INTERREGNUM: Hacia un orden híbrido. Fernando Delage

En enero del año pasado, la Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos concluyó, tras calificar a China como un “competidor estratégico” y acusarla de “alterar la estabilidad regional”, que “la región del Indo-Pacífico es escenario de una competencia geopolítica entre visiones opuestas del orden mundial”. Son palabras que explican con claridad por qué el deterioro de las relaciones entre ambas potencias no es un mero paréntesis temporal, sino la consecuencia de un cambio estructural en la distribución de poder que apunta a la irrupción de un nuevo bipolarismo en el sistema internacional.

De manera prematura, numerosos observadores dan por hecho un inevitable dominio chino en el futuro. Pero la mayor proyección global de China es un imperativo que resulta de la prioridad interna del crecimiento económico—sin el cual estaría en riesgo la supervivencia del Partido Comunista—, más que de unas supuestas ambiciones hegemónicas. Dicho eso, China, como tantas otras potencias emergentes a lo largo de la Historia, intenta reorientar a su favor las reglas e instituciones internacionales, tanto en el terreno económico como de seguridad.

Si lo que llamó la atención de China durante los últimos años fue su crecimiento económico y su ascenso como gigante comercial e industrial, la historia de la próxima década será la de la transformación bajo su liderazgo del orden político y económico euroasiático. Por esta razón, identificar las preferencias de Pekín ocupa la atención de infinidad de analistas, volcados en el examen de la estrategia de innovación “Made in China 2025”, en las propuestas de reforma de la gobernanza económica global, en su expansión estratégica en el mar de China Meridional, o en la defensa de un modelo capitalista autoritario como alternativa eficaz a las “disfuncionales” democracias de Occidente. Si hay algo claro es que los líderes chinos tienen una estrategia coherente para llegar al lugar que quieren ocupar en el mundo a mediados del siglo XXI, así como un instrumento central para su realización: la iniciativa de la Ruta de la Seda.

Este es un proyecto que está provocando la reacción de otras grandes potencias y que explica, junto a otras razones, el paso de Washington a la ofensiva contra Pekín. Sigue existiendo, no obstante, cierta confusión sobre sus motivaciones y alcance, pues se trata ante todo de un concepto y de una metodología flexible que se irán reajustando con el tiempo. Para comprender las implicaciones de lo que está en juego ya existen varios estudios de calidad, pero pocos se acercan a la brillantez del que acaba de publicar Bruno Maçães: “Belt and Road: A Chinese World Order” (Hurst, 2019). Maçães, exsecretario de Estado portugués para Asuntos Europeos y vinculado en la actualidad a la universidad Renmin de Pekín, profundiza de manera detallada y sistemática en las tres grandes dimensiones—economía y tecnología, geopolítica y defensa, cultura y política—de la visión china del mundo.

El autor explica como pocos qué quieren los dirigentes chinos. Cuestión distinta, y que se examina en menor grado, es si todos esos planes pueden hacerse realidad: los obstáculos—tanto internos como externos—son considerables. En último término, pensar que China puede sustituir a Estados Unidos en el papel que ésta ha desempeñado desde el fin de la segunda guerra mundial significa desconocer el cambio que se ha producido en la naturaleza del poder internacional. Washington no podrá mantener esa posición sin precedente, pero tampoco nadie podrá sucederle en ese mismo estatus. Lo plausible es que el sistema global se subdivida en dos polos—sin líneas nítidas de separación y en constante evolución—, en los que Estados Unidos y China tendrán sus respectivas redes de países amigos, así como modelos económicos y valores políticos también distintos. Un orden híbrido o pluralista, en suma, en el que tendrán que coexistir tradiciones y esquemas contrapuestos: se acabó el monopolio occidental de la modernización y del poder mundial.

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Fernando Delage

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