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Nobel metalwork embedded in floor. Nobel Museum. Stockholm, Sweden. (c) Allan LEONARD @MrUlster

Cómo la obsesión de Trump por ganar el Nobel lo aleja de la paz. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de que el éxito de El arte de la negociación (1987) lo convirtiera en un supuesto experto en acuerdos”, escribe la investigadora del Fondo Carnegie para la Paz Internacional Jessica T. Mathews, “Donald Trump presionó a la Administración de George Bush [padre] para que le encomendara el diálogo con la Unión Soviética para la reducción del arsenal nuclear. Al final, el cargo recayó en Richard Burt, un veterano diplomático especializado en control de armamento. Cuando ambos coincidieron en un evento social en Nueva York, Trump cogió a Burt en un aparte y lo aleccionó sobre lo que él habría hecho (y Burt debería haber hecho) para arrancar la conversación. Recibe a los soviéticos afectuosamente, le dijo. Deja que las delegaciones tomen asiento y desplieguen sus papeles. En ese momento, levántate, apoya los nudillos en la mesa, echa el cuerpo adelante, diles: ‘¡Jodeos!’ y sal de la habitación”.

“Trump”, sostiene Mathews, “piensa que [en una negociación] lo que funciona es lo inesperado. Desconcertar al interlocutor es lo que, en su opinión, permite que acabes saliéndote con la tuya”.

No he leído El arte de la negociación, pero sí Nunca tires la toalla y varias de las operaciones inmobiliarias que Trump describe confirman la impresión de Mathews. El presidente es un hombre de acción. Ha venido al mundo a hacer grandes cosas, como la Torre Trump de Chicago o el Trump Soho Hotel, y trabaja frenéticamente desde las cinco de la mañana. Pero aquí y allá tropieza con hombrecillos que le oponen resistencia por ignorancia o por pura maldad. Su estrategia consiste en diferenciar cuáles de ellos son sensibles al halago y cuáles a la intimidación, y obrar en consecuencia. A veces te envía una legión de abogados, pero a veces te sorprende con su “conciencia ética”, como cuando se empeñó en levantar un campo de golf en Escocia y, para congraciarse con los ecologistas, creó madrigueras artificiales para las nutrias, instaló cajas refugio para los murciélagos y recolectó semillas para preservar las especies autóctonas. “La gente esperaba un duelo y, en lugar de eso, brindamos una alianza”.

No es difícil identificar este patrón en su relación con Kim Jong-un. En agosto de 2017 Trump prometió sepultarlo bajo una tormenta de “fuego e ira”, pero después de que el Amado Líder filtrara su disposición a estudiar la “desnuclearización completa de la península coreana”, el presidente cambió radicalmente su registro y declaró que Kim y él estaban “enamorados”.

Parece que Trump estableció una conexión prematura entre sus amenazas y el anuncio de Kim, incluso sugirió al Gobierno japonés que presentara su candidatura al Nobel de la Paz. Pero la desnuclearización completa de la península coreana es algo que los Kim llevan planteando desde hace 25 años. “Al referirse a la península coreana y no a Corea del Norte”, explica Mathews, “Pyongyang da a entender que se desnuclearizará cuando Estados Unidos firme un tratado de paz que dé por finalizada la guerra de Corea, disuelva su alianza militar con Seúl, repliegue sus fuerzas y desactive el escudo nuclear que protege a Corea del Sur y Japón”. O sea, una retirada general.

Aunque Trump llegó a afirmar que “Corea del Norte no supone ya ninguna amenaza”, la realidad no tardó en salir a la luz. Pyongyang se ha negado reiteradamente a facilitar una lista de los silos donde aloja sus misiles y, cuando tres meses después de la cumbre de Singapur el secretario de Estado Mike Pompeo viajó a Corea del Norte para reclamarla, Kim ni siquiera lo recibió.

Ante semejantes muestras de deslealtad, el encuentro de febrero solo podía ser un fracaso y Mathews se pregunta cuál es el siguiente paso. Por las malas ya hemos visto que no se saca nada de los Kim, pero por las buenas tampoco: después de que en 1994 se comprometieran a interrumpir la producción de plutonio, en 2002 se descubrió una instalación en la que no estaban efectivamente enriqueciendo plutonio, sino uranio.

“Corea del Norte no va a renunciar nunca a la disuasión nuclear, salvo quizás en un futuro lejano”, argumenta Mathews. Kim ha visto cómo terminaron Sadam Husein o Muamar el Gadafi y es consciente de que habrían corrido una suerte muy diferente si hubieran contado con la bomba atómica. Además, la historia enseña que, si perseveras como India o Paquistán, Washington acaba por resignarse y te deja conservar tu arsenal.

Hasta ahora, Estados Unidos ha instado a los norcoreanos a que entreguen las armas si quieren apoyo económico. “Dejen de ser una amenaza”, les dice, “y nosotros les ayudaremos a prosperar”. Pero igual hay que recorrer el camino inverso: ayudarles a prosperar para que dejen de ser una amenaza. A Kim Jong-un le preocupa el bienestar de su pueblo más que a su padre o a su abuelo, y necesita desesperadamente capitales. A cambio del levantamiento de sanciones, podría considerar concesiones más asumibles que la desnuclearización total, como dejar de realizar ensayos o congelar la fabricación de combustible atómico.

Se trata, sin embargo, de pasos modestos y poco espectaculares, por los que es poco probable que le den a nadie el Nobel. (Foto: Allan Leonard)

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Afganistán: o ceguera o faltan datos

La política exterior y de seguridad de los EEUU de Donald Trump, o es errática o responde a claves desconocidas pero se parece bastante a un troceamiento de los problemas para darle soluciones distintas en cada caso, sin tener en cuenta intereses globales y considerando que resolver el corto y medio plazo es lo mejor para los intereses nacionales de Washington sin importar las consecuencias a un plazo más largo. Si esto es así y no tiene una lógica secreta, es justo todo eso lo que parecía la política de Obama, por ejemplo respecto a la contención de Irán y su programa nuclear y de lo que fue acusada por Trump.

Afganistán es un buen ejemplo de esto. La Administración Trump ha heredado un viejo plan de Obama de buscar al sector “moderado” del movimiento talibán y tratar de llegar con él a un acuerdo posibilista y de estabilidad al que pudieran sumarse al menos algunos de los señores de la guerra sobre los que se sustenta el frágil Gobierno de Kabul. La Administración Obama apenas pudo avanzar en esta dirección porque varias matanzas a manos de los propios talibanes lo hicieron imposible, al margen de que, a la vez, irrumpieron en la escena afgana el Daesh y se registró algún atentado autónomo de Al Qaeda. Esta es la situación en estos momentos. Precisamente sobre esta base, los asesores de Trump quieren ofrecer a un sector de los talibanes un acuerdo de alto el fuego, autonomía en algunas zonas y participación en la gestión del país a cambio de combatir al islamismo del Daesh y Al Qaeda.
La situación es compleja y hay parámetros que no parecen tener en cuenta los estadounidenses. En primer lugar, no se puede deslindar la situación afgana de la de Pakistán, otra vez en estado de tensión con India, en crisis interna y con una parte importante de su población de etnia pastún, que se extiende a uno y otro lado de la frontera con Afganistán y que constituyen una parte importante de la base social de los taliban. Y a eso se podría añadir el separatismo de Beluchistán, el protagonismo de China en el país y en la región y el siempre existente interés ruso, sin olvidar que Irán es el vecino occidental de Afganistán. Y a todo eso opone Trump un acuerdo con concesiones a los talibán que permita replegar a gran parte de las tropas norteamericanas que está hoy sobre el terreno. Lo dicho, o faltan datos o sobra ceguera. (Foto: Beth Bowman)
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La alianza Hanoi – Washington, un modelo en alza. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Después de más de cuatro décadas del final de la Guerra de Vietnam, y en contra de lo que suele suceder entre países que han peleado en bandos opuestos, las relaciones de Estados Unidos y Vietnam han evolucionado sorpresivamente. Hoy son aliados en la región del Pacífico, con una amplia cooperación en materia de seguridad que no ha hecho más que crecer y fortalecerse en los últimos años.

La historia de Vietnam está marcada por sus etapas coloniales. Fueron parte de la China imperial hasta 939 donde crearon su propio estado. Luego, los franceses, en la mitad del siglo XIX, colonizaron la península Indochina hasta 1954. Los japoneses también intentaron colonizar a los vietnamitas para evitar la incursión de los Estados Unidos, durante la II Guerra Mundial. Todo ello dejó a Vietnam dividida políticamente en dos estados rivales, lo que acabo en la guerra que ganó el norte, y que unificó al país bajo un régimen comunista que permaneció cerrado hasta 1986, momento en que se iniciaron reformas políticas y económicas.

Las favorables reformas dieron como resultado el empuje económico de Vietnam, que ha venido ocupando un lugar muy positivo de crecimiento económico desde el 2010 y que lo sitúa entre los más alto del mundo. En 2007 el país ingresó en la Organización Mundial del Comercial.

Las relaciones entre Washington y Hanoi se normalizaron formalmente en 1995. Y desde entonces se han basado en el respeto profundo. Vietnam y su peculiar sistema comunista, que gracias a su apertura le ha permitido convertirse en una nación con un notable desarrollo económico en la región. Y Estados Unidos ha invertido millones de dólares por su parte, para mitigar el cambio climático allí, por su alto nivel de vulnerabilidad.

Randall G. Schiver -subsecretario de Defensa para asuntos de Seguridad en el Indo-Pacífico-, apunta que la importancia de Vietnam para los Estados Unidos queda clara con las visitas de oficiales de la Administración Trump. Trump ha estado dos veces desde que tomó la presidencia. El secretario de la Defensa Mattis visitó Vietnam dos veces durante el mismo año -2018-, lo que es prueba la solidez de las relaciones en materia de defensa entre ambas naciones.

“Las relaciones están basadas en un interés común que compartimos” remarcó Schiver en un foro sobre las relaciones bilaterales a mediados de la semana pasada en Washington. Creemos que cada nación en la región debe determinar el camino que desean seguir, incluso los países más pequeños tienen el derecho de decidir su futuro sin la influencia de los países poderosos, es decir, su soberanía, libertad y prosperidad”. Subrayó el peligro que representa China para el sureste asiático, con especial énfasis en el mar del sur de China, donde se han cometido atrocidades ambientales para reclamar soberanía, entre otras muchas irregularidades.

Así mismo, el embajador vietnamita en Washington -HA Kim Ngoc- en este mismo foro, afirmó que las relaciones entre ambas naciones son realmente amplias, partiendo del mantenimiento de la paz en la región, que es una prioridad. Pero también lo es la navegación libre por el Pacífico. O el rol de la ASEAN, o la desnuclearización de la península coreana. Afirmó que, a pesar de no compartir ni historia, ni ideología, han podido elevar la cooperación a un punto de alianza estratégica.

El protagonismo de Vietnam ha ido también aumentando progresivamente. Lo prueba el hecho de que fue el lugar elegido por la Casa Blanca para la segunda cumbre entre Trump y Kim Jong-un. En ese encuentro, Vietnam aprovechó para mostrar su desarrollo, su apertura y disposición para servir de mediadores internacionales. Especialmente con Corea del Norte, con el que comparten un sistema comunista similar. En este momento, Hanoi está promoviendo activamente el encuentro de la ASEAN 2020, que se llevará a cabo en Vietnam y en el que además asumirá la presidencia. Otro elemento clave para la región, pues ASEAN tiene un rol predominante en la zona.

Mientras que Estados Unidos representa el modelo capitalista más dinámico y poderoso, han podido establecer una relación bilateral con Vietnam en la que el apoyo es mutuo y el respeto es la clave. No se cuestionan las diferencias ideológicas, a pesar de ser profundas. Es un gran ejemplo a seguir para muchas otras naciones, en el que la cooperación debe ser estratégica sin pretensiones autoritarias.

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INTERREGNUM: El siglo de Asia empieza en 2020. Fernando Delage

Por primera vez desde el siglo XIX, indicaba el Financial Times la semana pasada, las economías asiáticas sumarán un PIB mayor que el del resto del planeta en 2020. El próximo año comenzaría así, según el diario londinense, el “siglo de Asia”.

Aunque es ésta una idea que comenzó en realidad a debatirse a finales de los años ochenta, la aceleración del proceso no deja de ser llamativa. En el año 2000, Asia representaba sólo un tercio de la economía global. En la actualidad, la economía china es mayor que la de Estados Unidos en términos de paridad de poder adquisitivo, y equivale al 19 por cien del PIB mundial. India es la tercera mayor economía, y dobla el tamaño de la de Alemania o Japón. A estos dos gigantes hay que sumar, además, un número no pequeño de otros países de la región. Indonesia, por ejemplo, será la séptima mayor economía en 2020 (de nuevo en términos de paridad de poder adquisitivo), y la sexta en 2030. Asia regresa así a la que fue su posición hasta la Revolución Industrial, pues fue el continente que dominó la economía mundial hasta el primer tercio del siglo XIX.

Los fríos datos estadísticos de un informe no transmiten, sin embargo, el significado histórico que supone esta transformación para un mundo—el de los últimos 200 años—creado y liderado por Occidente. Pero sí lo hace una foto, también de la semana pasada: la del presidente chino, Xi Jinping, en el Elíseo, junto a su homólogo francés, Emmanuel Macron, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. El encuentro marca el definitivo reconocimiento por las autoridades europeas de la realidad del nuevo poder chino, y su inquietud por las implicaciones económicas y estratégicas del ascenso de la República Popular, tanto para los intereses del Viejo Continente como para el sistema internacional en su conjunto. No sólo es reveladora la ausencia de Estados Unidos de la foto, sino que el desmantelamiento del orden multilateral de postguerra por la Casa Blanca de Trump es una de las principales causas de esta reunión chino-europea.

Días después de haber aprobado la Unión Europea un documento que declara a China “rival sistémico” que quiere “imponer un modelo alternativo de gobernanza”, y pese a la presión de Washington para obstaculizar la nueva Ruta de la Seda (BRI), Merkel declaró que quiere desempeñar un papel activo en la iniciativa (por supuesto, sobre unas bases de reciprocidad). Los empresarios alemanes no van a renunciar a este motor de dinamismo para el crecimiento mundial. Macron indicó por su parte que “la Unión Europa ha abandonado su ingenuidad con respecto a China”. Pero no criticará el encargo por Xi de 300 aviones a Airbus, mientras Boeing intenta gestionar la crisis del 737. ¿Hasta qué punto son por tanto creíbles las críticas a Italia, cuyo gobierno populista ha roto la cohesión europea al firmar un memorándum sobre BRI durante la reciente visita del presidente chino?

La preocupación en Washington por los movimientos de Xi en Europa parece irrelevante para los líderes del Viejo Continente. Pero Pekín ha vuelto a demostrar su capacidad para dividir a los europeos. Macron, Merkel y Juncker entienden el desafío que representa China, pero los dos últimos desaparecerán pronto de la escena política. Aunque es una cuestión que no estará presente en la campaña de las próximas elecciones europeas, China—la ilustración más evidente del nuevo siglo de Asia—puede bien convertirse en una de las variables clave del futuro del proyecto de integración.

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INTERREGNUM: Cómo China responde a Trump. Fernando Delage

Al concluir la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional, y comenzar formalmente el segundo mandato de Xi Jinping como presidente de la República Popular China, se multiplican las señales sobre un escenario económico y diplomático incierto. El reforzamiento del control del Partido Comunista—elemento central del modelo implantado por Xi desde su llegada al poder—ha contribuido a la desaceleración en curso, al obligar a los gobiernos locales a financiar proyectos de infraestructuras no rentables, al incrementar la deuda de las empresas estatales, al privar de capital al sector privado, o al provocar la desconfianza de los inversores internacionales en el marco regulatorio chino.

El giro de la política de Estados Unidos hacia la República Popular no ha hecho sino agravar los dilemas que afronta Pekín. Las sanciones arancelarias de la administración Trump han debilitado la confianza de los consumidores chinos, y obligado a las empresas multinacionales a considerar el traslado de sus industrias en China a otros países. La denuncia norteamericana de la estrategia de innovación china y, de manera más amplia, el discurso de rivalidad empleado por Washington es un obstáculo añadido a la realización de las ambiciones internacionales de Pekín. Xi Jinping necesita reducir la tensión, para lo que resulta necesario un encuentro personal con el presidente norteamericano. Pero la “singular” reunión de Trump y Kim Jong-un en Hanoi, y las dudas de los líderes chinos sobre la fiabilidad de un compromiso con la actual Casa Blanca, no permiten asegurar de momento que la cumbre del 31 de marzo en Florida vaya a celebrarse.

Naturalmente, Pekín no supedita su estrategia a esta circunstancia. La preocupación es sincera, como reflejan, por ejemplo, los sutiles cambios en el lenguaje. En discursos y documentos oficiales, los líderes chinos ya no describen la situación internacional como un “periodo de oportunidad estratégica”, sino como un “periodo de oportunidad histórica”. La razón cabe atribuirla, según señaló Xi en un discurso ante la Comisión Central Militar el pasado mes de enero, a que “están emergiendo nuevos riesgos, tanto predecibles como impredecibles”. Este ajuste en la percepción de la dinámica internacional ha ido acompañado de un debate interno sobre cómo responder a la transformación de la política china de Estados Unidos.

En los movimientos de Pekín cabe distinguir entre su posición global y la reorientación de su política hacia distintas áreas regionales. Con respecto a la primera, y en contraste con la actitud de Trump hacia los procesos multilaterales, Xi ha redoblado su compromiso con una economía mundial abierta y con la reforma de las instituciones de la gobernanza global. En el frente diplomático regional, Pekín ha hecho un significativo esfuerzo desde hace un año por mejorar sus relaciones con sus vecinos asiáticos—Japón, India y la ASEAN en particular—, así como con Rusia y con la Unión Europea.

El estrechamiento de las relaciones entre Pekín y Moscú, en el terreno militar en especial, se debe en parte, sin duda, a la actitud norteamericana de confrontación hacia la República Popular. Tanto Putin como Xi se sienten cómodos creando una percepción externa de cuasi-alianza entre ambos. El giro de Washington ha acabado con las reticencias chinas a un acercamiento explícito a Moscú. Como también ha motivado un cambio sustancial en su diplomacia hacia Europa. De manera llamativa, en la última cumbre bilateral—julio de 2018—, China renunció a su tradicional exigencia de reconocimiento como economía de mercado y, por primera vez desde 2015, se pudo acordar un comunicado conjunto. Que Pekín haya propuesto adelantar la próxima cumbre anual a abril, es decir, sólo nueve meses después de la anterior, es otra señal del interés de Pekín por hacer fuerza común con Bruselas contra las políticas proteccionistas de Trump. Se espera que Xi visite asimismo París y Roma, en un momento decisivo del debate sobre el futuro de la UE.

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¿Cuál es el problema con Huawei? Miguel Ors Villarejo

Es fácil pintar a Donald Trump como un pobre paranoico. De hecho, es un pobre paranoico. Según él, Hillary Clinton ganó en California gracias a un fraude masivo, los inmigrantes mexicanos se dedican a violar y traficar con drogas, el algoritmo de Google sabotea sus discursos y los periodistas somos unos malditos lunáticos. Ahora mantiene que Huawei es el caballo de Troya de Pekín e incluso ha instado la detención en Canadá de Meng Wanzhou, la responsable de finanzas de la multinacional. Es difícil no sentirse tentado de dar la razón al Global Times chino cuando advierte: “Washington no debería utilizar su legislación para desvirtuar la competencia”. ¿Estamos ante otra escaramuza de la guerra comercial o hay motivos para la inquietud?

Por lo que he podido comprobar leyendo algunas crónicas del Congreso Mundial del Móvil, la prensa española, sin llegar a tomar partido abiertamente por nadie, tiende a simpatizar con Huawei. Y es verdad que nadie ha sido capaz hasta ahora de encontrar nada sospechoso en sus dispositivos. Como subrayó en Barcelona Guo Ping, presidente rotatorio de la compañía: “No tienen ninguna prueba, no tienen nada”. Por su parte, el fundador Ren Zhengfei negó en una reciente entrevista las acusaciones de espionaje. “Jamás instalaremos puertas traseras”, afirmó. Y añadió tajante: “Incluso si una ley china nos lo requiriera, lo rechazaríamos enérgicamente”.

En realidad, esa ley ya existe. La Asamblea Popular la aprobó en junio de 2017 y contempla la incautación de todo tipo de material cuando se considere que la seguridad nacional está en juego. Ya vimos lo complicado que es sacudirse la presión del Estado incluso en una democracia consolidada como la estadounidense cuando el FBI reclamó a Apple que le facilitara el acceso al iPhone de un terrorista. ¿De verdad se cree alguien que la resistencia de Zhengfei, por enérgica que fuera, supondría un obstáculo para Xi Jinping?

Trump no es el único que está inquieto con Huawei. Australia y Nueva Zelanda ya la han excluido del desarrollo de su red 5G y Polonia, Canadá y Alemania podrían seguir sus pasos. La agencia de ciberseguridad de la República Checa ha alertado de los riesgos que entraña la firma china y el Reino Unido ha encargado un informe sobre la conveniencia de una prohibición total, aunque sus servicios de inteligencia la habrían desaconsejado.

Incluso aunque Huawei no fuera china, la cuota de mercado que ha acumulado en infraestructuras de última generación ya sería problemática, sobre todo en España, donde ronda el 60%. Pero es que es china y, una vez superado el enérgico rechazo de Zhengfei, sus autoridades dispondrían de una poderosísima arma. “Un ciberataque puede ser tan destructivo como un ataque convencional”, escribe el secretario general de la OTAN Jens Stoltenberg. Y recuerda cómo en vísperas de las Navidades de 2015 Kiev se quedó misteriosamente sin luz. El apagón apenas duró unas horas, pero “la temperatura de las casas se situó rápidamente bajo cero y las cañerías empezaron a helarse”. Stoltenberg cree que el agresor (¿Rusia?) solo quería enseñar la patita, pero bastó para que en la Alianza impulsaran el gasto en ciberdefensa. Ahora montan “cibermaniobras a gran escala” con “ciberfuego real”, en las que los ejércitos ponen a prueba su destreza contra adversarios de talla mundial.

Hace unos años, la prioridad era salvaguardar las plantas eléctricas, las torres de control o los centros de comunicaciones, pero el internet de las cosas y el 5G han creado nuevas vulnerabilidades. Los fabricantes de electrodomésticos inteligentes no actualizan su software ni facilitan parches y, una vez localizada una puerta trasera, los delincuentes entran y salen a su antojo. Pueden, por ejemplo, acceder a la programación de su termostato y averiguar a qué horas está usted fuera de casa. Pueden infiltrarse a través de la nevera o el horno en su ordenador, espiarlo con la cámara y grabarlo mientras navega por sitios inapropiados. O pueden encender su aparato de aire acondicionado y el de miles de vecinos simultáneamente y provocar una sobrecarga en el sistema. Un artículo presentado en agosto en el Simposio de Seguridad Usenix simulaba un asalto de esta naturaleza y concluía que un aumento súbito de la demanda del 30% podía dejar fuera de combate todos los generadores de una zona.

George R. Lucas, un profesor de la Escuela Naval de Estados Unidos, declaraba en 2014 que la tecnología precisa para perpetrar un gran ciberatentado “simplemente desborda las posibilidades intelectuales, organizativas y de recursos humanos de los grupos terroristas mejor gestionados y financiados”, pero eso ya no es un impedimento. Los terroristas no necesitan saber informática. “En la web oscura hay plataformas donde se intercambia malware o se contratan los servicios de piratas”, me contaba hace unos meses María Campos, vicepresidenta mundial de Grandes Cuentas de Panda Security. La policía desmanteló en febrero de 2018 un foro de esta naturaleza que operaba bajo el lema In fraud we trust (En el fraude confiamos).

Y si un delincuente de tres al cuarto es capaz de poner patas arriba un país, ¿qué no podría hacer Pekín a través de las autopistas que le han tendido sus compañías?

Nadie dice que vaya a hacerlo. No estamos además completamente inermes. Un estudio reciente de la Universidad de Oulo (Finlandia) sostenía que muchos peligros se conjuran con una regulación adecuada y el cumplimiento de unas normas elementales de higiene digital, como cambiar las contraseñas que vienen por defecto, actualizar el software o deshabilitar los accesos remotos. También las empresas tienen que cambiar su mentalidad. “La seguridad debe tenerse en cuenta desde el principio”, dice Campos. “No es un pegote que se pone deprisa y corriendo en el último minuto. Hay que planificarla en origen, igual que se hace en la construcción. A ningún promotor se le ocurre entregar una vivienda sin cerraduras”.

Esta concienciación puede llevar de todos modos algún tiempo y, entre tanto, un poco de paranoia trumpiana a lo mejor no estaba de más.

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Cumbre de Hanoi: ¿Marcha atrás? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La cumbre en Hanoi prometía avances reales. Sin embargo, Trump decidió acortar el tiempo y, abruptamente, se levantó de la mesa de negociaciones. Ahora bien, ¿qué es lo que realmente sucedió? ¿Se puede interpretar ese cambio repentino de actitud como negativo?

Trump lo anunció antes de subirse al avión con destino a Vietnam. Su Administración, a través de diferentes portavoces desde que culminó la primera cumbre en Singapur, manifestaron que el siguiente paso era acordar la desnuclearización de la península coreana. Tanto el Secretario de Estado -Mike Pompeo- como el encargado especial de la Administración Trump para Corea del Norte -Steven Biegun- han sostenido reuniones en pro de ese avance desde finales del verano pasado. Por lo tanto, Trump hizo exactamente lo que debía haber hecho un jefe de Estado al que llegado al momento más álgido de la negociación le quieren tomar el pelo.

Una segunda Cumbre era un riesgo en sí misma. Pero un riesgo para Estados Unidos. Pues una vez más Washington legitimaba a Kim Jong-un como líder. Además, se podría haber evitado un riesgo innecesario, pues se pudieron haber mantenido las conversaciones de alto nivel a dos bandas, sin tener que haber hecho el show mediático. Sin embargo, ese es Trump, un “showman” que necesita las cámaras y las ceremonias para vanagloriarse.

Pero en defensa de Trump hay que decir que su salida de la reunión lo dejan mejor parado de lo que estamos acostumbrados. Pues fue él quien se retiró ante las exigencias de Kim de que fueran levantadas todas las sanciones. Objetivamente, el levantamiento de algunas sanciones podría ser negociable, pero no el levantamiento total de las sanciones, pues la razón por la que esas sanciones han sido impuestas siguen estando presentes.

Kim pudo haber intentado un movimiento más diplomático. Sin embargo, optó por mantener una postura intransigente, a lo que nos tiene acostumbrados. A Estados Unidos no le conviene levantar sanciones a Pyongyang, pero tampoco le conviene al mundo, pues ellos siguen representando un gran riesgo para la región y la paz mundial. Y como si eso fuera poco, de hacerlo se marcaría un precedente de falta de seriedad y rigurosidad ante la seriedad de este inminente peligro. Nada conveniente, por otra parte.

Es posible que Trump hubiera debido ir a Hanoi teniendo la seguridad de que Kim firmaría la desnuclarización, pero eso tampoco hubiera sido una garantía de que sucediera, pues Kim Jong-un, como su padre y su abuelo, ha operado bajo la mentira y la instigación del miedo desde el momento que se instaló en el poder.

Lo positivo de la Cumbre es que Trump dejó abierta la puerta. En todo momento mostró su lado amable al referirse a Kim durante las preguntas atentas de los periodistas a su salida. Lo que es un gran indicativo de que no hubo arrebatos o malos momentos durante el encuentro. Trump insistió en su amistad con el líder norcoreano enviando un claro mensaje. En otras palabras, si es bajo nuestros términos habrá negociación, habrá acuerdo y habrá levantamiento de sanciones progresivamente.

Además, hay que remarcar que incluso de haber habido un acuerdo para desnuclearizar la península coreana, es muy poco probable que Washington hubiera podido levantar las sanciones completamente, pues ejecutar un proceso real de desnuclearización total llevaría unos años. Y, una vez completado, requeriría inspecciones de expertos y agencias internacionales, entre otros protocolos que son realmente complejos y materialmente consumen mucho tiempo.

El hecho de que el lugar escogido fuera Vietnam, un país comunista que, con su política de apertura ha convertido la nación en un notable ejemplo de desarrollo económico en la región, envió desde el primer momento un mensaje directo a Pyongyang. Además de ser un país cercano ideológicamente a Corea del Norte, Kim tiene relación con su gobierno, y pudo constatar de primera mano los efectos positivos de abrirse al mundo. Además, Trump le recordó en varias ocasiones lo que podía esperarle a Corea del Norte de abrir sus fronteras y cerrar su carrera nuclear. Un desarrollo que hoy sigue esperando su momento para llegar.

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INTERREGNUM: Vulnerabilidades chinas. Fernando Delage

El encuentro, esta semana en Vietnam, del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con el líder norcoreano, Kim Jong-un, se produce días antes de la fecha límite establecida por Washington—el 1 de marzo—para aumentar los aranceles impuestos a productos chinos del 10 al 25 por cien, a menos que se logre un acuerdo con Pekín. Se celebra igualmente en vísperas de la entrega del informe del fiscal especial Robert Mueller sobre las relaciones de Trump con Rusia. Las posibles conexiones del presidente norteamericano con Moscú son una fuente permanente de vulnerabilidad personal, mientras que su declaración de guerra comercial a Pekín no animará a los líderes chinos a ayudarle en la resolución del problema norcoreano.

Pero si las interconexiones son inevitables en la era de la globalización, las debilidades tampoco se concentran en una sola parte. Así se ha puesto en evidencia en China mediante dos recientes señales. En enero, en un discurso en la Escuela Central del Partido Comunista, el presidente Xi Jinping se refirió a las múltiples amenazas externas e internas que afronta la República Popular. El 16 de febrero, Qiushi, la publicación que marca la ortodoxia ideológica del Partido, publicó por otra parte unas palabras pronunciadas por Xi a puerta cerrada el pasado mes de agosto, reclamando un mayor activismo en la defensa de los principios de la organización.

En sus intervenciones, el presidente chino ha descrito una situación global “complicada e impredecible”. Aunque los analistas lo han entendido como una referencia a las actuales tensiones con Washington, probablemente también incluye la percepción de una creciente actitud defensiva por parte del mundo exterior con respecto a las inversiones estratégicas y la interferencia política de la República Popular. Con todo, Xi también ha hecho hincapié en los riesgos internos que afronta la estabilidad política; riesgos derivados tanto de las denominadas “cinco nuevas categorías”—abogados defensores de los derechos humanos, iglesias clandestinas, comentaristas en Internet, y grupos sociales menos favorecidos—como de los críticos con la acumulación de poder por Xi y la recuperación de prácticas que recuerdan al maoísmo. La respuesta del presidente, además de sus reiteradas denuncias del “constitucionalismo occidental”, ha sido previsible: una nueva exhortación a los cuadros del régimen a estar alerta contra la infiltración ideológica de las fuerzas hostiles y a extremar la lealtad hacia los valores y principios del Partido Comunista.

En un sistema donde nada se hace por casualidad, la publicación de estos discursos no es mera rutina. La imposición de tarifas por parte de Estados Unidos y la reacción contra sus actividades ilegales en el exterior, se ha traducido desde la pasada primavera en una notable reducción del crecimiento económico; algunos observadores hablan incluso de contracción. La cifra de desempleo ha aumentado, y se multiplican las voces que, además de señalar lo erróneo del enfrentamiento con Washington, pronostican un escenario negativo si se sigue defendiendo a las empresas públicas a costa del sector privado. Esta deriva podrá provocar una creciente oposición a Xi, pese al reforzamiento en curso del aparato de propaganda.

Cada uno de los dos principales líderes políticos del planeta tiene razones, por tanto, para sacar partido a la reunión que tienen previsto mantener hacia finales de marzo en Florida. Trump necesita neutralizar la amenaza norcoreana—aunque no se avance en la desnuclearización de la península—y “vender” a su opinión pública la firma de un acuerdo con Pekín, aunque éste sólo ceda en cuestiones menores y no en la reforma estructural de su economía. Xi tiene que lograr por su parte un equilibrio entre los imperativos del control ideológico y el pragmatismo que requiere su supervivencia política. Necesita una tregua que le permita minimizar la movilización en su contra de las elites chinas.

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A varias bandas

En las horas previas a la II Cumbre entre Donald Trump y Kim Jong-un, China y Estados Unidos han acercado posiciones en su guerra comercial sobre los aranceles. Aunque aún no hay acuerdos, han decidido no buscar un acuerdo global de momento sino avanzar hacia convenios parciales admitiendo la posibilidad de aplazar la fecha que se dieron (el 1 de marzo) como límite para negociar.

Ganar tiempo viene bien a ambos países y para alejar cualquier sospecha de concesiones, la Casa Blanca ha filtrado que hay “avances sustanciales”. Da la sensación de que esto, en parte, es cierto, pero varios expertos sugieren que esto está en estrecha relación con el escenario coreano en el que, en Estados Unidos, se dan por hecho un avance, esta vez real, en el proceso de desnuclearización, una reducción significativa de las fuerzas militares estadounidenses en Corea del Sur, un paquete de incentivos occidentales unido a un levantamiento de sanciones y la elevación del rango de relaciones entre EEUU y Corea del Norte.

Mientras tanto, en medio de la disputa, Rusia ha logrado abrir hueco a algunos de sus productos en el mercado chino, para suplir parte de lo que hasta ahora habían sido suministros norteamericanos.

En todo caso, los próximos meses van a ser intensos para desarrollar los acuerdos que se alcancen en Vietnam, encauzar las relaciones comerciales entre China y Estados Unidos y seguir actuando a la vez en otros frentes conflictivos.

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La fábula de las fake news. Miguel Ors Villarejo

Tras la sorpresa que supuso el triunfo de Donald Trump, los estadounidenses no han tardado en encontrar un culpable: las noticias falsas. Su difusión masiva a través de Facebook ha alterado el voto de millones de ciudadanos e inclinado la balanza en favor del candidato republicano. Algunos expertos incluso creen que la pérdida de ascendiente de la prensa tradicional pone en peligro la democracia. “La nación”, advierte la revista Editor & Publisher, “se enfrenta a la amenaza de una información incompleta y mal asimilada que distribuye un medio que todavía tiene que demostrar su capacidad para desempeñar semejante tarea”.

La queja de Editor & Publisher no es nueva. De hecho, es bastante anterior a Trump. Procede de un editorial de noviembre de 1937 y el medio al que se refiere no es Facebook, sino la radio. Orson Welles acababa de emitir su dramatización de La guerra de los mundos. Todos hemos leído cómo aquella noche las comisarías y las redacciones se bloquearon con “las llamadas de oyentes aterrorizados y desesperados que intentaban protegerse de los ficticios ataques con gas de los marcianos”. En algunos barrios incluso se habló de infartos y suicidios inducidos por el miedo, y el New York Times alertó de la irresponsabilidad de aquellos locutores aficionados. Había que atajar la distribución de informaciones diseñadas para confundir a la audiencia, o sea, de fake news.

El problema es que la única fake new fue aquel pánico. El impacto de Welles fue muy limitado. Su programa no alcanzó ni el 2% de cuota, porque coincidió con el show del ventrílocuo Edgar Bergen, que era la sensación del momento. Tampoco hubo muertos ni heridos. El análisis de los formularios de ingreso de seis hospitales de Nueva York, que había sido teóricamente el epicentro de la histeria alienígena, revela que “ninguno registró caso alguno relacionado con la emisión”. ¿Cómo se forjó y alimentó el mito de La guerra de los mundos?

“Échenle la culpa a los grandes rotativos”, escriben Jefferson Pooley y Michael Socolow en Slate. “La radio había arrebatado a la prensa muchos recursos publicitarios durante la Gran Depresión, ocasionándole un serio perjuicio. Los diarios aprovecharon la oportunidad que Welles les brindó para desacreditarla como fuente de información”.

Y volviendo a Trump, ¿no podría estar pasando ahora lo mismo con Facebook? Los investigadores Andrew Guess, Brendan Nyhan y Jason Reifler han estudiado una muestra representativa de ordenadores para determinar cuántos estuvieron expuestos a fake news en octubre y noviembre de 2016 y han obtenido una proporción alta (27%), pero sus contenidos nunca superaron el 2% de la dieta informativa total.

En cuanto al papel de Facebook como propagador, pudo ser relevante en 2016. Entonces, el sitio aparecía en los historiales de navegación justo antes de las webs de noticias falsas, lo que sugería que facilitaba el acceso a ellas. “Pero este patrón ya no se da con los datos de 2018”, observa Guess.

Finalmente, no hay evidencia de que las noticias falsas influyeran en el resultado de las presidenciales. Guess y sus colegas no han encontrado “ninguna asociación” entre la lectura de artículos favorables a Trump y cambios en el apoyo electoral.

“El temor al efecto nocivo de las fake news no debe desdeñarse”, concluye Guess, pero su alcance es “más matizado” de lo que sugiere la alarma actual. Como en los años 30, parece que los medios establecidos están aprovechando la conmoción política para ajustar cuentas con los intrusos que se han quedado con sus anuncios. Cuentan para ello con la buena disposición de la gente, que desconfía de la influencia de Facebook y Google tanto como nuestros abuelos y bisabuelos recelaban de la radio.

“No son los marcianos que invaden la Tierra los que más nos asustan”, escriben Pooley y Socolow. “Son la ABC, la CBS y la NBC ocupando y colonizando nuestras mentes las que de verdad nos aterran”. Por eso, periódicamente, recurrimos a alguna fábula que nos recuerda el poder de los medios. (Goretti Cortina)