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El presidente surcoreano gana protagonismo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Analizando los hechos de la tercera cumbre entre los líderes coreanos, hay que subrayar que el presidente Moon Jae-in llegó acompañado con una delegación sustanciosa de 110 miembros, entre los que se encontraron la primera dama, 14 miembros del gobierno de alto nivel -la ministra de Exteriores, el titular de Defensa y el de la Unificación- y representantes empresariales surcoreanos, lo que es una indicación de cómo Moon visualiza las relaciones bilaterales.

Unas relaciones que trascienden lo estrictamente diplomático a una potencial cooperación económica que valga señalar entra en conflicto con las sanciones impuestas al régimen de Pyongyang. Pero todos estos esfuerzos parecen justificados en la imperiosa necesidad de que Kim Jon-un acepte desnuclearizarse.

La visita histórica que ha tenido lugar en Pyongyang es la prueba de que nos encontramos en otro momento de las relaciones coreanas.  El dictador que apenas se dejaba ver ha cambiado radicalmente su estrategia, con una aparente apertura que no deja de ser escrupulosamente medida y valorada, a cambio de conseguir más concesiones.

Moon por su parte sigue intensamente centrado en ser el mediador de la paz en la Península, por lo que entiende que su rol es el de servir de punto de equilibrio entre Pyongyang y Washington. De momento lo ha ido consiguiendo al menos en el plano diplomático. Y Trump ha expresado su confianza en él, lo que lo legitima frente a Kim y el mundo.

En palabras del propio presidente surcoreano, “encontrar un punto de coincidencia entre las exigencias de la Administración Trump sobre la desnuclearización y la exigencia de Kim que demanda una declaración de Paz, que a su vez garantice su seguridad y ponga fin a la hostil relación” es de lo que se trata.

Pero la dificultad está en que Pyongyang quiere la declaración de paz antes de llevar a cabo el proceso de desnuclearización. Y es ahí donde los surcoreanos están haciendo juegos malabares para equilibrar el deseo de Kim contra la necesidad de un avance objetiva, en la que ambas acciones se den simultáneamente.

Desde Washington se valora positivamente el encuentro. El departamento de Estado declaró que todo lo que avance la desnuclearización de Corea del Norte es positivo. Mientras, reconocían el trabajo del presidente Moon. El mismo Trump twitteó al respecto que, “Kim Jon-un acordó permitir inspectores nucleares, así como el desmantelamiento definitivo de un sitio de pruebas y lanzamientos de misiles en presencia de expertos internacionales. Y mientras todo eso sucede no habrá cohetes volando ni ensayos”. Expresó su complacencia con los resultados del tercer encuentro entre líderes coreanos, mientras enfatizaba también (en otro tweet) el hecho de que las Coreas acordaron presentarse juntas para ser sede de las Olimpiadas de 2032.

Moon Jae-in también avanzó la idea de un segundo encuentro entre Trump y Kim. Y a pesar de que no ha habido declaraciones expresas sobre ello desde Washington, sabemos que Trump aceptaría a cambio del protagonismo mediático y la posibilidad de que sea él quién se quede con los méritos de la renuncia al programa nuclear norcoreano y la estabilidad en la región.

No hay duda que la lectura hecha desde Estados Unidos es muy positiva, pues el secretario de Estado, por su parte, publicó una felicitación a ambos líderes coreanos por el exitoso encuentro, mientras que informaba de que había extendido una invitación a su homólogo norcoreano -Ri Jong Ho- para un encuentro en New York esta semana, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas.

A pesar del escepticismo de algunos expertos, quienes citan las ocasiones en las que el abuelo o el padre de Kim no respetaron los acuerdos, reconocen que está vez al menos, los hechos parecen estar tomando una dirección distinta, lo que responde a un cambio de estrategia del régimen de Kim.

La visita de un líder surcoreano a Pyongyang es un gran cambio a priori, sumado a que desfiló junto al supremo líder de Corea del Norte por las calles de Pyongyang. Así como el encuentro entre las primeras damas -otro hecho llamativo- pues el régimen norcoreano no la deja figurar apenas en público, y casi todos los aspectos de su vida son desconocidos, incluido su edad, o número de hijos.

La firma del acuerdo entre Moon y Kim, que consta de la paralización de ejercicios militares a lo largo de la línea de demarcación de las Coreas, la creación de enlaces ferroviarios entre el norte y el sur, junto con el acuerdo de 17 páginas firmado por los titulares de Defensa de ambas naciones y que busca “el cese de todos los actos hostiles entre sí”, son otra prueba de ese cambio de estrategia.

“El mundo verá como esta nación dividida va a generar un nuevo futuro para sí misma” fueron las palabras de Kim Jon-un durante la cumbre y en las que se deposita esperanza, pues está comprobado que la diplomacia es siempre la mejor fórmula.

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Detrás del escenario

La mayoría de las grandes decisiones políticas se cocinan, se preparan, se organizan y se comienzan a poner en ejecución detrás de los escenarios mientras en esto se presentan, se embellecen, se encubren y se justifican. Y así está pasando en todo el escenario del Pacífico para desplegar todo lo que implicó la cumbre de Singapur.

Una vez alcanzado el compromiso, ambiguo pero importante, de avanzar hacia la desnuclearización de la península coreana hay que dar pasos, y esto es mucho más difícil. Por una parte, Corea del Norte, que ha alcanzado su estatus actual sobre la base de sus amenazas y su despliegue de misiles no puede ir tan rápido como quiere EEUU por problemas técnicos y por la necesidad política de no parecer la parte derrotada en la negociación y endurece las condiciones de medidas recíprocas. Y, por otra, Estados Unidos no puede ceder en esas medidas para no dejar a Corea del Sur con una sensación de inseguridad y a Japón con mayores incertidumbres. De ahí los viajes de Pompeu y las polémicas y el rumor de que los norcoreanos estarían modernizando una instalación de misiles.

Pero mientras tanto, los otros actores de este drama también se mueven tras el escenario. China, el gran padrino, mueve piezas en Latinoamérica y no sólo económicas, una vez relajado algo el panorama frente a sus costas. Ha anunciado la apertura de una gran base de observación espacial y del radio espacio, es decir, con capacidad de intercepción y conocimiento de comunicaciones, en Argentina; y se ha filtrado información sobre una avanzada negociación con El Salvador para establecer una base de operaciones navales, sin excluir la presencia de barcos de la Armada china, en el Golfo de Fonseca.

Ambas noticias, que indican la profundidad de los cambios que están ocurriendo y, a la vez, la escasa atención que, aparentemente, dedica a Administración Trump al sur de sus fronteras, no deja de aumentar la incertidumbre. EEUU y Europa enredados en una disputa comercial repleta de hipocresía; Rusia fortaleciendo su posición y su influencia en Oriente Medio y el mundo navegado en claves populista sin ingredientes que pueden estropear cualquier digestión. (Foto: Georgi Gavrilenko, Flicker.com)

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INTERREGNUM: Kim vuelve a China. Fernando Delage

La semana pasada, sólo días después de su encuentro con el presidente de Estados Unidos en Singapur, Kim Jong-un realizó una nueva visita a China: la tercera en menos de tres meses. Mientras medio planeta se pregunta por el sustancia de su reunión con Trump, Pekín vuelve a confirmar su influencia en este complejo juego diplomático a varias bandas.

La sombra de China es inevitable por razones históricas e ideológicas, que están detrás de su alianza con Corea del Norte, su único aliado formal. Pero también por su “protección” política y económica de un Estado con el que comparte frontera. Como principal socio económico suyo, de Pekín depende en gran medida el grado exacto de presión a ejercer sobre Pyongyang a través de las sanciones que se acuerden en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero más allá de estos factores estructurales, el contexto se ha movido en los últimos días.

Tras oír a Kim en persona, los líderes chinos habrán sacado sus propias conclusiones sobre lo ocurrido en Singapur, y sobre el margen de maniobra que Trump cree tener sobre la cuestión. Al mismo tiempo, la imposición de aranceles por valor de 200.000 millones de dólares a la importación de productos chinos decidida por Estados Unidos esta misma semana se ha traducido en una poderosa arma para Pekín. ¿Tras esta declaración de guerra comercial, de verdad espera Trump que su homólogo chino, Xi Jinping, le ayude en sus objetivos en la península coreana?

El afectuoso trato que ha recibido Kim en su última visita constituye un significativo mensaje para Washington: China es una variable que Trump necesita, pero que escapa a su control. Si la Casa Blanca mantiene su escalada proteccionista, no tardará en perder la cooperación de Pekín. Por su parte, en su “repentino” acercamiento a la República Popular, Kim Jong-un ve reforzada—sin mayores esfuerzos—su posición negociadora. Singapur ha facilitado el pretexto para que se relajen las sanciones impuestas a Corea del Norte, mientras que Pyongyang puede alargar en el tiempo el diálogo sobre desnuclearización.

No son pequeños logros. Aun más cuando, sin obtener nada a cambio, Trump ha decidido suspender las maniobras militares con Corea del Sur previstas para el mes de agosto. Kim amplía de este modo sus opciones estratégicas, a la vez que pone en evidencia las declaraciones del presidente norteamericano de que ha “resuelto” el problema. Al fondo, entre bambalinas, Pekín obtiene el escenario más favorable para sus intereses. (Foto: Alex, Flickr)

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Una duda razonable

Ahora que se remansan las aguas de la aceleración mediática en torno al encuentro entre Kim y Trump y sus resultados (los medios siempre más atentos a los detalles llamativos que a los trascendentes) es tal vez el momento de llegar a algunas conclusiones, tal vez apresuradas, aunque esta semana encontrarán un buen análisis de nuestra colaboradora en Washington, Nieves C. Pérez.

En primer lugar, la cumbre y sus anuncios de acuerdo han creado una dinámica irreversible hacia otro escenario en el que Corea del Norte será ya un actor imprescindible. Incluso si Kim, en uno de sus giros chantajistas, quisiera volver a elevar la tensión por razones coyunturales, tendría menos apoyos que antes.

En segundo lugar, el proceso de desnuclearización en la península coreana solo tiene un ganador a medio y largo plazo, y es China. Pekín no quería el derrumbamiento de Corea del Norte que habría situado tropas de EEUU en su frontera. Con el acuerdo en desarrollo, China ha neutralizado ese riesgo y si el proceso de desnuclearización avanza alegará que ya no hay razones para que haya tropas de EEUU tampoco en Corea del Sur, que ya no correría riesgos. Mientras, China sigue avanzando sus fronteras marítimas manu militari.

Tercero, los aliados de EEUU en la zona, cuya seguridad depende de esta alianza desde la II Guerra Mundial, están en un escenario de incertidumbre en el que ven el fortalecimiento de la presencia china y un debilitamiento de la de EEUU.

Todo va a cambiar y habrá que acostumbrarse a un escenario geopolítico nuevo. Estados Unidos ha sido el baluarte de la libertad en la zona y debe seguir siéndolo. La duda está en si, a pesar de algunos de sus éxitos, es Donald Trump el líder que esta nación necesita. (Foto: Tzvetan Chaliavski, Flickr)

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INTERREGNUM: Trump y Kim en Singapur: ¿algo más que una foto? Fernando Delage

En la era de la imagen y el espectáculo, parece como si una foto pudiera por sí sola resolver un conflicto de 70 años. Asombra que tantos medios hablen de un “acuerdo” para la desnuclearización de Corea del Norte y la firma de un tratado de paz, cuando nada de ello aparece definido en el breve documento firmado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jung-un, durante su breve encuentro en Singapur.

Conviene recordar que, para Pyongyang, “desnuclearización” implica a la península en su conjunto, lo que significa que también Estados Unidos debe dejar de proteger con su paraguas nuclear a Corea del Sur y a Japón. Si Trump diera tal paso, habrá dado a China el mayor de los regalos (y ya le ha hecho varios). Pese a lo impredecible del personaje, no resulta muy plausible que pueda llegar—por sus consecuencias para el orden regional—a una decisión de ese tipo. Por otra parte, después de lo ocurrido con Libia, primero, y—más recientemente—con la retirada norteamericana del acuerdo con Irán, es igualmente difícil de imaginar que Corea del Norte vaya a renunciar sin más a su capacidad nuclear. Los dilemas que afrontan ambos líderes explican la vaguedad de los términos empleados en el documento: un mero “compromiso” para trabajar hacia la desnuclearización—muchos periodistas han preferido ignorar la preposición—y  para ofrecer una garantía de seguridad a Pyongyang (que queda sin determinar).

La premeditada brevedad del encuentro es una conveniente justificación para decir que no se ha podido entrar en los detalles. Pero no puede negarse que la cumbre es histórica, y ha quebrado la espiral de tensión que amenazaba con conducir a un conflicto violento en el centro de gravedad de la economía mundial. Y quizá, como empresario que es, Trump haya seducido a Kim con las oportunidades económicas que pueden surgir para su país, si opta por un camino de integración internacional. No obstante, el único acuerdo al que de verdad se ha llegado es a seguir dialogando. Comienza ahora un proceso en el que ambas administraciones intentarán hacer realidad sus intenciones.

De momento Kim ha logrado algunas de las suyas. Ha aparecido como un igual del presidente de Estados Unidos y, al tener la iniciativa, ha sido éste quien ha tenido que responder a su oferta. Ha logrado, además, que Trump renuncie a realizar las próximas maniobras militares previstas en la zona—tradicional objetivo de Corea del Norte (y de China)—, sin que el presidente norteamericano haya recibido nada a cambio. Por su parte, de cara a sus votantes, Trump refuerza su imagen de estadista innovador. Quizá le sirva en las elecciones al Congreso de noviembre; no tanto para tranquilizar a sus aliados asiáticos.

El problema norcoreano no es cosa de dos. Trump podrá intentar resolver su preocupación de seguridad más inmediata—los misiles intercontinentales norcoreanos—mientras se embarca en un proceso de negociación sobre la desnuclearización que puede durar años. Mientras Kim Jong-un consolida su legitimidad interna, crea la apariencia de una negociación que—es posible—, no habrá acabado cuando Trump deje la Casa Blanca. Entre tanto, la desconfianza de Japón, Corea del Sur, Australia, India incluso, puede terminar creando una dinámica geopolítica que acabará de manera completa, verificable e irreversible no con el armamento nuclear de Corea del Norte, sino con el liderazgo de Estados Unidos en Asia.

Es momento de concederle el beneficio de la duda a un presidente que quiere demostrar lo acertado de su intuición, frente a la falta de resultados de sus antecesores. Cuando 48 horas después de insultar al primer ministro de Canadá, elogia al líder de Corea del Norte—una avanzada democracia, como es sabido—, es difícil abandonar el escepticismo. Pero quizá Trump esté inventado un nuevo método diplomático.

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Una cumbre, dos egos y un camino por recorrer. Nieves C. Pérez Rodríguez

El 12 de junio del 2018 pasará a la historia como el gran momento en que un presidente estadounidense se encontró con un líder norcoreano. Un éxito diplomático que, a priori, ha sido posible por el carácter irreverente e impredecible de Trump, así como por el hecho de que Pyongyang ha desarrollado su programa nuclear en un 95%, lo que le ha permitido sentarse a hablar prácticamente de tú a tú con la nación que a lo largo de estos tensos 70 años de aislamiento los ha tenido presionados.

Se ha pasado de una hostilidad nunca antes vista a una mesa de negociación que terminó con la firma de un acuerdo de desnuclearización. La Administración Trump ha concentrado todos sus esfuerzos en hacer historia como la única que realmente ha querido poner fin a este intrincado conflicto. El Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha dedicado casi cada minuto de su tiempo a este esfuerzo y, lo prueban los viajes que ha hecho a Pyongyang y lo rápido que se produjo el encuentro.

Pompeo conoce en profundidad la situación norcoreana, como director de la CIA tuvo acceso a todo tipo de datos y el mismo ha dicho públicamente en varias ocasiones que Trump ha sido informado de cada detalle casi diariamente, desde que aquel tomó posesión del Departamento de Estado.

La imagen de Corea del Norte ha cambiado radicalmente. Hemos visto un líder paseando por Singapur, haciéndose selfies con el primer ministro de este país y visitando los sitios icónicos de esta ciudad Estado. Se ha humanizado su imagen, se ha convertido en un líder del mundo, en vez de ser el férreo dictador que lleva las riendas de una prisión abierta, tal y como ha sido denominada por las ONGs, por el nivel de represión al que se somete a la población.

La televisión pública norcoreana ha transmitido imágenes en tiempo real del gran apretón de manos de ambos líderes, conversando y firmando el documento, cosa que para occidente es parte fundamental del rol de los medios de comunicación, pero inédito en una sociedad tan hermética como la norcoreana. Es una gran excentricidad que el régimen esté usando todo esto como campaña de reafirmación de su liderazgo y fortalecimiento de su imagen.

Una gran curiosidad de la cumbre fue el vídeo que la Casa Blanca preparó para Kim Jong-un. Comenzando por el nombre de lo que se supone es la productora que lo hizo “Producciones imágenes del destino” (ó Destiny Pictures Production, titulaba en inglés) y que tuvo una duración de 4 minutos en las que se mostraban imágenes acompañadas por una voz que relataba el número de personas en el planeta y el pequeñísimo porcentaje de esa población que dejará un impacto en la tierra, y aquellos que tomarán decisiones que renovarán su nación. Todo ello mientras se explicaba que la Historia tiene la tendencia a repetirse, con imágenes de fondo desoladoras de los límites de Corea del Norte custodiados por militares y de los momentos de mayor tensión que se han vivido. Mostraban la imagen de Kim y de Trump como quienes podrían cambiar esta historia y hacer de Corea del Norte un lugar económicamente floreciente, donde llegue el desarrollo y la modernidad. Después de la oscuridad llega la luz, una historia de oportunidades, un nuevo comienzo, dos líderes y un nuevo destino. Al puro estilo hollywoodiense terminaba diciendo “la Historia espera para ser escrita”.

El mensaje no pudo ser más directo. Washington le dijo a Pyongyang si te subes a nuestro barco te lo damos todo: prosperidad, dinero, salud, desarrollo y, lo más importante, le garantizó la seguridad a Kim y su país.

Cada momento de la cumbre fue impactante. Las largas alfombras rojas por las que cada líder camino desde direcciones opuestas hasta llegar al centro, cuyo fondo lo decoraban las banderas estadounidenses y las norcoreanas. El punto exacto del encuentro fue el mismo centro para darse la mano cordialmente, mientras Trump ponía su mano izquierda en el brazo derecho de su homólogo, como un gesto de cercanía. Kim lo miró con una medio sonrisa y correspondiendo a las palabras de Trump, pero al momento de girar a las cámaras para la foto asume una seriedad arrogante, mientras que el estadounidense se dejaba ver cómodo y confiado de que era su gran momento y que conseguiría lo que había ido a buscar.

Las palabras del inquilino de la Casa Blanca fueron, tal y como se había pronosticado en ésta misma página, una clave para leer entre líneas junto con su lenguaje corporal. Dijo que fue un gran encuentro y Kim está dispuesto a desnuclearizar a Corea del Norte. Admitió que no es un proceso corto, ni fácil, pero que la disposición abre una nueva etapa.

No cabe duda que hay mucho por hacer, esto es sólo un primer paso, pero en diplomacia un primer paso es un gran paso. La situación en la que se ha estado durante más de 70 años no ha enderezado las cosas; por el contrario, ha hecho que Pyongyang cuente hoy con la capacidad de enviar misiles hasta el otro lado del planeta. Por lo que intentar otro camino podría ser positivo para la estabilidad mundial.

Corea del Norte podría repetir lo que ha hecho en otra ocasión, sin duda, pero al menos este intento podría servir para ayudar a muchos de los ciudadanos de a pie que luchan por sobrevivir en un país que apenas tiene alimentos y cuya economía está devastada.

Son muchas los puntos en la agenda que están pendientes. El más importante, los derechos humanos de los norcoreanos. Pero tal y como lo interpreta la Administración Trump, una vez conseguida esta primera etapa, que es la base en la que construirán la relación, podrán empezar a exigir o poner condiciones.

De momento, en EEUU se sienten complacidos porque saben que pasarán a la historia como la única Administración que fue capaz de arriesgarse y sentarse a conversar con un enemigo histórico a cambio de poder acabar con la gran amenaza nuclear que ha tenido al planeta en vilo.

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Un nuevo escenario

Ocurra lo que ocurra en el encuentro entre Trump y Kim Jong-un, tras su finalización se abrirá un nuevo escenario en Asia Pacífico y en el panorama internacional general. Como apunta desde Washington nuestra colaboradora Nieves C. Pérez, cada palabra y cada imagen entrañarán un mensaje que deberá ser analizado para tratar de vislumbrar no sólo la realidad de lo que se diga, sino tratar de adivinar lo que no se cuenta y también se haya tratado. Ya habrá tiempo de hacerlo y lo haremos.

Pero la realidad es que Trump y Kim van a inaugurar una etapa nueva para sus respectivos pueblos y para sus respectivos intereses. Como hemos señalado en otras ocasiones, nunca un presidente de los Estados Unidos se sentó con el dirigente del país nacido en la ilegalidad tras la guerra coreana y nunca el dictador norcoreano había alcanzado tanto protagonismo mediático, diplomático y político.

Y eso no va a cambiar tras la cumbre. Si Trump no comete ninguno de los errores de comunicación y oportunidad a los que parece ser tan aficionado y se alcanza algún acuerdo operativo, aunque sea de mínimos, al presidente norteamericano se le perdonarán muchas de las meteduras de pata anteriores, aunque no aparcarán los frentes que su nacionalismo económico y su zafiedad han abierto.

Y Kim, por su parte, pasará de ser un personaje de cómic, un dictador aparcado a la espera de derrumbe, a constituirse en un personaje del panorama mundial. Japón ya ha anunciado su disposición a estudiar un reconocimiento oficial, con Corea del Sur se abrirá una etapa inédita y la influencia y el liderazgo de China subirá como la espuma.

Esos son los nuevos componentes de una escena de la que, repitámoslo una vez más, la Unión Europea está ausente, sin estrategia, sin propuestas y sin iniciativas, sólo pendiente de futuras oportunidades de nuevos negocios lo que dibuja la urgente necesidad de algo más.

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Las claves detrás de la Cumbre de Singapur. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Nos acercamos al gran día, al día del encuentro que ninguno de los protagonistas daba por posible tan sólo unos meses atrás, dada la tensa situación histórica que ha caracterizado las relaciones bilaterales entre Corea del Norte y Estados Unidos. Aún más, agravadas por las ofensas y amenazas de Trump y los lanzamientos de misiles de Kim Jong-un. Pero, contra todo pronóstico, el gran encuentro tendrá lugar en Singapur bajo la mirada expectante de todo el planeta.

El Secretario de Estado Mike Pompeo explicaba en rueda de prensa, que el presidente Trump está yendo al encuentro con esperanza, pero también cauto, y no aceptará un acuerdo que no sea beneficioso para los Estados Unidos. La desnuclearización total de la península coreana es el objetivo final. Así mismo, afirmaba que durante meses el líder estadounidense ha recibido diariamente briefing de expertos sobre la situación norcoreana, sus antecedentes históricos y su capacidad militar, por lo que confía que el encuentro irá bien, pues Trump está preparado para ello. El mismo Trump afirmó en el marco de la visita del primer ministro japonés a Washington, que su Administración hará lo que ninguna anterior hizo en este respecto, mientras que le dejaba saber a Kim que estaría invitado a la Casa Blanca de portarse bien con él.

Mientras tanto, Abe enfatizaba que Japón está dispuesto a establecer relaciones con Corea del Norte en alineamiento total con Estados Unidos, como quien intenta salvar su vulnerabilidad y posible soledad en la región.

Ahora bien, ¿cuáles son los posibles escenarios de esta cumbre? Lo más importante, a priori, la foto. La actitud corporal de ambos líderes en la foto será clave para leer entre líneas hacia donde iremos. Si solo hay un apretón de manos protocolar con caras serias, significará que la reunión no fue tan bien como Trump esperaba, y en cuyo caso la posibilidad de llegar a un acuerdo es casi nula. La segunda posible foto, en la que se intercambie algún gesto amistoso, como un abrazo, indicará un potencial acuerdo, o al menos que hay disposición en ambos líderes de llegar a un arreglo que acabe en una hoja de ruta a la salida. Y la tercera pose sería entre risas, que demostraría la empatía entre ambos líderes y el deseo de encontrar una solución a la crisis coreana.

Las palabras de Trump post-meeting. Otra lectura esencial de la cumbre. Si Trump aparece circunspecto y con un vocabulario más formal, el gran ganador del encuentro habría sido Kim, quien habría conseguido sentarse con un presidente estadounidense a conversar y su liderazgo habrá cambiado por completo, mientras que Trump sería el perdedor, el que puso todo en el asador a cambio de nada. No obstante, él le daría la vuelta y lo vendería como que fue él el primer presidente que realmente ha tenido el deseo de resolver el conflicto. Si, en cambio, las palabras de Trump son más bien cordiales, indicando que Kim amablemente está dispuesto a negociar el desarme nuclear, estaremos algunos encaminados a trabajar por algo. Pero si sus palabras son más bien de un maravilloso encuentro, o gran encuentro, muy en su tónica, la lectura es que entre ambos líderes hubo gran empatía, que conociendo la trayectoria de los personajes, sería muy positivo para poder alcanzar alguna especie de fórmula de no agresión y congelamiento del arsenal nuclear y misilístico norcoreano.

En cualquier escenario, el gran ganador de la cumbre antes de llevarse a cabo es  Kim Jong-un. Su status político ha cambiado radicalmente y ahora son muchos los líderes internacionales que quieren encontrarse con él. Asimismo, el deseo político de imponer sanciones a Pyongyang está prácticamente desaparecido por ahora. China, por ejemplo, no está imponiendo ahora mismo las sanciones; de hecho, hay indicadores de que marisco norcoreano está llegando a puertos chinos y que buques chinos están despachando combustible a Corea del Norte. Desde Washington, los ejercicios militares que estaban pautados han sido retrasados para complacer a Kim. El mismo Trump ha reconocido que no están imponiendo la presión máxima a Pyongyang como gesto diplomático previo al encuentro. Y Washington ha dejado claro que no tiene interés en el modelo de Libia. Kim ha ganado aceptación internacional y legitimado su liderazgo. Es muy posible que después del encuentro Kim Jong-un sea invitado a la Asamblea General de Naciones Unidas en otoño. Así como es muy probable que, de ir bien, Trump le invite a la Casa Blanca.

Trump no ha conseguido nada políticamente, su determinación de imponer aranceles a los aliados lo ha puesto en una posición un tanto solitaria en el mundo. Por lo que Corea del Norte es clave, su disposición de solucionar la gran amenaza del Pacífico le ha favorecido políticamente y le ha dado una especie de salvoconducto frente a occidente y sus aliados históricos, quienes se han sentido realmente golpeados por las duras acusaciones de Trump y la desolada manera de comprender el mundo. (Foto: Cooperholoweski, Flickr)

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INTERREGNUM: Efectos norcoreanos. Fernando Delage

Hoy es sí, mañana es no, al día siguiente es de nuevo sí, y un día más tarde “ya veremos”. La consistencia no parece ser un atributo de la política norcoreana del presidente de Estados Unidos. Es imposible adivinar, por tanto, si habrá finalmente un encuentro entre Trump y Kim Jong-un; y más difícil aún vaticinar su posible resultado. Pese a esas incertidumbres, las cosas han cambiado desde que, en marzo y sin preparación previa, Trump accediera a reunirse con Kim. La apertura diplomática de Pyongyang ha provocado ciertos cambios en el noreste asiático, algunos de los cuales pueden complicar el margen de maniobra de la administración norteamericana al reducir la presión externa sobre Corea del Norte.

Uno primero es el acercamiento sin precedente entre las dos Coreas. Pese a sus riesgos—es una política que ya fracasó en intentos anteriores—, el presidente Moon Jae-in ha optado por una estrategia de conciliación hacia Pyongyang que ha contribuido a mitigar en gran medida la inquietud de la opinión pública surcoreana sobre su Estado vecino. En apenas dos meses, los dos líderes coreanos se han reunido más veces que todos sus antecesores juntos desde la división de la península tras la guerra de 1950-53. Cuanto más se consolide esa relación, más difícil será mantener la solidez de la alianza entre Washington y Seúl.

Los vaivenes diplomáticos de Trump y su política comercial han dañado, por otra parte, la relación con otro de sus principales aliados, Japón. El primer ministro Shinzo Abe, marginado en los movimientos de Estados Unidos con respecto a la cuestión coreana, y frustrado por el unilateralismo proteccionista de la Casa Blanca, se ha visto obligado a reajustar su política hacia Pekín. Abe y el presidente chino, Xi Jinping, han hablado por primera vez por teléfono, y Li Keqiang acaba de realizar la primera visita de un primer ministro chino a Japón en nueve años.

Entre otros acuerdos, durante su visita se ha acordado el establecimiento de una línea de comunicación directa para evitar un choque accidental en relación con el problema de las islas Senkaku. El gobierno japonés también ha abandonado su anterior rechazo de la Ruta de la Seda, y Tokio podría plantearse, incluso—ha dicho Abe—, su adhesión al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Es posible que Xi Jinping visite oficialmente Japón en 2019, lo que confirmaría una nueva etapa de normalización entre ambos Estados.

Las circunstancias también han permitido la primera visita de Moon Jae-in a Tokio desde su nombramiento, y la reanudación del diálogo trilateral China-Japón-Corea del Sur, que había estado interrumpido desde 2015. Tras su encuentro de la semana pasada, resulta evidente el interés compartido de los tres gobiernos por evitar una acción militar norteamericana que pueda conducir a una guerra en la región, y por coordinar sus posiciones para prevenir el daño que pueda causar a sus economías las sanciones arancelarias de Trump. Éste se ha convertido pues en un poderoso incentivo para el acercamiento de los tres grandes del noreste asiático.

China es el gran beneficiario de esta suma de resultados. Seúl está más alineado que nunca con Pekín sobre cómo enfocar la cuestión norcoreana. Japón ha reducido su hostilidad hacia la República Popular. Y, después de años de incómoda coexistencia como aliados, Kim Jong-un ha viajado dos veces a una China que ha visto incrementarse las oportunidades para buscar una solución favorable a sus intereses económicos y estratégicos.

Probablemente nada de esto era lo que esperaba el presidente de Estados Unidos cuando presumía de que obtendría el premio Nobel de la Paz por su gestión del problema. Tampoco Kim Jong-un lo logrará. Pero, haya o no cumbre, ha jugado sus cartas con habilidad: si el proceso diplomático fracasa, él no aparecerá como el único o principal responsable. Desde un principio ha sabido lo que quería. No puede decirse lo mismo de Trump.

tres en raya

Kim mueve fichas

Poco se sabe realmente de la situación interna de Corea del Norte. No sólo de la situación económica y social sino de las relaciones de poder, del peso de cada personaje en las estructuras, de quienes son los apoyos o los cargos discrepantes (aunque sólo sea levemente) de Kim Jong-un y de la evolución de estas relaciones. Ni siquiera los servicios secretos occidentales tienen capacidad para informar a sus respectivos gobiernos de algo más que indicios o interpretaciones de cambios litúrgicos. Como en la época más dura de Stalin en Moscú.

Pero esta información es vital, especialmente en vísperas de la cumbre entre el presidente Trump y el dictador norcoreano. Tal vez únicamente China y Corea del Sur saben algo más de lo que ocurre bajo la superficie.

Por eso, la noticia llegada a EEUU a través de Seúl de que tres de los altos cargos militares más cercanos a Kim Jong-un han sido relevados en las últimas horas acaba en el análisis simplista de afirmar que el presidente norcoreano está fortaleciendo al sector moderado de su régimen ante su encuentro con Donald Trump.

No parece tan sencillo y a veces hay que tener en cuenta las relaciones personales, familiares y tradicionales para explicar algunas decisiones.

Se trataría de jefe de las Fuerzas Armadas, Pak Yong Sik; Ri Myong Su, jefe del estado mayor del Ejército del Pueblo de Corea (KPA, por su sigla en inglés); y Kim Jong Gak, director del Buró Político General del KPA.

Para Estados Unidos estos relevos se enmarcan en una estrategia para favorecer el acercamiento a Corea del Sur, lo que podría ser un buen indicio. Aunque hay otros más preocupantes, y más difíciles de interpretar en profundidad como son los preparativos para recibir en Corea del Norte al dictador sirio Bashar el Assad. (Foto: MArian Kloon, Flickr)