Entradas

Bolton y Corea. Nieves C. Pérez Rodriguez

Washington.- Cada año el JoongAng Ilbo, uno de los periódicos más importantes de Seúl, organiza un foro junto con CSIS (Centro Estratégico de Estudios iInternacionales) para discutir la situación de Asia con foco especial en la península coreana. La semana pasada tuvo lugar el noveno encuentro en Washington y contó con la presencia de expertos asiáticos y estadounidenses de primera línea, así como exministros de exteriores y exembajadores que analizaron a profundidad la situación geoestratégica de Asia.

4Asia participó en el Foro, en el que John Bolton abrió con un discurso sobre su visión. El asesor de seguridad nacional del presidente Trump acaba de dejar su cargo en la Casa Blanca, o a quién se le invitó a renunciar -pues las partes aún no se ponen de acuerdo sobre este aspecto-. En su primera aparición pública, Bolton habló extensamente sobre su posición en el conflicto coreano y cuál debería ser la posición de los Estados Unidos, que valga decir es exactamente igual a la que tenía antes de entrar a la Administración Trump.

Bolton ha estado siempre afiliado al partido republicano y es conocido por sus posturas más conservadoras. Sus publicaciones, comentarios y sus cargos públicos siempre han contado con gran rechazo del partido demócrata. Es recordado especialmente por su tiempo en Naciones Unidas durante la Administración de George Bush y el momento en que se estaba discutiendo la invasión de Irak.

Bolton fue enfático en su discurso sobre cuál debería ser la posición de Estados Unidos en relación con Corea del Norte. “No se puede aceptar que tenga armas nucleares. Aunque Kim Jong-un intente por todas las vías posibles mantenerlas y continuar su desarrollo. Es absolutamente inaceptable que Pyongyang posea armas nucleares y la política de Washington tiene que ser clara: No aceptamos que tengan armas de este tipo”.

Washington no puede permitir que Pyongyang siga amenazando a sus vecinos con las pruebas de misiles, ha señalado, que incluso puedan llegar a impactar en territorio estadounidense. Ha señalado: “Pero, además, si los vecinos como Japón y Corea del Sur siguen sintiéndose amenazados por Kim, estaríamos frente a una posible proliferación nuclear pues estas naciones buscarían desarrollar sus propias armas nucleares. Lo que sería un fracaso de Washington”.

Bolton tiene claro que Kim Jong-un decidió estratégicamente continuar su desarrollo nuclear hasta conseguir un mayor alcance, mientras trata de aliviar la presión de las sanciones internacionales. “Dejar a Pyongyang seguir con las pruebas es dejarlos convertirse en el Amazon o el Wallmart nuclear, y podrían empezar a aceptar pedidos de misiles. El modelo que se aplicó en Libia funciona y debería ser aplicado. Muammar Al Gadhafi decidió dejar las armas nucleares. Con máxima presión se podría hacer que Kim lo hiciera”. Insistió en que el modelo de Libia funciona con un país pequeño como Corea del Norte.

Citó a Kim Jong-un: “La situación en Corea es muy difícil, la sequía ha perjudicado mucho las siembras y los alimentos son escasos”, y pidió que las sanciones sean levantadas y les permitan recibir ayudas y alimentos.

Pero Bolton insiste en que, si la situación es realmente tan dura, cómo se explica que sigan invirtiendo tanto en desarrollo nuclear, en vez de gastar en alimentos.

“El continuo lanzamiento de misiles sí representa un riesgo para la seguridad del mundo y la seguridad de Estados Unidos”, insistió. “Pensar en que mientras no sean los misiles de largo alcance no es preocupante, es en efecto lo opuesto. El hecho de que no ha habido pruebas de misiles intercontinentales podrían ser una señal de que Corea del Norte haya alcanzado el nivel que querían”. Por lo que Bolton insiste en que la opción militar debe seguir sobre la mesa.

Sue Mi Terry, una experta en asuntos coreanos muy respetada en Washington, comenta a 4Asia que “le sorprendió mucho oír a Bolton decir que sigue creyendo que la solución pasa por un cambio de régimen en Corea del Norte, que mencionara la opción de una Corea unificada, a sabiendas que es un argumento polémico, así como que insistiera en que la opción militar debería seguir en la mesa. Palabras muy provocadoras para Corea del Norte.

Mi Terry insistió en el hecho de que Bolton siga pensando lo mismo después de haber participado en las tres cumbres entre Kim Jong-un y Trump, de haber visitado Pyongyang y participado en las negociaciones del último año. “Esto prueba que no se entendía con el presidente Trump”.

“Lo más probable es que para antes de finales de año Trump firme un acuerdo pequeño que obligue a Pyongyang a congelar su programa nuclear o al menos a para las pruebas y el lanzamiento de misiles”.

Victor Cha (otro experto en asuntos asiáticos con una larga experiencia) coincide con que deben estar negociando un acuerdo que involucre poco compromiso por parte de Pyongyang. Para Trump, en pleno año electoral, es clave dar algún tipo de resultados.

 En materia de política exterior esta Administración no ha concretado nada internacional. Por lo que algún tipo de acuerdo podría ser vendido como un éxito a los votantes.

El escenario electoral estadounidense se perfila complicado. El partido demócrata, con el mayor número de candidatos de la historia, está compitiendo con ideologías más o menos radicales en las primarias, pero dejan ver un partido sin un liderazgo claro. Mientras que el presidente Trump enfrenta a una amenaza de “impechment” y toda la polémica que rodea su gestión.

Todo apunta a que es muy probable que algún tipo de acuerdo con Pyongyang se materialice muy a pesar de que los misiles y las provocaciones siguen siendo el centro de la conversación. Al final, Trump seguirá premiando al dictador norcoreano sin haber recibido nada a cambio.

EEUU: el Departamento de Estado a la deriva. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La consultora Global Situation Room ha publicado un informe sobre El estado actual de la diplomacia estadounidense. El estudio se basó en encuestar a cincuenta exembajadores estadounidenses y altos ex consejeros de seguridad nacional de administraciones tanto republicanas como demócratas.

El informe comienza con la pregunta ¿Aprueban el trabajo que desempeña Mike Pompeo como secretario de Estado? Sólo el 14,29% respondió afirmativamente, frente a un 85,71% que aseguraron no aprobarlo. Y entre lo que más preocupa a los encuestados es la ausencia de una estrategia clara y definida a seguir junto con el gran número de puestos dentro del Departamento de Estado que han reemplazado a los profesionales de carrera con nuevo personal.

Asimismo, expresaron su preocupación frente al hecho de que el presidente tome decisiones de política exterior sin contar con la opinión profesional del Departamento de Estado o el Pentágono. Opinan que sobre lo que se decide no se toma en cuenta las consecuencias, así como el posible impacto que una decisión puede tener sobre los aliados.

Otra de las preguntas fue si el recorte de personal está teniendo un impacto en la seguridad nacional de los Estados Unidos. A lo que el 88% de los consultados creen que si hay un impacto directo en la seguridad nacional y el 12% no cree que sea así.  Y esa mayoría opina que, según los informes internos de las instituciones, los ataques que están teniendo lugar de manos de personal designado por Trump a funcionarios de carrera socavan la función de la institución y el estado de derecho.

En cuanto a cómo describiría la situación de seguridad de las embajadas y los consulados estadounidenses en los dos últimos años había tres opciones de respuestas. La primera, de mejoría, no fue apoyada por nadie. La segunda opción, de empeoramiento, obtuvo un 38,30% a favor, y el 61,70% optó por la tercera respuesta que es que se mantiene sin cambios.

¿Ha perdido Estados Unidos significativa influencia bajo el mando del presidente Trump? El 96% de los consultados se manifestaron de acuerdo en la pérdida de influencia del país bajo la Administración Trump, y tan sólo un 4% afirmó que no.

¿Los adversarios estadounidenses han crecido más y se han hecho más fuertes y más influyentes desde que Trump está en el poder? El 92% de los encuestados afirmaron que sí, mientras que sólo un 8% estuvo en desacuerdo. Asimismo fueron preguntados sobre que países se han beneficiado más de la Administración de Trump. Un 40% respondió que Arabia Saudí, un 30% que Israel, un 20% que Rusia, y el 10% restante se lo repartieron entre China,  Emiratos Árabes, Pakistán y Corea del Norte.

Otra pregunta fue ¿Dónde tendrá lugar la próxima crisis? En este caso el 32,65% considera que será China, seguido por Irán con el 28,57%. Y dejando a Venezuela en un tercer lugar con el 6,12%.

Este informe se llevó a cabo a casi un año de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, por lo que aprovecharon para preguntar a los encuestados si los candidatos demócratas han dedicado suficiente tiempo a discutir planes de Seguridad Nacional. Una gran mayoría, el 80%, se mostró en desacuerdo.

Al final de la encuesta dejaron a los entrevistados exponer brevemente los temas que más les preocupan y muchos coincidieron en el estado actual en el que se encuentra el Departamento de Estado. Desde que Trump tomó posesión, el número de diplomáticos y funcionarios de carrera de rango medio, que son los que cuentan con unos 15 años de experiencia, se han marchado, dejando un gran hueco que no puede ser llenado.

Si ese éxodo continúa en los próximos cuatro años, el Departamento de Estado estará en una situación comprometida. Unido a ello, se ha interrumpido el reclutamiento de diplomáticos, lo que significa que, junto con las jubilaciones masivas de los últimos años, se habrá perdido el mayor talento que poseía la institución.

La baja moral es también otro aspecto que preocupa mucho a quienes fueron consultados. Y algunos insisten en que es un elemento que cada día se agudiza con la manera en que se toman las decisiones y cómo se prioriza la política sobre la de los intereses nacionales de la nación estadounidense.

El informe se puede encontrar en la siguiente página web (en inglés) https://www.thesituationreports.com/

El golpe chiita

El ataque a instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí esta vez sí ha alarmado a Occidente que sigue conteniendo el aliento hasta hacer una evaluación real del impacto que va a tener sobre el precio del crudo y, consecuentemente, sobre la economía. Pero la alarma no ha llevado, al menos públicamente, a pensar en una estrategia clara sobre como abordar la escalada de tensión en Oriente Próximo más allá de as habituales baladronadas de Donald Trump.

No cabe ninguna duda de que Irán, directa o indirectamente, ha estado detrás de los ataques con drones. Hayan sido los huttíes de Yemen, donde hay expertos y unidades militares iraníes sobre el terreno que les asesoran y apoyan, o directamente las fuerzas de Teherán, el ataque tiene el carácter de una operación calculada contra el líder, espiritual y financiero del Islam sunni, en la confrontación entre ambas corrientes que se extiende desde las fronteras de Turquía hasta las de la India.

En ese escenario, el pulso que están echando los iraníes para consolidar su influencia en Irak y Siria y debilitar la de Arabia trasladando crisis económica y política a Occidente, es una apuesta estratégica que merece algo más que una condena y una amenaza de una operación militar de castigo. Irán está aumentando su protagonismo agresivo, tiene planes de dotarse de capacidad de ataque nuclear, es capaz de determinar la situación política en Líbano, Irak y Siria y se está convirtiendo cada vez más en el gran padrino del terrorismo palestino, en este caso al margen de que los grupos armados sean básica y religiosamente sunníes.

En esa guerra política y religiosa Yemen es una pieza estratégica clave porque desde su territorio se puede controlar, facilitar y estrangular la ruta marítima desde los campos petrolíferos orientales a Occidente. Por eso, Arabia Saudí, los Emiratos, Egipto y Marruecos han estado presentes militarmente sobre el terreno para frenar la insurrección de los huttíes chiitas aliados de Irán, bajo la atenta vigilancia y el apoyo tácito y explícito de Estados Unidos e Israel.

Pero hay más protagonistas, discretos pero muy activos. Por ejemplo, China. Pekín depende, al menos mientras desarrolle más fuentes de energía propias, del petróleo de Oriente Próximo y no quiere de ninguna manera que haya una guerra de alta tensión en la zona ni bloqueo de las rutas. Así, mientras se alinea automáticamente con Irán en los foros internacionales, está mediando entre Teherán y Whashington y presionando a Teherán para bajar la tensión. Y por supuesto Rusia, presente en todas las salsas y jugando, con la cortada de buenas intenciones a consolidar a su vez, en algunos casos de la mano de Irán, la creciente sombra de Putín.

En teoría, Silicon Valley no debería existir. Miguel Ors Villarejo

Cuando a finales del siglo pasado se matriculó en la Universidad de Berkeley para cursar un posgrado, Enrico Moretti (Milán, 1968) decidió que quería saber todo de Estados Unidos y empezó a bucear en los datos del censo. Miraba las magnitudes que podían medirse de cada ciudad (ingresos, nivel educativo, sectores de actividad), las tabulaba y las comparaba. Esperaba descubrir una sociedad más homogénea que la que había dejado en Italia, donde un abismo separa al norte del sur, pero le sorprendió comprobar las diferencias que había entre las regiones. Y lo llamativo es que desde entonces no han dejado de ampliarse. “Internet, el correo electrónico y los móviles han democratizado el acceso a la información”, explica Moretti en Econ Focus, la revista del Banco de la Reserva Federal de Richmond. Esto debería hacer irrelevante el lugar de trabajo. En teoría, si se dispone de una conexión de datos y un ordenador, da igual que se esté en Bután o San Diego. Pero no es así. El tipo de empleo, de salario y de carrera varía cada vez más de una ciudad a otra. Nunca importó tanto donde uno resida.

Estas desigualdades regionales no son una novedad. Las llamadas “economías de aglomeración” hacen que las empresas se agrupen sectorialmente. Cuando viajas por el sur de Toledo solo ves fábricas de muebles. ¿No tendría más sentido que se dispersaran por la provincia, para repartirse el mercado? No, porque para el cliente es más cómodo que los establecimientos estén pegados: así, si no se encuentra algo en uno, se va al de al lado dando un paseo. A los empleadores también les resulta más sencillo localizar mano de obra cualificada y a la mano de obra cualificada, empleo. Lo mismo ocurre con los proveedores de materia prima y los servicios auxiliares. Por último, la difusión del conocimiento (modas, nuevas técnicas) es más rápida.

La explotación de estas sinergias da lugar a la aparición no ya de polígonos, sino de ciudades enteras. Wolfsburgo surgió de la nada en 1938 para albergar las plantas de Volkswagen. La producción del Escarabajo requería la acción coordinada de miles de obreros, que debían ocupar un puesto concreto en la cadena de montaje. Lo mismo ocurría con la aeronáutica o la siderurgia. Pero en la economía del conocimiento se funciona con ideas y portátiles, no con carbón y hornos. Y los productos consisten en análisis financieros, aplicaciones informáticas o series de televisión que viajan por el ciberespacio, no por tren o carretera. ¿Qué más da donde estemos? Silicon Valley no debería existir. Sin embargo, es una obstinada realidad. ¿Por qué?

Puede que las economías de aglomeración sean menores que en la era industrial, pero no han desaparecido y las pequeñas ventajas de partida se retroalimentan y acumulan hasta abrir brechas considerables. Pensemos en dos alumnos de primaria, uno nacido en febrero y otro en noviembre. Físicamente son bastante parecidos, pero es probable que el profesor de gimnasia elija para el equipo de hockey al primero, que está unos meses más hecho. En consecuencia, recibirá un entrenamiento y adquirirá una experiencia que harán que, al año siguiente, vuelvan a escogerlo. Así, curso tras curso, lo que no era más que una modesta diferencia de edad se agrandará y, al final, como observa Malcolm Gladwell en Fuera de serie, te encuentras con que “en cualquier club de la élite del hockey [de Canadá] el 40% de los jugadores habrá nacido entre enero y marzo [y apenas] el 10% entre octubre y diciembre”.

Con las ciudades ocurre igual. Cuando William Shockley se mudó a Palo Alto, allí no había más que almendros. Pero su labor pionera en electrónica arrastró a un puñado de ingenieros, cuyo éxito estimuló a otros colegas, que a su vez atrajeron a más y, poco a poco, fue erigiéndose un formidable ecosistema que es como un imán para los inversores. “Las empresas de sectores avanzados o especializados no quieren instalarse en áreas donde están aisladas”, dice Moretti. “Ninguna quiere ser la primera en moverse porque va a pasarlo mal para hallar trabajadores cualificados. Y los trabajadores cualificados tampoco quieren trasladarse a ciudades donde hay poca oferta de empleo”.

Es la pescadilla que se muerde la cola, y lo hace con una intensidad desconocida en términos históricos. “Cuando se analizan los principales campos [de la economía del conocimiento], se aprecia una aglomeración de inventores que es asombrosa. En ciencia de la computación, las 10 primeras ciudades concentran el 70% de toda la innovación, medida por las patentes. Para los semiconductores, es el 79%. Para biología y química, es el 59%. Esto significa que las 10 primeras ciudades generan la inmensa mayoría de los avances en cada campo. Y esta cuota no ha hecho más que aumentar desde 1971”.

En consonancia con su mayor productividad, los residentes de estas capitales punteras perciben generosas retribuciones, muy superiores a las de sus compatriotas, que los ven prosperar mientras ellos languidecen, y esto no carece de implicaciones políticas. ¿Se han preguntado quiénes son los que votan por Trump en Estados Unidos, por Le Pen en Francia y por el brexit en el Reino Unido?

Trump quiere otro acuerdo, con China incluida

La salida de EEUU del acuerdo INF sobre misiles con Rusia va más allá de una ruptura que podría significar una vuelta a la guerra fría. Este último, por otra parte, es un concepto simplista, tópico y sin mucho significado. Hoy el mundo es distinto, hay más protagonistas en la escena internacional y los de antes tienen distintas capacidades y retos completamente diferentes.

Para nadie es un secreto que Rusia está redimensionando sus fuerzas armadas, reforzando sus capacidades convencionales y explorando avances en nuevas tecnologías y entre ellas nuevos misiles de mayor alcance y mayores capacidades de evasión de radares y sistemas contramisiles.

Pero es importante subrayar que Donald Trump no se ha limitado a denunciar el nuevo tratado por incumplimiento de Rusia, sino que, a la vez, propone un nuevo acuerdo con términos más acordes con la situación geoestratégica actual y al que se incorpore China. Este elemento es clave.

Trump quiere enviar una señal de que la disputa comercial va por un lado y las preocupaciones por la seguridad deben ir por otro. Por otra parte, EEUU quiere explorar las contradicciones entre Rusia y China, a pesar de sus gestos de acercamiento, y no perder iniciativa. Y, en tercer lugar, el acuerdo roto con Rusia ya apanes tenía virtualidad con la tecnología actual, la aparición de nuevos focos de inestabilidad y recalentamiento de viejos conflictos y la emergencia de China en pleno programa de imponer mayor presencia en su entorno y en erigirse en potencia regional única con intereses globales.

Cita en Japón

Donald Trump se enfrenta a la cumbre del G-20 en Japón con dos frentes de alta tensión abiertos: el de Irán y el de la guerra comercial y sobre este último tiene previsto realizar una oferta a Pekín durante la reunión.

El presidente norteamericano parece haberse acostumbrado a una estrategia de negociación burda y, por eso mismo, peligrosa. Se trata de llevar cada conflicto al límite, exhibir músculo militar y de presión comercial y, sobre esa base, hacer una propuesta ganadora.

Hasta el momento, estos movimientos le han dado victorias parciales en México; aparentes, pero no concretadas, con Corea del Norte, y están en todo lo alto con Irán y China. El caso de Venezuela es peculiar por el protagonismo de una alternativa a Maduro que no acaba de romper el equilibrio.

En Irán, la presión militar está acompañada por gestiones más o menos secretas realizadas a través de Japón y de Omán, pero el inicio de un ataque militar abortado en el último momento presentado por Teherán como una muestra de debilidad ha sido recibido entre los aliados de la zona como expresión de un liderazgo que más allá de la bravuconería formal se muestra poco resolutivo, imprudente e impulsivo. Y ese no es un buen mensaje.

No se sabe si hará una propuesta que alivie la tensión con China  ni si las reuniones intensas de los últimos días con actores de  la zona han avanzado o no, pero si algo aleja a la forma de negociar de Trump y los jerarcas chinos es el concepto de cada uno de la paciencia y el manejo de los tiempos.

Es posible que la realidad de los números imponga una tregua pero será solo un aplazamiento de una crisis de cambio del modelo de relaciones internacionales y de gestión de la globalización.

Tiempo de juego y resultado. Miguel Ors Villarejo

¿Quién está ganando la guerra comercial? Oigo la pregunta a menudo, y me temo que la respuesta ilumina más las preferencias de los opinantes que la situación real. ¿Hay algún modo objetivo de abordarla? Más o menos.

Lo primero que hay que decir es que las guerras comerciales no las gana nadie. Todos perdemos cuando se imponen aranceles. Donald Trump argumenta que los van a pagar los fabricantes chinos y es verdad que estos podrían decir: vale, pues gano menos dinero. Pero casi el 40% de los bienes penalizados son de consumo y ahí la competencia es intensa y los márgenes, por tanto, delgados como una hoja de afeitar. La única opción que les queda a los exportadores si no quieren arruinarse es trasladar al ciudadano el alza y eso es lo que está pasando. Tras la aplicación de las nuevas tarifas, los artículos afectados se han encarecido en promedio el 1,6%.

Pero aunque las guerras comerciales no las gana nadie, sí puede determinarse quién pierde más y, para ello, en Bloomberg han desarrollado unos marcadores con los que nos podemos hacer una idea aproximada.

 

Primer marcador: ¿qué está pasando con el déficit comercial?

Este ha sido el desencadenante de las hostilidades, un desencadenante absurdo, porque el déficit comercial no es un indicador de bienestar. De hecho, Estados Unidos se ha pasado más de la mitad de su historia en déficit, y no podemos decir que le haya ido mal. Al contrario. Y si el superávit fuera un signo de salud económica, sus mejores momentos habrían sido las dos guerras mundiales y la Gran Depresión. Un disparate.

Sea como fuere, ¿qué ocurre con la balanza bilateral entre Estados Unidos y China? Pues que se ha estrechado efectivamente, lo cual tiene toda la lógica, porque si subes los precios de los productos chinos, su demanda caerá.

Así que en este marcador, Trump 1, China 0.

 

Segundo marcador: los precios. ¿Suben o bajan?

Ya hemos visto que suben. O sea, Trump 0, China 1.

 

Tercer marcador: confianza del consumidor.

Los ánimos se mantienen por ahora altos en ambas retaguardias.

Reparto de tantos, dice Bloomberg: Trump 1, China 1.

 

Cuarto marcador: el mercado de divisas.

Habrán oído que una de las manipulaciones más escandalosas de los chinos tiene que ver con la cotización de su moneda, que mantienen artificialmente baja para facilitar la salida de sus productos. ¿Y qué ha pasado con el yuan? Pues que se ha debilitado en torno al 7% durante el último año. Pero, claro, un yuan tan débil también supone un problema para China, porque importa inflación y tarde o temprano obliga a subir los tipos de interés, lo que ralentiza la economía.

Empate, concluye Bloomberg: Trump 1, China 1.

 

Quinto marcador: crecimiento.

¿Qué están haciendo las economías respectivas? Si tenemos en cuenta que el peso de las exportaciones en el PIB es muy superior en el caso de China (19,6% frente a 11,9%), lo lógico es que sea ella la que acuse el golpe mayor, y eso es lo que refleja la contabilidad nacional: mientras su PIB se desacelera, el de Estados Unidos se acelera.

Trump 1, China 0.

 

Sexto marcador: las bolsas.

Aquí nuevamente se lleva la mano Trump. Tanto el Dow como el Shanghai Composite registran pérdidas desde enero de 2018, pero las del segundo son superiores.

Trump 1, China 0.

 

Séptimo marcador: inversión directa.

El año pasado, la inversión estadounidense en China mantuvo su tono, o sea, que el Imperio del Medio conserva su atractivo para los capitales americanos. La inversión china en Estados Unidos, por el contrario, se ha desplomado. Mano para China.

Trump 0, China 1.

Si han llevado la cuenta, el resultado global de la eliminatoria arroja un apretado 5 a 4. Es posible que haya que recurrir a la prórroga y los penaltis. (Foto: Nicolas Stafford)

INTERREGNUM: ¡Cuidado, Europa! Fernando Delage

En su discurso de hace una semana en el Diálogo de Shangri-La, en Singapur, el secretario de Defensa en funciones de Estados Unidos, Patrick Shanahan, describió el mantenimiento de la estabilidad en el Indo-Pacífico como un desafío que Washington no puede afrontar por sí solo. Insistió por ello—en términos no muy distintos de los empleados en su día por la administración Obama—, en el papel central de socios y aliados en la estrategia norteamericana hacia la región. Las limitaciones presupuestarias y la atención que también debe prestar a Oriente Próximo y a Rusia, obligan a Estados Unidos a demandar un mayor activismo de los países amigos en la zona. El problema es que esos socios y aliados no quieren verse atrapados en las tensiones entre Washington y Pekín, ni forzados a elegir entre uno u otro. Especialmente cuando, aun compartiendo la preocupación por el desafío chino, mantienen profundas reservas sobre las intenciones y sobre la manera de actuar de la Casa Blanca.

Al inaugurar la reunión de Shangri-La, el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, puso de relieve la inquietud de las naciones de la región frente a la dinámica de confrontación de los dos gigantes. Los europeos, aunque no sean actores estratégicos en Asia, tampoco escapan a este dilema. A lo largo del último año, la Unión Europea ha reforzado los mecanismos de vigilancia de las inversiones chinas, ha exigido una mayor reciprocidad en el acceso al mercado de la República Popular, y ha llegado incluso a calificar a China como un “rival sistémico”. No obstante, ni va a incrementar como Washington los aranceles a las importaciones chinas—la UE es el mayor socio comercial de Pekín—ni va a dar la batalla contra Huawei en los mismos términos.

La administración Trump se encuentra así frustrada. Pese a la declarada hostilidad del presidente contra Bruselas, Washington se ha esforzado por sumar a los europeos en su campaña contra China. En abril, en vísperas de la cumbre sobre la Ruta de la Seda en Pekín, el Departamento de Estado propuso la firma de un comunicado conjunto contra la iniciativa que reveló las diferencias de fondo. Al rechazar la idea, los europeos dejaron claro que no iban a seguir el dictado de la Casa Blanca, cuya beligerancia hacia la República Popular no pueden compartir. Estados Unidos, que percibe a China como una amenaza cuasi-existencial—en ello coinciden demócratas y republicanos, empresarios y militares, periodistas y expertos académicos—, ha concluido por su parte que los europeos “son de otro planeta”.

En un contexto de incertidumbre generalizada sobre el futuro de la relación transatlántica, China puede contribuir a agravar de manera significativa las diferencias entre Europa y Estados Unidos. Occidente quedaría así dividido ante el mayor desafío geopolítico del siglo XXI. Lo que es más grave, puede que los países europeos tengan que prepararse para un mundo en el que serán vistos por Washington a través de un prisma chino, de modo similar a como la Unión Soviética determinó la política norteamericana hacia el Viejo Continente durante la Guerra Fría.

La antigüedad de Trump y la paciencia china

Trump es un hombre antiguo. En muchos sentidos, pero fundamentalmente es políticamente antiguo. Carece de una cultura básica de historia de EEUU, de sus instituciones, sus tradiciones y sus experiencias. En su vanidad, está convencido de que la historia que se ha construido de sí mismo, de unos éxitos empresariales cada vez más en sombras, avalan su currículum para dirigir el país más influyente y poderoso del planeta.

Así, negocia como un comerciante antiguo que, instalado en la soberbia y en la superioridad, cree que con un aparato estatal detrás puede ganarlo todo. Sin la menor sofisticación, despreciando a la diplomacia tradicional y a base de mensajes en las redes sociales combina amenazas e insultos zafios con halagos igual de artificiosos y vulgares, lo que consigue poco de sus adversarios y confunde con frecuencia a sus aliados.

Así, pasar del despliegue de una flota considerable frente a Corea del Norte con insultos personales al presidente norcoreano a halagos y guiños de vendedor de biblias del siglo pasado apenas ha conseguido avances, pero ha sembrado de dudas a los aliados tradicionales de Estados Unidos en el Pacífico. Y, a la vez, su personalismo, sus malos modos, sus maneras y sus comportamientos convierten los puestos a su alrededor en trabajos de alto riesgo y de gran rotación porque pocos resisten el tiempo suficiente para desempeñar un trabajo apreciable.

Pero el enfrentamiento principal de este momento es con China y aliados, que tienen una cultura psicológica, emocional y de prioridades completamente distinta y, lo más importante, con un concepto de los tiempos que nada tiene que ver con el occidental.

Al margen de las razones, China actúa en función de lo que cree para sus intereses nacionales, la dirige un gobierno que no tiene que rendir cuentas a su sociedad y sin contrapesos de poderes y actúa como si dispusiera todo el tiempo del mundo. A ese escenario se enfrenta Trump con precipitación y prepotencia, improvisando como un tahúr y en unas maniobras que parecen poder en riesgo algunos intereses occidentales legítimos.

5G el debate más allá de lo tecnológico. Nieves C. Pérez Rodríguez

El desarrollo de la tecnología 5G y su necesaria aplicación despertó un gran debate en el que inicialmente se subestimó la capacidad de China de ir a la velocidad que impone la tecnología y se cuestionó el hecho de que pudiera jugar dentro de las reglas del juego del comercio internacional, así como la injerencia del Estado chino en sus empresas privadas.

Beijing aprendió del gran fracaso a finales de los 90 y principios del 2000, cuando intentaron sin éxito desarrollar la red 3G y perdieron enormes cantidades de dinero. Pero esos diez años los preparó para el momento en que tocó hacerlo la red 5G, de la mano de Huawei -la gigantesca empresa de telecomunicaciones china-.Y, en efecto, pudo conseguirlo gracias al enorme capital que el Estado chino dedicó a tal propósito. Lo que a su vez se traduce en una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuya supervivencia es producto de la calidad del servicio que ofrezcan, así como de los beneficios económicos que consigan.

La relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista Chino, así como la legislación china que contempla la obligación de estas compañías de facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda mucho a occidente. Durante años, oficiales estadounidenses han insistido en que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo a su conveniencia, lo que es percibido como un grave riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Otra cosa que preocupa a Washington es la penetración y creciente mercado de objetos cotidianos conectados a internet (IoT devices, por su nombre en inglés), que cada día aumentan su demanda, cosas tan comunes como el timbre de casa que está conectado a internet y que al sonar activa la cámara y emite una señal al móvil del propietario de la vivienda en el que aparece un video en tiempo real de quién está en la puerta. O los hornos programables conectados a la red, o los refrigeradores, los sistemas de calefacción o aire acondicionado. La teoría que cuenta con apoyo del Senado estadounidense consiste en que China, como actor estatal, podría aprovechar el acceso a través de equipos, para estar investigando, rastreando todo tipo de actividades.

El gobierno estadounidense ha intentado advertir a sus aliados sobre esta posibilidad y ganar apoyos. De hecho, el grupo de “Five eyes” ha estudiado de cerca la preocupación, pues si algunos de ellos usaran la red 5G de Huawei existiría el riesgo de que la información militar que intercambien pueda ser vista por Beijing. Por lo que Australia se mantiene alineada con Washington. Aunque en las investigaciones hechas por Gran Bretaña, en sus primeras conclusiones preliminares, no encontraron rastro de que en efecto hayan dejado una brecha abierta, mientras  Alemania se mantiene alerta, aunque no cerrada. Y Canadá posiblemente se decante por seguir a Estados Unidos, mientras Nueva Zelanda ha expresado su preocupación de que Huawei y el Estado chino estén colaborando.

Esta inquietud no es exclusiva de la Administración Trump. El intentar encontrar mecanismos que permitan un blindaje contra el espionaje y los ciberataques no es algo que comenzó con la Administración Trump, pues ya Obama sancionó a empresas chinas en respuesta a esta inquietud.

Huawei a todo esto respondía la semana pasada con una demanda contra el gobierno de los Estados Unidos, basada en que los argumentos usados para bloquearlos socavan la competencia en el mercado y no se base en hechos reales. Son precisamente estos argumentos los que han intentado pelear corporaciones estadounidenses en tribunales chinos, en diversas ocasiones, sin ningún éxito. Hasta el punto de que han sido llevados hasta el Congreso estadounidense en busca de mediación, también sin ningún éxito.

Otro elemento que preocupa al gobierno de los Estados Unidos es que “China está en el negocio de exportar autoritarismo”. Pues para nadie es un secreto que la libertad es restringida para sus ciudadanos hasta para la navegación a Internet. Según el Think tank Freedom House, China es el país más agresor de la libertad de internet. Y su modelo empieza a ser exportado, según el reporte anual “Freedom of the net 2018” conducido por el mismo centro de pensamiento.  Tan sólo el año pasado China adiestró funcionarios de 36 países de África, América Latina, Europa del Este y Medio Oriente en tecnología autoritaria para sus respectivos gobiernos, exigiendo que las empresas internacionales acaten sus normas de contenido incluso fuera de China. Lo que se traduce en una nueva forma de propagación de su modelo, asegurándose la fidelidad de esos gobiernos replicando lo que el Partido Comunista Chino ha ido perfeccionando.

Por lo tanto, el negocio del 5G a través de Huawei y ZTE con sus equipos podría garantizar a Beijing el acceso a información de cualquier tipo, en cualquier parte donde estos proveedores tengan presencia. Mientras, el Partido Comunista Chino aprovecha sus relaciones políticas para vender su modelo autoritario a otros líderes que tengan la intención de perpetuarse en el poder, lo que termina siendo el negocio más fructífero para los chinos, ganar a través de la venta de equipos, proveer las redes y entrenar hasta a los políticos. ¿Quiénes  son los que están colonizando el mundo con una discreción exquisita? (Foto: RDGS, Flickr)