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THE ASIAN DOOR: La geopolítica de la tecnología corteja a Vietnam. Águeda Parra

Convertirse en el único país que recibe el mismo año a los dirigentes de las dos principales potencias del mundo sitúa a Vietnam, indudablemente, en el grupo de economías estratégicas para los objetivos tanto de Washington como de Pekín. Convergen en ambos casos los intereses de seguridad y defensa en el Indo-Pacífico, con especial foco en Taiwán, el impacto del nearshoring en las cadenas de suministro globales y el papel de Vietnam en las reservas mundiales de tierras raras, En definitiva, el diseño de un nuevo modelo de globalización y de equilibrio de poder global en la gobernanza mundial en el que Vietnam tendrá una participación destacada.

La visita de Biden ha consolidado la transformación de las relaciones entre Estados Unidos y Vietnam en la última década, mientras que el reciente viaje de Xi, apenas tres meses después del presidente norteamericano, constata la urgencia de Pekín por actualizar los términos de su relación con el país vecino tras seis años desde su último viaje, siendo la cuarta visita al extranjero de Xi en 2023 tras Rusia, Sudáfrica y Estados Unidos. Ambos países comparten ideología, y hasta el momento es el principal socio comercial y de inversión de Vietnam, pero el escenario de rivalidad de China con Estados Unidos está propiciando una geopolítica en transición en la región, a lo que se suma el impacto geoestratégico que tiene el volumen de reservas de tierras raras que alberga Vietnam, las segundas mayores del mundo por detrás de China.

La proactividad de Vietnam para reforzar sus vínculos con varios de los principales actores globales ha tenido a Estados Unidos como principal exponente de su renovada política exterior, elevando la relación con Washington a la de asociación estratégica integral durante la visita de Biden en septiembre, situándose al mismo nivel que la que mantiene con China, además de con Rusia, India y Corea del Sur. En esta histórica visita, Washington y Hanoi acordaban reforzar sus vínculos de cooperación militar, económicos y tecnológicos, principalmente en la producción de semiconductores.

El mismo paso se producía en noviembre con el viaje del presidente de Vietnam Vo Van Thuong a Japón, elevando la relación a asociación estratégica integral durante la visita en la que se conmemoraban los 50 años de relaciones bilaterales. y en la que además se anunciaba un refuerzo de la colaboración en temas de seguridad en el Mar del Sur de China. Una activa redefinición de la política exterior de Vietnam que sumará próximamente a Australia a la lista de países con los que mantiene una asociación estratégica integral.

La visita de Xi a Hanoi se produce, por tanto, tras reforzar Vietnam la denominada diplomacia de enfoque omnidireccional, con la que Hanoi despliega mayores vínculos económicos y de apoyo en cuestiones de seguridad ante el creciente escenario de rivalidad entre Estados Unidos y China, mientras sigue manteniendo la relación con el gigante asiático en una posición preferente. De ahí el paso dado por Vietnam de apoyar en esta ocasión la iniciativa china de construir una comunidad de futuro compartido para la humanidad, que difiere en la traducción de la versión original que hace referencia a una comunidad de destino común, ahondando así en una política de garantía con China que prioriza la relación con Pekín sin renunciar a mejorar las relaciones con otros países.

Con el propósito de reforzar sus vínculos, la visita de Xi se cerró con la firma de 36 acuerdos de colaboración, de los 45 originalmente propuestos. Una posición cauta por parte de Vietnam que espera mejorar las comunicaciones férreas que unen ambos países, pero que mantendrá las estrictas reglas de exportación de tierras raras mientras busca desarrollar su propia tecnología de procesado. Una muestra de la estrategia seguida por Vietnam de priorizar los intereses nacionales frente a los proyectos estratégicos.

 

 

THE ASIAN DOOR: Alianzas reforzadas en el Pacífico Sur. Águeda Parra

El Pacífico recupera enteros en la estrategia geopolítica de Estados Unidos tras estar ausente del foco de Washington desde el final de la Guerra Fría. Espacio de tiempo que China ha aprovechado para posicionarse en la región como actor relevante, tanto en lo económico y comercial, pero también en el ámbito de la defensa y seguridad. La búsqueda de equilibrio en el juego de poder global tiene en el Pacífico un capítulo especial en la rivalidad que mantienen Estados Unidos y China, y la segunda cumbre en dos años del Foro entre Estados Unidos y las Islas del Pacífico pone de manifiesto la creciente sensibilidad de Washington hacia una región por la que compiten las dos potencias.

Tras años de no compartir los mismos intereses en sus respectivas agendas estratégicas, los países insulares del Pacífico han encontrado puntos de cooperación con Estados Unidos en el ámbito del crecimiento económico, pero, sobre todo, en uno de sus principales retos que afronta la región, el cambio climático y el impulso del desarrollo sostenible. Puntos en los que Pekín ha venido fortaleciendo su relación con la región aprovechando el hueco dejado por Washington en las últimas décadas. En este tiempo, la creciente cooperación con China ha propiciado que el comercio con el gigante asiático alcanzara los 5.300 millones de dólares en 2021, respecto a los 153 millones de dólares que apenas representaba en 1992.

La acuciante necesidad de desarrollo de infraestructuras concentra, asimismo, una parte importante de la agenda estratégica de la región. No obstante, el despliegue de la influencia china ha avanzado también hasta el ámbito de la defensa y seguridad, siendo el acuerdo alcanzado con las Islas Salomón en 2022 el máximo exponente de esta reciente asociación estratégica entre China y una de las naciones del Pacífico Sur. Acuerdo que en julio de 2023 se ampliaba tras la visita del presidente Manesseh Sogavare para firmar un plan de cooperación policial de dos años. Las Islas Salomón se convertían así en el verdadero vórtice que situaba el eje de la geopolítica global en el Pacífico, dando Pekín respuesta con este movimiento a la alianza trilateral militar AUKUS creada por Australia, Estados Unidos y Reino Unido a finales de 2021.

Tras el compromiso de aumentar la presencia estadounidense en el Pacífico Sur, Washington reabría la embajada en las islas Salomón tras 30 años de ausencia, además de abrir una nueva embajada en Tonga, y a la que han seguido otras en las islas Cook y Niue justo antes de celebrarse la segunda cumbre a finales del pasado mes de septiembre. A la espera quedan las nuevas embajadas previstas en Vanuatu y Kiribati para principios del próximo año, buscando así contrarrestar la influencia militar y económica de China.

De hecho, la mayor presencia del gigante asiático en la región ha favorecido que en este tiempo las Islas Salomón abandonaran su reconocimiento a Taiwán, reduciéndose el número de países del Pacífico que lo mantienen. Una cuestión importante cuando en foros como las Naciones Unidas todos los países del Pacífico Sur tienen el mismo voto, lo que supone poder aportar apoyo a la visión estratégica de China no sólo en la región, sino a nivel global.

Tras los 810 millones de dólares en ayudas para la próxima década comprometidos por Washington para abordar los desafíos que plantea el cambio climático en las islas del Pacífico Sur, la segunda cumbre avanza en esta misma línea reforzando la asistencia y financiación para afrontar los desafíos del cambio climático y la mejora de las infraestructuras con una solicitud de la administración Biden al Congreso de los Estados Unidos de 200 millones de dólares. Un apoyo que beneficiará el desarrollo sostenible de la región mientras la coyuntura internacional mantiene el foco de interés militar y económico de China en la región.

 

 

THE ASIAN DOOR: En el derisking energético, el Indo-Pacífico acoge a Rusia. Águeda Parra

Las complejas sanciones que la Unión Europea ha venido imponiendo sucesivamente contra Rusia desde el inicio del conflicto han estado orientadas a debilitar su economía y capacidad bélica. Los esfuerzos también se han redoblado para reducir la vinculación energética construida durante décadas con el país que hasta ese momento era el mayor proveedor de combustibles fósiles de la UE. La necesidad de diversificar el suministro, por una parte, y la urgencia por desplegar las renovables a un mayor ritmo de lo esperado, por otra, han permitido a los países europeos con mayores dependencias con Rusia romper esa estrecha vinculación de recursos y abordar una nueva etapa de seguridad energética.

A la misma velocidad a que la UE ha reducido el suministro que fluía por el extenso entramado de gaseoductos diseminados por gran parte del territorio europeo, y que había creado una amplia capilaridad del gas ruso hacia Occidente, el Kremlin ha encontrado nuevos destinos para sus exportaciones energéticas en Asia. India y China, principalmente, pero también Turquía. De esta forma, se han consolidado como los nuevos destinos prioritarios de las exportaciones de crudo y gas ruso, distribuidos a través de buques gaseros y petroleros, produciéndose un importante giro de Occidente hacia Oriente en las exportaciones de crudo y gas de Rusia. De hecho, entre los tres países agrupan hasta el 70% de los nuevos flujos de crudo ruso transportado por mar, según el equipo Reality Check de la BBC.

La alta dependencia de la UE del suministro energético procedente de Rusia que, hasta antes de la invasión de Ucrania, se situaba en el 25% del petróleo y más del 40% del gas, según Eurostat, no ha permitido una desconexión inmediata, ni una ruptura rápida de los lazos económicos. Menor problema ha tenido Rusia, que ha dado viabilidad al excedente generado aplicando una significativa rebaja de precios a las exportaciones energéticas que ya no suministra a Europa, haciendo su suministro mucho más atractivo que el de sus competidores más directos, Estados Unidos y Arabia Saudita, primer y segundo productor de petróleo del mundo, respectivamente.

En este giro de alianzas energéticas, India se ha consolidado como el principal socio de Rusia, pasando de recibir apenas el 2% de las exportaciones de crudo ruso a convertirse en el principal destino de sus reservas durante 2022, multiplicándose por catorce desde el inicio del conflicto. En esta transición de relaciones energéticas, Rusia ha pasado a proporcionar casi la mitad del petróleo que abastece a la economía india, reduciéndose la vinculación con sus socios energéticos históricos, Iraq y Arabia Saudita, que han pasado a representar apenas la mitad de los flujos de crudo que llegan al país desde que comenzara la invasión de Ucrania.

Tras más de año desde que comenzara la guerra, Rusia no sólo ha conseguido mantener sus flujos de exportación de petróleo, sino incrementarlos, gracias a una estrategia de diversificación de los destinos que le ha resultado muy propicia. De hecho, la producción de petróleo de Rusia ha registrado un incremento del 2%, con unas ganancias asociadas que han crecido un 20%, hasta los 218.000 millones de dólares, según datos de la Agencia Internacional de Energía (IEA) y el gobierno ruso.

En este nuevo esquema de relaciones energéticas que redefine el equilibrio de poder geopolítico, India se sitúa más cerca de la esfera de Rusia ya que los nuevos vínculos energéticos y económicos se suman a los ya existentes en el ámbito del suministro armamentístico, donde India es el principal destino de las exportaciones de armamento ruso, hasta el 28% entre 2017 y 2021, según el instituto internacional SIPRI.

Parece evidente que la geopolítica se encuentra en transición. Y es que el nuevo panorama energético mundial que comienza a trazarse tras la invasión de Ucrania no responde a las dinámicas competitivas del mercado, sino a un cambio mucho más profundo en el esquema geopolítico global, donde el giro energético sitúa a Rusia más cerca del eje del Indo-Pacífico, hacia donde parecen confluir todas las fuerzas de poder global y, por tanto, más cerca de la esfera de China.

 

INTERREGNUM: AUKUS: más preguntas que respuestas. Fernando Delage

La semana pasada los líderes de Estados Unidos, Reino Unido y Australia se reunieron en California para desvelar algunos detalles del pacto anunciado por los tres gobiernos en septiembre de 2021. De conformidad con el acuerdo, conocido como AUKUS, se dotará a Australia con al menos ocho submarinos de propulsión nuclear con el fin de reforzar las capacidades de disuasión frente a las ambiciones de dominio marítimo por parte de China. Estados Unidos y Reino Unido extenderán así su compromiso con la seguridad del Indo-Pacífico, y Australia dispondrá de tecnología (pero no de armamento) nuclear. Aunque la señal política que se lanza a China es clara, el acuerdo plantea no pocas dudas.

Un primer interrogante tiene que ver con el calendario. Los primeros submarinos no estarán en manos australianas hasta principios de los años cuarenta. Para evitar ese desfase, como solución interina Washington y Londres desplegarán hasta cinco de sus submarinos en el Pacífico de manera rotatoria a partir de 2027. A principios de la década de los treinta —y siempre que el Congreso de Estados Unidos lo apruebe—, Canberra comprará a Washington tres submarinos de la clase Virgina, con la opción de adquirir dos más, hasta que se produzcan las unidades finales previstas en el pacto. Ha sorprendido a los analistas que la Casa Blanca haya dado su visto bueno a la propuesta cuando “alquilar” submarinos nucleares es un hecho sin apenas precedente, y la armada norteamericana tiene dificultades para ampliar sus propias unidades. Por otra parte, aunque se creía que el futuro submarino estaría basado en el Virgina, se anunció que el modelo de referencia será el futuro submarino de ataque que fabricará Reino Unido.

Entretanto, la operación le supondrá a Australia un desembolso de 368.000 millones de dólares, además del reto de formación del personal necesario. No cabe descartar tampoco que los avances tecnológicos que se produzcan en este tiempo—drones submarinos, mejoras en tecnología de satélites, etc—hagan obsoletos estos submarinos incluso antes de su lanzamiento. Estas circunstancias explican que, pese a la importancia del acuerdo (es la primera vez que Estados Unidos comparte su tecnología nuclear para este tipo de submarinos desde que lo hiciera con Reino Unido en 1958), se hayan multiplicado las críticas, y no sólo porque puede contribuir a aumentar las tensiones con China. Algunos medios norteamericanos se oponen a la cesión de los secretos tecnológicos del país, mientras que expertos británicos creen que supone una distracción de recursos cuando se afronta la amenaza rusa. El líder de los laboristas, Keir Starmer, en cabeza en los sondeos de cara a las próximas elecciones, ha subrayado igualmente que la seguridad en Europa debe ser la prioridad.

Los especialistas australianos se preguntan por su parte si su gobierno ha valorado realmente todas las implicaciones. En el Saturday Paper, Hugh White, uno de los más respetados analistas del país, llamaba la atención sobre el hecho de que Australia va a comprar y operar no una sino dos distintas clases de submarinos nucleares hasta los años cuarenta con el consiguiente riesgo de que se produzcan disfunciones, y sin que siquiera esté demostrada una eficacia mayor que la de los submarinos convencionales. Por el precio de los ocho nucleares podría construirse una flota con cincuenta de estos últimos.

Quizá por todo ello, el verdadero significado de AUKUS se encuentra, más que en los submarinos, en un segundo pilar del acuerdo: en la integración tecnológica y en la profundización de la coordinación estratégica entre las tres naciones; una colaboración que podría extenderse en el futuro a la inteligencia artificial, los sistemas cuánticos y los misiles hipersónicos. Son aspectos, sin embargo, aún por elaborar.

Tokio y Washington más amigos que nunca. Nieves C. Pérez Rodríguez

La visita del primer ministro japonés, Fumio Kishida, junto con altos funcionarios de su gobierno a Washington la semana pasada, a menos de un mes del anuncio hecho por Tokio de su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, prueba el nivel de alerta en materia de seguridad  en la que se encuentra Japón en su entorno, con una Corea del Norte que se ha empecinado en desarrollarse nuclearmente como una vía de supervivencia probando misiles cada pocos días, con un Taiwán amenazada con perder su autonomía y libertades y una China cada más poderosa militarmente cuya expansión en cuanto a territorio y valores representa el mayor de los riesgo para la región y el mundo.

El equilibrio de poderes a nivel global está en entredicho. La seguridad y la paz internacional se han visto violentadas con hechos como la invasión rusa a Ucrania que ha despertado a muchos románticos que cosecharon la esperanza de una Rusia más civilizada y en mayor consonancia con los valores democráticos. La cercanía de Beijing y Moscú justo en medio del padecimiento de Europa en territorio propio de una guerra y las consecuencias de esta ha revivido la posibilidad de una guerra a mayor escala y ha acelerado acercamientos pragmáticos.

En este sentido, la visita de las autoridades japonesa a Estados Unidos sirvió para mucho más que apretones de manos y fotos, pues hubo anuncio de acuerdos estratégicos. En cuanto al encuentro en materia de seguridad llamado 2+2 entre el secretario de Estado y su homólogo japonés y el ministro de Defensa nipón y el secretario de Defensa se acordó fortalecer la cooperación bilateral para un uso efectivo de las capacidades de contraataque de Japón. Por lo que los japoneses están duplicando su gasto de Defensa en los próximos cuatro años y reforzando su armamento para tener capacidad de alcanzar bases enemigas. El paraguas nuclear estadounidense que protege a Japón se expandirá también al espacio para incluir satélites nipones, lo que es otro reflejo del profundo nivel de cooperación que ha alcanzado esta alianza bilateral.

El secretario de Defensa estadounidense anunció que los marinos designados en Okinawa, en la parte más al sur de las islas japonesas cercanas a Taiwán, contarán con más capacitación y rapidez de reacción ante una potencial crisis. Mientras se van preparando para responder frente a un ataque real, de momento sirve como un efecto disuasorio para minimizar las provocaciones de Beijing que cada vez son más constantes. También se informó que Tokio se equipará con misiles de largo alcance. Todo esto mientras los aliados intentan navegar los avances tecnológicos chinos que representan per se otro grandísimo riesgo.

Tokio ya contaba con una Estrategia de Seguridad Nacional elaborada en el año 2013 pero este nuevo relanzamiento se debe a que “la comunidad internacional ha pasado por cambios rápidos, sobre todo el centro de gravedad del poder global que se traslada a la región del Indo- Pacífico”. Y continúa el documento oficial “es probable que estos cambios continúen a mediano o largo plazo y acarreen consecuencias históricas que transformarán la naturaleza de la comunidad internacional”.

De igual forma, la estrategia explica como los dominios cibernéticos, marítimos, espaciales y electromagnéticos muestran más riesgos para el libre acceso. En particular la amenaza de los ciberataques que es cada vez mayor pues se han venido utilizando para inhabilitar o destruir infraestructuras, interferir en elecciones extranjeras, exigir rescates y robar información confidencial, siendo en muchos casos patrocinados por Estados. Por lo que predicen que las guerras futuras serán híbridas, en las que se combinen medios militares y no militares, haciendo uso de la desinformación mediática generando por tanto confusión antes de un ataque armado.

Tanto para Japón como para Estados Unidos la región del Indo-Pacífico es el núcleo de la actividad global y hogar de más de la mitad de la población del planeta. Su dinamismo económico por tanto es inmenso, por ser la intersección del Pacífico y el Índico, ambos océanos son motores de crecimiento mundial. Y además la región tiene también el reto de contar con Estados con grandes capacidades militares, armas nucleares y valores humanos opuestos a lo establecido por el derecho internacional que representan un gran riesgo para el bienestar del mundo.

China es, sin lugar a duda, la mayor de todas las amenazas, razón por la que el QUAD (Estados Unidos, India, Australia y Japón) aunque cuenta con más de 15 años de creado, ha sido reforzado por la Administración de Biden, mientras crearon el AUKUS a finales del 2021 en busca de fortalecer y dotar de capacidad y respaldo a Australia y reforzar la cooperación en tecnología avanzada de defensa, como inteligencia artificial y vigilancia de larga distancia. Por lo que ambas organizaciones junto con la cercanía de la relación bilateral nipón-americana vienen a robustecer aún más la defensa del estado de derecho y el desequilibrio en la región del Indo- Pacífico.

Biden dijo en febrero del 2021 que “las alianzas de Estados Unidos son nuestro mayor activo y liderar con diplomacia significa estar hombre con hombro con nuestros aliados y socios claves”. El siglo XXI ha mostrado nuevas retos y amenazas, el progreso tecnológico y la globalización unieron y ayudaron tremendamente al mundo en el siglo XX, pero hoy es el detonante de la división que estamos viviendo y la razón de los nuevos equilibrios de poder global que están marcando el curso de la historia.

THE ASIAN DOOR: Filipinas, bisagra geopolítica del Pacífico. Águeda Parra

La geopolítica del gasto en infraestructuras ha pasado a formar parte del soft power de las grandes potencias que buscan afianzar su posicionamiento internacional mientras estrechan los vínculos de cooperación con países cuyo déficit en infraestructuras se ha ido acrecentando en las últimas décadas. La iniciativa china de la nueva Ruta de la Seda, pero también la versión europea Global Gateway y la apuesta estadounidense Build Back Better, representan una nueva era en el despliegue de diplomacia global.

El gasto en desarrollo de infraestructuras ha sido una de las principales palancas de China para desplegar influencia en la región del Indo-Pacífico. El buque insignia del puerto de Gwadar en Pakistán, los gaseoductos y oleoductos que atraviesan Myanmar hasta conectar con el suroeste de China, y la conexión ferroviaria en alta velocidad con Laos son algunos de los grandes proyectos promovidos por la geopolítica del gasto en infraestructuras en los últimos años. En la última década, muchos países de la región se han incorporado al esquema de la nueva Ruta de la Seda buscando impulsar su desarrollo económico e integración regional. Éste es el caso también de Filipinas, que busca dar respuesta a la grave crisis de infraestructuras públicas y cortes de energía que padece el país.

Ferdinand Marcos Jr. ha elegido Pekín como el primer viaje fuera del Sudeste Asiático desde que se convirtiera en presidente del país el pasado mes de junio, buscando mantener las buenas relaciones entre Pekín y Manila que ya iniciara su predecesor Rodrigo Duterte. A pesar de que Filipinas registró uno de los mayores crecimientos económicos de la región, alcanzando un crecimiento del 6,7% del PIB, con una previsión para 2023 que se sitúa en el 5% del PIB, la falta de disponibilidad de recursos energéticos requiere de una importante búsqueda de nueva inversión extranjera que financie el programa económico del nuevo presidente.

Acelerar el desarrollo de infraestructuras es una necesidad ampliamente compartida en una región que alcanza un déficit de gasto anual de 459.000 millones de dólares, según el Banco Asiático de Desarrollo, de los cuales 11.000 millones de dólares corresponderían a las necesidades de gasto anual en infraestructuras que necesita Filipinas. De ahí, que la grave crisis de infraestructuras públicas que padece Filipinas se haya convertido en el gran desafío del país para seguir impulsando desarrollo económico.

Conectividad de infraestructuras y generación de energía son, por tanto, una parte de las grandes demandas de inversión extranjera que el presidente Marcos ha abordado en su reunión con Xi durante su viaje a Pekín a principios de año. Una visita que tiene la doble intención de mejorar las relaciones bilaterales después de la cancelación de tres importantes proyectos chinos por falta de financiación ordenados por el presidente filipino al iniciar su mandato.

La visita ha concluido con la firma de 14 acuerdos de cooperación que suponen el compromiso de inversión china por valor de 22.800 millones de dólares y que permitirán reducir la tensión por las reivindicaciones territoriales entre Pekín y Manila en el Mar del Sur de China, para lo cual se creará además un canal de comunicación directo para gestionar la disputa de forma pacífica.

En esta nueva fase de crear oportunidades de paz y desarrollo entre ambos países, la visita también ha propiciado la reapertura del diálogo para explorar conjuntamente la cuenca marítima en busca de petróleo y gas para así poder explotar los recursos energéticos de la región para beneficio de ambas economías. Todo ello en un escenario de cooperación activo de Filipinas con Washington para la construcción de cinco nuevos puestos militares en el Estrecho de Luzón que separa Filipinas de Taiwán, un enclave estratégico ante un eventual conflicto en la zona, y que remarca el perfil de Filipinas como socio de las dos mayores potencias de la región en el momento de mayor rivalidad geopolítica.

 

INTERREGNUM: Reajustes indios. Fernando Delage

Con la atención puesta en la reunión en Bali entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y su homólogo chino, Xi Jinping, pasó prácticamente inadvertida la ausencia de un encuentro bilateral entre Xi y el primer ministro indio, Narendra Modi, como había sido la norma en cumbres anteriores del G20. Ambos líderes se evitaron igualmente cuando coincidieron, en septiembre, en la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Por otra parte, si en su día llamó la atención que India se abstuviera en la condena a la invasión rusa de Ucrania, Modi facilitó la adopción de la declaración conjunta que, al concluir la reunión del G20, denunció el comportamiento de Moscú. ¿Cabe concluir que India está recalibrando sus relaciones con ambas potencias?

El último encuentro bilateral entre Modi y Xi fue el celebrado en noviembre de 2019 en Brasil, durante la cumbre de los BRICS. Desde el enfrentamiento fronterizo en Ladakh, en junio de 2020, en el que murieron veinte soldados indios y un número desconocido de tropas chinas, la desconfianza se ha agravado entre los dos gobiernos. La falta de contactos al más alto nivel—repetida en otros foros—es una ilustración de que las relaciones sino-indias se encuentran en su peor momento desde la guerra de 1962. El choque de 2020 ha consolidado además la percepción de la comunidad estratégica india de que China es una grave amenaza para la seguridad nacional.

La política exterior india ha girado en consecuencia, y una restauración del statu quo anterior parece improbable. Delhi ha optado por aproximarse a aquellos países que pueden ayudarle a fortalecer su posición frente a la República Popular, tanto en el terreno económico como en el militar. Sin renunciar al discurso de autonomía estratégica—pilar central de su cultura de defensa—, India está hoy mucho más dispuesta a alinearse con otras naciones, Estados Unidos en particular, sin temer como en otras épocas la posible reacción de Pekín.

Si el comportamiento chino ha conducido a India a reconsiderar la siempre delicada cuestión de las alianzas, la guerra de Ucrania ha traído consigo complicaciones añadidas. Era también cuestión de tiempo que el conflicto se tradujera en una gradual separación india de Rusia, otro hecho que acerca igualmente a Delhi a Washington y sus aliados. La razón fundamental de sus divergencias estriba en la transformación del escenario geopolítico: los vínculos de Rusia con China se han estrechado justamente cuando la relación de India con la República Popular ha empeorado. La cercanía entre Pekín y Moscú hará tarde o temprano que el primero presione a la segunda para diluir su tradicional apoyo a Delhi, especialmente si ésta consolida su asociación con Washington. Por otra parte, desde la perspectiva india, tampoco representa una ventaja para sus intereses contar con una Rusia debilitada como contrapeso de una China más fortalecida (socia, además, de Pakistán y empeñada en proyectar su influencia en Asia meridional). La guerra de Ucrania ha precipitado así este proceso de reajuste, que obliga a abandonar la habitual inclinación india a mantenerse al margen de las maniobras geopolíticas globales.

En un mundo ideal, India querría tener de su lado a Occidente y a Rusia. Pero el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania y la actitud de Pekín lo hacen imposible. Delhi tendrá que acostumbrarse a gestionar este tipo de contradicciones, especialmente al asumir durante un año la presidencia de la OCS (desde septiembre), y la del G20, desde esta misma semana.

Kamala Harris en Asia II, Nieves C. Pérez Rodríguez

La visita de cuatro días de la vicepresidenta estadounidense a Asia ha dejado sentada una vez más la línea central de la política exterior de los Estados Unidos, su visión y prioridades, así como el fortalecimiento de la alianza con Japón, que es clave para cumplir el proyecto de seguridad de Washington, tal y como lo afirmó la misma Harris. Y con Corea del Norte para garantizar la paz en la península.

Como adelantó por la Casa Blanca, la gira tenía un triple propósito. Primero honrar la memoria y el legado de Abe y a su vez mandaba al pueblo japonés un fuerte mensaje del compromiso de Washington, aun cuando la organización del funeral de Estado estuvo envuelta de polémica y cierta oposición doméstica. En segundo lugar, reafirmar la presencia de Estados Unidos a sus aliados en un entorno de seguridad cada vez más complejo. Y el tercero, profundizar el compromiso de Washington con la región del Indo-Pacífico.

Un artículo del Washington Post de Cleve R. Woortson Jr. Y Michelle Ye Hee Lee hizo un curioso análisis sobre el rol de Harris en la visita para resaltar el rol de la mujer y cómo aprovechó la oportunidad en dos sociedades fuertemente contraladas por hombres para en dar un mensaje que invita al cambio con comentarios como “cuando las mujeres tienen éxito, toda la sociedad tiene éxito” o “la medida real del estado de una democracia se mide por la fuerza y la posición de las mujeres” o para “fortalecer la democracia debemos prestar atención a la equidad de género y trabajar duro para mejorar la condición de la mujer en todos los sentidos”.

La visita dejó imágenes de encuentros repletos de hombres y Harris como única líder, desde el funeral de Abe, en la que se reportaba que las filas de hombres en los lavabos eran inusualmente largas, mientras que en los de mujeres estaban vacíos debido al numeroso número de caballeros.  Hasta comentarios como que ella portaba trajes casi idénticos a los de los hombres con los que se sentó a conversar.

Lo cierto es que muchos de esos hombres estaban encantados de tener la oportunidad de sentarse hablar con la segunda al mando en la Casa Blanca y aprovechar para transmitirle sus problemas de seguridad, sus dificultades en mantener los valores democráticos en la región e intentar conseguir más concesiones económicas, tal y como lo hicieron las empresas japonesas de la industria de semiconductores con las que negociaron sobre los chips y que pidieron que fuera reconsiderado el proyecto de ley en ciencia recién convertido en ley en Washington, para que no extiendan los beneficios de la ley hasta ellos.

La segunda parte fue en Corea del Sur, donde además de reunirse con el presidente Yoon Suk Yeol visitó la Zona de desmilitarización fronteriza que divide a las dos Coreas, Hanbando Bimujang Jidae, que se ha convertido en parte obligada e icónica de las visitas oficiales. Y la respuesta de Pyongyang a visitas oficiales también se ha convertido en una especie de práctica habitual en la que corresponden con alguna detonación que demuestre que no están tan complacidos con la llegada.

En su conocido esfuerzo por hacerse sentir, Pyongyang exhibió su arsenal con tres rondas de lanzamiento de misiles la semana de la visita, lo que es un exceso hasta para los norcoreanos pero que entra en la lógica de mantener el pulso con Washington.

Cuando aún Harris se encontraba en Japón, el ejército japonés detectó que Corea del Norte había disparado dos misiles balísticos de corto alcance el miércoles, y lo volvieron hacer antes de que saliera hacia Washington el domingo. Y nuevamente dos más fueron lanzados al mar a pocas horas de haberse marchado de Seúl.

En este sentido, Victor Cha, ex asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca y profesor de la Universidad de Georgetown, aseguró en una entrevista a principios de esta semana que Corea del Norte está lista para realizar su séptima prueba nuclear. En consecuencia, anticipa sanciones adicionales lideradas por EE.UU. y Japón, así como más movimientos de activos militares estadounidenses a la península de Corea después de la prueba.

Cha sostiene que el cambio reciente en la estrategia de Pyongyang, es decir repensar el “NFU o No First Use” de armas nucleares, posiblemente se deba a las lecciones aprendidas de la invasión rusa de Ucrania.

Se espera que la visita de Harris suavice las tensas relaciones entre Japón y Corea del Sur y que, además de generar un acercamiento entre ambas naciones, al final se consiga una cooperación trilateral entre Tokio, Seúl y Washington que es la vía que visualiza la Casa Blanca para mantener el estatus de Taiwán, la libertad de navegación de los mares y la seguridad en el Indo-pacífico.

THE ASIAN DOOR: El Indo-Pacífico y los chips en un mundo en transición. Águeda Parra

El Indo-Pacífico se ha configurado como el centro de la geopolítica mundial, acaparando una mayor atención en el caso de la geopolítica de la tecnología. El comentario del presidente Biden en su primer viaje por Asia así lo adelantaba, al afirmar que “El futuro de la economía del siglo XXI se escribirá en gran medida en el Indo-Pacífico”, poniendo foco sobre un fenómeno que ya venía desarrollándose hace tiempo pero que la coyuntura internacional actual ha hecho más evidente.

La región es un hub global que se está beneficiando de que el centro de gravedad de la economía mundial se está desplazando hacia el este. Estos países disfrutan además de una importante integración comercial regional, gracias a haber desarrollado el mayor acuerdo de libre comercio del mundo, conocido como RCEP (en sus siglas en inglés), que entró en vigor a principios de este año y con el que los países del Indo-Pacífico aglutinan un volumen mayor de comercio entre sí que el que generan conjuntamente con Estados Unidos y Europa. Ésa es la dimensión.

Desde el punto de vista comercial, el Indo-Pacífico va a plantear el reto geopolítico de incorporar la región como destino en el radar de exportación para seguir manteniendo competitividad internacional, dado su amplio potencial económico y comercial. Las altas tasas de penetración de Internet, y el elevando uso de las redes sociales, medio esencial para realizar un buen posicionamiento de marca, son algunos de los alicientes digitales que ofrece la región. Sin embargo, el principal atractivo reside en la velocidad de crecimiento de la clase media que registra la zona, con una proyección de que genere hasta el 88% de la nueva clase media mundial.

Asimismo, como epicentro de la geopolítica mundial, el indo-Pacífico va a ser testigo de cómo la geopolítica de la tecnología va a reconfigurar las dinámicas de crecimiento globales, poniendo el foco, principalmente, en el potencial de la región en manufactura e innovación de chips.

Los chips están en todos los dispositivos electrónicos, con mayor o menor complejidad, y presentes en todas las industrias. Y la disponibilidad, o más bien, la falta de disponibilidad de chips, que se ha hecho evidente durante la pandemia, ha mostrado el rol central que desempeñan los semiconductores en el desarrollo de la economía digital, así como la gran fragilidad de las cadenas de suministro.

China lleva años invirtiendo para alcanzar la autosuficiencia tecnológica y esto ha supuesto que sobrepasara a Estados Unidos en inversión en chips en 2018, y que haya sido seis veces mayor en 2021. Esto muestra que la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China ya ha entrado en una etapa decisiva.

De ahí, que un buen posicionamiento en las cadenas de valor tecnológico sea la mejor estrategia para construir ventaja competitiva. Por ello, las grandes potencias innovadoras son cada vez más conscientes de que para mantener una importante posición competitiva ya no solamente es suficiente ser referente en innovación, sino que también va a ser necesario adquirir, o mejorar, la capacidad de manufactura de chips.

Entre las potencias innovadoras, Europa ya es plenamente consciente de que solamente con una mayor autosuficiencia tecnológica es posible mantener ventajas competitivas históricas e impulsar la transformación digital. Una rápida adopción del 5G, al ritmo al que se está produciendo en Corea del Sur y China, permitiría a Europa consolidarse como polo tecnológico y hub global, tanto en diseño como en manufactura tecnológica.

 

 

INTERREGNUM: Iniciativas en competencia. Fernando Delage

Durante los últimos días se ha puesto una vez más de relieve cómo Estados Unidos y China están definiéndose con respecto al otro, y cómo cada uno está construyendo su respectiva coalición en torno a concepciones alternativas del orden internacional.

Tras la presentación, en semanas anteriores, de las orientaciones estratégicas y económicas sobre el Indo-Pacífico, faltaba la anunciada revisión de la política hacia China, finalmente objeto de una intervención del secretario de Estado, Antony Blinken, el 26 de mayo en la Universidad George Washington. Tras definir a la República Popular como “el más grave desafío a largo plazo al orden internacional”, Blinken indicó que “China es el único país que cuenta tanto con la intención de reconfigurar el orden internacional como, cada vez más, con el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo”. China “se ha vuelto más represiva en el interior y más agresiva en el exterior”, dijo el secretario de Estado, quien también reconoció que poco puede hacer Estados Unidos de manera directa para corregir su comportamiento.

La solución que propone la administración Biden se concentra en esta frase: “Configuraremos el entorno estratégico de Pekín para hacer avanzar nuestra visión de un sistema internacional abierto e inclusivo”. Pero se trata de una fórmula muy parecida a la empleada en su día por el presidente Obama o, antes incluso, por los asesores de George W. Bush antes de su toma de posesión (y, por tanto, antes de que el 11-S aparcara a China como prioridad). Si hay un cambio significativo es, sobre todo, con respecto a Taiwán, como anticipó el propio Biden—supuestamente en forma de error—sólo un par de días antes.

En respuesta a una pregunta que se le hizo durante la conferencia de prensa con la que concluyó su viaje oficial a Japón, el presidente vino a decir que, en el caso de una invasión china de Taiwán, Estados Unidos recurriría a la fuerza militar. Con sus palabras, Biden parecía abandonar la política de “ambigüedad estratégica”—recogida en la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979—, conforme a la cual Washington está obligado a proporcionar a la isla las capacidades para defenderse, pero en ningún caso existe un compromiso explícito de intervención militar.

Era la tercera vez que Biden decía algo así, y por tercera vez su administración desmintió que se tratara de un cambio de posición. Blinken tuvo que reiterar que Estados Unidos “se opone a cualquier cambio unilateral del statu quo por cualquiera de las partes”. “No apoyamos la independencia de Taiwán, añadió, y esperamos que las diferencias a través del estrecho se resuelvan de manera pacífica”.  Aunque es cierto que se mantienen los mismos principios, no cabe duda, sin embargo, de que el comentario de Biden es significativo y representa un reajuste de la posición norteamericana. Cuando menos implica el reconocimiento de que, después de 40 años, la “ambigüedad estratégica” puede no ser suficiente como elemento de disuasión para evitar que China invada Taiwán, un dilema que se ha visto agudizado por la agresión rusa contra Ucrania.

La reacción de Pekín no se hizo esperar. Pero su rechazo al “uso de la carta de Taiwán para contener a China” va acompañado de una estrategia de mayor alcance. De hecho, justo antes de que Biden comenzara su primer viaje a Asia, comenzó a promover la “Iniciativa de Seguridad Global”, una propuesta de orden de seguridad alternativo al liderado por las democracias occidentales. Lanzada por el presidente Xi en su intervención ante el Boao Forum el pasado mes de abril, la propuesta, que tiene como fin “promover la seguridad común del mundo” (y viene a ser una especie de hermana gemela de la Nueva Ruta de la Seda), constituye —oculto bajo esa retórica global—un plan para deslegitimar el papel internacional de Estados Unidos.

El presidente Xi expuso las virtudes de su iniciativa a los ministros de Asuntos Exteriores de los BRICS el 19 de mayo. Según indicó a los representantes de Brasil, Rusia, India y Suráfrica, se trata de “fortalecer la confianza política mutua y la cooperación en materia de seguridad”; de “respetar la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo de cada uno, oponerse al hegemonismo y las políticas de poder, rechazar la mentalidad de guerra fría y la confrontación de bloques, y trabajar juntos para construir una comunidad mundial de seguridad para todos”. Posteriormente, ha sido el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, quien la ha promovido en dos viajes sucesivos a América Latina y a una decena de Estados del Pacífico Sur.

La iniciativa es doblemente significativa. China ha decidido implicarse de manera directa en la seguridad global, cuando hasta ahora su terreno de preferencia era el económico. En segundo lugar, el mal estado de sus relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea le obliga a consolidar y extender su presencia entre sus socios en el mundo emergente, un espacio al que—por esta misma razón—Occidente tendrá que prestar mayor atención en el futuro.