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INTERREGNUM: Xi en Birmania. Fernando Delage

Después de dos años de guerra comercial, Estados Unidos y China acordaron una tregua la semana pasada. Ambas partes la necesitaban: Trump aspira a su reelección, mientras que la economía china ha registrado el menor crecimiento en casi 30 años, un resultado en parte consecuencia de las sanciones norteamericanas. El acuerdo es parcial (no incluye por ejemplo los subsidios a las empresas estatales chinas, una de las principales exigencias de Washington), y no servirá para superar las causas estructurales de la rivalidad entre las dos potencias. Pero se abre un periodo de (relativa) calma en las relaciones bilaterales y, por tanto, una oportunidad para ajustar, o consolidar, posiciones.

En el caso de Estados Unidos, la retórica de hostilidad hacia Pekín oculta una indefinición de objetivos a largo plazo, pues frenar el ascenso de la República Popular es del todo irrealista. Por su parte China, que no quiere un conflicto con Washington, lo desafía de manera inevitable al ambicionar un papel como potencia central en Asia. El viaje del presidente Xi Jinping a Birmania el 17 y 18 de enero es la más reciente demostración de cómo continúa avanzando en su estrategia dirigida a reconfigurar los equilibrios estratégicos de la región.

La primera visita de Estado de un presidente chino a este país en 19 años, motivado por la conmemoración de siete décadas de relaciones diplomáticas, tiene por objeto impulsar el Corredor Económico China-Myanmar (CECM), acordado por ambos gobiernos en septiembre de 2018. La visita se produce cuando el corredor paralelo que junto a este último enlazan los dos ejes—continental y marítimo—de la Ruta de la Seda, el Corredor China-Pakistán, ha sido por primera vez denunciado de manera expresa por Estados Unidos, situando a Islamabad ante un complejo dilema de equilibrios políticos entre Washington y Pekín. Tal problema no existe en Birmania, Estado con el que la República Popular comparte una frontera de 2.200 kilómetros—la tercera más extensa después de la que le separa de Rusia y Mongolia—, y donde es el mayor inversor extranjero y representa un tercio de su comercio exterior. China cuenta con proyectos en marcha por valor de más de 20.000 millones de dólares (la mayor parte en el sector energético), y en los primeros nueve meses de 2019 el comercio bilateral aumentó cerca de un 20 por cien, hasta 13.540 millones de dólares.

El asunto central durante la visita de Xi ha sido el desarrollo del puerto de Kyaukphyu, punto de conexión de infraestructuras de transporte, gaseoductos y oleoductos con Kunming, en la provincia suroccidental china de Yunnan. Se trata de un proyecto de 1.500 millones de dólares, en el que junto a las instalaciones portuarias se construirá un gigantesco parque industrial. Una vez completado, Pekín contará con un acceso directo al océano Índico desde la bahía de Bengala, y un sistema de distribución de recursos energéticos que evita la vulnerabilidad de un posible bloqueo marítimo por Estados Unidos en el mar de China Meridional. Kyaukphyu forma así parte central de los planes de Pekín dirigidos a expandir su presencia en Asia meridional y en el Índico y es, en tal sentido, uno de los ramales clave de la Ruta de la Seda.

Pekín quiere asegurarse el apoyo del gobierno birmano, y de la consejera de Estado Aung San Suu Kyi en particular, antes de las elecciones parlamentarias de noviembre. Con sus acciones, hace ver al mismo tiempo a Washington el creciente margen de maniobra del que dispone en este espacio geopolítico en el que se solapan sureste asiático y Asia meridional.

INTERREGNUM: Tras las elecciones en Taiwán. Fernando Delage

En 1996, ante las primeras elecciones presidenciales directas en Taiwán, las presiones belicistas de China condujeron al resultado que Pekín pretendía evitar: la victoria de Lee Teng-hui, candidato del Kuomintang, quien se convirtió en el primer líder de Taiwán nacido en la isla. Casi 25 años más tarde, la historia se repitió: la presión de la República Popular se ha traducido en la reelección el 11 de enero—por una rotunda mayoría—de Tsai Ing-wen, del proindependentista Partido Democrático Progresista, pese a los sostenidos esfuerzos por debilitarla desde 2016. La derrota es esta vez mayor para Pekín, pues no se ha limitado a lanzar advertencias de carácter militar. Los incentivos económicos y las campañas de desinformación en las que se ha volcado tampoco han servido para que los taiwaneses se sitúen a su favor.

Los acontecimientos en Hong Kong han sido otro factor decisivo durante la campaña electoral, al poner de relieve lo que significa la fórmula “un país, dos sistemas” propuesta por Pekín. Con todo, la verdadera cuestión de fondo es que tres décadas de democratización han alejado cada vez más a Taipei de la República Popular. Los jóvenes taiwaneses no han conocido otro sistema, y no están dispuestos a renunciar a sus libertades. Las elecciones del sábado pasado, convertidas en un referéndum sobre la identidad política de la isla, confirmaron de este modo la insuperable división entre ambos lados del estrecho.

El problema es que, sin Taiwán, el proyecto nacionalista del Partido Comunista Chino permanece incompleto. Y para el actual secretario general, Xi Jinping, prevenir la independencia—en otras palabras, mantener el statu quo—no es suficiente. Hace ahora un año, Xi advirtió que la separación “no puede mantenerse generación tras generación”. El presidente chino ha exigido pasos concretos hacia la reunificación, vinculando de este modo su propia legitimidad como gobernante a la consecución de avances en dicha dirección. Puesto que la reelección de Tsai confirma tanto lo inviable de una reunificación pacífica como el fracaso de la estrategia seguida hasta ahora por Pekín, las opciones se complican sobremanera para Xi.

Las decisiones de Pekín crearán en cualquier caso un dilema a Washington, que no dudó en apoyar la candidatura de Tsai, haciendo de la política interna taiwanesa otro elemento de tensión en las relaciones China-Estados Unidos.  Una intervención militar de Pekín no parece plausible por sus consecuencias, pero sí cabe prever que las autoridades chinas redoblen la presión, recurriendo a todo tipo de instrumentos contra el gobierno de Tsai. Lo que significa que la Casa Blanca se verá obligada a responder de manera más directa a las acciones chinas si se quiere mantener el statu quo. Taiwán se convertirá así en una prueba de la capacidad norteamericana de desarrollar los recursos económicos, diplomáticos y políticos necesarios para contrarrestar la creciente influencia china en la región del Indo-Pacífico. En un contexto de enfrentamiento entre las dos grandes potencias, la evolución del problema de Taiwán será una clave decisiva.

INTERREGNUM: No es sólo Irán. Fernando Delage

En 2016, Donald Trump se presentó como candidato a la presidencia de Estados Unidos prometiendo que sacaría al país de las guerras de Oriente Próximo. Instalado en la Casa Blanca, no tardó en abandonar el acuerdo nuclear con Irán, e imponer a este último duras sanciones económicas. Trump intentó reducir la presencia norteamericana en la región haciendo de Israel y de Arabia Saudí—coincidentes ambos en su hostilidad hacia Teherán—los instrumentos centrales de defensa de sus intereses. Lo inviable de dicha política acaba de ponerse de manifiesto: con el asesinato del general Qassem Suleimani en Bagdad la semana pasada, Washington abre un nuevo escenario de conflicto, cuyas implicaciones no se limitan sin embargo a esta parte del mundo.

Los analistas especulan sobre las posibles represalias del régimen iraní. Pero quizá tenga mayor interés examinar el margen de maniobra con que cuenta Estados Unidos para responder, a su vez, a las reacciones de Teherán. Irán actuará de manera gradual, asimétrica y con un claro objetivo a largo plazo: la completa expulsión de Washington de Siria e Irak. La influencia adquirida por Teherán en la zona—una de las consecuencias de la invasión norteamericana de Irak en 2003—permite a sus autoridades dictar el ritmo, alcance y localización de toda escalada de manera precisa. Irán puede navegar los vericuetos de Oriente Próximo con una considerable libertad de acción, mientras que Estados Unidos parece haber perdido la que tuvo durante décadas. Pues no se trata de capacidades militares—terreno en el que nadie puede competir con Washington—sino de un juego que se desarrolla en un tablero más amplio, y en el que participan otras grandes potencias.

Mientras Trump ha abierto el camino que puede conducir a una nueva guerra en Oriente Próximo, Kim Jong-un puede reanudar sus ensayos nucleares y continuar ampliando su arsenal. China y Rusia, por su parte, observan con satisfacción este intento de demostración por Washington de su poder como lo que es en realidad: una prueba de desorientación estratégica que continúa minando su posición geopolítica. Motivado por la prioridad de su reelección, Trump intenta crear las circunstancias que le sirvan de apoyo en el caso de una confrontación directa con Irán. Pero 2019 terminó con la realización en el golfo de Omán, del 27 al 31 de diciembre, de los primeros ejercicios navales conjuntos en la historia de Irán, Rusia y China; una iniciativa que lanza a Washington el claro mensaje de que Teherán no está solo y cuenta con poderosos socios. Irán se afirma como potencia regional, Rusia confirma su regreso como actor relevante en Oriente Próximo, y China revela las capacidades navales que sustentan la ampliación de sus intereses geoeconómicos.

La advertencia de que una guerra con Irán implicaría a China y Rusia—haciendo de la muerte de Suleimani un nuevo Sarajevo—puede resultar un tanto exagerada. Pero no lo es el hecho de que, sumando a su enfrentamiento con Pekín y Moscú, un choque con Teherán, Washington está propiciando la formación de la Eurasia menos conveniente para sus intereses. En el contexto de vulnerabilidad política propio de un año electoral, una “alianza” China-Rusia-Irán no sólo puede hacer inviable una política norteamericana de embargo de recursos energéticos, sino acelerar la construcción de un espacio euroasiático integrado en el que Estados Unidos puede quedarse fuera de juego.

INTERREGNUM: Multilateralismo en el sureste asiático. Fernando Delage

Acaba un año en el que las tensiones económicas y geopolíticas entre Estados Unidos y China parecen haber determinado la evolución del continente asiático. En realidad, este contexto de rivalidad entre los dos gigantes no ha paralizado ni dividido la región. Por el contrario, sin ocultar su preocupación por esta nueva “guerra fría”, el pragmatismo característico de las naciones asiáticas ha permitido avanzar en su integración económica y en la defensa de un espacio político común.

Un primer ejemplo de la voluntad asiática de no dejarse doblegar por el unilateralismo de la actual administración norteamericana fue la decisión de Japón de rehacer el TPP después de haberlo abandonado Washington. Con la participación de otros 10 Estados, el gobierno japonés dio forma a un acuerdo—rebautizado como CPTPP (Comprehensive and Progressive Agreement for Trans Pacific Partnership)—que mantiene abierto el comercio intrarregional pese a la oposición de la Casa Blanca. Un segundo salto adelante se dio en noviembre cuando, con ocasión de la Cumbre de Asia Oriental celebrada en Bangkok, la ASEAN y cinco de los seis socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) lograron cerrar la constitución del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), pendiente ya sólo de su firma en 2020.

La conclusión de este acuerdo comercial entre 15 países que suman un tercio de la población y del PIB global (fue India quien decidió no sumarse en el último momento, aunque podrá incorporarse en el futuro), es uno de los hechos más relevantes del año en Asia. Más allá de integrar a algunas de las mayores economías del planeta, los países de la ASEAN y sus socios del noreste asiático han lanzado un poderoso mensaje contra esa combinación de populismo, proteccionismo y nacionalismo que está haciendo mella en Occidente. Mientras este último se divide, Asia refuerza su interdependencia.

En esa dirección apunta igualmente otra contribución hecha por la ASEAN en el año que termina. Mientras Japón y Australia buscan la manera de redefinir la región mediante un concepto del “Indo-Pacífico” que permita mantener comprometido a Estados Unidos con la seguridad regional, y amplíe el espacio de actuación de India, los Estados del sureste asiático han articulado su propia respuesta, de una manera que protege al mismo tiempo el papel central de la ASEAN en los asuntos regionales.

Su perspectiva sobre el “Indo-Pacífico”, hecha pública en junio, quiere evitar, en efecto, toda posible división de Asia en bloques, haciendo hincapié en su carácter inclusivo y añadiendo una dimensión económica y de desarrollo. La ASEAN intenta corregir así la estrategia formulada con el mismo nombre por Washington con el fin de contener el ascenso de la República Popular China. El RCEP es por tanto mucho más que un mero acuerdo económico: es un instrumento que permite institucionalizar un concepto de Asia que, sin ocultar los diferentes valores políticos de sus miembros, contribuye a la prosperidad económica de todos ellos, y—en momentos de especial incertidumbre geopolítica—facilita la estabilidad estratégica de la región. (Foto: Flickr, foundin-a-attic)

INTERREGNUM: Europa, ¿potencia geopolítica? Fernando Delage

La nueva Comisión Europea se ha comprometido a reforzar el papel internacional de la Unión. La presidenta Ursula von der Leyen insiste en la necesidad de construir una Europa geopolítica, “más estratégica, más asertiva y unida en la articulación de su acción exterior”. El Alto Representante, Josep Borrell, ha indicado por su parte que la principal tarea de la UE es la de “aprender a usar el lenguaje del poder”.

Fue la antecesora de este último, Federica Mogherini, quien dio los primeros pasos en dicha dirección al adoptar, en 2016, la Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión. Pero Trump no había llegado aún a la Casa Blanca, ni eran tan evidentes las implicaciones internacionales del ascenso de China. El presidente norteamericano nunca ha ocultado su escasa simpatía por la UE, por lo que la incertidumbre sobre el futuro de la relación transatlántica será una de las variables que condicionarán los objetivos de Bruselas. Con respecto a China, la Comisión publicó en marzo de este año un documento estratégico que, abandonando el tono diplomático de otras épocas, describió a la República Popular como “un competidor económico que persigue el liderazgo tecnológico” y “un rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobierno”.

En este contexto de transformación del entorno internacional, en mayo de 2018 la UE decidió incrementar su participación en asuntos relacionados con la seguridad de Asia. En agosto de este año, firmó un acuerdo de seguridad con Vietnam, el primero de tales características con un país del sureste asiático, que se sumaba a los acuerdos estratégicos ya concluidos con Japón—en vigor desde febrero de este año—y con Corea del Sur (desde 2014). En septiembre de 2018 se aprobó un documento sobre interconectividad Europa-Asia y—meses más tarde—nuevas líneas estratégicas sobre Asia central y sobre India. Sobre estas bases ya establecidas, corresponderá a Borrell perfilar la proyección europea en el continente asiático, tanto en relación con los asuntos más conflictivos como con los instrumentos a su disposición. Entre los primeros, Bruselas tendrá que actualizar su posición con respecto a las disputas en el mar de China Meridional y la península coreana, dos de las cuestiones en el centro de la tensión entre Washington y Pekín. Los segundos plantean el verdadero dilema que afronta la Unión como actor internacional.

La influencia global de la Unión Europea ha estado vinculada a su poder comercial, a su política de ayuda financiera al desarrollo, y a la promoción del multilateralismo y sus valores políticos. Su identidad como potencia económica y normativa resulta insuficiente, sin embargo, cuando China y Estados Unidos ya no separan sus intereses económicos de los geopolíticos. Ambos utilizan cada vez en mayor medida, en efecto, sus recursos comerciales y financieros para perseguir ventajas estratégicas, mientras que en el caso de la UE son los Estados miembros—no las instituciones comunitarias—los que disponen de las capacidades y la decisión en política exterior y de defensa.

¿Puede la Unión Europea convertirse en un actor geopolítico sin tener fuerzas armadas y un servicio de inteligencia propio? Este es uno de los grandes retos de la nueva Comisión. Aunque las limitaciones estructurales parecen insuperables, mucho podrá conseguirse si Bruselas continúa avanzando en la construcción de una red de socios globales (asiáticos entre ellos), y si—ésta es la gran condición previa—logra el consenso de sus miembros sobre el papel que debe desempeñar en el mundo.

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica. Fernando Delage

En la reciente cumbre de aniversario de la OTAN, los líderes de los Estados miembros pusieron claramente de relieve por qué la organización ha llegado al fin de una etapa histórica. La presión del presidente norteamericano a sus aliados para que aumenten el gasto en defensa, y las declaraciones del presidente francés sobre el (malo) estado de salud de la alianza no sirvieron sino para enrarecer la celebración. Pero la cumbre también ha marcado el comienzo de una nueva fase, al discutirse por primera vez sobre China y las implicaciones de su ascenso militar.

Pese a sugerir en alguna ocasión que Estados Unidos podría abandonar la OTAN, y pese a su constante denuncia de todo proceso multilateral, es el propio Trump quien quiere hacer ahora de la Alianza un instrumento de su estrategia hacia China. La rivalidad con la República Popular se ha convertido en el eje central de la política exterior norteamericana, y la Casa Blanca es consciente de que necesita a los europeos. No pocos analistas creen, de hecho, que el gigante asiático es la variable que permitirá reconstituir la relación transatlántica. Los intereses y prioridades de ambas partes no son siempre coincidentes, sin embargo.

Estados Unidos pretende romper la interdependencia comercial, tecnológica y financiera con China, a la vez que refuerza sus capacidades militares para equilibrar a esta última en la región del Indo-Pacífico. Los europeos, por el contrario, amplían su interdependencia económica con la República Popular: sus inversiones en este país duplicaron en 2018 las de Estados Unidos, y el comercio bilateral crece con rapidez. Al mismo tiempo, aunque no se hayan opuesto a la inclusión de China en la agenda, no comparten la conveniencia de extender la misión de la OTAN.

El problema para los aliados europeos es doble. Por una parte, la estrategia seguida por Trump intensifica el dilema que plantea el ascenso de China para el sistema internacional, al poder conducir a la formación de ecosistemas económicos y tecnológicos separados entre sí. ¿Se podrá elegir en cuál estar? En segundo lugar, sería un error creer que la competencia estratégica entre Estados Unidos y China se circunscribe al Pacífico. Pekín busca proyectarse hacia Occidente, a través de una iniciativa diseñada para marginar a Rusia, acercar Europa a Asia, y convertir a la República Popular en la potencia central de Eurasia. Si abandonara a sus aliados europeos, Washington daría a China el mayor de sus triunfos, por lo que no puede prescindir de la Alianza. Pero ¿puede Europa dejarse arrastrar por la política norteamericana cuando sus intereses divergen? ¿Qué haría, por otra parte, si Estados Unidos quedara aislado en su hemisferio, como mera potencia regional?

El diagnóstico de Macron no es por tanto incorrecto: Europa debe convertirse en actor autónomo si no quiere verse “estrujada” entre Washington y Pekín. El problema es que lo ha hecho de manera poco diplomática—lo que puede agravar la división entre los gobiernos europeos—, y sumando a sus críticas a la OTAN la necesidad de rehacer simultáneamente las relaciones con Rusia, como si Moscú pudiera proporcionar el peso necesario para equilibrar a un mismo tiempo a Estados Unidos y a China (y como si Putin no viera en los valores y reglas de la Unión Europea una amenaza existencial a su régimen político).

Por resumir. Más allá de su función estrictamente defensiva, no parece haber un concepto estratégico de futuro que sea compartido por todos los miembros de la OTAN. Pese al imperativo de una mayor independencia estratégica, la posibilidad de que los europeos formen un consenso sobre China—cuando no han sido capaces de hacerlo sobre Rusia, un problema más cercano y directo—es mínima. Y Pekín, que observa cómo Washington ha logrado hacer de la cuestión china una preocupación de la Alianza, reajustará su política de seguridad y sus iniciativas geoeconómicas de la manera más eficaz para sus intereses, frente a una Europa menos unida y más desorganizada.

INTERREGNUM: Hong Kong, seis meses después. Fernando Delage

Seis meses después del comienzo de las protestas en Hong Kong, la administración norteamericana ha optado por involucrarse de manera directa. Pese a las dudas iniciales sobre si Trump daría el paso adelante—la tregua en la guerra comercial parecía prioritaria—, el presidente firmó la semana pasada la ley que ha aprobado el Congreso en apoyo a la democracia y los derechos humanos en el territorio. De conformidad con la misma, Estados Unidos puede revocar el estatus de su relación especial con Hong Kong—hasta ahora exento de los aranceles y sanciones económicas impuestas a la República Popular—si las autoridades chinas no respetan el ordenamiento jurídico y el sistema de libertades civiles de esta provincia semiautónoma.

La decisión de Trump complica aún más la ya tensa relación entre las dos mayores economías del planeta. El presidente Xi Jinping, que pese al tiempo transcurrido no ha logrado poner fin a los disturbios, tendrá también que responder a la iniciativa legislativa norteamericana, adoptada sólo días después de las elecciones locales en Hong Kong, celebradas el pasado 24 de noviembre. Los votantes se pronunciaron de forma masiva en contra de los candidatos pro-Pekín, confirmando que—pese la creciente violencia y desorden en las calles—las protestas cuentan con un notable apoyo popular. Los resultados no deben sorprender, en efecto, cuando los habitantes de la ciudad ven sus libertades en peligro ante la retórica neo-maoísta y la política de mano dura de las autoridades chinas.

El presidente Xi se encuentra así ante el más grave desafío a su gobierno desde su llegada al poder en 2012, y no solo por sus efectos sobre Hong Kong. Las implicaciones de la movilización popular para Taiwán, cuya reunificación con el continente es una urgente prioridad para Xi, inquietan de manera especial a los dirigentes chinos. La crisis de Hong Kong se ha traducido en un considerable aumento de popularidad de la presidenta proindependentista de la isla, Tsai Ing-wen, quien—si, como se espera, logra un segundo mandato en las elecciones de enero—abrirá otro delicado frente para Pekín.

La democratización de Taiwán en los años noventa ha conducido a la formación de una identidad cultural y política propia—separada de la “china”—, de la misma manera que sus valores políticos y Estado de Derecho también hacen que los hongkoneses perciban su sociedad como diferente de la del continente. El desarrollo de una identidad democrática en Taiwán y en Hong Kong constituye una doble amenaza para el Partido Comunista Chino. Por un lado, desafía el concepto de una única nación y cultura china mantenido por Pekín. Por otro, erosiona esa combinación de confucianismo, maoísmo y nacionalismo que justifica su monopolio del poder. Taiwán y Hong Kong ofrecen un modelo alternativo chino de modernidad.

También representan, en consecuencia, una presión añadida sobre el futuro de Tibet y Xinjiang, provincias cuya identidad cultural y religiosa está sujeta a la represión de los dirigentes de Pekín. Setenta años después de su fundación, la República Popular no ha terminado de construir por tanto la China a la que aspira. Lo que es más grave, los problemas en la periferia podrían algún día extenderse al centro. Una identidad construida sobre el discurso del rejuvenecimiento nacional y la recuperación de los territorios perdidos (el “Sueño Chino” de Xi), está llamada a chocar con otras basadas en valores políticos y culturales distintos. ¿Le bastará al Partido Comunista con el uso o amenaza del uso de la fuerza como medio principal para asegurar su legitimidad?

INTERREGNUM: Trump contraataca (a sus aliados). Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece estar dispuesto a abrir una nueva etapa en la reclamación a sus aliados de una mayor contribución a los gastos de defensa. Mientras se espera que insista de nuevo en la cuestión con motivo de la cumbre de la OTAN que se celebrará en Londres la próxima semana, ya ha abierto el camino con los aliados asiáticos.

Durante la campaña electoral de 2016, Trump no dejó de criticar a Corea del Sur y a Japón por el “aprovechamiento” por parte de ambos de sus pactos defensivos con Washington. Sus dos años en la Casa Blanca no le han hecho cambiar de opinión. El 15 de noviembre, la administración norteamericana exigió a Seúl un aumento del 400 por cien de su contribución anual a los gastos derivados de la presencia militar de Estados Unidos en Corea del Sur, para pasar de los casi 1.000 millones de dólares que pagará este año a un total de 4.700 millones de dólares. Sólo dos días más tarde, Washington pidió a Tokio que cuadruplique su aportación por el mismo fin, de 2.000 millones de dólares a 8.000 millones de dólares.

Estados Unidos ha abandonado las conversaciones con Seúl al no acceder éste, como cabía esperar, a sus demandas. Desde 2016, Corea del Sur paga aproximadamente la mitad de los gastos que suponen los 28.000 soldados de Estados Unidos en su territorio. Gasta, además, buena parte de su presupuesto militar—el 2,6 por cien del PIB, más que cualquier miembro europeo de la OTAN—en armamento norteamericano (hasta 13.000 millones de dólares durante los últimos cuatro años). Seúl absorbe además otros gastos no cubiertos por el acuerdo sobre tropas, como la construcción de Camp Humphreys, la que será mayor base de Estados Unidos en el extranjero (lo que representa otros 10.000 millones de dólares).

Aunque Japón gasta un menor porcentaje de su PIB en defensa que Corea, es una economía mayor y, por tanto, gasta más en términos absolutos. Tokio cubre aproximadamente el 70 por cien del gasto de las fuerzas norteamericanas en el archipiélago (54.000 hombres) y la práctica totalidad del coste de construcción de las nuevas instalaciones de Estados Unidos en Futenma e Iwakuni, así como un tercio de las que se están construyendo en Guam. Japón compra además el 90 por cien de su armamento a Estados Unidos. La negociación para renovar el acuerdo con Japón debe empezar en el primer semestre de 2020.

La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump hace hincapié en las “extraordinarias ventajas” que le proporcionan sus alianzas: proyectan el poder e influencia de Estados Unidos, y maximizan sus capacidades políticas y económicas. La Estrategia de Defensa Nacional señala por su parte que la “red de alianzas y asociaciones estratégicas de Estados Unidos continúa siendo la espina dorsal de la seguridad global”, al proporcionar “acceso a regiones clave y respaldar un sistema de bases que sustenta el alcance internacional de nuestro país”. Sin embargo, es el propio Trump quien está haciendo que los aliados se cuestionen el compromiso de Washington con su seguridad.

Incluso si el presidente diera marcha atrás en sus irrealistas demandas, ha vuelto a dañar la credibilidad de Estados Unidos y a humillar a sus aliados. No debe extrañar por tanto que Seúl y Tokio vean en la reelección de Trump en 2020 una amenaza mortal a sus alianzas. Kim Jong-un estará encantado, aunque quizá no tanto como los líderes chinos, a los que Washington habrá regalado uno de sus grandes objetivos.

INTERREGNUM: Irán en la Ruta de la Seda. Fernando Delage

De manera inesperada para Pekín, el cambio de gobierno en Pakistán tras las elecciones de julio del pasado año condujo a una pérdida de interés por parte de Islamabad en el Corredor Económico con China. Pekín había puesto grandes esperanzas en este proyecto—uno de los más relevantes en la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda—, en el que se había mostrado dispuesto a invertir hasta 62.000 millones de dólares.  El Corredor debía proporcionar una red de interconexión entre la República Popular y el mar Arábigo, reduciendo la vulnerabilidad china con respecto a las líneas marítimas de navegación del sureste asiático. Las críticas del gabinete de Imran Khan han provocado que China haya interrumpido la financiación, por lo que la mayor parte de las obras del Corredor se encuentran en suspenso.

Pero Pekín no ha tardado en encontrar una alternativa. Con posterioridad a la visita realizada a China por el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Mohamed Zarif, a finales del pasado verano, la República Popular habría acordado con Teherán la inversión de nada menos que 400.000 millones de dólares en un plazo de cinco años: 280.000 millones de dólares en el sector energético iraní, y otros 120.000 millones de dólares en infraestructuras de transportes. Pekín desplegaría asimismo un equipo de seguridad de hasta 5.000 hombres para la protección de sus inversiones.

Es cierto que Irán ofrece muchas de las mismas ventajas estratégicas que Pakistán. Es un país ribereño con el Golfo Pérsico, y controla parte de la costa del estrecho de Hormuz. No es fronterizo con China, pero ésta tendría acceso directo a través de Asia central y de Afganistán (lo que quizá explica las conversaciones mantenidas con los talibán en Pekín en septiembre). Las inversiones chinas en infraestructuras permitirían conectar de este modo China con el Golfo Pérsico a través de los puertos de Chabahar y Bandar Abbas, que harían las funciones del puerto de Gwadar en Pakistán. Teherán tiene por su parte un claro interés tanto en la mejora de sus redes de transportes como en una inversión de este porte para su industria petrolera y gasística en unas circunstancias de dificultades económicas. Las inversiones propuestas proporcionarían también a Irán un importante apoyo diplomático frente a los esfuerzos de la administración Trump dirigidos a su aislamiento internacional.

Hay que preguntarse, no obstante, por la viabilidad de un Corredor China-Irán. El proyecto con Pakistán fue promovido en su día como una iniciativa que transformaría para siempre Asia meridional. Aquellas expectativas se han visto frustradas en buena medida. No hay garantías de que algo parecido no vuelva a ocurrir en el caso de Irán. El montante financiero del que se habla es tan enorme como los posibles obstáculos a su desarrollo. La situación geopolítica iraní es incluso más volátil que la de Pakistán dado el riesgo de conflicto con Estados Unidos. La hostilidad entre Irán y Arabia Saudí, país con el que China se ve obligado a mantener una relación estable—más aún en el contexto de la salida a bolsa de Aramco, condiciona igualmente los movimientos de Pekín.

No debe sorprender que, al hacerse público el creciente interés chino por Irán, el gobierno paquistaní haya intentado dar marcha atrás en sus comentarios negativos a la Ruta de la Seda para recuperar la confianza de la República Popular. Pero otras variables se han movido de sitio desde entonces. El actual clima de enfrentamiento entre China y Estados Unidos en Asia es, por ejemplo, una razón añadida para que Pekín no coopere con Washington con respecto a Irán como querría la administración norteamericana. Irán se ha convertido por lo demás en un factor decisivo de los intereses chinos en la zona, al poner de relieve que Oriente Próximo y Asia meridional constituyen un espacio geopolítico interconectado, en el que Pekín ya no puede mantenerse al margen.

INTERREGNUM: Macron en Pekín, Merkel en Delhi. Fernando Delage

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, visita esta semana China por segunda vez desde su llegada al Elíseo. Con posterioridad a su viaje anterior, en 2018, la Unión Europea adoptó una posición más firme con respecto a la República Popular, calificada en un documento estratégico del pasado mes de marzo como “rival sistémico”. Macron ha sido uno de los líderes europeos que de manera más explícita ha defendido esta aproximación, convencido de que, en el contexto de enfrentamiento entre Washington y Pekín, Europa se juega en buena medida su futuro como actor internacional. La cercanía de un acuerdo entre ambos gigantes—aunque de momento en el aire por la cancelación en Chile de la cumbre de APEC—puede hacer de la UE la próxima diana de la agresividad comercial de Trump.

El problema, una vez más, es cómo la exigencia de cohesión reclamada por Bruselas es olvidada en la práctica. Aunque ésta hubiera sido la ocasión para dar un impulso a las interminables negociaciones de un acuerdo bilateral de inversiones entre la Unión y China, Macron ha viajado en nombre de los intereses franceses más que de los europeos. Una visita conjunta de Macron y de la canciller alemana, Angela Merkel—que juntos, y acompañados por el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, ya recibieron al presidente chino, Xi Jinping, en París en marzo—hubiera obligado a Pekín a prestar mayor atención a la posición europea. Por el contrario, Macron ha ido a China sólo dos meses después de haberlo hecho Merkel, acompañada—como el presidente francés—por los grandes empresarios de su país.

Resulta llamativo que Macron llegara a la República Popular 48 horas después de que Merkel terminara una visita oficial a India. La guerra comercial entre China y Estados Unidos empuja a Alemania a abrirse un mayor espacio en esta enorme economía, tercera del planeta en términos de paridad de poder adquisitivo, que representa sin embargo menos del uno por cien de sus exportaciones. Durante demasiado tiempo, la política asiática de Alemania se ha centrado en China, sin apenas dirigir su mirada al gigante indio. El conocido laberinto regulatorio del país, y el abandono por Delhi de un acuerdo de protección de inversiones en 2016, no han contribuido a atraer a los inversores alemanes. De ahí que Merkel, quien ha firmado una veintena de acuerdos de cooperación durante su visita, haya hecho hincapié en la necesidad de retomar la negociación del acuerdo de libre comercio entre India y la UE, prácticamente en suspenso desde 2013.

El problema con India es quizá que Alemania se ha enfocado demasiado en las cuestiones comerciales, a costa de la dimensión diplomática y estratégica, que no obstante incluye hoy asuntos como las inversiones en infraestructuras o la telefonía móvil de quinta generación. Ahora bien, ¿qué margen de maniobra tiene Berlín por sí solo para dar forma a una relación equilibrada entre los dos gigantes asiáticos, ambos con una compleja relación entre sí? En septiembre de 2020, Merkel será la anfitriona en Leipzig de la cumbre UE-China, que se celebrará bajo un nuevo formato: asistirán los 27 jefes de gobierno europeos. Será una oportunidad sólo útil si Alemania y Francia coinciden en apoyar una política común hacia la República Popular y si, por otra parte, esa política responde a un contexto geopolítico que también incluye a India y Japón, así como a esa incierta variable que es hoy la relación transatlántica.