La RCEP consolida el liderazgo chino. Nieves C. Pérez Rodríguez

El TPP (el tratado de cooperación económica traspacífico) quedaba en el naufragio total este domingo, momento en el que 15 economías asiáticas firmaban la RCEP (La Asociación Económica Integral Regional, por sus siglas en inglés). Con Beijing a la cabeza y en medio de la pandemia del Covid-19, cada ministro de comercio de los respectivos países firmaba bajo la mirada digital de las otras naciones. Un evento peculiar por las circunstancias, pero cuyo ceremonial característico no se vio entorpecido por la distancia física o la conversación a través de videoconferencia.

Trump se había retirado del TPP en enero del 2017, una de las primeras órdenes ejecutivas que firmó al principio de su legislatura, pero no fue hasta el final de la misma, en que Beijing consiguió ganar posición entre los aliados comerciales de Washington para concretar la firma del RCEP, que ha venido impulsando China para equilibrar la ausencia y la necesidad dejada por el TPP. 

El TPP fue promovido por Obama como el ambicioso acuerdo comercial de ambos lados del Pacífico en el que Washington, además de hacerse con el liderazgo indiscutible en la región, dejaba fuera a China y promovía una alternativa justa de intercambios. Por lo tanto, Beijing fomentaba el interés en la RCEP como una opción menos compleja de acuerdo económico. Pues el TPP tenía como objetivo bajar tarifas, proteger el medio ambiente, facilitar y estimular el crecimiento de los miembros y el respeto de los derechos laborales de los ciudadanos de los países parte del acuerdo.

Ahora bien, el acuerdo de la RCEP fue suscrito por los 10 países que conforman la ASEAN (Indonesia, Thailandia Singapur, Malasia, Filipinas, Myanmar, Camboya, Laos, Brunéi y Vietnam en cuyas manos resta la presidencia actualmente, y quién fomentó internamente el interés en la RCEP), y Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelandia y China quien ha sido el promotor de la necesidad de activar esta asociación durante años, pero que en plena pandemia ha aprovechado el escenario de la crisis económica para avivar el sentido de la misma en la región.

La India ha decidido quedarse fuera. Aparentemente Modi -el primer ministro indio- está jugando estratégicamente a dejar la ventana abierta para negociar con la nueva Administración Biden, con la que parece que está apostando por establecer cercanas y eficientes relaciones económicas. En el nuevo escenario, en el que el liderazgo económico en el Pacifico está en China, Delhi está centrado en convertirse en una fuente más grande de exportaciones minoristas para los Estados Unidos. Y de conseguirlo la jugada podría traducirse en un gran impulso económico para la India, así como su crecimiento e importancia internacional podrían rediseñarse.

Para China, haber conseguido este acuerdo es un gran triunfo. Partiendo del hecho objetivo que cuenta con un mercado interno de 1300 millones de consumidores, es de los que más tiene que ganar, podrá poner sus productos con menos o ninguna restricción en cualquiera de sus socios, así como importar bajo los mismos parámetros.  También reafirma su liderazgo regional, como la primera economía en el Pacifico, e incluso fuera de la región se posiciona como el líder global capaz de unificar 14 países cuyas economías e intereses son diversas y capaz de liderar el mayor acuerdo económico del mundo.

La RCEP tiene bajo su paraguas 2.100 millones de consumidores. Representa el 30% del PIB mundial y un cuarto de las exportaciones del mundo, lo que supone la asociación comercial más grande del planeta. Por lo tanto, en este acuerdo Beijing le ganaba una partida a Washington como pionero en la globalización y la cooperación internacional. Por lo que la presión sobre la nueva Administración Biden se acrecienta. El presidente electo ha hablado de su intención de restablecer el TPP, los demócratas tienen una oportunidad ahora de volver a establecer alianzas y puentes en la región, y en un único escenario en el que Beijing está al mando podría darse una gran oportunidad para que tanto republicanos como demócratas se unan en priorizar retomar protagonismo en el Pacífico.

Rusia refuerza su influencia en las puertas de Asia

El acuerdo impulsado por Rusia para acabar con las hostilidades en Nagorno Karabaj entre Azerbaijan y Armenia es, por incomparecencia occidental, una jugada maestra de Putin que refuerza su poder, desplaza la influencia de la UE en la zona, consagra a Rusia como gran padrino y permite vaticinar algunos de los próximos pasos de Moscú.

Sobre el terreno, Rusia ejerce como gran aliado de Armenia (tiene una importante base militar en el territorio) y ha mantenido a la vez buenas relaciones con Azerbaijan a quien ha dotado, junto a Bielorrusia y sobre todo Turquía, de importante material militar para reorganizar sus fuerzas armadas. Pero en el choque militar reciente, Rusia ha expresado comprensión con Armenia aunque no ha movido un soldado y los gobiernos azerí y ruso han mantenido contactos estrechos para lograr un alto el fuego, fundamentalmente porque Armenia comenzó a perder la guerra desde el primer momento, y Rusia no quiere a su aliado completamente derrotado. Pero Moscú sí que necesita un gobierno armenio más prorruso ya que el primer ministro, Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económca; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura, y aspira a ser referente en la región pero ha quedado en segundo plano.

Un tercer aspecto es la marginación de los aliados occidentales. Tras la guerra de 1991 en el mismo territorio, ganada por Armenia, se constituyó el Grupo de Minsk para impulsar un acuerdo definitivo. Está constituido por AlemaniaItaliaSueciaFinlandia, Rusia, Francia, Estados Unidos  y Turquía, además de Azerbaijan y Armenia. Desde entonces no ha avanzado apenas y en este enfrentamiento de ahora Rusia ha actuado sin contar mucho con el resto y con éxito.

  Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económica; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno. El protagonismo ruso es un mensaje para las tentaciones pro UE de Moldavia, Georgia y otras regiones del Cáucaso de influencia rusa.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura y aspira a ser referente en la región y ha quedado en segundo plano.

Y el espectador discreto, China, que como hemos venido diciendo necesita estable y próspera toda la Ruta de la Seda, también ha recibido un mensaje: todos los acuerdos regionales, pragmáticos, hábiles, a veces contradictorios y de difícil equilibrio firmados por Pekín son importantes, pero al final o son aceptables para Moscú o tendrán problemas.

India y la nueva Administración Biden / Harris. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los resultados de las elecciones estadounidenses se hicieron esperar, pero no por ello el entusiasmo por conocer al ganador disminuyó. Finalmente, el sábado pasado, los principales medios reconocían que el nuevo presidente electo de Estados Unidos es Joe Biden y con ello una avalancha de felicitaciones de jefes de Estado llegaban al nuevo equipo, que ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años.

Narendra Modi —el Primer ministro indio— felicitó a Biden en un tweet en el que, además, reconocía su trabajo previo en fortalecer las relaciones indo-pacíficas como vicepresidente en la era Obama y esperaba trabajar juntos, una vez más, para llevar dichas relaciones a un nivel aún más elevado. Pero, como era de esperar, también aprovechó para felicitar a la vicepresidenta electa usando un tono más cercano y cómplice:

“Su éxito es pionero y motivo de inmenso orgullo no solo para sus Chittis, sino también para todos los indoamericanos. Estoy seguro de que los activos lazos entre la India y los Estados Unidos se fortalecerán aún más con su apoyo y liderazgo.”

El término Chittis, que significa tía en tamil, ha sido uno de los que más emoción ha causado entre la comunidad india en los Estados Unidos y también en el exterior. Kamala ya usó ese término en el discurso que dio durante la convención nacional demócrata, en el que aceptó la nominación en la candidatura electoral como vicepresidenta. Y ahora Modi, correspondiendo el guiño, lo usa para aseverar que la alegría de su éxito no sólo la siente su familia materna y el gran número de tías que tiene en el sur de la India, en la región de origen, el estado de Tamil Nadu. 

La prensa y los medios en India reconocieron la victoria demócrata desde el comienzo y la mayoría en India ha celebrado el éxito de Biden y Harris, sazonado por la emoción natural que suscitan las raíces indias de la vicepresidenta electa. Para muchos nativos de Thulasendrapuram —el pueblo de la madre— viven con orgullo como una hija de inmigrante consigue llegar a la más alta esfera política del país más poderoso del mundo. Mientras se esperaban impacientemente los resultados de las elecciones, en este pequeño pueblo se organizaron visitas a templos hinduistas, rezos y ofrendas, con la fe puesta en que estos favorecerían los resultados hacia los demócratas.

Ahora las expectativas son de una diplomacia bilateral tradicional y por lo tanto predecible y estable. En cuanto a los intercambios comerciales entre Estados Unidos e India también se predice más tranquilidad en las relaciones, pues Biden, que es de la escuela política tradicional, no estará anunciando aranceles o cambios de política por Twitter. Y, tal y como nos decía un experto en intercambios que ha vivido estas últimas dos semanas en Delhi, lo que más importa y preocupa en India es convertirse en una fuente más grande de exportaciones minoristas para los Estados Unidos.

En cuanto al plano internacional, en junio de este año, India fue elegido miembro no permanente del consejo de seguridad de Naciones Unidas y lo será hasta el 2022. Pero ahora necesitará el apoyo de la Administración Biden para impulsar su imagen como potencia que merece ostentar la posición de miembro permanente del consejo de seguridad.  Posición por la que han venido haciendo lobby pero que, para conseguirla, deben impulsar también reformas estructurales en la ONU, que tan sólo para poder plantear necesitaría ir de la mano de Washington.

A pesar de lo bien recibidos que han sido los resultados de las elecciones estadounidenses en la India en general, los medios de comunicación están obsesionados con el hecho de que Estados Unidos venda armas y aviones de combate a Pakistán. Lo que no es nuevo, pues las relaciones de interés entre Washington e Islamabad no son recientes, y la venta de armamento se considera estratégica desde el Pentágono para neutralizar el terrorismo regional.

Así mismo, Pakistán, a principios de este año, calificó de inquietante la venta de Estados Unidos a India del sistema integrado de arma de defensa área asegurando que desestabilizaría más la ya de por sí volátil región.  Transacción que supone unos 2 mil millones de dólares.

Y, finalmente en el mundo post pandemia, la India junto con los Estados Unidos, podrían hacer un bloque contra las aspiraciones y abusos chinos en Asia. Beijing ha perdido credibilidad internacional y es un momento clave para desarrollar alianzas en pro del respeto y la convivencia. Además, sería muy oportuno para la India en este momento en que el conflicto en la zona fronteriza con China se ha avivado y que, después del último incidente en el que perecieron 20 soldados indios, contara con el respaldo incondicional de los estadounidenses.  Foto: Flickr, Janie Marie Foote.

THE ASIAN DOOR: ¿2020 o 2030 para erradicar la pobreza en China? Águeda Parra

El objetivo de alcanzar la erradicación de la pobreza en China ha sido una constante en el ideario del gobierno chino, y los avances en este sentido han sido muy significativos en los últimos años. De hecho, lograr la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada y convertirse en un país moderadamente desarrollado para 2035 pasa, sin duda, por avanzar en la eliminación de la pobreza hasta conseguir su completa erradicación.

Los datos hasta el momento muestran una progresión muy positiva, consiguiendo en 40 años sacar de la pobreza a más de 800 millones de personas, considerado como “un fenómeno incomparable en la historia de la humanidad” por el que fuera presidente del Banco Mundial hasta enero de 2019, el surcoreano Jim Yong Kim. De hecho, ningún otro país ha conseguido reducir los niveles de pobreza al ritmo al que lo ha conseguido el gigante asiático, fruto de las reformas económicas que ha implementado China en las últimas cuatro décadas.

La incidencia de la pobreza ha pasado de representar el 10,2% en 2012 a disminuir hasta el 0,6% en 2019, según datos oficiales, estando el objetivo de erradicación completa fijado para 2020. Los datos presentados durante la celebración del 19º Comité Central del Partido Comunista de China, que muestran el grado de avance alcanzado en los objetivos fijados para el 13º Plan Quinquenal (2016-2020), apuntan a que más de 55,75 millones de personas pobres en entornos rurales han salido de la pobreza. Esto supondría que China dará por erradicada la pobreza del país, establecida internacionalmente como la subsistencia en el umbral de menos de 1,90 dólares al día, aunque todavía se mantengan desigualdades significativas entre las ciudades de la costa y el interior.

Tomando como referencia esta línea de la pobreza extrema, las últimas décadas han contribuido a una reducción muy importante de la tasa de pobreza global, que ha pasado de representar el 36,2% de la población mundial (unos 1.900 millones de personas) a representar el 8,7% (casi 700 millones de personas) en 2018. De entre los 15 países en desarrollo más poblados del mundo que han implementado medidas para conseguir reducir la pobreza en este período, China es el país que mayor aportación ha realizado, siendo responsable de más del 60%.

De los planes quinquenales sobre los que ha trabajado China, el presente plan va a marcar un hito muy significativo en la erradicación de la pobreza, ya que conseguir este hito en 2020 supone para China adelantarse en diez años al compromiso de reducción de la pobreza establecido en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. El crecimiento económico de los últimos años refleja cómo han evolucionado los estándares de vida en el país, llegando a multiplicarse por 35 el nivel de renta per cápita, pasando de los 307 dólares de 1980 a los más de 10.500 dólares estimados para finales de 2020, según el Fondo Monetario Internacional (FMI).

De hecho, la consecución de este nivel de crecimiento corresponde con otro de los ambiciosos objetivos planteados en el actual 13º Plan Quinquenal, que contemplaba doblar en 2020 el PIB y el PIB per cápita respecto al valor que tenía el país en 2010. Los datos presentados en el pasado Comité Central del PCCh indican que el PIB del país alcanzará los 100 billones de yuanes, unos 14,3 billones de dólares, lo que sumado al cumplimiento del PIB per cápita, situará a China entre los países de ingresos medios.

Para el siguiente plan quinquenal, los objetivos en materia de crecimiento económico se plantean igual de ambiciosos. Con la vista en 2035, el objetivo supondrá duplicar el PIB de China respecto al valor de 2020, lo que llevaría a que el tamaño de la actual segunda economía del mundo alcanzará los 28 billones de dólares, una posición que le permitirá competir con la hegemónica economía estadounidense, cuyo valor actual se sitúa en 20,8 billones de dólares, según el FMI. Por delante quedan 15 años que, post-pandemia mediante, van a suponer para China seguir avanzando en reducir las desigualdades sociales que todavía diferencian ampliamente su sociedad.

INTERREGNUM: Los desafíos asiáticos de Biden. Fernando Delage

Con la victoria de Biden llega a la Casa Blanca un líder moderado, pragmático y con una profunda experiencia y conocimiento de los asuntos internacionales. Aunque formado en la guerra fría, sus años como vicepresidente de Obama le enseñaron la profunda transformación experimentada por el sistema internacional desde la primera década del siglo XXI. Sabe bien, por tanto, que la estrategia destructiva de Trump no puede sustituirse a partir de enero por el regreso a un mundo que ya no existe, ni por una política exterior desconectada de las nuevas realidades económicas y geopolíticas.

Biden, presidente quizá de un solo mandato, se verá obligado a dedicar la mayor parte de su tiempo a los asuntos internos. La pandemia, el racismo, la polarización política, la inversión en infraestructuras y nuevas tecnologías, y la atención a los perjudicados por la globalización y la revolución digital, son algunos de los problemas que requieren atención inmediata. Son también no obstante una condición para su proyección exterior: sólo reforzando las bases internas de su poder podrá Estados Unidos desempeñar un papel de liderazgo global. Su sola victoria ya es, por otro lado, un paso importante hacia la recuperación de la autoridad moral perdida en los años de Trump. Restaurar la credibilidad perdida como potencia comprometida con la gestión de los problemas transnacionales y la cooperación multilateral requerirá, no obstante, hechos concretos.

En el frente exterior, Asia será uno de los temas fundamentales y, entre ellos, China la cuestión decisiva. El margen de maniobra de Biden será relativamente estrecho: la posición de firmeza frente a Pekín mantenida por Washington desde 2018 responde a un amplio consenso nacional. El Partido Demócrata comparte con la administración saliente la hostilidad hacia las prácticas económicas y comerciales chinas, como también buena parte de los asesores del nuevo presidente. Biden permitirá, sin embargo, que se rebaje el tono y la retórica ideológica, y renovará los canales institucionales de diálogo con China, interrumpidos durante los últimos cuatro años. También será posible impulsar la cooperación con la República Popular en asuntos vitales para ambos, como el cambio climático o la proliferación nuclear.

Biden hará posible, sobre todo, el desarrollo de una política asiática que deje de ser rehén de la fijación con China. Recuperar la confianza de los aliados más cercanos, como Japón, Australia o los socios más estratégicos del sureste asiático, será el imperativo de partida. La incorporación de Estados Unidos al TPP (en la actualidad CTPP tras el abandono por Trump), y por tanto a un espacio de interdependencia basado en reglas, será uno de los elementos más eficaces de una estrategia compartida de equilibrio de la República Popular, que evitará al mismo tiempo la marginación de Washington de las normas que definirán el comercio y las inversiones en Asia durante al menos una generación. Hacer de la ASEAN no un terreno de competición con Pekín, sino una pieza clave de su estrategia asiática, la permitirá asimismo participar de manera directa en los procesos de integración que están reconfigurando la región. La asistencia regular a los foros multilaterales y cubrir las embajadas en Asia—Trump no hizo ninguna de las dos cosas—serán hechos recibidos con alivio por unos gobiernos que no quieren unos Estados Unidos ausentes.

“Sistemas de gobernanza de datos como herramienta competitiva: el caso UE-China” Webinar de European Guanxi. Isabel Gacho Carmona

“Los datos son el origen de todo, de todas las tecnologías: 5G, inteligencia artificial, blockchain…” comenzaba diciendo Raquel Jorge Ricart. “Son una colección de hechos, de números… pero también se pueden entender como un activo con efectos políticos, geopolíticos y económicos”. European Guanxi ha organizado un webinar titulado “Sistemas de gobernanza de datos como herramienta competitiva: el caso UE-China” en el que la ponente, miembro Fulbright en la Elliott School of International Affairs, abordó la cuestión.

Ante tan importante activo, los Estados -y organizaciones supranacionales, en el caso de la Unión Europea- tratan de asegurar su calidad, garantizar su protección y gestionar el ciclo de vida de la información. Así, por un lado la UE, a través de la Estrategia Europea de Datos de 2020 busca, a nivel interno, la creación de un mercado único de datos para ser capaces de reutilizarlos y de crear un “data pooling and sharing” o sistema de intercambio y mutualización de datos. A nivel externo el objetivo sería convertirse en un actor emprendedor y fiable. Se trata de un gran marco normativo en el que “todo está regulado”, apuntaba Jorge Ricart. Por otro lado, la estrategia de China estaría caracterizada por ser un entramado de diferentes normas en las que destaca la Ley de Ciberseguridad de 2017, junto con una serie de medidas y directrices políticas.

Mientras la normativa europea está centrada en los derechos y goza de garantías específicas en el caso de violaciones a la privacidad, el modelo chino pone al gobierno en el centro, esto es, además de ofrecer protección frente a ataques, la regulación también pasa por la prevención para que las tecnológicas no se conviertan en gigantes con un poder similar al de sus homólogos estadounidenses. Además, cuenta con un requerimiento de localización mediante el cual cualquier negocio que opere dentro de territorio chino tiene la obligación de mantener los datos en el territorio del país. Sin embargo, y pese a estas diferencias, “paradójicamente la manera de abordar la protección de datos hace a China más alineada con la UE que con Estados Unidos” sostenía la ponente.

Más allá de esta regularización, ambas potencias tratan de internacionalizar su marco en materia de datos. Por ejemplo, Europa cuenta con los campeones en 5G, Nokia y Ericsson, que han firmado con acuerdos por todo el globo. Por su parte, las entidades chinas habrían invertido más de 17 mil millones de dólares en proyectos de Ruta de la Seda Digital desde 2013.

En definitiva, el uso de datos entraña un alto valor y la tendencia global es su securitización. Pero más allá de esta, y es vital comprender la importancia de sus implicaciones económicas y de poder. En este último sentido, Jorge Ricart citaba las palabras de Borrell sobre la necesidad de la UE de aprender a usar el lenguaje del poder. Un poder que debe ir más allá del soft power. Así, recordaba que “el hard power no significa únicamente medios militares”.

La desinformación es la verdadera ganadora de la contienda electoral. Nieves C. Pérez Rodríguez

En un ambiente mucho menos festivo que en previas elecciones y cargado más bien de ansiedad por conocerse el resultado final, pero también por el temor a protestas ante al anuncio del candidato ganado, se ha celebrado el día electoral en EEUU. Mientras, en las principales ciudades del país se prepararon con barreras antidisturbios e incluso la misma Casa Blanca puso barricadas a sus alrededores para protegerse frente a la posible violencia que puede llegar a desatarse, producto de una polarización social muy profunda que se ha acentuado en los últimos años.

La campaña ha sido dura, con fuertes acusaciones de ambos lados. A los demócratas se les acusa de tener una agenda socialista radical y, en efecto, es lo que ha hecho que el Estado de Florida lo ganaran los republicanos. Mientras que a Trump se le acusa de dividir fuertemente el país, aupar a los supremacistas blancos y de un terrible manejo de la pandemia que de momento supera los 9 millones de ciudadanos contagiados.

Sin embargo, la economía estadounidense aún en plena pandemia repuntó bruscamente durante los 3 últimos meses de campaña, creciendo a un ritmo trimestral récord de 7,4% de acuerdo con las cifras oficiales. Aunque el daño de la paralización de la pandemia está presente según los analistas. Pero lo cierto es que a pesar del parón producido por el confinamiento ha quedado demostrada la entereza de la primera economía del mundo.

Fue una campaña electoral atípica.  Debido a la pandemia se estimuló el voto temprano para evitar grupos masivos de electores, así como el voto por correo. Todo en medio de un ambiente agitado que ha acabado por deteriorar más las instituciones estadounidenses. Y eso, en gran parte, se debe a Trump, quien en el uso de su tono soez no mide palabras o descréditos para ganar adeptos.

El deterioro de la credibilidad de las instituciones es un punto de inflexión en los Estados Unidos y la mayor preocupación de los analistas. Y el ganador de esta reñida contienda tendrá la gran responsabilidad de restablecer esa credibilidad o al menos contener su deterioro. 

Los republicanos pueden estar tranquilos en cuanto a la Corte Suprema, pues su mayoría es conservadora, y, a pesar de que la silla presidencial la ocupe un demócrata, las decisiones que por allí pasen serán más de corte conservador. En cuanto al Congreso, de momento todo apunta a que se quedará como estaba. Es decir, la Cámara de Representantes en manos de los demócratas y el Senado tendrá mayoría republicana, lo que garantiza que sus prioridades continuaran parecidas. Y habrá un equilibrio sano para el sistema.

Con un Senado de mayoría republicana se seguirá luchando y aprobando leyes que pongan un freno a las arbitrariedades chinas, bien sea en cuanto al robo de propiedad intelectual, o de posible espionaje a través de la red 5G o Huawai, la defensa por la las libertades religiosas de los individuos chinos (incluyendo a las minorías musulmanas, los budistas y cristianos en China), seguirán hablando sobre la importancia de devolver la autonomía a Hong Kong pero sobre todo se hará mucha énfasis en Taiwán y la imperiosa necesidad de que ese enclave permanezca fuera de los tentáculos del PC chino.

Si continuara Trump en la Casa Blanca su política exterior hacia Asia andaría por la misma línea. Pero si Biden tomara el poder, en este punto no podría retornar a la situación de hace 4 años atrás, por lo tanto, aunque es probable que se suavice un poco el tono, no se cambiará sustancialmente la postura.

La Administración Trump se ha centrado mucho en los problemas domésticos, dejando un vacío en el liderazgo internacional que bien ha intentado llenar Beijing. Es posible que Biden tomará una posición más activa internacional, aunque poco probable que Washington recupere el liderazgo internacional al que nos tenía acostumbrado.

Todo apunta a que los resultados de las elecciones se harán esperar, y la razón de ello es la inmensa división que ha experimentado esta nación. Estados Unidos es hoy un país dividido ideológicamente en dos partes casi iguales. Pero la grandeza de la democracia y la fortaleza de su economía lo hará salir adelante, y tal y como dice su juramento a la bandera seguirá siendo “una nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”.

INTERREGNUM: Estados Unidos out, Asia in. Fernando Delage

Ni la reelección ni la derrota de Donald Trump—aún se desconocían los resultados al escribir estas líneas—determinarán el futuro de la presencia de Estados Unidos en Asia. La política de Washington hacia la región dependerá de factores que van más allá de las elecciones de noviembre. No pocos de ellos están relacionados con China y el desafío que ésta representa para los intereses de los norteamericanos y de sus aliados. Pero no menos importantes son los relacionados con las reformas internas que necesita Estados Unidos, y que serán la clave de su capacidad de adaptación a un mundo en el que ya no será la única potencia dominante.

Cualquier nueva administración afrontará un completo catálogo de demandas en Asia: restaurar alianzas, evitar la escalada de múltiples conflictos, dar forma a una relación equilibrada con China, participar activamente en la integración económica y en los procesos multilaterales de la región, etc. La respuesta no vendrá de un ilusorio regreso a la era pre-Trump. Las naciones asiáticas son hoy más fuertes, más nacionalistas, más interdependientes entre sí, y más celosas de sus intereses estratégicos. Todas perciben el cambio histórico en la redistribución de poder a su favor.

A lo largo de la última década, la política asiática de Estados Unidos ha recibido distintos nombres—del “pivot” al “Indo-Pacífico Libre y Abierto”—pero siempre ha reconocido la importancia decisiva de la región para su economía, su seguridad y la de sus socios, así como para la promoción de los principios y valores democráticos. Sin embargo, el margen de maniobra con que contaba para defender sus intereses se ha reducido. La modernización militar china y la estrategia marítima de Pekín desafían la primacía norteamericana de los últimos 70 años y ponen a prueba la credibilidad de los compromisos de seguridad de sus alianzas. Entretanto, el extraordinario crecimiento de China durante las dos últimas décadas ha hecho de la República Popular la primera fuerza económica de la región. Mientras Pekín consolida su ascenso y se convierte en el primer socio comercial de todos sus vecinos, Estados Unidos abandona el TPP y adopta sanciones contra sus amigos y aliados, es decir, contra quien justamente necesita para presionar a China. ¿Es así como piensa competir con su principal rival?

Estados Unidos se encuentra en un momento crítico en su relación con el continente. El orden de postguerra se ha visto superado por los acontecimientos y no sirve de referencia para afrontar los desafíos de nuestro tiempo. La polarización y disfunción de la vida política norteamericana—que antecede a Trump y le sucederá aunque él la haya agravado—ha sido una de las causas del deterioro de ese orden. Al mismo tiempo, la estrategia de dominio en todos los campos—el militar en particular—está desfasada y no cuenta con el apoyo de la opinion pública. Washington necesita una alternativa viable a las iniciativas que Pekín ofrece a la región. Pero articularla requiere primero de sus líderes un cambio de mentalidad, recuperar su autoridad moral, atender sus problemas internos y atenuar esas corrientes populistas que amenazan la sostenibilidad de la democracia.

THE ASIAN DOOR: Ant Group marca el cambio de era. Águeda Parra

La salida a bolsa de Ant Group, conocido anteriormente como Ant Financial, uno de los grandes emblemas de la factoría Alibaba, va a hacer historia en la próxima oferta pública de venta (OPV) cuando comience a cotizar en las bolsas de Shanghai y Hong Kong. Un unicornio chino que va a protagonizar la OPV más importante de la historia con una recaudación prevista de 34.500 millones de dólares, alcanzando un valor de mercado que rondará los 315.000 millones de dólares, similar al producto interior bruto (PIB) de Noruega, superando además la capitalización de mercado del banco norteamericano JPMorgan Chase, el más importante de Estados Unidos.

La expectación ante la próxima oferta pública de Ant Group no solamente está relacionada con la valoración que alcanzará el unicornio chino. Existen otros factores relevantes que convierten la salida a bolsa de la mayor Fintech del mundo en un promotor de un cambio de era en la industria financiera mundial.

Ant Group es la matriz de Alipay, la plataforma de pagos móviles más importante de China y su valoración en el mercado después de la oferta representará alrededor del 40% del valor total de las cotizaciones de empresas tecnológicas, al estilo del índice NASDAQ. La mayor OPV de la historia no se realizará en Nueva York, considerado el mayor mercado de valores del mundo en volumen monetario y el primero en número de empresas adscritas, marcando un hito importante en el mercado bursátil mundial al aupar la bolsa de Shanghai a la cima de las clasificaciones mundiales en términos de efectivo recaudado en 2020, a un nivel comparable a la bolsa de Hong Kong. Justo cuando las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y China no atraviesan su mejor momento, el gigante asiático posiciona dos mercados bursátiles importantes para lanzar operaciones de salida a bolsa en Asia.

No es la primera vez que China acoge la OPV más importante del mundo. La salida a bolsa del banco chino ICBC en 2006 ya estableció un registro récord al recaudar más de 19.000 millones de dólares en una operación que entonces supuso el impulso para la modernización del sistema financiero de China. En esta ocasión, los ingresos de Ant Group proceden principalmente de la plataforma Fintech y la popularidad de sus servicios han convertido al gigante asiático en el referente mundial en los pagos móviles con una penetración entre los usuarios de smartphones del 81,4%, el doble de lo que sucede en otros países que han conseguido implantar de forma significativa los pagos móviles, según eMarketer.

Pero esta OPV supone también la victoria por los datos. La apuesta de Alibaba con Ant Group para construir una infraestructura financiera moderna en la era digital está ampliamente replicada entre casi todas las principales tecnológicas de China que también han invertido en desarrollar sus propios sistemas de pago, como Tencent con WeChat Pay, y las plataformas propietarias de Meituan, Didi, Baidu y Xiaomi. La Fintech más popular de China ha aprovechado precisamente el valor de la tecnología para analizar la información que dispone de sus usuarios y evaluar la solvencia crediticia para emitir préstamos. De esta forma, Ant Group amplía su liderazgo resolviendo las necesidades financieras de consumidores y de pequeñas empresas que por su tamaño no resultarían atractivas a los grandes bancos estatales chinos.

El poder de la Fintech china no pasa desapercibido para el intenso control regulatorio por parte de Pekín. De ahí que el objetivo de desplegar la nueva moneda digital china (DCEP) entre los consumidores pueda encontrar el inconveniente de que prefieran seguir utilizando los medios de pago móviles habituales ante el liderazgo y la popularidad de Ant, resultando más complejo el control sobre el coloso creado por Alibaba. El modo en que terminen encajando ambos modelos determinará a la larga cuál será el rol de la Fintech en la industria financiera de China.

Repensar la amenaza de China

Que China, su modelo político, sus intereses y su política de expansión de influencia y de esos intereses es una amenaza para las sociedades occidentales asentadas sobre las libertades y el bienestar consecuencia de ellas no es discutible, Lo que sí está en discusión es la dimensión, las características y la gravedad de esa amenaza y las medidas necesarias para neutralizarla o contenerla.

No se trata de enredarse sobre si la tecnología o una red cibernética concreta dispone de elementos para penetrar la seguridad occidental (aunque también hay que analizarla, sino de entender el concepto de amenaza como algo más amplio, más global que va, desde esta tecnología hasta la telaraña que China está desplegando y que llena de dependencia a muchos países a través de la compra de deuda, la cautividad de mercados y el intercambio económico con las ventajas que supone su Estado autoritario, la falta de libertad y de control interno y la liquidez de su proceso de crecimiento.

En una entrevista con The Times hace unas semanas, Gerhard Schindler, que estuvo al frente del servicio alemán de seguridad, BND, entre 2011 y 2016, llamaba la atención sobre lo esencial del comportamiento “agresivo” de Pekín en el mar de la China Meridional y su hegemonía económica sobre las regiones de África, así como la Nueva Ruta de la Seda financiada por China que se extiende por Eurasia.

“China está haciendo las cosas de manera muy inteligente, muy silenciosa, pero, en cualquier caso, con una estrategia asombrosamente consistente, y es preocupante que en Europa apenas notamos este comportamiento dominante”, asegura Schindler. Añade que la estrategia de China necesita ser reconsiderada. “En Alemania, dependemos en parte de China, por ejemplo, en nuestra industria automovilística. Pero no se puede aliviar esta dependencia volviéndose más dependientes; deberíamos esforzarnos por ser menos dependientes”, explica. 

En geopolítica, subrayan los expertos, los vacíos son rápidamente ocupados por entes que buscan posicionamiento, ya sea este estatal o no. Esto explica en parte el avance simultáneo de China en Oriente Próximo ante el retroceso de Estados Unidos que comienza tras el discurso del presidente Barack Obama en El Cairo el 4 de junio de 2009. No sólo porque el mundo suní e Israel, sus aliados naturales, entendieron entonces que Washington ajustaba su política exterior hacia Irán (ahora en proceso de rectificación), sino porque la meta utópica de cooperación que planteaba coincidió con la reducción de su dependencia de los proveedores de hidrocarburos de Oriente Medio y África. Se calcula que, para 2035, el 95% de las exportaciones de petróleo y gas desde esa zona fluirán hacia los países emergentes de Asia-Pacífico, lideradas por China.

En este contexto se produce el acercamiento de China a Irán, materializado en el reciente Acuerdo de Asociación Estratégica Integrada, por el que China invertirá a lo largo de 25 años 400.000 millones de dólares, tiene un componente energético y militar en condiciones económicas favorable a largo plazo y supondrá un refuerzo del régimen de los ayatolás al dar oxígeno a su debilidad actual.

Son dos ejemplos significativos del cambio que se está produciendo en la relación de fuerzas a escala internacional y es en este escenario global en el que hay que medir la amenaza china, más allá de sus retos tecnológicos.