grandes economías del noreste asiático—China, Japón, y Corea del Sur—que negociaban desde 2012 su propio acuerdo trilateral. Pero, sobre todo, la ausencia de Estados Unidos—tanto del RCEP, como del CPTPP (es decir, el antiguo TPP tras la retirada de Trump)—implica que ni Washington, ni Bruselas, tendrán una voz cuando Asia decida sus reglas económicas.