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INTERREGNUM: ¿Qué quiere Washington de Pekín? Fernando Delage

Mientras los medios de comunicación hablan de la próxima conclusión de un acuerdo que pondrá fin a la guerra comercial entre Washington y Pekín, la administración Trump ha lanzado de nuevo mensajes contradictorios sobre sus intenciones con respecto a la República Popular.

El martes 22 de octubre, el secretario de Estado, Mike Pompeo, pronunció en la conservadora Heritage Foundation un discurso en defensa de la política exterior de su presidente. Aunque Irán y Turquía fueron objeto preferente de sus palabras, hizo una breve mención a la reactivación del Diálogo Cuatrilateral de Seguridad, más conocido como “Quad”, con el fin de “asegurar que China mantenga tan sólo el lugar que le corresponde en el mundo”. Si esto significa que—según la percepción de Washington—China ya ha logrado más de lo que debiera, Estados Unidos aspira entonces—dio a entender Pompeo—no sólo a contener a Pekín, sino a reducir su actual influencia global.

Dos días más tarde fue el turno del vicepresidente Mike Pence. Justo un año después de su discurso en el Hudson Institute sobre la estrategia china de esta administración—intervención que fue considerada de manera unánime como la señal de comienzo de una nueva Guerra Fría—, Pence dedicó el jueves 24 un nuevo “sermón” a la República Popular. Aunque en un tono algo menos desabrido que el empleado en 2018, y en un foro políticamente más moderado—el Wilson Center—, reiteró su acusación de que China mantiene un comportamiento “agresivo y desestabilizador”. Por primera vez expresó, en nombre de su gobierno, el apoyo a los movimientos de protesta en Hong Kong, como ejemplo—dijo—de lo que debería ocurrir en el resto de China. Y, sobre los problemas estructurales en la relación bilateral, negó—frente a las críticas en dicho sentido—que la administración pretenda romper la interdependencia entre ambas economías. Estados Unidos, indicó, no trata de aislar a Pekín, sino de “establecer unas reglas de igualdad en su interacción”.

El mensaje transmitido por Pence no coincide exactamente por tanto con el de Pompeo. Lo que sí queda claro en cualquier caso es que Washington no está dispuesto a renunciar a su preeminencia global, ni a ser él, y sólo él, quien decida los límites de la proyección internacional de China. Pero plantear la relación entre ambas potencias como un juego de suma cero es una simplificación que oculta la falta de una definición sobre sus últimos objetivos, y un reconocimiento implícito de los condicionantes a su margen de maniobra.

China, por el contrario, tiene un concepto muy claro de lo que quiere, y cuenta con la estrategia asimétrica que le permite ir ganando gradualmente espacio. Sabe también que muchos de los aliados de Washington no comparten ni el lenguaje ni los métodos con los que Casa Blanca pretende afrontar el desafío chino.

INTERREGNUM: La OTAN mira a China. Fernando Delage

A comienzos de año la OTAN comenzó un ejercicio de reflexión interno sobre China y las consecuencias de su creciente proyección internacional para los intereses euroatlánticos. En el marco de su modernización militar, China cuenta con un arsenal de misiles balísticos intercontinentales cada vez más sofisticados, mientras que sus avances en relación con el ciberespacio y el espacio también carecen de límites geográficos. Como es sabido, China inauguró en 2017 su primera base militar en el exterior, en Yibuti, no muy lejos del área de acción de la Alianza Atlántica, a la vez que ha realizado maniobras navales en el Mediterráneo y en el Báltico.

La República Popular aparece de este modo como una nueva variable a la que prestar atención. No es Europa su terreno prioritario de acción—sus verdaderos imperativos estratégicos se juegan en Asia—, pero sus movimientos confirman la intención de situarse en el centro de un espacio euroasiático interconectado. Su aproximación a Rusia es, desde esta perspectiva, un factor adicional al que los europeos—y no sólo los norteamericanos—deben prestar mayor atención en su planificación de defensa.

Sin embargo, pese a los intentos de Estados Unidos por implicar a sus aliados, estos últimos se resisten a que la OTAN tenga un papel en relación con China. Esta es la conclusión a la que llega Jonathan Holslag, profesor en la Universidad Libre de Bruselas, en un artículo que publica el último número del Washington Quarterly. El problema, escribe Holslag después de entrevistarse con un considerable número de funcionarios y expertos de distintos Estados miembros de la UE, es que si la Alianza no logra formular una respuesta adecuada al ascenso de China, no sólo verá en peligro el mantenimiento de su función en el orden mundial que se avecina, sino que agravará la frustración mutua entre ambos lados del Atlántico.

La incapacidad para dar forma a una sólida estrategia china, indica, “podría ser el clavo en el ataúd de la OTAN”, organización que justamente celebra en 2019 los 70 años de su nacimiento. Quizá se le pueda tachar de exagerado, pero es cierto que, sin esa estrategia, la Alianza dejaría de ser un instrumento útil frente al ascenso de este nuevo competidor. Se quiera reconocer o no, continúe su ascenso o se detenga su crecimiento, China afectará a la seguridad europea. Pekín está poniendo a prueba la disposición de la Alianza para apoyar a Estados Unidos cuando sus intereses de seguridad se ven en riesgo en la región del Indo-Pacífico, pero también la voluntad de las naciones europeas de defender su posición en el tablero euroasiático. La necesidad de Washington de concentrar su atención y sus capacidades en Asia puede obligarle a una drástica reducción de su presencia militar en el Viejo Continente, obligando a éste a afrontar de una vez por todas el dilema de su inevitable conversión en actor geopolítico. Si no se está dispuesto a dar este paso, sólo caben entonces estas dos alternativas: restaurar el poder colectivo de la Alianza mediante una estrecha coordinación con Estados Unidos, o aceptar una posición subordinada en una Eurasia en la que China podrá haberse consolidado como la potencia central. Sí, realmente son tiempos interesantes.

INTERREGNUM: Europa y Japón unen fuerzas. Fernando Delage

La Unión Europea y Japón han vuelto a dar un paso adelante en el estrechamiento de su relación. De visita en Bruselas, el 27 septiembre el primer ministro japonés, Shinzo Abe, firmó con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, una iniciativa de colaboración para el desarrollo de infraestructuras de transporte, energía y redes digitales en África, los Balcanes y el Indo-Pacífico. A este nuevo compromiso se llega unos meses después de la entrada en vigor—el pasado 1 de febrero—, del doble acuerdo de asociación económica y estratégica (EPA y SPA, respectivamente, en sus siglas en inglés) concluido por ambas partes tras casi una década de negociaciones, y un año después de que Bruselas adoptara su esperada estrategia de interconexión entre Europa y Asia.

Además de facilitar los intercambios y las inversiones entre dos actores económicos que representan más de un tercio del PIB global, el EPA y el SPA constituyen una respuesta conjunta al unilateralismo de la administración Trump. Con su firma, Bruselas y Tokio lanzaban un poderoso mensaje de defensa del orden liberal multilateral. La estrategia de interconectividad en Eurasia supone, por su parte, la articulación de una alternativa a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, aunque a esta última no se le nombrara en el documento. La República Popular es asimismo el objeto de esta reciente iniciativa: Japón y la UE declaran querer trabajar juntos en regiones relevantes para los objetivos chinos, proclamando además su papel como “garantes de valores universales” como la democracia, la sostenibilidad y el buen gobierno.

Japón participará en los proyectos de interconexión europeos, que serán financiados por un fondo de garantía dotado con 60.000 millones de euros, además de la inversión privada y la proporcionada por los bancos de desarrollo. Según indicó Abe en Bruselas, durante los próximos tres años Japón formará a funcionarios de 30 países africanos en la gestión de deuda soberana. Tokio y Bruselas han subrayado así que los proyectos de infraestructuras deben ser sostenibles tanto desde el punto de vista financiero como medioambiental. Se trata, al mismo tiempo, de reforzar la interconectividad global “sin crear dependencia de un solo país”.

Mediante su alianza con la UE, Japón cuenta con un instrumento adicional para promover las actividades de sus empresas en unas circunstancias de desaceleración económica y de creciente competencia con China. La Unión Europea intenta por su parte traducir en influencia política los fondos que dedica a la ayuda al desarrollo. Las dudas sobre el futuro de la relación transatlántica, el ascenso de China, y el enfrentamiento entre Washington y Pekín, sitúan a los europeos ante un nuevo entorno que exige algo más que una retórica multilateral. Pese a las dificultades de formación de posiciones comunes entre Estados miembros con opiniones contrapuestas, la defensa de sus intereses y valores obliga a la Unión a convertirse en un actor geopolítico. Y así lo ha declarado quien a partir del 1 de noviembre será la próxima presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, con el español Josep Borrell como responsable de la acción exterior europea. El último acuerdo con Japón es un ejemplo de cómo esa nueva estrategia va tomando cuerpo.

INTERREGNUM: Hong Kong: Choque de identidades. Fernando Delage

Después de 13 fines de semanas consecutivos de protestas en la calle, seguidas de una creciente respuesta policial, la jefa del ejecutivo de Hong Kong, Carrie Lam, ha retirado de manera definitiva—como demandaban los manifestantes—el proyecto de ley de extradición. No era esa su única petición: la movilización reclama asimismo una investigación de las acciones de la policía e, incluso, reformas democráticas. La modesta concesión de Lam, que naturalmente sólo ha podido ofrecer con el visto bueno de Pekín, reduce de momento el riesgo de una intervención militar. Pero ni va a acabar con la inestabilidad ni puede contribuir a la resolución de los problemas de fondo.

En un momento crítico, marcado por la guerra económica con Estados Unidos y la cercana conmemoración, el 1 de octubre, del 70 aniversario de la fundación de la República Popular, el presidente Xi Jinping afronta su mayor crisis política desde que ascendió al poder a finales de 2012. Aunque los dilemas que plantea Hong Kong al gobierno chino son de muy diversa naturaleza (las quejas sobre el estado de la educación, la sanidad o el precio de la vivienda, entre otros, no son menos relevantes que la tensión política), lo que tienen en común todos ellos es la difícil coexistencia de dos comunidades con valores contrapuestos.

Pese a su reducida población, algo más de siete millones de habitantes, Hong Kong es un activo del que China no puede prescindir: su ordenamiento jurídico, sus hábitos de transparencia, sus instituciones financieras—su estatus diferenciado, en suma—, son un activo económico y de intermediación con el mundo exterior decisivos para Pekín. Acabar, antes de 2047, con la fórmula establecida en 1997—“un país, dos sistemas”—dañaría gravemente los intereses chinos. El margen de maniobra de sus gobernantes es por ello reducido.

La crisis apunta, con todo, a un fenómeno de creciente divergencia de identidades. Mientras la República Popular refuerza su sistema autoritario mediante un discurso de legitimidad histórica que hace inviable cualquier relato alternativo al construido por el Partido Comunista, los jóvenes de Hong Kong se sienten “hongkoneses” más que “chinos”. Educados en un entorno de libertades civiles, ven amenazados sus valores sociales, culturales y políticos por un sistema autoritario que interfiere cada vez en mayor grado en sus vidas. La interferencia en los medios de comunicación y redes sociales, la “educación patriótica” y otros instrumentos de propaganda en los que se ha volcado Pekín con gran empeño, han agravado, más que resuelto a favor de República Popular, la batalla por la definición de la nación china.

Al intentar evitar el uso de la violencia, cuyo coste político y económico le resultaría prohibitivo, es posible que China opte por una doble estrategia de hacerse con todos los órganos de decisión políticos y policiales del territorio, y—de manera más atrevida—intentar modificar la estructura demográfica fomentando la emigración a Hong Kong de residentes en otras zonas del país y así diluir la población “liberal”. No está claro, sin embargo, que esa política pueda dar sus frutos. No sólo porque el reconocimiento de unos derechos individuales son una ambición universal—por mucho que Pekín lo niegue—, sino porque la misma situación es que la que se da entre los jóvenes de otro cercano lugar: Taiwán. Las elecciones de enero en la isla—uno de los probables motivos de la “cesión” de Lam en Hong Kong—ilustrarán de nuevo que la legitimidad del Partido Comunista ya no depende del control de los territorios recuperados de las potencias imperialistas, sino del control de una única identidad china.

INTERREGNUM: Señales desde Pekín. Fernando Delage

La designación de China por Estados Unidos como “manipulador de su divisa”, el pasado 5 de agosto, supone la ampliación de la guerra comercial a la escena monetaria o, si se prefiere, a una abierta guerra económica entre ambos países. La beligerante reacción de la administración Trump a la depreciación del yuan por Pekín, una medida que neutraliza en cierta medida los aranceles impuestos por Washington, revela su alarma al descubrir que China cuenta con un margen de maniobra mayor del previsto. Pero sorprende que siga sin entenderse que para la República Popular es una cuestión política de primer orden: no puede ceder ante lo que interpreta como la intención norteamericana de frenar su crecimiento económico y su ascenso como potencia.

La nueva escalada comenzó cuando Trump—contra el consejo de la mayor parte de sus asesores—anunció días antes la imposición de nuevas tarifas a las importaciones chinas por valor de 300.000 millones de dólares a partir del 1 de septiembre. En su reciente encuentro con sus interlocutores chinos en Shanghai, Los negociadores norteamericanos no obtuvieron de los primeros el acuerdo—exigido por Trump—de incrementar de manera inmediata la importación de productos agrícolas de Estados Unidos. La decisión del banco central chino de depreciar el yuan—considerada como lógica por todos los expertos dado el impacto de las sanciones de la Casa Blanca—, precipitó la acusación de manipulación de su divisa, una medida que tiene no obstante escasos efectos prácticos más allá de iniciarse consultas al respecto en el marco del FMI.

El impacto de las tensiones bilaterales sobre las bolsas de medio planeta—una situación que en nada beneficia a un Trump que comienza la campaña para su reelección—, muestra que Pekín conoce mejor que nadie su vulnerabilidad. Al contrario de lo que parece creer, el presidente norteamericano en absoluto tiene la situación bajo su control. El riesgo es que esta espiral conduzca a una dinámica autodestructiva y se extienda a otros terrenos, en los que también China ha lanzado varias señales en las últimas semanas.

Una de ellas ha sido la primera incursión aérea conjunta de China y Rusia en el noreste asiático. El 23 de julio, aviones de ambos países patrullaron sobre el mar de Japón y el mar de China Oriental, entrando en la Zona de Identificación de Defensa Áerea de Corea del Sur. Si a Washington le preocupa el acercamiento entre Pekín y Moscú, esta operación marca un nuevo hito en la relación estratégica entre ambos. Realizada la víspera de la llegada a Seúl del asesor de seguridad nacional del presidente, John Bolton, y semanas después de que el Pentágono hiciera pública su estrategia hacia el Indo-Pacífico, la iniciativa va dirigida a debilitar las alianzas de Estados Unidos con Corea del Sur y con Japón, y representa una respuesta al despliegue por Washington de un sistema de defensa antimisiles en la región tras su abandono del INF.

En relación con este último asunto, a finales de julio China también realizó por primera vez una prueba de sus misiles anti-barco en las aguas del mar de China Meridional. Los ensayos, coincidentes con la publicación por Pekín de su último Libro Blanco de Defensa, abren un nuevo capítulo en la competencia militar entre Washington y Pekín en la periferia marítima china. El uso de este tipo de misiles, que pueden destruir buques de grandes dimensiones (portaaviones incluidos), lanza un poderoso mensaje político y militar a Estados Unidos sobre las crecientes limitaciones de sus capacidades en el espacio que los estrategas navales chinos denominan “la primera cadena de islas”.

Las opciones norteamericanas, tanto en el frente económico como en el de seguridad, se complican en consecuencia. China tampoco está libre de problemas: además de muchas otras dificultades, Hong Kong se ha convertido en un desafío difícil de gestionar. La celebración, el 1 de octubre, del 70 aniversario de la fundación de la República Popular marca los tiempos al presidente Xi. Una nueva guerra fría aparece cada vez más como inevitable.

INTERREGNUM: Irán, China y el océano Índico. Fernando Delage

Las recientes tensiones en el Golfo Pérsico entre Irán y Estados Unidos, a las que hay que sumar los últimos incidentes entre Teherán y Londres, plantean un riesgo de escalada militar que algunos miembros de la administración Trump parecen empeñados en provocar. Pero un aspecto apenas considerado por los analistas es cómo China puede aprovecharse de la situación.

Desde la perspectiva de Pekín, en efecto, el Golfo Pérsico, el mar Arábigo y el océano Índico forman un mismo espacio marítimo en cuanto a la defensa de sus intereses. Y un instrumento clave en sus designios es el desarrollo del puerto de Gwadar en Pakistán, situado en la provincia de Baluchistán, fronteriza con Irán y Afganistán. A poco más de 600 millas náuticas del estrecho de Hormuz, por el que circula un tercio del petróleo mundial, Gwadar será el punto de destino del Corredor Económico China-Pakistán—a su vez eje decisivo en la iniciativa de la Ruta de la Seda—, en el que Pekín está invirtiendo 60.000 millones de dólares. Gwadar unirá ambos países mediante una tupida red de autovías, ferrocarriles y gaseoductos. Más allá de estas interconexiones, el puerto le ofrece una base logística de enorme valor estratégico. Si el conflicto entre Estados Unidos e Irán se agrava, Pekín querrá hacer de Gwadar una completa base naval.

Es una posibilidad coherente con los imperativos de seguridad chinos—la mayor parte del 70 por cien de sus importaciones energéticas proceden del Golfo—y con sus ambiciones de proyección de poder. La apertura de sus instalaciones militares en Yibuti fue solo por ello la primera fase de un gradual despliegue que hará de la República Popular una potencia marítima de primer orden. Así parece confirmarlo asimismo la noticia publicada por el Wall Street Journal la semana pasada, según la cual Pekín habría firmado un acuerdo secreto con el gobierno camboyano, por el que éste le otorga el uso exclusivo de la base naval de Ream, en el golfo de Tailandia, por un periodo de 30 años, con prórrogas automáticas sucesivas por otros 10 años.

Pese a los desmentidos oficiales, parece razonable concluir que China continúa avanzando gradualmente en el control de facto del mar de China Meridional, así como en el establecimiento de una red de puertos en el Índico que, además de reforzar la conectividad con el Pacífico Occidental, reducirá la vulnerabilidad china en unas aguas en las que Estados Unidos y sus aliados y socios—Japón e India en particular—pueden condicionar sus intereses económicos y de seguridad. Esa es también la opinión de la más reciente monografía sobre el tema, escrita por uno de los más veteranos corresponsales extranjeros en Asia, Bertil Lintner. En The Costliest Pearl: China’s Struggle for India’s Ocean (Hurst, 2019), Lintner describe de manera minuciosa las motivaciones detrás de este “redescubrimiento” por China del Índico, así como sus implicaciones geopolíticas regionales y globales. Una magnífica lectura de verano para los interesados.

Interregnum: El supercontinente euroasiático. Fernando Delage

Gobiernos y expertos del mundo entero continúan inquietos—y fascinados a un mismo tiempo—por la iniciativa de la Ruta de la Seda china (BRI); un plan con el potencial de acabar con el eje euroatlántico como pilar central de la economía global, y con el liderazgo marítimo de Estados Unidos en Asia oriental. Pero las estrategias de este alcance suelen tener antecedentes: más que responder a un proyecto previamente elaborado, son la suma de una serie de variables que, en un momento determinado, dan coherencia a objetivos dispares. Y aunque es cierto que este proyecto aspira a situar a China en el centro de una Eurasia integrada, la República Popular no es la única causa.

La creciente interdependencia de la mayor masa continental del planeta era, en efecto, un proceso ya en marcha antes de que, en septiembre de 2013, Xi Jinping pronunciara en Kazajstán su ya famoso discurso sobre la revitalización de la Ruta de la Seda. Si las reformas económicas chinas supusieron un primer giro en la transformación de la dinámica euroasiática, la implosión de la Unión Soviética y la ampliación en dirección oriental de la Unión Europea contribuyeron igualmente a superar las barreras políticas que habían obstaculizado las interconexiones en un espacio carente de obstáculos geográficos. La crisis financiera global y el cambio en la relación de Rusia con Occidente tras el conflicto de Ucrania aceleraron ese proceso, que BRI no hace sino maximizar en beneficio de China, por su situación geográfica y por sus imperativos de crecimiento y de seguridad.

Aun así, los elementos geoeconómicos y geopolíticos no sirven para explicar en su totalidad este fenómeno de la reconexión euroasiática. Como analiza en profundidad Kent Calder, profesor de la Johns Hopkins University en Washington, en un libro de reciente publicación (Supercontinent: The logic of Eurasian integration, Stanford University Press, 2019), hay otros tres relevantes factores que también explican este resultado. El primero de ellos es la energía: la cercanía entre grandes productores (Rusia, Asia central y Golfo Pérsico) y grandes consumidores asiáticos (China, India, Corea y Japón) ha desatado una red de relaciones sin precedente. El segundo es la revolución logística: la aplicación de la tecnología digital al transporte y distribución en la era del comercio electrónico ha simplificado de manera extraordinaria los procedimientos, y reducido de manera exponencial los costes, acelerando igualmente las interconexiones. La existencia de nuevas fuentes de capital—a través de instrumentos creados para superar el déficit de infraestructuras, como los bancos multilaterales creados por China—hacen de las finanzas el tercer factor creador de esta Eurasia en formación.

La dinámica de los mercados, y las estrategias de las empresas multinacionales—de China y Europa en especial, cada vez más cerca al moverse en cada una de ellas el centro de gravedad de las cadenas de producción y distribución: en la República Popular hacia sus provincias occidentales, y en Alemania hacia Europa del Este—se solapan así con las prioridades de crecimiento de los gobiernos. Es una dinámica que, a su vez, amplifica los intereses y ambiciones políticas de las potencias emergentes, alterando así el tablero global.

Éste es el gran desafío histórico que afronta Occidente. Estados Unidos, que no está físicamente en Eurasia, rechazó bajo la administración Trump la mejor arma de la que disponía para influir en esta reconfiguración de los equilibrios euroasiáticos: el Trans-Pacific Partnership, o TPP. Intenta ahora inútilmente—porque provocará lo contrario—frenar la autosuficiencia comercial y tecnológica china. El refuerzo de sus capacidades militares en el Pacífico Occidental y en el océano Índico tampoco servirá para contrarrestar su pérdida de liderazgo, pues no es en ese terreno donde se juega la redistribución de poder en curso. Europa, gigante industrial junto a China en Eurasia, se sitúa para aprovecharse de las oportunidades económicas, pero no parece preocupada por su marginalidad estratégica. (Foto: Akshay Upadhayay)

INTERREGNUM: La bipolaridad que llega. Fernando Delage

La reunión del G20 en Japón ha servido para confirmar cómo la rivalidad entre Estados Unidos y China está creando un nuevo orden bipolar, a cuyas tensiones nadie puede escapar. Muchos de los países miembros del G20 comparten los temores de la administración norteamericana con respecto a las intenciones de la República Popular, pero les preocupa que la guerra comercial entre ambos pueda destruir el sistema económico global.

China no puede compararse a ningún rival anterior: si Estados Unidos y la Unión Soviética llegaron a tener unos intercambios comerciales de 2.000 millones de dólares al año, esa es la cifra del comercio diario entre Washington y Pekín. La administración Trump cree que la mejor manera de evitar que China acabe con su estatus de primacía pasa por romper la interdependencia ente las dos economías, pero la República Popular se encuentra en el centro de las cadenas globales de producción y distribución, de las que el mundo entero depende para su propia prosperidad.

Con todo, la competencia comercial y tecnológica es expresión en último término de un reajuste de los equilibrios geopolíticos. De ahí que cuando se señala que, al contrario que en el caso del conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la rivalidad con China es de naturaleza económica, se pierden de vista otras variables estratégicas también en juego, como la búsqueda por Pekín de socios que puedan formar parte de su mitad del tablero. Uno de especial relevancia entre ellos, teniendo ya China a Rusia a bordo, es India. Como se indicó en esta columna hace un par de semanas, el encuentro de Xi Jinping y Narendra Modi con ocasión de la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai puso de relieve los esfuerzos chinos por romper las suspicacias de Delhi acerca de la iniciativa de la Ruta de la Seda. Ambos líderes celebrarán una reunión informal en India en octubre, para volver a encontrarse en la cumbre de los BRICS en Brasil en noviembre.

Los movimientos de Pekín no pueden por lo demás interpretarse sin tener también en cuenta los de Moscú. Rusia, en efecto, también quiere asegurarse la activa participación de India en el proceso de integración euroasiático que impulsa junto a China, y aprovechar la oportunidad que representan los desplantes de Trump a Delhi. Pese a la visita a India la semana pasada del secretario de Estado, Mike Pompeo, y de la retórica sobre la asociación estratégica entre las dos mayores democracias del mundo, las sanciones comerciales que le ha impuesto la Casa Blanca—por la compra de armamento a Rusia, y de petróleo a Irán—no despejarán las dudas indias sobre la consistencia norteamericana. La asistencia de Modi como invitado de honor al foro económico de Vladivostok a principios de septiembre, ilustra asimismo el interés de Vladimir Putin por revitalizar el triángulo Pekín-Delhi-Moscú, una iniciativa diseñada hace veinte años por ese gran estratega que fue el exministro de Asuntos Exteriores y exprimer ministro ruso Yevgheni Primakov, con el fin de minimizar la influencia internacional de Estados Unidos.

En este juego de tronos euroasiático, resulta inevitable concluir con una pregunta recurrente: ¿Y Europa? (Foto: Marek Choloniewsky)

INTERREGNUM: Xi en Pyongyang. Fernando Delage

La reunión del G20 el próximo fin de semana en Okinawa ofrecerá la primera oportunidad en meses para un encuentro personal entre los presidentes de Estados Unidos y de China. Los dos líderes, por no hablar de la economía mundial en su conjunto, necesitan un pacto que, aun de manera temporal, detenga la escalada en la guerra comercial. Un acuerdo no pondrá fin a la rivalidad estructural entre ambas naciones, pero facilitará a Trump el camino a su reelección, y a Xi un escenario de estabilidad frente a las numerosas incertidumbres internas y globales que afronta.

Cada uno de ellos cuenta con distintos instrumentos para convencer al otro, y no todos son de naturaleza económica. Es desde tal perspectiva como cabe interpretar el viaje de 24 horas realizado por Xi Jinping a Pyongyang a finales de la pasada semana. No sólo es la primera visita oficial de Xi como presidente a Corea del Norte (aunque como vicepresidente estuvo en 2008), sino la primera de un jefe de Estado chino en 14 años. Sin embargo, ni se ha querido que hubiera medios cubriendo el viaje, ni tampoco ha trascendido lo tratado entre Xi y Kim Jong-un.

El Rodong Shinmun, principal diario norcoreano, publicó la víspera de la llegada de Xi, un artículo de este último en el que hizo hincapié en su intención de involucrarse en mayor medida en el proceso de desnuclearización de la península. Altos funcionarios chinos han insistido, por otra parte, en la dimensión económica del viaje: Pekín tiene como prioridad la estabilidad intercoreana, lo que se verá facilitado si Pyongyang decide seguir la experiencia de las reformas de la República Popular.

China también necesita a Corea del Norte como instrumento de negociación con respecto a Estados Unidos. Ello explicaría la superación del enfriamiento en las relaciones bilaterales que causó la ejecución de Jang Song Taek, tío de Kim y principal interlocutor de Pekín, en 2013. Tras evitar durante los últimos años referirse a Pyongyang como aliado, los gestos de acercamiento por parte de las autoridades chinas se han multiplicado en los últimos meses. Es cierto que, según los términos del tratado de ayuda mutua y cooperación de 1961—que hacen de Corea del Norte el único aliado formal con que cuenta la República Popular—, en 2021 habrá de renovarse el documento. Pero la aparente improvisación de su visita se debe a la urgencia para Xi de ofrecer un señuelo a Trump. Aunque se trate tan sólo de la reanudación de las conversaciones de desnuclearización—sin que pueda descartarse tampoco alguna solución imaginativa por parte de Pekín—, es la mejor manera de que Trump supere la frustración de la fallida cumbre de Hanoi en febrero, y cambie de actitud en el terreno comercial. Apenas dos días después de la visita de Xi, Kim recibió de hecho una carta “excelente” del presidente norteamericano.

Pyongyang sigue jugando con habilidad entre los dos gigantes, pero es China quien vuelve a confirmar su margen de maniobra en relación con los asuntos de la península. Algo que complica no sólo los cálculos de Estados Unidos y de Japón, sino de modo más directo los de Corea del Sur, cuyo presidente, Moon Jae-in, recibirá a Trump en Seúl tras la reunión del G20.

INTERREGNUM: Cumbres paralelas. Fernando Delage

Mientras Estados Unidos se enfrenta simultáneamente a China, México e Irán, el mundo emergente euroasiático vive un periodo de notable actividad diplomática, tanto en el frente bilateral como en el multilateral. En el centro de esos movimientos, como cabía esperar, se encuentra una China proactiva, resuelta a no quedarse de brazos cruzados frente a las presiones de Washington.

La semana pasada se celebró la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Bishkek (Kirguistán), y la cuatrianual de la Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de Confianza (CICA) en Dushanbe (Tajikistán). Ambos foros ilustran la gradual institucionalización de Eurasia como espacio geopolítico, un objetivo perseguido en particular por los dos principales miembros de ambos procesos multilaterales: China y Rusia.

No casualmente, sus líderes mantuvieron una reunión días antes de la doble cumbre, en la que adoptaron dos documentos reveladores de hasta qué punto la política de Trump está reforzando el acercamiento de Pekín y Moscú. Vladimir Putin y Xi Jinping firmaron un comunicado conjunto con el título “Reforzar la estabilidad estratégica global en la era contemporánea”, y otro enfocado al desarrollo de su asociación estratégica bilateral, por los que se comprometen a sumar a otros países en su esfuerzo dirigido a “proteger el orden mundial y el sistema internacional sobre la base de los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”.

En Bishkek, Xi celebró un encuentro paralelo con el primer ministro indio, el primero entre ambos desde la reelección de Narendra Modi. Si sus fronteras septentrionales las tiene Pekín protegidas mediante su entente con Moscú, su proyección hacia Asia meridional ha sido objeto de una sutil corrección en las últimas semanas. Empeñada en evitar la hostilidad de India hacia la iniciativa de la Ruta de la Seda (BRI) y hacia su cuasialianza con Pakistán, desde abril China está lanzando nuevos mensajes a Delhi. Si la República Popular ofrece la transparencia financiera en sus proyectos que reclama India, así como su la neutralidad con respecto a los problemas territoriales indios-paquistaníes, se eliminarían buena parte de las suspicacias indias, facilitando la consolidación de la asociación bilateral que Xi y Modi declararon querer impulsar tras la cumbre que mantuvieron en Wuhan en abril del pasado año. Círculos diplomáticos hablan incluso de la posibilidad de estructurar un diálogo 2+2—es decir, con la participación de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa—, lo que supondría un innegable salto cualitativo en su relación.

El viaje del primer ministro japonés, Shinzo Abe, a Irán—tercer grande continental euroasiático, y próximo a incorporarse como miembro de pleno derecho de la OCS—tampoco fue ajeno a esta semana de iniciativas diplomáticas, todas ellas indicadoras del mundo post-occidental en formación. (Foto: Judit Ruiz)