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INTERRENGUM: ¿Xi pliega velas? Fernando Delage

El pasado 31 de mayo, el Politburó del Partido Comunista Chino, integrado por su máximos 25 dirigentes, celebró una inusual sesión de estudio sobre cómo reforzar “la capacidad de comunicación internacional” del país. En dicho encuentro, el secretario general, Xi Jinping, pidió a los cuadros de la organización un esfuerzo dirigido a “construir una imagen creíble, adorable y respetable de China”. “Debemos prestar atención a cómo emplear el tono correcto, ser abiertos, confiados y humildes”, añadió Xi, según la información proporcionada por Xinhua, la agencia oficial de noticias.

Sus palabras han provocado un considerable revuelo entre los observadores, dada la especial agresividad que ha caracterizado los mensajes de Pekín hacia otras naciones durante los últimos años (la conocida como “diplomacia del lobo guerrero”, en alusión a una popular película china). ¿Va el gobierno chino entonces a suavizar su aproximación hacia el exterior? Aunque las interpretaciones se inclinan hacia el escepticismo, habría que analizar las posibles motivaciones de este cambio de discurso.

Algunos expertos consideran que se trata de un mero ajuste en la estrategia de comunicación. Los excesos en la propaganda practicada hasta la fecha justificarían el final de su recorrido ante la proliferación de críticas en las redes sociales que subrayan las contradicciones entre la retórica oficial y los hechos concretos. No sería éste por tanto el camino para extender una imagen positiva de China en el mundo. Otras fuentes hacen hincapié en el tipo de medidas—advertencias, sanciones, prohibición de visados, etc—a través de las cuales Pekín ha reaccionado contra aquellos países que—en su opinión—han actuado en contra de sus “intereses fundamentales”. El resultado ha sido una situación de enfrentamiento que ha resultado contraproducente para sus objetivos. Su esperado acuerdo sobre inversiones con la Unión Europea, por ejemplo, ha sido rechazado por el Parlamento Europeo. El drástico empeoramiento de sus relaciones con Australia e India, entre otros, afecta igualmente a su imagen internacional, justamente cuando Estados Unidos cuenta con un presidente volcado en recuperar las relaciones con sus socios y aliados tras la perjudicial etapa de su antecesor.

La represión de los uigures en Xinjiang, la supresión de la autonomía de Hong Kong, la creciente presión sobre Taiwán, o la gestión de la pandemia no han multiplicado ciertamente los amigos de China. Un sondeo del Pew Research Center realizado el pasado mes de octubre en 14 países, reflejaba una visión mayoritariamente negativa de China, incluyendo en 9 de ellos las cifras más altas en décadas. Mientras, continúan los llamamientos a boicotear la participación de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 en Pekín, y a investigar el origen del Covid-19.

Resulta lógico pues que China intente moderar su actitud ante el rápido deterioro de su percepción internacional. Si el mundo no acepta su ascenso, Pekín no contará con el margen de maniobra que espera conseguir hacia mediados de siglo. Y ésta puede ser en último término la clave más relevante del anunciado giro diplomático. Más que por un problema de comunicación, los dirigentes chinos se han dejado llevar por un excesivo celo nacionalista que les hizo abandonar el anterior enfoque pragmático que les permitía, paso a paso, ir consolidando una nueva posición de influencia. Si se convierten en rehenes de una retórica beligerante, seguirán una deriva que les alejará de sus grandes planes estratégicos.

EEUU: el Departamento de Estado a la deriva. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La consultora Global Situation Room ha publicado un informe sobre El estado actual de la diplomacia estadounidense. El estudio se basó en encuestar a cincuenta exembajadores estadounidenses y altos ex consejeros de seguridad nacional de administraciones tanto republicanas como demócratas.

El informe comienza con la pregunta ¿Aprueban el trabajo que desempeña Mike Pompeo como secretario de Estado? Sólo el 14,29% respondió afirmativamente, frente a un 85,71% que aseguraron no aprobarlo. Y entre lo que más preocupa a los encuestados es la ausencia de una estrategia clara y definida a seguir junto con el gran número de puestos dentro del Departamento de Estado que han reemplazado a los profesionales de carrera con nuevo personal.

Asimismo, expresaron su preocupación frente al hecho de que el presidente tome decisiones de política exterior sin contar con la opinión profesional del Departamento de Estado o el Pentágono. Opinan que sobre lo que se decide no se toma en cuenta las consecuencias, así como el posible impacto que una decisión puede tener sobre los aliados.

Otra de las preguntas fue si el recorte de personal está teniendo un impacto en la seguridad nacional de los Estados Unidos. A lo que el 88% de los consultados creen que si hay un impacto directo en la seguridad nacional y el 12% no cree que sea así.  Y esa mayoría opina que, según los informes internos de las instituciones, los ataques que están teniendo lugar de manos de personal designado por Trump a funcionarios de carrera socavan la función de la institución y el estado de derecho.

En cuanto a cómo describiría la situación de seguridad de las embajadas y los consulados estadounidenses en los dos últimos años había tres opciones de respuestas. La primera, de mejoría, no fue apoyada por nadie. La segunda opción, de empeoramiento, obtuvo un 38,30% a favor, y el 61,70% optó por la tercera respuesta que es que se mantiene sin cambios.

¿Ha perdido Estados Unidos significativa influencia bajo el mando del presidente Trump? El 96% de los consultados se manifestaron de acuerdo en la pérdida de influencia del país bajo la Administración Trump, y tan sólo un 4% afirmó que no.

¿Los adversarios estadounidenses han crecido más y se han hecho más fuertes y más influyentes desde que Trump está en el poder? El 92% de los encuestados afirmaron que sí, mientras que sólo un 8% estuvo en desacuerdo. Asimismo fueron preguntados sobre que países se han beneficiado más de la Administración de Trump. Un 40% respondió que Arabia Saudí, un 30% que Israel, un 20% que Rusia, y el 10% restante se lo repartieron entre China,  Emiratos Árabes, Pakistán y Corea del Norte.

Otra pregunta fue ¿Dónde tendrá lugar la próxima crisis? En este caso el 32,65% considera que será China, seguido por Irán con el 28,57%. Y dejando a Venezuela en un tercer lugar con el 6,12%.

Este informe se llevó a cabo a casi un año de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, por lo que aprovecharon para preguntar a los encuestados si los candidatos demócratas han dedicado suficiente tiempo a discutir planes de Seguridad Nacional. Una gran mayoría, el 80%, se mostró en desacuerdo.

Al final de la encuesta dejaron a los entrevistados exponer brevemente los temas que más les preocupan y muchos coincidieron en el estado actual en el que se encuentra el Departamento de Estado. Desde que Trump tomó posesión, el número de diplomáticos y funcionarios de carrera de rango medio, que son los que cuentan con unos 15 años de experiencia, se han marchado, dejando un gran hueco que no puede ser llenado.

Si ese éxodo continúa en los próximos cuatro años, el Departamento de Estado estará en una situación comprometida. Unido a ello, se ha interrumpido el reclutamiento de diplomáticos, lo que significa que, junto con las jubilaciones masivas de los últimos años, se habrá perdido el mayor talento que poseía la institución.

La baja moral es también otro aspecto que preocupa mucho a quienes fueron consultados. Y algunos insisten en que es un elemento que cada día se agudiza con la manera en que se toman las decisiones y cómo se prioriza la política sobre la de los intereses nacionales de la nación estadounidense.

El informe se puede encontrar en la siguiente página web (en inglés) https://www.thesituationreports.com/

INTERREGNUM: Macron marca el camino. Fernando Delage

En enero fue Pekín, en marzo Delhi y, la semana pasada, Canberra. Los franceses no votaron a Emmanuel Macron para hacerle viajar. Pero el presidente tiene claro que, además de revitalizar las instituciones y la economía desde lo que denomina el “centro radical”, la política exterior es una variable central de su agenda. Lo es de forma natural por el concepto que Francia tiene de sí misma. Lo es también—y es lo que importa a nuestros efectos—porque los condicionantes alemanes y el suicidio británico hacen de Macron el único líder posible hoy de Europa. Y pocas cuestiones serán tan determinantes del futuro del Viejo Continente como su respuesta al ascenso de Asia y, en particular, a la irrupción del gigante chino.

El desafío es, a un mismo tiempo, económico, geopolítico e ideológico. Sólo con respecto a la primera dimensión es innegable el papel de la Unión Europea. Mayor bloque económico del mundo, la UE cuenta en este terreno con los instrumentos para articular y ejecutar una posición común. La suma de acuerdos de libre comercio que se han firmado con socios asiáticos—Corea del Sur (2011), Singapur (2012), Vietnam (2015) y, el más importante de todos, Japón (2017)—revela una decidida estrategia hacia una región a la que destina el 35 por cien de sus exportaciones y en la que es uno de los mayores inversores.

China plantea, no obstante, problemas singulares. Las dificultades de acceso a su mercado y las implicaciones de la Nueva Ruta de la Seda explican el gesto sin precedente de que todos los embajadores europeos en Pekín—salvo uno—hayan firmado un escrito denunciado la falta de reciprocidad y la opacidad de las iniciativas de la República Popular. Si lo han hecho es porque no se trata de un simple problema económico: las inversiones chinas en Europa y las implicaciones de la Ruta de la Seda también plantean un dilema estratégico. Y no puede hablarse aquí de una práctica de posiciones compartidas: ante la elección entre oportunidades de negocio y riesgos de seguridad, hay gobiernos que no han dudado en pronunciarse por lo primero, obstaculizando el desarrollo de un mecanismo comunitario de supervisión de las inversiones chinas. De manera parecida, cuando se trata de denunciar acciones chinas contrarias al Derecho internacional, como su comportamiento con respecto a las islas Spratly, o su política de derechos humanos, siempre habrá quien haga inviable una decisión. En un área de acción comunitaria que sigue siendo intergubernamental, Estados miembros como Hungría y Grecia dificultan la formulación de una estrategia de la UE hacia el que es hoy—junto a Rusia—uno de sus mayores retos.

Ante este déficit de la UE, en un contexto global en el que se agrava la pérdida de peso de Europa, Macron ha asumido las riendas. En el terreno geopolítico no ha ocultado sus reservas sobre las ambiciones chinas dirigidas a reconfigurar el espacio euroasiático y, en Australia, acaba de sumarse a la idea de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”; concepto diseñado por las grandes democracias asiáticas—y Estados Unidos—para equilibrar la creciente influencia china. Macron manda así la señal europea que Federica Mogherini, la Alta Representante de la Unión Europea, no puede transmitir, aunque la comparta.

No menos articulado ha sido el presidente francés en la batalla a más largo plazo por las ideas y valores políticos. Entre sus viajes a India y Australia, también visitó Washington y el Parlamento Europeo. Sus palabras en Estrasburgo recogen como pocos documentos recientes los imperativos del proyecto europeo, en unas circunstancias en que éste afronta la doble amenaza interna de populistas y neonacionalistas, y externa de grandes potencias enemigas de la democracia. En la semana que celebramos el Día de Europa, reconozcamos que el Derecho y la retórica multilateralista no son suficientes para sostener una influencia global. La rivalidad geopolítica y la competencia entre distintos modelos de orden político definirán el sistema internacional del siglo XXI. Un político francés de 40 años está marcando el camino. Confiemos en que haya un número suficiente de gobiernos europeos dispuestos a seguirle. (Ilustración: Shinichi Imanaka, Flickr)