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INTERREGNUM: China y el mundo árabe. Fernando Delage

La rivalidad entre China y Estados Unidos no se limita a la región del Indo-Pacífico. La proyección de la República Popular se extiende hoy por todas las regiones del planeta, y es en particular en el mundo emergente donde intenta liderar un bloque alternativo a las democracias occidentales. El mundo árabe es uno de esos espacios donde ve una oportunidad para incrementar su influencia, como ha puesto de relieve el viaje realizado por el presidente Xi Jinping a Arabia Saudí la semana pasada.

La visita de Xi, la segunda en seis años (y la quinta de un presidente chino desde 1999), es un reflejo de la evolución natural de las relaciones bilaterales, pero adquiere un especial significado en el actual contexto geopolítico global. Por una parte, en efecto, una relación limitada durante años a los recursos energéticos se ha ampliado a otros terrenos. Por otro lado, Xi busca impulsar la vinculación con los países del Golfo (además de sus encuentros bilaterales en Riad, también asistió en la capital saudí a una cumbre del Foro de Cooperación China-Estados Árabes, y a una reunión con los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico), apenas unos meses después de que Estados Unidos advirtiera que no está dispuesto a ceder su papel en la región a ninguna otra potencia. El problema es que las monarquías del Golfo observan un creciente distanciamiento norteamericano, mientras que China les demuestra un claro interés por estrechar relaciones.

Pekín describió la visita de su presidente como “el más relevante acontecimiento diplomático en la historia de las relaciones entre China y el mundo árabe”. Excesos retóricos aparte, lo que resulta innegable es la relevancia de la relación entre el mayor exportador mundial de petróleo (Arabia Saudí) y el mayor importador (China).  Riad es el primer suministrador de la República Popular, a la que dirigió el 18 por cien de sus ventas de petróleo en 2021 (por valor de 43.900 millones de dólares). Pese a las disrupciones provocadas por la pandemia, los intercambios comerciales bilaterales superaron el pasado año los 87.300 millones de dólares, un incremento del 30 por cien con respecto a 2020. Arabia Saudí representa por otra parte más del 20 por cien de las inversiones chinas en el mundo árabe entre 2005 y 2020, y debe recordarse que—además de la mayor economía de la región (supone el 27 por cien del PIB de todos los Estados miembros de la Liga Árabe)—es el único país de la zona perteneciente al G20.

Hasta el 51 por cien de las importaciones chinas de petróleo procede de los países árabes—las cuatro quintas partes de las seis monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo—, por lo que la primera prioridad de Pekín consiste en asegurarse un acceso estable y sin alteraciones en los precios a dichos recursos. Su intención de aumentar su consumo de gas también se vio reflejado en el acuerdo firmado en noviembre por Sinopec con Qatar para el suministro de gas licuado durante 27 años, un pacto sin precedente.

China quiere con todo diversificar sus inversiones y, durante su visita, Xi y el gobierno saudí firmaron más de 30 contratos (por un valor cercano a los 30.000 millones de dólares), entre los que se incluirán la construcción de una fábrica de vehículos eléctricos y el suministro de baterías de hidrógeno. Las inversiones y tecnologías chinas resultan indispensables para avanzar en el proyecto Vision 2030 del príncipe heredero, Mohamed bin Salman.

El contraste no puede ser mayor con la visita realizada a Riad por el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en julio. Las relaciones entre las dos naciones no pasan por su mejor momento. Poco ayudó a la recuperación de la confianza que Arabia Saudí liderara la decisión de la OPEC de no aumentar la producción de petróleo mientras Occidente sancionaba a Rusia. Tampoco que, frente a la campaña norteamericana contra Huawei, Arabia Saudí—como la mayoría de los países del Golfo—se hayan puesto en manos de la empresa china para la construcción de sus redes de telecomunicaciones de quinta generación y otros proyectos digitales. La preocupación de Washington se agrava, por último, ante el hecho de que China se haya convertido asimismo en un suministrador de armamento: en marzo, una compañía saudí firmó un contrato con una empresa estatal china para la fabricación de drones, y se especula sobre la participación china en la fabricación de misiles balísticos en el reino.

La consolidación de China como socio de la región en tantos frentes es, por resumir, una nueva indicación de los cambios en los equilibrios globales de poder. Aun siendo prematura la conclusión de una pérdida de influencia norteamericana, la República Popular es una variable que obligará a Occidente a recalibrar su estrategia hacia esta parte del mundo.

China, a lo suyo

China y Arabia Saudí han establecido un acuerdo de estabilidad de precios tras el choque entre la potencia petrolera y Estados Unidos por haber acordado los saudíes una política de precios con Moscú. China, que tiene una gran dependencia energética del exterior, sigue aprovechando cada brecha que se produce en el escenario internacional para obtener ventajas comerciales, como haría cualquier otro país, y sobre todo tratar de desplazar aunque sea unos milímetros a Estados Unidos en sus alianzas internacionales.

China prosigue su estrategia de obtener beneficios, sean de la magnitud que sean, de cada crisis, sin tomar partido claro en ninguna de ellas, pero atenta a blanquear su modelo autoritario y aparecer como país dispuesto a mediar siempre con condiciones ventajistas. Así viene haciendo en Ucrania y así, aunque sea menos visible, son su diplomacia y sus negocios de geometría variable en Oriente Medio o sus inversiones en Brasil. El llamado pragmatismo chino, es decir, jugar con ventajismo y con los intereses del régimen chino por encima de cualquier otro objetivo es algo que no parece estar siempre presente.

China no es sólo una amenaza política y militar en determinadas regiones o conflictos; además es un sólido proyecto de negación y desplazamiento de los valores de garantías y libertades que se denominan occidentales y que han producido las sociedades con mayores cuotas de bienestar material y libertades de la historia.

Y la falta de insistencia en esos aspectos del modelo chino facilita la mascarada, el disfraz de las inversiones como palanca del desarrollo y la sutil colonización bajo influencia de los países más vulnerables.

Los nuevos tiempos, la inestabilidad, la reaparición de tentaciones autoritarias en las sociedades occidentales y las dificultades económicas derivadas en gran parte de la política criminal de Moscú van a dar más oportunidades y coartadas a la política china y por eso, el fortalecimiento de las instituciones democrática, el desarme ideológico de quienes las combaten desde dentro y desde fuera y la firmeza en la denuncia de las trampas es una cuestión de supervivencia.

EEUU – Arabia Saudí: denuncia y continuidad. Nieves C. Pérez Rodríguez

La semana pasada concluía en Washington la desclasificación del informe de la CIA sobre el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, ocurrido en 2018. La Inteligencia estadounidense señala al príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed Bin Salman, como la persona que ordenó el asesinato que se llevó a cabo en Estambul, dentro de la propia sede diplomática saudí. Y, aunque esa información se supo después del suceso, el informe de cuatro páginas viene a reconfirmar con más datos y contundencia la necesidad de una respuesta fuerte por parte del gobierno estadounidense.

La monarquía saudí es uno de los regímenes más cerrados y absolutista del mundo, pero que gracias a su riqueza y sus extraordinarias reservas petroleras ha gozado de cercanas y cordiales relaciones con Occidente. A pesar de tener un sistema político sustentado en la aplicación extrema de los principios del Islam. 

El asesinato, además de haber sido un gran escándalo internacional, provocó una de las peores crisis entre Occidente y Riad, y la monarquía no esperó para recordar su influencia en la economía mundial, cuando la presión internacional empezó a hacerse sentir. Arabia Saudí posee alrededor del 18% de las reservas de petróleo del mundo y es el mayor exportador global de esta fuente de energía, según la OPEP. Si decidieran reducir su producción, se generaría una escasez de oferta que acabaría elevando considerablemente los precios del crudo en el mercado internacional.

Riad tiene la capacidad de estabilizar el mercado mundial mediante el equilibrio del suministro de petróleo, por lo que tiene en sus manos mantener los precios en línea con las condiciones económicas. Y Washington lo sabe bien, por lo que, en vez de responder sancionando al mismo príncipe, ha sancionado a 76 personas cercanas a la monarquía queriendo enviar un mensaje sin dañar las relaciones bilaterales.

La Administración Biden también ha priorizado mantenerse aliada de Arabia Saudí, con quien Washington ha tenido una larga relación que estableció el presidente Franklin Roosevelt con el rey saudí Adull Aziz en 1945. Esta relación ha estado basada en intereses mutuos desde el principio, como el petróleo, pero más recientemente en la lucha contra el terrorismo de ISIS y al-Qaeda, pues Riad también juega un papel clave en la estabilidad de Oriente Medio.

A raíz del asesinato de Khashoggi, Trump fue duramente criticado por no haber tomado una postura más dura. Y en su propia defensa Trump dijo en una entrevista a la cadena CBS “nosotros no podemos autocastigarnos al anular la venta de armamento a Arabia Saudí”.  Desde 1950, los saudeís han comprado armas y sistemas de defensa a empresas estadunidenses por unos 90 mil millones de dólares y, en los últimos años, han sido los mayores compradores que han tenido los estadounidenses en este sector. De acuerdo con el diario Washington Post, casi cada 1 de las 5 armas producidas en Estados Unidos se envían a Arabia Saudí, por lo que para Washington los saudíes son un cliente y aliado estratégico.

Biden criticó la posición de Trump en ese momento y durante su campaña dijo que la monarquía debía pagar el precio por lo que habían hecho e incluso lo califició como un “estado paria”, término usado por los estadounidenses para definir a los Estados que están al margen de la legalidad internacional. Sin embargo, ahora que ocupa la Casa Blanca, prioriza la necesidad de mantener relaciones cordiales.

El secretario de Estado fue interpelado por la prensa a este respecto y dijo que efectivamente el informe de la CIA habla por sí mismo, razón por la que están imponiendo sanciones a altos funcionarios saudíes, que han estado intimidando a disidentes en el exterior. Además, agregó, “estamos introduciendo una nueva legislación que le dará facultad al Departamento de Estado para restringir y revocar visas a cualquier persona que se crea que esté involucrada en actividades extraterritoriales dirigidas a presuntos disidentes o periodistas, al acoso o vigilancia de ellos o de sus familiares”, afirmando que, ya sean a ciudadanos saudíes o de otras nacionalidades, es una conducta inaceptable que piensan castigar. 

La Administración Biden no ha hecho más que continuar con la misma política de la administración anterior y con ello preservar sus relaciones con Arabia Saudí. Por un lado se asegura la continuidad de la colaboración en tema de terrorismo y estabilidad en Oriente Medio, por otro, no dañar sus intereses comerciales y la posibilidad de poder seguir abasteciendo a los saudíes del armamento que requieren, en vez de que miren a Rusia para comprarlo. Y por último evitan que la corona juegue con el suministro petrolero y con ello se acabe impactando las economías individuales del mundo en un momento tan frágil como es este de pandemia, en donde los mismos Estados Unidos han tenido que inyectar ayudas para mantener a flote su propia economía.

El pragmatismo ha sido el que ha guiado las decisiones de la nueva Administración estadounidense, que se ha decantado por sancionar a funcionarios que obedecieron órdenes, en vez de sancionar a quien les dio la orden. Este brutal asesinato es, en sí mismo, la transgresión de todos los derechos fundamentales juntos, incluido el lugar en el que fue perpetrado, la embajada del propio Estado ejecutor, y el silenciar a un periodista que usaba la libertad de expresión de un país democrático para denunciar hechos de su lugar de origen. Washington ha enviado un mensaje muy confuso a los líderes del mundo sobre la doble moral. Es sin duda una situación muy compleja que viene a probar que, tal y como hemos venido anunciando, la política exterior continuará el mismo camino de la Administración Trump. Aunque cambie el tono, el fondo es el mismo. (Foto: Flickr, Richard Mortel)

Por qué Israel innova y España no (1). La madre de Woody Allen. Miguel Ors Villarejo

Una broma recurrente en la obra de Woody Allen es cómo la madre lo atormenta continuamente poniéndole de ejemplo a algún sobrino dentista o vendedor de fondos.

—Ay, hijo, tu primo sí que tiene un trabajo bueno, y no veas qué casa se ha comprado en las afueras.

—Mamá —replica Woody Allen—, soy un director de cine famoso, he ganado cuatro Oscar, vivo en un piso de lujo en Manhattan con mayordomo y chef francés.

Pero está claro que, por muchos y grandes que sean tus logros del presente, una madre nunca les va a sacar tanto provecho como a tus errores del pasado. Puede estar años royéndolos imperturbable, sin el menor asomo de agotamiento.

Los españoles somos un poco así. Nos pasamos el día lamentándonos del ayer: la derrota de la Invencible, Trafalgar, el Dos de Mayo y, por supuesto, el Desastre del 98. Yo entiendo que entonces perdimos Cuba y Filipinas, pero habíamos perdido antes un subcontinente y siempre me he preguntado por qué el Desastre fue el del 98.

Pero así es la lógica de la madre de Woody Allen. Da igual la magnitud de la pérdida. Aunque solo hubiera sido el islote de Perejil: de lo que se trata es de quejarse, y 1898 puso en marcha una industria de la autoflagelación que iba a mantener décadas entretenidas a las mayores lumbreras del país preguntándose básicamente por qué lo hacemos todo tan mal. Yo vine al mundo en 1958, 60 años después de la batalla de Cavite, y Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz seguían sin ponerse de acuerdo sobre si la culpa era de los visigodos o había que remontarse hasta Altamira.

Y cuando en 1976 me aventuré efímeramente por Filología Hispánica, recuerdo que nos dieron a leer un ensayo de Pedro Laín Entralgo que atribuía el destino de España a la convexidad del paisaje castellano. Mientras un valle, razonaba Entralgo, es cóncavo, te envuelve en su regazo y te invita a recogerte, la meseta es el antivalle, una extensión convexa e inabarcable que te obliga a buscar sus límites y te arroja hacia el más allá en busca de no se sabe qué.

Ese no se sabe qué no era, por desgracia, la industria ni la tecnología. Cuando hace justo un año entrevisté a Jacobo Israel para Actualidad Económica, me explicó que a él le incomodaban las compañías grandes. Le encantaba crearlas y verlas crecer, pero cuando dejaba de conocer a los empleados por su nombre de pila y ya no le invitaban a sus bodas y sus bautizos, consideraba que había llegado el momento de ceder el testigo. “Yo ya no sirvo”, me decía, “así que vendo la empresa”.

Este proceso lo ha repetido varias veces y lo que me comentaba es que el que le compraba nunca era un español, siempre era un extranjero.

“¿Por qué?”, le preguntaba yo.

“Los españoles”, me decía, “tenemos propensión a meter el dinero en bienes raíces. No nos atraen ni la industria ni las manufacturas”.

Esta aversión a todo lo que huela a tecnología tuvo su gran mentor en Miguel de Unamuno. “La ciencia”, decía, “quita sabiduría a los hombres”. Y añadía: “El objeto de la ciencia es la vida y el objeto de la sabiduría es la muerte”.

Mientras sus coetáneos propugnaban europeizar de España, Unamuno defendía africanizarla. “Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo”, le escribió en cierta ocasión a Ortega y Gasset. “¿Que ellos inventan cosas? Invéntenlas”. Y unos meses después, en el artículo “El pórtico del templo”, volvía a la carga. “Inventen, pues, ellos”, ponía en boca de un personaje, “y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”.

La lógica es intachable. Una vez desarrollada, una idea puede ser imitada por cualquiera y el plan de Unamuno era dejar que los europeos se ocuparan de los aspectos prácticos de la vida (la bombilla, el tranvía), mientras nosotros nos consagrábamos a la mística. Al final, seríamos tan ricos como ellos, pero mucho más sabios.

La lógica es intachable, ya digo. El único inconveniente es que no funciona (como, por otra parte, sucede decepcionantemente tan a menudo con la lógica intachable). Basta echar un vistazo para darse cuenta de que los países más ricos son los que más innovan. Es verdad que, como dice Unamuno, tarde o temprano todo se copia, pero, entre tanto, el que lanza la innovación disfruta de un lucrativo monopolio temporal. Y da igual que el monopolio sea o no legal, es decir, que esté protegido por una patente. La ventaja que da golpear primero es considerable. Los economistas Michele Boldrin y David Levine explican en Against Intellectual Monopoly que “las sumas que los escritores británicos cobraban [en el siglo XIX en Estados Unidos] excedían a menudo los derechos de autor que percibían en el Reino Unido”. Los dos mercados tenían entonces un tamaño similar y, aunque en Estados Unidos no había propiedad intelectual, los editores sorteaban su ausencia realizando tiradas masivas que les reportaban fuertes ingresos en un plazo relativamente breve. Para cuando los editores piratas tenían sus copias listas, el grueso de las ventas ya se había consumado. Este patrón es el que rige el ciclo de vida de cualquier producto, no solo los libros: el beneficio se concentra al principio, porque luego surgen las imitaciones y los márgenes no vuelven a ser iguales.

Ir un paso por delante compensa siempre, pero hay un ámbito en el que esta ventaja es especialmente pronunciada: el militar. Disponer de un arma exclusiva te proporciona una superioridad que, convenientemente aprovechada, puede resultar definitiva. Hace poco leí una noticia en la que explicaban cómo las fuerzas armadas israelíes habían explotado durante décadas un lanzamisiles de diseño propio, el Pereh. La peculiaridad del Pereh es que su aspecto era el de un carro de combate, de modo que el enemigo que lo veía avanzar presumía que abriría fuego cuando se hallara a cuatro o cinco kilómetros, que es el rango de tiro de un tanque. Pero el Pereh lanza misiles. Su alcance es muy superior y, para cuando Hamás o Hezbolá querían reaccionar, ya habían sufrido un daño irreparable.

Las ventajas de la innovación se aprecian aún más con el contraejemplo de Arabia Saudí. El reino está abonado al unamuniano “que inventen ellos”. No innova nada, pero dispone de una billetera casi ilimitada y puede costearse el material más sofisticado que ofrece la industria. El problema es que sus enemigos no tienen más que mirar los catálogos de los fabricantes para saber exactamente a qué van a enfrentarse y montar una respuesta que, como se está viendo en Yemen, puede ser más que suficiente.

INTERREGNUM: La gira de MBS. Fernando Delage

Al definir el espacio geográfico ocupado por Eurasia, europeos y americanos suelen dejar normalmente fuera a India y a Oriente Próximo. La primera por el obstáculo físico que representa el Himalaya para la interacción con sus vecinos continentales, y la consecuente proyección exterior desde sus costas marítimas a lo largo de la Historia. El segundo, por una dinámica subregional basada en una serie de factores—de la cultura al islam, de las bases no industriales de la economía a la moderna creación de la mayor parte de sus Estados—que han proporcionado reducidas oportunidades de relación con los países de Asia central y oriental.

La geografía puede ser inmutable. Pero las ideas, los avances tecnológicos y los imperativos estratégicos pueden transformar el significado de los condicionantes geográficos. Una variable que lleva años acercando a los países asiáticos con los de Oriente Próximo es, por ejemplo, la energía: los primeros son los mayores importadores de gas y petróleo; los segundos, los mayores productores. Y ambos comparten la misma masa continental, como bien refleja la denominación utilizada por chinos e indios para referirse a lo que los occidentales llamamos Oriente Próximo (o Medio): Asia suroccidental.

Ni el presidente chino ni el primer ministro indio, en efecto, excluyen esta parte del mundo de sus respectivas visiones estratégicas de Eurasia. Lo mismo ocurre desde la otra dirección, como bien pone de relieve la gira asiática que acaba de emprender el heredero de la corona saudí, Mohamed bin Salman, más conocido como MBS. Acompañado por una delegación de más de 1.000 personas, el viaje incluía cinco naciones: Pakistán, China, Malasia, Indonesia e India. Horas antes de su salida se anunció la cancelación de la visita a Indonesia y Malasia, pospuesta a una fecha posterior. Aunque el viaje incluye una motivación personal—MBS busca restaurar su imagen tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi el pasado mes de octubre—, es evidente que Arabia Saudí se reorienta hacia el centro del dinamismo económico y geopolítico mundial.

El primer ministro de Pakistán, Imran Khan, no se sumó al boicot de otros países a MSB tras el asesinato de Khashoggi, y logró de Riad un préstamo de 6.000 millones de dólares para hacer frente a una creciente deuda nacional.  Las relaciones no son fáciles, sin embargo: el Parlamento paquistaní rechazó la petición por parte de MSB de un contingente militar para la guerra de Yemen. Con todo, y aunque el atentado terrorista de la semana pasada en Cachemira ha obligado a reducir la duración de su estancia en Islamabad, se espera la firma de inversiones por valor de 15.000 millones de dólares, incluyendo varios proyectos en el puerto de Gwadar, en el océano Índico, una gigantesca infraestructura que construyen y gestionan empresas chinas.

La República Popular es, por supuesto, uno de los mayores compradores de petróleo saudí. También una de las principales fuentes de inversión en el país, y principal alternativa a unas naciones occidentales cada vez más críticas con Riad. Las relaciones en el terreno de la seguridad son también importantes y debe recordarse que MBS, además de heredero al trono, es ministro de Defensa. China—se sospecha que de manera conjunta con Pakistán—participa en la construcción de una fábrica de misiles de alcance medio.

La visita a India se produce, por otra parte, en plena campaña del primer ministro Modi para su reelección. Arabia Saudí es el cuarto socio comercial de India, con unos intercambios que superaron los 28.000 millones de dólares el pasado año, y unas inversiones en aumento en sectores como las tecnologías de la información, infraestructuras y energía. Casi la mitad de los siete millones de indios residentes en el Golfo viven en Arabia Saudí, un número que se estima aumentará con creces en el marco de los planes de reforma de la economía (“Vision 2030”). La dimensión de seguridad tampoco es menor. MSB intentará establecer una relación de cooperación que acerque a Modi a Riad y le aleje de Teherán, en un contexto de creciente presión norteamericana sobre Irán, mientras que Delhi se esforzará porque Arabia Saudí utilice su influencia sobre Islamabad en contra del terrorismo transfronterizo contra India.

En último término, el viaje es un reflejo de la rápida consolidación de un eje económico y estratégico Oriente Próximo-Asia, revelador a su vez de la rápida pérdida de influencia de Estados Unidos en el mundo arabo-islámico, del vacío de seguridad que está dejando, y del simultáneo incremento de la presencia de China e India para asegurar su estabilidad. Otra nueva variable, por tanto, que deben tener en cuenta los europeos en un momento de necesaria reflexión sobre su papel en el mundo del futuro.

Cinco consecuencias del asesinato del periodista saudí en Estambul. Nieves C. Pérez Rodríguez

El brutal asesinato del periodista saudí de manos de su propia corona ha sido uno de los grandes escándalos de la historia reciente. La astucia de la víctima de llevar un dispositivo que transmitiera en tiempo real lo sucedido ha obligado al victimario a tener que admitir su culpa, pese a lo atroz del hecho. La Administración Trump titubeó en su postura mientras los hechos se iban clarificando. Pero en vista de lo indeseable y gracias a la información que han ido filtrando los turcos progresivamente, el mismo Gobierno saudí ha tenido que admitirlo bajo una inmensa presión internacional. En este complejo escenario ¿cuáles son las consecuencias a gran escala de este asesinato?

  1. El Departamento de Estado se manifestó imponiendo unas primeras sanciones, que afirman no serán las únicas, y poniendo énfasis en que no van a tolerar ese tipo de acciones despiadadas. De entrada, han sancionado a 21 sujetos a los que se les ha vinculado con el crimen y quienes a su vez son agentes del servicio secreto saudí, funcionarios de la corte e incluso funcionarios del Ministerio de Exteriores saudí. Las sanciones han consistido en revocar visas y prohibirles la entrada a Estados Unidos. De momento el Departamento del Tesoro sigue trabajando en más sanciones que se irán haciendo públicas en la medida en que más datos de los vínculos del Príncipe Mohamed bin Salmán con el suceso se conozcan.

La grabación del suceso llegó a altos niveles de la Administración Trump a finales de la semana pasada, por lo que habrá anuncios de más castigos a la corona saudí.

  1. La normativa de visa del Departamento de Estado contempla expresamente que no podrán ser candidatos a recibir una visa para los Estados Unidos aquellos sujetos quienes en el exterior han cometido, ordenado o asistido en algún acto de tortura o crimen. Esto trasciende a los individuos que ya han sido sancionados y de hecho podría haber repercusiones para el príncipe y a sus directos colaboradores, lo que deja a éste en una situación realmente complicada en el plano internacional en medio de esta tormenta diplomática, pues no podrá asistir a eventos o encuentros internacionales en territorio americano y es muy posible que se acabaran fracturando las buenas relaciones entre ambos, como ya se ha visto ha sucedido con las severas protestas que han tenido lugar en otras capitales destacadas del mundo.
  1. La Monarquía saudí, a pesar de estar sustentada en la aplicación extrema de los principios del Islam y ser una de los regímenes absolutistas más cerrados del mundo, consiguió tener cordiales relaciones con Occidente. Por un lado, su riqueza lo hace un atractivo cliente o socio, así como sus reservas petroleras le han garantizado un lugar privilegiado en el comercio internacional. Solo con Estados Unidos el intercambio comercial asciende a más de 30 mil millones de dólares en exportaciones y exportaciones.

Sin embargo, su mayor socio es China cuyo intercambio bilateral en el 2017 fue de 42 mil millones de dólares, según Natasha Turak (periodista de CNBC). Los saudís han apostado por las relaciones con China desde los años 90, a sabiendas de que sanciones por violación de los derechos humanos podrían llegar en algún momento desde la UE o USA, de acuerdo con Samal Vakil (miembro del think tank Chatham House). Ahora bien, el negocio de las armas es el aspecto clave de las relaciones entre Washington y Riad, pues desde 1950 Arabia Saudita ha comprado armas y y sistemas de defensa a empresas estadounidense por unos 90 mil millones de dólares, y en los últimos años han sido el mayor cliente que han tenido los estadounidenses en este sector. Según Washington Post casi cada 1 de 5 armas producidas se envían a Arabia Saudita, por lo que a Washington no le interesa perder este cliente y menos aún que busquen en Rusia un nuevo proveedor. En medio de la presión que se está ejerciendo exigiendo explicaciones por el crimen, se están llevando a cabo paralelamente conversaciones por debajo de la mesa para mantener la cercanía dentro del marco legal.

  1. El rol del Congreso estadounidense en este asunto será clave, pues tienen que aprobar la venta de armas a otros países. Si la resolución del suceso no llega a esclarecerse satisfactoriamente para el Congreso, éste podría bloquear la venta de armamento a Riad, lo que a su vez generaría un cambio geoestratégico en la región, pues China y Rusia tomarían el rol que hasta ahora ha tenido Washington equilibrando el Medio Oriente.
  1. El príncipe Mohamed bin Salmán será sustituido. Los vínculos del Príncipe con el asesinato son aparentemente imposibles de ocultar, pues los individuos señalados eran miembros de la corte y con una tremenda cercanía al monarca. Es posible que así como la Administración Trump exaltó al Príncipe dándole un trato diferencial, sea la misma Administración Trump la que presione al Rey para que lo desplace, como el precio a pagar para limpiar la imagen de Arabia Saudí ante el mundo.

Jamal Khashoggi fue un férreo crítico del Príncipe Salmán. En cuanto ascendió, Khashoggi se exilió en Estados Unidos, dónde seguía sus críticas desde el Washington Post, medio para el que trabajaba. A pesar de su desaparición física, su propósito parece seguir tan vivo como antes de su muerte, pues toda la prensa internacional lleva semanas hablando de lo atroz del hecho y lo turbio de la Corona y su líder.

El crimen no quedará impune y las primeras consecuencias no se han hecho esperar, pues el mismo Príncipe se ha visto obligado a reconocer e medias el asesinato. (Foto: Beverly Harrison, flickr.com)

Armas a Arabia Saudí, el cinismo en primer plano

El crimen de Estado cometido por Arabia Saudí en una de sus representaciones diplomáticas en Turquía, además de revelar la peor cara y la capacidad cruel del régimen wahabita, ha puesto a Europa ante su propio espejo en el que se refleja el peor de los cinismos y el asomo de los gestos populistas en política exterior.
Aunque el crimen ha puesto de actualidad la realidad de Ryad, no es nada nuevo para Occidente aunque, es justo y a la vez difícil reconocerlo, mientras la arbitrariedad se hace explícita hay gestos de apertura que no pueden ser descartados con simpleza en un régimen que viene de tradiciones medievales y dónde cambios insignificantes que son habituales hace siglos en Occidente significan allí una revolución en las costumbres.
Pero, lamentablemente, el crimen saudí no es ni poco habitual, ni una sorpresa en Oriente Medio. Solo es más publicitado éste por razones políticas, ideológicas y oportunistas, además de por la barbaridad que ha supuesto. Recuérdense los condenados por homosexualidad colgados de grúas en plazas públicas de Teherán o las imágenes de opositores a Hamás o supuestos colaboradores de Israel arrastrados por motocicletas por las vías de Gaza ante el alborozo de los militantes de la organización terrorista.
Lo sorprendente es cómo la brutalidad saudí está convirtiéndose en el estrado en el que predican quienes quieren apretar las tuercas al régimen en sus intentos de rearme y eso en un momento de máximo enfrentamiento (militar en el escenario yemení) con Irán. Y eso explica que los que más gritan en España son los dirigentes de una formación política que podría estar siendo financiada por Irán, según algunos datos significativos.
Pero es el terreno de los gobiernos en el que el asunto chirría más. Países europeos como Alemania, Francia y España, que avalaron el dudoso acuerdo con Irán para contener sus proyectos de armamento nuclear, se lanzaron a hacer negocios, legítimos, con Teherán y ante las dudas sobre aquel acuerdo cierran filas con la teocracia iraní. Ninguno de estos países se ha replanteado sus negocios en este terreno o la aportación de apoyo financiero a la Gaza en las que gobierna Hamás.
Esta es la política real, aunque se esconda tras una hipócrita defensa de los derechos humanos, y habrá que explicar que, a veces, los intereses nacionales mandan y constituyen la defensa más pragmática de esos derechos humanos junto a la defensa de las libertades.

Crimen y caos

El crimen del consulado de Estambul no sólo está suponiendo el revés más importante para la monarquía saudí en décadas, sino que puede acarrear un reajuste geoestratégico en la región con efectos negativos.

En primer lugar, que haya tenido lugar en Turquía y que este país se haya convertido, tal vez a su pesar, en el fiscal del caso plantea un problema y probablemente facilitará una salida no excesivamente traumática para Ryad. Turquía y Arabia Saudí son cautelosamente aliados. Les une su adscripción al sunismo islámico y su rechazo a una solución en Siria que pase por la supervivencia del régimen de Al Assad. Les separa la alianza de Ankara con Moscú que, a la vez, es un firme aliado del régimen sirio y de Irán, enemigo total, y bélico en Yemen, de los saudíes.

A la vez, la presión sobre los saudíes ha hecho reforzar sus lazos al eje sunní integrado básicamente por Bahrein, Jordania, Egipto y Arabia (Marruecos en segundo plano) que viven tratando de romper el crecimiento de la influencia y la presencia de Irán en toda la región. Debe añadirse que, aunque desde una discreción cada vez menor, nunca antes se había vivido un acercamiento como el actual entre Israel y el régimen saudí, amenazados ambos por Teherán.

Y, de fondo la presión de los medios de comunicación y la izquierda mundial que tratan de presentar a Arabia saudí como el gran Satán junto a su aliado EEUU. La satrapía saudí es hace tiempo el pretexto para encubrir los crímenes iraníes o justificar cierto terrorismo y es significativa la influencia de este clima de opinión en los gobiernos occidentales bienpensantes instalados en lo políticamente correcto en lo público y en la hipocresía y el realismo político en privado y en la práctica.

La paradoja iraní

La crisis en Irán, en la que las manifestaciones populares contra el régimen teocrático convergen contra el presidente Rohani con el sector más duro del régimen que acusa al Gobierno de blando y conciliador, está creando una curiosa paradoja. Mientras se deterioran las relaciones del régimen con amplias capas de la sociedad se fortalece la relación exterior del Gobierno con Europa, Rusia y otros países ante la presión de Donald Trump para modificar el tratado nuclear con Teherán y el temor a que una desestabilización aumente la inestabilidad regional. Y todo eso se desarrolla cuando la pugna entre Teherán y Ryad, paladines respectivamente de chiitas y sunnies, está atravesando el mundo árabe y marcando la política exterior y los intereses nacionales de cada país.

Una vez más, EE.UU. y la Unión Europea, en este caso con Francia a la cabeza, aparecen con posiciones divergentes frente al inestable espacio geoestratégico de Oriente Medio. Emmanuel Macron está aprovechando la ventana de oportunidad que la errática política de EEUU abre e, indirectamente, coincide (como en otros tiempos) con la estrategia rusa de fortalecer sus lazos y su presencia en la zona, cosa que Putín parece estar consiguiendo.

Sin embargo, el pragmatismo basado en el mal menor tampoco lleva directamente al éxito. Irán tiene una estrategia a largo plazo de constituirse en potencia nuclear con dos objetivos en el punto de mira: Arabia Saudí y sus aliados sunníes, e Israel, país al que constantemente amenaza con destruir en sus discursos oficiales. El actual convenio con Irán no frena esta estrategia, sólo la aplaza, y no da ninguna garantía a la única democracia existente en la zona: Israel. Así, Arabia saudí está desarrollando sus propios planes de dotarse de armamento nuclear con apoyo técnico de Pakistán y fortaleciendo sus alianzas contra Teherán. E Irán, por su parte, trata de convertir la previsible victoria total de Bashar al-Ássad en Siria en el establecimiento de una potente cabeza de puente directamente frente a Israel. Y Macron debería meditar sobre el conjunto y no exclusivamente en el interés nacional de Francia, que no es necesariamente en de todos los países europeos.

China en Medio Oriente y Jerusalén, siempre en el centro

No es un secreto pero sí un dato que no se suele incorporar a los análisis sobre la evolución del mapa geoestratégico de Oriente Medio: China lleva más de una década posicionándose en esa zona con una extraordinaria habilidad: ha instalado y potencia bases navales en el sur de Pakistán (suní); mantiene relaciones comerciales y energéticas, por sus necesidades de un petróleo del que carece, con Irán (chíi), y ha mejorado notable y discretamente sus relaciones con Israel en los últimos cinco años. Esto está permitiendo a Pekín influencia y capacidad de mediación que ejerce con mucha moderación para impedir tensiones que dificulten su acceso a las materias energéticas que necesita o que desestabilicen las rutas comerciales que necesita abiertas y estables.

Y también ha desaconsejado a Estados Unidos el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado de Israel. Pero detrás de esta decisión de EEUU hay muchos elementos que no siempre se tienen en cuenta.

Señalemos algunos errores que se cometen al plantear la cuestión. Jerusalén fue la capital política de Israel hace 3000 años y lo ha sido emocionalmente de los judíos desde entonces. Y es la capital del moderno Estado desde 1947, no una capital judía como se dice, sino de Israel, país del que son ciudadanos casi 3 millones de árabes musulmanes y cristianos, además de judíos. La capitalidad de un país no depende de quién la reconozca sino de cuál es la decisión de ese país.

El islamismo, 600 años después de la aparición del cristianismo, construyó su teología situando a Jerusalén como primera o tercera ciudad santa, según los tiempos, y desea ese reconocimiento.

Así se ha conformado una ciudad como lugar sagrado de las tres grandes religiones monoteístas y sólo desde la creación del moderno Israel disfruta de libertad de culto, aunque no sin tensiones.

Ahora bien, la decisión de Trump, ejerciendo una opción ya aprobada por administraciones anteriores, puede ser un error táctico. Aunque hay que señalar que Ryad y El Cairo fueron informados y los saudíes recordaron a los palestinos que había un posible acuerdo respecto a una capitalidad palestina en Abu Dis, un barrio al este de Jerusalén, que sería aceptada por Israel. De hecho, los israelíes han hecho esa oferta hace años. Pero públicamente los palestinos no pueden aceptar esto y egipcios y saudíes tienen que protestar y así lo han hecho con gran moderación. Nada parecido a una intifada se ha producido. Ni Hamas ni la ANP están interesadas realmente.

Así pues, el reconocimiento de Donald Trump, que ha incomodado al Gobierno israel, en contra de lo que dice, no es causa de que no haya conversaciones de paz sino su consecuencia. A partir de aquí los análisis. Y no perdamos de vista el papel de China.