INTERREGNUM: China, el fin de una fantasía. Fernando Delage

En una de esas coincidencias que obligan a dudar de las casualidades, tres de las más influyentes publicaciones en inglés de asuntos internacionales hacen hincapié en su último número en una misma idea: el error de las premisas en que se ha basado la política china de sucesivas administraciones norteamericanas. Los firmantes de los artículos, prestigiosos especialistas académicos—demócratas unos, republicanos otros—, comparten además el hecho de haber participado de manera directa en la formulación de dicha política en etapas anteriores.

Kurt Campbell y Ely Ratner en Foreign Affairs (“The China Reckoning”), Hal Brands en The National Interest (“The Chinese century?”) y Aaron Friedberg en Survival (“Globalisation and Chinese grand strategy”) han escrito piezas de distintos enfoques y extensión, pero con unas mismas conclusiones. Todos ellos piensan que el objetivo de facilitar la integración de China en la economía global para asegurar la apertura de su mercado ha fallado. Como lo ha hecho también la expectativa de que la adhesión de China a las organizaciones internacionales y una mayor interacción con la comunidad internacional frenaría sus posibles ambiciones revisionistas. Tampoco resultó muy sólida la creencia de que, dado su retraso tecnológico, las capacidades militares chinas nunca podrían competir con las norteamericanas. Pero quizá el mayor error fue la convicción de que el crecimiento económico empujaría a China casi de manera inevitable a liberalizar su sistema político.

Estados Unidos no ha conseguido transformar China. Lo que ha creado su estrategia sin pretenderlo es, por el contrario, un gigante que se ha convertido en su principal rival y en el mayor desafío a su estatus global como principal superpotencia. Este es un resultado que algunos ya vieron venir hace tiempo—así lo afirmó el expresidente Richard Nixon, artífice del acercamiento a Pekín a principios de la década de los setenta, poco antes de su muerte—, pero resultaba imposible prever: es la aceleración del ascenso de China en los últimos años lo que ha sorprendido a todos. En 2006, un antiguo corresponsal norteamericano en Pekín, James Mann, escribió un libro titulado precisamente “The China fantasy”, recibido en su día con un considerable escepticismo. Ha tenido que transcurrir otra década para que autorizadas voces académicas lleguen a una opinión similar.

Pese al aparente acuerdo sobre el fin de ese consenso, las soluciones propuestas no parecen muy convincentes, sin embargo. No ha sido a través de sus instrumentos militares como China ha ascendido. No será tampoco reforzando sus capacidades militares—propuesta en que coinciden los expertos citados—como Estados Unidos podrá afrontar este desafío. Creer que la magnitud de los problemas internos chinos frenará su trayectoria ascendente es una apuesta arriesgada, por otra parte. Como consecuencia de un proceso de redistribución de poder que ha adquirido una considerable velocidad desde la crisis financiera global, Washington ha dejado de ser el principal árbitro del orden regional asiático. Sustituir las bases de su estrategia anterior por otras nuevas no va a ser tarea sencilla. Para que funcione, Estados Unidos ya no podrá además construir una nueva estrategia por sí solo: sus socios y aliados serán más indispensables que nunca.

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