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¿Es China el nuevo Japón? Ojalá. Miguel Ors Villarejo

Cada vez que se forma una burbuja inmobiliaria en algún lugar del planeta, surge la misma pregunta: “¿Estaremos ante un nuevo Japón?” Nos ha pasado a nosotros no hace tanto. “Los paralelismos entre la situación española a partir de 2008 y la japonesa a partir de 1990 son evidentes”, escribía Albert Esteves en 2012. Y hemos perdido efectivamente una década: nuestro PIB solo va a recuperar este año el nivel de 2007. Pero mientras Japón no ha vuelto a conocer los vigorosos ritmos de crecimiento de la posguerra, nosotros llevamos 10 trimestres encadenando incrementos del 0,7% o superiores (lo que equivale a tasas anuales del 3%). Eso no significa que estemos libres de toda contingencia, pero sí al menos de la del estancamiento.

Otro notorio candidato al título de Nuevo Japón del Año es China. El Financial Times escribe que “su deuda total ha superado el 250% del PIB y continúa subiendo, mientras los funcionarios intentan contener los estratosféricos precios inmobiliarios y el Gobierno gestiona las secuelas del colapso bursátil de 2015”.

Por si no fuera suficiente parecido, hace un par de años el magnate Liu Yiqian compró un Modigliani por la desorbitada cifra de 170 millones de dólares, evocando los igualmente disparatados 40 millones que en 1987 pagó una aseguradora de Tokio por Los girasoles de Van Gogh. Aquel hito se considera hoy el cénit de los excesos nipones. A partir de entonces todo fue cuesta abajo. ¿Anuncia el Desnudo acostado una inflexión similar?

El propio Financial Times señala que “hay extremos en los que la comparación falla”. Para empezar, mientras Japón asistió impotente a la revalorización del yen, China no duda en calentarle de vez en cuando los nudillos a quienes especulan con su moneda, “y esto no es probable que vaya a cambiar”.

Además, dos tercios de la deuda de la República Popular están en manos de compañías y entidades públicas, lo que proporciona al Gobierno un amplio margen de maniobra a la hora de renegociar aplazamientos y quitas.

Pekín también ha aprendido de la experiencia ajena y, a diferencia de Tokio, ha iniciado una maniobra para pasar de un modelo orientado hacia las exportaciones a otro más sostenible basado en el consumo (aunque hay que señalar que sin el menor atisbo de éxito por el momento).

La diferencia clave es, no obstante, que la enfermedad japonesa no ha sido tanto económica como demográfica. Si la población hubiera mantenido la tendencia previa a la crisis, no habría habido estancamiento. El problema es que, como cada vez son menos, la suma de lo que venden (o sea, su PIB) no varía. Pero a lo largo de los años 90 la productividad no dejó de mejorar y, con ella, la renta per cápita.

La parálisis nipona ha sido, en buena medida, una ilusión estadística. Aunque la economía en su conjunto dejó de expandirse, los japoneses siguieron experimentando una saludable sensación de progreso.

Ojalá les pase lo mismo a los chinos.

Bill Gates es mucho más rico que yo. ¿Y qué?

Según el historiador Yuval Noah Harari, lo que acabó con los neandertales fue la falta de imaginación. No sabían inventar esos relatos políticos (la república de Platón, la isla de Utopía, la sociedad comunista, el imperio hacia Dios) que movilizan a millones de sapiens en una única y avasalladora marcha. “En una pelea cuerpo a cuerpo”, dice en De animales a dioses, “los neandertales probablemente [nos] hubieran vencido”, pero “en un conflicto de cientos de sujetos […] no tuvieron la menor posibilidad”, porque sin el don de “componer ficción” eran “incapaces de cooperar en grandes cantidades”.

La fabulación nos ha conferido un poder inmenso como especie, pero como individuos nos hace vulnerables a narradores hábiles como Wolfgang Streeck (1946, Lengerich). Este sociólogo alemán era un desconocido profesor de la Universidad de Colonia hasta que, a raíz de la recesión, empezó a colaborar con la New Left Review (Revista de la Nueva Izquierda). Ahora sus artículos se han recogido en un best seller con el agorero título de How Will Capitalism End (Cómo desaparecerá el capitalismo).

Su tesis es sencilla. El sistema, que “lleva en trayectoria de crisis desde los 70”, alcanzó en 2008 su Fase IV o terminal. Cuando esta se agote, empezará “un interregno” en el que “sujetos despojados de toda seguridad colectiva y abandonados a sus medios” se limitarán a “colaboraciones puntuales guiadas por el miedo, la codicia y un elemental interés en la propia supervivencia”. O sea, el apocalipsis zombi (o el estado hobbesiano de naturaleza, como se decía antes). Abuelo, ¿cómo hemos consentido esto?

Todo ha sido culpa del capital, claro, que en un momento dado decidió rebelarse contra el keynesianismo. En la Arcadia alegre y confiada de la posguerra la economía crecía vigorosamente, pero también la influencia de los trabajadores era considerable y accedían a una importante porción de la renta. Las élites estaban hartas y, astutamente, desactivaron la democracia mediante la globalización, que traslada el centro de decisión a organizaciones opacas como el FMI o la troika comunitaria, cuyos criterios falsamente técnicos se imponen luego al pueblo soberano. “Ahora los Estados están situados dentro de los mercados”, dice Streeck, “en vez de los mercados dentro de los Estados”.

El resultado de esta contrarrevolución neoliberal ha sido el estancamiento, el endeudamiento y la desigualdad, tres plagas estrechamente vinculadas. La ausencia de crecimiento impide atajar la deuda acumulada y, como esta ha adquirido “magnitudes sin precedentes”, bloquea cualquier intento de restaurar la actividad y el empleo. El paro devasta Occidente y únicamente se ha logrado atajar troceando como una longaniza el trabajo disponible en rebanadas cada vez más finas.

El relato de Streeck posee una sólida consistencia interna, organiza el caos en buenos y malos y encaja en la impresión ampliamente compartida de que está todo fatal: los refugiados se ahogan intentando ganar las costas europeas, los aviones sirios gasean a civiles indefensos, los terroristas suicidas revientan iglesias, cerca de 800 millones de personas sobreviven con menos de dos dólares diarios…

Su único defecto es que no resiste el contraste con la evidencia. Por desolador que sea el panorama que nos traslada el telediario del mediodía, la humanidad nunca había estado mejor. El progreso ha sido especialmente notable en las últimas cuatro décadas, justo el tiempo que llevamos “en trayectoria de crisis”. En 1975 un 13% de los niños no llegaba a cumplir los cinco años; hoy muere un 4%. Desde 1980, el porcentaje de la población que vive con menos de 1,9 dólares al día ha caído del 44% al 10% y el analfabetismo, del 44% al 15%.

En cuanto a las plagas de Streeck, hablar de estancamiento es miope, cuando no deshonesto. A mediados de los 70, el PIB mundial ascendía a 5,8 billones de dólares y hoy supera los 74 billones. Como revelan las estadísticas del Centro para el Desarrollo y el Crecimiento de Groningen, cada año generamos dos billones de dólares de riqueza adicional, que es la misma cantidad que la humanidad había logrado acumular en 1900, después de casi cinco milenios de historia.

Tampoco la deuda se encuentra en niveles “sin precedentes”. Fueron superiores tras la Segunda Guerra Mundial y es, en cualquier caso, un disparate atribuir el paro a la ausencia de estímulos. Estos pueden contrarrestar una caída cíclica del empleo, pero su creación sostenida no depende de la iniciativa pública, sino de la privada. Allí donde se deja que los mercados funcionen, hay pleno empleo.

¿Y no es este de peor calidad? En Estados Unidos es habitual oír que los salarios llevan décadas sin subir y que los jóvenes vivirán peor que sus padres, pero “cuando pasas tiempo trabajando con alumnos de instituto te das cuenta de que en los barrios más modestos la mayoría tiene móvil, televisión de pago e internet de banda ancha”, observa Bruce Sacerdote en “Fifty Years of Growth in American Consumption, Income, and Wages” (Cincuenta años de crecimiento del consumo, los ingresos y los salarios en Estados Unidos). Esta constatación impresionista se confirma cuando se acude a las encuestas de presupuestos familiares. Sacerdote calcula que el aumento del gasto en los hogares cuya renta es inferior a la mediana fue del 164% entre 1960 y 2015.

¿Cómo es posible semejante incremento con unos ingresos congelados? Porque, en realidad, nunca estuvieron congelados. Cuando se deflactan correctamente las series salariales, arrojan un alza anual del 0,5% desde 1975. Sacerdote reconoce que el dato es inferior al 1,18% registrado en la década precedente, pero “sustancialmente mejor que cero”.

Finalmente, la desigualdad ha empeorado en algunos países, pero no porque la oligarquía rapiñe rentas ajenas. Esto podía suceder en el estático universo precapitalista, pero en las dinámicas economías de la Fase IV el PIB aumenta constantemente y los ricos pueden volverse más ricos sin que ello exija que los pobres se hagan más pobres. En el mismo artículo en que Tyler Cowen, un catedrático de la Universidad George Mason, se muestra abiertamente crítico con los obscenos bonos que se reparten en Wall Street, considera indiscutible que todos los estadounidenses han experimentado en el último siglo mejoras sustanciales. “Bill Gates es mucho más rico, pero […] yo disfruto como él de penicilina, viajes aéreos, comida barata, internet y prácticamente cualquier avance técnico. […] En materia de sanidad jugamos en la misma liga. No poseo un avión privado ni paso vacaciones en complejos de lujo. Les confesaré también que mi casa es más pequeña que la suya y no puedo reunirme con las élites del planeta cuando me apetece. Pero, en términos históricos, lo que Gates y yo tenemos en común es mucho más relevante que lo que nos separa”.