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INTERREGNUM: Reajustes indios. Fernando Delage

Con la atención puesta en la reunión en Bali entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y su homólogo chino, Xi Jinping, pasó prácticamente inadvertida la ausencia de un encuentro bilateral entre Xi y el primer ministro indio, Narendra Modi, como había sido la norma en cumbres anteriores del G20. Ambos líderes se evitaron igualmente cuando coincidieron, en septiembre, en la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Por otra parte, si en su día llamó la atención que India se abstuviera en la condena a la invasión rusa de Ucrania, Modi facilitó la adopción de la declaración conjunta que, al concluir la reunión del G20, denunció el comportamiento de Moscú. ¿Cabe concluir que India está recalibrando sus relaciones con ambas potencias?

El último encuentro bilateral entre Modi y Xi fue el celebrado en noviembre de 2019 en Brasil, durante la cumbre de los BRICS. Desde el enfrentamiento fronterizo en Ladakh, en junio de 2020, en el que murieron veinte soldados indios y un número desconocido de tropas chinas, la desconfianza se ha agravado entre los dos gobiernos. La falta de contactos al más alto nivel—repetida en otros foros—es una ilustración de que las relaciones sino-indias se encuentran en su peor momento desde la guerra de 1962. El choque de 2020 ha consolidado además la percepción de la comunidad estratégica india de que China es una grave amenaza para la seguridad nacional.

La política exterior india ha girado en consecuencia, y una restauración del statu quo anterior parece improbable. Delhi ha optado por aproximarse a aquellos países que pueden ayudarle a fortalecer su posición frente a la República Popular, tanto en el terreno económico como en el militar. Sin renunciar al discurso de autonomía estratégica—pilar central de su cultura de defensa—, India está hoy mucho más dispuesta a alinearse con otras naciones, Estados Unidos en particular, sin temer como en otras épocas la posible reacción de Pekín.

Si el comportamiento chino ha conducido a India a reconsiderar la siempre delicada cuestión de las alianzas, la guerra de Ucrania ha traído consigo complicaciones añadidas. Era también cuestión de tiempo que el conflicto se tradujera en una gradual separación india de Rusia, otro hecho que acerca igualmente a Delhi a Washington y sus aliados. La razón fundamental de sus divergencias estriba en la transformación del escenario geopolítico: los vínculos de Rusia con China se han estrechado justamente cuando la relación de India con la República Popular ha empeorado. La cercanía entre Pekín y Moscú hará tarde o temprano que el primero presione a la segunda para diluir su tradicional apoyo a Delhi, especialmente si ésta consolida su asociación con Washington. Por otra parte, desde la perspectiva india, tampoco representa una ventaja para sus intereses contar con una Rusia debilitada como contrapeso de una China más fortalecida (socia, además, de Pakistán y empeñada en proyectar su influencia en Asia meridional). La guerra de Ucrania ha precipitado así este proceso de reajuste, que obliga a abandonar la habitual inclinación india a mantenerse al margen de las maniobras geopolíticas globales.

En un mundo ideal, India querría tener de su lado a Occidente y a Rusia. Pero el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania y la actitud de Pekín lo hacen imposible. Delhi tendrá que acostumbrarse a gestionar este tipo de contradicciones, especialmente al asumir durante un año la presidencia de la OCS (desde septiembre), y la del G20, desde esta misma semana.

Kamala Harris en Asia II, Nieves C. Pérez Rodríguez

La visita de cuatro días de la vicepresidenta estadounidense a Asia ha dejado sentada una vez más la línea central de la política exterior de los Estados Unidos, su visión y prioridades, así como el fortalecimiento de la alianza con Japón, que es clave para cumplir el proyecto de seguridad de Washington, tal y como lo afirmó la misma Harris. Y con Corea del Norte para garantizar la paz en la península.

Como adelantó por la Casa Blanca, la gira tenía un triple propósito. Primero honrar la memoria y el legado de Abe y a su vez mandaba al pueblo japonés un fuerte mensaje del compromiso de Washington, aun cuando la organización del funeral de Estado estuvo envuelta de polémica y cierta oposición doméstica. En segundo lugar, reafirmar la presencia de Estados Unidos a sus aliados en un entorno de seguridad cada vez más complejo. Y el tercero, profundizar el compromiso de Washington con la región del Indo-Pacífico.

Un artículo del Washington Post de Cleve R. Woortson Jr. Y Michelle Ye Hee Lee hizo un curioso análisis sobre el rol de Harris en la visita para resaltar el rol de la mujer y cómo aprovechó la oportunidad en dos sociedades fuertemente contraladas por hombres para en dar un mensaje que invita al cambio con comentarios como “cuando las mujeres tienen éxito, toda la sociedad tiene éxito” o “la medida real del estado de una democracia se mide por la fuerza y la posición de las mujeres” o para “fortalecer la democracia debemos prestar atención a la equidad de género y trabajar duro para mejorar la condición de la mujer en todos los sentidos”.

La visita dejó imágenes de encuentros repletos de hombres y Harris como única líder, desde el funeral de Abe, en la que se reportaba que las filas de hombres en los lavabos eran inusualmente largas, mientras que en los de mujeres estaban vacíos debido al numeroso número de caballeros.  Hasta comentarios como que ella portaba trajes casi idénticos a los de los hombres con los que se sentó a conversar.

Lo cierto es que muchos de esos hombres estaban encantados de tener la oportunidad de sentarse hablar con la segunda al mando en la Casa Blanca y aprovechar para transmitirle sus problemas de seguridad, sus dificultades en mantener los valores democráticos en la región e intentar conseguir más concesiones económicas, tal y como lo hicieron las empresas japonesas de la industria de semiconductores con las que negociaron sobre los chips y que pidieron que fuera reconsiderado el proyecto de ley en ciencia recién convertido en ley en Washington, para que no extiendan los beneficios de la ley hasta ellos.

La segunda parte fue en Corea del Sur, donde además de reunirse con el presidente Yoon Suk Yeol visitó la Zona de desmilitarización fronteriza que divide a las dos Coreas, Hanbando Bimujang Jidae, que se ha convertido en parte obligada e icónica de las visitas oficiales. Y la respuesta de Pyongyang a visitas oficiales también se ha convertido en una especie de práctica habitual en la que corresponden con alguna detonación que demuestre que no están tan complacidos con la llegada.

En su conocido esfuerzo por hacerse sentir, Pyongyang exhibió su arsenal con tres rondas de lanzamiento de misiles la semana de la visita, lo que es un exceso hasta para los norcoreanos pero que entra en la lógica de mantener el pulso con Washington.

Cuando aún Harris se encontraba en Japón, el ejército japonés detectó que Corea del Norte había disparado dos misiles balísticos de corto alcance el miércoles, y lo volvieron hacer antes de que saliera hacia Washington el domingo. Y nuevamente dos más fueron lanzados al mar a pocas horas de haberse marchado de Seúl.

En este sentido, Victor Cha, ex asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca y profesor de la Universidad de Georgetown, aseguró en una entrevista a principios de esta semana que Corea del Norte está lista para realizar su séptima prueba nuclear. En consecuencia, anticipa sanciones adicionales lideradas por EE.UU. y Japón, así como más movimientos de activos militares estadounidenses a la península de Corea después de la prueba.

Cha sostiene que el cambio reciente en la estrategia de Pyongyang, es decir repensar el “NFU o No First Use” de armas nucleares, posiblemente se deba a las lecciones aprendidas de la invasión rusa de Ucrania.

Se espera que la visita de Harris suavice las tensas relaciones entre Japón y Corea del Sur y que, además de generar un acercamiento entre ambas naciones, al final se consiga una cooperación trilateral entre Tokio, Seúl y Washington que es la vía que visualiza la Casa Blanca para mantener el estatus de Taiwán, la libertad de navegación de los mares y la seguridad en el Indo-pacífico.

THE ASIAN DOOR: El Indo-Pacífico y los chips en un mundo en transición. Águeda Parra

El Indo-Pacífico se ha configurado como el centro de la geopolítica mundial, acaparando una mayor atención en el caso de la geopolítica de la tecnología. El comentario del presidente Biden en su primer viaje por Asia así lo adelantaba, al afirmar que “El futuro de la economía del siglo XXI se escribirá en gran medida en el Indo-Pacífico”, poniendo foco sobre un fenómeno que ya venía desarrollándose hace tiempo pero que la coyuntura internacional actual ha hecho más evidente.

La región es un hub global que se está beneficiando de que el centro de gravedad de la economía mundial se está desplazando hacia el este. Estos países disfrutan además de una importante integración comercial regional, gracias a haber desarrollado el mayor acuerdo de libre comercio del mundo, conocido como RCEP (en sus siglas en inglés), que entró en vigor a principios de este año y con el que los países del Indo-Pacífico aglutinan un volumen mayor de comercio entre sí que el que generan conjuntamente con Estados Unidos y Europa. Ésa es la dimensión.

Desde el punto de vista comercial, el Indo-Pacífico va a plantear el reto geopolítico de incorporar la región como destino en el radar de exportación para seguir manteniendo competitividad internacional, dado su amplio potencial económico y comercial. Las altas tasas de penetración de Internet, y el elevando uso de las redes sociales, medio esencial para realizar un buen posicionamiento de marca, son algunos de los alicientes digitales que ofrece la región. Sin embargo, el principal atractivo reside en la velocidad de crecimiento de la clase media que registra la zona, con una proyección de que genere hasta el 88% de la nueva clase media mundial.

Asimismo, como epicentro de la geopolítica mundial, el indo-Pacífico va a ser testigo de cómo la geopolítica de la tecnología va a reconfigurar las dinámicas de crecimiento globales, poniendo el foco, principalmente, en el potencial de la región en manufactura e innovación de chips.

Los chips están en todos los dispositivos electrónicos, con mayor o menor complejidad, y presentes en todas las industrias. Y la disponibilidad, o más bien, la falta de disponibilidad de chips, que se ha hecho evidente durante la pandemia, ha mostrado el rol central que desempeñan los semiconductores en el desarrollo de la economía digital, así como la gran fragilidad de las cadenas de suministro.

China lleva años invirtiendo para alcanzar la autosuficiencia tecnológica y esto ha supuesto que sobrepasara a Estados Unidos en inversión en chips en 2018, y que haya sido seis veces mayor en 2021. Esto muestra que la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China ya ha entrado en una etapa decisiva.

De ahí, que un buen posicionamiento en las cadenas de valor tecnológico sea la mejor estrategia para construir ventaja competitiva. Por ello, las grandes potencias innovadoras son cada vez más conscientes de que para mantener una importante posición competitiva ya no solamente es suficiente ser referente en innovación, sino que también va a ser necesario adquirir, o mejorar, la capacidad de manufactura de chips.

Entre las potencias innovadoras, Europa ya es plenamente consciente de que solamente con una mayor autosuficiencia tecnológica es posible mantener ventajas competitivas históricas e impulsar la transformación digital. Una rápida adopción del 5G, al ritmo al que se está produciendo en Corea del Sur y China, permitiría a Europa consolidarse como polo tecnológico y hub global, tanto en diseño como en manufactura tecnológica.

 

 

INTERREGNUM: Iniciativas en competencia. Fernando Delage

Durante los últimos días se ha puesto una vez más de relieve cómo Estados Unidos y China están definiéndose con respecto al otro, y cómo cada uno está construyendo su respectiva coalición en torno a concepciones alternativas del orden internacional.

Tras la presentación, en semanas anteriores, de las orientaciones estratégicas y económicas sobre el Indo-Pacífico, faltaba la anunciada revisión de la política hacia China, finalmente objeto de una intervención del secretario de Estado, Antony Blinken, el 26 de mayo en la Universidad George Washington. Tras definir a la República Popular como “el más grave desafío a largo plazo al orden internacional”, Blinken indicó que “China es el único país que cuenta tanto con la intención de reconfigurar el orden internacional como, cada vez más, con el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo”. China “se ha vuelto más represiva en el interior y más agresiva en el exterior”, dijo el secretario de Estado, quien también reconoció que poco puede hacer Estados Unidos de manera directa para corregir su comportamiento.

La solución que propone la administración Biden se concentra en esta frase: “Configuraremos el entorno estratégico de Pekín para hacer avanzar nuestra visión de un sistema internacional abierto e inclusivo”. Pero se trata de una fórmula muy parecida a la empleada en su día por el presidente Obama o, antes incluso, por los asesores de George W. Bush antes de su toma de posesión (y, por tanto, antes de que el 11-S aparcara a China como prioridad). Si hay un cambio significativo es, sobre todo, con respecto a Taiwán, como anticipó el propio Biden—supuestamente en forma de error—sólo un par de días antes.

En respuesta a una pregunta que se le hizo durante la conferencia de prensa con la que concluyó su viaje oficial a Japón, el presidente vino a decir que, en el caso de una invasión china de Taiwán, Estados Unidos recurriría a la fuerza militar. Con sus palabras, Biden parecía abandonar la política de “ambigüedad estratégica”—recogida en la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979—, conforme a la cual Washington está obligado a proporcionar a la isla las capacidades para defenderse, pero en ningún caso existe un compromiso explícito de intervención militar.

Era la tercera vez que Biden decía algo así, y por tercera vez su administración desmintió que se tratara de un cambio de posición. Blinken tuvo que reiterar que Estados Unidos “se opone a cualquier cambio unilateral del statu quo por cualquiera de las partes”. “No apoyamos la independencia de Taiwán, añadió, y esperamos que las diferencias a través del estrecho se resuelvan de manera pacífica”.  Aunque es cierto que se mantienen los mismos principios, no cabe duda, sin embargo, de que el comentario de Biden es significativo y representa un reajuste de la posición norteamericana. Cuando menos implica el reconocimiento de que, después de 40 años, la “ambigüedad estratégica” puede no ser suficiente como elemento de disuasión para evitar que China invada Taiwán, un dilema que se ha visto agudizado por la agresión rusa contra Ucrania.

La reacción de Pekín no se hizo esperar. Pero su rechazo al “uso de la carta de Taiwán para contener a China” va acompañado de una estrategia de mayor alcance. De hecho, justo antes de que Biden comenzara su primer viaje a Asia, comenzó a promover la “Iniciativa de Seguridad Global”, una propuesta de orden de seguridad alternativo al liderado por las democracias occidentales. Lanzada por el presidente Xi en su intervención ante el Boao Forum el pasado mes de abril, la propuesta, que tiene como fin “promover la seguridad común del mundo” (y viene a ser una especie de hermana gemela de la Nueva Ruta de la Seda), constituye —oculto bajo esa retórica global—un plan para deslegitimar el papel internacional de Estados Unidos.

El presidente Xi expuso las virtudes de su iniciativa a los ministros de Asuntos Exteriores de los BRICS el 19 de mayo. Según indicó a los representantes de Brasil, Rusia, India y Suráfrica, se trata de “fortalecer la confianza política mutua y la cooperación en materia de seguridad”; de “respetar la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo de cada uno, oponerse al hegemonismo y las políticas de poder, rechazar la mentalidad de guerra fría y la confrontación de bloques, y trabajar juntos para construir una comunidad mundial de seguridad para todos”. Posteriormente, ha sido el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, quien la ha promovido en dos viajes sucesivos a América Latina y a una decena de Estados del Pacífico Sur.

La iniciativa es doblemente significativa. China ha decidido implicarse de manera directa en la seguridad global, cuando hasta ahora su terreno de preferencia era el económico. En segundo lugar, el mal estado de sus relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea le obliga a consolidar y extender su presencia entre sus socios en el mundo emergente, un espacio al que—por esta misma razón—Occidente tendrá que prestar mayor atención en el futuro.

THE ASIAN DOOR: Las Islas Salomón, nuevo eje de la geopolítica en el Pacífico. Águeda Parra

La diplomacia del gasto en infraestructuras impulsada por China en el Pacífico a través de la nueva Ruta de la Seda ha ido generando una nueva dinámica geopolítica en la región que podría amenazar el orden estratégico. Una mayor presencia por parte del gigante asiático en la última década que contrasta con la pérdida de influencia de Estados Unidos sobre una zona donde ha cerrado embajadas, consulados, y reducido la presencia institucional de oficinas como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés). Ahora, las Islas Salomón se suman al juego de equilibrio geoestratégico incrementando la incertidumbre sobre cuál será la próxima ficha que ponga más presión sobre la región.

Las ambiciones regionales de China se complementan con la acuciante necesidad de desarrollo de infraestructuras que tiene la región, y que está estimada en un gasto anual de 1.700 millones de dólares, según el Banco Asiático de Desarrollo. Bajo la iniciativa china, Pekín potencia el fomento de las relaciones diplomáticas, económicas, financieras y tecnológicas, mientras Washington ha ido paulatinamente perdiendo influencia en estas áreas clave de competencia estratégica. Con la firma del acuerdo de seguridad entre China y las Islas Salomón se abre un nuevo capítulo, el de cooperación en seguridad, que viene a dar respuesta por parte de Pekín a la alianza trilateral militar AUKUS creada por Australia, Estados Unidos y Reino Unido a finales de 2021.

Sin que ninguna de las partes haya dado mayor detalle sobre el alcance del acuerdo, el nuevo aliado de Pekín en el Pacífico, a poco más de 1.700 kilómetros de distancia de la costa australiana, se suma a otras islas de la zona con las que China ha alcanzado acuerdos de cooperación, como Fiji y Tonga. La ayuda enviada por China a Tonga tras la erupción del volcán a finales de 2021 muestra el grado de compromiso del gigante asiático con la región, y que ya se pudo apreciar tras la celebración de la primera reunión de ministros de Asuntos Exteriores de China y el Pacífico celebrada el pasado mes de octubre. Un primer encuentro para ahondar en las causas comunes, como el cambio climático y el desarrollo regional a través de la creación de un Centro de Cooperación para el Cambio Climático entre China y el Pacífico, y un Centro de Cooperación para el Desarrollo y la Reducción de la Pobreza, que marcan el tono de una nueva dinámica de relaciones entre Pekín y las islas del Pacífico.

La intensificación de la diplomacia china en el Pacífico busca también marginalizar a los aliados diplomáticos de Taiwán, reduciendo el número de apoyos en la región a solamente las Islas Marshall, Nauru, Palaos y Tuvalu. De ahí que se esté intensificando la presión para que la administración Biden negocie la extensión de los tratados que Estados Unidos mantiene con Micronesia, Palaos y las Islas Marshall, que están a punto de expirar, evitando así una nueva reordenación geoestratégica en la región.

El acuerdo, conocido como “The Switch”, marca un punto de inflexión en una región que ha estado dominada tradicionalmente por Estados Unidos y Australia, y donde la llegada de presencia militar china podría llegar a bloquear las rutas marítimas entre Estados Unidos y Australia, con la vista puesta en el pacto defensivo AUKUS. De hecho, según el acuerdo firmado, las Islas Salomón podrían solicitar a China el envío de policía armada y presencia militar para mantener el orden social, y proteger a los ciudadanos y sus propiedades. De modo que, las implicaciones reales en materia de seguridad suponen situar a las Islas Salomón como eje sobre el que van a pivotar las decisiones geoestratégicas en el Pacífico entre Estados Unidos, China y Australia.

Un pequeño conjunto de islas situadas en un espacio geoestratégico que atesora su propio capítulo de batallas durante la Segunda Guerra Mundial y que vuelven a la escena geopolítica generando movimientos en el juego de equilibrio de alianzas en el Pacífico. El primero de ellos, el anuncio de la reapertura de la embajada de Estados Unidos, cerrada desde 1993. Un signo más de cómo el ritmo de la geopolítica pone énfasis en el Pacífico.

 

THE ASIAN DOOR: Europa frente a las estrategias divergentes de Estados Unidos y China en el Indo-Pacífico. Águeda Parra

El Indo-Pacífico no solamente está atrayendo el centro de gravedad económico hacia la región, sino que se está convirtiendo en un punto donde todas las potencias redefinen sus estrategias geopolíticas frente a los desafíos que plantean las próximas décadas. De ahí que la Unión Europea busque intensificar su integración económica y estratégica con la región que mayor relevancia económica, política, demográfica y geoestratégica está acaparando.

Distintas magnitudes ponen de relieve la importancia de la región y el creciente interés para la Unión Europea por convertirse en un socio relevante para los miembros que la integran. La concentración de grandes potencias económicas en la zona hace que el Indo-Pacífico agrupe el 60% del PIB mundial, conjugando la aportación de Australia, China, Corea del Sur, India, Indonesia, Japón y Sudáfrica, lo que supone dos tercios del crecimiento global. Con un elevado valor estratégico en lo económico, la región significa para la Unión Europea el segundo destino de sus exportaciones, concentrándose cuatro de los diez principales socios comerciales en la región.

Consolidándose el cambio del centro de gravedad económico y geoestratégico hacia el Indo-Pacífico, el dinamismo de la región ha motivado la publicación de la estrategia de la Unión Europea para la región, abordando múltiples ámbitos de colaboración y de amplio espectro. Entre los objetivos planteados está ampliar las relaciones comerciales y de inversión con los países de la zona, a la vez que se busca la cooperación para afrontar retos globales como el desarrollo sostenible, el cambio climático y la protección de la biodiversidad desde la colaboración conjunta. Asimismo, el dinamismo de la región va a generar que, a nivel demográfico, el Indo-Pacífico sea el epicentro de la generación del 90% de la nueva clase media (unos 2.400 millones de personas) en 2030, lo que supone para la Unión Europea una oportunidad para colaborar en calidad de socio en garantizar un crecimiento sostenible.

A todos estos temas se suma también la cuestión de la investigación y la innovación que está tomando un mayor protagonismo ante la rivalidad tecnológica que mantienen Estados Unidos y China como principales polos tecnológicos mundiales. Los retos que plantea el 5G, la transición energética, y la suite de nuevas tecnologías aplicadas al ámbito industrial, como al consumidor final, con productos de alta tecnología, hace necesario que la Unión Europea no se quede atrás ante los desafíos que plantea la Cuarta Revolución Industrial, resultando esencial avanzar en la definición de una estrategia de autonomía tecnológica.

Como región eminentemente esencial en el futuro, el Indo-Pacífico también plantea desafíos en el ámbito de seguridad. El incremento en la intensidad defensiva se ve reflejado en la cuota que supone el Indo-Pacífico en gasto militar, que ha pasado del 20% en 2009 a aumentar hasta el 28% en 2019. De hecho, la región ha tomado un mayor protagonismo para Washington desde que la administración Trump cambiara el nombre de su política exterior en la zona conocida anteriormente como Asia-Pacífico por la nueva definición de estrategia del Indo-Pacífico. Aunque coincidan las denominaciones, la visión geográfica de la Unión Europa, para la que el espacio del Indo-Pacífico se extiende desde África Oriental hasta los Estados insulares del Pacífico, difiere de la que maneja Washington, donde quedan excluidas las regiones litorales de África, la península Arábica, Irán y Pakistán que se circunscriben dentro en la estrategia estadounidense para Oriente Medio.

La aproximación de Estados Unidos con la reciente coalición AUKUS, a la que se ha unido Reino Unido y Australia para vender a Canberra una flota de submarinos de propulsión nuclear, suponiendo la cancelación del contrato con Francia en el suministrado de submarinos diésel que asciende a más de 40.000 millones de dólares, muestra una aproximación de Washington mucho más defensiva y de acción militar hacia la región que la apuesta que plantea la Unión Europa. Asimismo, en esta alianza AUKUS de largo plazo entre los tres países también se plantea la transferencia a Australia de capacidades en ciberseguridad, inteligencia artificial y computación cuántica, lo que supone elevar el perfil de Canberra frente al resto de potencias de la región.

Los intereses históricos de París en la región del Indo-Pacífico, donde reúne importantes posesiones territoriales y presencia militar, ha promovido que Francia fuera uno de los primeros países en abordar una estrategia propia hacia la región, a la que han seguido las de Alemania y Países Bajos, y a la que ahora se suma la propuesta conjunta de la Unión Europea. Ante esta acción inesperada de los socios aliados con la creación del AUKUS, la reacción de Francia ha sido fortalecer sus relaciones con India para poner en contrapeso este acuerdo.

Todos estos movimientos en el tablero de la geopolítica mundial que vienen precipitándose desde que Estados Unidos retirara sus tropas de Afganistán vienen a reforzar la idea de que la Unión Europea debe avanzar en la definición de una autonomía estratégica en todos los ámbitos. Un cambio de paradigma necesario para abordar los desafíos globales que plantea una geopolítica intensa en los próximos años que le permita actuar como actor relevante en el Indo-Pacífico y contribuir como socio del resto de los países de la región en mantener el orden, la estabilidad y el equilibrio regional sin buscar crear bloques de poder geopolítico.

 

INTERREGNUM: Cumbre en Washington. Fernando Delage

La primera reunión presencial de los líderes del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) en Washington el pasado viernes, sólo una semana después de anunciarse el pacto de defensa entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS), fue una nueva prueba de la urgencia con la que la Casa Blanca y sus principales socios asiáticos tratan de evitar que China altere el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico. En contra de los cálculos de Pekín, el QUAD ha llegado para quedarse, abriendo una nueva fase en el esfuerzo colectivo dirigido a contrarrestar su creciente poder, de manera particular en la esfera naval.

Buena parte de los especialistas chinos continúan subrayando las contradicciones y debilidades del grupo, como recogía por ejemplo el oficialista Global Times: “la apresurada salida de Estados Unidos de Afganistán causó un enorme daño a India; Australia rechaza comprometerse sobre la minería del carbón para hacer frente al cambio climático; Japón se enfrenta a una situación de desorden político interno, a la vez que provoca erróneamente a China al pronunciarse sobre la cuestión de Taiwán”. Y, sí, estos analistas perciben la hostilidad en aumento hacia China, pero nunca mencionan que son las acciones de Pekín durante los últimos años las que han provocado esa reacción.

Son también sus movimientos los que explican que tanto la cumbre del QUAD como AUKUS hayan sido recibidos positivamente entre los aliados y socios de Estados Unidos en Asia (al contrario de lo ocurrido en el Viejo Continente). Esa satisfacción general no oculta, sin embargo, que, para no pocas de estas naciones, se agrava el dilema de tener que elegir entre Washington o Pekín. A la ASEAN le inquieta en particular que el QUAD pueda quitarle el protagonismo que ha tenido tradicionalmente en la arquitectura de seguridad asiática. En todos los casos se es consciente, por lo demás, de que se avecina una nueva carrera de armamentos en la región.

No sólo Australia va a recibir nuevos submarinos: el pacto implica una profunda integración de la industria de defensa de los países participantes, y su cooperación en nuevas áreas de innovación tecnológica, como la inteligencia artificial o el control del “dominio submarino”, concepto que incluye tanto los cables bajo el mar que canalizan la transmisión de datos por todo el planeta, como la detección de submarinos. La colaboración se extiende a misiles subsónicos como los Tomahawks, cuyos secretos Estados Unidos nunca ha compartido hasta la fecha, e, inevitablemente, a la tecnología nuclear. Aunque Washington se reserve el know-how de las unidades que suministrará a Canberra, y tendrá que ocuparse por tanto también de su mantenimiento—poniendo en cuestión la propia soberanía australiana, como ha señalado el exprimer ministro Kevin Rudd—, la gradual integración de capacidades de defensa que va a producirse puede acabar alterando el statu quo nuclear en Asia.

Otro elemento a valorar es cómo este reajuste geopolítico puede afectar a la relación de las potencias asiáticas con la UE. Los gobiernos de la región habían dado la bienvenida al objetivo europeo de reforzar su presencia en el Indo-Pacífico, ambición que cristalizó en la adopción de su estrategia hacia la zona, presentada sólo horas después de anunciarse AUKUS. Japón cerró un doble acuerdo económico y estratégico con Bruselas, en vigor desde 2019, y ha negociado pactos bilaterales de cooperación en seguridad con distintos Estados miembros. Con India y Australia se negocian sendos acuerdos de libre comercio. Los gobiernos del sureste asiático, donde la UE es el primer inversor exterior, veían en Bruselas un socio que les permitía diluir los efectos de la rivalidad Washington-Pekín.

La Unión tendrá que hacerse a la idea de que la absoluta prioridad de Estados Unidos es hoy China, y entender hasta qué punto Japón, India y Australia la comparten. Pendientes de que la Comisión actualice próximamente su estrategia hacia la República Popular, ha pasado inadvertido el informe adoptado por el Parlamento Europeo el 16 de septiembre, en el que se indica: “China está adquiriendo un papel global más fuerte como potencia económica y como actor de política exterior, lo que plantea graves desafíos políticos, económicos, de seguridad y tecnológicos para la UE,  que a su vez tienen consecuencias significativas y duraderas para el orden mundial, y representan graves amenazas al multilateralismo basado en reglas y a los valores democráticos fundamentales”. No parece sonar muy diferente del lenguaje empleado por Washington y sus aliados en el QUAD (aunque no hayan nombrado al gigante asiático en sus comunicados).

Indo-Pacífico: Iniciativa de Estados Unidos, hipocresía francesa

La alianza estratégica recientemente anunciada por Australia, Reino Unido y Estados Unidos (AUKUS) supone un cambio de etapa en la región del Indo-Pacífico. Los tres aliados han decidido dar un paso adelante en la contención de China y su política expansiva respecto a Taiwán, el Mar de la China y países cercanos, y dotarse, con Australia como pieza central sobre el terreno, de mayores recursos navales y aéreos.

Esta iniciativa impulsada por Estados Unidos no debería sorprender. Los tres países, junto a Canadá y Nueva Zelanda, integran, desde los años 60, la alianza Five Eyes para el intercambio de inteligencia estratégica y monitorización de las comunicaciones del bloque soviético y aliados y que supuso la puesta en marcha del sistema de vigilancia Echelon, que supuestamente también se utilizó más tarde para controlar miles de millones de comunicaciones privadas en todo el mundo.

La nueva alianza estratégica significa la plasmación práctica y con nuevos medios de una coincidencia en la percepción de la amenaza china no sólo en términos comerciales ventajistas sino como amenaza a la integridad territorial y seguridad colectiva de varios países.

Y aquí entra la dificultad de sumar a la Unión Europea a esta iniciativa. Bruselas lleva años señalando que China es una amenaza comercial y de seguridad tecnológica pero no un riesgo en estos momentos a la seguridad colectiva. Francia y Alemania combinan las duras críticas a China con guiños para establecer acuerdos comerciales que permitan a sus empresas entrar en el goloso mercado chino con el menor control estatal posible por parte de Pekín. Cada cual defiende legítimamente sus intereses nacionales y, en la medida en que coincidan, son intereses europeos. Y esto está en la trastienda del asunto de los submarinos.

Australia lleva décadas modernizando sus fuerzas navales (y en algunos de sus programas mantiene con España convenios importantes), necesidad que ha venido aumentando en proporción al crecimiento chino en capacidad ofensiva aeronaval junto a su política en las aguas cercanas reprobada por tribunales internacionales. En este campo, es clave estratégicamente el arma submarina por su capacidad de llevar a cabo labores de vigilancia y de inteligencia.

El primer candidato para colaborar en la modernización de la flota submarina australiana fue Japón proyecto que Camberra abandonó para un acuerdo con Francia que ofreció a Australia ventajas comerciales y tecnológicas. Sin embargo, París no quiso transferir tecnología para la propulsión nuclear de los submarinos australianos para no entorpecer sus relaciones comerciales con China. Francia ofreció el último modelo de la clase Scorpene, modelo en el que han colaborado España y Francia, que vendieron varias unidades a Chile.

Pero ahora, en el marco del AUKUS, EEUU y Gran Bretaña han ofrecido a Australia la transferencia de la tecnología para dotar a sus nuevos submarinos de propulsión nuclear en situaciones ventajosas para los tres países. Los submarinos movidos por energía nuclear son más  rápidos, pueden alcanzar mayor profundidad, son más silenciosos, tienen más capacidad  de desplazamiento y pueden permanecer mucho más tiempo sumergidos mucho.

Es verdad que Francia ha perdido un contrato de casi 60.000 millones de euros con la repercusión que eso va a tener en el empleo, pero sin duda hay instancias jurídicas internacionales para sustanciar reclamaciones y eventuales compensaciones. Pero Francia no pude presentar este asunto como una “traición” o una “puñalada en la espalda” de Estados Unidos en un plan estratégico contra China en el que la Unión Europea nunca ha querido estar ni dotarse de medios para ponerlo en marcha. Retirar embajadores de Australia y Estados Unidos y escenificar como conflicto europeo un asunto esencialmente francés es pura hipocresía. Por otra parte, la unilateralidad de la acción francesa en África no es menor que aquella que París crítica a Estados Unidos, dicho sea de paso.

No se puede seguir esperando la comprensión de Estados Unidos, que también tiene legítimos intereses nacionales como Francia, y que desde el otro lado del Atlántico llegue la financiación vertebral de la OTAN y se envíen los soldados que en mayor número mueren en los conflictos, mientras se mira con supuesta superioridad ética a los aliados estadounidenses. No se pueden seguir equilibrando los presupuestos europeos gastando menos en defensa y que lo haga EEUU y, a la vez, esperar que EEUU lleve a la UE a rastras a  dónde la UE no ha demostrado querer asumir los riesgos de estar presente.

INTERREGNUM: Suga en Washington. Fernando Delage

El 16 de abril, el primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, fue el primer líder extranjero recibido por Joe Biden en Washington desde su toma de posesión el pasado mes de enero. El gesto del presidente norteamericano no es en absoluto inusual. El antecesor de Suga, Shinzo Abe, fue también el primer jefe de gobierno extranjero que se reunió con Trump tras la victoria electoral de este último en 2016, y Japón fue asimismo el destino del primer viaje al exterior de Antony Blinken y de Lloyd Austin como secretarios de Estado y de Defensa de la nueva administración (como lo fue igualmente de otros secretarios de Estado anteriores).

El papel de Japón como aliado indispensable de Estados Unidos se ha reforzado aún más frente a la prioridad central del Indo-Pacífico en la estrategia internacional de Washington. Tokio no sólo puede ayudar a la Casa Blanca a recuperar el terreno perdido durante los últimos cuatro años, sino a complementarse en sus respectivas capacidades. Mientras Estados Unidos asume la principal responsabilidad en el terreno de la seguridad, Japón puede maximizar su protagonismo en cuanto a la financiación de infraestructuras o la promoción de las cadenas de valor y de interconectividad en la región.

Ambos, por resumir, desean coordinar sus esfuerzos frente al ascenso de China y las incertidumbres del escenario estratégico asiático. La cumbre de la semana pasada ha servido por ello para lanzar un mensaje conjunto tras la celebración del primer encuentro del Quad a nivel de jefes de gobierno, de las reuniones bilaterales mantenidas a nivel de ministros, y tras los duros intercambios entre diplomáticos chinos y norteamericanos en Alaska. También sirvió para preparar los próximos encuentros multilaterales previstos, como el convocado por Biden sobre cambio climático esta misma semana, o la cumbre del G7, en Reino Unido en junio, a la que se ha invitado a participar a India, Corea del Sur y Australia.

La atención, con todo, estaba puesta en cuestiones más inmediatas, relacionadas con las últimas acciones chinas. Biden y Suga denunciaron cualquier intento de modificar el statu quo regional por la fuerza, refiriéndose en particular a los mares de China Meridional y Oriental. Más significativo fue aún el reconocimiento de “la importancia de la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán”. Fue la primera vez que la isla apareció de manera explícita en un comunicado conjunto de ambos países desde principios de los años setenta. La preocupación por la situación en Hong Kong y Xinjiang fue expresada igualmente, aunque Japón ha evitado por el momento la imposición de sanciones.

Las circunstancias de la región han cambiado, y Estados Unidos espera una mayor contribución de Japón a la alianza. Suga se ha encontrado por su parte ante la más importante oportunidad diplomática desde que accedió a la jefatura del gobierno el pasado otoño para elevar su perfil—la diplomacia no ha formado parte de su trayectoria política—, de cara a las elecciones generales de este mismo año. Pero, al mismo tiempo, Japón se encuentra frente al dilema bien conocido en su relación con Washington: entre el temor a verse atrapado en un conflicto iniciado por otros (no podría mantenerse al margen, por ejemplo, de un ataque chino a Taiwán), y el temor a verse abandonado por Estados Unidos y no poder apoyarse en la alianza para hacer frente a los riesgos en su entorno exterior.

EEUU y Japón refuerzan sus lazos. Nieves C. Pérez Rodríguez

El primer ministro japonés, Yoshihide Suga, fue el invitado de honor del presidente Biden el viernes pasado. Una gran distinción considerando que en palabras del propio Biden es el primer jefe de Estado al que él personalmente pidió que fuera invitado a la Casa Blanca. Este encuentro muestra la importancia de estas relaciones y cómo ambas naciones ven estratégica su relación y el compromiso bilateral que han asumido mantener e incluso reforzar.

Suga y Biden ya se habían reunido en encuentros previos -pero virtualmente- como el G7 y la cumbre de líderes del Quad. Y además, Biden envió a Japón a su secretario de Estado y el secretario de Defensa en su primera visita oficial física.

Biden aprovechó la ocasión para afirmar que ambas naciones trabajarán en conjunto para demostrar que las democracias aún son competitivas y que por lo tanto pueden ganar en el siglo XXI.

Suga correspondía diciendo: “Estados Unidos es el mejor amigo de Japón y además somos aliados que compartimos valores universales como la libertad, la democracia y los derechos humanos. Nuestra alianza ha cumplido un papel fundamental en la estabilidad y la paz en la región del Indo pacífico”.

Entre los puntos claves discutidos durante la visita estuvo la maligna influencia china en la paz y la prosperidad del Indo Pacífico y el resto del mundo. Suga afirmó que tanto Japón como Estados Unidos se oponen a cualquier intento de cambio del statu quo por la fuerza o la coacción en los mares de China oriental y meridional. Con esas palabras le decían a Beijing que, a pesar de todo el despliegue militar, de aviones sobrevolando las Islas Senkaku, el patrullaje chino en las aguas del mar de chino, el sobrevuelo constante de aviones militares sobre Taiwán, no conseguirán quitarle la libertad de navegación a la región.

En el encuentro se acordó fortalecer la competitividad en el campo digital invirtiendo en investigación, desarrollo y despliegue de las redes 5G e incluso la 6G. Y para ello Estados Unidos ha comprometido 2.5 mil millones de dólares y Japón 2 mil millones. La aproximación de lo presupuestado muestra el nivel de compromiso de Japón y como se ve a sí mismo como un líder en la región y por lo tanto en el mundo. Esta apuesta puede significar para Tokio la recuperación de su posición de liderazgo mundial y contrapeso con Beijing.

El resultado de la ejecución de este proyecto sería una red que permita conectividad global segura y de última generación como alternativa al 5G chino que tanta incertidumbre ha despertado y tantos debates y confrontaciones políticas y diplomáticas ha generado.

También anunciaron un plan para ayudar a la región del Indo Pacífico a recuperarse de la pandemia, incluso a través de la asociación de vacunas del Quad en conjunto con Australia e India. El objetivo es fabricar, distribuir vacunas y ayudar a la recuperación de los países de esta región post pandemia. Y a la vez, ir estableciendo un sistema internacional de prevención de futuras pandemias.

Estados Unidos y Japón intercambian más de 300.000 millones de dólares en bienes y servicios cada año, lo que los convierte en principales socios comerciales. De acuerdo con cifras oficiales del Departamento de Estado, Estados Unidos es la principal fuente de inversión directa en Japón, y Japón es el principal inversor en los Estados Unidos, con 644.700 millones de dólares invertidos en 2019 a largo de los 50 estados americanos.

La Administración Biden ha dicho desde que tomó posesión que China representa el principal riesgo para Estados Unidos, y todo indica que ese riesgo lo ha tomado muy en serio y están dispuestos a neutralizarlo. La libertad de navegación de los mares del sur y del este de China y la seguridad de la cadena de suministro de semiconductores, junto con una red de 5G occidental, abordar la situación nuclear norcoreana y la estabilidad de la península coreana, el compromiso medio ambiental que acentuaron junto con el relanzamiento de una alianza cada vez más compleja y ambiciosa constituyen la hoja de ruta que definirá el relanzamiento de estas relaciones bilaterales. Y con ello el potencial renacer de dos potencias caminando de la mano.