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INTERREGNUM: Bloques euroasiáticos. Fernando Delage

La asistencia de representantes de seis países —Pakistán, China, Rusia, Qatar, Turquía e Irán— a la formación del gobierno talibán en Kabul es quizá la más clara ilustración de los cambios que se están produciendo en la dinámica geopolítica euroasiática, así como de sus implicaciones globales. Si el fin de la presencia occidental en Afganistán tiene especial trascendencia es por producirse en un contexto de redistribución de poder, marcado por el aumento de la influencia china y por la creciente coordinación entre Pekín y Moscú de sus acciones en este espacio continental.

Una de las primeras respuestas de China y Rusia a la inminente caída del gobierno de Ashraf Ghani —anunciaron la decisión el 12 de agosto— fue la de dar a Irán el estatus de miembro de pleno derecho en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), institución en la que era observador desde 2005. Las reservas de las repúblicas centroasiáticas, que ya se opusieron a su adhesión en 2006 y 2015, no han bastado para impedir esta vez su incorporación: la cumbre que la organización celebra en Dushanbe esta semana —a la que acudirá el presidente iraní, Ebrahim Raisi, en su primer viaje al exterior— pondrá formalmente en marcha el proceso de adhesión.

Tras firmar sucesivos acuerdos bilterales con China y Rusia, las autoridades iraníes parecen haber optado por reforzar su orientación estratégica eurosiática, en la que también hay que incluir su interés por India. Mediante su participación activa en las instituciones económicas y de seguridad de la región, Teherán confía en mitigar la presión de las sanciones occidentales, contar con nuevos incentivos para el desarrollo de su economía, y ampliar el alcance de un bloque cuya principal seña de identidad es precisamente su oposición a Occidente.

Aunque internamente se discuten los beneficios de formar parte de una organización que incluye —tras la incorporación de India y Pakistán en 2017— a cuatro potencias nucleares con agendas y objetivos de seguridad diferentes de los de Teherán (cuyo escenario estratégico prioritario es Oriente Próximo), sus motivaciones de prestigio diplomático proporcionan en cualquier caso nuevas ventajas a Moscú y Pekín. Irán, en efecto, entra a formar parte de la arquitectura que estas dos potencias quieren construir en Eurasia, apoyándose en su interés común por contener a los grupos islamistas radicales y debilitar a Occidente. Los estrategas que, en Washington, piensan cómo erosionar la relación entre Pekín y Moscú —como hizo Nixon en 1972— lo tienen por tanto muy difícil.

Afganistán ha puesto de nuevo de manifiesto que el orden surgido tras la implosión de la Unión Soviética hace tres décadas ha llegado a su fin. Mientras la OTAN ha sufrido un notable fracaso, chinos y rusos—en compañía de Irán y Pakistán, entre otros— reconfiguran un espacio ignorado durante mucho tiempo por Occidente. Estados Unidos ha decidido concentrar sus cartas en la rivalidad (básicamente marítima) con China, pero ¿y los europeos? Mientras Pekín y Moscú acercan sus respectivos proyectos geopolíticos —la Ruta de la Seda, y la Unión Económica Euroasiática, respectivamente— con el fin de proteger sus esferas de influencia en un orden multipolar, los europeos no pueden limitarse a seguir a los norteamericanos. Bruselas anuncia esta semana su estrategia hacia el Indo-Pacífico, pero necesita igualmente una aproximación geopolítica hacia Eurasia que vaya más allá de las redes de infraestructuras y de los principios normativos. La competición entre las grandes potencias marítimas y continentales será uno de los elementos determinantes del sistema internacional en transición.

 

 

 

Rusia, China y las amenazas militares

La OTAN, en su última cumbre y con el protagonismo recobrando de EEUU que incluyó la presencia del presidente Joe Biden, ha analizado las amenazas actuales y los escenarios de la evolución de estos riesgos a corto, medio y largo plazo. Y uno de los asuntos que ha suscitado más polémica y análisis detallado ha sido el factor militar de las amenazas y cuánto riesgo en ese terreno suponen cada una de las dos grandes potencias enfrentadas a Europa y Estados Unidos: Rusia y  China.

Y en ese punto ha surgido una discusión interesante. Para la Administración Biden, la amenaza militar a tener cuenta proviene de Rusía mientras que China representa un riesgo menor y a  medio plazo, y esta opinión es compartida por algunos países europeos como Alemania.

La presencia de unidades militares de élite en la frontera con Ucrania, la anexión de Crimea y la presión sobre las repúblicas  bálticas por parte de Rusia (unido al apoyo incluso militar) al tambaleante régimen despótico de Bielorrusia, marca sin duda las prioridades de una alianza que nació como escudo frente al peligro soviético.

Pero otros analistas a ambos lados del Atlántico señalan que detrás de esa opinión hay una visión reduccionista y anticuada sobre las amenazas militares. Señalan que es indudable la amenaza rusa por su historia, su tradición y sus capacidades. Pero añaden que esos factores están matizados por una economía con dificultades, la existencia de unidades y tecnología del ejército ruso con falta de mantenimiento.

Y subrayan que e concepto moderno de guerra, incluyendo la desestabilización del adversario con elementos cibernéticos y de desinformación, la existencia de países con gran debilidad institucional en la periferia o entre los aliados de occidente y el desarrollo ruso y  chino en el concepto de guerra híbrida cambia el escenario-

Así, la disposición de holgura presupuestaria de China, su paciente y segura penetración de influencia en Asia Pacifico y Oriente Próximo y sus grandes inversiones en tecnología militar merecerían más atención.

Es cierto que es más posible, aunque remoto de momento, de un choque directo de EEUU y la UE con Rusia, no hay que dejar de tomar medidas para proteger a Taiwán, donde China acabará interviniendo a medio plazo, o la contribución indirecta de China al refuerzo de la capacidad agresiva de Irán.

THE ASIAN DOOR: La agenda de Europa con el 5G en 2020. Águeda Parra

El retraso en la construcción de las nuevas redes 5G en Europa está desbancando a los países miembros de la carrera por el liderazgo tecnológico, retrasando la implantación de las innovaciones asociadas a la nueva dimensión de economía digital que creará la red 5G en un mundo globalizado. Un retraso al que hay que sumar el dilema en ciberseguridad que plantea la construcción de la red 5G con tecnología Huawei después de la advertencia de Estados Unidos a sus socios de la alianza Five Eyes, en primera instancia y, de forma complementaria, al resto de sus aliados. Aunque todavía no hay ningún informe que lo ratifique, la petición de Washington está dirigida a solicitar a sus socios que veten el uso de los dispositivos del fabricante chino en la construcción de la red 5G ante la advertencia de que alberga puertas traseras que podrían permitir el espionaje por parte del gobierno chino.

La tecnología pasa así a formar parte de la geoestrategia mundial donde Estados Unidos persigue mantener su supremacía tecnológica y los países se dividen entre el veto, o la confianza a los dispositivos de Huawei, para la construcción de la red que proporcionará la nueva era de la digitalización y el futuro crecimiento económico. En este escenario, las empresas chinas Huawei y ZTE, la sueca Ericsson y la finlandesa Nokia son las compañías mejor posicionadas para liderar la carrera por el 5G. Entre las cuatro construirán la siguiente generación de redes móviles, pero el lobby norteamericano entre sus aliados, y la oportunidad de aprovechar el impulso socioeconómico que generará el 5G en los próximos años, ha generado un entorno bipolar de dos bloques que enfrenta directamente a la supremacía china con el dominio tecnológico del gigante asiático en numerosas áreas, entre ellas, la nueva generación de redes móviles 5G.

En esta Europa dividida por el 5G, los socios de Washington en la OTAN y los de China en el Mecanismo 17+1 y la nueva Ruta de la Seda han tomado posturas diversas. Apostar por Washington priorizando los criterios de seguridad ante futuras posibles amenazas de ciberseguridad ha sido la decisión tomada por países como República Checa, Polonia y Rumania. Otros, como Luxemburgo, han valorado más la posible cancelación de acuerdos comerciales vigentes. De hecho, la decisión de la República Checa ha promovido la celebración de la Conferencia de Seguridad de Praga 5G que ha emitido unas recomendaciones a las que otros países de Europa Central se han sumado, como es el caso de Estonia, Letonia y, muy posiblemente, Lituania.

A pesar de su condición de miembros de la OTAN, Grecia y Portugal no han dudado en seguir desarrollando su red 5G con tecnología Huawei, consolidándose como parte del bloque donde la diplomacia china se ha expandido a través de la nueva Ruta de la Seda, y apostando por el fabricante chino. Por su parte, España es uno de los países que ha anunciado que irá reduciendo en los próximos años la participación de Huawei en su red, manteniendo únicamente su colaboración en el mantenimiento de la red 4G, mientras el despliegue del 5G pasará a cargo de la sueca Ericsson y la finlandesa Nokia. Un esquema de división en Europa que no propicia una adopción temprana de los beneficios económicos que reportará la nueva tecnología y que está favoreciendo que Europa sea el campo de juego donde rivalizan Washington y Pekín. De esta forma, Europa ha pasado a convertirse en una tercera fuerza en la geoestrategia mundial, una situación que no beneficia a los intereses de las industrias europeas que compiten en los mercados internacionales.

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica. Fernando Delage

En la reciente cumbre de aniversario de la OTAN, los líderes de los Estados miembros pusieron claramente de relieve por qué la organización ha llegado al fin de una etapa histórica. La presión del presidente norteamericano a sus aliados para que aumenten el gasto en defensa, y las declaraciones del presidente francés sobre el (malo) estado de salud de la alianza no sirvieron sino para enrarecer la celebración. Pero la cumbre también ha marcado el comienzo de una nueva fase, al discutirse por primera vez sobre China y las implicaciones de su ascenso militar.

Pese a sugerir en alguna ocasión que Estados Unidos podría abandonar la OTAN, y pese a su constante denuncia de todo proceso multilateral, es el propio Trump quien quiere hacer ahora de la Alianza un instrumento de su estrategia hacia China. La rivalidad con la República Popular se ha convertido en el eje central de la política exterior norteamericana, y la Casa Blanca es consciente de que necesita a los europeos. No pocos analistas creen, de hecho, que el gigante asiático es la variable que permitirá reconstituir la relación transatlántica. Los intereses y prioridades de ambas partes no son siempre coincidentes, sin embargo.

Estados Unidos pretende romper la interdependencia comercial, tecnológica y financiera con China, a la vez que refuerza sus capacidades militares para equilibrar a esta última en la región del Indo-Pacífico. Los europeos, por el contrario, amplían su interdependencia económica con la República Popular: sus inversiones en este país duplicaron en 2018 las de Estados Unidos, y el comercio bilateral crece con rapidez. Al mismo tiempo, aunque no se hayan opuesto a la inclusión de China en la agenda, no comparten la conveniencia de extender la misión de la OTAN.

El problema para los aliados europeos es doble. Por una parte, la estrategia seguida por Trump intensifica el dilema que plantea el ascenso de China para el sistema internacional, al poder conducir a la formación de ecosistemas económicos y tecnológicos separados entre sí. ¿Se podrá elegir en cuál estar? En segundo lugar, sería un error creer que la competencia estratégica entre Estados Unidos y China se circunscribe al Pacífico. Pekín busca proyectarse hacia Occidente, a través de una iniciativa diseñada para marginar a Rusia, acercar Europa a Asia, y convertir a la República Popular en la potencia central de Eurasia. Si abandonara a sus aliados europeos, Washington daría a China el mayor de sus triunfos, por lo que no puede prescindir de la Alianza. Pero ¿puede Europa dejarse arrastrar por la política norteamericana cuando sus intereses divergen? ¿Qué haría, por otra parte, si Estados Unidos quedara aislado en su hemisferio, como mera potencia regional?

El diagnóstico de Macron no es por tanto incorrecto: Europa debe convertirse en actor autónomo si no quiere verse “estrujada” entre Washington y Pekín. El problema es que lo ha hecho de manera poco diplomática—lo que puede agravar la división entre los gobiernos europeos—, y sumando a sus críticas a la OTAN la necesidad de rehacer simultáneamente las relaciones con Rusia, como si Moscú pudiera proporcionar el peso necesario para equilibrar a un mismo tiempo a Estados Unidos y a China (y como si Putin no viera en los valores y reglas de la Unión Europea una amenaza existencial a su régimen político).

Por resumir. Más allá de su función estrictamente defensiva, no parece haber un concepto estratégico de futuro que sea compartido por todos los miembros de la OTAN. Pese al imperativo de una mayor independencia estratégica, la posibilidad de que los europeos formen un consenso sobre China—cuando no han sido capaces de hacerlo sobre Rusia, un problema más cercano y directo—es mínima. Y Pekín, que observa cómo Washington ha logrado hacer de la cuestión china una preocupación de la Alianza, reajustará su política de seguridad y sus iniciativas geoeconómicas de la manera más eficaz para sus intereses, frente a una Europa menos unida y más desorganizada.

INTERREGNUM: La OTAN mira a China. Fernando Delage

A comienzos de año la OTAN comenzó un ejercicio de reflexión interno sobre China y las consecuencias de su creciente proyección internacional para los intereses euroatlánticos. En el marco de su modernización militar, China cuenta con un arsenal de misiles balísticos intercontinentales cada vez más sofisticados, mientras que sus avances en relación con el ciberespacio y el espacio también carecen de límites geográficos. Como es sabido, China inauguró en 2017 su primera base militar en el exterior, en Yibuti, no muy lejos del área de acción de la Alianza Atlántica, a la vez que ha realizado maniobras navales en el Mediterráneo y en el Báltico.

La República Popular aparece de este modo como una nueva variable a la que prestar atención. No es Europa su terreno prioritario de acción—sus verdaderos imperativos estratégicos se juegan en Asia—, pero sus movimientos confirman la intención de situarse en el centro de un espacio euroasiático interconectado. Su aproximación a Rusia es, desde esta perspectiva, un factor adicional al que los europeos—y no sólo los norteamericanos—deben prestar mayor atención en su planificación de defensa.

Sin embargo, pese a los intentos de Estados Unidos por implicar a sus aliados, estos últimos se resisten a que la OTAN tenga un papel en relación con China. Esta es la conclusión a la que llega Jonathan Holslag, profesor en la Universidad Libre de Bruselas, en un artículo que publica el último número del Washington Quarterly. El problema, escribe Holslag después de entrevistarse con un considerable número de funcionarios y expertos de distintos Estados miembros de la UE, es que si la Alianza no logra formular una respuesta adecuada al ascenso de China, no sólo verá en peligro el mantenimiento de su función en el orden mundial que se avecina, sino que agravará la frustración mutua entre ambos lados del Atlántico.

La incapacidad para dar forma a una sólida estrategia china, indica, “podría ser el clavo en el ataúd de la OTAN”, organización que justamente celebra en 2019 los 70 años de su nacimiento. Quizá se le pueda tachar de exagerado, pero es cierto que, sin esa estrategia, la Alianza dejaría de ser un instrumento útil frente al ascenso de este nuevo competidor. Se quiera reconocer o no, continúe su ascenso o se detenga su crecimiento, China afectará a la seguridad europea. Pekín está poniendo a prueba la disposición de la Alianza para apoyar a Estados Unidos cuando sus intereses de seguridad se ven en riesgo en la región del Indo-Pacífico, pero también la voluntad de las naciones europeas de defender su posición en el tablero euroasiático. La necesidad de Washington de concentrar su atención y sus capacidades en Asia puede obligarle a una drástica reducción de su presencia militar en el Viejo Continente, obligando a éste a afrontar de una vez por todas el dilema de su inevitable conversión en actor geopolítico. Si no se está dispuesto a dar este paso, sólo caben entonces estas dos alternativas: restaurar el poder colectivo de la Alianza mediante una estrecha coordinación con Estados Unidos, o aceptar una posición subordinada en una Eurasia en la que China podrá haberse consolidado como la potencia central. Sí, realmente son tiempos interesantes.

El test turco

La decisión de EEUU de retirar las tropas desplegadas en Siria, en un sector del norte de Siria a lo largo de la frontera de Turquía, abandonando a tropas de la coalición sirio-kurda aliada de Washington revela en toda su crudeza el laberinto de Oriente Medio y sus contradicciones. Turquía quiere ocupar esa zona y desarmar a las milicias kurdas que podrían amenazar su territorio y EEUU ha pactado con Ankara dejarle vía libre a cambio de concesiones militares.

La situación no es simple. Entre las unidades kurdas hay contradicciones y ha habido enfrentamientos militares, ya que algunas provienen del viejo PKK, la organización comunista kurda dirigida en el pasado por Okhalan y en tiempos aliada de Rusia. El PKK es responsable de atentados terroristas en Turquía y representa un riesgo, no sólo para este país sino para la zona y para las instituciones kurdas asentadas en Irak y en Siria. Principalmente contra estos grupos está pensada la operación ya preparado por Turquía y que Ankara anuncia como inminente. Estados Unidos ha filtrado que se ha asegurado con las autoridades turcas la limitación de la intervención militar a las milicias relacionadas con el PKK.

Turquía es un país de la OTAN y su unidad nacional y su supervivencia como aliado son consideradas estratégicas por Occidente desde hace décadas. Su control de las salidas y las costas del Mar Negro y de las cabeceras hidráulicas del Tigris y el Éufrates lo explican.

Pero, a la vez, Turquía ha girado y establecido acuerdos con Rusia para colaborar en Siria. Entre esos acuerdos está la instalación en territorio turco de sofisticados sistemas rusos que, para actuar, necesitarán coordinación técnica con Turquía que, por ser miembro de la OTAN, posee los códigos de identificación amigo-enemigo de los cazas occidentales, un tesoro para los rusos.

No se conoce el acuerdo turco-estadounidense para dejar manos libres a Turquía en el norte de Siria, pero seguro que el asunto de los misiles rusos habrá estado sobre la mesa y probablemente EEUU habrá obtenido alguna garantía. Pero habrá que verlo. El test turco es el de todo Oriente Medio.

INTERREGNUM: De Bruselas a Helsinki. Fernando Delage

Sin poder atisbar aún la lógica interna de los movimientos diplomáticos de Trump—si es que tal coherencia existe, más allá de un mero impulso unilateralista—el presidente norteamericano pondrá nuevas cartas sobre la mesa esta misma semana. La cumbre de la OTAN en Bruselas (11-12 julio), seguida por su encuentro con Putin en Helsinki (16 julio), pondrán a prueba la cohesión de las relaciones transatlánticas, dando paso quizá a una transformada arquitectura de seguridad europea. Pero los efectos sobre los aliados asiáticos de Estados Unidos, Japón y Australia en particular, tampoco serán menores.

Las quejas de Washington sobre la limitada aportación financiera de los europeos a la defensa del Viejo Continente no es nueva ni incorrecta. Pero Trump es el primer presidente en pasar de las críticas a los hechos. Su determinación obliga a preguntarse por el futuro de la OTAN, pero sobre todo agrava la incertidumbre de unos socios europeos ya sorprendidos por las sanciones comerciales impuestas por Estados Unidos, y por el comportamiento hostil de Trump en la reciente cumbre del G-7 en Canadá. Su defensa durante la cumbre del reingreso de Rusia en el grupo, cobra sentido al confirmarse el encuentro bilateral con Putin. ¿Intentará Trump llegar a un acuerdo con el presidente ruso a costa de los intereses de seguridad de la Alianza Atlántica?

No faltarán asuntos en la agenda de Helsinki: la guerra civil siria, la situación en Ucrania, Irán y Corea del Norte, sin olvidar la interferencia rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016. Y, sobre todo—cuestión prioritaria para Moscú—, el levantamiento o mitigación de las sanciones económicas. Son asuntos todos ellos relevantes para la estabilidad internacional, si bien los imperativos internos son probablemente los prioritarios para ambos líderes: ni Trump ni Putin pueden permitirse ningún movimiento que se interprete como cesión por sus respectivas opiniones públicas.

Los rehenes de sus decisiones son los aliados de Estados Unidos en ambos extremos de Eurasia. Ha llegado probablemente la hora de que la Unión Europea avance en su autonomía estratégica, pero la ausencia de consenso entre los Estados miembros sobre la política a seguir con respecto a Rusia es justamente la demostración de debilidad preferida por Moscú. El escenario no es menos incierto para los socios asiáticos de Washington, con la ventaja de que al menos éstos pueden actuar con mayor margen de maniobra individual. La reunión de Trump con Kim Jong-un en Singapur el pasado 12 de junio ya fue demostración del fin de una era. Se avance o no la desnuclearización de la península coreana, se extiende la percepción de que los compromisos de seguridad de Estados Unidos en la región han dejado de tener la solidez de décadas anteriores: un reajuste de los cálculos estratégicos resulta inevitable. La intuición de que todos estos movimientos forman parte de un mismo proceso—que Washington ha puesto en marcha sin preocuparse por sus consecuencias—explica que las capitales asiáticas seguirán lo que ocurra en Bruselas y Helsinki como si sus intereses más directos estuvieran también en juego.

INTERREGNUM: Pakistán como problema. Fernando Delage

Suele decirse que todos los Estados tienen fuerzas armadas, salvo Pakistán, donde es el ejército quien tiene un Estado. La vuelta, hace unos años, a la normalidad electoral e institucional no ha quebrado del todo este axioma. Los militares continúan al mando de la estrategia exterior: controlan el arsenal nuclear, mantienen viva la hostilidad hacia India, y—cuestión inseparable de la anterior—obstaculizan una solución en Afganistán.

“Nada cambiará al menos que lleguemos a un pacto con Pakistán—o paremos a Pakistán”. “Pakistán sabe lo que quiere. Nosotros no. No tenemos ni una estrategia hacia Pakistán, ni una estrategia de reconciliación [de los afganos]. Sólo tenemos palabras y burocracia”]. La primera frase, es del presidente Karzai; la segunda, de la secretaria de Estado Hillary Clinton. Estas dos esclarecedoras reflexiones resumen, en su brevedad, qué ha fallado en Afganistán. Pero el lector encontrará una explicación más extensa y detallada en el libro que los cita: “Directorate S: The C.I.A. and America’s Secret Wars in Afghanistan and Pakistan” (Penguin Press, 2018). Su autor, Steve Coll, escritor del New Yorker, decano de la escuela de periodismo de la universidad de Columbia, y ganador del Pulitzer por otro trabajo anterior sobre el origen de Al Qaeda y el 11-S (“Ghost Wars”, 2004), ha dedicado 10 años y centenares de entrevistas para contar una historia que, más allá de un conflicto concreto, describe importantes claves de la actual inestabilidad internacional.

Afganistán ha demostrado, entre otras cosas, los límites del poder de Estados Unidos. Es una historia del desinterés de Washington por el desarrollo económico y la seguridad interna de Afganistán tras la derrota de los talibán: la atención y los recursos se concentraron en Irak, con los resultados bien conocidos. Es una historia de cómo la CIA, el Pentágono y la OTAN, y sus alianzas con los señores de la guerra en el país, están en el origen de buena parte de la corrupción afgana (así lo reconoce en el libro el exsecretario de Defensa Robert Gates). Es una historia de rivalidad entre distintas agencias de la administración norteamericana, cada una de las cuales ha perseguido su propia agenda, con la tolerancia de la Casa Blanca y la marginación del departamento de Estado, aun sabiéndose que no podía haber solución militar a un conflicto político.

Pero Afganistán es, sobre todo, la historia de un fracaso estratégico derivado de la misteriosa incapacidad de Estados Unidos para detener la interferencia de la inteligencia militar paquistaní, Inter-Services Intelligence (ISI). ¿Por qué dos administraciones dirigidas por presidentes de distintos partidos permitieron el apoyo de ISI a los talibán aunque de manera directa atentaban contra los intereses de Estados Unidos? Las maniobras de la agencia, en particular a través de su división de operaciones especiales (la Dirección S que da título al libro), quedan expuestas de manera tanto magistral como inquietante.

Coll retrata con especial perspicacia a decenas de personajes cruciales en el conflicto—líderes políticos, diplomáticos y militares—e identifica los elementos esenciales para entender la tortuosa relación entre Estados Unidos y Pakistán. Es también un demoledor análisis de la autoconfianza que produce contar con el mayor poder militar del planeta, y de la inercia burocrática. Trump quiere aumentar el primero y corregir la segunda; pero también pretende diezmar del todo los recursos diplomáticos. Este libro, sobre la guerra en que más tiempo ha estado involucrado Estados Unidos en toda su historia, explica como pocos lo erróneo de su planteamiento.

Macron, Merkel, dos nombramientos y mucho teléfono. Nieves C. Pérez Rodríguez

Cuantiosas sonrisas, muchos abrazos, numerosos gestos de complicidad, incluidos intercambios de besos —algo que no se estila en la cultura estadounidense, en general, pero sobre todo inusual entre hombres— así como un despliegue de glamour, fueron los detalles formales más sobresalientes de la visita de Enmanuel Macron y su mujer a Washington. Trump no escatimó halagos, así como Melania Trump no ahorró detalles para dejar una imagen impecable de la visita, con cenas exquisitas que rompen con la tradición extendida en la Casa Blanca de sencillez y austeridad, más típica de la auténtica cultura estadounidense. Una suntuosa ceremonia de bienvenida, al más al puro estilo europeo, hicieron brillar a Macron con esplendor en la capital de Estados Unidos.

Faysal Itani, experto del Atlantic Council analizó la visita y remarcó la buena relación entre ambos líderes como un elemento clave. El hecho de que Trump sienta gran empatía y admiración por Macron podría resultar en un mayor compromiso de Washington en Medio Oriente, contra lo que la Administración Trump parece estar planeando. Macron podría conseguir que Estados Unidos se comprometa a mantener una presencia militar a largo plazo en la Siria post ISIS para evitar que Irán llene el vacío. Sin embargo, no hay que perder de vista que Mike Pompeo (nuevo Secretario de Estado, recientemente ratificado por el Congreso) y John Bolton (consejero en Seguridad Nacional) son beligerantes contra esa idea. No obstante, hay analistas que piensan que el pragmatismo de Pompeo le hará ver lo estratégico que es para Estados Unidos mantener su presencia en esa región.

Por su parte, Margaret Brennan, corresponsal para CBS News en una tertulia la semana pasada, que tuvo lugar en el Centro Estratégico de Estudios Internacionales, planteaba que para tener más claridad sobre la línea internacional que seguirá Pompeo, hay que esperar a que nombre a su equipo. Una vez que sepamos los nombres podremos hacer una mejor predicción del rumbo que realmente tomará la política exterior estadounidense, sobre todo en el Medio Oriente.

En este foro también se planteó la importancia de que se respete el acuerdo con Irán, sin descartar que podría hacerse ajustes, tal y como apuntó Macron, para dar una imagen de confianza a Corea del Norte, y que los grandes encuentros históricos que están teniendo lugar, como fue el del presidente Moon —Corea del Sur— y Kim Jon-un —líder de Corea del Norte—, y el que se llevará a cabo pronto entre esté último y Trump, lleguen a dar frutos, basados en la confianza y el respeto de lo que allí se acuerde.

La Canciller alemana, Angela Merkel, también pasó brevemente por la Casa Blanca, y, según Christoph Von Marschall, miembro del “German Marshall Fund of the United States”, este encuentro fue mucho mejor que el anterior entre ambos dirigentes. Ella no es una persona con la se puede tener una relación kinestésica, pero el lenguaje corporal de ambos fue más amigable, afirmó.  A pesar de que no existe empatía entre ellos, al menos esta vez Trump actuó más como un jefe de Estado, defendió sus puntos, entre los cuales remarcó que los países europeos deben pagar más por la OTAN e insistió en la  disparidad comercial “desleal” entre Estados Unidos y Alemania, dando una cifra de 50 millones de dólares de déficit en componentes de automóviles, a la que Merkel replicó diplomáticamente que las marcas alemanas también producen vehículos en los Estados Unidos, que son exportados a otras partes, y que ello contribuye a crear empleo doméstico. Al menos, Trump le elogió su apoyo y presión a Corea del Norte para sentarse en la mesa de negociación sobre el desmantelamiento nuclear.

El gran ganador de Washington la pasada semana fue sin lugar a dudas Macron, quién reforzó su imagen de líder internacional que traspasa las fronteras europeas, capaz de fascinar hasta a uno de los líderes más controvertidos del momento, como es Trump. Incluso se presentó en el Congreso estadounidense con un discurso que responde a los deseos de la mitad de los ciudadanos de este país, sobre la necesidad de un mayor compromiso internacional y de la importancia de mantener el liderazgo en el mundo hasta en el área ambiental, refiriéndose a la abrupta salida de Trump del Acuerdo de París.  En contraste con la visita de la Canciller alemana en la que la frialdad y cero empatías no se disimularon ni siquiera durante la rueda de prensa que tuvo lugar en la Casa Blanca.

Todo esto mientras Trump libera una batalla doméstica para que le aprueben su secretario de Estado (que consiguió) y el de los Veteranos, que abrió otro debate paralelo sobre el alto precio que están pagando muchos de los personajes que han trabajo para él o que activamente siguen estando en su círculo.

En Washington se cerró la compleja semana con llamadas telefónicas del presidente surcoreano Moon a Trump, dando el parte del encuentro que tuvo lugar en la península coreana, mientras se concretó el lugar y el día del encuentro entre Kim y Trump (de acuerdo a un tweet del propio Trump inexplícito), y otra llamada de Trump al primer ministro japonés, en el que le informó sobre dichos avances.

Esperemos que todos éstos avances continúen inspirados genuinamente en la paz y el bienestar de los implicados y no en un juego político del líder norcoreano para ganar tiempo y que se le disminuyan las duras sanciones. (Foto: Flickr, Leo Reynolds)

Putin saca el pabellón

Rusia ha anunciado oficialmente, hace unos días, el despliegue de su más moderno sistema antimisiles y de intercepción de aviones y drones, el S-400, en Vladivostok, en el extremo oriental del país y a sólo 130 kilómetros de la frontera con Corea del Norte. El regimiento de defensa aérea 1533, que opera en la ciudad sobre la costa del Mar del Japón, estaba previamente armado con los S-300, pero este año su equipo fue actualizado.

El paso dado por Moscú no es casual ni inocente. Rusia está actuando en muchos frentes a la vez en su estrategia de posicionarse otra vez como segunda potencia mundial y tiene en Oriente Próximo y Europa sus principales escenarios estratégicos. En el primer caso, Putin está triunfando consolidando a sus aliados, aumentado su presencia política y militar y apareciendo como “pacificador” de referencia, sobre todo ante la cadena de errores y ausencias de Estados Unidos.

El segundo escenario es más complicado para Moscú. A pesar de su victoria en Crimea y su permanencia militar en el este de Ucrania, no ha alcanzado sus objetivos de conseguir que la OTAN de pasos atrás en sus propósitos de integrar a ex aliados de la Unión Soviética. Y la presión rusa, de momento indirecta, sobre las repúblicas bálticas ha sido respondida con un despliegue militar disuasorio de los aliados occidentales.

¿Y en el Pacífico? El gran protagonista del escenario es China, que lleva años desarrollando una estrategia de reforzar su presencia en todos los terrenos. No es una presencia eludible ni desplazable y Estados Unidos parece haber renunciado a intentarlo. Rusia, de perfil, ha venido reforzando sus lazos con China, pero no puede quedar definitivamente fuera de juego en la zona. Eso explica el doble juego de Putin de proponer conversaciones y desplegar un sistema antimisiles mientras critica las provocaciones de Trump por hacer exactamente lo mismo.