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Huawei

Extradición de un alto ejecutivo chino, la nueva diplomacia de Washington. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Las relaciones comerciales y diplomáticas entre Beijing y Washington han estado en una cuerda tensa durante meses, gracias a la determinación del presidente Trump de equilibrar el déficit comercial que el año pasado se cerró en 377 mil millones -a favor de China- y de proteger la economía estadounidense.

La posible guerra comercial parecía enfriarse, o al menos daba la sensación de que se concedía una tregua a raíz del encuentro del G20 en el que Xi Jinping y Trump acordaron un plazo de 90 días para imponer el aumento de tarifas a productos chinos que deberían haber entrado en vigor a principios del año nuevo. Sin embargo, la Administración Trump no baja la guardia y, por el contrario, solicita a Canadá la extradición de Meng Wanzhou, la directora financiera de tecnología de la multinacional china Huawei, especializada en móviles y alta tecnología, lo que cambia el escenario completamente y pone en jaque las relaciones diplomáticas entre ambas naciones.

Huawei es la compañía de telecomunicaciones más grande del mundo y la segunda que más móviles inteligentes vende, según Forbes. Fundada en 1987 por Ren Zhengfei, ex militar chino y padre de la actual directora financiera, quién se encontraba en Vancouver y fue detenida por las autoridades canadienses a petición de Estados Unidos, y quien tendrá que comparecer en un tribunal en New York.

La línea entre las grandes multinacionales chinas y el Estado chino siempre se cruzan. En el gigante asiático todo pasa por el Estado y el Partido Comunista chino. En varias ocasiones se han visto funcionarios chinos expresando su deseo de exportar tecnología 5G, por citar un ejemplo, que es una de las grandes áreas comerciales de Huawei. El estado chino ha financiado compañías como ésta para impulsar su crecimiento internacional, porque son fuentes de riqueza, de penetración e influencia global.

La multinacional, a principios de año, anunció que tiene firmado acuerdos con 45 operadoras mundiales. Pero también podría ser una especie de máquina de espionaje industrial y estatal, en el que Beijing consigue información privilegiada gracias a la penetración de estos sistemas.

A mediados de año, hubo un antecedente con ZTE, otra compañía de telecomunicación china a la que la Administración Trump casi envía a la quiebra por haber violado las sanciones contra Irán, en la que el mismo Xi Jinping se vió obligado a mediar para salvarla. Lo que prueba que las autoridades estadounidenses llevan meses investigando estas multinacionales, sus negocios, relaciones comerciales y sus labores de espionaje.

En julio, Gran Bretaña publicó un informe oficial que explicaba los brechas y problemas técnicos de Huawei, en el que se afirmaba que habían abierto las redes de telecomunicación del país a nuevos riesgos. En agosto, Australia y Nueva Zelanda vetaron a ésta misma multinacional para ser proveedores de la red 5G. Y la razón del veto fue el peligro que representa para el Estado. Paralelamente, tanto Corea del Sur como Japón están también evaluando las operaciones de dicha empresa en sus territorios, y el Estado nipón ya decidió sacar tanto a ZTE como a Huawei de sus licitaciones públicas.

La solicitud de la extradición de Meng Wanzhou, es en sí misma un giro diplomático importantísimo que no tiene precedentes al que China podría responder con una acción semejante, pues esta ejecutiva china forma parte de una de las familias más influyentes y poderosas en China, que seguramente cuenta con acceso directo a Xi Jinping.

También llama la atención la discreción con la que se manejó el hecho durante los primeros días, ninguno de los Estados se manifestó inmediatamente o tan siquiera fue filtrado a la prensa hasta pasados varios días de haber sido capturada por Canadá.

La violación de unas sanciones de Irán que supuestamente Huawei no respetó, y razón de la detención de la directora de esta multinacional son sin duda la primera razón, y en este sentido la agencia Reuters informó que las transacciones fueron hechas a través del banco británico HSBC. Pero en el fondo la amenaza de “poner en riesgo la Seguridad Nacional” es una razón perfectamente defendible y altamente justificable para bloquear las operaciones de cualquier multinacional.

Las implicaciones de que los países más poderosos, y potencialmente los clientes más atractivos, estén bloqueando multinacionales chinas abre un nuevo escenario que obligará a Beijing a jugar bajo la normativa de respeto de la normativa internacional y la privacidad, si quieren seguir expandiendo sus negocios. Para formar parte del club de los grandes no sólo hay que tener dinero, sino que hay que jugar bajo las reglas del club.

rush japan

INTERREGNUM: Japón se mueve. Fernando Delage

Con ocasión de la reciente cumbre del G20 en Argentina, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, mantuvieron un encuentro que permitió al primero alabar al segundo por sus esfuerzos por reducir el superávit bilateral con Washington y por aumentar la compra de equipamiento militar norteamericano. Sus palabras no tranquilizan, sin embargo, al gobierno japonés, consciente de la rápida transformación de su entorno exterior y de la necesidad de ampliar sus opciones estratégicas.

Trump nunca ha ocultado su rechazo de las prácticas comerciales japonesas, que considera injustas. Tokio teme por ello que, una vez concluida la sustitución de NAFTA por el nuevo USMCA, Japón sea el siguiente objetivo norteamericano. Algunos analistas japoneses minimizan dicho riesgo, al ocupar China la atención preferente de Trump. Otros ven por el contrario una amenaza más inmediata, al disponer Estados Unidos de un mayor margen de presión sobre Japón que sobre la República Popular. Ese sería el caso del mercado de automóviles, por ejemplo. Las negociaciones bilaterales demandadas por el presidente de Estados Unidos comenzarán el año próximo.

Abe mantiene, por otro lado, una firme defensa del libre comercio y el multilateralismo, asuntos que le separan de Trump (y que hicieron inviable una declaración final en Buenos Aires), pero que seguirán ocupando el centro de la agenda en la cumbre del G20 en Osaka, en junio de 2019. Japón se encuentra así ante un inevitable papel de mediación entre Estados Unidos y China para reconstruir un espíritu de cooperación en la economía global.

Pero no son sólo estos asuntos los que separan a Washington y Tokio. Hace un año, Japón temía que la agresiva retórica de Trump condujera a un conflicto militar en la península coreana. La calma a que ha conducido el encuentro de este último con Kim Jong-un en Singapur, el pasado mes de junio, apenas ha servido para tranquilizar a Abe. Pyongyang continúa produciendo armamento nuclear y misiles balísticos, sin que aparentemente preocupe a Estados Unidos. Si ello supone la aceptación implícita por parte de Washington del estatus nuclear de Corea del Norte, ¿apoyaría la administración norteamericana a Japón en el caso de una crisis entre este país y el régimen de Kim Jong-Un?

Por lo demás, Abe también se vio con Vladimir Putin en Buenos Aires. Pese a las tensiones entre Moscú y los miembros de la OTAN por los incidentes con Ucrania en el mar de Azov, las relaciones entre Rusia y Japón parecen haber mejorado de manera significativa. Abe y Putin anunciaron que sus ministros de Asuntos Exteriores—Taro Kono y Sergei Labrov, respectivamente—, negociarán un acuerdo formal de paz—pendiente desde el fin de la segunda guerra mundial—antes de que el primer ministro japonés viaje a Moscú a principios del próximo año. Se han precipitado así los acontecimientos desde que, en septiembre y por sorpresa, Putin propusiera a Abe que los dos países resuelvan de manera definitiva la disputa sobre las islas Kuriles, “sin ninguna condición previa”. Aunque durante la reunión de ambos en la Cumbre de Asia Oriental en Papua Nueva Guinea, en noviembre, no se registró ningún avance concreto, ambos líderes acordaron “acelerar las conversaciones”.

Las diferencias de fondo obligan al escepticismo. Japón no puede aceptar más que la completa soberanía sobre las cuatro islas, y tampoco podría dar su visto bueno a las previsibles exigencias rusas: que las Kuriles no estén protegidas por la alianza Japón-Estados Unidos, y que Tokio suprima las sanciones impuestas a Moscú tras la anexión de Crimea. Rusia necesita con urgencia fomentar el desarrollo económico de sus territorios de Extremo Oriente, para lo que las inversiones japonesas serían decisivas. Un tratado de paz desbloquearía esas oportunidades económicas, mientras que Tokio, por su parte, contaría con más cartas para afrontar la incertidumbre causada por el actual inquilino de la Casa Blanca. Las conversaciones nunca han sido más serias en décadas, pero no será fácil que prosperen.

CARAS HORIZONTAL

China, en el centro del debate

Esta semana, 4Asia celebra un encuentro en el que vamos a volver a debatir sobre China, su situación actual, sus últimos cuarenta años de historia, sus avances, sus fortalezas, sus debilidades, y su incuestionable ascenso al protagonismo internacional entre las grandes potencias.

Todo se ha gestado entre los mandatos de Deng Xiao Ping, obligado a ordenar el lado más turbulento del maoísmo con una oleada de pragmatismo sin romper ni con el terror como forma de gobierno ni con las decisiones centralizadas en una economía intervenida, y de Xi Jinping que hereda un sistema en plena expansión económica y una China en plena disposición de disputar el liderazgo a Estados Unidos y hacer sentir sus negocios y su influencia en todo el planeta.

Y en este escenario, el último Ping está en medio de una curiosa situación en la que el renacido proteccionismo de Estados Unidos con Donald Trump al frente permite al líder chino presentarse como líder del libre comercio mientras la mano del Partido Comunista Chino sigue siendo determinante en la economía interior y las fuerzas navales chinas amenazan la libre circulación en el Mar de la China.

Esta es la realidad, y a lo que supone, sus consecuencias y lo que define el escenario internacional vamos a dedicarle unas horas de debate con especialistas de especial relevancia que expondrán las claves de la política exterior china; los avances de la modernidad de corte occidental en una sociedad milenaria; los procesos políticos chinos durante las últimas cuatro décadas, y trataremos de dar respuesta a si China tiene un modelo propio de desarrollo económico o es el resultado de un ejercicio oportunista y autoritario buscando resultados en función de las posibilidades. Será una buena ocasión para encontrarnos e intercambias opiniones.

gallina ciega

China y Rusia en el escenario latinoamericano. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- América Latina es una región que, por sus enormes riquezas naturales, ubicación y cercanía con los Estados Unidos, representa especial interés para China y Rusia. A pesar de una compleja realidad de democracias débiles, narcotráfico, corrupción, guerrilla y tráfico humano, entre otros, que han facilitado la penetración de los intereses de Moscú y Beijing. ¿Pero hasta dónde llega la interferencia de estos gobiernos extranjeros y cuáles son las implicaciones?

4Asia asistió a un foro organizado por la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad de John Hopkins en colaboración con el Centro de Estudios de la Defensa Willian J. Perry sobre los retos de seguridad en América Latina, en el que se discutió en profundidad por parte de expertos en la región la situación actual. Un punto coincidente entre todos fue que el mayor y más complejo problema que enfrenta la región es Venezuela, que, debido a la magnitud del conflicto, se ha convertido en un problema que trasciende las fronteras y afecta a la región entera.

Moises Naím definió a Venezuela como un Estado fallido, criminal, ocupado por Cuba -que define como una invasión del siglo XXI- además de ser narco-Estado. Mientras que el embajador estadounidense William Brownfield,  con una larga experiencia en narcóticos y en la región, remarcó la idea que Venezuela es un “Estado Mafia”, connotación aún más grave que la de narco-estado, según él, debido a que el gobierno venezolano y sus instituciones está involucradas con todo tipo de crímenes internacionales.

David Smolansky, miembro del grupo de trabajo de la inmigración venezolana de la OEA, explicó la gravedad de la situación de los inmigrantes con números: 208 venezolanos salen del país cada hora, 5 mil todos los días y más de 30 mil se movilizan en las fronteras para adquirir alimentos y medicinas. Y el embajador Juan Carlos Pinzón (exministro de la defensa de Colombia y ex-embajador de Colombia en Washington) explicó que Colombia está atendiendo a los inmigrantes de la mejor manera que puede porque los consideran hermanos. Sin embargo, apuntó que cada individuo que sale de Venezuela favorece al régimen de Maduro, pues es un opositor menos en su territorio.

En cuanto a la influencia de Rusia en Latinoamérica, Julie Gurganus -miembro del Consejo de Inteligencia de los Estados Unidos- precisó los tres objetivos que persigue Rusia en el mundo: 1. Ser percibidos como un gigante y/o poderoso, 2. mantener la bipolaridad mundial y 3. disputarle la influencia a Washington. La Rusia de Putin ha jugado astutamente con esta influencia en la región latinoamericana. Suelen hacer visitas de Estado justo antes de que necesiten apoyo internacional. Un ejemplo, agrega, fueron las visitas de altos funcionarios rusos a países de esta región antes de la invasión de Crimea, que acabó con la resolución de la Asamblea General de la ONU condenando a Rusia con los votos en contra de Bolivia, Cuba, Nicaragua y Venezuela (entre otros) y con la abstención de Brasil y el Salvador (entre otros).

Así mismo, sostiene que Moscú utiliza la venta de armas para asegurarse de que sus clientes se conviertan en aliados en la zona, y conseguir influencia y dependencia de quien las compre.

En cuanto a China, Margaret Myers -directora del programa de Asia y América Latina en el Inter-American Dialogue- sostiene que la influencia de China en la región es indudable y cada día hay más programas de intercambios, que han aumentado considerablemente en los últimos 5 años. Sin embargo, insiste en que sólo la mitad de los proyectos que Beijing ha anunciado han sido ejecutados.

La motivación que mueve a China, dice, es promover oportunidades para sus empresas. Mientras que Stephen Kaplan -profesor de la Universidad George Washington-, precisa que China es el quinto país en dar créditos en el planeta, aunque lleve poco tiempo en el mundo crediticio. Intentan además diferenciarse de las instituciones tradicionales de crédito. En vez de exigir pagos en dinero, se asegura que el país acreedor comprará materia prima china y usará proveedores chinos y maquinaria china. Con lo que se aseguran parte del retorno. Puso el ejemplo de Venezuela, a quien los chinos han dado muchos créditos y como parte del pago le exigen pagar con petróleo.

Mientras que por un lado gestionan bien una dependencia de sus clientes, por otro no impone condiciones o normas de cómo usar el dinero: sólo le preocupa su retorno, no el uso que dan al dinero.

Siendo Venezuela el mayor reto que enfrenta la región, es un problema que le salpica, y muy de cerca, a Washington. A pesar de que la Administración Trump reconoce el régimen de Maduro como ilegítimo, y se ha observado un incremento de sanciones y presión, parece no ser suficiente.

China tiene una presencia muy activa en este país, así como lo tiene Rusia, que ha otorgado muchos créditos a Maduro, mientras simultáneamente han fortalecido sus relaciones con La Habana, lo que no es de sorprender pues los cubanos tienen fuerte presencia en Venezuela, sobre todo a través de los servicios de inteligencia, que, según expertos, ha sido la razón de la supervivencia del régimen a pesar del profundo descontento social.

La Administración Trump conoce la situación. Sin embargo, parece no entender la dimensión de las consecuencias más allá de la región latinoamericana. A mayor número de inmigrantes saliendo de las fronteras venezolanas mayor el riesgo que esos inmigrantes busquen como destino el norte del continente. Y ya Trump lo tiene complicado con los miles de personas que llegan de Centroamérica.

Tanto Xi jinping como Vladimir Putin saben que controlar Latinoamericana hace vulnerable a Estados Unidos mientras que ambos se hacen con los recursos naturales, con los compromisos de los gobiernos y compran apoyos estratégicos.

Cena

INTERREGNUM: Cena en Buenos Aires. Fernando Delage

Los mercados y el mundo entero han recibido con alivio el acuerdo al que llegaron los presidentes Trump y Xi durante la cena mantenida por ambos al concluir la cumbre del G20 en Buenos Aires el pasado sábado. La amenaza norteamericana de elevar los aranceles a las importaciones de productos chinos del 10 por cien al 25 por cien a partir del próximo 1 de enero ha quedado en suspenso. China, inquieta por los efectos de tal medida sobre el empleo—y, por tanto, sobre la estabilidad social y política—ha prometido aumentar sus compras a Estados Unidos, aunque por un importe que no se ha dado a conocer. ¿Se ha evitado una guerra comercial que parecía inevitable?

En realidad, la administración Trump ha dado un plazo de 90 días a Pekín para evitar esas nuevas sanciones. Washington ha declarado que los dos países comenzarán negociaciones para resolver algunos de los principales problemas en su relación económica, como el robo de propiedad intelectual o las transferencias forzosas de tecnología. La falta de avances conducirá a una nueva escalada de las tarifas arancelarias.

Ambos líderes necesitan una tregua. Trump ha perdido—para el Partido Republicano—la mayoría en la Cámara de Representantes, mientras el fiscal especial sobre sus relaciones con Rusia, Robert Mueller, continúa avanzando en su investigación. En China tampoco faltan las—discretas—críticas a Xi, cuya política de excesivo triunfalismo ha conducido a un contraproducente enfrentamiento con la todavía primera economía mundial. Las dos economías necesitan por otra parte equilibrar su dinámica comercial, y China abrir en mayor grado sus mercados a la inversión extranjera.

Cabe prever que el déficit norteamericano con la República Popular se reduzca en cualquier caso. Esta lleva años fomentando el aumento del consumo interno, lo que parece estar dando resultados: la tasa de ahorro ha caído del 52 por cien de 2010 al 46 por cien en 2017, a la vez que se multiplican las cifras de créditos para las familias. A medida que la clase media china mantenga al alza su consumo, el turismo o la educación en el extranjero para sus hijos, el superávit con Estados Unidos disminuirá. China también corregirá su dependencia de las exportaciones a este último país a través de la Ruta de la Seda—que reorientará buena parte de sus ventas a los mercados de Asia, África y Oriente Próximo—y de su propia estrategia de internacionalización, que llevará a sus grandes firmas a producir desde otras naciones.

Es un error por parte norteamericana por tanto seguir enfocando su déficit con la República Popular como una cuestión bilateral. Trump sólo tendrá una política china eficaz cuando tenga un concepto coherente de la dinámica asiática en su conjunto. Y es este tablero más extenso el que explica que—pese a la tregua de Buenos Aires—la posibilidad de un choque entre los dos gigantes no ha desaparecido del escenario. En último término, los modelos de orden regional que uno y otro país quieren construir en Asia son simplemente incompatibles. (Foto: Haigang Li, flickr.com)

war game

Maniobras en el frente

Donald Trump vuelve a mover ficha para intentar tomar la iniciativa en un proceso de replanteamiento de las claves de la escena geopolítica mundial. Así ha decido dos jugadas que no dejan de tener importancia: por un lado, ha ofrecido a China tres meses de tregua en la preparación de la guerra comercial que él mismo anunció, y, por otro, ha anunciado la eventualidad de un nuevo encuentro con el presidente norcoreano, allá por febrero o marzo, para desbloquear la situación y volver a situar la cuestión coreana en el escenario salido de la cita de Singapur.

En realidad, la reunión del G-20 en Buenos Aires fue más un escenario de cómo evoluciona la política exterior de EEUU, China y Rusia, que un encuentro para tomar medidas en el plano económico. El G-20, como lobby y lugar de toma de decisiones ha perdido peso. Así, fueron más importante los gestos de Trump para evitar la foto con el líder saudí Bin Salman, a quien por otra parte no quiere moverle la silla, la escenificación de su enfado con Putín por los incidentes en Crimea y las maniobras chinas para seguir mejorando su presencia en las economías latinoamericanas.

Pero volviendo a las iniciativas de Trump, todo parece indicar que la Administración de EEUU ha entendido que la hipocresía china sobre el libre mercado le está ganando en el terreno de la propaganda y que, además, tras el choque con China el proteccionismo llevará a un desencuentro con la Unión Europea en el que, paradójicamente puede ganar terreno Rusia. De ahí los tres meses de plazo para estudiar el terreno de batalla y analizar posibles consecuencias y, a la vez, conseguir que China favorezca el encuentro con Kim Jong-un. Veremos qué pasa. (Foto: Michael Spring, flickr.com)

buenos aires

Cita en Buenos Aires

Dentro de unos días, en el marco de la cumbre del G-20 en Buenos Aires, Donald Trump y Xi Jinping se encontrarán cara a cara y, por detrás de la casi segura amabilidad formal, escenificarán el momento actual de sus relaciones, probablemente un paso más hacia la guerra comercial, aunque con gestos hacia un posible acuerdo, es decir, una fase más en la complicada disputa para ver quién arranca mas ventajas de la actual situación.

En el G-20 habrá más simpatía espontánea hacia China que hacia Estados Unidos. Décadas de propaganda antinorteamericana, la pervivencia de las falsas verdades marxistas sobre el capitalismo y el liberalismo y el hábil pragmatismo chino han logrado un ecosistema favorable. Aunque no hay que olvidar que el proteccionismo defendido por Trump, bien poco liberal y contrario al libre mercado capitalista, ha puesto su parte en el escenario.

Pero el proteccionismo no es exclusivo de Trump. Aunque siempre ha existido en proporciones importantes a pesar de la hipocresía oficial, y la Unión Europea es maestra en esto, es un fenómeno que está creciendo peligrosamente. Las crisis, y sobre todo la explicación que se da de éstas, provocan la vuelta a la ensoñación del nacionalismo más delirante como solución a todos los problemas, como si volver a la tribu, sus costumbres y sus viejos prejuicios fueran a mejorar la humanidad. Pocos parecen estar curados de esto.

Pero, además de recordar los infiernos que el nacionalismo y el delirante proteccionismo han provocado, hay que insistir en la batalla ideológica, incluso aunque produzca réditos electorales; halagarlo, aunque sea moderadamente, es abonar la emocionalidad primitiva frente a una racionalidad en retroceso. (Foto: Oski Rodríguez, flickr.com)

push

EE.UU., menos presencia presidencial pero más presión en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Mike Pence -vicepresidente de los Estados Unidos- publicaba hace una semana un artículo en el Washington Post titulado “Los Estados Unidos buscan colaboración y no control en el Indo-Pacífico”. En él definía el compromiso firme y duradero que tiene Washington con esta región y exponía la estrategia de la Administración Trump en esta área basada en tres grandes pilares:

  1. El Indo-Pacífico cubre más de la mitad de la superficie terrestre, es próximo a más de la mitad de la población del planeta y concentra las dos terceras partes del comercio mundial.
  1. La seguridad, cuyo base es la prosperidad. Envía un recordatorio a sus aliados para continuar con la presión hacia Corea del Norte y las sanciones económicas hasta que la desnuclearización sea un hecho.
  1. Y, por último, afirma su apoyo a los gobiernos trasparentes y receptivos en donde exista un estado de derecho, respeto a los derechos humanos y la libertad religiosa de sus ciudadanos.

La estrategia de la Casa Blanca está encaminada a bloquear a China y sus largos tentáculos, que parecen no tener límites. O al menos denunciar sus acciones sin ningún filtro diplomático. Sin embargo, la ausencia de Trump en las cumbres más importantes de Asia ha dejado un gran hueco, que su vicepresidente intentó con mucho esfuerzo llenar, pero que en el fondo facilita el camino a Xi Jinping y Putin. Muy a pesar de que Pence llevara un mensaje de apoyo a la región.

En la ASEAN, Pence afirmó que ésta es una región abierta y libre, e insistió en que Washington está encantado de contarlos como un bloque aliado estratégico. Dijo que “el imperio y la agresión no tienen lugar en el Indo-Pacífico”.  “Solo requiere que cada nación trate a sus vecinos con respeto y respete la soberanía de nuestras naciones y las reglas internacionales de orden”.

Si se dudó de la claridad del vicepresidente en la ASEAN, su discurso en la APEC no dejó espacio a dudas, pues fue un ataque directo a China. Pence urgió a las naciones asiáticas a evitar las relaciones comerciales con China y a cambio les ofreció una alternativa: establecer negocios con los Estados Unidos que no los cargarán con deudas que a largo plazo comprometan sus soberanías. A lo que Xi Jinping (el presidente chino) respondió que “One belt, one road” es una avenida provista de sol radiante en la que China comparte oportunidades con el mundo para buscar el desarrollo”.

La Administración Trump lo ha dicho siempre claro, no está de acuerdo con lo que está haciendo Beijing. Parece que estamos yendo mucho más lejos que a una guerra meramente comercial, donde las tarifas tasan productos y penalizan acciones. Robert D. Kaplan, (experto del Centro para una nueva Seguridad Americana) afirma que durante años China ha estado en guerra con Estados Unidos en el Mar de la China Meridional, pero Washington no se dió cuenta hasta muy avanzado el proceso. Explica que Beijing se basa en la teoría del filósofo Sun Tzu, cuya tesis consiste en que el éxito es ganar sin tener que ir a la guerra.

Kaplan define la estrategia china en micro-pasos: el reclamo de una isla pequeña, luego la construcción de una pista por otro lado y el despliegue supuestamente temporal de una plataforma petrolera en aguas en disputa; lo importante es imponer presencia de alguna manera.

Todos estos pasos van marcando hechos, que individualmente no llegan a molestar a las otras potencias hasta el punto de suscitar una respuesta militar. Mientras, China intenta evitar enfrentamientos, pues saben que no pueden competir con la capacidad militar estadounidense en este momento. Beijing por su parte, entiende que dominar el Mar de la China Meridional- que consideran geográficamente suyo- es dominar el mayor tránsito de mercancías del mundo, así como imponer su dominio en Taiwán, Japón, o Vietnam y Filipinas, que no tienen otra alternativa que doblegarse al dominio del más fuerte.

A pesar de la ausencia de Trump en estas importantes cumbres, que hay que admitir protagonizó el año pasado, el mensaje que llevó Pence sigue siendo el mismo. Es más, cada día parecen ser más directos a denunciar la agresión china a las economías y a su carácter expansionista.

Washington está atacando a Beijing por varios frentes, el último fue el 7 de noviembre en el que una comisión del Congreso de los Estados Unidos, que vigila los derechos humanos en China denunció la brutal represión que están padeciendo los uighures (una minoría musulmana) en la región de Xinjiang, con sus reclusiones en centro de reeducación china.

La Administración Trump sostiene que el valor de sus intercambios comerciales con la Pacífico Índico es de 1.8 billones de dólares. La inversión estadounidense en la región es de casi 1 billón de dólares, lo que representa más que la inversión conjunta de China, Japón y Corea del Sur, números que explican por si solos la importancia estratégica de la región. La economía es el eje y la prioridad para Trump, y los mensajes sutiles no forman parte de la diplomacia de este gobierno.

Así que en el marco de su visita Pence anunció la construcción de una base militar en Papúa Nueva Guinea (la segunda isla más grande, ubicada al norte del Australia) en cooperación con Australia para reforzar la presencia estadounidense en Asia y el Pacífico, y poder proteger los derechos marítimos y la soberanía de las islas del Pacífico.

Curiosamente, a pesar de dar señales de ausencia, Washington está preparándose para estar más presente en el Pacífico, y dispuesto a parar cualquier intento de violación de la soberanía terrestre o marítima de las naciones en la región, pero al modo de Trump. China tendrá que calcular cautelosamente sus pasos ante la mirada vigilante de la Casa Blanca y su aversión al estilo imperialista chino. (Foto: Dan Hill, flickr.com)

boxing

INTERREGNUM: Asia entre Washington y Pekín. Fernando Delage

Las reuniones multilaterales mantenidas en Asia la semana pasada entre Singapur y Papua Nueva Guinea—ASEAN, ASEAN+3, la Cumbre de Asia Oriental y el foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico—han escenificado una vez más las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China. Lejos de contribuir a minimizar sus diferencias, los encuentros han contribuido más bien a extenderlas al conjunto de la región.

La ausencia de Trump no lanza quizá el mensaje más conveniente para los intereses norteamericanos. Tampoco ayuda el mantenimiento de la retórica de confrontación: ha sido el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, quien ha defendido una política comercial unilateralista y el rechazo de todo intento revisionista del orden regional. Pence acusó a China de intentar crear una dependencia económica y financiera de las naciones participantes en sus proyectos de infraestructuras, y de alterar la estabilidad asiática a través de sus acciones en el mar de China Meridional, que calificó como “ilegales y peligrosas”, además de “amenazar la soberanía de muchas naciones y poner en riesgo la prosperidad del mundo”. Utilizando palabras similares a las empleadas en su discurso en el Hudson Institute a principios de octubre, añadió: “China se ha aprovechado de Estados Unidos durante muchos, muchos años y esos días se han acabado”. Washington, concluyó, “no abandonará su política hasta que China cambie su comportamiento”.

Como cabía esperar, los líderes chinos acusaron por su parte a Estados Unidos de promover el proteccionismo comercial y asumir una estrategia unilateralista y de enfrentamiento en defensa de sus intereses más estrechos. En una nada velada descripción realizada durante su intervención en la cumbre de APEC, el presidente Xi Jinping calificó a Estados Unidos como una amenaza a la paz y seguridad regional, mientras presentó a China como un socio indispensable para el desarrollo y la estabilidad de Asia. El primer ministro Li Keqiang insistió entretanto en Singapur en la conveniencia de acelerar la negociación del acuerdo de Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), en el que participan numerosos socios y aliados de Estados Unidos, en defensa del libre comercio y de una estructura multilateral basada en reglas.

Estados Unidos y China no sólo ofrecen por tanto esquemas opuestos sobre el futuro del Indo-Pacífico, sino que compiten de manera directa por atraerse a los Estados de la región. China necesita a sus vecinos para evitar una nueva guerra fría, pero sus incentivos económicos no bastan para ganarse la complicidad de unas naciones preocupadas por su expansión marítima y por la deuda que les puede suponer el proyecto de la Ruta de la Seda. Pero justamente cuando China ha pasado a una fase de mayor asertividad, Estados Unidos ha optado por desmantelar los pilares de su primacía en Asia de las últimas décadas: su hostilidad al libre comercio y la desconfianza en las alianzas extienden las dudas sobre el compromiso norteamericano con la región, una impresión que se ha visto acentuada por la decisión del presidente Trump de no acudir a las reuniones multilaterales de este año.

Nadie cree a los dirigentes chinos cuando éstos dicen carecer de ambiciones geopolíticas. Pero a nadie se le oculta tampoco la contradicción entre la retórica norteamericana y la rápida reconfiguración del orden regional sobre el terreno. Cuando Trump y Xi se encuentren en Buenos Aires a finales de mes en la cumbre del G20, su agenda no podrá centrarse tan sólo en cómo evitar una abierta guerra comercial. La orientación estratégica futura de la región está igualmente en juego.

Vane

Nuevos malos vientos

Aunque desde cierto segundo plano, las palabras y las acusaciones van ganando grosor entre Estados Unidos y China. Más desde Washington, porque Pekín hace tiempo que ha entendido que presentar una cara aparentemente amable y suave mientras mueve piezas y avanza posiciones (mano de hierro en guante de seda) es una buena propaganda frente a un Trump bocazas enfrentado a tantos medios de comunicación.

Todo parece encaminarse a una guerra comercial dura mientras ambos países refuerzan sus posiciones militares marítimas en un despliegue continuo desde hace una década por China y una lenta pero clara reacción de Estados Unidos.

En ese marco, el conflicto con Corea del Norte está bloqueado tras el publicitado encuentro de Singapur. Y, lo que es peor para Corea del Norte, ya no ocupa el principal protagonismo ni la mayoría de las portadas de los medios de comunicación occidentales que presionaban a Estados Unidos y a los gobiernos democráticos.

Tal vez por eso, Kim Jong-un anunció hace unos días el ensayo de una nueva arma táctica ultramoderna, en lo que parece una vuelta a las amenazas apocalípticas para llamar la atención sobre la falta de avances y las escasas concesiones de Estados Unidos hasta que Corea del Norte dé pasos significativos en el proceso de desnuclearización comprometido en Singapur.

El clima se va enrareciendo sin que parezca dársele importancia en los grandes foros, eternamente confiados en que nada es grave hasta que salta por los aires. Pero todos los grandes conflictos comienzan así.

Mala época en la que los viejos nacionalismos expansivos encuentran enfrente reflejos proteccionistas, de repliegue y de imitación emocional para conquistas o conservar el poder. (Foto: Toby Cresswell, Flickr.com)