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Kim Jong-un amenaza con volver a la cueva. Nieves C. Pérez Rodríguez.

No todo lo que brilla es oro y no todo lo que se dice se cumple, sobre todo cuando el que lo dice no teme a que su nombre quede en entredicho. Esto se aplica tanto para Trump como Kim Jong-un. A ambos se les ha visto decir que harán o no harán algo y al poco tiempo cambian de opinión, sin dar explicaciones y menos rastro de estupor alguno. Después de que Kim en su primer encuentro con el líder surcoreano -que valga acotar estuvo cargado de gestos amistosos, incluso casi cómplices- asegurara estar dispuesto a sentarse a negociar sin haber puesto condiciones, la semana pasada cancela las conversaciones intercoreanas de alto nivel con el presidente Moon y pone en dudas el encuentro con Trump por “Max Thunder”, unos ejercicios militares rutinarios, que se están llevando a cabo en la península coreana.

Quizá dichas maniobras debieron posponerse, como señal diplomática amistosa, a pesar de que estaba prevista su ejecución entre el 11 al 25 de mayo. Pero objetivamente Corea del Norte no pidió nada a cambio, por lo que todo se mantuvo según calendario. Quizá esto es sólo una excusa de Pyongyang para regresar a la cueva en la que han estado muchos años, muy a pesar del estrago económico que están sufriendo debido a las sanciones internacionales que le han sido impuestas.  Nadie más que ellos están interesados en abrirse, al menos ligeramente, a la entrada de capital foráneo.

El presidente Trump, por su parte, sigue apostando por encontrarse con Kim Jong-un en Singapur el 12 de junio. Ha intentado dar señales de normalidad, muy a pesar de la amenaza de Pyongyang de suspender el encuentro. De hecho, aprovechando la visita a la Casa Blanca del Secretario General de la OTAN, General Jens Stoltenberg, aseguró que Corea del Norte podría beneficiarse de un acuerdo que alcance con los Estados Unidos.  Insistiendo, además en que su Administración sigue en contacto con autoridades norcoreanas afinando detalles logísticos para el gran someto. Como si se tratase de dos realidades paralelas. Pero es que para el inquilino de la oficina oval es mucho lo que se está jugando. Él ha apostado por este encuentro a un precio muy alto. Ha enviado a su Secretario de Estado -Mike Pompeo- a Pyongyang dos veces en menos de dos meses. Y ha sido el propio Trump el que le ha impulsado el protagonismo mediático de Kim Jong-un, con su invitación a encontrarse con él. Indirectamente, Trump también hizo que China organizara una fastuosa visita oficial a Kim, en la que le dejó claro al mundo que ambas naciones son aliadas. Y seguro que Xi Jinping aprovecho el encuentro para recordarle a Kim cuales son las prioridades para China.

El Financial Times ponía el énfasis en las palabras del presidente Trump “El líder norcoreano tendría una protección muy fuerte si estuviera de acuerdo con la desnuclearización” de las que, concluían, es un oferta calculada para tranquilizar los nervios en Pyongyang. En un esfuerzo por asegurarle a Corea del Norte que no se repetirá la historia de Libia, Trump ha aprovechado los medios de comunicación para enviarle ese mensaje a Kim. Sobre todo, después de que su controvertido asesor de seguridad nacional John Bolton, recientemente en un medio citara el caso de Libia, en el que se acordó la renuncia a su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones.

En los centros de pensamiento en Washington se ha dedicado tiempo a analizar la situación. CSIS sostiene que la amenaza de cancelar el encuentro no es más que una vieja estrategia de Corea del Norte usada en negociaciones para conseguir concesiones. Al amenazar con retirarse, ganan influencia y con ello pueden cambiar los términos de la negociación. Es lo mismo que hicieron repetidamente durante las conversaciones de los seis (Six party, por su nombre en inglés) en la era Clinton. El Atlantic Council, por su parte, afirma que es recordatorio de la profunda desconfianza en ambos lados y la fragilidad de la diplomacia. El Cipher Brief cerraba la semana afirmando que en 25 años de negociaciones ha habido fallos de ambos lados, poniendo el énfasis en que Corea del Norte no es de confiar y que siempre recurren al engaño para no seguir adelante con lo acordado.

La mayoría de los análisis coinciden en que Kim quiere garantizarse que sacará una concesión cada vez que los Estados Unidos obtengan algo. Por ahora los norcoreanos consiguieron que el viernes pasado Japón, Corea del Sur y Estados Unidos acordaran cambiar el rumbo de unos bombardeos estadounidense que volarían sobre la península coreana. Trump se la está jugando, ésta última concesión es otra prueba de su interés en que el encuentro se lleve a cabo. Kim acaba de empezar con” el tira y encoje”, que bien aprendida tiene la técnica tanto de su abuelo como de su padre. Y a priori le ha dado resultado, ahora toca ver hasta donde Washington está dispuesto a ceder. El presidente Trump necesita ese encuentro, si de él no sale nada, al menos podrá decir que lo intentó. Si se cancela el precio a pagar para Trump sería mucho mayor, porque serían dos años de gobierno sin haber conseguido nada internacionalmente y de desprestigio, por haber intentado negociar con uno de los dictadores más crueles de la historia reciente. (Foto: Banalities, Flickr)

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Entrevista Dra. Sue Mi Terry. (II) ¿Nominación de Trump al Nobel de la Paz? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- En esta segunda entrega de la entrevista a la Dra. Sue Mi Terry, experta en asuntos coreanos, quién sirvió en la CIA como analista de asuntos coreanos durante más de 7 años y que formó parte del Consejo de Seguridad Nacional tanto para Bush como Obama, nos centramos en el rol de China en las negociaciones con Corea del Norte.  Le preguntamos sobre las estrategias de Xi Jinping para organizar una espectacular visita de Estado para Kim Jon-un y si China es realmente la gran ganadora de la situación.

Sue Mi Terry comenzó explicando que aún es pronto para decir quién es el ganador en este juego. China está preocupada por lo que está sucediendo, dice, y le inquieta a qué tipo de acuerdo puedan llegar Trump y Kim. Le intranquiliza el hecho de que sus propios intereses estén comprometidos. Terry pronostica que Xi invitará a Kim a un nuevo encuentro antes de la cita entre Kim y Trump. “El presidente Xi tiene la necesidad de explicarle al líder norcoreano sus intereses para que puedan ser respetados en los acuerdos a alcanzar con Trump”.

Afirma que entre Xi Jinping y Kim Jon-un no hay ningún tipo de empatía. “A Xi no le gusta Kim, no hay buena química entre ellos. Desde que Kim tomó posesión no había sido invitado a China, esto lo prueba, pero como todo apuntaba a que Trump se encontraría con el líder norcoreano, debía haber un encuentro público entre ellos, razón por lo que Xi le invita a Beijing”. Sostiene que ha habido varios momentos difíciles en la relación entre el líder chino y el norcoreano. “Un momento clave de los desacuerdos fue la ejecución de Jang Sung-taek (tio de Kim Jon-un) marido de la única hermana de Kim Jon-il (padre del actual líder). Jang era el interlocutor con China. Este asesinato, que fue de los más crueles filtrados a la prensa, indignó a China. Y luego, el envenenamiento del medio hermano del líder coreano en Kuala Lumpur, que contaba con protección china”.

Desde la perspectiva de Corea del Norte, explica, ellos también están disgustados con China. “Las sanciones aprobadas en el otoño pasado han estrangulado la economía norcoreana y, a pesar de estos desacuerdos y disgustos, ambos países tienen intereses mutuos, por lo que al final buscan puntos de acuerdo intermedios para poder seguir lidiando el uno con el otro”.

La imagen de Corea de Norte desde su creación ha sido siempre negativa en el plano internacional. Ha permanecido en una fina línea de pseudo-legalidad.

¿Todos estos encuentros que han tenido lugar recientemente han legitimado al régimen de Pyongyang como sujeto político? La experta afirma enfáticamente que sí. “Todas estas reuniones han maquillado la imagen de férrea dictadura del régimen. Tan sólo el hecho de que el mundo pudiera oírle la voz a Kim, lo ha humanizado. Además de las apariciones pública con su mujer, una chica joven y atractiva, le presentan como un hombre ordinario, en vez de un dictador cruel que mantiene oprimido a su pueblo”.

Las imágenes del encuentro de los dos líderes coreanos en la Zona desmilitarizada, en las que Kim toma de la mano a Moon y lo invita a cruzar “la línea prohibida” con sonrisas y gestos casi de complicidad cambiaron casi por completo la idea que se tenía de Kim, sostiene. En un sondeo de opinión realizado en Corea del Sur, después del histórico encuentro, se determinó que alrededor del 80% de los consultados ahora piensan que se puede confiar en Kim Jon-un y que se puede negociar con él.  Comparado con la matriz de opinión que se manejaba hasta el año pasada en el que se percibía como un hombre misterioso, de corte de pelo extraño, aislado en su propio mundo lanzando cohetes, el cambio es radical. Junto con las instantáneas de los juegos Olímpicos en Corea del Sur, de animadoras norcoreanas y la asistencia de su hermana (Kim Yo-jong), quien con su juventud y buenas formas suavizó la imagen de la dureza que se tenía del régimen de Pyongyang, la cara pública de Corea del Norte ha cambiado.

 Otro elemento positivo que resalta nuestra experta es que Pyongyang esté dispuesta a que se inspeccione una de sus bases, aunque apunta que “esa base está deteriorada por la cantidad de pruebas que ahí se han llevado a cabo, pero no deja de ser un gesto de apertura”.

La Administración Trump está intentando activamente dar resultados y gestos de su nivel de compromiso en este asunto. El segundo viaje a Corea del Norte del secretario de Estado Pompeo lo prueba. La entrega de los tres rehenes es un gesto de compromiso del régimen norcoreano. En ese marco se anunció que el encuentro entre Trump y Kim Jon-un tendrá lugar en Singapur el 12 de junio.

Terry prevé que el encuentro será positivo, afirma que a ambos les conviene que la reunión sea exitosa. “Kim ha puesto todo sobre la mesa, no se puede permitir fallar. Mientras que Trump está asegurándose salir como el gran líder, el único que pudo hacer ese encuentro posible y que ninguno de sus antecesores hizo. “Incluso podría traducirse hasta en una nominación al Nobel de la Paz por haber conseguido negociar el gran problema irresuelto de la época de oro de Estados Unidos”. La Dra. Terry asegura que al menos en la primera etapa ambos líderes darán la impresión de que fue un éxito, pero, por supuesto, el reto estará en la puesta en marcha del acuerdo, sea el que sea.

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Entrevista a Sue Mi Terry: Trump es la razón de que Corea del Norte esté negociando. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Mientras muchos seguíamos cautivados las imágenes del gran encuentro entre los líderes de las dos Coreas, en Washington Trump visitaba por primera el Departamento de Estado desde que tomara posesión de la presidencia para acompañar a Mike Pompeo a asumir formalmente el rol de Secretario de Estado. Pompeo, en su primera alocución después de haber jurado su cargo afirmó “haremos uso de una diplomacia dura”, lo que ha despertado temor entre los analistas de que su concepción de diplomacia sea más bien de uso de la de fuerza en contra de una herramienta más sofisticada para ganar espacios, confianza y credibilidad. También aludió al intrincado conflicto con Corea del Norte y enfatizó que esta Administración, “a diferencias de otras”, buscará resolverlo.

A este respecto 4Asia conversó con la Dr. Sue Mi Terry, considerada la experta número uno en asuntos coreanos. Nacida en Seúl, educada en Estados Unidos, sirvió en la CIA como analista de asuntos coreanos durante más de 7 años, evaluando y produciendo documentos de inteligencia presentados con frecuencia al presidente en sus informes diarios. Formó parte del Consejo de Seguridad Nacional tanto para Bush como Obama y ahora mantiene una actividad académica intensa y publica en los medios más respetados de los Estados Unidos.

¿Cómo se pudo estar al borde de una guerra y ahora en medio de encuentros amistosos colmados de sonrisas y galanterías y que si esto se debía al carácter impredecible de Trump?  Según la experta, “se trata de una combinación de factores; las sanciones que ha reforzado la Administración Trump han jugado un rol importante, ciertamente, así como la dureza y presión máxima que les ha impuesto Trump”. Pero, en su opinión, “Kim Jon-un ha terminado su programa nuclear, que está entre un 90 y un 95% terminado”. Los últimos ensayos, dice, lo han demostrado. “Los 3 misiles intercontinentales lo han probado; y el último de noviembre del pasado año, además, han demostrado que tienen capacidad de llegar a territorio estadounidense. Por lo tanto, Kim Jon-un sabe que este es un buen momento para sentarse a negociar con Trump”.

Asimismo, explica que el hecho de que el presidente de Corea del Sur invitara a Corea del Norte a participar en los Juegos Olímpicos ayudó a cambiar el rumbo de las cosas, pero, insiste, “Kim Jon-un calculó su tiempo; entre la fuerte presión internacional y las duras sanciones que asfixian su rudimentaria economía, él sabía que era el momento de sentarse a negociar. Por su parte el presidente Moon cree profundamente en que la vía de solución al conflicto pasa por la negociación. Ha trabajado mucho y muchos años por esa idea”. Con una larga trayectoria política, señala, activista de derechos humanos, Jefe de Gabinete del expresidente surcoreano Roh Moo-hyun (2003-2008), el presidente ha sido siempre un profundo convencido que las relaciones entre ambas Coreas tienen que normalizarse “y para ello hay que generar un diálogo respetuoso”, explica Terry.

Hemos pasado de no haber visto nunca salir fuera de territorio de Corea del Norte a Kim Jon-un, desde que tomó control del país en 2011, a una visita oficial a China, y luego recibir a Pompeo (cuando aún no había sido oficialmente ratificado) y el encuentro entre las dos Coreas, mientras se habla del encuentro entre Trump y Kim.

¿Cómo es posible que todo esto esté sucediendo tan rápido, sabiendo que en diplomacia todo necesita tiempo, meses de planificación para poder llegar a algún acuerdo?. “Todo se debe a Trump” señala Terry enfáticamente. “Tenemos un presidente muy diferente a lo que estamos acostumbrados en Estados Unidos. Si hubiéramos tenido cualquier otro presidente, republicano o demócrata, no se hubieran sentado a negociar con Kim Jon-un después de un año cargado de tantas provocaciones. A George Bush le fue solicitado varias veces reunirse con Kim Jong-il (el padre de Kim) y no lo hizo.  Pero Trump es un hombre del mundo del espectáculo y los reality shows, le gusta figurar y la cobertura mediática y esta historia le dará exactamente todo eso”. Desde el punto de vista de Corea del Sur, su incentivo es “salir de la situación de amenaza de ataque preventivo” (planteada por Trump).

Explica que los surcoreanos estaban especialmente preocupados de que Estados Unidos realizara un ataque preventivo al Norte del que se estuvo hablando entre noviembre del 2017 y enero de este año, razón por la que estaban dispuestos a acelerar el proceso, y con él, los encuentros.

“Ciertamente, Donald Trump, como candidato y como presidente ha sido diferente. Ha roto hasta con el conservadurismo de familia modelo. No acumula trayectoria política, ni méritos puntuales más allá del de su propio apellido y creación de su fortuna. Acostumbrado a mandar en sus negocios, pone en práctica el mismo modelo de gestión en la Administración pública y en la diplomacia, si es que se puede seguir usando ese mismo concepto”

Pero en esta ocasión, dice, hay que reconocer que esa extravagante forma podría llevarnos por un largo camino que acabe donde mismo hemos pasado ya muchas décadas, con falsas expectativas alimentadas desde Pyongyang mientras gana tiempo y consigue un programa nuclear casi terminado. “La relación ya no es de inferioridad, por el contrario, se pasaría a negociar entre iguales, lo que sube el status de Corea del Norte considerablemente; en pocas palabras, Corea del Norte saldría legitimada”.

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INTERREGNUM: Kim en la Ciudad Prohibida. Fernando Delage

La visita sorpresa del líder norcoreano, Kim Jong-un, a Pekín la semana pasada ha revelado con toda claridad las reglas del juego geopolítico en el noreste asiático y, en consecuencia, las limitaciones que encontrará el presidente norteamericano, Donald Trump, en su intención de llegar a un acuerdo directo con Pyongyang.

Pocos detalles se conocen de este primer viaje al exterior de Kim desde su llegada al poder en 2011. Se ha producido, no obstante, en un contexto de notable deterioro de las relaciones entre Corea del Norte y China. Las tensiones acumuladas desde la muerte de su padre, Kim Jong-il—en buena medida como consecuencia de los ensayos nucleares y pruebas de misiles—, agravaron la desconfianza mutua entre ambos aliados. Pyongyang nunca perdonó a Pekín el reconocimiento diplomático de Corea del Sur en 1992, que calificó como una “traición”, ni que, más recientemente, se sumara a Estados Unidos en la adopción de las sanciones acordadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La espiral de tensión creada por la crisis nuclear, la retórica norteamericana sobre una intervención preventiva, y la propuesta norcoreana de un encuentro con Trump, aceptada de manera inmediata por este último, han precipitado sin embargo los acontecimientos.

Numerosos analistas indican como motivo de la presencia de Kim en Pekín el hecho de que China no podía permitirse quedar al margen de este proceso diplomático. Pero ese es un riesgo que en realidad nunca existió. Si algo confirma la visita de Kim es el extraordinario grado de influencia que posee China sobre cualquier factor que pueda alterar el equilibrio regional. El líder norcoreano no podía verse con Trump en mayo, ni con el presidente surcoreano, Moon Jae-in, a finales de abril, sin hacerlo primero con Xi Jinping y obtener el apoyo de este último. Kim ha optado por una arriesgada apertura a Washington que podría agravar aún más su aislamiento—estratégico y económico—de no cubrirse antes las espaldas mediante una “reconciliación” con los líderes chinos.

Los imperativos que condicionan el margen de maniobra de Kim se convierten de este modo en un nuevo triunfo para Pekín. Por una parte, China recupera el liderazgo de todo proceso relacionado con el futuro de la península coreana, cuestión inseparable del problema nuclear, y que ya mantuvo entre 2003 y 2007. De manera más inmediata, Pekín respira con alivio al desaparecer de momento la posibilidad de un ataque militar de Estados Unidos. También verá reducirse la presión de Washington a favor de nuevas sanciones a Corea del Norte. China gana incluso la capacidad de presionar a Trump para que abandone las medidas de política comercial dirigidas contra ella. Y, para rematar sus logros, el escenario creado hace inviable cualquier propuesta radical que pudiera tener en la cabeza el recién nombrado asesor de seguridad nacional, John Bolton. El presidente que lo nombró no puede ahora seguirle por ese camino.

El viaje de Kim a Pekín da a entender, por concluir, que la cumbre con Trump casi con toda seguridad se celebrará, pero no en los términos que esperaba el presidente norteamericano. Si éste albergaba la intención de negociar una solución sin contar con China, Pekín ha abortado su jugada. Mientras Corea del Norte y Estados Unidos tratarán de imponer su respectivo punto de vista, el principal ganador será la República Popular. De los tres, China es la mejor situada para orientar los hechos a su favor: mientras  garantiza que no habrá una guerra en sus fronteras—la estabilidad es su absoluta prioridad—, mantendrá a Washington “atrapado” en un problema que le facilita la consolidación de su ascenso como potencia central en Asia.

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¿Xi Jinping Vuelve a ganarle a Trump? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El encuentro que tuvo lugar en Beijing entre Xi Jinping y Kim Jong-un ha dejado muchas fotografías para la historia, pero también la prueba de que ambos líderes no están distanciados, como se había especulado. Y llama la atención aún más la discreción con la que China manejó la reunión, mientras que desplegó todos los honores que le rinden a un Jefe de Estado de primer mundo, con primeras damas incluidas y toda la comitiva presidencial.

La primera salida del dirigente norcoreano desde que tomó posesión en el 2011 tiene un gran simbolismo y viene a romper con años de aislacionismo y hermetismo. Sin embargo, cabría otra lectura que podría ser que la visita sea la demostración de que Corea del Norte necesita ayuda y/o apoyo de occidente, como parte del efecto de las múltiples sanciones impuestas al régimen. Kim Jong-un es un estratega, sus movimientos están bien calculados y un cambio de dirección de esta naturaleza tiene una razón de ser, que trasciende sus fuertes lazos con China.

El primer movimiento de apertura de Corea del Norte fue su participación en los juegos olímpicos de invierno, que propició Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur, quién no ha escatimado esfuerzos diplomáticos en intentar calmar el ambiente, con el propósito de retornar a una relativa calma. Y que además ha servido de catalizador a los enfrentamientos verbales entre Trump y Kim. Moon también manifestó su disposición de visitar Corea del Norte y su propuesta fue acogida con agrado por el régimen de Pyongyang y, al mismo tiempo, consiguió que Trump aceptara reunirse con Kim Jong-un.

Si miramos atrás, tan sólo a principios del año se temía que misiles norcoreanos impactaran la costa oeste de los Estados Unidos, y hoy estamos hablando de encuentros diplomáticos, lo que es muy positivo, aunque no necesariamente una prueba de que se neutralizará este conflicto, de larga data.

Los análisis que se hacen están basados en la información proporcionada por los medios oficiales; tanto de China, Xinhua, como de Corea del Norte, KCNA, por lo que siempre van a estar con la línea de ambos regímenes y en el hipotético caso de algún desacuerdo entre los líderes, la posibilidad de que esa información se filtre es nula. Partiendo de esta realidad, se debe decir que el mero hecho de que Kim Jong-un saliera de su madriguera, y que lo hiciera de la misma manera como lo hizo su abuelo y su padre, en un tren blindado, con los colores militares que representan al régimen, y que además se hospedaran en el mismo lugar que sus antecesores no es casual. Por un lado, da una imagen de continuismo y de relativa austeridad, aunque al ver a su mujer, que asistió con indumentaria perfectamente en línea con las tendencias actuales de las grandes firmas, la austeridad se difumina para dar paso a la opuesta realidad en que viven los favorecidos del régimen versus la población civil norcoreana.

El despliegue de medios puesto en escena por China son la clara muestra que a Xi Jinping le interesa mantener a Corea del Norte como la oveja negra de Asia que tiene en vilo al mundo. Eso fortalece a Xi y le da más protagonismo en la escena internacional, sin mencionar que se adelantó a los líderes democráticos en encontrarse con Kim (Moon y Trump) y no sólo reunirse, sino hacerlo ir a su territorio, lo que es otra muestra de que Xi es quién marca el son al que baila esta relación bilateral. Como si todo esto fuera poco, durante el banquete formal ofrecido en honor a la pareja de Pyongyang, que valga decir parecía una boda real europea en cuanto al lujo y el número de asistentes, China proyectó videos con imágenes de las relaciones entre ambas naciones desde la división de Corea, dejando una vez más por sentado, que estos vínculos son antiguos y de mutuo interés.

Estos aliados históricos se necesitan mutuamente. China necesita que Corea del Norte sea un enemigo de Estados Unidos para mantener el balance en la región de Asia Pacífico, pero tampoco hay que olvidar que Beijing y Pyongyang son aliados económicos, y la razón de la supervivencia del régimen de Corea del Norte con el envío de mercancías, incluido petróleo, que le ha permitido seguir desarrollando su capacidad nuclear. Por su parte Kim Jong-un está suavizando su imagen de dictador intransigente a mediador. Mientras todo esto tuvo lugar, Trump ignorante del encuentro, fue puesto al tanto por Xi una vez que los visitantes partieron a casa, pero con la buena nueva que Kim está dispuesto a negociar sus avances nucleares.

De lo dicho a lo hecho hay un gran trecho… y nunca una frase es tan oportuna. Pyongyang jamás negociará o retrocederá en su capacidad nuclear, pues esa es precisamente la razón por el régimen sigue vivo y se encuentre a día de hoy negociando. (Foto: Even Lundefaret, Flickr)

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INTERREGNUM: Trump-Kim: ¿Cumbre Trampa? Fernando Delage

La aceptación por parte del presidente Trump de la propuesta del líder norcoreano, Kim Jong-un, transmitida por un emisario de Seúl, de un encuentro personal entre ambos ha sido recibida con gran expectación, pero también con considerable escepticismo. Sin descartar que la cumbre no llegue a celebrarse, las dudas tienen que ver con el formato y con los términos de la negociación, sin olvidar las consecuencias que tendrá para uno y otro líder no llegar a ningún acuerdo.

Una primera reserva tiene que ver, en efecto, con el visto bueno a una reunión al más alto nivel, cuando la práctica diplomática dicta la conveniencia de un encuentro de este tipo cuando se trata de formalizar un pacto negociado entre sus respectivas administraciones con carácter previo. La manera impulsiva en que Trump aceptó la propuesta puede volverse contra él si—de celebrarse la cumbre—vuelve de ella con las manos vacías, enquistando el conflicto. A quien beneficia el efecto propagandístico es de momento a Kim, como promotor de la iniciativa.

Lo relevante, con todo, es el contenido de la discusión. ¿Realmente está Corea del Norte dispuesta a renunciar a su armamento nuclear? Si lo está, ¿qué quiere a cambio? ¿Puede Washington dárselo? Una declaración de no agresión parece factible, pero ¿lo considerará Pyongyang suficiente como precio de la desnuclearización? Si Corea del Norte exigiera a cambio la retirada militar norteamericana de Corea del Sur, ¿podría Estados Unidos ceder? Plantear preguntas como éstas en la actual Casa Blanca tiene un coste, como bien prueba la destitución de Rex Tillerson como secretario de Estado.

No debe olvidarse, por lo demás, el contexto regional. Todo apunta a que el gobierno surcoreano ha desempeñado un importante papel en la gestión del encuentro, que parece confirmar a priori la apuesta del primer ministro Moon Jae-in por reanudar el acercamiento diplomático a Pyongyang interrumpido por la administración anterior. Los movimientos chinos son, por otra parte, la variable quizá más interesante—y desconocida hasta la fecha—de este desenlace. La sorpresa de Japón por la aceptación de Trump puede acrecentarse aún más en las próximas semanas. El presidente norteamericano, que se define ante todo como un “deal-maker”, quiere resolver un problema. Pero quizá no sea del todo consciente de que no todas las claves de la solución se encuentran en Pyongyang. Tampoco de que Corea del Norte no constituye el centro de los intereses de Estados Unidos en una Asia que, casi a espaldas de Washington, está construyendo un nuevo orden. (Foto: Travis Vadon, Flickr)

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¿La mano dura, a pesar de las torpezas de Trump, estará dando resultados? Nieves C. Pérez Rodriguez

Washington.- Desde que Moon Jae-in se convirtió en presidente de Corea del Sur el pasado mayo, se abrigaba la esperanza de que, con su llegada, llegarían tiempos de cambios y más negociación con Corea del Norte. Moon tiene una larga experiencia en la negociación de éste incrustado conflicto y una reputación conciliadora. Por eso se contemplaba la posibilidad de alcanzar algún camino de salida a la crisis.

La prueba de esto la vimos previa a los Juegos Olímpicos. Fue Moon quién medió para que Corea del Norte participara, y quien haciendo uso de tácticas diplomáticas sentó en el palco presidencial al vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, a tan sólo 3 sillas de la hermana de Kim Jon-un. Y ahora también es gracias a él y la vía diplomática que ha abierto con Pyongyang que se ha conseguido que el líder norcoreano acepte un encuentro con Trump para negociar la situación, al que su impulsividad natural le apresuró a hacer público, incluso antes de consultar y/o informar al Departamento de Estado.

Bill Clinton fue el anterior presidente que consideró seriamente viajar a Pyongyang y sentarse a negociar con Corea del Norte a finales del 2000. Visita que no se materializó debido a que, en la avanzada presidencial, la entonces secretaria de Estado, Madeleine Albright, discutió con Kim Jong-il sobre la posibilidad de que se deshicieran de los misiles que poseía hasta ese momento, concesión que los norcoreanos no aceptaron. Aun cuando estaban dispuestos a dejar de vender misiles y parar el avance de su carrera misilística.

Posteriormente, en la Administración George Bush los esfuerzos se centraron básicamente en continuar con la política Clinton, y Colin Powell, el secretario de Estado de ese momento, consiguió unificar “the six party talk”, o el grupo de los seis, conformado por Estados Unidos, las dos Coreas, Japón, China y Rusia, grupo de negociación multilateral creado en 2003 con el objetivo de desmantelar el programa nuclear de norcoreano. Pero que pereció en 2009, en cuanto que Pyongyang se retiró, según Kelsey Davenport, director de política de no proliferación.

La Administración Obama, a pesar de su explícita apertura a dialogar e intentar conciliar posiciones con los enemigos se mantuvo en una posición similar a sus antecesores ante la crisis coreana. Aunque Hillary Clinton, como secretaria de Estado, visitó Corea del Norte para conseguir la liberación de unos presos estadounidenses a cambio de ayudas y concesiones al régimen. Lo que marca una vez más una diferencia con la Administración Trump, qué desde el principio ha sido directa y ha jugado a la confrontación con Pyongyang más que a la negociación. Trump es un presidente cuya espontaneidad e imprudencias parece haberle puesto en una situación favorable, al menos en este momento. Así, mientras, las maniobras militares estadounidenses y surcoreanas siguen llevándose a cabo y las sanciones seguirán vigentes.

Kim Jon-un no es irracional, por el contrario tienen una estrategia perfectamente definida que consistiría en afianzar su capacidad nuclear para conseguir precisamente esto, que los tomaran en serio y poder negociar en el momento que a ellos les ha venido bien, según Suzanne DiMaggio (directora del dialogo entre USA y Corea del Norte) y la que hizo posible el primer encuentro en mayo del 2017 en Oslo entre representantes de la Administración Trump y del Régimen norcoreano).

DiMaggio afirma también el hecho de que Trump aceptara la invitación a reunirse, pone en ventaja al régimen de Pyongyang. Es lo que han querido durante años, un encuentro con líderes democráticos del primer mundo. Estados Unidos ha aceptado sin haber conseguido nada a cambio.

Washington sigue con una política exterior difusa. Por un lado, sigue sin tener embajador en Seúl. El mejor candidato, Victor Cha, el americano con más conocimiento y experiencia en la península coreana según muchas fuentes, ex asesor de Bush además de profesor de Georgetown, fue descartado por la Casa Blanca, porque se opuso en una reunión a un ataque militar a Corea del Norte. Cha contaba con el plácet de Seúl para ser embajador, incluso antes de haber sido solicitado por Washington. Mientras que el secretario de Estado, Rex Tillerson, admitía desde África que no sabía de los avances con Pyongyang. Todos estos cambios son una muestra de la manera de ejecución de esta Administración, la desconexión entre la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

Sin embargo, sentarse a hablar en diplomacia es siempre positivo, es la vía deseada que podría alejar las confrontaciones o, al menos de momento, una salida militar que traería tragedia y dolor. Pero no podemos dar por hecho el encuentro; con el carácter volátil de cada uno de los personajes en ambos lados del Pacífico hay que esperar a ver cómo evolucionan los preparativos a tan esperado momento, y sobre todo si desde éste lado, Trump no dice alguna imprudencia que acabe dándole la coartada al adversario para cancelar el encuentro. (Foto: Mark Scott Johnson)

Cita

La cita más esperada

Los presidentes de EEUU y Corea del Norte han sorprendido al mundo y a algunos de sus colaboradores que nada sabían anunciando que van a mantener un encuentro cara a cara en mayo para tratar de llegar a un acercamiento y disminuir la tensión.

Parece evidente que China, Corea del Sur y Japón estaban en el secreto y particularmente los dos primeros han animado a que esto tuviera lugar y han allanado obstáculos. Con este anuncio se entienden mejor los esfuerzos de Corea del Sur en el marco de los Juegos Olímpicos de Invierno y las visitas de responsables de seguridad de ambas Coreas a las capitales enemigas.

Pero no debe minusvalorarse el papel de China, al contrario. Solo Pekín puede avalar un encuentro de este tipo y, además, garantizar, a ambas partes, eventuales resultados si son realistas.

Pero la pregunta es, ¿quién de los dos presidentes gana más y parte con ventaja antes del encuentro? Por una parte, Donald Trump, eufórico, ha avanzado que su política de presión y mano dura ha conseguido un escenario de negociación sin hacer concesiones. De hecho, al menos de momento, mantiene el programa de maniobras militares con Corea del Sur y mantiene las sanciones a Corea del Norte mientras pide un compromiso público de paralizar el programa de misiles.

Por otra parte, Kim Jong-un, ha conseguido lo que oficialmente ha sido su objetivo estratégico: lograr un encuentro de igual a igual, lo que para él supone reconocer a Corea del Norte como potencia nuclear de hecho y, sobre esta base, pedir concesiones económicas.

No es razonable pensar, salvo accidente, que Corea del Norte provoque un choque militar que no puede ganar, pero sentarse a la mesa va a visualizar a su líder como un personaje de la escena mundial. Y China, que quiere una moderación, pero no una derrota de Kim ni un fortalecimiento de Estados Unidos se frota las manos.

Ahora habrá que ver si el encuentro finalmente se produce, qué escenario se elige y de qué se habla. Un proceso de diálogo, en sí mismo, no es bueno ni malo, pero si es un instrumento que abre una escena de oportunidad. Repartida las cartas, habrá que jugarlas. (Foto: Marija Milenkovic)

club de la lucha

¿Y si Kim decide golpear primero? Miguel Ors

“Los expertos en Corea del Norte de dentro y de fuera del Gobierno de Estados Unidos”, escribe en Vox el periodista Yochi Dreazen, “sostienen que Kim [Jong-un] es un líder racional, cuyo objetivo principal es mantenerse en el poder. No lo consideran ni un idiota ni un suicida, y durante mucho tiempo han estado convencidos de que solo recurriría a las armas nucleares en caso de derrota militar y de colapso del régimen. Sería el estertor de alguien decidido a morir matando”.

Esta opinión ha comenzado, sin embargo, a resquebrajarse. La mayoría de las fuentes que Dreazen ha consultado para su inquietante reportaje consideran ahora que Pyongyang usaría la bomba atómica al principio, no al final de la guerra. Y se trataría de una decisión perfectamente lógica.

La explicación tiene que ver con un viejo problema de la Guerra Fría: el decoupling, que vendría a significar algo así como la división. “En los años 50”, sigue Dreazen, “la URSS era militarmente muy superior a Alemania, Francia y el resto de los aliados de Europa Occidental y Washington asumió formalmente su defensa en caso de invasión”. Pero su abnegación empezó a tambalearse cuando Moscú desarrolló cohetes intercontinentales, capaces de golpear poblaciones estadounidenses.

Los primeros en comprender las implicaciones estratégicas de este despliegue fueron los franceses. “Espera un momento”, se dijeron. “Si el Pentágono arroja bombas atómicas sobre las tropas soviéticas en suelo europeo, ¿no responderán estas con un ataque en suelo americano? Probablemente sí. ¿Y está Washington dispuesto a sacrificar Nueva York para salvar París? Probablemente no”. Por eso en 1960 Charles de Gaulle anunció la constitución de una “force de frappe” nuclear.

Casi 70 años después, la situación se repite en el Pacífico. Con el ensayo de sus misiles de largo alcance, Pyongyang ha plantado la semilla de la división o decoupling en la hasta ahora monolítica alianza que formaban Estados Unidos y Corea del Sur. “Parafraseando las dudas de la Guerra Fría”, plantea Dreazen, “¿está [Donald] Trump dispuesto a sacrificar San Francisco para salvar Seúl?”

Si Kim concluye, como De Gaulle, que probablemente no, el recurso a las armas atómicas deja de ser una idiotez. Es más, la clara inferioridad del arsenal de Pyongyang (unos 50 artefactos frente a los 6.800 de Washington), algo que Trump ha esgrimido a menudo como una garantía de que el “hombre cohete” no se atreverá a desenfundar nunca, puede dejar de ser un elemento disuasorio para convertirse en un incentivo. “Si Kim Jong-un sospecha que Estados Unidos y sus aliados van a ir a por sus bombas”, escriben Vipin Narang y Ankit Panda en The Diplomat, “su estrategia dominante será lanzarlas lo antes posible, para que no se las neutralicen”.

Dreazen cree que, en caso de conflicto, Kim podría vitrificar la ciudad portuaria de Busan, con lo que mataría dos pájaros de un tiro: por un lado, aterrorizaría al mundo y, por otro, dificultaría el desembarco americano en la península. “Estados Unidos tiene 28.500 soldados estacionados en Corea del Sur y necesitaría movilizar a cientos de miles [entre 200.000 y 600.000] si estallara una guerra con el Norte. También debería enviar carros de combate, vehículos acorazados, cazas, helicópteros y piezas de artillería”. Este desafío logístico supera la capacidad de un puente aéreo. El grueso del transporte debería realizarse por mar y la destrucción de Busan supondría un duro revés.

“Debemos estar listos ante la eventualidad de que Kim use armas nucleares en la fase inicial del conflicto”, reconoce a Dreazen un analista de la CIA que ha dedicado largos años a estudiar el régimen norcoreano.

No va a pasar mañana, pero la idea de que pueda golpear primero ya no resulta tan descabellada.

deshielo

INTERREGNUM: ¿Deshielo en la península? Fernando Delage

(Foto: Maisie Gibb, Flickr) El año ha comenzado con la buena noticia de la celebración, el 9 de enero, del primer encuentro oficial entre las dos Coreas desde 2015. El deporte—en forma de los próximos juegos de invierno en Pyeongchang—ha ofrecido una oportunidad a Kim Jong-un para reducir la escalada de tensión de los últimos meses en la península.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha manifestado su apoyo a las conversaciones, aunque no son pocos los analistas que consideran que la reanudación del diálogo entre Seúl y Pyongyang puede complicar los esfuerzos norteamericanos a favor de la desnuclearización. La oferta surcoreana de levantamiento de sanciones puede reducir la presión sobre el Estado vecino y, a un mismo tiempo, la cohesión de la alianza Washington-Seúl.

Pero quizá sea ésta una conclusión precipitada. Primero porque resulta difícil pensar que Corea del Norte vaya a renunciar a su capacidad nuclear. En segundo lugar, porque el razonamiento más plausible puede ser el inverso: que ha sido la última ronda de sanciones—impuestas en diciembre tras el lanzamiento de un misil intercontinental con capacidad de alcanzar Estados Unidos, el 29 de noviembre—el factor que ha conducido a Kim a reconsiderar sus opciones y buscar un “enfriamiento” de la tensión. Tampoco debe perderse de vista que el instrumento nuclear es para Pyongyang, además de un elemento disuasorio frente a las amenazas externas y de legitimación del régimen político, un medio para mantener vivo el objetivo de la reunificación.

No es casual, por lo demás, que el “giro” del líder norcoreano se haya producido mientras se reitera desde Washington la posibilidad de una acción preventiva. No sólo se ha hecho público que el Pentágono está actualizando sus planes de contingencias, sino que el asesor de seguridad nacional—un general con experiencia de combate y doctorado en relaciones internacionales, respetado por los expertos—lleva meses declarando que las posibilidades de guerra “aumentan cada día”. (Léase el artículo publicado por The Atlantic la semana pasada: “The world according to H.R. McMaster”).

Otro elemento significativo tiene que ver con las maniobras de China. Pese a a la extendida idea de que el viaje a Pyongyang de un enviado especial del presidente Xi Jinping en noviembre fue un fracaso, quizá esa no es toda la verdad. El emisario, Song Tao, no logró reunirse con Kim Jong-un, pero sí lo hizo con otros altos cargos, incluyendo el número dos del Partido y el ministro de Asuntos Exteriores. La presión china puede haber sido por ello otro motivo que ha facilitado el encuentro en Panmunjom y, quizá, la posibilidad de una próxima reunión entre los líderes de ambas Coreas.

Queda claro, en cualquier caso, el limitado margen de maniobra de Seúl frente al juego geopolítico mayor de Pekín y Washington. La competencia entre estos dos últimos y la incertidumbre sobre Trump entre sus aliados agrava, no obstante, un escenario ya de por sí complejo con la posibilidad—preocupante para el equilibrio regional, pero con un apoyo creciente entre los surcoreanos—de que el país se incline a favor de su propia opción nuclear.