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¿Es cierto que China erradicó la pobreza? Nieves C. Pérez Rodríguez

No todo lo que brilla es oro, así como no todo lo que se dice siempre es literalmente cierto. El año pasado, Xi Jinping anunciaba el fin de la pobreza en China como la proeza del Partido comunista chino. Y, aunque es verdad que China ha crecido espectacularmente y que ha disminuido su pobreza, no es cierto que la haya podido erradicar del todo.

El gobierno chino considera de pobreza extrema a las familias que viven con un ingreso inferior a los 2,30 dólares diarios y afirma haber sacado a 800 millones de personas de esa situación con un plan de reformas económicas lanzado en 1970. Tan sólo entre 2012 al 2020 China invirtió 246 mil millones de dólares en la lucha contra la pobreza en distintos planes, de acuerdo con cifras oficiales.

Para ello, el gobierno chino movilizó unos 10 millones de ciudadanos de zonas remotas a ciudades improvisadas que fueron planificadas con la visión de ubicarlas cerca de fábricas manufactureras que a su vez pudieran emplear a gran parte de esa población.

NPR, la radio pública en los Estados Unidos, hizo un reportaje sobre la veracidad de la erradicación de la pobreza china y Emily Feng, su corresponsal en Beijing, visitó el distrito de Bijie en la provincia de Guizhou, una de las que fueran las zonas más pobres en el país, donde el Partido Comunista chino fabricó una ciudad que levantó de la nada entre montañas.

Unos 32.000 residentes de áreas rurales y remotas de esta provincia, que básicamente sobrevivían del auto sustento, fueron movilizados a Qinxingguan en 2018. La comunidad de Qinxingguan fue diseñada para parecer “un paraíso socialista”, filas de docenas de bloques de edificios idénticos en los que se pueden leer slogans de agradecimiento al PC chino por dar alojamiento gratuito a personas de aldeas remotas situadas en el medio de las montañas, de acuerdo a palabras de Feng.

Algunos de los residentes entrevistados muestran su descontento con el plan que describen: “oficiales del gobierno prometieron darnos un subsidio mensual de 45 dólares, servicios gratis (luz, agua), viviendas gratis y acceso a trabajos que vendrían de fábricas de ropa que se instalarían en los aledaños de la comunidad con el propósito de crear fuentes de empleo. Pero que esos empleos nunca llegaron. Además, explican que ahora se encuentran en una especie de limbo en el que están atrapado sin trabajo, y aunque quisieran regresar a sus aldeas, éstas ya no existen y donde están ahora todo cuesta dinero obtenerlo, comparando con la vida sostenible que tenían antes.

La transformación de la montañosa Guizhou era una gran prioridad para el PC chino puesto que era la provincia consistentemente más pobre por ingreso per cápita y,  según el reportaje, se han intentado distintos programas de desarrollo económico de la provincia sin mucho éxito, como construcción de granjas, producción de licor de arroz hasta el aumento de los salarios de los residentes de esa provincia.

Feng explica que una gran cantidad de ciudadanos chinos han sido beneficiarios de un enorme proyecto de ingeniería social diseñado para atacar la pobreza rural de larga duración. Desde el 2015, explica, los gobiernos locales han construido más de un millón de kilómetros de carreteras que conectan comunidades que antes estaban totalmente aisladas para convertirlos en centros económicos prósperos.

El gobierno chino expandió su sistema de bienestar para dar pagos directos en efectivo a los jubilados rurales y aquellos que vivían por debajo del umbral de la pobreza con el propósito de impulsar el ingreso medio del país y por tanto maquillar una realidad.

Es realmente extraordinario el salto que ha dado China en tan pocas décadas: conseguir levantar el país más poblado del planeta y convertirse en la segunda economía del mundo y con ello sacar de la pobreza extrema a casi toda su población es sin lugar a duda una asombrosa hazaña. Pero el cómo se ha hecho no suele conllevar tanto escrutinio, el costo emocional de forzar a los ciudadanos a cambiar el estilo de vida que han conocido como sucedió a los habitantes de Qinxingguan no es ni tan siquiera cuestionado por el PC chino, puesto que ese es el medio de conseguir su objetivo.

China tendrá el segundo PIB más grande del planeta, pero sus ciudadanos no poseen libertad ni para decidir si prefieren vivir en su pequeña aldea o mudarse a los centros urbanos creados para tal fin. La meritocracia está intrínsicamente relacionada con la fidelidad que cada ciudadano muestre hacia el partido y su líder supremo. El libre albedrio en China no es individual como tenemos el gran lujo los ciudadanos de países occidentales de disfrutar, sino que es absolutamente ideológico y lo dicta el partido de acuerdo a sus intereses circunstanciales.

¿El fin de la pobreza en China? Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz

El pasado mes de noviembre China anunció, de manera oficial, que había conseguido erradicar la pobreza extrema en todo su territorio, una meta inimaginable hace unas décadas. Tras la guerra civil, Mao Zedong se encontró con un país completamente agrícola, con racionamientos y con una tasa de alfabetización de apenas el 20%. El Gran Salto Adelante y La Revolución Cultural no hicieron más que mermar la economía y la población de China.

En 1978 llegó Deng Xiaoping, se encontró con una China que nada tenía que ver con hegemónica China de los siglos pasados. Su PIB era casi 10 veces inferior al de su vecino Japón, el PIB per cápita era 56 veces inferior, y estaba a años luz de la Unión Europea. La agricultura estaba colectivizada, la producción de grano, arroz o algodón controladas, más del 70% de las empresas eran estatales y la gran mayoría de su población estaba en condiciones de pobreza y era analfabeta.

La china hegemónica que una vez fue potencia mundial durante siglos no podía permitirse una situación así, China debía recuperar el liderazgo mundial perdido en la primera mitad del S-XIX, por lo que su dirigente, Deng Xiaoping, propuso reformar la economía planificada de Mao y transformarla en una economía socialista de mercado. La liberalización económica, la descolectivización de la agricultura eliminando las comunas agrícolas, la creación de Zonas Económicas Especiales, la inversión privada o las exportaciones fueron el motor de la economía. Estas reformas han llevado al gigante asiático a crecer a ritmos del 10% durante las últimas décadas y, a formar parte de la Organización Mundial de Comercio (OMC) el 11 diciembre de 2001.   

El PIB chino se ha multiplicado exponencialmente desde los 149.000 millones de dólares en el año 1978 hasta los casi 13 Billones en el año 2018; su PIB per cápita ha pasado de 150 dólares en 1978 a casi 10.000 USD en 2018 y su peso en la economía mundial ha pasado del 2% en 1990 a casi el 20% a día de hoy;  y además, el PCCh ha logrado sacar de la pobreza a casi 800 millones de personas. Unas reformas que han dado un desarrollo sin igual, pero que provocaron inflación y desigualdad, lo que llevó la Masacre de Tiananmén en el año 1989.

China ha conseguido erradicar la pobreza extrema, es decir, todos sus habitantes tienen unos ingresos que están por encima del umbral establecido por la ONU: 1,90 usd/día. Obviamente, un dato muy positivo y esperanzador para el mundo entero, pero en China aún existe la pobreza y la desigualdad. A pesar de ser la segunda economía del planeta, la calidad de vida está a la altura de países mucho menos desarrollados como Mexico, Bulgaria o incluso el Líbano, y muy lejos de países como Luxemburgo, Suiza o Noruega.

El índice de Desarrollo Humano (IDH) mide el desarrollo económico del país, la salud, la educación y los ingresos. China se encuentra en el puesto 85 de 189 países, lejos de países como Noruega (1º), Irlanda (2º) o su región Autónoma, Hong-Kong (4º).

A pesar de haber erradicado la pobreza extrema, la desigualdad medida por índice de GINI se encuentra en 0,46 puntos, una reducción de tres centésimas en la última década, es decir, el 10% de los más ricos en China posee el 30% de la riqueza del país y el 1% de los más ricos del país poseen el 14% de toda la riqueza nacional.

Si consideramos el siguiente nivel establecido por UNPD con el umbral de pobreza en 3,2 usd/día, en el año 2019 habría un 5,2% de la población en este umbral, es decir, casi 750 millones de personas viven en China con menos de 3,2 dólares al día. Si vamos más allá y establecemos el valor en 5,5 usd/día casi el 30% de la población es pobre en China.

Es cierto que esta liberalización económica promovida por las reformas de Deng han dado a China el impulso que necesitaba para ocupar su lugar en el mundo, no solo económico, sino también tecnológico y comercial con el 5G o la Ruta de la Seda, pero a pesar de estos avances, el desarrollo social acorde a su desarrollo económico es una tarea pendiente para el Partido Comunista. Hasta ahora, más de 700 millones de chinos han salido de la pobreza extrema y su clase media se espera que supere los 500 millones de personas en esta década.

China ha conseguido, 10 años antes de lo establecido, cumplir con uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) elaborado por las Naciones Unidas, pero aún tiene pendientes los restantes 16 objetivos para el año 2030: Hambre cero, Educación de calidad, reducción de desigualdades etc.

Los esfuerzos de China han dado sus frutos y han conseguido eliminar la pobreza extrema en su territorio, pero la pobreza, el hambre o desigualdad aún existe en las regiones más pobres del país. Queda pendiente saber si las las inversiones en energía limpia, saneamiento de aguas, reducción de contaminación o la mejora de calidad de sus ciudadanos llegaran a tiempo para cumplir la Agenda 2030 establecida por la Organización de las Naciones Unidas.

Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

El último (e igualmente fallido) intento de ingeniería social. Miguel Ors Villarejo

El currículo de Jeffrey Sachs asusta. A los 13 años estudiaba las matemáticas que se imparten en las facultades de exactas, sacó una puntuación casi perfecta en las pruebas de acceso a la universidad y se graduó summa cum laude en Harvard, donde era profesor titular antes de la treintena. Su fama no tardó en traspasar fronteras y en 1985 el Gobierno de Bolivia lo contrató para que le ayudara a meter en cintura una inflación del 15.000%. Triunfó como Cagancho en Las Ventas y Polonia le cedió a continuación las riendas de su economía para que pilotara la reconversión al capitalismo. Salió a hombros nuevamente, pero su siguiente faena no sería tan lucida.

Boris Yeltsin quería desmantelar el aparato soviético y Sachs lo convenció para que acometiera “las reformas de una vez”, me contaba Xavier Sala i Martín en 2005, “que los ríos hay que cruzarlos de un salto, porque si vas de piedra en piedra te caes”. El resultado fue catastrófico. En 1991 el PIB ruso se desplomó un 15%, un hundimiento superior al de Estados Unidos en 1932, el peor año de la Gran Depresión. En las calles de Moscú la gente se murió aquel invierno de frío y hambre, un espectáculo insólito en Europa desde la posguerra.

En una conferencia de 1999 sobre la transición rusa, el entonces economista jefe del Banco Mundial Joseph Stiglitz declaró que “los autores del programa argumentaron que la medicina era la adecuada, pero que el paciente no siguió las instrucciones”. Stiglitz no citaba en ella a Sachs, pero la explicación cuadra con la soberbia del personaje. A Sachs le cuesta encajar críticas. Nadie puede negarle ni la buena intención ni el valor. “Admiro a Sachs profundamente por cómo se ha jugado su reputación y sus ideas”, escribe Bill Gates. “Al fin y al cabo, podría llevar una existencia confortable dando dos clases al semestre y dispensando consejos en las revistas académicas desde su sillón de orejas. Pero no es su estilo. Le gusta arremangarse. Poner a prueba sus teorías”.

Gates es uno de los varios millonarios a los que Sachs solicitó fondos para el último gran experimento de ingeniería social: el Proyecto Aldeas del Milenio (PAM). El propósito de este programa era borrar la miseria de la faz de la tierra, algo que Sachs considera que puede lograrse fácilmente. Occidente ha fracasado hasta ahora porque ha adoptado estrategias parciales, cuando el problema requiere una ofensiva general. En el caso concreto de África, sostiene, la pobreza extrema hace que las tasas de ahorro sean bajas, lo que a su vez determina unos bajos crecimientos. Esta debilidad no puede contrarrestarse con flujos de capital extranjero, porque las malas infraestructuras y la escasa formación de la mano de obra desincentivan la inversión. El resultado es un círculo vicioso que únicamente puede romperse concentrando las ayudas dispersas que hoy facilitan ONG y Gobiernos en un “gran empujón” que ataque simultáneamente todos los frentes: salud, educación, emprendimiento, igualdad de género, medio ambiente, agua, energía…

“Estos argumentos tienen cierta plausibilidad”, escribe el Nobel Angus Deaton en The Lancet, “pero no son respaldados por la mayoría de los economistas”, porque su eficacia práctica a la hora de promover el desarrollo no ha sido precisamente brillante.

“Llevamos 50 años dando ayuda”, dice Sala i Martín, “y ha sido un fracaso espectacular”. Y añade: “No conozco ningún país que haya salido de la pobreza gracias a la tasa Tobin, al 0,7% […]. Todos lo han conseguido a base de crecimiento”.

“Las naciones que hoy son ricas escaparon de la pobreza sin ningún empujón”, coincide Deaton y, refiriéndose a alguno de los frentes de los que habla Sachs, apunta: “Uno podría preguntar igualmente qué papel desempeñó la igualdad de género en la Revolución industrial o en la reciente erradicación de la miseria […] en India y China, que ha sido de las más espectaculares de la historia de la humanidad”.

Pero ya decimos que a Sachs le cuesta encajar críticas. Lo que no le falta es talento para venderse y, aunque no a Gates, sí persuadió a donantes como George Soros para que financiaran la puesta en práctica de sus teorías. En junio de 2006, el PAM se ponía en marcha en una decena de aldeas subsaharianas. La idea era rociarlas con un poderoso chorro de recursos y poner en marcha una dinámica de crecimiento que, al cabo de cinco años, podría sustentarse por sí sola, como pasa en Occidente.

¿Cuál ha sido el balance? Fascinada por el experimento, la periodista Nina Munk se convirtió en la sombra de Sachs durante seis años. Sus andanzas están resumidas en The Idealist. Munk vivió en Dertu (Uganda) y Ruhiira (Uganda), compartiendo con sus habitantes la ilusión inicial. “A medida que el dinero llegaba”, escribe Howard W. French, “cosas apasionantes empezaron a ocurrir en este poco prometedor lugar [Dertu], donde todo el agua sale de un pozo y el 80% de la población es analfabeta. Los techos de uralita, signo inconfundible de la prosperidad emergente, proliferaron; el dispensario médico se equipó y dotó de personal”. El plan original era respetar el nomadismo de la población autóctona, pero la afluencia de comida y servicios alteró los incentivos y los dertuenses optaron por hacerse sedentarios. “Lo que había sido un oasis con una charca para los camellos se convirtió en una pujante concentración de chabolas, con las calles alfombradas de basura. El mercado para el ganado nunca arrancó. La bomba de agua se averió. La gente empezó a pelearse por los bienes distribuidos. Se produjo una sequía, seguida de inundaciones. Brotaron epidemias”.

“Dertu”, cuenta por su parte Deaton, “sufrió el destino del pequeño pueblo al que visita un circo ambulante: de repente, se vio desbordado por una excitante actividad temporal, que incluía prostitutas y canallas que se peleaban por los despojos y vivían entre escombros. Hacia el final del libro [The Idealist], Dertu acaba aislada, sumida en la sequía, la guerra y el terrorismo”.

Estos problemas no afligieron solo a Dertu. En Ruhiira, Sachs decidió que había que plantar maíz, un alimento más eficiente que el plátano que habían cultivado hasta entonces. Por desgracia, ni había silos para almacenarlo ni mercado donde venderlo, así que el grano sirvió para que las ratas se dieran un formidable festín.

Aunque el programa debía alcanzar el punto de autosustentación a los cinco años, Sachs debió prorrogarlo otros cinco. Esta vez no le fue tan fácil captar fondos, así que recurrió a los préstamos y obligó a muchos habitantes de Ruhiira a endeudarse para dar el salto de la agricultura de subsistencia a la comercial. Era una apuesta segura, les explicó, pero resultó que no y, “además de perder lo poco que tenían”, escribe Deaton, “perdieron también lo que no tenían”.

A medida que las brillantes previsiones de Sachs se torcían, la admiración de Munk fue trocándose en desprecio, especialmente después de ver su reacción. Cualquier error era siempre culpa de los africanos, como antes lo había sido de los rusos, pero en general no reconocía muchos. Igual que los funcionarios del Partido Comunista en la China de los años 50, se esforzó por maquillar la triste realidad. “Los economistas que trabajaban en los cuarteles generales del PAM en Nueva York estaban convencidos de que Dertu prosperaba mucho después de que hubiera empezado a hundirse”, cuenta French.

Sachs incluso ha tratado de impedir la edición de The Idealist, como Munk ha denunciado en Twitter. Se queja de que ofrece una visión demasiado negativa y que el experimento, con todas sus limitaciones, ha contribuido a mejorar la existencia de los lugareños, pero ni siquiera esto es cierto. La primera evaluación independiente concluía en 2010 que las aldeas atendidas habían registrado un avance no muy superior al del resto del continente. Ahora acaba de salir un segundo análisis que corrobora que “lo conseguido podría haberse alcanzado a un coste sustancialmente inferior” y que además “las ganancias obtenidas están empezando a desvanecerse”.

Como dice French, Sachs es el último representante de lo que el politólogo James C. Scott llama “la ideología del alto modernismo”: la convicción de que una sociedad no puede organizarse a partir de “la inteligencia práctica de sus miembros”, sino desde “el conocimiento de los expertos”. La historia enseña, sin embargo, que “ningún modelo administrativo es capaz de reconstruir una comunidad salvo mediante un heroico y muy esquematizado proceso de simplificación”.

El PAM, reflexiona Deaton, no comportó la coerción brutal que acompañó “los proyectos de desarrollo agrario de Stalin o Nyerere [en Tanzania], ni por supuesto el horror sanguinario del Gran Salto Delante de Mao. Por eso deberíamos felicitarnos. Ahora bien, es un escándalo que Sachs ponga la soberbia y las consecuencias las paguen los aldeanos”.

Discursos y trampas

Una de las acusaciones más frecuentes contra China es el maltrato a los trabajadores, la carencia de protección de estos respecto a los empresarios, la facilidad de despido el trabajo de menores y otras tantas cosas parecidas.

Es obvio que en este tipo de acusaciones se mezclan verdades, verdades a medias y falsedades notorias, y que están todas teñidas de una fuerte ideologización. Y se puede hacer al respecto un ejercicio interesante. Reunamos todo lo que se dice de la reforma laboral en España y situémonos en una posición de observación desde fuera, como si no tuviéramos datos propios. En este caso sería fácil caer en la tentación de pensar que en España hay trabajadores en régimen de esclavitud, sin derechos, sometidos a la imposición empresarial y en un escenario de despidos, no solos libres, sino arbitrarios. Y todo esto en falso.
De la misma manera es rotundamente falso que en China no exista una legislación laboral. Que ésta requiera un perfeccionamiento desde la arbitrariedad que suponía el maoismo anterior y que la haga compatible con el crecimiento y la creación de empresas parece evidente, pero subrayemos que en China sí existe un sistema de seguridad social, pero aún se encuentra en construcción. En la medida que las empresas eran públicas en su mayoría éstas ya proveían al trabajador de prestaciones sociales, pero con el cambio de modelo económico operado en China los últimos 20 años, el sistema anterior se ha empezado a tambalear; en consecuencia, poco a poco (sobre todo después de 2010) se está intentando desarrollar un sistema que asegure pensiones de jubilación, atención médica, subsidio de desempleo y subsidio en caso de maternidad, pero las coberturas aún no son ni mucho menos universales.
China ha iniciado un modelo de crecimiento que necesita crear mercado, estimular empresas y, sobre todo, hacerlas competitivas en los grandes mercados internacionales. Aumentar los costes de producción, exigir aumentos salariales generalizados al margen de la productividad real y pretender que se haga a golpe de decreto sería, como en España, abonarse a que haya, esta vez sí, despidos masivos, pobreza y una gran inestabilidad social que, en el caso chino, sería una amenaza de escala planetaria.
Esto no quiere decir que los chinos y su sistema sean los buenos de la película; pero el asunto es lo suficientemente complejo para que se hagan reflexiones sosegadas y pegadas a la realidad y no desde púlpitos confortables en universidades progresistas o despachos sindicales que defienden privilegios. La exigencia de derechos “occidentales” para algunas sociedades es, en el fondo, un argumento que apoyaría algún sector de la Administración Trump por lo que tiene de barrera para el libre mercado. Hay que establecer normas para dar seguridad jurídica y estabilidad a los mercados, pero éstas no deberían ser instrumentos para mantener la intervención, el dirigismo económico y las barreras a la libertad que perpetúan la pobreza.