INTERREGNUM: Bloques euroasiáticos. Fernando Delage

La asistencia de representantes de seis países —Pakistán, China, Rusia, Qatar, Turquía e Irán— a la formación del gobierno talibán en Kabul es quizá la más clara ilustración de los cambios que se están produciendo en la dinámica geopolítica euroasiática, así como de sus implicaciones globales. Si el fin de la presencia occidental en Afganistán tiene especial trascendencia es por producirse en un contexto de redistribución de poder, marcado por el aumento de la influencia china y por la creciente coordinación entre Pekín y Moscú de sus acciones en este espacio continental.

Una de las primeras respuestas de China y Rusia a la inminente caída del gobierno de Ashraf Ghani —anunciaron la decisión el 12 de agosto— fue la de dar a Irán el estatus de miembro de pleno derecho en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), institución en la que era observador desde 2005. Las reservas de las repúblicas centroasiáticas, que ya se opusieron a su adhesión en 2006 y 2015, no han bastado para impedir esta vez su incorporación: la cumbre que la organización celebra en Dushanbe esta semana —a la que acudirá el presidente iraní, Ebrahim Raisi, en su primer viaje al exterior— pondrá formalmente en marcha el proceso de adhesión.

Tras firmar sucesivos acuerdos bilterales con China y Rusia, las autoridades iraníes parecen haber optado por reforzar su orientación estratégica eurosiática, en la que también hay que incluir su interés por India. Mediante su participación activa en las instituciones económicas y de seguridad de la región, Teherán confía en mitigar la presión de las sanciones occidentales, contar con nuevos incentivos para el desarrollo de su economía, y ampliar el alcance de un bloque cuya principal seña de identidad es precisamente su oposición a Occidente.

Aunque internamente se discuten los beneficios de formar parte de una organización que incluye —tras la incorporación de India y Pakistán en 2017— a cuatro potencias nucleares con agendas y objetivos de seguridad diferentes de los de Teherán (cuyo escenario estratégico prioritario es Oriente Próximo), sus motivaciones de prestigio diplomático proporcionan en cualquier caso nuevas ventajas a Moscú y Pekín. Irán, en efecto, entra a formar parte de la arquitectura que estas dos potencias quieren construir en Eurasia, apoyándose en su interés común por contener a los grupos islamistas radicales y debilitar a Occidente. Los estrategas que, en Washington, piensan cómo erosionar la relación entre Pekín y Moscú —como hizo Nixon en 1972— lo tienen por tanto muy difícil.

Afganistán ha puesto de nuevo de manifiesto que el orden surgido tras la implosión de la Unión Soviética hace tres décadas ha llegado a su fin. Mientras la OTAN ha sufrido un notable fracaso, chinos y rusos—en compañía de Irán y Pakistán, entre otros— reconfiguran un espacio ignorado durante mucho tiempo por Occidente. Estados Unidos ha decidido concentrar sus cartas en la rivalidad (básicamente marítima) con China, pero ¿y los europeos? Mientras Pekín y Moscú acercan sus respectivos proyectos geopolíticos —la Ruta de la Seda, y la Unión Económica Euroasiática, respectivamente— con el fin de proteger sus esferas de influencia en un orden multipolar, los europeos no pueden limitarse a seguir a los norteamericanos. Bruselas anuncia esta semana su estrategia hacia el Indo-Pacífico, pero necesita igualmente una aproximación geopolítica hacia Eurasia que vaya más allá de las redes de infraestructuras y de los principios normativos. La competición entre las grandes potencias marítimas y continentales será uno de los elementos determinantes del sistema internacional en transición.

 

 

 

China: Promoción cultural o manipulación. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Partido Comunista Chino creó el Instituto Confucio en 2004 como un proyecto piloto que comenzó en Uzbekistán a mediados de ese año, de la mano de Liu Yandong, ex vicepresidente chino y miembro del politburó durante su tiempo a cargo del Departamento chino del Frente Unido del Trabajo. Un veterano del Partido Comunista Chino que en pocos meses conseguía abrir el primer centro oficial en Seúl y que después de ello empezó a proliferar por todas por todos los continentes.

Los institutos desde sus comienzos fueron promocionados como centros de intercambio cultural, como lo son la Alianza francesa o los institutos Cervantes que promueven la historia, el arte o la lengua. En efecto, la oficina internacional del idioma y el Ministerio de Educación chinos están detrás de dichos centros desde su creación.

Hoy existen más de 500 institutos a lo largo y ancho del planeta y cuentan con un presupuesto anual de unos 10 mil millones de dólares aproximadamente. Parte del gran éxito de estos centros es que se han establecido dentro de campus universitarios a través de un modelo curioso y que en muchos casos es demasiado atractivo para ser rechazado.

De acuerdo con Rachelle Peterson, quien desarrolló un minucioso estudio en 2017 con grupo de centros Confucio en Nueva York y New Jersey determinó que los representantes chinos inicialmente negociaban contratos con las universidades anfitrionas por un periodo de cinco años, en los cuales les pagaban sustanciosas sumas de dinero a cambio del espacio. Aunque los contratos se mantienen secretos, se cree que las condiciones pueden variar en cada caso.  La atractiva cantidad ofrecida por Beijing facilitaba la operación en una primera etapa. A lo largo del tiempo surgían dificultades cuando los institutos interferían en las conferencias o discusiones de la casa de estudio, si los temas a debatir incluían Tibet, Taiwán o Tiananmen.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esos institutos han sido centro de mucha polémica. En el caso específico de los Estados Unidos las sospechas y el escrutinio llevó en 2019 al director del F.B.I., Christopher Wray, a testificar ante el Congreso para aclarar dudas sobre los mismos. “Los institutos Confucio ofrecen una plataforma para difundir la propaganda del gobierno chino, fomentar la censura y restringir libertades académicas”, fueron algunas de las afirmaciones de Wray.

Los institutos han sido utilizados por el Partido Comunista Chino como una estrategia global de expansión y presencia. A través de los mismos se ha conseguido insertar cientos de docentes chinos en tierras extranjeras bajo la justificación de poder impartir mandarín. Pero también han penetrado los más prestigiosos centros de educación e investigación del mundo desde donde han podido substraer información valiosa para el partido chino.

“El instituto Confucio es una marca atractiva para extender nuestra cultura al exterior. Han hecho una contribución importante para mejorar nuestro “poder blando” (soft power). La marca Confucio tiene un atractivo natural. Con la excusa de enseñar chino, todo parece razonable y lógico”. Fueron las palabras de Li Changchun en un discurso pronunciado en el 2011, que en ese momento era miembro del Comité permanente del Politburó, máximo órgano del PC chino.

En los años recientes, sobre todo durante la Administración Trump y su postura en contra de los abusos chinos, se denunciaron más abiertamente irregularidades perpetradas por Beijing. Sobre la base del robo de propiedad intelectual, de tecnología y de datos se tomaron medidas más drásticas. Además de denuncias hechas por ciudadanos chinos en territorio estadounidense, como han sido el caso de estudiantes que estuvieron en Estados Unidos como parte de un programa de intercambio y que se resistieron a ponerse bajo la autoridad del Partido Comunista y les tocó pagar con cárcel a su regreso a China.

También han sido investigadas denuncias de actividades irregulares de grupos de estudiantes chinos en campus universitarios estadounidenses vinculados con consulados chinos tratando de reclutar talento chino y otros esfuerzos de influencia sospechosos, tal y como afirma Jamie Horsley en un artículo publicado por el Brookings Institute.

La desconfianza de las instituciones estadounidenses ha llegado al punto que se ha investigado e incluso aprobado leyes para poner freno a las arbitrariedades antes mencionadas. Tal es el caso de la ley de la autorización de la defensa de 2019 (NDEE por sus siglas en inglés) que prohíbe al Pentágono a financiar programas de mandarín en Universidades anfitrionas.

El Departamento de Estado, por su parte, clasificó en agosto del 2020 a los Institutos Confucio como centros de misión exterior controlados y financiado por el gobierno chino. Y en marzo del presente año el Congreso aprobaba por unanimidad otra ley que busca restringir a las universidades que albergan los institutos de recibir fondos federales a menos que el acuerdo suscrito entre ambas entidades sea claro y proteja la libertad académica y otorgue a la universidad plena autoridad administrativa sobre el instituto.

“Los Institutos Confucio están bajo el control del PC chino. Son centro de propaganda que amenaza la libertad académica y la libertad de expresión sin vergüenza. En las universidades de los Estados Unidos, el gobierno chino está librando una guerra de influencia a través de estos Instituciones”. Fueron las palabras del Senador John Kennedy a razón de la aprobación la ley (Confucio Act to protect free speech at U.S. colleges).

Sólo en territorio estadounidense llegó a haber 110 institutos

Confucio de los que actualmente quedan 51 y 44 de ellos dentro de campus universitarios. Además, hay que sumar unas 500 aulas de clases en funcionamiento que se encuentran en distintos lugares a lo largo de la nación.

La Administración Biden continuará la postura de la anterior Administración y sin duda el número de institutos Confucio continuará reduciéndose, sobre todo en los campus universitarios debido a las restricciones que impone la ley recién aprobada.

La lucha no es sólo comercial. La lucha es de respeto a los valores propios. La lucha es en contra de los crímenes como el robo de tecnología o el uso inadecuado de una institución que debería tener como único fin el difundir la milenaria y rica cultura china en vez de ser usado como propaganda al servicio del Partido Comunista chino.

 

THE ASIAN DOOR: Nuevas fronteras para ByteDance y Tencent tras la presión de la regulación. Águeda Parra

La fallida salida a bolsa de Ant Group, la empresa de FinTech perteneciente al universo Alibaba, con la que el gigante del e-commerce vio desvanecerse la oportunidad de recaudar la cifra récord de 35.000 millones de dólares en su esperada salida a bolsa en Nueva York, no ha resultado ser un caso aislado entre las medidas tomadas por el órgano regulador de China. Era una señal para las grandes tecnológicas de que tenían que adaptarse a los nuevos tiempos.

El floreciente ecosistema digital, que ha convertido a China en referente mundial en el mercado de las compras online y de los pagos online, va a crecer de forma más lenta en los próximos años tras esta etapa de escrutinio regulador. Ajustarse al reglamento ya existente de no abuso de posición dominante, por el que muchos de los titanes tecnológicos han tenido que pagar cuantiosas multas por realizar acuerdos que no cumplían la normativa, además de adaptarse a la nueva Ley de protección de datos personales, va a ralentizar la generación de disrupción tecnológica a la que los titanes han acostumbrado tanto a consumidores locales como a inversores internacionales. Asimismo, la dificultad de acceder a la suculenta financiación que proporcionaba la cotización en los mercados de valores internacionales, va a requerir que las empresas de Internet se reinventen en un mercado de consumo donde la capacidad de generar disrupción tecnológica las ha convertido en campeonas tecnológicas globales.

Dentro del mercado de consumo, la industria de alimentación y bebidas sigue manteniendo un creciente ritmo de generación de startups. La posibilidad de acompañar a estas empresas en su expansión desde el entorno offline a un escenario online, donde puedan maximizar su cuota de mercado, es lo que las hace realmente atractivas para las tecnológicas que siguen viendo en el efervescente mercado de consumo de China un gran potencial para seguir creciendo.

Entre los más dinámicos de este grupo se encuentra el mercado del café, un hábito que sigue ganando adeptos entre la población china tradicionalmente más vinculada al consumo del té. A pesar de que se haya demostrado que el milagro de Luckin Coffee estaba asociado a una contabilidad fraudulenta, la posibilidad de competir con Starbucks ha aflorado el gran potencial de las cadenas de café en el gigante asiático. El café comienza a hacerse un hueco entre la agenda inversora de las tecnológicas que han elevado las tiendas boutique de café a la modalidad de unicornios.

El distintivo modelo de emprendimiento de las tecnológicas chinas está modelando una nueva generación de startups en el mercado del café que están impulsando la estimación de crecimiento del sector. La previsión de alcanzar los 300.000 millones de yuanes (más de 46.500 millones de dólares) en 2023, supone un incremento del 33% respecto a 2020, según el Instituto de Investigación de la Industria de Qianzhan, que tiene como motor de crecimiento el respaldo de las tecnológicas.

Titanes chinos como Tencent y Bytedance comienzan a hacer su incursión en la industria de alimentación y bebidas buscando fuentes de ingresos alternativas. Y el mercado comienza a agitarse. La complejidad para las tecnológicas estriba en la falta de conocimiento de estos nuevos canales de monetización. Para Tencent, WeChat supone un portal de entrada por donde trasladar los hábitos offline a la interacción online, mientras que para ByteDance la gran baza es el posicionamiento de su plataforma de redes sociales Douyin, como se conoce en China a TikTok.

La apuesta de ByteDance por Manner Coffee en junio de 2021, una boutique del café que despierta pasiones entre el consumidor chino, permitirá expandir el negocio de su propietario que inició su aventura con una tienda de 2 metros cuadrado en Shanghai. Antes de la inversión de ByteDance, la empresa había conseguido convertirse en un importante referente con 122 tiendas repartidas por toda la ciudad y 14 más por otras ciudades del país.

Con su eslogan de “Buen café, hecho en China”, Manner Coffee ha captado el interés de ByteDance que se convierte en la cuarta inversión que recibe la empresa en menos de 6 meses cuando la boutique del café ya había conseguido una valoración de 2.000 millones de dólares. Ahora el reto para la matriz de TikTok está en aprender las dinámicas del mercado offline para catapultar su inversión entre el social commerce que triunfa en China.

 

 

Pakistán, el gran padrino emergente

El nuevo Afganistán está siendo el catalizador de una reordenación geopolítica y geoestratégica de la vasta región que va desde el Índico al Mediterráneo y desde Asia Central al golfo de Bengala. La existencia previa de alianzas regionales, la victoria talibán y el acercamiento entre China y Rusia para gestionar la crisis, marcan un nuevo mapa de fuerzas, como explica y analiza esta semana en 4Asia nuestro colaborador Fernando Delage.

 

En este nuevo escenario, Pakistán se ha convertido en país clave que va a intentar, está de hecho intentándolo desde hace años, convertir la situación creada por el resurgimiento talibán en el gran momento o para fortalecer su protagonismo nacional, vertebrar más su dividida sociedad, hacer imprescindible su mediación a ojos occidentales, mantener y robustecer sus relaciones con China con sus grandes inversiones y mejorar sus relaciones con Moscú. Todo esto a cambio de mediar en Kabul. Con todo ello, Pakistán, trata de mejorar su propia posición estratégica sobre su adversario tradicional, India, y blanquear y hacerse perdonar con promesas de impulsar una moderación sus oscuras relaciones con Al Qaeda y los talibán.

 

Para afinar está puesta en escena y esta estrategia, el superpoderoso jefe de los servicios secretos paquistaníes (ISI), Faiz Hameed, ha visitado Kabul acompañado de una delegación de altos cargos donde tratará de arrancar al nuevo gobierno islamista, en el que hasta quince de sus miembros están reclamados por diversos tribunales internacionales por indicios de  delitos de terrorismo, mensajes que pueden ser presentados en el exterior como ejemplos de una mayor moderación. Les une el odio a la forma de vida y las libertades occidentales (como a casi tos los vecinos regionales) y, a la vez, la necesidad de ganar tiempo para acumular fuerzas.

 

En realidad, la capital pakistaní, Islamabad, se ha convertido en una nueva meca política y desde allí muchos países europeos, entre ellos España, van a gestionar sus relaciones con Kabul. El propio ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, ha visitado Pakistán para impulsar la nueva etapa como han hecho muchos representantes de EEUU y la Unión Europea. Pero van a ser Pakistán y Qatar, que ha venido propiciando encuentros entre EEUU y los talibán desde hace años, los grandes mediadores, aunque hay que subrayar que ha aumentando su papel sobre el terreno Irán, ahora enfriando a toda velocidad su tensión tradicional con los nuevos dueños de Kabul y asociándose, de la mano de Rusia, al nuevo mapa de poderes en Asia Central.

 

Y todo eso, como señalan los expertos, con EEUU trasladando su principal atención al Pacífico y a los movimientos de China y una Unión Europea clamorosamente ausente en capacidad y voluntad.

 

INTERREGNUM: India y Europa: ¿vidas paralelas? Fernando Delage

Tras la retirada norteamericana de Kabul, para China resulta prioritario integrar a Afganistán en el orden euroasiático que aspira a crear. Siendo consciente de que el país puede convertirse en una ratonera estratégica, es improbable que recurra a sus capacidades militares: sus instrumentos de preferencia serán económicos. El hecho de que los Estados vecinos compartan el mismo interés de Pekín por la estabilidad de Asia central supone una ventaja añadida para China, que no puede permitirse un Afganistán aislado si quiere hacer de su primacía en Eurasia una de las claves de su desafío al poder global de Estados Unidos.

Estas circunstancias en principio favorables no eliminan, sin embargo, los obstáculos con que puede encontrarse la República Popular. El ataque del que fueron objeto nacionales chinos en Gwadar—punto de destino del Corredor Económico China-Pakistán—por parte de unidades del Ejército de Liberación de Baluchistán el pasado 20 de agosto (cuarto atentado contra intereses chinos en Pakistán en lo que va de año), es un ejemplo del tipo de conflictos en los que puede verse atrapada. Por otra parte, si el abandono norteamericano tiene como motivación reforzar su estrategia marítima en el Pacífico occidental y hacer realidad el “pivot” de Obama que nunca se materializó del todo, China tiene nuevas razones para preocuparse.

Con todo, entre las múltiples ramificaciones de los sucesos en Afganistán, dos actores especialmente expuestos son India y Europa. Al contrario que Estados Unidos, la cercanía geográfica de ambos les hará sufrir en mayor grado el problema de refugiados que se avecina, así como el riesgo del terrorismo. Pero aunque compartan unos mismos problemas, los efectos pueden ser diferentes: quizá Delhi opte por acercarse aún más a Washington, mientras que los europeos no podrán dilatar por mucho más tiempo el imperativo de su autonomía estratégica.

Para India, el contexto de seguridad se ha complicado enormemente. Pakistán es el gran protector de los talibán, como lo es también de los grupos separatistas que en Cachemira luchan contra India. A la interacción estructural entre las dos disputas se suma el hecho de que China tendrá ahora que profundizar en sus contactos con la inteligencia paquistaní para estar al tanto de la situación en Afganistán. Pekín se encuentra así con una oportunidad para incrementar la presión sobre India, agravando el temor del gobierno de Narendra Modi a verse “rodeado” en sus fronteras terrestres.

Para Europa se exacerban, por su parte, los dilemas derivados de la erosión del orden internacional liberal. El desastre afgano ha puesto de relieve su déficit de capacidades si no puede contar con Estados Unidos, mientras se acerca en los próximos meses una probable ola de refugiados que, de manera inevitable, provocará nuevas tensiones con Turquía e Irán, a la vez que obligará a Bruselas a algún tipo de acercamiento a Islamabad.

La necesidad de aprender a pensar estratégicamente obliga por lo demás a la reconfiguración del proyecto europeo, pero los ciclos electorales internos, el temor a la opinion pública y las presiones presupuestarias se imponen sobre las prioridades geopolíticas. Aunque la Comisión Europea parece tenerlo claro, la voluntad de buena parte de los gobiernos de los Estados miembros sigue ausente, como se puso de manifiesto en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa la semana pasada. Los líderes nacionales pueden, con excepciones, seguir metiendo la cabeza en la arena, pero el orden que surgió tras la implosión de la Unión Soviética ha muerto definitivamente. Y, en el que se avecina, India tiene un considerable potencial como socio europeo.

Pinta gris el futuro de Biden. Nieves C. Pérez Rodríguez

Siete meses han pasado desde el momento en que Joe Biden se investía como presidente de los Estados Unidos, en un clima doméstico enrarecido por el asalto del 6 de enero al Capitolio, corazón de los valores democráticos desde 1800, y por la pandemia que restringió muchas de las actividades y eventos celebratorios de bienvenida a un nuevo presidente.

El fin de la presidencia de Trump abría una esperanza para el retorno a una diplomacia más tradicional y a un manejo más asertivo de la política interior y exterior. Biden representaba experiencia y compostura, que eran la mayor debilidad de Trump. Y aunque su avanzada edad y tartamudeo debilitan tremendamente su imagen, Kamala Harris equilibraba instantáneamente esas debilidades por el hecho de ser una mujer, representar una minoría étnica y por su mediana edad. Esta realidad hizo que desde el comienzo se especulara sobre la posibilidad de que Harris podría ser quien continuara con la presidencia en el caso de que Biden no pudiera.

Una vez instalada la nueva administración parecía que la Casa Blanca había decidido que Biden se encargara de los asuntos y viajes domésticos mientras Harris se perfilaba como la que sería la representante internacional de la Administración. Harris se estrenaba con un viaje a Guatemala y México que acabó con fuertes críticas porque frente a las preguntas de los medios de si tenía previsto visitar la frontera con México sus respuestas se centraban en argumentar que ella estaba ahí para hablar del origen del problema migratorio, en vez de enfatizar el mensaje de la Casa Blanca. Es posible que se deba a su carrera como abogada y fiscal con entrenamiento en defensa y alegaciones, pero lo cierto es que su rol actual no es debatir con la prensa como vicepresidente, aunque Harris tiene esta tendencia, pues durante los debates de las primarias mostró la misma debilidad.

Su segundo viaje tuvo como destino Singapur y Vietnam y transcurrió en plena crisis de la catastrófica salida de los estadounidenses de Afganistán, por lo que era lógico que las preguntas de los medios se centraran en ese tópico. Y aunque el objetivo de la Casa Blanca con el viaje fue el de reafirmar su alianza y compromiso con la región quedó opacado por las respuestas de Harris carentes de profundidad que dejan en evidencia su escueta experiencia internacional. El viaje al sur este asiático pudo ser su puente al estrellato, pues en Washington hay consenso bipartidista en que esa región es “top one priority”. Al mismo tiempo Los lazos naturales de la vicepresidente con Asia (por el origen de su madre) podrían haberla catapultado como la encargada en estas relaciones y marcar una nueva etapa en su carrera.

Todo esto, al menos de momento, ha opacada el brillante futuro que se profetizaba que tendría Harris y en vez de entusiasmo se observa desilusión de quienes la apoyaron y vieron en ella una gran oportunidad.

En cuanto a Biden, quién ganó las elecciones con un poco más de 81 millones de votos (sólo 7 millones de diferencia con Trump), comenzó su legislatura con un apoyo promedio del 53% que se mantuvo más o menos constante hasta los meses de marzo y abril donde se observó un repunte debido al manejo del Covid-19 y el acceso a la vacuna. Pero la desastrosa salida de Afganistán ya está haciendo pagar un precio a la Administración y las encuestan indican que la mayaría de los adultos consultados desaprueban la manera como Biden manejó la salida; 94% republicanos, 71% independientes y 25% de demócratas han expresado abiertamente que desaprueban. Esto no incluye a los congresistas o figuras relevantes del partido demócrata, que muchos han expresado su desacuerdo públicamente.

Otra encuesta de hace un par de semanas de Associated Press-NORC mostraba una caída de 9 puntos porcentuales de la aprobación del presidente de 63% al 54%. De acuerdo con otra encuesta hecha por la radio pública NPR publicada el 2 de septiembre revela que Biden ha caído 6 puntos comparado con la consulta realizada en julio dejándolo en un 43% de aprobación, lo que es la marca más baja desde que asumió el cargo.

La caída tan estrepitosa en el último mes podría complicarle mucho la situación a la Administración en las próximas elecciones, pues el grupo que más desaprueba es precisamente los votantes independientes, quienes son claves para que los demócratas ganen elecciones, los llamados “swing” o grupo fluctuante.  En este grupo el derrumbe de la popularidad del presidente cayó 10%, es decir que tan sólo 36% de los independientes aprueban hoy la labor del presidente.

Es muy probable que a partir de ahora la Administración centre sus esfuerzos en continuar trabajando a nivel doméstico en la aprobación de megaproyectos de infraestructura para la nación, que objetivamente requieren atención y grandes inversiones para su mantenimiento, preservación y/o modernización. Esto es parte fundamental de la agenda de Biden y que además cuenta con el apoyo de los republicanos.

La Administración tratará de enterrar el tema de Afganistán todo lo posible. Harán un esfuerzo para que el interés se vaya disminuyendo mientras pondrán el foco en prioridades domésticas y continuarán vigilantes con el comportamiento de China en la región del sureste asiático.  Y aunque China es y será un dolor de cabeza para Washington por muchos años, la dificultad la tendrá en el nivel de compromiso que los aliados estarán dispuestos a asumir después de lo sucedido en Kabul con las evacuaciones de los occidentales.

En el fondo el “American First” que tanto profesó Trump sigue llevando las riendas de la nación estadounidense, la forma de la salida de Afganistán así lo confirma y el abandono del liderazgo internacional de los Estados Unidos parece ser cada vez más claro.  Los desastres naturales que están ocurriendo en este país, como los incendios de la costa oeste, los huracanes en el sur y los coletazos que dejan destrozos e inundaciones a su paso junto con la crisis originada por la pandemia serán las prioridades de Biden.

El futuro político de Biden pinta gris y complicado, Harris no está ayudándolo como se esperaba, que valga decir fue uno de los éxitos de Trump con Mike Pence (vicepresidente) que equilibró sus torpezas y errores, sobre todo en el electorado más conversador.

Por su parte los republicanos usarán el abandono de estadounidenses y aliados en Afganistán como una carta en contra de Biden para desacreditar sus acciones, mientras siguen haciendo una revisión interna sobre quien debería liderar el partido y potencialmente convertirse en el contrincante de la Administración Biden-Harris como tanto ha insistido esta Casa Blanca en llamar.

 

 

 

Afganistán y los fantasmas de Europa

El impacto de la crisis afgana en la UE es una radiografía de la propia crisis europea. Las primeras reuniones para analizar consecuencias y explorar medidas han hecho resucitar la idea de una task force dependiente de la UE capaz de desplegar cinco mil soldados con sus respectivos medios de combate en cualquier crisis que requiera defender intereses europeos. Y esta misma propuesta ha revelado la disparidad y la ausencia de bases para definir ese propósito de una política común de seguridad.

Nos guste o no, los intereses nacionales, la historia y las condiciones geoestratégicas de cada país, marcan las decisiones y las aspiraciones de cada uno. Así, aquellos países que han liderado la historia de Europa en algún momento defienden la creación de esta unidad europea, aunque no parezcan muy dispuestos a aumentar los presupuestos para defensa que serían necesarios, mientras aquellos países, básicamente de Europa del Este, históricamente  amenazados por las ambiciones rusas y alemanas y los manejos británicos y franceses, prefieren mantener las iniciativas de defensa bajo el paraguas de la OTAN, básicamente porque no quieren un excesivo distanciamiento de Estados Unidos y se sienten más sensibles a las amenazas rusas. Unos y otros han financiado sus políticas de desarrollo y de bienestar durante décadas dejando a cargo de los EE.UU. la mayor parte del coste que ha exigido en la Europa democrática una defensa suficientemente disuasoria frente a las ambiciones de Moscú.

Europa tiene que clarificar qué relaciones quiere mantener con EE.UU. en la etapa que se avecina, lo que, a la vez, puede ayudar a EE.UU. a enmendar esa vieja tendencia al aislacionismo que, dicho sea de paso, ha quedado anulada cuando las crisis han amenazado la existencia misma de Europa, esa Europa de la que nació, cultural y políticamente, la idea fundacional de Estados Unidos. Lo que no puede seguirse manteniendo es la prepotencia al juzgar la política exterior de Estados Unidos, no asumir riesgos ni gastos propios y, a la vez, acusar a Washington de distanciamiento hacia Europa en algunos casos. Europa tiene que encerrar sus fantasmas y crear condiciones para que no vuelvan las pesadillas y para eso tiene que consolidar sus lazos con EEUU, asumir los riesgos imprescindibles y negociar las diferencias subrayando lo que une más de lo que separa.

El mayor riesgo mundial es la lenta pero persistente vuelta del autoritarismo, la extensión de los poderes estatales, el retroceso de las garantías jurídicas y el rearme de ideologías liberticidas que parecían en retroceso. Y Europa, y tampoco parte de EEUU, parecen estar  meditando suficientemente esa tendencia de fondo.

“En las relaciones económicas, si chocan, los intereses de los países prevalecen sobre las ideologías”. Nieves C. Pérez Rodríguez

4Asia tuvo la oportunidad de entrevistar a Ricardo Barrios especialista en China con foco en las relaciones de China con América Latina y el Caribe. Hizo su especialidad en la Universidad de Pekín y actualmente ejerce como analista de RWR Advisoy Group, consultora con base en Washington D.C., que le encarga el seguimiento e investigación de transacciones internacionales. Uno de sus principales productos es Inteltrak, una base de datos que hace seguimiento de empresas chinas y rusas en el extranjero.

  1. ¿Cuáles son las áreas de inversión o negocio en las que Beijing ha puesto el foco en América Latina y el Caribe (ALC)?

Las empresas chinas en esta región típicamente se han enfocado en todo aquello relacionado con las materias primas, entiéndase metales, combustibles, productos agrícolas, etc., las cuales son insumos indispensables para mantener el crecimiento económico tan dinámico que ha logrado China durante las últimas décadas. Esta tendencia es prevalente en los países de Suramérica, ya que estos cuentan con mayores cantidades de materias primas. En mi opinión son más comunes las inversiones, incluyendo las adquisiciones, de las cuales podemos destacar aquella por parte de Tianqi Lithium Corp. de una participación de 24% en Sociedad Química y Minera de Chile. También podemos destacar la adquisición de la mina de cobre Las Bambas en Perú por parte de un consorcio que cuenta con la participación de MMG Ltd.

La dinámica es un poco diferente en los países de Centroamérica y el Caribe, los cuales por lo general tienen una oferta relativamente reducida de materias primas. En estos casos, vemos que las obras de construcción – como la carretera norte-sur de Jamaica y las mejoras al sistema de distribución eléctrica en la República Dominicana – adquieren mayor importancia en el panorama bilateral. Muchas de estas obras son elaboradas por empresas chinas utilizando préstamos otorgados por bancos de fomento chinos, especialmente el Export-Import Bank of China y el China Development Bank.

  1. ¿Cuáles son los principales países en los que China ha mostrado más interés en la región a lo largo de los últimos años? 

Durante el transcurso de los últimos veinte años, China ha estrechado sus vínculos con Argentina, Brasil, Chile, Perú y Venezuela. Los mismos países a los que acude China en búsqueda de los insumos o materias primas. No obstante, China ha cambiado un poco su enfoque geográfico en América Latina y el Caribe durante los últimos años. Ya van tres o cuatro años que vemos un nivel alto de actividad en Colombia, México y Panamá, los cuales hasta entonces habían tenido relaciones mucho menos estrechas con China. Es dentro de este contexto que vemos, por ejemplo, la firma de un contrato de $4 mil millones por un consorcio que incluye a China Harbour Engineering Company Ltd. para construir el metro de Bogotá. O la inserción de Ganfeng Lithium Co., Ltd. en el sector de litio mexicano. Panamá apenas estableció relaciones diplomáticas con China en el 2017 y en cuestión de meses se convirtió en un socio importantísimo para China.

Es difícil precisar si este cambio corresponde a una estrategia premeditada de Beijing para aumentar su presencia en estos países – los cuales típicamente han mantenido vínculos más fuertes con los Estados Unidos – o si es simplemente una política oportunista que pretende ajustarse a la realidad de la región. El panorama latinoamericano de los últimos años le ha presentado a China varios desafíos y oportunidades. Uno de los desafíos principales ha sido la presidencia de Jair Bolsonaro, quien desde un principio hizo clara su intención de frenar la profundización de los lazos bilaterales. Simultáneamente, la política desde Washington bajo Donald Trump enajenó a muchos de los vecinos más cercanos de los Estados Unidos en la región, la cual creó una oportunidad para que Beijing se acerque a estos países. Entonces me parece que Beijing optó por el camino de menor resistencia.

  1. Si hacemos una comparación con foco en las transacciones chinas antes de la pandemia la mayoría se concentraban en préstamos, ¿Pero ha observado usted sí en el periodo 2020 y en lo que va del 2021 ha había algún cambio de esa tendencia o comportamiento?

Me parece que si hubo en algún momento un desequilibro entre los préstamos y las inversiones, éste se ha ido atenuando. Sí, los préstamos constituyen una porción grande de la actividad china en América Latina y el Caribe, pero también es significativa aquella porción que representa las inversiones (especialmente en las materias primas y el sector energético).

Estimamos que entre el 2011 y el 2020, entidades chinas proporcionaron aproximadamente $125 mil millones en financiación a la región. Esta figura incluye no solo aquellos préstamos hechos por los bancos de fomento chinos a los gobiernos de la región, sino también los préstamos hechos por los bancos comerciales chinos e incluso aquellos préstamos dirigidos a entidades privadas en la región. Durante este mismo periodo, estimamos que el montante de inversiones superó los $100 mil millones. Por supuesto, esta segunda cifra no incluye los contratos para aquellos proyectos hechos utilizando financiación china.

A pesar de que no hemos visto un cambio significativo en términos de sectores, sí hemos visto una reducción en la cantidad de capital chino dirigido hacia ALC. Es más, tal fue el impacto de la pandemia que China no anunció ningún préstamo nuevo a ningún país de la región en todo el 2020. Por un lado, esto es sumamente significativo, ya que esta situación no se da hace casi dos décadas. Por otro lado, este evento no rompe con la tendencia general de los últimos años, la cual ha sido una reducción en la cantidad de dinero prestado por los bancos de fomento chinos a ALC, a medida que estas instituciones financieras se han vuelto más hábiles en el análisis de riesgo y cuidadosas a la hora de escoger proyectos.

  1. ¿Qué sucede con el área de infraestructuras y materias primas?

La pandemia obstaculizó varios proyectos durante la primera mitad del 2020 por ejemplo, los trabajos de exploración petrolera que acordó en el 2019 China National Offshore Oil Corporation (CNOOC) en México. Muchos de estos proyectos pudieron reanudar labores para la segunda mitad del año y al parecer estos sectores siguen siendo los más que atraen a las empresas chinas a la región. En julio, un consorcio que incluye a la estatal Sinohydro Corp. ganó un contrato de $428 millones para la construcción de un terminal nuevo en el aeropuerto Natividad de Chinchero, en Perú. Mientras que el China Gezhouba Group International Engineering Co. por su parte anunció un contrato de $381 millones para la construcción de un proyecto hidroeléctrico en el Rio Cuiabá en Brasil ese mismo mes.

  1. Y el área de tecnología, ¿Está Beijing metiendo más a Huawei en la región? Aprovechando la situación actual.

A pesar de ver sus actividades afectadas por la pandemia, Huawei definitivamente no se ha quedado a un lado. Al igual que muchas otras empresas, Huawei ha modificado sus actividades de forma que corresponda a las áreas de necesidad de los países batallando la pandemia. Comenzando en marzo del 2020, notamos, que Huawei donó equipo de tomografía computarizada a la Republica Dominicana. También vimos donaciones a Argentina de equipos de detección térmica para monitorear fiebres. Básicamente Huawei se adaptó a la pandemia y la está utilizando para demostrar su oferta en la región de una manera que no habíamos observado antes, probablemente con el fin de estimular mayor interés en sus productos principales, los cuales por supuesto vienen siendo las redes inalámbricas y los sistemas informáticos. Poniendo esta actividad dentro del contexto de la región, cuyos países justamente están comenzando sus licitaciones para construir los sistemas del 5G, me parece que el comportamiento de Huawei durante la pandemia tiene la meta de mejorar la posición de la compañía de cara a estas licitaciones.

  1. Ahora bien, En el rastreo de las transacciones que RWR hace de China ¿han podido determinar de qué identidad china provienen los recursos? ¿En algún caso los recursos pueden venir de empresas chinas? aunque en el fondo estas empresas respondan al Partido Comunista chino.

Hay varios tipos de empresas chinas en América Latina y el Caribe como las grandes empresas estatales Sinohydro Corp., China National Petroleum Corp. (CNPC), COFCO Group, CRRC Group, las cuales tienden a acaparar la atención con sus contratos multimillonarios en sectores estratégicos. Estas empresas estatales están bajo la jurisdicción del Consejo de Estado de China (que es la máxima autoridad administrativa del gobierno chino) mediante un órgano del estado conocido como la Comisión Estatal para la Supervisión y Administración de los Activos del Estado (o SASAC, por sus siglas en ingles).

Frecuentemente, estas empresas son apoyadas con financiamiento de los bancos de fomento chinos:  Export-Import Bank of China y China Development Bank, los que también son entidades estatales y tienen como fin promover el comercio y potenciar el desarrollo económico del país. En su gran mayoría, los préstamos que reciben los países latinoamericanos y caribeños vienen de estos bancos y van a financiar las actividades de estas empresas.

También vemos la participación de empresas privadas, tales como Didi Chuxing. Estas empresas tienden a comportarse de forma más autónoma, a pesar de que también responden a aquellos incentivos que utilice el Estado, como por ejemplo el acceso al capital de financiamiento. Efectivamente, la gobernanza de las empresas chinas puede ser bastante compleja, ya que estas reflejan la influencia de varios grupos diferentes, incluyendo el gobierno, el Partido Comunista chino que lo dirige y la empresa misma. Es cierto que el Partido tiene muchas herramientas para influir en el comportamiento de las empresas, aun si estas son privadas. No obstante, no podemos ignorar que las empresas también tienen sus propios intereses y que estos intereses y aquellos del Estado no siempre van de la mano.

  1. Brasil ha venido ocupando un lugar privilegiado en las relaciones bilaterales con China. ¿Cuál diría usted que es la razón? ¿O al menos que originó al principio el interés de Beijing? Cómo también Venezuela ha venido ocupando un lugar importante, entonces ¿la razón podría ser política ideológica?, es decir que los gobiernos han permitido o incentivado esas relaciones?

Para mí, hay dos razones principales por las cuales China ha puesto tanto empeño en desarrollar las relaciones con Brasil. La primera, y la primordial, es por el gran peso que tiene Brasil como exportador de materias primas y como mercado de exportación. En 2019, Brasil fue el proveedor más grande de soja a China, exportó cerca del 63% de toda la soja importada por China ese año. Ese mismo año, Brasil también suministró casi un 8% del petróleo crudo y 20% del hierro importado por China. Queda claro entonces que Brasil es un socio muy importante para China en términos de su seguridad alimenticia y las cadenas de suministros que aseguran su base industrial.

La segunda razón es más estratégica, ya que en cierta medida China ve a Brasil (y su gran potencial geopolítico y económico) como un posible socio en su meta de promover la multipolaridad global. En ese sentido, sí, las relaciones entre China y Venezuela se parecen a las relaciones entre China y Brasil, las cuales por mucho tiempo (y particularmente durante la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva) también se basaron en una amalgama de intereses comerciales y geopolíticos.

Sin embargo, yo creo que no debemos de exagerar el papel que desempeña la ideología, ya que, en mi opinión, la ideología misma está basada en los intereses individuales de cada país. Y esto es significativo porque cuando la ideología contradice los intereses, los intereses rigen y luego la ideología se adapta.

  1. Todos los analistas afirman que hay un antes y un después de la pandemia, ahora bien, ¿Cuál cree usted es el escenario post pandemia de las transacciones de China en América Latina y el Caribe? ¿Aumento del protagonismo chino a falta de presencia de los Estados Unidos? O más bien ¿más selectividad de las relaciones bilaterales con países estratégicos para sus intereses?

A pesar de que hemos visto una recuperación en aquellas modalidades que ya consideramos típicas de la política exterior china, el mundo se encuentra en plena pandemia y mucho queda por definir. Por un lado, podemos destacar que China logró ocupar el escenario con la llamada diplomacia de las mascarillas y la diplomacia de las vacunas. En ambos casos, la rapidez con la cual llegó China con ayuda médica a otros países parecería dejar plantados a otros, incluyendo a los Estados Unidos.

Sin embargo, dudas sobre la efectividad de las vacunas chinas y escándalos, tales como el Vacunagate en Perú, nos pintan un panorama más complejo, donde ciertos segmentos de la población van a agradecer el gesto de China de exportar vacunas al extranjero mientras otros van a hacer hincapié en los escándalos. Me parece que, a medida que Estados Unidos, ahora bajo el presidente Joe Biden, acelere sus programas de asistencia – incluyendo el acceso a vacunas contra el COVID-19 – el protagonismo de China en la región cederá un poco ante la influencia de Estados Unidos. No obstante, de aquí me parece que podemos derivar una lección simple, la cual es que donde Estados Unidos no presente una alternativa, los países latinoamericanos y caribeños no van a rechazar a China.

  1. Y en cuanto a Cuba ¿Han visto alguna transacción reciente de China a Cuba? o algo que pueda indicar un cambio de Beijing hacia su política hacia Cuba?

Las donaciones de insumos y equipos médicos han dominado el panorama de intercambios entre China y Cuba desde el 2020. Esto no es sorprendente, dado que China ha estado haciendo lo mismo por todo el mundo. Entre las pocas excepciones figura una donación de 5,000 paneles solares que se efectuó en mayo de este año a raíz de unos acuerdos que datan al 2019. Ese mismo año, llegaron a Cuba unos vagones hechos en China, con fin de potenciar la recuperación de la red ferroviaria del país. Aunque han sido muy pocas las transacciones que han finiquitado los dos países en los últimos años.

Cabe destacar que las relaciones entre Cuba y China son mucho más superficiales de lo que piensa mucha gente. Sí, ambos países y ambos partidos hablan mucho de su gran hermandad, pero desde el punto de vista de China, Cuba es un país con un modelo económico anticuado. Esta realidad se ve reflejada en el hecho de que China solamente le ha prestado $240 millones a Cuba desde el 2010. Quizá es por eso por lo que las donaciones y la ayuda internacional, proporcionalmente, lucen representar una mayor parte de la relación sino-cubana que en otros países de la región. China (y las empresas chinas) están dispuestas a ayudar a Cuba, pero no están dispuestas a perder dinero por el país. De no darse cambios al sistema económico que existe en Cuba, me parece poco probable que cambie significativamente la política de China hacia este país.

 

 

INTERREGNUM: El regreso de los talibán. Fernando Delage

El simbolismo es demoledor. La recuperación del control de Afganistán por los talibán en vísperas del vigésimo aniversario del 11/S representa un fracaso mayúsculo para Occidente, y casi con toda seguridad pone fin a la era del intervencionismo liberal ya desacreditado desde Libia. Atender la tragedia humana en curso es la preocupación más urgente, mientras que el abandono de una población que había rehecho sus vidas después de décadas de guerra, plantea un severo juicio moral con respecto a la responsabilidad de quienes habían definido la defensa de los valores democráticos y la coordinación con los aliados como dos de los principios fundamentales de su política exterior.

Errores de inteligencia y la presión política interna norteamericana para acabar con esta “guerra sin fin” han precipitado los acontecimientos, pero sus causas no son en absoluto nuevas. Los problemas comenzaron cuando Estados Unidos invadió Afganistán sin una idea clara de sus objetivos ni un calendario de salida. De manera similar a episodios anteriores de su historia (Filipinas, Vietnam, Irak), fue siempre una ilusión creer que actores externos podían crear un Estado centralizado en Afganistán, al margen de las realidades geográficas y étnicas del país. Pretender transformar desde fuera una cultura en la que el islam es un elemento central de identidad, e imponer unas instituciones que por su propia corrupción estructural nunca fueron vistas como propias, han facilitado el camino de vuelta de los talibán, descontada de antemano por la administración norteamericana. El diálogo abierto por Trump con ellos en Qatar el pasado año contribuyó igualmente a este resultado.

Las autoridades occidentales se comprometen ahora a realizar un examen de los errores cometidos, como si no hubieran estado a la vista durante años (para una detallada recapitulación, véase el reciente libro de Carter Malkasian, The American War in Afghanistan). Con todo, mientras la mayor parte de las críticas y acusaciones se centran en lo que se ha hecho o dejado de hacer en Afganistán, el mayor fracaso desde 2001 consistió quizá en no crear una estructura diplomática con los vecinos más cercanos —Irán, China, Rusia, las repúblicas centroasiáticas y, sobre todo, Pakistán—, todos ellos igualmente amenazados por el terrorismo. Veinte años después, pese a la trágica situación sobre el terreno, de nuevo es necesaria una mirada más amplia para entender las implicaciones de lo ocurrido y las motivaciones que han guiado la actuación del presidente Biden.

El entorno regional y las prioridades geopolíticas norteamericanas han cambiado profundamente a lo largo de este tiempo. Los talibán van a encontrarse con el desafío de gobernar frente a una multitud de facciones y líderes tribales en sus propias filas, y ante extraordinarios condicionantes económicos (más de la mitad del presupuesto nacional procede de los donantes extranjeros, que pueden fácilmente bloquear tales recursos). Sin embargo, las relaciones que mantienen con Pakistán, China, Rusia e Irán les proporciona un contexto exterior favorable, al contrario de lo que ocurrió entre 1996 y 2001, cuando sólo contaban con el apoyo de Pakistán y Arabia Saudí. Son estos actores externos, no obstante, quienes se encuentran ante un arma de doble filo. La retirada norteamericana puede ser “vendida” por Pekín y Moscú —no digamos Islamabad— como ilustración del declive de Estados Unidos, pero pueden equivocarse. En primer lugar, porque pese a los aparentes beneficios —como, por ejemplo, que China pueda integrar al país en su corredor económico con Pakistán, uno de los ejes de la Nueva Ruta de la Seda— nadie confía realmente en los talibán ni en que se abra un periodo de estabilidad. En segundo lugar, porque los efectos estratégicos de estos hechos pueden ser más limitados de lo que parece pensarse en muchos medios.

Dos circunstancias explican este análisis. La primera porque, al contrario de lo que se afirma, no se abre ningún vacío que puedan cubrir otros. Durante los últimos veinte años, China, Rusia y las repúblicas centroasiáticas, con la incorporación más tardía de India, Pakistán e Irán, han dado cuerpo a instituciones como la Organización de Cooperación de Shanghai —a la que formalmente se incorpora Teherán en su próxima cumbre— o la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, creando un contexto regional muy diferente del de 2001. El interés compartido por la lucha contra el terrorismo traslada a ellos la responsabilidad que motivó en su primer momento la intervención de Estados Unidos y de la OTAN.

Por otra parte, liberarse de esa carga resulta indispensable cuando Washington necesita reordenar sus prioridades. La retirada de Estados Unidos no es una indicación del fin de la era americana, sino un paso para seguir intentando mantener un estatus que no depende de Afganistán ni de Oriente Próximo, sino de China, y es en el Indo-Pacífico donde debe por tanto concentrar sus capacidades militares y diplomáticas. Así lo apuntan igualmente el cese al apoyo a la intervención saudí en Yemen o la recuperación del diálogo nuclear con Irán, mientras se redobla la atención prestada a los aliados y socios asiáticos —quienes no se creen la propaganda rusa y china sobre la debilidad de los compromisos de seguridad norteamericanos—, así como a un QUAD cada vez más institucionalizado. Biden intenta pues hacer realidad el “pivot” hacia Asia propuesto en su día por Obama, asumiendo el concepto de “rivalidad entre las grandes potencias” de Trump como eje prioritario de la diplomacia norteamericana. La cuestión es hasta qué punto esos objetivos estratégicos pueden verse perjudicados por los fallos de ejecución de su retirada de Afganistán, por no hablar de la incertidumbre que se crea en otros aspectos, como el futuro de la OTAN o el pobre papel de Europa. Continuará.

 

THE ASIAN DOOR: El billón de razones que rediseñan la estrategia de China en Afganistán. Águeda Parra.

La retirada de Estados Unidos de Afganistán ha motivado que los países vecinos de la región den un paso al frente ante un evidente cambio en el terreno de juego de la geopolítica en Asia Central donde los cambios se irán haciendo efectivos en los próximos años a medida que se estabilice la situación en el país. Según el proverbio chino que dice que “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado mundo”, conocido como efecto mariposa y que sirve para explicar la teoría del caos, el cambio en el escenario de juego por el que Estados Unidos se retira de Afganistán para orientar su estrategia de política exterior en el Indo-Pacífico, y en menor medida en Asia Central, podría conllevar que se acelerase la pugna por el liderazgo económico, tecnológico y geopolítico entre Estados Unidos y China.

La frontera de apenas 90 kilómetros entre Afganistán y China a través del denominado corredor del Wakhan es la menos extensa de todos los países limítrofes con el país asiático, pero, sin embargo, marca la máxima prioridad para Pekín que busca mantener la integridad territorial y evitar que, en este momento de transición en Afganistán, se produzcan incursiones del extremismo yihadista en China a través de Xinjiang. Con la embajada abierta en Kabul, China busca dar continuidad a la reunión mantenida con la delegación de los talibanes afganos en Tianjin el pasado mes de julio en la que China solicitaba a los nuevos dirigentes del país que cortaran las relaciones con los separatistas Uighures del Turkestán Oriental que podría suponer una entrada en Xinjiang. A cambio, los talibanes estarían buscando que China utilizara su influencia en el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, liderado por el gigante asiático, para obtener concesiones de préstamos ante el actual escenario de aislamiento internacional.

La situación estratégica de Afganistán en el centro de Asia le confiere al país una posición de privilegio para convertirse en el futuro hub comercial de la región en el marco de la iniciativa de la Ruta de la Seda, donde se podría plantear una extensión del Corredor Económico China- Pakistán en el que el gigante asiático ha invertido más de 62.000 millones de dólares. Una vez estabilizado el país, y con Afganistán formando parte de la iniciativa desde 2016, China podría avanzar en otra de sus principales prioridades en la región que es la seguridad de sus inversiones en el marco de la Ruta de la Suda en la región. Se trataría de avanzar en la explotación de concesiones previas, como la mina de cobre de Aynak (el segundo yacimiento más importante del mundo) que obtuvo por 3.000 millones de dólares en 2007 y que mantiene bloqueadas las conversaciones por diferentes motivos desde 2015. Otros proyectos, sin embargo, si han comenzado su construcción, como la carretera que une Kabul con China a través del corredor de Wakhan y que supone una inversión de 5 millones de dólares.

Una mirada a la vecina Pakistán puede dar a los talibanes afganos una imagen de cómo podría transformarse el país en la próxima década. El puerto de Gwadar en Pakistán, considerado el buque insignia de la iniciativa de la Ruta de la Seda, es un ejemplo de la metamorfosis que puede llegar a alcanzar la región. Con la estabilización de la situación en Afganistán, China se beneficiaría de la posición estratégica del país hacia las fuentes de petróleo y gas en Oriente Medio y le permitiría conectar con otros mercados donde llevar los productos chinos y su capacidad industrial, además de avanzar en otra de las grandes prioridades que ha identificado China en el país: el acceso a las reservas de minerales y tierras raras que tiene Afganistán y que están valoradas en más de 1 billón de dólares.

Afganistán está considerado por el Departamento de Defensa de la ONU como el “Arabia Saudí del litio”, aunque carece de la infraestructura necesaria para explotar las reservas a gran escala. China aportaría esa capacidad extractiva ante la perspectiva de acceder a un metal cuya demanda se estima que se multiplicará por cuarenta de aquí a 2040, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Aunque China ya produce el 40% del cobre mundial, el 60% del litio y dispone del 80% de las tierras raras, Afganistán se extiende sobre una extensa base de superabundancia de estos elementos que son básicos para la fabricación de semiconductores, dispositivos de alta tecnología como los smartphones, y para la producción de baterías para los coches eléctricos, además de resultar esencial en la industria armamentística.

Como mayor mercado mundial de coches eléctricos, China espera que las ventas de estos vehículos supongan el 20% de las ventas totales en 2025, desde el 5% actual, alcanzando el 50% en 2035, según ha anunciado recientemente la Sociedad China de Ingenieros Automotrices. La base de superabundancia en depósitos minerales sobre la que se extiende Afganistán puede convertir al país en un importante actor clave en el campo de juego geopolítico de la transición energética y de la geopolítica de la tecnología, contando con China como vecino mientras Estados Unidos se retira a miles de kilómetros.