Vietnam, la nueva China. Ángel Enríquez De Salamanca Ortiz

Durante las últimas décadas, China ha experimentado un crecimiento sin igual gracias a la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping a finales de los años 70.

Unas reformas que abrieron la economía y permitieron la entrada de capital extranjero, dando lugar a un crecimiento sostenido en el tiempo hasta el día de hoy y que tuvo su explosión en el año 2001, cuando China pasó a formar parte de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Los bajos costes salariales atrajeron inversión del exterior, lo que permitió un rápido crecimiento a costa de los salarios y un auge de las exportaciones. China era la fábrica del mundo, donde las empresas se instalaban gracias, también, a los casi inexistentes derechos laborales de los trabajadores.

El incremento de los salarios y riqueza en China está haciendo que las empresas ya no vean tan atractivo establecerse en este país y busquen, por lo tanto, otros países donde establecerse, es el caso de Vietnam.

Vietnam se ha convertido en una copia de China, con una apertura económica hacia el liberalismo, mano de obra barata, estabilidad política (partido comunista como única fuerza política) pero con una población mucho más joven, que en tan solo unas décadas ha pasado de ser un país agrícola a ser un país industrializado, con unas tasas de crecimiento del PIB superiores al 6% anual, duplicándose este en poco más de una década, y con un incremento del consumo de sus habitantes y de los salarios exponencial en tan solo veinte años.

Tras décadas de pobreza, hambre y guerras (con EEUU o Laos), en 1986 empezaron las reformas económicas “Doi Moi” para liberalizar el país, y en 1987 se publicó la “Ley de Inversión Extranjera” que permitió la entrada de capital extranjero. Después de  más de 30 años de apertura, la pobreza se ha reducido más de un 10% y el país ha recibido más de 400.000 millones de dólares de IED (Inversión Extranjera Directa) provenientes de países asiáticos como Japón, Corea del Sur, Taiwán o China;  o Estados Unidos con proyectos de Apple, que ya fabrica sus Airpods en Vietnam, Microsoft o Coca-Cola, con el objetivo de crear infraestructuras, empleo o inversiones que suponen casi una cuarta parte del PIB del país. Estas reformas y apertura económica tuvieron sus consecuencias y, en el año 2007, el país pasó a formar parte de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Estas empresas han generado, no solo riqueza y empleo, sino que también han traído la tecnología y el “know-how” que tanto necesita el país para unirse al comercio global. En algo más de 10 años se ha pasado del “Made in China” al “Made in Vietnam”. La buena gestión del SARS CoronaVirus 2 y la guerra de aranceles entre China y Estados Unidos, no ha hecho más que hacer más atractivo a este país, ya que muchas empresas han dejado el gigante asiático para establecerse en Vietnam, por no hablar de las libertades de este país, donde plataformas como Google o Youtube están permitidas.

El decenio 2021-2030, aprobado en el XIII Congreso del Partido, aclara que es necesario seguir fomentando el sector privado y la creación de grandes empresas, con fuerte presencia nacional e internacional, y fomentar la inversión.

A pesar del rápido crecimiento, Vietnam aún es un país pobre, con una renta per cápita de apenas 4.000  dólares, donde aún existe pobreza, desigualdad, corrupción y unas infraestructuras débiles, pero cuenta con salarios competitivos, una economía de mercado y recursos naturales como el oro, petróleo o gas.

En los próximos años estos factores harán que Vietnam siga creciendo a ritmos elevados, gracias a su población joven y numerosa de casi 100 millones de habitantes, su productividad y su bajos salarios pero tiene que reforzar su sistema bancario, sanitario y educativo y sus infraestructuras para no caer en el olvido de los inversores, por no hablar del riesgo político de una dictadura.

Vietnam ha pasado a ser un miembro más de los CIVETS (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía, Sudáfrica), un grupo de países con rápido crecimiento, con una población joven que, en poco tiempo, relegará a los BRIC (Brasil, Rusia, India, China) como países emergentes. Un crecimiento que aumentará las tensiones con China, ya suficientemente tensas por el conflicto por el Mar de China Meridional, una región rica en recursos naturales y puente entre el Océano Indico y el Pacifico.

Por último, el “China Plus One”, una estrategia comercial que pretende diversificar las cadenas de suministro y no depender tanto del gigante asiático, es decir, diversificar en otros países como Vietnam o Bangladesh para que, en caso de pandemia u otro elemento, la economía mundial no dependa de China. Una estrategia comercial que, seguro, agravará las tensiones entre ambos países.

 

Ángel Enríquez De Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

 

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THE ASIAN DOOR: Recortando distancia hacia la neutralidad del carbono en la Ruta de la Seda. Águeda Parra.

La Asamblea General de las Naciones Unidas ha sido nuevamente el escenario elegido por Xi Jinping para anunciar nuevos compromisos en la lucha contra el cambio climático. Si hace un año China hacía público su objetivo de alcanzar el pico de emisiones de gases de efecto invernadero en 2030 y la neutralidad del carbono en 2060, un año después las acciones sobre el clima están encaminadas a dejar de financiar la construcción de nuevas plantas de carbón en el extranjero. Un adelanto de cómo plantea China el fomento de las energías renovables y la agenda de descarbonización dentro de los objetivos definidos en el 14º Plan Quinquenal.

El anuncio de China en la Asamblea de las Naciones Unidas eleva las expectativas sobre la próxima Cumbre del Clima COP26 que se celebrará en Glasgow, Reino Unido, a principios de noviembre. Tras la COP21 de París, que concluyó con el acuerdo histórico de establecer los objetivos para frenar el cambio climático reflejados en el Acuerdo de París, la declaración de China viene a reforzar la ambición de la COP26 de declarar como histórico el uso del carbón.

La COP26 podría suponer la cuenta atrás hacia la completa descarbonización, teniendo en cuenta que China está detrás del 56% de los proyectos de construcción de plantas de carbón planificados fuera del país, según datos del Global Energy Monitor. Con la transición energética en auge, las energías renovables son soluciones alternativas mucho más competitivas, planteando un escenario donde cada vez es más complejo que las plantas de carbón puedan competir comercialmente con la tecnología que incorpora la nueva generación de energía solar y eólica, donde China se posiciona como líder mundial.

Tras años de financiar la construcción de plantas de carbón en el exterior, la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda no ha supuesto un incremento en este tipo de infraestructuras ya que la mayoría de los proyectos energéticos han contemplado de forma mayoritaria el uso de las renovables. De hecho, la inversión en este tipo de proyectos se ha mantenido estable en el tiempo, registrando un repunte en 2016 y alcanzando su punto máximo en 2017 hasta los casi 7.000 millones de dólares según el Global Development Policy Center de la Universidad de Boston. Desde entonces, la financiación de este tipo de proyectos se ha ido reduciendo sensiblemente hasta desplomarse casi por completo en 2020 por efecto de la pandemia.

Más allá del impacto que ha supuesto la crisis sanitaria en las decisiones de inversión en el extranjero, el anuncio de Xi Jinping viene a confirmar que China impulsará su tecnología verde Designed in China para seguir financiación proyectos energéticos en el exterior, a pesar de que dentro del país se siga manteniendo una importante dependencia del carbón durante algún tiempo. No obstante, los avances para tener una menor dependencia del carbón también han sido significativos a nivel doméstico en los últimos diez años, reduciéndose la proporción del uso del carbón en el mix energético del país 10 puntos porcentuales hasta representar el 56,8% en 2020, según la Administración Nacional de Energía. Los objetivos para 2021 siguen siendo ambiciosos y pretenden alcanzar una reducción del uso del carbón por debajo del 56% en 2021, marcando un nuevo hito en la agenda de descarbonización.

La COP26 contará, asimismo, con el anuncio de Estados Unidos, realizado poco antes de la declaración de China, por el que Washington espera destinar 11.4000 millones de dólares en ayudas a países en desarrollo para afrontar el reto del cambio climático, lo que supondría duplicar el valor del presupuesto actual si consigue el respaldo del Congreso.

Aunque todavía lleve un tiempo materializar el compromiso anunciado por Estados Unidos, y que el mix energético de China refleje una menor dependencia del carbón, los pasos dados por Washington y Pekín podrían ser la antesala para que la próxima COP26 consiga imprimir un cambio de ritmo hacia una más rápida descarbonización.

 

 

El triunfante regreso de la ejecutiva de Huawei. Nieves C. Pérez García

El arresto de Meng Wanzhou, la directora financiera de Huawei, en junio del 2018, marcaba un giro sin precedentes en las relaciones entre Washington y Beijing y ponía a Ottawa en el medio esta particular situación, que, en efecto, le hicieron pagar un alto precio a Canadá con la suspensión de exportaciones cuyo destino era China y una alta presión diplomática debido a la privación de libertad de dos ejecutivos de negocios canadienses en territorio chino, caso que se hizo conocido como el nombre “los Michaels”.

Durante la Administración Trump y en medio de la llamada guerra comercial entre Estados Unidos y China el interés por mirar con lupa las actividades de Huawei se intensificó considerablemente. El desarrollo de la plataforma 5G fue la piedra angular que mantuvo el debate abierto, mientras que La Casa Blanca trabajó arduamente en tratar de convencer a las naciones aliadas del peligro de usar esta tecnología china. Sobre todo entre aquellos países estratégicos que comparten información confidencial con Estados Unidos y viceversa. Los países de la alianza del “five eyes” concretamente fueron la mayor preocupación del Pentágono y del equipo de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Huawei es la empresa de telecomunicaciones más grande del mundo y la segunda en vender teléfonos móviles y equipos de comunicación de última generación. Una poderosa compañía que a finales de los años 90 intentaba sin éxito desarrollar la red del 3G por lo que perdieron enormes sumas de dinero. Pero que remontaba diez años más tarde para desarrollar la plataforma del 5G, gracias a una enorme inyección de capital proveniente del Estado chino, lo que de entrada se considera como una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuyo éxito y supervivencia son producto de la calidad del servicio que ofrecen.

La disímil relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista chino, así como la legislación china que contempla la colaboración de estas compañías para facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda a occidente. Y eso deja abierta la posibilidad de que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo con su conveniencia.

En ese marco, la Administración Trump impuso sanciones a la gigante china mientras consiguió que Reino Unido, Australia y Japón prohibieran el uso de la tecnología de Huawei en sus territorios. Y en agosto del 2018 un tribunal de New York emitía una orden de arresto para que Meng fuera juzgada en los Estados Unidos como una alta ejecutiva de Huawei bajo los cargos de violaciones de sanciones estadounidenses en contra de Irán y conspiración para robar secretos comerciales.

La captura de esta ejecutiva china abrió un nuevo horizonte diplomático nunca antes visto. Se mantuvo en arresto domiciliario en Canadá en una de sus propias viviendas con pulsera electrónica en su tobillo a la ejecutiva de Huawei que tuvo que permanecer en Canadá más de dos años presentándose a la justicia canadiense. Mientras, Beijing encontraba una forma de presión a cada movimiento jurídico. Por ejemplo, en mayo del año pasado la Corte Suprema de Vancouver dictaminó que los cargos contra ella cumplían con el estándar legal de doble criminalidad, lo que dejaba abierta la opción de crímenes en Canadá y en Estados Unidos. Beijing no tardó en contestar con la sentencia a los dos hombres de negocios que fueron privados de su libertad desde el comienzo de esta saga.

Desde finales del 2020 se estaba intentando negociar un “procedimiento diferido” entre los fiscales estadounidenses y los abogados de Meng que consistía en que admitiera culpabilidad por algunas de las acusaciones que se le imputan y con ello se le permitiera retornar a China. Tal y como fue publicado en esta misma columna en diciembre del año pasado en el que se afirmaba que ese tipo de acuerdos es más común que sea concedido entre empresas y en muy raras ocasiones a individuos.

Meng admitía en un documento de cuatro páginas de largo que había incurrido en irregularidades en el 2013 con una empresa iraní en los que engañaba al HSBC sobre la verdadera naturaleza de la relación de Huawei con Skycom.

A esta admisión negociada el Departamento de Justicia estadounidense respondía retirando la petición de extradición que comenzó todo este proceso en primer lugar. Y ahora afirman que procederán con preparativos para el juicio en contra de la empresa como entidad jurídica pero no de un individuo afiliado a la empresa. Por lo que la ejecutiva fue liberada la semana pasada.

Meng regresaba a China en medio de una magnífica llegada a Shenzhen, precisamente la ciudad donde se encuentra la sede principal de Huawei. Aterrizaba en un avión con la bandera china, ataviada de un traje rojo triunfante, color tradicional de la cultura china que representa además éxito, vitalidad y buena suerte, recibida con alfombra roja, flores, espectadores con banderitas chinas y pódium listo para dar declaraciones en vivo frente a audiencia televisada, que se calcula rondó los 10 millones de espectadores. Decía que habían sido días difíciles pero que estaba feliz de estar en casa, como si se tratara de un error de la justicia de occidente.

Los encabezados de los medios oficiales chinos titulaban “Arrestada por el auge de China y gracias a eso también fue liberada”. El Partido Comunista chino aprovechó la oportunidad para alimentar su propaganda y afianzar su credibilidad y fuerza domestica que se ha visto afectada por los problemas económicos en el marco de la pandemia y escándalos como el de Evergrande, la gigantesca inmobiliaria china.

Los Michaels fueron liberados por la justicia china a tan sólo pocas horas de que Meng llegara a China y, como afirmaba Rüdiger Frank, profesor de la Universidad de Viena en una serie de tweets, la liberación de estos canadienses justo a pocas horas de haber llegado Meng confirma la conexión directa entre ambos casos. O sea, que China los había capturado como respuesta a la orden de captura a la ejecutiva de Huawei.

Con la detención de estos dos canadienses como respuesta a la detención de Meng y la sentencia a muerte de Robert Lloyd Shellenberg en 2019, quien había sido imputado por narcotráfico de estupefacientes en el 2014, Beijing daba clara muestras de lo que es capaz de hacer. De que está preparada para responder enérgicamente si sus intereses son tocados.

Este peligroso juego de presión que la Administración Trump comenzó fue respondido más reciamente por Beijing dejando ver que no están dispuestos a dejarse presionar por fuerzas exteriores por muy poderosas que estas sean. Claramente la Administración Biden está intentando otro camino para contener las arbitrariedades chinas. Un camino que parece que pasará por vías más regulares y menos escabrosas pero que a su vez convierta a China en un actor de igual peso.

INTERREGNUM: Cumbre en Washington. Fernando Delage

La primera reunión presencial de los líderes del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) en Washington el pasado viernes, sólo una semana después de anunciarse el pacto de defensa entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS), fue una nueva prueba de la urgencia con la que la Casa Blanca y sus principales socios asiáticos tratan de evitar que China altere el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico. En contra de los cálculos de Pekín, el QUAD ha llegado para quedarse, abriendo una nueva fase en el esfuerzo colectivo dirigido a contrarrestar su creciente poder, de manera particular en la esfera naval.

Buena parte de los especialistas chinos continúan subrayando las contradicciones y debilidades del grupo, como recogía por ejemplo el oficialista Global Times: “la apresurada salida de Estados Unidos de Afganistán causó un enorme daño a India; Australia rechaza comprometerse sobre la minería del carbón para hacer frente al cambio climático; Japón se enfrenta a una situación de desorden político interno, a la vez que provoca erróneamente a China al pronunciarse sobre la cuestión de Taiwán”. Y, sí, estos analistas perciben la hostilidad en aumento hacia China, pero nunca mencionan que son las acciones de Pekín durante los últimos años las que han provocado esa reacción.

Son también sus movimientos los que explican que tanto la cumbre del QUAD como AUKUS hayan sido recibidos positivamente entre los aliados y socios de Estados Unidos en Asia (al contrario de lo ocurrido en el Viejo Continente). Esa satisfacción general no oculta, sin embargo, que, para no pocas de estas naciones, se agrava el dilema de tener que elegir entre Washington o Pekín. A la ASEAN le inquieta en particular que el QUAD pueda quitarle el protagonismo que ha tenido tradicionalmente en la arquitectura de seguridad asiática. En todos los casos se es consciente, por lo demás, de que se avecina una nueva carrera de armamentos en la región.

No sólo Australia va a recibir nuevos submarinos: el pacto implica una profunda integración de la industria de defensa de los países participantes, y su cooperación en nuevas áreas de innovación tecnológica, como la inteligencia artificial o el control del “dominio submarino”, concepto que incluye tanto los cables bajo el mar que canalizan la transmisión de datos por todo el planeta, como la detección de submarinos. La colaboración se extiende a misiles subsónicos como los Tomahawks, cuyos secretos Estados Unidos nunca ha compartido hasta la fecha, e, inevitablemente, a la tecnología nuclear. Aunque Washington se reserve el know-how de las unidades que suministrará a Canberra, y tendrá que ocuparse por tanto también de su mantenimiento—poniendo en cuestión la propia soberanía australiana, como ha señalado el exprimer ministro Kevin Rudd—, la gradual integración de capacidades de defensa que va a producirse puede acabar alterando el statu quo nuclear en Asia.

Otro elemento a valorar es cómo este reajuste geopolítico puede afectar a la relación de las potencias asiáticas con la UE. Los gobiernos de la región habían dado la bienvenida al objetivo europeo de reforzar su presencia en el Indo-Pacífico, ambición que cristalizó en la adopción de su estrategia hacia la zona, presentada sólo horas después de anunciarse AUKUS. Japón cerró un doble acuerdo económico y estratégico con Bruselas, en vigor desde 2019, y ha negociado pactos bilaterales de cooperación en seguridad con distintos Estados miembros. Con India y Australia se negocian sendos acuerdos de libre comercio. Los gobiernos del sureste asiático, donde la UE es el primer inversor exterior, veían en Bruselas un socio que les permitía diluir los efectos de la rivalidad Washington-Pekín.

La Unión tendrá que hacerse a la idea de que la absoluta prioridad de Estados Unidos es hoy China, y entender hasta qué punto Japón, India y Australia la comparten. Pendientes de que la Comisión actualice próximamente su estrategia hacia la República Popular, ha pasado inadvertido el informe adoptado por el Parlamento Europeo el 16 de septiembre, en el que se indica: “China está adquiriendo un papel global más fuerte como potencia económica y como actor de política exterior, lo que plantea graves desafíos políticos, económicos, de seguridad y tecnológicos para la UE,  que a su vez tienen consecuencias significativas y duraderas para el orden mundial, y representan graves amenazas al multilateralismo basado en reglas y a los valores democráticos fundamentales”. No parece sonar muy diferente del lenguaje empleado por Washington y sus aliados en el QUAD (aunque no hayan nombrado al gigante asiático en sus comunicados).

Alemania y las relaciones de la UE con China     

Las relaciones entre la UE y China en los próximos años van a estar marcadas por el gobierno alemán que se constituya tras las elecciones recién celebradas, que previsiblemente tardará meses en negociarse y cuyo liderazgo final no está claro.

Alemania, como líder económico de la UE y, por lo tanto, el país con mayor influencia política en la Unión, ha mantenido posiciones ambiguas con respecto a China en las que, en todo caso, no se ha querido nunca molestar a Pekín lo suficiente como para perturbar los negocios de los empresarios alemanes. Pero los elementos del escenario han cambiado. Como era previsible, China, pacientemente ha pasado de atractivo socio comercial a inquietante competidor en todos los mercados, lo cual sería para aplaudir a su gobierno si no fuera porque juega desde un Estado autoritario que no respeta todas las leyes internacionales de comercio, ni la libertad de mercado en su territorio, ni los derechos humanos en general, ni los laborales en particular. Sin olvidar que en el país no existe un poder judicial independiente al que reclamar la necesaria seguridad jurídica.

Merkel timoneó esa situación con habilidad pero se resistió a considerar a China como una amenaza global y no sólo comercial y mantener junto a Estados Unidos una política de exigencia democrática y de mayor contención a sus amenazas territoriales en el Indo Pacífico.

Como señalan varios expertos, en los últimos años la relación entre Alemania y China ha sido cada vez más tensa. China es más agresiva en sus relaciones con Hong Kong y Xinjiang, y ha aumentado su presión económica y de amenazas territoriales en la región más allá de sus propias fronteras. Para ello, utiliza nuevas formas de coerción económica para perseguir sus intereses políticos.

El nuevo gobierno alemán, y la UE, tendrán que precisar sus relaciones con China más allá de la seducción de las inversiones chinas y previsiones a medio y largo plazo. El cortoplacismo amparado en los beneficios anuales y los votos de cada legislatura no sólo son un error sino que siembra las condiciones para la catástrofe frente a países para quienes el tiempo importa poco porque no se les exige cuentas, no celebran elecciones y estás instalados en una milenaria cultura de la paciencia.

El Departamento de Estado desfallece. Nieves C. Pérez Rodríguez

La era Trump dejó un gran descontento en el Departamento de Estado. Los diplomáticos de carrera fueron el target indirecto de muchas de las ligerezas del anterior presidente. La Administración tuvo dos secretarios de Estado, el primero, Rex Tillerson, no estuvo mucho en el cargo pues, por sus diferencias con Trump, éste le despidió con un tweet durante una visita oficial al extranjero. El otro fue Mike Pompeo, que fue un secretario a la medida del presidente pero que contó con mucha resistencia de parte de los funcionarios de carrera.

El paso de Pompeo por el “State”, como se le dice a la institución en Washington, dejó muchas anécdotas como que la mujer de Pompeo le acompañaba en sus giras oficiales y solía ser la que retrasaba la salida del avión porque tenía por costumbre irse de compras antes de que el avión se dispusiera a partir. Y también sinsabores entre quienes durante mucho tiempo han trabajado en la institución y se encontraron en el centro de una rivalidad política cuando estaban optando a posiciones que en un porcentaje muy alto fueron otorgados a los cercanos al presidente o al equipo de la Casa Blanca.

Sumando a eso la situación de los diplomáticos en el exterior que era muy incómoda. Les tocó responder una y otra vez a las preguntas de cómo era posible que un personaje tan soez pudo convertirse en presidente de los Estados Unidos, y, más difícil aún, les tocó justificar inexplicables comentarios o posturas presidenciales en materia de política exterior. La situación llegó a ser tan tensa que muchos diplomáticos abandonaron el servicio exterior permanente mientras que otros empezaron a expresar su desacuerdo político en redes sociales como Facebook sin tapujos.

Las elecciones presidenciales del 2020 con un candidato con Joe Biden representaba para muchos la esperanza en el retorno a la diplomacia clásica, por su larga experiencia política.  El regreso a la tradición del Departamento de Estado y a la política exterior más predecible y en consonancia con los intereses de los aliados y las alianzas históricas.

Sin embargo, a nueve meses de la presidencia demócrata y con Antony Blinken como secretario de Estado, un hombre respetado en las esferas del Capitolio y querido en Washington, la decepción está más presente que nunca en la institución.

La mayor crítica se centra a que Blinken no es capaz de confrontar al presidente para oponerse a decisiones como fue la atropellada y muy desafortunada salida de Afganistán, a pesar del precio internacional que se pagará por la misma.

Otra gran decepción muy latente es que Biden ha mantenido el patrón que agudizó Trump de nombramientos políticos de embajadores, aun cuando el mismo partido demócrata criticó duramente esa tendencia en la Casa Blanca de Trump. El “State” hoy vive la misma situación de angustia y presión política que sufrió durante la Administración anterior, pero con el agravante de que se ha institucionalizado y por tanto normalizado la influencia partidista en una casa que por muchos años fue ejemplo de apartidismo e institucionalidad.

Tal y como me admitió una fuente anónima “duele mucho ver que el equipo del presidente Biden se comporta igual a como actuó el del presidente Trump. Esperamos más de Biden”.

INTERREGNUM: El “pivot” de Biden. Fernando Delage

Hay semanas que pasan a la historia, y la de mediados de septiembre será probablemente una de ellas. El miércoles 15, el presidente de Estados Unidos, junto a los primeros ministros de Reino Unido y Australia, anunció la formación de un pacto de defensa entre los tres países para suministrar 12 submarinos de propulsión nuclear a Canberra. Naturalmente, no se trata de un mero acuerdo de compraventa de armamento. Es el primero de los pasos de la doble estrategia seguida por parte de Washington para adaptar y reforzar su presencia militar global integrando sus capacidades con las de sus socios (en la jerga del Pentágono, “Integrated Deterrence”), a la vez que su política hacia China pasa claramente del contraequilibrio a la contención.

“AUKUS”, como es denominado el acuerdo que comenzó a fraguarse en la última cumbre del G7, viene a formalizar la atención puesta por Washington en el Indo-Pacífico cuando se cumplen justamente 10 años de la presentación por la administración Obama de su “pivot” hacia esta parte del mundo (rebautizado como “rebalance” un año después), cuya ejecución quedó sin embargo incompleta. El anuncio se ha producido, por otra parte, dos días antes de la celebración en Dushanbe de la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), dedicada esta vez casi monográficamente a Afganistán. El juego euroasiático queda en manos de China y Rusia, que han tomado nota de la preferencia de Estados Unidos por sus intereses marítimos en el Pacífico occidental.

Tampoco es casualidad, y resulta aún más revelador de los cambios por venir, que el pacto se diera a conocer apenas horas después de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunciara su discurso anual sobre el estado de la UE—en el que no dejó de mencionar a China—, y unas horas antes de que el Alto Representante, Josep Borrell, hiciera pública la esperada estrategia Indo-Pacífico de la UE. No es sólo Francia quien ha sido “apuñalada en la espalda” (expresión utilizada por su ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Yves Le Drian, tras abandonar Australia el contrato firmado con París en 2019 para la construcción de nuevos submarinos, y ni siquiera informar Estados Unidos con antelación sobre el pacto); no: Biden, un presidente que había hecho hincapié en su interés por unos aliados desatendidos por Trump, ha dejado claro que no cuenta con los europeos—con la excepción de los británicos, ya fuera de la UE—en su política hacia el Indo-Pacífico.

Tras la retirada de Afganistán, AUKUS es un segundo golpe en un mes a la inocencia geopolítica europea. La relación transatlántica no volverá a ser la que fue, lo que afecta al futuro de la OTAN y agudiza el imperativo de la autonomía estratégica de la Unión. El 24 de septiembre—razón adicional del anuncio del nuevo pacto—Biden es anfitrión en Washington de la primera cumbre en persona de los líderes del QUAD (se reunieron virtualmente en marzo): además del primer ministro de Australia, asisten sus homólogos  de Japón (primer país candidato en su día para suministrar los submarinos australianos), e India (una de las naciones con submarinos nucleares de la tecnología más avanzada). AUKUS es una prueba tangible de la creciente institucionalizacion del grupo, al que poco pueden aportar los europeos por su déficit de capacidades estratégicas. La cuestión, cuando empiezan a dar forma a una estrategia más ambiciosa en Asia, es si no se verán obligados a concentrar sus esfuerzos en el Viejo Continente si ya no van a contar con los norteamericanos como antes con respecto a Rusia.

Una atmósfera de guerra fría parece estar formándose, aunque el tiempo dirá si este hincapié en la dimensión militar (acompañada de la ideológica), no termina siendo un error. China ha recibido el mensaje: es innegable que AUKUS mitiga sensiblemente el diferencial de poder militar—naval, en particular—que la República Popular estaba ganando frente a Estados Unidos y sus aliados. Pero Pekín también sabe que el principal juego regional es geoeconómico. Y también la semana pasada—de hecho, al día siguiente de anunciarse la nueva alianza—, declaró su intención de incorporarse al CPTPP, es decir al Acuerdo Transpacífico (TPP) que formaba parte central de la estrategia de Obama, que Trump abandonó, y que se reconfiguró bajo el liderazgo de Japón con el resto de participantes. La reincorporación de Estados Unidos debería ser una de las prioridades de Biden, condicionada no obstante por la oposición del Congreso y de la opinión pública a los acuerdos de libre comercio. No será fácil que se materialice a corto plazo la adhesión de China, pero la señal está lanzada. Biden, por su parte, ha dado el pistoletazo de salida a su propio pivot, pero aún requiere de otras piezas. La reacción de la Unión Europea, por último, no debería hacerse esperar.

Indo-Pacífico: Iniciativa de Estados Unidos, hipocresía francesa

La alianza estratégica recientemente anunciada por Australia, Reino Unido y Estados Unidos (AUKUS) supone un cambio de etapa en la región del Indo-Pacífico. Los tres aliados han decidido dar un paso adelante en la contención de China y su política expansiva respecto a Taiwán, el Mar de la China y países cercanos, y dotarse, con Australia como pieza central sobre el terreno, de mayores recursos navales y aéreos.

Esta iniciativa impulsada por Estados Unidos no debería sorprender. Los tres países, junto a Canadá y Nueva Zelanda, integran, desde los años 60, la alianza Five Eyes para el intercambio de inteligencia estratégica y monitorización de las comunicaciones del bloque soviético y aliados y que supuso la puesta en marcha del sistema de vigilancia Echelon, que supuestamente también se utilizó más tarde para controlar miles de millones de comunicaciones privadas en todo el mundo.

La nueva alianza estratégica significa la plasmación práctica y con nuevos medios de una coincidencia en la percepción de la amenaza china no sólo en términos comerciales ventajistas sino como amenaza a la integridad territorial y seguridad colectiva de varios países.

Y aquí entra la dificultad de sumar a la Unión Europea a esta iniciativa. Bruselas lleva años señalando que China es una amenaza comercial y de seguridad tecnológica pero no un riesgo en estos momentos a la seguridad colectiva. Francia y Alemania combinan las duras críticas a China con guiños para establecer acuerdos comerciales que permitan a sus empresas entrar en el goloso mercado chino con el menor control estatal posible por parte de Pekín. Cada cual defiende legítimamente sus intereses nacionales y, en la medida en que coincidan, son intereses europeos. Y esto está en la trastienda del asunto de los submarinos.

Australia lleva décadas modernizando sus fuerzas navales (y en algunos de sus programas mantiene con España convenios importantes), necesidad que ha venido aumentando en proporción al crecimiento chino en capacidad ofensiva aeronaval junto a su política en las aguas cercanas reprobada por tribunales internacionales. En este campo, es clave estratégicamente el arma submarina por su capacidad de llevar a cabo labores de vigilancia y de inteligencia.

El primer candidato para colaborar en la modernización de la flota submarina australiana fue Japón proyecto que Camberra abandonó para un acuerdo con Francia que ofreció a Australia ventajas comerciales y tecnológicas. Sin embargo, París no quiso transferir tecnología para la propulsión nuclear de los submarinos australianos para no entorpecer sus relaciones comerciales con China. Francia ofreció el último modelo de la clase Scorpene, modelo en el que han colaborado España y Francia, que vendieron varias unidades a Chile.

Pero ahora, en el marco del AUKUS, EEUU y Gran Bretaña han ofrecido a Australia la transferencia de la tecnología para dotar a sus nuevos submarinos de propulsión nuclear en situaciones ventajosas para los tres países. Los submarinos movidos por energía nuclear son más  rápidos, pueden alcanzar mayor profundidad, son más silenciosos, tienen más capacidad  de desplazamiento y pueden permanecer mucho más tiempo sumergidos mucho.

Es verdad que Francia ha perdido un contrato de casi 60.000 millones de euros con la repercusión que eso va a tener en el empleo, pero sin duda hay instancias jurídicas internacionales para sustanciar reclamaciones y eventuales compensaciones. Pero Francia no pude presentar este asunto como una “traición” o una “puñalada en la espalda” de Estados Unidos en un plan estratégico contra China en el que la Unión Europea nunca ha querido estar ni dotarse de medios para ponerlo en marcha. Retirar embajadores de Australia y Estados Unidos y escenificar como conflicto europeo un asunto esencialmente francés es pura hipocresía. Por otra parte, la unilateralidad de la acción francesa en África no es menor que aquella que París crítica a Estados Unidos, dicho sea de paso.

No se puede seguir esperando la comprensión de Estados Unidos, que también tiene legítimos intereses nacionales como Francia, y que desde el otro lado del Atlántico llegue la financiación vertebral de la OTAN y se envíen los soldados que en mayor número mueren en los conflictos, mientras se mira con supuesta superioridad ética a los aliados estadounidenses. No se pueden seguir equilibrando los presupuestos europeos gastando menos en defensa y que lo haga EEUU y, a la vez, esperar que EEUU lleve a la UE a rastras a  dónde la UE no ha demostrado querer asumir los riesgos de estar presente.

INTERREGNUM: Bloques euroasiáticos. Fernando Delage

La asistencia de representantes de seis países —Pakistán, China, Rusia, Qatar, Turquía e Irán— a la formación del gobierno talibán en Kabul es quizá la más clara ilustración de los cambios que se están produciendo en la dinámica geopolítica euroasiática, así como de sus implicaciones globales. Si el fin de la presencia occidental en Afganistán tiene especial trascendencia es por producirse en un contexto de redistribución de poder, marcado por el aumento de la influencia china y por la creciente coordinación entre Pekín y Moscú de sus acciones en este espacio continental.

Una de las primeras respuestas de China y Rusia a la inminente caída del gobierno de Ashraf Ghani —anunciaron la decisión el 12 de agosto— fue la de dar a Irán el estatus de miembro de pleno derecho en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), institución en la que era observador desde 2005. Las reservas de las repúblicas centroasiáticas, que ya se opusieron a su adhesión en 2006 y 2015, no han bastado para impedir esta vez su incorporación: la cumbre que la organización celebra en Dushanbe esta semana —a la que acudirá el presidente iraní, Ebrahim Raisi, en su primer viaje al exterior— pondrá formalmente en marcha el proceso de adhesión.

Tras firmar sucesivos acuerdos bilterales con China y Rusia, las autoridades iraníes parecen haber optado por reforzar su orientación estratégica eurosiática, en la que también hay que incluir su interés por India. Mediante su participación activa en las instituciones económicas y de seguridad de la región, Teherán confía en mitigar la presión de las sanciones occidentales, contar con nuevos incentivos para el desarrollo de su economía, y ampliar el alcance de un bloque cuya principal seña de identidad es precisamente su oposición a Occidente.

Aunque internamente se discuten los beneficios de formar parte de una organización que incluye —tras la incorporación de India y Pakistán en 2017— a cuatro potencias nucleares con agendas y objetivos de seguridad diferentes de los de Teherán (cuyo escenario estratégico prioritario es Oriente Próximo), sus motivaciones de prestigio diplomático proporcionan en cualquier caso nuevas ventajas a Moscú y Pekín. Irán, en efecto, entra a formar parte de la arquitectura que estas dos potencias quieren construir en Eurasia, apoyándose en su interés común por contener a los grupos islamistas radicales y debilitar a Occidente. Los estrategas que, en Washington, piensan cómo erosionar la relación entre Pekín y Moscú —como hizo Nixon en 1972— lo tienen por tanto muy difícil.

Afganistán ha puesto de nuevo de manifiesto que el orden surgido tras la implosión de la Unión Soviética hace tres décadas ha llegado a su fin. Mientras la OTAN ha sufrido un notable fracaso, chinos y rusos—en compañía de Irán y Pakistán, entre otros— reconfiguran un espacio ignorado durante mucho tiempo por Occidente. Estados Unidos ha decidido concentrar sus cartas en la rivalidad (básicamente marítima) con China, pero ¿y los europeos? Mientras Pekín y Moscú acercan sus respectivos proyectos geopolíticos —la Ruta de la Seda, y la Unión Económica Euroasiática, respectivamente— con el fin de proteger sus esferas de influencia en un orden multipolar, los europeos no pueden limitarse a seguir a los norteamericanos. Bruselas anuncia esta semana su estrategia hacia el Indo-Pacífico, pero necesita igualmente una aproximación geopolítica hacia Eurasia que vaya más allá de las redes de infraestructuras y de los principios normativos. La competición entre las grandes potencias marítimas y continentales será uno de los elementos determinantes del sistema internacional en transición.

 

 

 

China: Promoción cultural o manipulación. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Partido Comunista Chino creó el Instituto Confucio en 2004 como un proyecto piloto que comenzó en Uzbekistán a mediados de ese año, de la mano de Liu Yandong, ex vicepresidente chino y miembro del politburó durante su tiempo a cargo del Departamento chino del Frente Unido del Trabajo. Un veterano del Partido Comunista Chino que en pocos meses conseguía abrir el primer centro oficial en Seúl y que después de ello empezó a proliferar por todas por todos los continentes.

Los institutos desde sus comienzos fueron promocionados como centros de intercambio cultural, como lo son la Alianza francesa o los institutos Cervantes que promueven la historia, el arte o la lengua. En efecto, la oficina internacional del idioma y el Ministerio de Educación chinos están detrás de dichos centros desde su creación.

Hoy existen más de 500 institutos a lo largo y ancho del planeta y cuentan con un presupuesto anual de unos 10 mil millones de dólares aproximadamente. Parte del gran éxito de estos centros es que se han establecido dentro de campus universitarios a través de un modelo curioso y que en muchos casos es demasiado atractivo para ser rechazado.

De acuerdo con Rachelle Peterson, quien desarrolló un minucioso estudio en 2017 con grupo de centros Confucio en Nueva York y New Jersey determinó que los representantes chinos inicialmente negociaban contratos con las universidades anfitrionas por un periodo de cinco años, en los cuales les pagaban sustanciosas sumas de dinero a cambio del espacio. Aunque los contratos se mantienen secretos, se cree que las condiciones pueden variar en cada caso.  La atractiva cantidad ofrecida por Beijing facilitaba la operación en una primera etapa. A lo largo del tiempo surgían dificultades cuando los institutos interferían en las conferencias o discusiones de la casa de estudio, si los temas a debatir incluían Tibet, Taiwán o Tiananmen.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esos institutos han sido centro de mucha polémica. En el caso específico de los Estados Unidos las sospechas y el escrutinio llevó en 2019 al director del F.B.I., Christopher Wray, a testificar ante el Congreso para aclarar dudas sobre los mismos. “Los institutos Confucio ofrecen una plataforma para difundir la propaganda del gobierno chino, fomentar la censura y restringir libertades académicas”, fueron algunas de las afirmaciones de Wray.

Los institutos han sido utilizados por el Partido Comunista Chino como una estrategia global de expansión y presencia. A través de los mismos se ha conseguido insertar cientos de docentes chinos en tierras extranjeras bajo la justificación de poder impartir mandarín. Pero también han penetrado los más prestigiosos centros de educación e investigación del mundo desde donde han podido substraer información valiosa para el partido chino.

“El instituto Confucio es una marca atractiva para extender nuestra cultura al exterior. Han hecho una contribución importante para mejorar nuestro “poder blando” (soft power). La marca Confucio tiene un atractivo natural. Con la excusa de enseñar chino, todo parece razonable y lógico”. Fueron las palabras de Li Changchun en un discurso pronunciado en el 2011, que en ese momento era miembro del Comité permanente del Politburó, máximo órgano del PC chino.

En los años recientes, sobre todo durante la Administración Trump y su postura en contra de los abusos chinos, se denunciaron más abiertamente irregularidades perpetradas por Beijing. Sobre la base del robo de propiedad intelectual, de tecnología y de datos se tomaron medidas más drásticas. Además de denuncias hechas por ciudadanos chinos en territorio estadounidense, como han sido el caso de estudiantes que estuvieron en Estados Unidos como parte de un programa de intercambio y que se resistieron a ponerse bajo la autoridad del Partido Comunista y les tocó pagar con cárcel a su regreso a China.

También han sido investigadas denuncias de actividades irregulares de grupos de estudiantes chinos en campus universitarios estadounidenses vinculados con consulados chinos tratando de reclutar talento chino y otros esfuerzos de influencia sospechosos, tal y como afirma Jamie Horsley en un artículo publicado por el Brookings Institute.

La desconfianza de las instituciones estadounidenses ha llegado al punto que se ha investigado e incluso aprobado leyes para poner freno a las arbitrariedades antes mencionadas. Tal es el caso de la ley de la autorización de la defensa de 2019 (NDEE por sus siglas en inglés) que prohíbe al Pentágono a financiar programas de mandarín en Universidades anfitrionas.

El Departamento de Estado, por su parte, clasificó en agosto del 2020 a los Institutos Confucio como centros de misión exterior controlados y financiado por el gobierno chino. Y en marzo del presente año el Congreso aprobaba por unanimidad otra ley que busca restringir a las universidades que albergan los institutos de recibir fondos federales a menos que el acuerdo suscrito entre ambas entidades sea claro y proteja la libertad académica y otorgue a la universidad plena autoridad administrativa sobre el instituto.

“Los Institutos Confucio están bajo el control del PC chino. Son centro de propaganda que amenaza la libertad académica y la libertad de expresión sin vergüenza. En las universidades de los Estados Unidos, el gobierno chino está librando una guerra de influencia a través de estos Instituciones”. Fueron las palabras del Senador John Kennedy a razón de la aprobación la ley (Confucio Act to protect free speech at U.S. colleges).

Sólo en territorio estadounidense llegó a haber 110 institutos

Confucio de los que actualmente quedan 51 y 44 de ellos dentro de campus universitarios. Además, hay que sumar unas 500 aulas de clases en funcionamiento que se encuentran en distintos lugares a lo largo de la nación.

La Administración Biden continuará la postura de la anterior Administración y sin duda el número de institutos Confucio continuará reduciéndose, sobre todo en los campus universitarios debido a las restricciones que impone la ley recién aprobada.

La lucha no es sólo comercial. La lucha es de respeto a los valores propios. La lucha es en contra de los crímenes como el robo de tecnología o el uso inadecuado de una institución que debería tener como único fin el difundir la milenaria y rica cultura china en vez de ser usado como propaganda al servicio del Partido Comunista chino.